EL JUEGO DE LOS INDICIOS JOSÉ ABDÓN


 

Todas las mañanas, cuando me levantaba, lo primero que veía al mirar hacia la calle era a la vecina barriendo las hojas. Lo hacía de manera metódica, llevando un ritmo no sólo en la forma de mover la escoba sino también en la manera prolija con la que dividía el terreno a limpiar. Los árboles en esa acera soltaban bastantes hojas; en las 1210431974_fnoches con viento se podía escuchar cómo éste sacudía sus frondas. Así, por las mañanas, una señal que reconocía eran aquellos rasguños de escoba arrastrando las hojas caídas en el pavimento. Entonces iba al ventanal y veía a la vecina, una mujer muy atractiva, sin necesidad de realizar esa servil tarea, que barría las hojas casi con un rencor contenido.

Tenía dos años viviendo en ese departamento. Las cosas en la vida por primera vez me iban bien. Tanto así que me daba el lujo de pagar renta para vivir solo, lejos del ala tutelar de mi familia. Algunos amigos, al ver mi bonanza inesperada, habían tomado mi departamento como base para organizar fiestas. Dos o tres escandalosas veladas por mes, y algunas reuniones informales para beber y platicar de cualquier cosa, desde deportes hasta filosofía del arte. Recalar en este tema era señal inequívoca de que todos deseaban irse. También hablábamos de literatura, mucho. Y de mujeres, sobre todo cuando a las reuniones no acudía ninguna.

Sin duda, con la vida independiente había ganado sobre todo en ese aspecto. Cada vez que podía, llevaba al departamento compañía. Mujeres que conocía en los sitios más inesperados para conocer mujeres: casas de cambio, tintorerías, estacionamientos, tiendas de antigüedades, incluso en el indiferente hipódromo había tenido suerte. Algunas volvían y otras partían con la promesa de hacerlo. En fin, no me podía quejar en el renglón de la compañía, yo, que en otras épocas había andado muy solo.

Sin embargo, a pesar de la buena racha de conquistas, seguía sin establecer una relación formal. Había una joven que me atraía, sentía por ella una mezcla de curiosidad, intriga y enamoramiento que me había llevado a fijarme en ella con intenciones serias. Se llamaba Elena y solía asistir a las reuniones que se organizaban en mi departamento. No recordaba cómo se había integrado al grupo de mis amigos. Debió ser en una de las fiestas, invitada por alguien quien a su vez había sido invitado por uno de mis amigos. Una invitación a través de intermediarios, en todo caso. Su presencia comenzó a ser habitual, primero en las fiestas y, poco después, en las reuniones donde bebíamos y hablábamos de todo un poco.

Elena siempre parecía andar sola. Llegaba al departamento cuando ya no esperábamos a nadie más. Entonces, nos sonreía quizá pidiendo perdón por ser la última, musitaba un saludo e iba directo a sentarse en un sillón más bien incómodo, de ésos en los que el culo se hunde y las rodillas quedan a la altura de los ojos. Aunque ella lo usaba a su manera: para evitar aquella postura un tanto escatológica, se metía al hueco del sillón, doblaba las piernas hacia un lado y apoyaba su torso en el mullido espaldar. Transcurría un buen rato antes de que lanzara la primera frase desde su nido, la cual, invariablemente, era de desacuerdo.

-No lo creo -decía de pronto. Todos girábamos la cabeza extrañados pues nos habíamos olvidado de ella; era como si el sillón hubiese hablado.

Elena era médico, recién egresada como la mayoría de nosotros. Era la única del grupo con formación netamente científica. Por ello resultaba interesante escuchar lo que tenía que decir, en especial cuando hablábamos de literatura. Había leído bastante desde niña, de hecho, ese parecía ser el motivo por el que acudía con frecuencia a las reuniones. Sin que fuera disidente de su carrera, debía satisfacer de algún modo sus inquietudes bohemias.

Otra peculiaridad suya era que detestaba profundamente todo lo francés, incluida la literatura francesa. De su desprecio sólo se salvaban Camus, Marcel Schwob y Michel Tournier a quienes consideraba “franceses por error”. También lloraba amargamente el hecho de que Joseph Roth hubiese tenido el desatino de escoger París para su exilio y posterior muerte.

-¡Se hubiera muerto en Rusia! -concluía su amarga queja.

Todo esto nos sorprendía. Por lo general, Francia era como el gran faro, la piedra dorada, el sueño acariciado por más de uno que hubiese puesto sus ojos afuera, en el gran mundo. Todos, en mayor o menor medida creíamos que las cosas maravillosas sólo podían suceder en Paris. Una cuestión de magia pobremente fundamentada.

A quien más incomodaban los comentarios de Elena era a Hermes, un amigo sociólogo que tenía a cuestas tres años de vida parisina y quien desde su regreso, vivía en un estado de eterno retorno a la ciudad luz. Siempre estaba por partir a Francia; cuando nos encontrábamos, lo primero que decía era que sólo permanecería una hora pues debía atender algunos detalles de su viaje. Así habían pasado meses, y aún seguía entre nosotros, siempre hablando de lo que había sido su vida aquellos tres años en la gloria y de lo que sería una vez que bajara del avión en Orly.

Las reuniones comenzaban a degenerar cuando Elena o Hermes hacían patentes sus pasiones. Entonces se establecía una especie de juicio en el que Hermes asumía la defensa del país de Volatire, y Elena, olvidándose de su ensimismamiento, arremetía formulando sus agravios como si fuesen diagnósticos clínicos. Cosa de nunca acabar. Entonces alguien ponía en la mesa el tema de la filosofía del arte, que era como un cubetazo de agua helada, y los ánimos decaían. La primera dimisión no tardaba en presentarse, anunciando así el fin de la tertulia. Hermes y Elena eran de los últimos en partir, él aprovechaba el tiempo para tomarse hasta la última gota de alcohol; ella, en el hueco del sillón, se revisaba retraidamente las manos.

Quizá había sido esa actitud, un tanto de vergüenza, un tanto de coraje o de dignidad, la que me había llevado a fijarme en ella. ¿Qué estaría pensando entonces la doctora Elena? ¿Fortaleciendo los motivos por los que detestaba Francia luego de un encuentro con el demonio Hermes? ¿O sencillamente se mordía las uñas porque no había sido capaz de convertirlo a su credo?

A mí, aquellas discusiones me remitían a una sola cosa: a pensar en mi vecina, la que todas las mañanas barría las hojas en la calle.

Sabía que era extranjera, pero ignoraba de dónde provenía. Sin embargo, su aspecto me había llevado a creer que era francesa. Tenía la piel entre rosada y blanca, el cabello castaño y la figura delicada. Por las mañanas solía salir a barrer en prendas casi íntimas: una blusa ceñida, shorts de corredor, y tenis que usaba sin calcetas; a pesar del frescor matutino, llevaba las piernas desnudas. Así, una imagen afrancesada era para mí aquella mujer barriendo en atuendo de playa las hojas del pavimento.

Fuera de esto, nada más sabía de ella.

La tarde lluviosa de un jueves que ya no esperaba gran cosa debido al clima, Hermes y otro par de amigos se presentaron de improviso en mi departamento. Uno de ellos traía una botella de vodka empezada; cuando les abrí la zarandeó como si hiciera sonar una campana. Entraron. Alguien fue por vasos a la cocina. Nos acomodamos en la sala, y entonces Hermes empezó a llorar. Haciendo caso omiso del vaso con vodka que le habían servido, se talló los ojos y luego descargó su llanto, contenido, pues lloraba con vergüenza.

-Hermes está triste -dijo uno de mis amigos, viéndolo con admiración.

-Sí -repuso el otro-, ya no se va a Francia.

Me quedé callado. Tanto había pregonado su partida que yo había terminado por no creerle. Aunque, por otro lado, jamás lo había visto así; daba pena, y vergüenza, esa llamada vergüenza ajena. Acaso aquella cantilena de su viaje había sido verdad y ahora que por alguna razón lo había perdido, el pobre Hermes estaba destrozado.

Una vez que contuvo las lágrimas y se tranquilizó, alguien comenzó a hablar de una tenista húngara que llevaba un diario y al parecer una editorial en Alemania se había interesado en publicarlo.

-Seguro se trata de un escándalo -argumenté-. ¿Cómo te explicas que…?

-¡Eso vale madres! -interrumpió Hermes, y, luego de asegurarse de que ninguno de los tres tocara de nuevo el tema, se lanzó a hablar de los bulevares parisinos por un buen rato.

Le perdonamos su recalcitrante locuacidad pues en verdad parecía estar dolido. En su monólogo sobre París, salió a colación el probable motivo de su tristeza. Nada extraño, una mujer. Llevado por el espíritu del vodka que había bebido, se empeñó en describirnos a la que según él “dejaba en el camino”. La estampa pregonada me resultó familiar, acaso se trataba de un cliché. Miré hacia el ventanal distraído por la fugacidad de un relámpago, y entonces di con la identidad de aquella descripción. Era muy semejante a la de mi vecina cuando salía a barrer por las mañanas.

Hermes concluyó su melodrama sobre Francia con un puta madre que le salió del alma. Todos guardamos silencio. El siseo de la lluvia se filtraba desde el exterior. Me incorporé despacio, y caminé inseguro hacia el ventanal. El alcohol se me había subido de pronto. En la calle, la humedad acumulada sobre la hojarasca brillaba por la blanca luz artificial. Pensé en mi vecina, en lo poco que sabía de ella, y en esa singularidad suya de barrer las hojas. Tal vez lo hacía como ejercicio. De ser así, el día siguiente haría bastante pues la lluvia no paraba y el follaje seguiría acumulándose durante la noche. Así se acumula el tiempo, se me ocurrió, como hojas al cabo de una noche lluviosa. Acaso la vecina había intuido esto y cada mañana buscaba quitarse de encima algunos años.

Unos toquidos en la puerta me sacaron de mi conjetura. Mis amigos se volvieron a verme con rostro de interrogación. ¿Acaso esperaba a alguien? No, no esperaba visita alguna. Aquella tarde nublada la había dado ya por muerta.

-¿Quién? -grité desde donde me hallaba.

No hubo contestación.

Crucé la sala para abrir. Los toquidos se repitieron casi con urgencia.

-¿Quién es? -volví a preguntar, y abrí sin esperar respuesta. En el pasillo estaba Elena. Sonrió al verme, luego hizo por entrar pero se detuvo en el umbral cuando vio que en el interior estaba Hermes. Entonces pareció reconsiderar por un momento sus propósitos; finalmente entró musitando un buenas noches que sonó a bisbiseo deforme. Uno de los tres, no Hermes, le preguntó si quería vodka.

-El último trago -y le pasó la botella antes de que Elena se arrellanara en el sillón de costumbre.

Fui a la cocina por un vaso. Elena debió notar que estaba tomado pues en el trayecto tropecé un par de ocasiones; así como también debió advertir la voz pastosa de Hermes y de los otros dos. Vació el vodka en el vaso que le di, lo agitó como si quisiera mezclarlo, y, mientras observaba el remolino, nos preguntó si estábamos muy borrachos.

-Es por Hermes -dijo uno de mis amigos.

-Sí -repuso el otro-, ya no se va a Francia.

El aludido, en su sitio, parecía a punto de estallar. Me dispuse a intervenir para que aquello no se transformara en el inicio de una disputa más entre ellos, pero Hermes se me adelantó.

-¿Y qué nos tiene que decir la doctora sobre la embriaguez, eh? ¿Nunca has estado borracha?

Elena lo midió con la mirada sin proferir palabra. Con ojo clínico, se aprovechó de su estado para escrutarlo. Seguramente no le resultó difícil determinar que lo tenía en sus manos. ¡De manera que no se iba a Francia!, parecía ser el pensamiento que su rostro complacido proyectaba. Entonces lo podía hacer pedazos. Pero, para sorpresa de todos, no lo hizo. Se conformó con responder en forma altiva la primera pregunta formulada por Hermes.

-Es por las mujeres que se llama alcohol esto que embriaga. La palabra es árabe. Al kohol. Quiere decir antimonio. Es una historia trivial y simple…

Elena se acomodó en su holgado asiento, dio un buen trago de vodka, y luego resopló por la fuerza de la bebida. Hice mentalmente un repaso de lo que tenía para tomar, y me molestó advertir que no me había surtido adecuadamente. En la última fiesta me había quedado sin gota. Comenzaba a presentir que esa noche podría acercarme a Elena de manera más íntima. Pero también pensaba que mi mejor aliado era el alcohol. Tal vez lo creía así porque ya estaba borracho.

-En la antigüedad -siguió Elena contando-, las mujeres se pintaban los ojos con polvo de antimonio. Un talco oscuro que las embellecía. Al parecer la tonalidad del antimonio hacia que los ojos brillaran. Y luego vino el vínculo: el al kohol hacía resplandecer los ojos, al igual que los destilados ponen los ojos vidriosos, como los de Hermes. Aunque lo tuyo parecen lágrimas.

Hermes la fulminó con una mirada oblicua desde el pedazo de suelo donde estaba echado. Su misma rabia le amarró la lengua. En el ambiente sólo se distinguió un apocado pinche perra que acabó por perderse en la noche fresca.

-No conozco escritores árabes -intervino uno de los testigos mudos con la clara intención de distraer.

-No, no circulan por acá -ayudó el otro-. Judíos sí hay, pero no árabes.

-¿Quién escribió Las mil y una noches? -cuestionó el primero.

Nadie habló durante unos segundos. Su pregunta parecía tan obvia que nadie estaba dispuesto a responder y avergonzar con ello al ignorante.

-Tradición oral y recopilación -sentenció por fin Elena-. Hay dos versiones, una inglesa y otra francesa. No hace falta decir cuál es mejor…

Antes de que se alzaran más voces, propuse a Elena que me acompañara a comprar más antimonio y algo de comer. Movió la cabeza de un lado a otro dando a entender que si no había otro remedio, iría.

Tomé el paraguas, y salimos.

Mientras bajábamos las escaleras fui consciente de que nunca antes había estado tan cerca de ella. En el tiempo que tenía de conocerla, jamás habíamos platicado a solas. Al igual que respecto a mi vecina a quien sólo conocía de vista, me resultó extraño advertir lo poco que en verdad sabía de Elena a fin de cuentas.

La plática exploratoria que se desarrolló entonces me llevó a saber que estaba próxima a realizar una especialidad en toxicología. Una especie de ajuste de cuentas con la vida. Al parecer alguien de su familia había muerto de una picadura de alacrán; el suero había llegado tarde o no había llegado. Le interesaban los venenos, no podía negarlo.

-¿Sabías que muchos venenos son proteínas? -me preguntó mientras cruzábamos una calle, ambos semiprotegidos por el hongo del paraguas.

Le contesté que no tenía ni idea, pero en mi fuero interno me estaba diciendo que debía esquivar el tema. Quizá nunca podría estar de nuevo con ella en esas condiciones. Presentía que era esa noche o nunca, que de no aprovechar aquella oportunidad para seducirla, Elena saldría para siempre de la esfera de mi vida, como suele suceder con las cosas que se anhelan demasiado y no se consigue retenerlas de una vez. Esta misma circunstancia me entorpeció. Además, lo que había bebido no me daba precisamente lucidez. Por más que lo intentaba, no lograba ordenar mis ideas. Sabía que los diálogos entre ebrios y sobrios no progresan. Nada me habría gustado más entonces que Hermes y los otros se hubiesen marchado aburridos de esperar. Aquello sería inmejorable, llegar al departamento y no encontrar a nadie. Era algo perfectamente posible. Emocionado por esa perspectiva sonreí al pensar en lo que sucedería después.

-¿De qué te ríes? -me preguntó Elena.

-No, de nada. De que estoy borracho. Y tú también, a ver, mírame.

Nos detuvimos frente al escaparate luminoso de la vinatería. Sólo entonces noté que Elena tenía los ojos color miel, tiernos y expresivos. Pretendiendo descubrir el brillo conferido por el alcohol, acerqué mi rostro al suyo, y entonces traté de besarla. Ella se hizo a un lado.

-Sí que estás borracho -dijo-. ¿Es ésta la tienda?

Durante el camino de regreso Elena iba callada. Sabiendo que ésa no era buena señal, le pregunté si lo que nos había contado sobre el alcohol era verdad o era un cuento de Las mil y una noches.

-Es verdad, todo.

-¿Dónde lo leíste?

-Por ahí. Ya no recuerdo dónde.

Una vez frente al edificio comprobé desilusionado que la luz de mi departamento se derramaba desde el ventanal como un mal presagio. Recortada en su brillantez, estaba la silueta de alguien.

Nos disponíamos a cruzar la calle cuando escuchamos que un auto se acercaba. Debido a la bóveda del paraguas y al mismo rumor del aguacero, no medimos su cercanía. El vehículo apagó y encendió las luces para prevenirnos. Esperamos a que pasara. Pero el auto aminoró velocidad, se orilló, pasó a nuestro lado y se detuvo metros más allá. De la puerta del copiloto salió apresuradamente una mujer. Era mi vecina. Atravesó rápido la banqueta cubriéndose la cabeza con su bolso. Gracias a la luz del zaguán pude admirar esa sensualidad suya que tantas veces había contemplado desde el ventanal de mi departamento. Llevaba un vestido escotado y corto que daba la impresión de estar a punto de reventar debido al voluptuoso cuerpo de ella. La mujer abrió la puerta del zaguán y entró a la casa. Entonces el auto arrancó.

-¿La conoces? -me preguntó Elena.

-Es mi vecina.

-¿Qué le habrá pasado?

-Nada. Tenía prisa, yo creo.

-¿Prisa? Prisa en limpiarse la sangre.

Miré a Elena con patente desconcierto. ¿De qué estaba hablando? ¿Sangre? No creía estar tan mal como para no advertir que la mujer sangraba. A menos que la embriaguez y mi admiración por aquel sensual cuerpo me hubiesen hecho omitir tan singular detalle.

-¿La sangre?

-Claro, ¿no viste? Tenía sangre en la boca.

Eso me pareció demasiado. Le dije a Elena que había visto de más, que se trataba de un juego de sombras. Y después de todo, ¿cómo sabía que era sangre?

-Ven -y me llevó frente al zaguán donde por unos instantes había estado la supuesta mujer sangrante- . Mira.

Sobre la banqueta había una serie de asteriscos rojos y gelatinosos que trazaban un sendero desde el zaguán hasta el filo de la guarnición.

-¿Y es sangre? -pregunté con tono de desamparo.

-Oye, siete años de medicina…

Nos miramos en silencio. Me acerqué a ella y traté de besarla otra vez, pero de nuevo me esquivó.

-Vámonos. Ya deben de estar impacientes.

Elena cruzó la calle abandonando el techo del paraguas. Yo, confundido, la seguí aplastando las hojas caídas.

Contrario a lo que había anhelado, no sólo no se habían marchado mis amigos sino que había llegado más gente al departamento; la reunión se establecía: tres muchachas y un joven a quien nunca había visto conversaban animadamente con Hermes y los otros. Los inesperados visitantes habían traído de beber. Tal vez a ello se debía la sorpresiva animación, rostro opuesto del ambiente que Elena y yo habíamos dejado minutos antes. Quizá era mejor así, al menos la velada ya no estaría marcada por la amargura de Hermes ni por las indirectas de Elena. Entre más personas hubiese la tensión se diluiría.

Conocía bien a las recién llegadas. Eran antiguas compañeras de colegio con las que había mantenido amistad por espacio de varios años. Con una de ellas inclusive había tenido relaciones luego de la última fiesta. Lo habíamos pasado bien. Verla me dio gusto, de manera que me puse a platicar con ella no bien hube acomodado las cosas que había traído.

Bebimos, todos bebieron y hablaron interrumpiéndose llevados por el alcohol. También llegó más gente, cuatro o cinco atraídos por el aroma de una noche promisoria, seguramente avisados por mis amigos mientras Elena y yo habíamos ido a la vinatería. A mis agotados y aturdidos oídos llegaron retazos de conversaciones al parecer sin sentido. Los nombres de Poe y Brahms de pronto se mezclaban con los del mago Houdini y la actriz Asta Nielsen. Algo alcancé a escuchar también sobre el color de la sangre, dicho seguramente por Elena. Al parecer la sangre sí era azul después de todo, pero en el torrente sanguíneo, donde no había oxígeno. También perdí el hilo de esta plática pues mi amiga empezó a besarme el cuello, y a murmurarme palabras al oído.

Pensando en Elena, me dije que estaba con la persona equivocada. Abrasé a mi amiga, y aproveché que apoyó su mejilla contra mi pecho para buscar a Elena. En el sillón hundido no estaba, ahí había dos que discutían casi a gritos y con muchos aspavientos, como políticos. Entonces recordé haberla visto en algún momento con el joven al que no conocía. A él no tardé en encontrarlo, estaba en el umbral del pasillo hacia el baño. Hablaba con alguien a quien no podía ver pues permanecía oculto en el pasillo. Tal vez era Elena. Instantes después vi cómo Hermes se allegó a esos dos, botella de cerveza en mano, y empezó a platicar con ellos. No podía tratarse de Elena entonces, Hermes incluso sonreía. Revisé de nueva cuenta y no la encontré. Concluí que, como siempre, había hecho una de sus furtivas huidas. La había dejado ir. Desilusionado, bebí de un trago el vaso de mi amiga, y sentí de inmediato el golpe de confusión provocado por el alcohol. Antimonio, balbucée sin saber bien lo que decía. Luego, llevé a mi amiga al cuarto y cerré con llave. Por la ventana pude ver que afuera seguía lloviendo. Un cálido sentimiento de amparo me envolvió cuando abracé a mi compañera desnuda…

Esa noche soñé que quien barría las hojas al pie del edificio era Elena. La observaba desde un punto indefinido, como un ojo absoluto visor del universo. Elena iba barriendo las hojas de manera peculiar, formando cuadriláteros como si se hubiese propuesto cuadricular la calle. Un cuadrado de hojas, uno limpio, y así continuaba. En algún momento dado sopló con fuerza el viento, y el tablero aquél se deshizo. Elena empezó a maldecir en francés, maldecía a Hermes que al parecer era el viento. Después Elena apareció vestida como mi vecina esa noche, con un traje ligero, escotado y corto, e iba por la calle esparciendo un polvo venenoso que achicharraba las hojas. Y yo quise estar a su lado pero ignoraba cómo hacerlo. El polvo caía sobre las hojas a medida que Elena se perdía de vista, y supe que no la volvería a ver ya.

En el amanecer del viernes la lluvia persistía. De hecho, fue su murmullo el que me despertó. Siempre había asociado las mañanas lluviosas con el fin del mundo; pensaba que si éste llegaba a ocurrir el indicio inequívoco sería una tormenta matutina.

No me sentía bien. La cabeza me latía como si le estuviesen inyectando aire a presión. Recordé la estampa caótica de la velada, y el cerebro me dolió más. Mi amiga yacía boca abajo, y en diagonal sobre la cama, uno de sus brazos arañaba el piso. El cuarto olía a vómito. Instintivamente fui hacia la ventana para abrirla. La calle lucía idéntica a como la había visto por la noche. Un nutrido manto de follaje tapizaba el pavimento. Y esa mañana, por primera vez desde que vivía ahí, no había rastro de mi vecina. Supuse que debido al mal tiempo había decidido no salir. Entonces recaló en mi memoria el extraño y fugaz cuadro que Elena y yo habíamos presenciado a nuestro regreso de la vinatería. Pensamientos inconexos y punzantes como lanzas allanaron mi cabeza. Uno era el color de la sangre. Dos era el alcohol en mis ojos. Tres, el cuerpo de mi vecina cubierto de hojas. Cuatro, Hermes y el joven desconocido fornicando con Elena. Y cinco, un juego de ajedrez que había perdido.

Permanecí algunos minutos vigilando. Tenía la esperanza de que de un momento a otro mi vecina abriría el añejo zaguán de madera para ponerse a barrer la hojarasca. Saldría cubierta por un impermeable o una capa. Así la imaginaba, así deseaba verla, en la rutina de la vida. Pero nada de esto sucedió. Un auto pasó a gran velocidad por la calle dejando a su paso dos surcos en el lecho de hojas. Y la lluvia siguió cayendo.

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