EMA WOLF CINCO CUENTOS :FILOTEA, EL REY QUE…,UNA ARTISTA,LUPERTIO SE ENOJA…LA NONA


FILOTEA

http://decimoslee.blogspot.com/2009/08/filotea-cuento.html

Filotea tenía que tomar una decisión importante.
– ¿Me tiro o no me tiro?
Miró para abajo.
-¡Gggg! ¡Me da vértigo!
Volvió a mirar.
-¡Gggggggggg!
Se dijo a sí misma: “Filotea, coraje.”
Juntó las manos, cerró los ojos, apretó la respiración, tomó impulso y… no se tiró.
-¿Qué hago?
Se puso rodilleras, muñequeras, zapatos de corcho, un almohadón en el traste.
-Ahí voy. Un, dos, trr…
No fue.
-¡Es tan alto! ¿Y si me estrello? Necesito más protección.
Se puso un chaleco neumático, un casco, un paracaídas en la espalda. Lo último fueron las antiparras.
Entonces sí: pegó envión y zzzzzzzz cayó planeando sobre la vereda sin romperse nada.
Las hojas como Filotea siempre exageran un poco, pero al final, en el otoño, se animan y zzzzzzzz caen.

El rey que no quería bañarse – CUENTO

Autora: Ema Wolf

http://decimoslee.blogspot.com/2009/08/el-rey-que-no-queria-banarse-cuento.html

Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente: En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín enemigo.
Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.
Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llegó el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.
-No me baño –dijo-¡No me baño, no me baño y no me baño!
La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.
-¿Qué pasa majestad? – preguntó el viejo chambelán- ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?-No, no y no –contestó el rey- pero yo no me baño nada.
Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.
Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto grito y tanto escándalo formó para escapar que al final lo soltaron.
La reina Inés consiguió cambiarle las medias,-¡las medias que habían batallado con él veinte años!- pero nada más.
Su hermana, la duquesa Flora le decía:
-¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temés oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte..?
Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar.
-¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo.
Y terminó diciendo en tono dramático: ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?
Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mandó hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo.Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.
Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón.
Vigildo quedó fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!
Ligero como una foca, se zambulló en el agua. Alineó a sus soldados, y ahí nomás inició un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:
-¡Avanzad mis valientes! Glub, glub. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el flanco izquierdo! ¡Por la popa…!- Y cosas así.
La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.
También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos, sus tambores, sus cascos, sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas de rana.
Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.

 

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Una artista – CUENTO

Autora: Ema Wolf

 

http://decimoslee.blogspot.com/2009/07/una-artista-cuento.html
Tengo que contar lo que pasa con mi abuela Eugenia.
Mi abuela Eugenia ama las artes. Todas las artes. Cualquiera.
El año pasado descubrió que podía pintar y eso la puso muy contenta. Se fabricó un caballete. Compró telas, pinceles y pomos de óleo.
Decidió que lo mejor era empezar pintando fruta, como habían hecho todos los artistas célebres. A eso se le llama “naturaleza muerta”. Consiste en poner unas cuantas frutas dentro de una frutera y pintarlas de modo que salgan lo más parecidas posible.
Cuando llegó el otoño juntó manzanas y peras de la quinta. Las acomodó en la frutera, puso la frutera sobre la mesa del comedor y pintó.
Le festejamos mucho el cuadro. Ella se entusiasmó.
El invierno lo pasó pintando cítricos. No dejó una naranja, un pomelo, una mandarina, ni un quinoto sin pintar.
A fines de octubre ya había pintado todo lo que se podía cosechar en casa. La fruta variaba con el correr de los meses; la frutera era siempre la misma.
Colgó las telas de su pieza y organizó visitas de parientes para admirarlas.
Llegó noviembre, que es el mes de los nísperos.
En casa no hay nísperos. El único que los tiene es don Cosme, que vive al lado.
No sé qué habrá pasado por la cabeza de mi abuela aquel día fatal de primavera. Siempre la tuvimos por una persona seria. Pero debe ser cierto que cuando el arte se le mete a alguien adentro, es capaz de hacer cosas que nadie imaginó.
Aquel día mi abuela se coló en el terreno de don Cosme por un agujero de la ligustrina y fue derecho al árbol de los nísperos.
Lo vi todo. Espantoso.
El vecino la pescó justo cuando se descolgaba de una rama baja con el delantal anudado lleno de nísperos suyos.
Me acuerdo de los ojos desafiantes de mi abuela y de sus zapatillas de lana balanceándose a ras del suelo. Don Cosme la miraba petrificado, apoyado el cuerpo en el rastrillo para no derrumbarse. Así estuvieron un rato.
Rojo de vergüenza ajena, don Cosme se metió por fin en el edificio de su casa y mi abuela volvió a la nuestra por el agujero, ofendida porque la habían descubierto.
Rápidamente se puso a pintar los nísperos. Pintó sólo un puñado y completó al frutera con unos cuantos carozos brillantes.
Yo pensé que la cosa quedaba ahí y que nadie más se enteraría.
Pero al día siguiente el vecino mandó llamar a mi papá.
Le contó lo que había hecho mi abuela. Le dijo que la vigilara, que nunca la había creído capaz de portarse así y que era un mal ejemplo para nosotros.
Mi papá volvió furioso. La retó.
A ella el reto le entró por una oreja y le salió por la otra. Estaba cada vez más indignada con el vecino: antes porque pensaba que no era de caballeros pescar a una dama en un momento así; ahora por alcahuete.
Mi papá la obligó a regalarle a don Cosme el cuadro se sus nísperos; al menos eso. Ella obedeció de mala gana. El vecino no supo si agradecerlo o qué.
Desde ese día mi abuela le tomó el gusto al asunto y empezó a visitar otras quintas de la manzana. Siempre con motivo de su arte, se dedicó a levantar fruta madura, bien elegida. Todo a la luz del día, sin esconderse ni ocultar siquiera las huellas de sus zapatillas.
En eso está ahora mi abuela.
Los vecinos se quejan a gritos. Por ellos, ya hubieran guardado todos sus árboles en los dormitorios.
Notamos que cada vez es más lo que se lleva y menos lo que pone en la frutera. Pero sigue pintando.
Van mal las cosas. Debo decir que está completamente sublevada.
La sorprendieron trepada a las medianeras eligiendo fruta con prismáticos, huyendo por debajo de los alambrados y arrojando granadas, que son duras, para retrasar a sus perseguidores. Mi papá tiene pesadillas en las que mi abuela capitanea una banda de forajidos.
Estamos a mediados de enero.
Ella sabe bien que en febrero maduran los higos y no se va a perder el pintar una naturaleza muerta con higos; especialmente esos de cáscara oscura, muy dulces, que crecen en la casa del fondo. Se prepara, creo, para dar el gran golpe.
Armó un artefacto ingenioso para cortar los higos altos: una vara con una tijera en la punta accionada por un piolín y una pequeña red abajo. También consiguió una escalera alta porque la medianera del fondo es alta. Se la pidió prestada al dueño de los higos; el hombre está horrorizado.
Hay que evitar a toda costa que llegue a febrero con esos planes.
Estamos tratando de convencerla de que pinte otras cosas. El mar, por ejemplo, que no molesta a nadie. El problema es que donde vivo no hay mar.
Ella dice que cuando acabe con la fruta va a seguir con los animales.
Eso puede ser peor. No me animo a contárselo a mi papá, pero la encontré dibujando los planos de los gallineros del barrio.

 

LUPERTIUS SE ENOJA LOS JUEVES.

 

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El señor Lupertius vivía en Banfield. Era un hombre tranquilo y de buen carácter, muy cortés con sus vecinos. Pero los jueves se enojaba muchísimo. Cuando le preguntaban por qué se enojaba los jueves siempre contestaba lo mismo:

-           Porque el gato de mi prima Elvira tiene pesadillas.

-           ¿Y dónde vive su prima Elvira?- lo interrogaban.

-           En Don Torcuato.

La historia era ésta:

Todos los miércoles a la noche la prima del señor Lupertius miraba la película de terror que daban por la tevé.

Su gato insistía en verla también él, pero después tenía sueños espantosos, se revolvía en la cama y no la dejaba dormir tranquila.

Es por eso que Elvira sacaba el gato al patio. Antes del amanecer, el gato sin sueño se acercaba a la jaula del canario y lo despertaba con un maullido en la oreja solamente para perjudicarlo. El canario se pegaba una espantada infalible y volcaba el comedero lleno de alpiste.

El ruido despertaba a la prima Elvira, que se levantaba cautelosamente con la chancleta en la mano pensando siempre que eran ladrones.

Como no encendía la luz, se llevaba por delante el perchero y se machucaba la frente. Decía una palabrota y entonces sí encendía la luz.

La luz de la habitación de Elvira despabilaba al vecino del fondo que se acababa de acostar porque era acomodador de cine. El hombre aprovechaba para ir a la cocina y comerse una cucharada sopera de dulce le lecha a escondidas de su mujer. El ruido de la heladera al abrirse y cerrarse despertaba a su perro Fido, que se ponía a ladrar como un trastornado.

Por supuesto, eso despertaba a toda la cuadra. Pero la única que reaccionaba mal era la dueña de la casa de altos.

La dueña de la casa de altos subía rápidamente a la terraza, elegía una maceta llena y la tiraba al patio del acomodador con la esperaza de acertársela al perro. Casi nunca acertaba.

Entonces la mujer les acomodador salía en camisón al patio con la escoba en la mano gritando que alguien bombardeaba su casa y robaba el dulce de leche de la heladera. A continuación llamaba a la policía.

La policía interrogaba a los vecinos tratando de averiguar quién era el autor del hecho.

Cuando llegaban a la casa de Elvira encontraban al lado del teléfono la dirección de su primo Lupertius. El Nombre les parecía sospechoso.

Entonces, con todo disimulo, mandaban un detective disfrazado de vendedor de libros ambulante a la casa del mismísimo Lupertius, que vivía en Banfield.

El falso vendedor tocaba timbre y se producía este diálogo:

-           Vengo a ofrecerle el segundo tomo de la Enciclopedia de la fauna y la flora australianas. Pero antes me gustaría que contestara una breve encuesta.

-           ¡Cómo no! Pregunte nomás.

-           ¿Usted acostumbra a arrojar macetas a los patios ajenos?

-           No.

-           ¿Y a robar dulce de leche de madrugada?

-           ¡Tampoco! ¡¿Por quién me toma?!

El detective tachaba a Lupertius de al lista de sospechosos y se iba sin nada más que hacer.

Y todas las veces así.

Pero nuestro héroe quedaba muy enojado. El episodio lo ponía de un humor pésimo durante el resto del día.

Por suerte, eso ocurría solamente los jueves.

 

 

La Nona In­su­li­na

A me­di­da que pa­sa­ban los años la cara de la nona In­su­li­na se vol­vía más lisa y des­arru­ga­da. Las manos más fir­mes, la es­pal­da más de­re­cha. Hasta se no­ta­ba que cre­cía un poco. Con el tiem­po se afir­ma­ron los dien­tes y dejó de usar bas­tón.

Por esa misma época le em­pe­za­ron a gus­tar más los tacos altos que las pan­tu­flas.

En unos años nació su úl­ti­mo nieto; y poco des­pués, el pri­me­ro.

Se ju­bi­ló de maes­tra de piano.

Pron­to le des­a­pa­re­cie­ron las pri­me­ras canas.

Cuan­do quiso acor­dar­se ya fal­ta­ban vein­te años para su ca­sa­mien­to con el joven Beto Fre­go­li­ni. Hasta en­ton­ces fue crian­do a sus dos hijos, que le daban cada vez más tra­ba­jo a me­di­da que se ha­cían chi­cos.

Más tarde co­no­ció a Beto. Él la sacó a bai­lar un sá­ba­do de car­na­val en la So­cie­dad de Fo­men­to de Ca­ra­pa­chay.

Allí la nona In­su­li­na pron­to em­pe­zó a ir a las fies­tas acom­pa­ña­da de su mamá.

A los doce años entró en sép­ti­mo grado y es­tre­nó un par de zo­que­tes nue­vos. Ya nunca más de­ja­ría los zo­que­tes.

El día que em­pe­zó la pri­ma­ria la nona In­su­li­na gritó como una ma­rra­na cuan­do su mamá la dejó en la es­cue­la.

Por en­ton­ces, se le picó la pri­me­ra muela por lo que iba a ser su gran de­bi­li­dad: los ca­ra­me­los de leche.

El pri­mer po­rra­zo fue a los trece meses, cuan­do se largó a ca­mi­nar.

Des­pués em­pe­zó a ga­tear y a ofre­cer­le su chu­pe­te a medio mundo.

Era la época en que la en­tal­ca­ban para que no se pas­pa­ra.

En cues­tión de se­ma­nas la pu­sie­ron a dor­mir en un moi­sés lleno de moños.

En­se­gui­da, la nona In­su­li­na em­pe­zó a des­per­tar­se cada cua­tro horas para pedir la ma­ma­de­ra.

Una ma­ña­na de se­tiem­bre, muy tem­prano, pegó su pri­mer grito: ¡buaaaaaaa! Le pe­ga­ron una pal­ma­da en el tras­te y des­pués nació.

 

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18 comentarios

  1. buenísimo el del rey que no quería bañarse muy grasioso

  2. buenisimo filotea

  3. Malisima la pagina

  4. Me encantan los cuentos de Ema………acabo de descubrirlos hace una semana…..en un librito llamado Nabuco..etc…
    me hacen reir……ummmm….o cuando menos…..sonreir……eso es bueno…ya que la mayor parte del tiempo estoy reconcentrada…y con el ceño fruncido…..eso……

  5. los cuentos de ema wolf

  6. de todos el que mas me gusto fue el cuento del rey que no se quería bañar. porque me pareció una buena forma de enseñar a los chicos

  7. muy bueno el cuento, y es verdad q los chicos llevan de todas clases de juguetes para bañarse

  8. jaja muy buenosss yo le saque fotocopia para la escuela¡¡¡¡

  9. Qué hermosos cuentos los de Emma Wolf. En el profesorado (soy maestro en educación inicial) me han enseñado algo que comunmente es pasado por alto por mucha de la oferta de libros para chicos que existe en el mercado. La “literatura infantil” no debe promover enseñanzas sino placer. Placer por la función estética del lenguaje, por las imágenes mentales que se pueden construir conforme trascurre el texto. Y mil otras cosas que se me escapan por no ser especialista en la materia. Ema Wolf es una de las autoras que -considero humildemente- hace verdadera literatura infantil. Grosa Ema!!! Gracias!!!!

    • Sin duda, una de las grandes de Argentina para el mundo infantil. Un abrazo Sendero

  10. […] Cinco cuentos de Ema Wolf  […]

  11. Me encantan los cuentos de Ema Wolf los descubrí a partir de un curso de practicas del lenguaje que estoy haciendo.

  12. Gracias Ema Wolf!
    Disfruto cada uno de tus cuentos.
    Docente jubilada


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