—No puede ser —gruñó el centinela. —¿Por qué? —pregunté. —Porque está prohibido. —¿Por qué está prohibido? —No puede ser —gruñó el centinela. —¿Por qué? —pregunté. —Porque está prohibido. —¿Por qué está prohibido? —Porque está prohibido, tú, está prohibido que los pacientes salgan. —Pero yo —dije con orgullo— soy un herido. El centinela me contempló despreciativo: [...]
