LA MANO ONETI

dermatfig7A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio: – La leprosa.
Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile. No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.

Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. “Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es psíquico”.
Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.

Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.
Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.
Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando

LA FUERZA HUMANA DE RÚBEM FONSECA

gimnasio_acuatico_2407_620x413Quería seguir de frente pero no podía. Me quedaba parado en medio de aquel montón de negros: unos balanceando el pie o la cabeza, otros moviendo los brazos; pero algunos, como yo, duros como un palo, fingiendo que no estábamos allí, fingiendo que miraban un disco en la vitrina, avergonzados. Es gracioso, que un sujeto como yo sienta vergüenza de quedarse oyendo la música en la puerta de la tienda de discos. Si suena alto es para que las personas lo escuchen; y si no les gustara que la gente se quedara allí oyendo, bastaba con desconectar y listo: todo el mundo se alejaría en seguida. Además sólo ponen música buena, de la que tienes que ponerte a oír y que hace que las mujeres buenas caminen diferente, como caballo del ejército enfrente de la banda.

El caso es que pasé por ahí todos los días. A veces estaba en la ventana de la academia de João, en el intervalo de un ejercicio, y desde ahí arriba veía a la multitud en la puerta de la tienda y no me aguantaba: me vestía corriendo, mientras João preguntaba, “¿a dónde vas, muchacho? Todavía no terminas las flexiones”, y me iba derecho para allá. João se ponía como loco con esto, pues se le había metido en la cabeza que me iba a preparar para el concurso del mejor físico del año y quería que entrenara cuatro horas diarias, y yo me detenía a la mitad y me iba a la calle a oír música. “Estás loco”, decía, “así no se puede, me estoy hartando de ti, ¿crees que soy un payaso?”

Él tenía razón, me fui pensando ese día, comparte conmigo la comida que le mandan de casa, me da vitaminas que su mujer que es enfermera consigue, aumentó mi sueldo de instructor auxiliar de alumnos sólo para que dejara de vender sangre y me pudiera dedicar a los ejercicios, ¡puta!, cuántas cosas, y yo no lo reconocía y además le mentía; podría decirle que no me diera más dinero, decirle la verdad, que Leninha me daba todo lo que yo quería, que podría hasta comer en restaurantes, si lo quisiera, bastaba con que le dijera: quiero más.

Desde lejos me di cuenta que había más gente que de costumbre en la puerta de la tienda. Personas diferentes de las que iban allí; algunas mujeres. Sonaba una samba de un balanceo infernal —tum schtictum tum: las dos bocinas grandes en la puerta a punto de estallar, llenaban la plaza de música. Entonces vi, en el asfalto, sin dar la menor importancia a los carros que pasaban cerca, a ese negro bailando. Pensé: otro loco, pues la ciudad cada vez está más llena de locos, de locos y de maricas. Pero nadie reía. El negro tenía zapatos marrón todos chuecos, un pantalón mal remendado, roto en el trasero, camisa blanca sucia de mangas largas y estaba empapado en sudor. Pero nadie reía. Él hacía piruetas, mezclaba pasos de ballet con samba gafieira, pero nadie reía. Nadie reía porque el tipo bailaba con finura y parecía que bailaba en un escenario, o en una película, un ritmo endemoniado, nunca había visto algo como aquello. Ni yo ni nadie, pues los demás también lo miraban boquiabiertos. Pensé: eso es cosa de un loco, pero un loco no baila de ese modo, para bailar de ese modo el sujeto debe tener buenas piernas y buen ritmo, pero también es necesario tener buena cabeza. Bailó tres piezas del long-play que estaban tocando, y cuando paró todos empezaron a hablar unos con otros, cosa que nunca había ocurrido a la entrada de la tienda, pues las personas se quedan ahí calladas oyendo la música. Entonces el negro tomó una jícara que estaba en el suelo cerca de un árbol y la gente fue poniendo billetes en la jícara que muy pronto se llenó. Ah, esto lo explica, pensé. Rio se estaba poniendo diferente. Antiguamente veías uno que otro ciego tocando cualquier cosa, a veces acordeón, otras violín, incluso había uno que tocaba el pandero acompañándose con un radio de pilas; pero era la primera vez que veía a un bailarín. He visto también una orquesta de tres nordestinos golpeando cocos y a un niño tocando el “Tico-tico no fubá” con botellas llenas de agua. Todo eso lo he visto. ¡Pero un bailarín! Eché doscientos pesos en la jícara. Él puso la jícara llena de dinero cerca del árbol, en el suelo, tranquilo y seguro de que nadie le metería mano, y volvió a bailar.

Era alto; en mitad del baile, sin dejar de bailar, se arremangó la camisa, un gesto hasta bonito, parecía un gesto ensayado, aunque creo que tenía calor, y aparecieron dos brazos muy musculosos que la camisa de mangas largas escondía. Este tipo es definición pura, pensé. Y no fue una corazonada, pues basta con mirar a cualquier sujeto vestido que llega a la academia por vez primera para poder decir qué tipo de pectorales tiene, o cómo es su abdomen, si su musculatura es buena para hinchar o para definir. Nunca me equivoco. Sigue leyendo

DOS CUENTOS POR ALAN PAUL MALLARD

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ALFANJEEl rescate

 El cuchillo rebana de un tajo la granada y el cautivo despierta enfebrecido a la salobre oscuridad de su mazmorra. De los signos profusos de sus sueños deduce su inminente ejecución. Amanece. Un resplandor recorta rombos de luz en el hierro de la alta, desdeñosa ventana.

Caviloso, el prisionero llama a sus alguaciles. Se finge agente de ricos mercaderes y ofrece comprar su libertad.

Le permiten lavarse el rostro y antes del mediodía dos enhiestos custodios lo presentan ante el sultán.

El soberano, hombre cruel y justo, le concede el más arduo privilegio: estimar el precio de su vida.

Sin regateos, el prisionero compromete su honra.

Fijado el monto, el sultán –un rictus de sorna en el semblante– libera a su cautivo, quien parte rumbo a su remoto país a recaudar la suma de su propio rescate.

Largo es el viaje de retorno; poblado está de incertidumbres.

Marismas, juncales donde acechan las fieras, al fin la meseta pedregosa en que los suyos se empecinan en sembrar mijo. Apenas unas peñas en dónde reposar la vista. A cada paso agradece el cautivo a sus confusas deidades la inusitada clemencia del sultán.

Su modesta patria, desaliñado entreverase de cercas y casuchas, lo acoge con azorado regocijo: dábalo por muerto. Llegado a casa, la visión de unas avecillas negras que alborotan desde sus balcones de lodo le conmueve más que los mimos de los suyos.

Terminados los festejos, reúne su hacienda.

Pero tan pobre es su tierra como elevada la deuda, y los dioses mayores, tras un cerco de nubes siempre en el horizonte, escatiman las lluvias.

Entabla empréstitos, suplica limosnas. Espera a la próxima cosecha. Un ensordecedor enjambre entenebrece el cielo y el mijo se malogra. Ante el escuálido rebaño de cabras le pesa haber tasado con holgura su vida.

Rumia, insomne, su valía. Contempla una luna menguante y se resuelve. Nadie –lo sabe– comprenderá su decisión.

Toma al fin la ruta que apunta a las lindes del desierto. Ardua es la travesía. Peñascos. La tentación de flaquear lo aguijonea. Juncales y marismas. Las fortificaciones de la ciudad vibran en la distancia. Hasta que una vez ya no se esfuman.

El prisionero se apersona ante el sultán.

El sátrapa desgrana distraído un lustroso fruto en dientes color rubí. Tarda en reconocer al atezado forastero que, inmensa humildad o inmenso orgullo, se deja caer de rodillas. Los brazos tendidos hacia el frente, el infiel solicita el grillete: no ha logrado reunir la suma estipulada.

Conmovido e incrédulo, le ordena levantarse y comparte con él los agridulces granos carmesíes.

Lo acoge como su huésped. Lo alaba, lo agasaja. En desafío a escandalizados consejeros, le brinda su nombre y le desposa con la más dulce y florida de sus hijas.

Al concluir los fastos de las bodas resplandece un alfanje.

Un jaspeado mausoleo ampara en su frescura el cuerpo del yerno real. En acato al edicto, la plebe llora la dolida muerte, y los poetas riman la edificante historia.

Envuelta en una atorrante nube de zumbidos, la abyecta cabeza del infiel, en lo alto de una pica, marca con su sombra terrible el moroso trayecto del sol.

El viento se entretiene con unas golondrinas. ~


Parpadeo

Pendiente durante lustros de la evolución de los ejércitos, el Dios de la guerra solía inclinar alternativamente la balanza. Barriendo con la mirada desde su palco de nubes el lodazal de quejidos agónicos, estandartes rasgados, costillares equinos erizados de flechas, se decide a resolver.

En turbulento exabrupto, las aguas del Río Amarillo desbordan su cauce. Gargantas y valles más abajo, una columna de refuerzos se azolva.

Maniobra inspirada o golpe de la fortuna, el general Wou Ki consigue cercar a Ling Xu, general enemigo, su horma y medida, su perpetuo rival. Se lo apresa vivo. Con gran comedimiento, un centenar de hombres escolta al cautivo hasta el lejano cuartel de campaña.

Por vez primera, los veteranos militares se escrutan el semblante. Poco o nada transluce: la enhiesta dignidad del sometido, el regocijo soterrado del captor. Sin pestañear, Ling Xu aprende una noticia que le concierne: al despuntar el día se le habrá ejecutado. Wou Ki se ufana de su verdugo de excepción.

Afanoso por mitigar el oprobio del vencido, Wou Ki agasaja al desastrado Ling Xu. Doncellas de esbelto talle y delicada tez amenizan el banquete con sistros y campanillas. Al vehemente calor del vino de arroz, los generales repasan, minuciosos, su longeva rivalidad. Sensibles ambos a la pericia y civilidad recíprocas, desmenuzan sutilezas de estrategia militar. Habrían –intuyen sin decirlo– podido ser amigos. Las horas nocturnas fluyen líquidas y cordiales.

Wou Ki se levanta solemne y da por terminado el convivio. Un reverberar de bronce convoca al verdugo, silueta silenciosa que ensombrece a trasluz un biombo de seda bordado de salamandras. Henchido de orgullo, pródigo en halagos almibarados, Wou Ki lo hace pasar, lo presenta a su huésped.

El verdugo enmascarado insinúa ante Ling Xu una reverencia muda y se lanza en la esmerada demostración de sus habilidades. En amplios y enrevesados molinetes, dos espadas en forma de hoja de sauce cortan precisas el fresco aire del alba. La coreografía de las evoluciones –concede el cautivo Ling Xu–, admirable; el verdugo, un verdadero artista; los veloces alfanjes –consiente en el tris de un parpadeo–, dos silbantes golondrinas.

El derroche de virtuosismo se alarga, Wou Ki en vano embeleso ante el intrincado baile de músculos y aceros.

“Retarda sin motivo”, se dice Ling Xu, “mi encuentro con la muerte”, y rectifica su dictamen: su perpetuo enemigo, un hombre fatuo y presuntuoso.

–No veo necesidad de tanta demora. Lo que ha de hacerse, hágase ya –protesta, la vista en la línea de difuso fulgor tras las colinas.

Sin tornarse a mirarlo Wou Ki responde para el horizonte:

–Hace ya tiempo que el nuevo día ha comenzado.

Lúcido de pronto, Ling Xu percibe el bullicio de los ruiseñores. Asiente.

Su cabeza se desprende y rueda en tumbos sangrientos trazando un burdo arabesco por el entarimado. ~

SECUESTRO EXPRESS POR STELLA URUGUAY

gallo -STELLALa calle de adoquines, las casas chatas, simples, casi todas de una planta,  muchas iguales. Un barrio como hay muchos. Nadie era rico. Nadie era pobre, o si lo era lo disimulaba. Un barrio de medianía ,  quieto,  tranquilo, que se despertaba brevemente con el ladrido de algún perro.  Mucho para ser feliz.  Barrio de vecinas, que cuentan historias ajenas como propias , de teleteatro, de mate a la tarde, de tortas fritas el día de lluvia, de ñoquis los veintinueve, de crochet, de almacén, de feria semanal. Barrio de quiniela. Lindo barrio para ser niño, y jugar en la calle casi sin autos, o para ser viejo porque aquí no había apuro, todo era lento, somnoliento.

Amalia tenía una casa blanca bastante cuidada. Demasiada casa, y hasta un lujo para una sola persona.  En el barrio la conocían porque su dueña siempre estaba sentada detrás de la ventana. El muchachito de la provisión le traía el pedido, y lo atendía por el balcón. Una vez por mes salía de la casa y todos suponían que iba a cobrar alguna pensión. Alguna vez, paraba un auto y bajaban dos mujeres tan añosas  como Amalia. Todos suponían que eran familiares. Todos imaginaban . Nadie sabía nada , porque dentro del barrio, pasó de ser vecina, a ser un ornamento un  dintel de  la ventana y de la puerta siempre cerrada. Vida oscura, para una casa blanca.

Enrique compró un terreno, en la zona y construyó un galpón . Ahí instaló un  garage y taller de autos. Estaba muy cerca de la casa de Amalia, a una cuadra. Pero como todos, la vió y supo de ella a través de la ventana.

A Enrique le iba bastante bien. Cumplidor era, pero se tomaba su tiempo.  Gran conversador, animador de asados, espléndido imitador. Se fué haciendo de un pequeño capital, y logró tener tres ayudantes. Bueno, de tres digamos que se hacía uno y medio. Eran botijas, que estaban más para el candombe, que para las tuercas. Pero los fué llevando.

Era un jueves de llovizna finita, cuando se hacen charquitos, entre los adoquines, y los chiquilines juegan a ensuciarse. En el taller tenían un auto para arreglar. Más que un arreglo era un exámen. Un auto viejo, que estaba más para chatarra, que para salir andando. Enrique dejaba vivir,  los chiquilines,  se reían desarmando y él se fué hasta el portón a tomar mate.

Cuando la vió venir, le costó reconocerla. Un saco grande la cubría y era tan bajita, apoyada en un bastón, un poco más pequeño que ella, y un paragua inmenso. Se parecía a un hongo.
Era la vieja Amalia, y venía hacia  él, casi tira el termo.!

Con un saludo de buenas tardes, la vieja se fué derechito al grano.
– Mire tengo dos gallinas y un gallo, y como no puedo más con ellos, se los doy. Eso sí , usted las retira ahora, y son suyos.
Enrique se la quedó mirando con lástima. Pensó en una abuela que no tenía, en la suegra, aunque nunca se había casado, en la prima Eulalia, la que hacía como veinte años que no veía, y en última instancia, en un puchero con fariña.
– Tiene que ser hoy, ahora, porque está lloviznando ?.
– Ahora.  No ve que no hay nadie en la calle? Agregando son dos preciosas gallinas y un gallo de riña.
– Espere voy a buscar algo donde ponerlos. No terminó de decir ésto cuando la vieja empezó a caminar. Enrique tomó una bolsa, bastante manchada con grasa, y agarró una vara cortita de hierro para empujar, y medio apurado alcanzó a Amalia.

Cuando entró, se sentía casi Solís en el  Río de la Plata . Sacó sus ideas de la cabeza, porque a Solís lo mataron en cuanto llegó a la orilla. La casa era tan blanca como por fuera, casi sin muebles, y mucha luz que venía de la claraboya.  Linda casa pensó y se lo dijo a la dueña.
– Era de mis padres, ellos la construyeron. Lo dijo con dejo irónico, frunciendo la boca,  agregando  cuando la zona era respetable.
Siguieron atravesando un corredor a donde daban puertas cerradas, y llegaron a una amplia cocina comedor. Ahí por una puerta de hierro, bajando dos escalones se llegaba al jardín. Un camino de baldosas, lo dividía, y ahí vió Enrique, que a la izquierda, tenía plantadas  semillas, en envases de plástico, y cubiertas para su protección con una pequeña enramada, y del lado derecho tenía una pequeñísima huerta compuesta  de acelgas, lechugas, perejil, algún morrón, y una o dos tomateras.
Con asombro Enrique le preguntó cuando trabajaba la tierra y la mujer le contestó.
– De mañana tempranito, cuando los demás duermen.  Le decía haragán sin decírcelo, mirandole la abultada barriga.

Llegaron a la jaula entre hierros palos e hiedra, situada bien al fondo, y entraron.
Ahí estaban dos gallinas, si a eso se le puede llamar gallinas.  Flacas, peladas con el cogote sangrante, mientras un gallo agresivo, con muchos colores, y más nervios que pinta , daba vueltas, y agredía a la gallinas a picotazo limpio.
– Las gallinas están heridas, le faltan plumas, y el gallo me parece medio loco. Instintivamente su mano se fué para el varal.
– Lo que pasa dijo con toda tranquilidad doña Amalia, es que las gallinas tienen piojillos, y el gallo las ayuda a sacárselos.
– Vaya ayuda, dijo Enrique.  Parece violencia doméstica.
– Bueno dele, ahora que dejó de chispear. Abra la bolsa y yo lo ayudo.
Enrique no podía creer lo que estaba pasando, pero se encontraba ahí, para poner dos gallinas apestadas, dentro de una bolsa, ayudado por una vieja desconocida, en el medio de un barro de novela, que se le pegaba a los championes  y estando el podrido gallinero  bastante resbaladizo.

La vieja  le hizo el verso, le hizo creer que se le acababa la  batería.!

Las gallinas entraron rapidamente, y se le puso un pedazo de ladrillo a la boca de la bolsa para que no escaparan.  Pero para el gallo no había modo, hasta que Amalia trajo una caja de cartón, y entre picotazos, entró el desgraciado. Parecía o sentía Enrique que aquello era similar  a El Padrino,  el gallo para él pertenecía a la mafia siciliana.
Así salió Enrique de la Casa Blanca, cuya puerta se cerró al instante,  con una bolsa manchada de grasa que se movía convulsivamante, una vara de hierro que no servía ni para bastón, y con una caja de cartón atada con una piola, por la que de unos de sus extremos, salía un pico curvo.
Empezó a lloviznar nuevamente, pasó rapidamente su portón, no fuera que lo vieran los vecinos o los muchachos, y al otro día los tenía bailando con el plumero, con el que hacían que limpiaban los autos.

 

Se acordó del tango ” Pucherito de gallina con viejo vino Carlón “  Solamente que él  no sabía cantar como  Edmundo Rivero.  A él le cantaron el ” 5  de Oro ” o la aproximación.
Quería y no sabía donde tirar la carga.  Fué cuando pensó, en la Asociación   de Floristas.  Ahí todos los jueves, había remate. Venta y compra de flores.
Empezó a sentir una picazón, que le iba desde los dedos de las manos y le subía hasta el cuello. Se acordó de la vieja Amalia, en inglés y en francés, lo bueno era que no sabía esos idiomas. Lo que no podía hacer era algo sencillo como rascarse.

Entró a lo zorro.  Estaban todos lejos, entretenidos, escuchando el remate. Menos mal !  En uno de sus costados contra la pared de ladrillos, entre piletones, y canillas goteando,  se amontonaban pedazos de hojas, tallos, flores marchitas, varios papeles, cajas de cartón y plásticos.

Todo descartable.
Enrique se sintió, héroe, liberador de los oprimidos, un secuestrador redimido.

Salieron dando tumbos las famélicas gallinas, mojadas, enceradas, parecían más pequeñas, diría juguetitos de baquelita y las pobres, sin cacareo alguno, creyeron estar en el paraíso, y se pusieron a  cenar  con lo que encontraron.
Con el gallo, la cosa fué diferente.

El hilo, se trancó en la moña, es que la vieja lo había atadado como para regalo.  De verdad, para sacar un ojo, seguro que lo hacía gratis. Así que pensó,…- abro la caja, y si se pone fiero, ” le doy con el fierro “
Se liberaron las tapas y vió , un gallo mareado,  con media cola,  caminando como sobre adoquines, hasta zambo  era el ladino,!! … y se fue…  bailando un Pericón con relaciones.
Se colocó debajo del brazo la bolsa aceitada como, prueba del delito, y dejó a los secuestrados, entre flores,  con alimento, y sin pedir auxilio.

Como broma ya que los plumíferos  no lo hacían empezó a imitar el cacareo , y a rascarse de lo lindo..

Apurado quiso  abrir la puerta  chica, y se dió cuenta que estaba trancada.

Sintió un ruidito que lo hizo mirar para arriba, ahí estaba una cámara controlando la Asociación,  y debajo un cartel que decía ” Para salir llame ” y pegado en la  chapa verde  del portón un anuncio grande que decía ” Sonría lo estamos grabando “

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VIENTO LUNAR DE ANA MARÍA CADAVID* MEDELLÍN COLOMBIA

HOMBRE EN LA LUNA—Hoy, el hombre, por primera vez, pisará la Luna— dice Tatín blanqueando los ojos. Así decía el padre en mi primera comunión: “Dios vino a la tierra y se hizo hombre”.

Me siento en el suelo. La revista Life está en la mesa. Mi papá no deja que la recortemos. Se pone furioso si la rayamos. Las hojas son grandes, llenas de fotos, con mujeres muy bonitas, de pelo largo, suave, y señores peinados con gomina. Los astronautas están ahí con sus trajes espaciales. Llevan el casco en la mano y tienen los ojos azules. Yo nunca he tenido el pelo largo. Me lo cortan cada vez que me llega a los hombros porque, como dice mi mamá, con ese pelero me veo horrible. Para la primera comunión, ella me peinó con rulos y los guantes que me pusieron son de cuando ella era joven. Me quedaban grandes. Enormes. Yo estaba furiosa con ese peinado de señora, pero mi mamá estaba feliz echándome laca para que el viento no me despeinara. Y todos decían que cada vez me parecía más a ella. Cuando me miraba en el espejo me quería arrancar la cabeza. Odio ese olor a laca. ¡Gas!

—¡Cuidado se enreda en el televisor!— Tatín nos regaña… En la confesión, en el colegio, tuve que inventar muchos pecados y, de último, dije que era mentirosa… Y llegar con esa rabia al Seminario Mayor, a esa iglesia que parece una luna estrellada, como si se hubiera caído del cielo destartalándose en plena montaña, fue horrible. Mi papa me dijo que dejara la mala cara en el carro y mi mamá que no estirara trompa.

—¡Ya casi es la hora!— Tatín grita… Yo era la primera en la fila porque no tenía ocho años. Y tenía que entrar en esa luna, con esos guantes enormes, con esos zapatos de charol apretados, con ese cirio en llamas, con ese pelo enlacado. Con mi “hermoso” peinado de bomba. ¡Gas!

Tatín enciende el televisor. Sigue leyendo

NOS SIGUEN MATANDO SERGIO LOO

CALLEVolvieron a pegar fotocopias en los urinarios y nosotros volvimos a rayarlas con  nuestros nombres. Impresas, recomendaciones por si ligas en el antro: usa condón siempre, presenta a tu ligue de la noche a un conocido, avisa dónde estarán. Y nosotros, es que no entendemos, de verdad que pensamos con el culo, volvemos a escribir nuestros mails y teléfonos en ellas, con nuestros nombres, con especificaciones: “te la chupo”, “la tengo grande”, “aguantador”, “para bondage y tríos”. Nos están matando. No es broma y lo peor: nos gusta caer como gorrioncitos heridos, con los pantalones ajustados y la mirada brillante, fría; los ojos, esferas de espejos de una discoteca abandonada. La semana pasada, por ejemplo, apareció en el periódico otro homicidio. Alguien ligó, dicen que aquí en el Vaquero pero otros dicen que en plena calle de Cuba, frente a la patrulla que anda rondando o el puesto de hotdogs, y fue encontrado muerto a unas cuadras, hacia Garibaldi, apuñalado. Horrible. Otros dicen que en el Marra, que la víctima fue uno de esos estudiantes de la ENAP que se creen muy alternativos porque toman curado de guayaba en La Risa, en Mesones, y luego se pasan a bailar electrocumbia al Marra o a La Purisima o a las Bellas Hartas. Que era un artista visual del power point. Que yo me acosté con él. Sigue leyendo

LA ZARPA DE JOSÉ EMILIO PACHECO

La zarpa

Padre, las cosas que habrá oído en el confesionario y aquí en la sacristía…  Claro, usted es joven, es hombre y le será difícil entenderme. De verdad, créame, no sabe cuánto me apena quitarle el tiempo con mis problemas, pero a quién si no a usted puedo confiarme ¿verdad?

No sé cómo empezar. Es decir,  ¿cómo se llama el pecado de alegrarse del mal ajeno? Todos lo cometemos ¿no es cierto? Fíjese usted cuando hay un accidente, un crimen, un incendio, la alegría que sienten los demás al ver que no fue para ellos alguna de las desdichas que hay en el mundo…

Bueno, verá, usted no es de aquí, Padre; usted no conoció a México cuando era una ciudad chica, preciosa, muy cómoda, no la monstruosidad tan terrible de ahora. Entonces una  nacía y moría en la misma colonia sin cambiarse nunca de barrio. Una era de San Rafael, de Santa María, de la Roma. Había cosas que ya jamás habrá…

Perdone, le estoy quitando el tiempo. Es que no tengo con quién hablar y cuando hablo… Ay, Padre, si supiera, qué pena, nunca me había atrevido a contarle esto a nadie, ni a usted; pero ya estoy aquí y después me sentiré más tranquila.

Mire, Rosalba y yo nacimos en edificios de la misma cuadra y con pocos meses de diferencia. Nuestras madres eran muy amigas. Nos llevaban juntas a la Alameda, juntas nos enseñaron a hablar y a caminar… Mi primer recuerdo de Rosalba es de cuando entramos en la escuela de parvulitos. Desde entonces ella fue la más linda, la más graciosa, la más inteligente. Le caía bien a todos, era buena con todos. En primaria y secundaria lo mismo: la mejor alumna, la que llevaba la bandera, la que salía bailando, actuando o recitando en todos los festivales de la escuela. Y no le costaba trabajo estudiar, le bastaba oír una vez algo para aprendérselo de memoria.

Ay Padre ¿por qué las cosas estarán tan mal repartidas?, por qué a Rosalba le tocó todo lo bueno y a mí todo lo malo? Fea, bruta, gorda, pesada, antipática, grosera, malgeniosa, en fin…

Ya se imaginará usted lo que nos pasó al entrar en la Preparatoria cuando casi ninguna llegaba hasta esos estudios. Todos querían ser novios de Rosalba; a mí ni quién me echara un lazo, nadie se iba a fijar en la amiga fea de la muchacha guapa.

En un periodiquito estudiantil publicaron –sin firma, pero yo sé quién fue y no se lo voy a perdonar nunca aunque ahora sea muy famoso y muy importante–: “Dicen las malas lenguas de la Prepa que Rosalba anda por todas partes con Zenobia para que el contraste haga resplandecer aún más su belleza extraordinaria, única, incomparable”.

Qué injusticia ¿no cree? Nadie escoge su cara y si una nace fea por fuera la gente se la arregla para que también se vaya haciendo fea por dentro.

A los quince años, Padre, ya estaba amargada, odiaba a mi mejor amiga y no podía demostrarlo porque ella era siempre amable, buena, cariñosa, y cuando me quejaba de mi fealdad me decía: “Pero qué tonta, cómo puedes creerte fea con esos ojos y esa sonrisa tan bonita que tienes”.

Era sólo la juventud, Padre. A esa edad no hay nadie que no tenga una gracia. Mi mamá se había dado cuenta desde mucho antes y trataba de consolarme diciendo cuánto sufren las mujeres hermosas y qué fácilmente se pierden…

Aún no terminábamos la prepa – yo quería estudiar leyes; ser abogada, aunque entonces daba risa que una mujer anduviera metida en trabajos de hombre – cuando Rosalba se casó con un muchacho bien de la colonia Juárez al que había conocido en una kermés.

Mientras ella se fue a vivir a la avenida Chapultepec en una casa preciosa que hace tiempo tiraron, yo me quedé arrumbada en el mismo departamento donde nací, en las calles de Pino. Para entonces mi mamá ya había muerto, mi padre estaba ciego por sus vicios de juventud y mi hermano era un borracho que tocaba la guitarra, hacía canciones y quería ser rico y famoso como Agustín Lara…

Tanta ilusión que tuve y ya ve, me vi obligada a trabajar desde muy chica, en “El Palacio de Hierro” primero y luego de secretaria en Hacienda y Crédito Público, cuando murió mi padre y al poco tiempo mataron a mi hermano en un pleito de cantina…

Rosalba, claro, me invitó a su casa pero nunca fui. Pasó mucho tiempo y un día llegó a la sección de ropa íntima donde yo trabajaba y me saludó como si nada, como si no hubiéramos dejado de vernos, y me presentó a su nuevo esposo, un extranjero que apenas entendía el español.

Estaba, aunque no lo crea, más linda y elegante, en plenitud como suele decirse. Me sentí tan mal, Padre, que me hubiese gustado verla caer muerta a mis pies. Y lo peor, lo más doloroso, era que Rosalba seguía tan amable, tan sencilla de trato como siempre.

Le dije que la visitaría en su nueva casa, ahora en Las Lomas. No lo hice nunca. Por las noches rogaba a Dios no volver a encontrármela. Todas nuestras amigas se habían casado y comenzaban a irse de Santa María. Las que se quedaron ya estaban gordas, llenas de hijos, con maridos que les gritaban y les pegaban y se iban de juerga con mujeres de ésas.

Para vivir así, Padre, mejor no casarse. Y no me casé aunque oportunidades no me faltaron, pues para todo hay gustos y siempre por más amolados que estemos viene alguien a nuestra espalda recogiendo lo que tiramos ¿verdad?

Se fueron los años y ya sería época de Alemán o Ruiz Cortines cuando una noche en que estaba esperando mi camión en el centro y llovía a mares la vi en su gran automóvil, con chofer de uniforme y toda la cosa. Hubo un alto, Rosalba me descubrió entre la gente y me invitó a subir.

Rosalba se había casado por cuarta vez, aunque parezca increíble, y a pesar de tanto tiempo, gracias a sus esmeros, seguía siendo la misma: su cara fresca de muchacha, sus ojos verdes, sus hoyuelos, sus dientes perfectos…

Me reclamó que no la buscara nunca, aunque ella me mandaba cada año tarjetas de Navidad, y me dijo que el próximo domingo no me escapaba, mandaría por mí al chofer para llevarme a almorzar a su casa.

Cuando llegamos, por cortesía la invité a pasar. Y aceptó, Padre, imagínese, aceptó. Ya se figurará la pena que me dio mostrarle mi departamento a ella que vivía entre tantos lujos y comodidades. Por limpio y arreglado que lo tuviera aquello seguía siendo el cuchitril que conoció Rosalba cuando andaba también de pobretona. Todo tan viejo y miserable que me dieron ganas de llorar de humillación, celos y rabia.

Rosalba se puso triste. Hicimos recuerdos de cuando éramos niñas. Por eso, Padre, y fíjese en quién se lo dice, no debiéramos envidiar a nadie, porque nadie se escapa de algo, de cualquier cosa mala. Rosalba no podía tener hijos y los hombres la ilusionaban un ratito para luego decepcionarla y hacerla buscar otro nuevo. Imagínese, tantos y tantos que la rodeaban, que la asediaron siempre, lo mismo en Santa María que en esos lugares ricos y elegantes que conoció después…

Bueno, se quedó poco tiempo; iba a una fiesta y tenía que vestirse. El domingo se presentó el chofer. Lo espié por la ventana y no le abrí. Qué iba a hacer yo, la fea, la quedada, la solterona, la empleadilla, en ese ambiente de riqueza. Para qué exponerme a ser comparada otra vez con Rosalba. No seré nadie pero tengo mi orgullo, Padre.

Ay, ese encuentro se me grabó en el alma. No podía ir yo al cine, ver la televisión, hojear revistas porque siempre veía mujeres hermosas con los mismos rasgos de Rosalba. Así, cuando en mi trabajo me tocaba atender a una muchacha que se le pareciera en algo, la trataba mal, le inventaba dificultades, buscaba formas de humillarla delante de los otros empleados para sentir que me vengaba de Rosalba.

Usted me preguntará, Padre, qué me hizo Rosalba. Nada, lo que se llama nada. Eso era lo peor y lo que más furia me daba. Es decir, siempre fue buena y cariñosa conmigo; pero me hundió, me arruinó la vida, sólo por ser, por existir, tan bonita, tan rica, tan todo…

Yo sé lo que es estar en el infierno, Padre. Y sin embargo no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Eso último que le conté, ese encuentro, pasó hace veinte años o más, no puedo acordarme…

Pero hoy, Padre, esta mañana, la vi en la esquina de Madero y Palma, de lejos primero, luego muy de cerca. No puede imaginarse, Padre: ese cuerpo maravilloso, esa cara, esas piernas, esos ojos, ese pelo color caoba, se perdieron para siempre en un barril de manteca, bolsas, arrugas, papadas, manchas, várices, canas, maquillajes, colorete, rímel, pestañas postizas…
Me apresuré a besarla y abrazarla, Padre. Se había acabado ya todo lo que nos separó. No importaba lo de antes y ya nunca más seríamos una la fea y otra la bonita. Ahora por fin Rosalba y yo somos iguales. Ahora la vejez nos ha hecho iguales.

(1) narrador y poeta mexicano nacido en 1939.

(*) Cuento extraído de Pacheco, José Emilio (1979). El principio del placer. 3era edición. México: Editorial Joaquín Mortiz.

ESPUMA Y NADA MAS DE HERNANDO TÉLLEZ

BARBERONo saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero el no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja. La probé luego sobre la yema del dedo gordo y volví a mirarla contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis. Volvió completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: “Hace un calor de todos los demonios. Aféiteme”. Y se sentó en la silla. le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. El rostro aparecía quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma “Los muchachos de la tropa debep tener tanta barba como yo”. Seguí batiendo la espuma. “Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos”. “¿Cuántos cogieron?” pregunté. “Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno”. Se echó para atrás en la silla al verme la brocha en la mano, rebosante de espuma Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. El no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden. “El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día”, dijo. “Sí”, repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. “¿Estuvo bueno, verdad?” “Muy bueno”, contesté mientras regresaba a la brocha. El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón. Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. El seguía con los ojos cerrados. “De buena gana me iría a dormir un poco”, dijo, “pero esta tarde hay mucho qué hacer”. Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado: “¿Fusilamiento?” “Algo por el estilo, pero más lento”, respondió. “¿Todos?” “No. Unos cuantos apenas”. Reanudé de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y ésa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel, quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mana por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena.
Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección. El pelo se presentaba indócil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana, de nuevo yo me puse a asentar el acero, porque soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo: “Venga usted a las seis, esta tarde, a la Escuela”. “¿Lo mismo del otro día?”, le pregunté horrorizado. “Puede que resulte mejor”, respondió. “¿Qué piensa usted hacer?” “No sé todavía. Pero nos divertiremos”. Otra vez se echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto. “¿Piensa castigarlos a todos?”, aventuré tímidamente. “A todos”. El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello. Porque allí sí que debía manejar coro habilidad la hoja, pues el pelo, aunque es agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y éste era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran? … Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era un enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado.
La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí; porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No, ¡qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. “El asesino del Capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía”. Y por otro lado: “El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa…” ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo… No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto.
La barba había quedado limpía, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita.
“Gracias”, dijo. Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del kepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y, luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo:
“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo”. Y siguió calle abajo.

http://www.literatura.us/tellez/espuma.html

LA EJECUCIÓN DE RUBEM FONSECA

Consigo agarrar a Rubão, acorralándolo contra las cuerdas. El hijo de puta tiene fuerza, se agarra a mí, apoya su rostro en mi rostro para impedir que le dé cabezazos en la cara; estamos abrazados, como dos enamorados, casi inmóviles fuerza contra fuerza, el público empieza a burlarse. Rubão me da un pisotón en el dedo del pie, aflojo, se suelta, me da un rodillazo en el estómago, una patada en la rodilla, un golpe en la cara. Oigo los gritos. El público está cambiando a su favor. Otro bofetón: gritos enloquecidos en el público. No puedo darle importancia a eso, no puedo darle importancia a esos hijos de puta mamones. Intento agarrarlo pero no se deja, quiere pelear de pie, es ágil, su puñetazo es como una coz.

Los cinco minutos más largos de la vida se pasan en un ring de lucha libre. Cuando el round acaba, el primero de cinco por uno de descanso, apenas y puedo llegar a mi esquina. El Príncipe me echa aire con la toalla, Pedro Vaselina me da masajes. Esos putos me están cambiando por él, ¿verdad? Olvida eso, dice Pedro Vaselina. Están con él, ¿o no?, insisto. Sí, dice Pedro Vaselina, no sé qué pasa, siempre se inclinan por la buena pinta, pero hoy no está funcionando la regla. Intento ver a las personas en las gradas, hijos de puta, cornudos, perros, prostitutas, cagones, cobardes, mamones, me dan ganas de sacarme el palo y sacudirlo en sus caras. Cuidado con él, cuando ya no aguantes, pasa a su guardia, no intentes como tonto, él tiene fuerzas y está entero, y tú, y tú, eh, ¿anduviste jodiendo ayer? Cada vez que te acierte un golpe en los cuernos no te quedes viendo al público con cara de culo de vaca, ¿que te pasa? ¿Vino a verte tu madre? Ponle atención al sujeto, carajo, no quites la vista de él, olvídate del público, ojo con él, y no te preocupes con las cachetadas, no te va a arrancar un pedazo y no gana nada con eso. Cuando te dio el último golpe y la chusma gozó en el gallinero, hizo tanta faramalla que parecía una puta de la Cinelandia. Es en uno de esos momentos cuando tienes que pegarle. Paciencia, Paciencia, ¿oíste?, guarda energías, que te tienen con un pie afuera, dice Pedro Vaselina. Sigue leyendo

LA MUERTE DEL ESTRATEGA DE ÁLVARO MUTIS

Algunos hechos de la vida y la muerte de Alar el Ilirio, Estratega de la Emperatriz Irene en el Thema de Lycandos, ocuparon la atención de la Iglesia cuando, en el Concilio Ecuménico de Nicea, se habló de la canonización de un grupo de cristianos que sufrieran martirio a manos de los turcos en una emboscada en las arenas sirias. Al principio, el nombre de Alar se mencionaba junto con el de los demás mártires. Quien vino a poner en claro el asunto fue el patriarca de Laconia, Nicéforo Kalitzés, tras examinar algunos documentos relativos al Estratega y a su familia, que aportaron nuevas luces sobre la vida de Alar y alejaron cualquier posibilidad de entronizarlo en los altares. Finalmente, cuando se dieron a conocer en el Concilio las cartas de Alar a Andrónico, su hermano, la Iglesia impuso un denso silencio en torno al Ilirio y su nombre volvió a la oscuridad, de donde lo rescatara la ambición política de la Iglesia de Oriente.
Alar, llamado el Ilirio por la forma peculiar de sus ojos hundidos y rasgados, era hijo de un alto funcionario del Imperio, que gozó del favor del Basileus en tiempos de la lucha de las imágenes. El hábil cortesano se ocupó bien poco de la educación de su hijo y convino en que la recibiera en Grecia, bajo la influencia de los últimos neoplatónicos. En el desorden de la decadente Atenas, perdió Alar todo vestigio, si lo tuvo algún día, de fe en el Cristo. Tampoco el padre se había distinguido por su piedad, y su alta posición en la Corte la ganó más por su inagotable reserva de sutilezas diplomáticas que por su fervor religioso. Pero cuando el muchacho regresó de Atenas el padre no pudo menos de asombrarse ante la forma descuidada y ligera como se refería a los asuntos de la iglesia Y, aunque se vivía entonces los momentos de más cruenta persecución iconoclasta, no por eso dejaba el Palacio de Magnaura de estar erizado de mortales trampas teológicas y litúrgicas. Gente mejor colocada que Alar y con mayor ascendiente con el Autocrátor, había perdido los ojos, y, a menudo, la vida, por una frase ligera o una incompostura en el templo. Sigue leyendo

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