EL CAÑAS DE OSCAR MARTÍNEZ MOLINA

Para mi padre, Antonio Martínez Gutiérrez y su gusto por el box.

NOCAUTYo Estaba atento al desarrollo de la pelea. El Cañas. “cañitas”, como le decíamos los de su esquina, dominaba ampliamente con su fina técnica de defensa y ataque. Un brillo extraño en mis ojos. Mis pensamientos volaban ya a lugares distantes y exóticos.
El cañas caminando hacia delante. La pierna de atrás bien apoyada al piso. La guardia ahora de izquierda, ligeramente descuidada. Ansiaba concluir aquello con un sólo golpe. Corría el minuto dos del round doce, el último por el campeonato mundial de peso gallo. El escenario pletórico, el Caesar Palace. La gran oportunidad de su vida, de nuestra vida. Entonces quien sabe de dónde, Wilson, -Darrel Wilson-, sacó un volado de derecha que como relámpago, se estrelló en la mandíbula del cañas.
En cuanto vi la sequedad del golpe, -la cabeza del cañas impactada hacia atrás, y las gotas de sudor volando desde su ralo cabello-, salté desde la esquina. La mirada del cañas perdida entre los reflectores. Sosteniendo su cuello extraigo de su mandíbula tetanizada el protector bucal, después, con mi dedo saco su lengua que, flácida ha caído hacia atrás obstaculizando la ventilación. Me asomo después a su mirada, las pupilas inmensamente dilatadas…

Lo conocí en el deportivo Nader, el mismo que está en la calle de Regina, en el corazón de la ciudad de México. Yo acudía diariamente después de mis consultas en el Hospital de Jesús, a escasas cuadras de allí. Mi rutina era la misma. Veinte minutos de bicicleta, veinte de caminadora, después a jalar un poco con las pesas. La mesa de rodillos, los vibradores para los pies, los treinta minutos de vapor alternando por cada diez, un chapuzón de agua helada. El masaje con el turco. El reposo en los camerinos que allí te rentan. El güisqui como a eso de las ocho de la noche, acompañado desde luego, de alguna damita que a escondidas te hacia llegar el camarero. Siempre distinta por aquello de que en la variedad está el gusto. A la salida pasaba por el gimnasio de boxeo, me asomaba de vez en cuando al escuchar los gritos acalorados de managers y seconds.

-jab, jab, jab, izquierda, izquierda.
-agáchate, mantén la guardia arriba, más arriba, más arriba.
-si será pendejo, a este luego, luego se lo chingan.

Aquella noche los gritos se oían distintos

-El rolling cañitas, muy bien con ese rolling
-camina hacia delante, baja un poco tu guardia,

-¡el jab con la derecha!, el jab cañas, repite el jab con la derecha y prepara el gancho al hígado.
-sal de su distancia, utiliza las piernas, muévete de costado, que no te alcance
–el bending cañas, la cintura con el bending

Y allí estaba el Cañas, espigado y flaco, las piernas y los brazos largos, el apodo ni mandado hacer. El rostro cubierto por la careta. La boca con el posicionador bucal ligeramente salido, abultando sus labios. El calzoncillo azul y los guantes rojos. La respiración fatigosa y el sudor a mares por su cara y por el dorso. A partir de aquella noche mi rutina incluía también las sesiones de entrenamiento del Cañas, extendiéndose hasta las diez y media, u once de la noche. Entre round y round, los güisquitos para mí, y las cervezas para los seconds.
En aquellos tiempos llevaba ya algunas peleas de relleno. Diez o doce, –no recuerdo–. Todas ganadas por decisión. A mí me conocían por el Doc. Y desde luego, poco a poco me hicieron participar de aquellos encuentros. Colocaba el vendaje. Revisaba las cejas, sobre todo los rosetones que aparecían en los parpados y en los pómulos. Hasta que un día me llegó la invitación. Fue por la pelea veinte o veinticinco. Ya más en serio. Iba en preestelar a ocho asaltos. Yo mismo cooperé con unos pesos, para poder hacernos de una bata de satín púrpura con cinturón, y para las zapatillas que después de la pelea tuvimos que vender por las ampollas que le hicieron al cañas, de lo chicas que le quedaron y que por pura pena no nos dijo nada. Aquella mi primera intervención formal fue una delicia verlo. Espigado, caminando con elegancia sobre el ring. Soltando jab tras jab, campaneando la cabeza del adversario, y rematando con el upperkot de derecha si estaba de zurdo, o con el gancho al hígado si se cambiaba a la diestra. Su ambición de siempre, terminarlo con un sólo golpe. En ese afán, en ocasiones descuidaba la guardia con tal de lanzar el volado que diera en el mentón del contrincante. Y la recomendación del manager.

-lo tuyo es la técnica cañitas, olvídate del punch, y del knockout. Le decía el profesor Hernández, al que muy pocos se atrevían a decirle “cuyo”

-eso déjaselo al lacandón Anaya, o al pipino Cuevas, que no tienen más recurso que la pegada. Agregaba el profesor, animándolo.
Y entonces, el Cañas recapacitaba y volvía de nuevo con la fineza de su boxeo a esperar poco a poco cada tres minutos del round hasta que llegara la última campanada, y brincar feliz cuando el veredicto le favorecía.
Doc, —me confesó un día. -Por más que me empeño el punch no llega. Sólo se llena mi mente cuando veo los moretones en los pómulos, o cuando logro ver una ceja partida o un parpado que poco a poco se va cerrando, o cuando se encorvan una y otra vez con mi gancho al hígado.

Aquella era la frustración del Cañitas, no poder concluir una pelea con un sólo madrazo.
Al terminar la pelea nos encerrábamos en la “ciudad de los espejos”, la cantina a escasas cuadras del gimnasio, y dábamos rienda suelta a todas las limitaciones que el cañas se imponía las últimas semanas de su preparación. Brindábamos una y otra vez por la buena pelea del cañas.

-Al campeonato nacional, y luego al mundial mi cañitas, y levantaba mi vaso de güisqui. Siempre un “chivas” con dos hielos y agua sin gas, como debe ser. Las putitas que en confianza iban y venían de uno a otro lado, enseñando más que el chamorro, mucho más.
Por aquella época se apareció por allí la “Esmeralda”, chula como ella sola. Jovencita tal vez de escasos diecinueve. Cuerpazo, pero sobre todo la cara, guapa como ella sola, oriunda de Veracruz, del puerto. En cuanto la vi pensé sólo en una cosa. Pero de tonta ni un pelo, se agarró luego al Cañas, y no se le despegó ni tantito así. Buenas peleas y buena plata, los arrumacos día y noche, allí mismo en el gimnasio después de cada asalto con el cañas empapado de sudor, Esmeralda subía al cuadrilátero untándose y dándose a desear.
Para la pelea por el campeonato nacional la consigna fue tajante, nada de desmadres ni desfiguros. Nada de arrumacos. Concentración total, y sin decir ni agua va, todos en bola nos largamos a Toluca. Altura es lo que necesita el Cañas, altura y sobre todo menos desmadre. Seis semanas de rutinas. Trote por la mañana, diez o quince kilómetros. Sombras. Pera. Cuerda, mucha cuerda y cero nalgas. La ansiedad se le notaba en la cara, y aguantó estoicamente. Madera de campeón, toda la que quieran. A las dos semanas me asomé yo solo por el Nader, apenas llegar y me aborda Esmeralda, el interrogatorio casual primero, tenaz después, yo ni una palabra.
Dígame Doc, ¿dónde entrena? y prometo portarme bien, y no decir nada.
Y yo como una tumba
-Dígame Doc, y prometo recompensarlo como usted quiera.
No le dije ni una sola palabra, terco ella y más terco yo.
Mientras ella se vestía, un remordimiento y un temor iban invadiendo mi conciencia. ¡Vaya hembra!
Cuando volví al campamento lo primero en preguntarme el Cañas,
-¿no vio a la Esmeralda Doc?
Y Yo, les repito, como una tumba, no le dije ni una sola palabra

…sostengo su cabeza entre mis manos. Han retirado ya, la luz intensa que cegaba mis ojos. El cuyo se aferra a mi brazo. El como yo no puede creerlo. Así es de cabrona la vida, o tan mierda como sólo ella puede serlo.
Se nos fue el cañitas, y con él las ilusiones de toda una vida. Pego mi oído sobre su pecho, el corazón lentamente se apaga, le susurro entonces al oído.
-Cañitas, Cañitas, abre los ojos que la Esmeralda te mira.

LA MANO ONETI

dermatfig7A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio: – La leprosa.
Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile. No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.

Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. “Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es psíquico”.
Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.

Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.
Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.
Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando

LA FUERZA HUMANA DE RÚBEM FONSECA

gimnasio_acuatico_2407_620x413Quería seguir de frente pero no podía. Me quedaba parado en medio de aquel montón de negros: unos balanceando el pie o la cabeza, otros moviendo los brazos; pero algunos, como yo, duros como un palo, fingiendo que no estábamos allí, fingiendo que miraban un disco en la vitrina, avergonzados. Es gracioso, que un sujeto como yo sienta vergüenza de quedarse oyendo la música en la puerta de la tienda de discos. Si suena alto es para que las personas lo escuchen; y si no les gustara que la gente se quedara allí oyendo, bastaba con desconectar y listo: todo el mundo se alejaría en seguida. Además sólo ponen música buena, de la que tienes que ponerte a oír y que hace que las mujeres buenas caminen diferente, como caballo del ejército enfrente de la banda.

El caso es que pasé por ahí todos los días. A veces estaba en la ventana de la academia de João, en el intervalo de un ejercicio, y desde ahí arriba veía a la multitud en la puerta de la tienda y no me aguantaba: me vestía corriendo, mientras João preguntaba, “¿a dónde vas, muchacho? Todavía no terminas las flexiones”, y me iba derecho para allá. João se ponía como loco con esto, pues se le había metido en la cabeza que me iba a preparar para el concurso del mejor físico del año y quería que entrenara cuatro horas diarias, y yo me detenía a la mitad y me iba a la calle a oír música. “Estás loco”, decía, “así no se puede, me estoy hartando de ti, ¿crees que soy un payaso?”

Él tenía razón, me fui pensando ese día, comparte conmigo la comida que le mandan de casa, me da vitaminas que su mujer que es enfermera consigue, aumentó mi sueldo de instructor auxiliar de alumnos sólo para que dejara de vender sangre y me pudiera dedicar a los ejercicios, ¡puta!, cuántas cosas, y yo no lo reconocía y además le mentía; podría decirle que no me diera más dinero, decirle la verdad, que Leninha me daba todo lo que yo quería, que podría hasta comer en restaurantes, si lo quisiera, bastaba con que le dijera: quiero más.

Desde lejos me di cuenta que había más gente que de costumbre en la puerta de la tienda. Personas diferentes de las que iban allí; algunas mujeres. Sonaba una samba de un balanceo infernal —tum schtictum tum: las dos bocinas grandes en la puerta a punto de estallar, llenaban la plaza de música. Entonces vi, en el asfalto, sin dar la menor importancia a los carros que pasaban cerca, a ese negro bailando. Pensé: otro loco, pues la ciudad cada vez está más llena de locos, de locos y de maricas. Pero nadie reía. El negro tenía zapatos marrón todos chuecos, un pantalón mal remendado, roto en el trasero, camisa blanca sucia de mangas largas y estaba empapado en sudor. Pero nadie reía. Él hacía piruetas, mezclaba pasos de ballet con samba gafieira, pero nadie reía. Nadie reía porque el tipo bailaba con finura y parecía que bailaba en un escenario, o en una película, un ritmo endemoniado, nunca había visto algo como aquello. Ni yo ni nadie, pues los demás también lo miraban boquiabiertos. Pensé: eso es cosa de un loco, pero un loco no baila de ese modo, para bailar de ese modo el sujeto debe tener buenas piernas y buen ritmo, pero también es necesario tener buena cabeza. Bailó tres piezas del long-play que estaban tocando, y cuando paró todos empezaron a hablar unos con otros, cosa que nunca había ocurrido a la entrada de la tienda, pues las personas se quedan ahí calladas oyendo la música. Entonces el negro tomó una jícara que estaba en el suelo cerca de un árbol y la gente fue poniendo billetes en la jícara que muy pronto se llenó. Ah, esto lo explica, pensé. Rio se estaba poniendo diferente. Antiguamente veías uno que otro ciego tocando cualquier cosa, a veces acordeón, otras violín, incluso había uno que tocaba el pandero acompañándose con un radio de pilas; pero era la primera vez que veía a un bailarín. He visto también una orquesta de tres nordestinos golpeando cocos y a un niño tocando el “Tico-tico no fubá” con botellas llenas de agua. Todo eso lo he visto. ¡Pero un bailarín! Eché doscientos pesos en la jícara. Él puso la jícara llena de dinero cerca del árbol, en el suelo, tranquilo y seguro de que nadie le metería mano, y volvió a bailar.

Era alto; en mitad del baile, sin dejar de bailar, se arremangó la camisa, un gesto hasta bonito, parecía un gesto ensayado, aunque creo que tenía calor, y aparecieron dos brazos muy musculosos que la camisa de mangas largas escondía. Este tipo es definición pura, pensé. Y no fue una corazonada, pues basta con mirar a cualquier sujeto vestido que llega a la academia por vez primera para poder decir qué tipo de pectorales tiene, o cómo es su abdomen, si su musculatura es buena para hinchar o para definir. Nunca me equivoco. Sigue leyendo

DOS CUENTOS POR ALAN PAUL MALLARD

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ALFANJEEl rescate

 El cuchillo rebana de un tajo la granada y el cautivo despierta enfebrecido a la salobre oscuridad de su mazmorra. De los signos profusos de sus sueños deduce su inminente ejecución. Amanece. Un resplandor recorta rombos de luz en el hierro de la alta, desdeñosa ventana.

Caviloso, el prisionero llama a sus alguaciles. Se finge agente de ricos mercaderes y ofrece comprar su libertad.

Le permiten lavarse el rostro y antes del mediodía dos enhiestos custodios lo presentan ante el sultán.

El soberano, hombre cruel y justo, le concede el más arduo privilegio: estimar el precio de su vida.

Sin regateos, el prisionero compromete su honra.

Fijado el monto, el sultán –un rictus de sorna en el semblante– libera a su cautivo, quien parte rumbo a su remoto país a recaudar la suma de su propio rescate.

Largo es el viaje de retorno; poblado está de incertidumbres.

Marismas, juncales donde acechan las fieras, al fin la meseta pedregosa en que los suyos se empecinan en sembrar mijo. Apenas unas peñas en dónde reposar la vista. A cada paso agradece el cautivo a sus confusas deidades la inusitada clemencia del sultán.

Su modesta patria, desaliñado entreverase de cercas y casuchas, lo acoge con azorado regocijo: dábalo por muerto. Llegado a casa, la visión de unas avecillas negras que alborotan desde sus balcones de lodo le conmueve más que los mimos de los suyos.

Terminados los festejos, reúne su hacienda.

Pero tan pobre es su tierra como elevada la deuda, y los dioses mayores, tras un cerco de nubes siempre en el horizonte, escatiman las lluvias.

Entabla empréstitos, suplica limosnas. Espera a la próxima cosecha. Un ensordecedor enjambre entenebrece el cielo y el mijo se malogra. Ante el escuálido rebaño de cabras le pesa haber tasado con holgura su vida.

Rumia, insomne, su valía. Contempla una luna menguante y se resuelve. Nadie –lo sabe– comprenderá su decisión.

Toma al fin la ruta que apunta a las lindes del desierto. Ardua es la travesía. Peñascos. La tentación de flaquear lo aguijonea. Juncales y marismas. Las fortificaciones de la ciudad vibran en la distancia. Hasta que una vez ya no se esfuman.

El prisionero se apersona ante el sultán.

El sátrapa desgrana distraído un lustroso fruto en dientes color rubí. Tarda en reconocer al atezado forastero que, inmensa humildad o inmenso orgullo, se deja caer de rodillas. Los brazos tendidos hacia el frente, el infiel solicita el grillete: no ha logrado reunir la suma estipulada.

Conmovido e incrédulo, le ordena levantarse y comparte con él los agridulces granos carmesíes.

Lo acoge como su huésped. Lo alaba, lo agasaja. En desafío a escandalizados consejeros, le brinda su nombre y le desposa con la más dulce y florida de sus hijas.

Al concluir los fastos de las bodas resplandece un alfanje.

Un jaspeado mausoleo ampara en su frescura el cuerpo del yerno real. En acato al edicto, la plebe llora la dolida muerte, y los poetas riman la edificante historia.

Envuelta en una atorrante nube de zumbidos, la abyecta cabeza del infiel, en lo alto de una pica, marca con su sombra terrible el moroso trayecto del sol.

El viento se entretiene con unas golondrinas. ~


Parpadeo

Pendiente durante lustros de la evolución de los ejércitos, el Dios de la guerra solía inclinar alternativamente la balanza. Barriendo con la mirada desde su palco de nubes el lodazal de quejidos agónicos, estandartes rasgados, costillares equinos erizados de flechas, se decide a resolver.

En turbulento exabrupto, las aguas del Río Amarillo desbordan su cauce. Gargantas y valles más abajo, una columna de refuerzos se azolva.

Maniobra inspirada o golpe de la fortuna, el general Wou Ki consigue cercar a Ling Xu, general enemigo, su horma y medida, su perpetuo rival. Se lo apresa vivo. Con gran comedimiento, un centenar de hombres escolta al cautivo hasta el lejano cuartel de campaña.

Por vez primera, los veteranos militares se escrutan el semblante. Poco o nada transluce: la enhiesta dignidad del sometido, el regocijo soterrado del captor. Sin pestañear, Ling Xu aprende una noticia que le concierne: al despuntar el día se le habrá ejecutado. Wou Ki se ufana de su verdugo de excepción.

Afanoso por mitigar el oprobio del vencido, Wou Ki agasaja al desastrado Ling Xu. Doncellas de esbelto talle y delicada tez amenizan el banquete con sistros y campanillas. Al vehemente calor del vino de arroz, los generales repasan, minuciosos, su longeva rivalidad. Sensibles ambos a la pericia y civilidad recíprocas, desmenuzan sutilezas de estrategia militar. Habrían –intuyen sin decirlo– podido ser amigos. Las horas nocturnas fluyen líquidas y cordiales.

Wou Ki se levanta solemne y da por terminado el convivio. Un reverberar de bronce convoca al verdugo, silueta silenciosa que ensombrece a trasluz un biombo de seda bordado de salamandras. Henchido de orgullo, pródigo en halagos almibarados, Wou Ki lo hace pasar, lo presenta a su huésped.

El verdugo enmascarado insinúa ante Ling Xu una reverencia muda y se lanza en la esmerada demostración de sus habilidades. En amplios y enrevesados molinetes, dos espadas en forma de hoja de sauce cortan precisas el fresco aire del alba. La coreografía de las evoluciones –concede el cautivo Ling Xu–, admirable; el verdugo, un verdadero artista; los veloces alfanjes –consiente en el tris de un parpadeo–, dos silbantes golondrinas.

El derroche de virtuosismo se alarga, Wou Ki en vano embeleso ante el intrincado baile de músculos y aceros.

“Retarda sin motivo”, se dice Ling Xu, “mi encuentro con la muerte”, y rectifica su dictamen: su perpetuo enemigo, un hombre fatuo y presuntuoso.

–No veo necesidad de tanta demora. Lo que ha de hacerse, hágase ya –protesta, la vista en la línea de difuso fulgor tras las colinas.

Sin tornarse a mirarlo Wou Ki responde para el horizonte:

–Hace ya tiempo que el nuevo día ha comenzado.

Lúcido de pronto, Ling Xu percibe el bullicio de los ruiseñores. Asiente.

Su cabeza se desprende y rueda en tumbos sangrientos trazando un burdo arabesco por el entarimado. ~

SECUESTRO EXPRESS POR STELLA URUGUAY

gallo -STELLALa calle de adoquines, las casas chatas, simples, casi todas de una planta,  muchas iguales. Un barrio como hay muchos. Nadie era rico. Nadie era pobre, o si lo era lo disimulaba. Un barrio de medianía ,  quieto,  tranquilo, que se despertaba brevemente con el ladrido de algún perro.  Mucho para ser feliz.  Barrio de vecinas, que cuentan historias ajenas como propias , de teleteatro, de mate a la tarde, de tortas fritas el día de lluvia, de ñoquis los veintinueve, de crochet, de almacén, de feria semanal. Barrio de quiniela. Lindo barrio para ser niño, y jugar en la calle casi sin autos, o para ser viejo porque aquí no había apuro, todo era lento, somnoliento.

Amalia tenía una casa blanca bastante cuidada. Demasiada casa, y hasta un lujo para una sola persona.  En el barrio la conocían porque su dueña siempre estaba sentada detrás de la ventana. El muchachito de la provisión le traía el pedido, y lo atendía por el balcón. Una vez por mes salía de la casa y todos suponían que iba a cobrar alguna pensión. Alguna vez, paraba un auto y bajaban dos mujeres tan añosas  como Amalia. Todos suponían que eran familiares. Todos imaginaban . Nadie sabía nada , porque dentro del barrio, pasó de ser vecina, a ser un ornamento un  dintel de  la ventana y de la puerta siempre cerrada. Vida oscura, para una casa blanca.

Enrique compró un terreno, en la zona y construyó un galpón . Ahí instaló un  garage y taller de autos. Estaba muy cerca de la casa de Amalia, a una cuadra. Pero como todos, la vió y supo de ella a través de la ventana.

A Enrique le iba bastante bien. Cumplidor era, pero se tomaba su tiempo.  Gran conversador, animador de asados, espléndido imitador. Se fué haciendo de un pequeño capital, y logró tener tres ayudantes. Bueno, de tres digamos que se hacía uno y medio. Eran botijas, que estaban más para el candombe, que para las tuercas. Pero los fué llevando.

Era un jueves de llovizna finita, cuando se hacen charquitos, entre los adoquines, y los chiquilines juegan a ensuciarse. En el taller tenían un auto para arreglar. Más que un arreglo era un exámen. Un auto viejo, que estaba más para chatarra, que para salir andando. Enrique dejaba vivir,  los chiquilines,  se reían desarmando y él se fué hasta el portón a tomar mate.

Cuando la vió venir, le costó reconocerla. Un saco grande la cubría y era tan bajita, apoyada en un bastón, un poco más pequeño que ella, y un paragua inmenso. Se parecía a un hongo.
Era la vieja Amalia, y venía hacia  él, casi tira el termo.!

Con un saludo de buenas tardes, la vieja se fué derechito al grano.
– Mire tengo dos gallinas y un gallo, y como no puedo más con ellos, se los doy. Eso sí , usted las retira ahora, y son suyos.
Enrique se la quedó mirando con lástima. Pensó en una abuela que no tenía, en la suegra, aunque nunca se había casado, en la prima Eulalia, la que hacía como veinte años que no veía, y en última instancia, en un puchero con fariña.
– Tiene que ser hoy, ahora, porque está lloviznando ?.
– Ahora.  No ve que no hay nadie en la calle? Agregando son dos preciosas gallinas y un gallo de riña.
– Espere voy a buscar algo donde ponerlos. No terminó de decir ésto cuando la vieja empezó a caminar. Enrique tomó una bolsa, bastante manchada con grasa, y agarró una vara cortita de hierro para empujar, y medio apurado alcanzó a Amalia.

Cuando entró, se sentía casi Solís en el  Río de la Plata . Sacó sus ideas de la cabeza, porque a Solís lo mataron en cuanto llegó a la orilla. La casa era tan blanca como por fuera, casi sin muebles, y mucha luz que venía de la claraboya.  Linda casa pensó y se lo dijo a la dueña.
– Era de mis padres, ellos la construyeron. Lo dijo con dejo irónico, frunciendo la boca,  agregando  cuando la zona era respetable.
Siguieron atravesando un corredor a donde daban puertas cerradas, y llegaron a una amplia cocina comedor. Ahí por una puerta de hierro, bajando dos escalones se llegaba al jardín. Un camino de baldosas, lo dividía, y ahí vió Enrique, que a la izquierda, tenía plantadas  semillas, en envases de plástico, y cubiertas para su protección con una pequeña enramada, y del lado derecho tenía una pequeñísima huerta compuesta  de acelgas, lechugas, perejil, algún morrón, y una o dos tomateras.
Con asombro Enrique le preguntó cuando trabajaba la tierra y la mujer le contestó.
– De mañana tempranito, cuando los demás duermen.  Le decía haragán sin decírcelo, mirandole la abultada barriga.

Llegaron a la jaula entre hierros palos e hiedra, situada bien al fondo, y entraron.
Ahí estaban dos gallinas, si a eso se le puede llamar gallinas.  Flacas, peladas con el cogote sangrante, mientras un gallo agresivo, con muchos colores, y más nervios que pinta , daba vueltas, y agredía a la gallinas a picotazo limpio.
– Las gallinas están heridas, le faltan plumas, y el gallo me parece medio loco. Instintivamente su mano se fué para el varal.
– Lo que pasa dijo con toda tranquilidad doña Amalia, es que las gallinas tienen piojillos, y el gallo las ayuda a sacárselos.
– Vaya ayuda, dijo Enrique.  Parece violencia doméstica.
– Bueno dele, ahora que dejó de chispear. Abra la bolsa y yo lo ayudo.
Enrique no podía creer lo que estaba pasando, pero se encontraba ahí, para poner dos gallinas apestadas, dentro de una bolsa, ayudado por una vieja desconocida, en el medio de un barro de novela, que se le pegaba a los championes  y estando el podrido gallinero  bastante resbaladizo.

La vieja  le hizo el verso, le hizo creer que se le acababa la  batería.!

Las gallinas entraron rapidamente, y se le puso un pedazo de ladrillo a la boca de la bolsa para que no escaparan.  Pero para el gallo no había modo, hasta que Amalia trajo una caja de cartón, y entre picotazos, entró el desgraciado. Parecía o sentía Enrique que aquello era similar  a El Padrino,  el gallo para él pertenecía a la mafia siciliana.
Así salió Enrique de la Casa Blanca, cuya puerta se cerró al instante,  con una bolsa manchada de grasa que se movía convulsivamante, una vara de hierro que no servía ni para bastón, y con una caja de cartón atada con una piola, por la que de unos de sus extremos, salía un pico curvo.
Empezó a lloviznar nuevamente, pasó rapidamente su portón, no fuera que lo vieran los vecinos o los muchachos, y al otro día los tenía bailando con el plumero, con el que hacían que limpiaban los autos.

 

Se acordó del tango ” Pucherito de gallina con viejo vino Carlón “  Solamente que él  no sabía cantar como  Edmundo Rivero.  A él le cantaron el ” 5  de Oro ” o la aproximación.
Quería y no sabía donde tirar la carga.  Fué cuando pensó, en la Asociación   de Floristas.  Ahí todos los jueves, había remate. Venta y compra de flores.
Empezó a sentir una picazón, que le iba desde los dedos de las manos y le subía hasta el cuello. Se acordó de la vieja Amalia, en inglés y en francés, lo bueno era que no sabía esos idiomas. Lo que no podía hacer era algo sencillo como rascarse.

Entró a lo zorro.  Estaban todos lejos, entretenidos, escuchando el remate. Menos mal !  En uno de sus costados contra la pared de ladrillos, entre piletones, y canillas goteando,  se amontonaban pedazos de hojas, tallos, flores marchitas, varios papeles, cajas de cartón y plásticos.

Todo descartable.
Enrique se sintió, héroe, liberador de los oprimidos, un secuestrador redimido.

Salieron dando tumbos las famélicas gallinas, mojadas, enceradas, parecían más pequeñas, diría juguetitos de baquelita y las pobres, sin cacareo alguno, creyeron estar en el paraíso, y se pusieron a  cenar  con lo que encontraron.
Con el gallo, la cosa fué diferente.

El hilo, se trancó en la moña, es que la vieja lo había atadado como para regalo.  De verdad, para sacar un ojo, seguro que lo hacía gratis. Así que pensó,…- abro la caja, y si se pone fiero, ” le doy con el fierro “
Se liberaron las tapas y vió , un gallo mareado,  con media cola,  caminando como sobre adoquines, hasta zambo  era el ladino,!! … y se fue…  bailando un Pericón con relaciones.
Se colocó debajo del brazo la bolsa aceitada como, prueba del delito, y dejó a los secuestrados, entre flores,  con alimento, y sin pedir auxilio.

Como broma ya que los plumíferos  no lo hacían empezó a imitar el cacareo , y a rascarse de lo lindo..

Apurado quiso  abrir la puerta  chica, y se dió cuenta que estaba trancada.

Sintió un ruidito que lo hizo mirar para arriba, ahí estaba una cámara controlando la Asociación,  y debajo un cartel que decía ” Para salir llame ” y pegado en la  chapa verde  del portón un anuncio grande que decía ” Sonría lo estamos grabando “

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VIENTO LUNAR DE ANA MARÍA CADAVID* MEDELLÍN COLOMBIA

HOMBRE EN LA LUNA—Hoy, el hombre, por primera vez, pisará la Luna— dice Tatín blanqueando los ojos. Así decía el padre en mi primera comunión: “Dios vino a la tierra y se hizo hombre”.

Me siento en el suelo. La revista Life está en la mesa. Mi papá no deja que la recortemos. Se pone furioso si la rayamos. Las hojas son grandes, llenas de fotos, con mujeres muy bonitas, de pelo largo, suave, y señores peinados con gomina. Los astronautas están ahí con sus trajes espaciales. Llevan el casco en la mano y tienen los ojos azules. Yo nunca he tenido el pelo largo. Me lo cortan cada vez que me llega a los hombros porque, como dice mi mamá, con ese pelero me veo horrible. Para la primera comunión, ella me peinó con rulos y los guantes que me pusieron son de cuando ella era joven. Me quedaban grandes. Enormes. Yo estaba furiosa con ese peinado de señora, pero mi mamá estaba feliz echándome laca para que el viento no me despeinara. Y todos decían que cada vez me parecía más a ella. Cuando me miraba en el espejo me quería arrancar la cabeza. Odio ese olor a laca. ¡Gas!

—¡Cuidado se enreda en el televisor!— Tatín nos regaña… En la confesión, en el colegio, tuve que inventar muchos pecados y, de último, dije que era mentirosa… Y llegar con esa rabia al Seminario Mayor, a esa iglesia que parece una luna estrellada, como si se hubiera caído del cielo destartalándose en plena montaña, fue horrible. Mi papa me dijo que dejara la mala cara en el carro y mi mamá que no estirara trompa.

—¡Ya casi es la hora!— Tatín grita… Yo era la primera en la fila porque no tenía ocho años. Y tenía que entrar en esa luna, con esos guantes enormes, con esos zapatos de charol apretados, con ese cirio en llamas, con ese pelo enlacado. Con mi “hermoso” peinado de bomba. ¡Gas!

Tatín enciende el televisor. Sigue leyendo

NOS SIGUEN MATANDO SERGIO LOO

CALLEVolvieron a pegar fotocopias en los urinarios y nosotros volvimos a rayarlas con  nuestros nombres. Impresas, recomendaciones por si ligas en el antro: usa condón siempre, presenta a tu ligue de la noche a un conocido, avisa dónde estarán. Y nosotros, es que no entendemos, de verdad que pensamos con el culo, volvemos a escribir nuestros mails y teléfonos en ellas, con nuestros nombres, con especificaciones: “te la chupo”, “la tengo grande”, “aguantador”, “para bondage y tríos”. Nos están matando. No es broma y lo peor: nos gusta caer como gorrioncitos heridos, con los pantalones ajustados y la mirada brillante, fría; los ojos, esferas de espejos de una discoteca abandonada. La semana pasada, por ejemplo, apareció en el periódico otro homicidio. Alguien ligó, dicen que aquí en el Vaquero pero otros dicen que en plena calle de Cuba, frente a la patrulla que anda rondando o el puesto de hotdogs, y fue encontrado muerto a unas cuadras, hacia Garibaldi, apuñalado. Horrible. Otros dicen que en el Marra, que la víctima fue uno de esos estudiantes de la ENAP que se creen muy alternativos porque toman curado de guayaba en La Risa, en Mesones, y luego se pasan a bailar electrocumbia al Marra o a La Purisima o a las Bellas Hartas. Que era un artista visual del power point. Que yo me acosté con él. Sigue leyendo

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