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	<title>PUROCUENTO</title>
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	<description>Se pretende ofrecer un abanico de los  grandes cuentos y lo que han dicho los maestros del género</description>
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		<title>PUROCUENTO</title>
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		<title>ESPERANDO DE OSAMU DAZAI</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jan 2012 16:48:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[CUENTO CORTO]]></category>
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		<description><![CDATA[ (Traducción y nota de Pablo Figueroa) http://aurelioasiain.blogspot.com/2011/02/un-cuento-de-ozamu-dazai.html Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé. Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2117&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
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<h4> (<em>Traducción y nota de </em><em><a href="http://pablofigueroa.com/">Pablo Figueroa</a>) <a href="http://aurelioasiain.blogspot.com/2011/02/un-cuento-de-ozamu-dazai.html">http://aurelioasiain.blogspot.com/2011/02/un-cuento-de-ozamu-dazai.html</a></em></h4>
<div>
<h4>Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.</h4>
<h4>Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de <a href="http://teecuento.files.wordpress.com/2012/01/estacion-tren-cordoba-baja.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2118" title="estacion-tren-cordoba-baja" src="http://teecuento.files.wordpress.com/2012/01/estacion-tren-cordoba-baja.jpg?w=300&#038;h=224" alt="" width="300" height="224" /></a>pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.</h4>
<h4>A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra<a title="" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=5374836761206419536#_ftn1">[1]</a>, y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.</h4>
<h4>No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.</h4>
<h4>¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!</h4>
<h4>Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.</h4>
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<p><em>En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años. </em></p>
<p><em>La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.</em></p>
<p><em>Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio. </em></p>
<p><em>Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.</em></p>
<p><em>Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas </em>El Ocaso<em> (</em>Shayo<em>, 1947) e </em>Indigno de ser humano<em> (</em>Ningen Shikkaku<em>, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.</em></p>
<p><em>Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado </em>Esperando<em> (</em>Matsu<em>, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.</em></p>
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		<title>MI MAMÁ SE FUE A ALGÚN LADO  DE   VALENTIN GRIGORIEVCH RASPUTÍN</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Jan 2012 23:33:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[CUENTO CORTO]]></category>
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		<description><![CDATA[http://milcuentosrusos.blogspot.com/2011/04/valentin-grigorievch-rasputin-mi-mama.html El niño abrió los ojos y vio a una mosca que caminaba por el techo. Parpadeó y se quedó mirando a dónde iba. La mosca avanzaba en forma irregular hacia la ventana. Correteaba sin detenerse y lo hacía rápidamente.  El niño pensó que iba por un camino y esperó hasta ver si otra mosca [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2110&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p><strong><a href="http://milcuentosrusos.blogspot.com/2011/04/valentin-grigorievch-rasputin-mi-mama.html">http://milcuentosrusos.blogspot.com/2011/04/valentin-grigorievch-rasputin-mi-mama.html</a></strong></p>
<p><strong>El niño abrió los ojos y vio a una mosca que caminaba por el techo. Parpadeó y se quedó mirando a dónde iba.</strong></p>
<p><strong>La mosca avanzaba en forma irregular hacia la ventana. Correteaba sin detenerse y lo hacía rápidamente.</strong></p>
</div>
<div> <strong>El niño pensó que iba por un camino y esperó hasta ver si otra mosca no la seguía porque quería saber si realmente era un camino. Pero no había más moscas. A decir verdad, había, pero no andaban en el techo y el niño pronto perdió el interés en ellas. Se enderezó en la cama y gritó</strong></div>
<div></div>
<div><strong><a href="http://teecuento.files.wordpress.com/2012/01/nino-triste.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2111" title="nino-triste" src="http://teecuento.files.wordpress.com/2012/01/nino-triste.jpg?w=300&#038;h=199" alt="" width="300" height="199" /></a>-¡Mamá, ya desperté!</strong></div>
<div> <strong>Nadie le contestó.</strong></div>
<div> <strong>-¡Mamá! -llamó. Soy yo. Ya desperté.</strong></div>
<div> <strong>Silencio.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>El niño esperó, pero el silencio seguía.</strong></div>
<div> <strong>Entonces saltó de la cama y corrió descalzo hacia la estancia. Estaba vacía. Miró primero el sillón, luego la mesa y las repisas con sus filas de libros, pero no había nadie. Todo estaba simplemente en su lugar, ocupando un espacio.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>El niño corrió precipitadamente a la cocina, después al cuarto de baño. Nadie estaba escondido ahí tampoco. -¡Mamá! -gritó el niño.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Su grito se hundió en el silencio que inmediatamente se hizo más denso. El niño, desconcertado, corrió de nuevo a su habitación; las huellas de sus talones y de sus dedos desnudos se marcaban sobre el piso pintado y al enfriarse se esfumaban y desaparecían.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Mamá -dijo el niño con la mayor tranquilidad que pudo-, desperté y tú no estás.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Silencio.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-¿No estás, verdad? -preguntó.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Su rostro se contrajo mientras esperaba la respuesta; volteó hacia todas partes, pero la respuesta no llegaba y el niño rompió a llorar.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Entre lágrimas, caminó hasta la puerta y empezó a jalarla. La puerta no cedía. Entonces la golpeó con la palma de la mano, luego la empujó con el pie desnudo, lastimándose, y su llanto creció con más fuerza.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Estaba de pie, en medio de la habitación y sus tibias y grandes lágrimas rodaban por su cara y caían al suelo. Después, sin dejar de llorar se sentó.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Todo a su alrededor le escuchaba en silencio.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Sentía que de pronto, a sus espaldas, se escucharían pasost pero nada sucedía y no podía recuperar la calma.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Permaneció así un largo tiempo. ¿Qué tanto? No lo sabía.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Finalmente se acostó en el piso y se puso a llorar. Estaba tan cansado que ya no se sentía a sí mismo y ni siquiera se daba, cuenta de que estaba llorando. Su llanto era tan natural como su respiración y ya no estaba bajo su control. Al contrario, era más fuerte que él.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>De repente, al niño le pareció que alguien estaba en la habitación.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>De un salto se levantó y empezó a mirar a su alrededor. La sensación que lo había hecho ponerse de pie no cesaba y el niño corrió a la otra habitación, después a la cocina y al cuarto de baño. No había nadie.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Sollozando, regresó y se tapó los ojos con las palmas de sus manos. Lentamente empezó a quitar las manos de sus ojos y una vez más miró a su alrededor. Nada había cambiado en la habitación. El sillón estaba vacío, la mesa estaba sola, los libros aguardaban como siempre en las repisas, pero sus lomos de diferentes colores miraban tristemente y como a ciegas. El niño se quedó pensativo:</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-No lloraré más -se dijo-. Mi mamá no tardará. Seréun buen niño.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Se fue a la cama y enjugó su rostro lloroso con el cobertor. Después, sin apresurarse, como si anduviera de paseo, recorrió el departamento, examinando cosa por cosa. Una idea luminosa cruzó por su mente.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Mamá-dijo a media voz-, quiero hacer pipí&#8230;</strong></div>
<div></div>
<div><strong>No era cierto, pero sabía que si su mamá estaba en la casa sólo así la haría acudir inmediatamente.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Mamá- repitió.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Pero su mamá no estaba en la casa. Ahora lo había entendido definitivamente.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Tenía que hacer algo. &#8220;Me pondré a jugar. Mi mamá tiene que venir&#8221; -decidió-. Se fue al rincón donde estaban todos sus juguetes y eligió a la liebre. Era su consentida. Se le había caído una pata y su papá varias veces le había propuesto pegársela, pero él de ningún modo había consentido. Volver a tenerla con sus dos patas sería aceptar que ya no la quería</strong></div>
<div></div>
<div><strong>porque se había quedado con una sola y la otra, además, andaba por ahí, en alguna parte y vivía ahora su propia vida.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Juguemos, liebrecita -propuso el niño.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>La liebre asintió en silencio.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Tú estás enferma. Te duele una patita y ahora yo te voy a curar.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>El niño acostó a la liebre en la cama, tomó un clavo y hundiéndolo en el vientre de la liebre, la inyectó.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>La liebre estaba ya acostumbrada a las inyecciones y jamás se quejaba.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Como si hubiera recordado algo, el niño se puso pensativo. Después se alejó de la cama y miró hacia la sala. Todo estaba igual, y el silencio, como antes, se balanceaba de un rincón a otro en la habitación.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>El niño suspiró, regresó a la cama y miró a la liebre. Estaba recostada tranquilamente sobre una almohada.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-No, así no -dijo el niño-. Ahora yo seré la liebre y tú el niño pequeño. Tú me curarás a mí.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Sentó a la liebre en una silla y se acostó en la cama. Encogió una pierna y empezó a gemir.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Sentada en la silla, la liebre lo miraba sorprendida con sus grandes ojos azules.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Yo soy la liebre, me duele una pierna -le explicó el niño.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>La liebre callaba.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Liebre -le preguntó él enseguida-, ¿a dónde se fue mamá?</strong></div>
<div></div>
<div><strong>La liebre no contestó.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-No te duermas. Mira, dilo ¿A dónde se fue mamá?-demandó el niño y tomó a la liebre de un brazo. La liebre seguía callada.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>El niño había olvidado que era él el que contestaba siempre por la liebre y que enseguida representaba el papel de los dos, y ahora, en serio, le exigía una respuesta. Había olvidado que la liebre era sólo un juguete como los otros, como sus cubos que se colocaban uno junto al otro sólo si alguien los ponía, como sus coches que caminaban sólo si alguien los jalaba, como sus animalitos de peluche que rugían y corlversaban sólo si alguien rugía y contestaba por ellos.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Se había olvidado de todo.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Habla, habla -exigía.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Y la liebre seguía callada.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>El niño la arrojó al suelo, saltó de la cama y se fue sobre ella dándole de puntapiés.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>La liebre rodaba por el suelo dando saltos y volteretas y el niño rodaba también, saltaba y daba vueltas alrededor de la liebre, repitiendo sin parar &#8220;Habla, habla, habla.&#8221; Pero la liebre ni contestaba ni podía tampoco librarse de él porque sólo tenía una pata. De repente el niño lo comprendió. Se detuvo y se quedó mirando cómo la liebre, apretando su cara contra el suelo, lloraba en silencio. Oyó su llanto. Se inclinó sobre la liebre y perplejo exclamó con todo el peso de su culpa:</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Mi mamá se fue a algún lado.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>Y en ese momento al niño le pareció que alguien subía por la escalera. </strong></div>
<div></div>
<div><strong>-¡Mamá!-gritó arrojándose hacia la puerta, pero tropezó con el sillón y se cayó. Sin dejar de escuchar se incorporó, mas en la puerta no había nadie. Y entonces el niño rompió de nuevo a llorar. Lloraba de dolor y de soledad. Lo que era el dolor ya lo sabía, pero acababa de conocer la soledad.</strong></div>
<div>
<h3>VALENTIN GRIGORIEVCH RASPUTIN (MI MAMÁ SE FUE A ALGUN LADO</h3>
<div></div>
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<div><strong><em>Hijo de campesinos, nace Valentín Rasputin en la aldea de Ust-Udá, distrito de Irkutsk, en 1937. Ha publicado cuatro novelas: &#8220;Vive y Recuerda&#8221; &#8220;El Ultimo Plazo&#8221;, &#8220;El Dinero para María&#8221; &#8220;El Adiós a Matiora&#8221; y dos decenas de cuentos. Rasputín forma parte de esa inesperada pléyade de escritores siberianos (Astáfiev, Abrámov, Bykov, etcétera) que ha causado asombro en las últimas décadas. No obstante, es difícil considerarlo ya &#8220;como el más destacado de los escritores siberianos&#8221;, etiqueta que él mismo ha rechazado alguna vez. Con su novela &#8220;El Adiós a Matiora&#8221; Rasputin ha traspuesto los límites de grupo y ha alcanzado un lugar destacado no sólo en la literatura rusa, sino en la literatura de nuestro tiempo. A diferencia de los escritores del grupo siberiano, Rasputin se preocupa más por describir las atmósferas que crean los hondos y contradictorios conflictos interiores de sus personajes que por la trama de las historias que cuenta. Profundo conocedor del alma humana es el más afortunado heredero de esa tradición que sale del &#8220;Capote&#8221; de Gógol y que continúa con Dostoyevski y con Chéjov.</em></strong></div>
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		<title>NACE UN SER HUMANO   MÁXIMO GORKI</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 17:24:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[CUENTOS EUROPEOS]]></category>

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		<description><![CDATA[Esto ocurrió durante el año de hambre de 1892, entre Sujumi y Ochemchiri, a orillas del río Kodor, donde el alegre ruido de las transparentes aguas del río de montaña no impide oír el sordo rumor de las olas marinas. Era otoño. En la blanca espuma del Kodor rodaban, brillantes, las amarillas hojas del lauroceraso como pequeños y [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2105&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><strong>Esto ocurrió durante el año de hambre de 1892, entre Sujumi y Ochemchiri, a orillas del río Kodor, donde el alegre ruido de las transparentes aguas del río de montaña no impide oír el sordo rumor de las olas marinas.</strong></div>
<div><strong>Era otoño. En la blanca espuma del Kodor rodaban, brillantes, las amarillas hojas del lauroceraso como pequeños y ágiles salmones. Yo estaba sentado en una piedra junto al río; pensaba que probablemente las gaviotas y los mergos también se figuran que las hojas son peces y por eso, al darse cuenta del engaño, gritan tan irritados ahí, a la derecha, al otro lado de los árboles, donde suena el mar.</strong></div>
<div><strong>Sobre mi cabeza, los castaños se han vestido con galas de oro; a mis pies se amontonan las hojas, que hacen pensar en las palmas de muchas manos cercenadas. Ya se ven desnudas las ramas de una haya que penden en al aire como una red desgarrada. Salta por el árbol un pico verde de montaña, el cual golpea la corteza del tronco y hace salir a los insectos que los herrerillos y los picos azules &#8211; huéspedes venidos del lejano septentrión &#8211; se van comiendo.</strong></div>
<div><strong>A mi izquierda, en las cimas de las montañas, se han acumulado pesadas nubes de lluvia, cuyas sombras se arrastran por las laderas verdeantes donde crece el boj, y en los huecos de los viejos robles y tilos es posible hallar miel silvestre que &#8220;emborracha&#8221;, como la que en antiguos tiempos estuvo a punto de abatir, con su embriagadora dulzura, a los soldados de Pompeyo el Magno y derribó a una legión entera de férreos romanos; las abejas la elaboran con con el néctar de la flor de laurel y de la flor de azalea, y los &#8220;caminantes&#8221; la recogen en la oquedad de los árboles para untar con ella finas tortas de harina de trigo.</strong></div>
<div><strong><a href="http://teecuento.files.wordpress.com/2012/01/rio.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2106" title="rio" src="http://teecuento.files.wordpress.com/2012/01/rio.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a>A eso me dedicaba yo, sentado en una piedra, bajo los castaños, después que una abeja furiosa me hubo picado dolorosamente. Mojaba trozos de pan en un pote lleno de miel y me extasiaba contemplando el tardo juego del fatigado sol otoñal.</strong></div>
<div><strong>El otoño en el Caúcaso, hace pensar en una catedral edificada por varones de gran sabiduría &#8211; los sabios varones siempre son, también, sabios pecadores &#8211; a fin de ocultar su pasado a la mirada perspicaz de la conciencia es como si se hubieran construido un inmenso templo de oro, de turquesas y esmeraldas, como si hubieran extendido por la montaña sus mejores alfombras tejidas con hilos de seda por turcomanos en Samarcanda y en Shemaja es como si hubieran saqueado el mundo entero y lo hubieran traído aquí para exponerlo a la vista del sol, como diciendo:</strong></div>
<div><strong>-¡Lo Tuyo, de los Tuyos, para Ti!</strong></div>
<div><strong>Veo gigantes de largas barbas canosas, de enormes y alegres ojos infantiles. Bajan de la montaña y embellecen la tierra sembrando generosamente policromos tesoros, cubren los picos con anchas capas de plata y las laderas con el tejido vivo de múltiples y variados árboles. En sus manos, ese trozo de tierra fértil adquiere una belleza fantasmagórica.</strong></div>
<div><strong>Ser hombre en la tierra es un empleo excelente. ¡Cuántas maravillas se ven, con qué dulce zozobra late el corazón, entusiasmado ante tanta hermosura!</strong></div>
<div><strong>Sí, es cierto, a veces la vida es difícil, el pecho se colma de odio candente y la angustia sorbe, ávida , la sangre del corazón; pero esto no se da para siempre. También el sol contempla a la gente lleno de melancolía; tanto como ha trabajado para los hombres y le han salido unas criaturas malogradas&#8230;</strong></div>
<div><strong>Por supuesto, no son pocos los buenos; pero hace falta someterlos a una reparación o, mejor aún, rehacerlos por completo.</strong></div>
<div><strong>A mi izquierda, por encima de los arbustos, se mueven unas cabezas sombrías: entre el ruido de las olas del mar y el murmullo del río, apenas llegan a percibirse las voces humanas. Son los &#8220;hambrientos&#8221;, que desde Sujumi, donde construían una carretera, se van a Ochemchiri, en busca de trabajo.<span id="more-2105"></span></strong></div>
<div><strong>Los conozco, son los de la provincia de Orel; trabajé con ellos y ayer acabamos la labor al mismo tiempo. Yo me marché antes, durante la noche, a fin de ver la salida del sol en la orilla del mar.</strong></div>
<div><strong>Eran cuatro hombres y una mujer de pómulos salientes, joven, embarazada, cuyo enorme vientre abultaba hacia arriba; la mujer miraba medrosa, con unos ojos de color gris azulino extraordinariamente abiertos. Veo su cabeza por encima de los arbustos, cubierta con un pañuelo amarillo; se mueve como un girasol en flor mecido por el viento. En Sujumi se le murió el marido, que se empachó de fruta. Viví entre esa gente en un mismo barracón. Como es costumbre entre los rusos, hablaban tanto de sus desgracias y en voz tan alta, que probablemente sus lamentaciones se oían hasta unas cinco verstas a la redonda.</strong></div>
<div><strong>Eran personas tristes, abatidas por la desgracia, que los había arrancado de su tierra natal, fatigada y estéril, y los había arrastro hasta aquí &#8211; como el viento a las secas hojas del otoño -, donde la pompa de la naturaleza desconocida sorprendía y cegaba, y donde las duras condiciones de trabajo acabaron de hundir a esos seres humanos. Lo miraban todo, parpadeando, desconcertados, con sus ojos descoloridos y tristes, sonriéndose deplorablemente unos a otros, diciendo en voz baja:</strong></div>
<div><strong>-¡Ah&#8230;qué tierra!&#8230;</strong></div>
<div><strong>- ¡Dilo! ¡Parece que transpira!¡Cierto-o!&#8230; Y si te fijas, es todo piedra&#8230;</strong></div>
<div><strong>-Es mala de trabajar, hay que reconocerlo&#8230;</strong></div>
<div><strong>Y recordaron los lugares de su suelo natal, donde cada puñado de tierra era como las cenizas de sus antepasados, y todo les resultaba memorable, familiar, entrañable, todo había sido regado con su sudor.</strong></div>
<div><strong>Había estado con ellos otra mujer, alta, recta, lisa como una tabla, con mandíbulas equinas y ojos bizcos, negros como el carbón, de mirada opaca.</strong></div>
<div><strong>Al anochecer salía a veces de la barraca junto con la otra mujer &#8211; la del pañuel</strong><strong>o amarillo-, se sentaba sobre un montón de pedruscos, apoyaba una mejilla en la palma de la mano, inclinaba la cabeza y se ponía a cantar con voz alta e irritada:</strong></div>
<div><strong>Tras el camposanto&#8230;</strong></div>
<div><strong>entre verdes arbustos</strong></div>
<div><strong>Sobre la arena&#8230;</strong></div>
<div><strong>extiendo un blanco pañuelo&#8230;</strong></div>
<div><strong>Me acongoja la espera&#8230;</strong></div>
<div>
<div><strong>de mi amado galán&#8230;</strong></div>
<div><strong>Cuando venga mi amor&#8230;</strong></div>
</div>
<div><strong>me inclinaré ante él&#8230;</strong></div>
<div></div>
<div><strong>La del pañuelo amarillo solía callar, doblada la cerviz, contemplándose el vientre; pero a veces, de pronto, inesperadamente, con voz ronca y varonil, lenta y pastosa, cantaba con palabras lastimeras:</strong></div>
<div><strong>¡Ay, amor mío&#8230;</strong></div>
<div><strong>amado de mi corazón!&#8230;</strong></div>
<div><strong>No lo quiere el destino&#8230;</strong></div>
<div><strong>no volveré a verte jamás&#8230;</strong></div>
<div><strong>En la negra oscuridad sofocante de la noche meridional, aquellas voces doloridas recordaban el norte, los campos nevados y desiertos, el alarido de la ventisca y el aullido lejano de los lobos&#8230;</strong></div>
<div><strong>Después, la mujer bizca tuvo las fiebres y la llevaron a la ciudad en unas angarillas de lona; temblaba y gemía, como si continuara cantando su canción acerca del camposanto y de la arena.</strong></div>
<div><strong>&#8230;Hundiéndose en el aire, la cabeza del pañuelo amarillo desapareció.</strong></div>
<div><strong>Terminé de desayunarme, tapé con hojas del camino; a mi derecha se agita el mar de añil; parece que invisibles carpinteros lo cepillan con millares de garlopas: la blanca viruta corre susurrando por la orilla, azuzada por el viento, húmedo, cálido y oloroso como la respiración de una mujer sana. Una falúa turca, inclinada sobre su costado izquierdo, se desliza hacia Sujumi, con las velas hinchadas de modo semejante a como un notable ingeniero de dicha ciudad -un hombre serio- hinchaba sus gordinflonas mejillas. No sé por qué en vez de silencio decía &#8220;chilencio&#8221;.</strong></div>
<div><strong>-¡Chilencio! Aunque eres despabilado, te llevo en seguida al cuartelillo&#8230;</strong></div>
<div><strong>Le gustaba enviar a la gente al cuartelillo de la policía, y es agradable pensar que probablemente los gusanos le han carcomido ya hasta los huesos en la tumba.</strong></div>
<div><strong>&#8230;Se camina bien, como si uno flotara en el aire. Gratos pensamientos abigarradamente revestidos de recuerdos, evocan en la memoria un sosegado corro. El corro en el alma es como la cresta blanca de las olas en el mar. Las olas crespas se dan en la superficie, pero en el fondo todo permanece tranquilo, y allí nadan las esperanzas luminosas y cimbreantes de la juventud, cual peces plateados en la profundidad del mar.</strong></div>
<div><strong>El camino siente la atracción del mar y se acerca, serpenteando, a la franja arenosa hacia donde corren las olas. Los arbustos también desean contemplarles el rostro y se inclinan sobre la cinta del sendero como si saludaran la extensión azul del acuoso desierto.</strong></div>
<div><strong>Sopla el viento de la montaña, lloverá.</strong></div>
<div><strong>&#8230;Oigo un apagado gemido entre los arbustos; un quejido humano siempre despierta en el alma fraternales resonancias.</strong></div>
<div><strong>Aparto las ramas y veo a aquella mujer del pañuelo amarillo sentada en el suelo, apoyada de espalda contra el tronco de un castaño, inclinada la cabeza sobre un hombro, distendida horriblemente la boca, moviendo los ojos enloquecidos. Apoya las manos sobre el enorme vientre y respira de modo tan espantosamente anormal que le da saltos todo el abdomen, mientras que ella, sosteniéndoselo con las manos, gime sordamente, mostrando los dientes, amarillos como los de un lobo.</strong></div>
<div><strong>-Qué, ¿te han pegado? &#8211; le pregunté inclinándome hacia ella.</strong></div>
<div><strong>Retuerce, como una mosca, los pies descalzos en el polvo ceniciento y, moviendo pesadamente la cabeza, dice ronca:</strong></div>
<div><strong>- Vete&#8230; desvergonzado&#8230; márchate&#8230;</strong></div>
<div><strong>Comprendí de qué se trataba &#8211; ya lo había visto una vez -. Claro, me asusté, y me aparté apresuradamente. La mujer lanzó un grito largo y penetrante; parecía que los ojos iban a salírsele de las órbitas, y unas lágrimas turbias se le deslizaron por el rostro purpúreo, hinchado y tenso.</strong></div>
<div><strong>Aquel grito me llevó de nuevo a su lado, arrojé al suelo el zurrón, el pote y la tetera. La tumbé a ella de espaldas sobre el suelo y quise hacerle doblar las rodillas, pero la mujer me rechazó, golpeándome cara y pecho, me dio la espalda, y como si fuera una osa, rugiendo jadeante, se dirigió a gatas hacia los arbustos:</strong></div>
<div><strong>-Bandido&#8230; diablo&#8230;</strong></div>
<div><strong>Le fallaron los brazos, cayó, dio con el rostro en el suelo y de nuevo bramó, estirando convulsivamente las piernas.</strong></div>
<div><strong>Enormemente excitado, recordando en un santiamén cuánto sé acerca de ese particular, la volví de espaldas y le doblé las piernas; ya le salía la bolsa de las aguas.</strong></div>
<div><strong>-Échate, ahora vas a parir&#8230;</strong></div>
<div><strong>Corrí hasta el mar, me subí las mangas de la camisa, me lavé las manos y me convertí en comadrón.</strong></div>
<div><strong>La mujer se retorcía como la corteza del abedul en el fuego, arrastraba las manos por el suelo, arrancaba la hierba marchita y quería llevársela a la boca cubriéndose de tierra la cara horrible, no humana, de ojos salvajes, inyectados en sangre; la bolsa se había roto, empezaba a verse la cabecita, yo tenía que contener las convulsiones de las piernas de ella, ayudar a la criatura y vigilar que la mujer no se metiera hierba en la boca contraída y mugiente&#8230;</strong></div>
<div><strong>Regañamos un poco, ella entre dientes y yo también en voz baja; la mujer, de dolor y probablemente de vergüenza; yo, de turbación, de lástima y congoja hacia ella&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¡Dios&#8230; mío! &#8211; gemía, mordiéndose los labios, amoratados llenos de espuma; de sus ojos, como si de pronto hubieran quedado descoloridos por la luz del sol, seguían brotando las abundantes lágrimas del insoportable dolor del parto; la hacía sufrir todo el cuerpo, al desgarrarse en dos.</strong></div>
<div><strong>- ¡Ve-e-te! ¡Diablo! &#8230;</strong></div>
<div><strong>Adelantando los débiles brazos aún intenta apartarme, y yo le digo, persuasivo:</strong></div>
<div><strong>- ¡Tonta! ¿Date prisa, pare!&#8230;</strong></div>
<div><strong>Me daba tanta pena, que se me encogía el corazón. Creo que sus lágrimas me salpicaron los ojos. La angustia me impelía a gritar y grité:</strong></div>
<div><strong>-¡Venga, pronto!</strong></div>
<div><strong>Por fin tengo en las manos una criaturita roja. A pesar de las lágrimas, me doy cuenta de que es roja y de que ya se muestra descontenta del mundo, pues se agita, alborota y llora a grito pelado, aunque todavía está ligado a la madre. Tiene los ojos azules, la nariz ridículamente aplastada sobre la carita roja y arrugada. Mueve los labios y chilla:</strong></div>
<div><strong>-¡Yo-o&#8230;yo-yo!&#8230;</strong></div>
<div><strong>Es tan resbaladizo, que si me descuido se me escurre de las manos; estoy de rodillas, lo miro, me río -¡encantado de verle! &#8211; y&#8230; se me olvida lo que he de hacer&#8230;</strong></div>
<div><strong>-Cita,,,, &#8211; murmura débilmente la madre con los ojos cerrados las mejillas hundidas, la cara terrosa, como la de una muerta, moviendo apenas los amoratados labios.</strong></div>
<div><strong>-Con la navaja&#8230; corta&#8230;</strong></div>
<div><strong>La navaja me la había robado en la barraca. Corto el cordón con los dientes; la criatura chilla con la voz de bajo de los de Orel, la madre se sonríe. Veo de qué modo tan sorprendente se iluminan y centellean con llama azul sus ojos sin fondo; busca el bolsillo entre los pliegues de la falda con su curtida mano y bisbisea con los labios mordidos, ensangrentados:</strong></div>
<div><strong>-No tengo&#8230; fuerzas&#8230; la cintita&#8230;en el bolsillo&#8230; para atar el ombligo&#8230;</strong></div>
<div><strong>Saqué la cintita, até el ombligo&#8230; La mujer se sonreía cada vez más radiante. Era tan inefable y esplendorosa la luz de su sonrisa, que casi me deslumbró.</strong></div>
<div><strong>-Termina, arréglate; mientras tanto, yo lo lavaré&#8230;</strong></div>
<div><strong>Ella murmuró, inquieta:</strong></div>
<div><strong>-Cuidado&#8230; despacito&#8230; mucho cuidado&#8230;</strong></div>
<div><strong>Esta roja criatura no exige demasiados cuidados: ha apretado el puño y gritam grita como si retara a alguien a pelearse con él.</strong></div>
<div></div>
<div><strong>-Yo-o&#8230; yo-o&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¡Tú, tú! Hazte fuerte, hermano; si no, el prójimo te dejará en seguida sin cabeza&#8230;</strong></div>
<div><strong>Gritó aún con más seriedad y fuerza cuando le alcanzó por primera vez la ola espumosa del mar, que nos azotó alegremente a los dos, a él y a mí; luego, cuando me puse a frotarle el pecho y la espalda, apretó los ojos y berreó con agudo grito, mientras las olas lo mojaban, una tras otra&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¡Berrea, pequeño Orel! ¡ Grita con toda tu alma!&#8230;</strong></div>
<div><strong>Cuando volvimos al lado de la madre, la encontré echada, otra vez con los ojos cerrados, mordiéndose los , estremecida por las convulsiones con que había dfe arrojar la placenta;mas, a pesar de todo, distinguí las palabras que pronunció, entre gemidos y suspiros, como apagado murmullo:</strong></div>
<div><strong>-Dame&#8230; dámelo&#8230;</strong></div>
<div><strong>-Puede esperar.</strong></div>
<div><strong>-Dámelo&#8230;</strong></div>
<div><strong>Con manos temblorosas e inciertas se desabrochó la blusa. La ayudé a dejarse el seno libre, dispuesto por la naturaleza como para atender a veinte criaturas, acerqué a su tibio cuerpo el revoltoso hijo de Orel; éste lo comprendió todo al instante y se calló.</strong></div>
<div><strong>-¡Santa Madre de Dios, Virgen María! &#8211; suspiraba la madre, temblorosa, volviendo la despeinada cabeza de un lado a otro.</strong></div>
<div><strong>De pronto lanzó un grito apagado y enmudeció; luego volvieron a abrirse aquellos ojos incomparablemente hermosos &#8211; los ojos sagrados de la madre que acaba de dar a luz-, azules, y contemplaron el azul del cielo; son ojos en que arde y se distiende una agradecida sonrisa de felicidad. La madre levanta la pesada mano y traza, lentamente, la señal de la cruz, se persigna a sí misma y persigna al niño&#8230;</strong></div>
<div><strong>_Santificada seas, Virgen santa, Madre de Dios&#8230; Santificada seas&#8230;</strong></div>
<div><strong>Se le apagaron los ojos, se le hundieron. La mujer permaneció largo rato callada, casi sin respirar, y de pronto, expedita, con voz más firme, dijo:</strong></div>
<div><strong>-Desátame el zurrón, mocito&#8230;</strong></div>
<div><strong>Se lo desaté; ella me miró con una mirada fija y se sonrió débilmente; pareció que un leve rubor &#8211; casi imperceptible- le teñía las mejillas hundidas y la sudorosa frente.</strong></div>
<div><strong>-Apártate&#8230;</strong></div>
<div><strong>-No te entretengas mucho&#8230;</strong></div>
<div><strong>-Vete, vete&#8230; apártate&#8230;</strong></div>
<div><strong>Me retire no muy lejos, tras unos arbustos. Era como si me sintiera el corazón fatigado, pero en el pecho me cantaban quedamente unos maravillosos pajaritos, y aquellos trinos, junto con el infatigable murmullo del mar, resultaban tan sublimes que habría podido pasarme un año escuchándolos.</strong></div>
<div><strong>Por allí cerca susurraba un riachuelo, cual doncella que hablara de su amado a una amiga&#8230;</strong></div>
<div><strong>Por encima de los arbustos se asomó la cabeza con el pañuelo amarillo, atado ya como de costumbre.</strong></div>
<div><strong>-¡Ay, ay! ¡ Me parece, hermana, que te das demasiada prisa!</strong></div>
<div><strong>Se había sentado, sosteniéndose agarrada a un arbusto; estaba como borracha, sin una gota de sangre en su rostro gris, con enormes lagos azules en vez de ojos, y balbuceó enternecida:</strong></div>
<div><strong>-Mira como duerme&#8230;</strong></div>
<div><strong>La criatura dormía bien, pero a mi modo de ver, no mejor que otras criaturas, y si había alguna diferencia se encontraba en el medio: el recién nacido estaba echado sobre un montón de brillantes hojas otoñales, bajo un arbusto, de los que no crecen en la provincia de Orel.</strong></div>
<div><strong>-Túmbate un poco, madre&#8230;</strong></div>
<div><strong>-No-o -repuso moviendo la cabeza sobre el fláccido cuello-, he de ponerme en camino, he de ir con ésos&#8230;</strong></div>
<div><strong>- ¿A Ochemchiri?</strong></div>
<div><strong>-¡A ver! ¡No estarán ya poco lejos los nuestros!&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¿Pero es que puedes andar?</strong></div>
<div><strong>-¿Y la Virgen María, pues? Me ayudará&#8230;</strong></div>
<div><strong>¡Ah, si va con la Virgen María, no hay más que decir!</strong></div>
<div><strong>Mira el pequeño rostro enfadado, bajo el arbusto; los ojos de la madre despiden cálidos rayos de acariciadora luz. Se lame los labios y con lento movimiento se pasa la mano por encima del pecho. </strong></div>
<div><strong>Enciendo una hoguera, coloco unas piedras para poner encima la tetera.</strong></div>
<div><strong>-Te voy a preparar té, madre&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¿Sí?&#8230; Dame de beber&#8230; se me ha quedado seco el pecho&#8230;</strong></div>
<div><strong>- ¿Por qué te han abandonado tus paisanos?</strong></div>
<div><strong>-No me han abandonado. ¿Por qué me iban a abandonar?</strong></div>
<div><strong>Yo misma me he quedado atrás. Ellos van bebidos&#8230; me alegro de que no estén&#8230; ¿Cómo iba a tener el hijo delante de ellos?&#8230;</strong></div>
<div><strong>Me miró y se cubrió el rostro con el brazo. Luego escupió sangre y se sonrió vergonzosa.</strong></div>
<div><strong>-¿Es tu primer hijo?</strong></div>
<div><strong>-El primero&#8230; ¿Y tú quién eres?</strong></div>
<div><strong>_Algo así como una persona&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¡Claro que una persona! ¿Casado?</strong></div>
<div><strong>-No me lo he merecido&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¿No mientes?</strong></div>
<div><strong>-¿Para qué?</strong></div>
<div><strong>Bajó la vista, pensativa.</strong></div>
<div><strong>-¿De dónde te viene, pues, entender en cosas de mujeres?</strong></div>
<div><strong>Entonces mentí. Le dije:</strong></div>
<div><strong>-LO he estudiado. He sido estudiante ¿sabes lo que es eso?</strong></div>
<div><strong>-¡A ver! El pope de nuestro pueblo tiene un hijo estudiante, el mayor; estudia para pope&#8230;</strong></div>
<div><strong>-Pues mira, yo también soy de ésos. Voy a buscar agua&#8230;</strong></div>
<div><strong>La mujer inclinó la cabeza sobre el hijo y se quedó escuchando -¿dormía?-; luego miró hacia el lado del mar.</strong></div>
<div><strong>-Debería lavarme, pero no sé qué agua es ésta&#8230; Es salada y amarga&#8230;</strong></div>
<div><strong>-Lávate con ella, sin miedo, ¡es buena para la salud!</strong></div>
<div><strong>-¿Sí?</strong></div>
<div><strong>-Cierto. Y es más tibia que la del río. Aquí el agua del río es como hielo&#8230;</strong></div>
<div><strong>-Si tú lo dices&#8230;</strong></div>
<div><strong>Montado el lenta cabalgadura, pasó un abjasio medio dormido,inclinada la cabeza sobre el pecho; el pequeño caballo -puro tendón-agitó las orejas, nos miró de soslayo con un negro ojo redondo y relinchó; el jinete levantó circunspecto la cabeza, cubierta con un gorro de piel, nos echó también un vistazo y otra vez la bajó.</strong></div>
<div><strong>-La gente de aquí es rara, y da miedo &#8211; dijo en voz baja la mujer de Orel.</strong></div>
<div><strong>Me llegué al riachuelo. salta y canta por las piedras una corriente de agua, clara y viva como el azogue, y en ella dan volteretas las hojas otoñales; ¡es una maravilla! Me lavé las manos y la cara, llené la tetera de agua, y al volver divisé entre los arbustos a la mujer que miraba inquieta en torno, arrastrándose de rodillas por la tierra y las piedras.</strong></div>
<div><strong>-¿Qué te pasa?</strong></div>
<div><strong>La mujer se asustó, se quedó turbada, y escondió tras sí alguna cosa. Adiviné de qué se trataba.</strong></div>
<div><strong>-Dámelo, lo enterraré&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¡Oh, hermano! ¿Qué puedo hacer? Habría que enterrarlo en la entrada del baño, en el suelo&#8230;</strong></div>
<div><strong>-¡Qué casualidad! ¡Pronto van a construir aquí un baño!</strong></div>
<div><strong>-Tú bromeas, y yo tengo miedo. Mira que si se lo come una fiera&#8230; Hay que hallarle un buen sitio en la tierra.</strong></div>
<div><strong>Volvió la cara hacia un lado y me tendió un hatillo húmedo y pesado, a la vez que me rogaba, vergonzosa, en voz baja:</strong></div>
<div><strong>-Tú lo harás mejor, más hondo, por amor de Dios&#8230; Tú que tienes compasión de mi pequeño,hazlo bien, asegúrate&#8230;</strong></div>
<div>
<p>…Cuando volví, me encontré con que la mujer salía del mar tambaleándose, extendiendo hacia adelante una mano; tenía la falda mojada hasta la cintura, el rostro levemente sonrosado, como si lo iluminara una luz interior. La ayudé a llegar hasta la hoguera, pensando para mí, maravillado: “¡Es fuerte como una fiera!”.</p>
</div>
<div>
<p>Luego bebimos té con miel y me preguntó sosegada:</p>
<p>-¿Has dejado de estudiar?</p>
<p>-LO dejé.</p>
<p>-¿Te has dado a la bebida?</p>
<p>-¡Me he vuelto un borracho perdido, madre!</p>
<p>-¡Qué hombre! Ya recuerdo. En Sujumi me fijé cuando reñías con el jefe por la comida. Entonces lo pensé: se ve que es un borracho, no tiene miedo a nada…</p>
<p>Mientras se relamía los labios hinchados, untados de miel, miraba sin cesar con sus ojos azules hacia el pie del arbusto donde dormía tranquilamente el nuevo hijo de Orel.</p>
<p>-¿Qué será del niño? – dijo la mujer suspirando, clavando en mí la mirada-. Me has ayudado, te lo agradezco… ¿Pero será un bien para él? Ni yo misma lo sé…</p>
<p>Bebió te, comió, se persignó, y mientras yo recogía mis bártulos, ella vacilaba, soñolienta, absorbida por sus pensamientos, mirando otra vez al suelo con ojos apagados. Luego se incorporó.</p>
<p>-¿Vas a caminar? ¿Es posible?</p>
<p>-Caminaré.</p>
<p>-¡Ten cuidado, madre!</p>
<p>-¿Y la Virgen María?&#8230; ¡Dámelo!</p>
<p>-Lo llevaré yo…</p>
<p>Discutimos un rato, ella cedió y nos pusimos en marcha, hombro con hombro.</p>
<p>-Para no dar tropezones –dijo sonriéndose, cohibida, y apoyó la mano en el hombro mío.</p>
<p>El nuevo habitante de la tierra, rusa, criatura de incierto destino, sostenido por mis brazos, resoplaba firmemente. Susurraban las olas al romperse en la playa, al formar, incansables, los blancos encajes de las virutas. Murmuraban los arbusto, brillaban al sol, que había franqueado ya al mediodía.</p>
<p>Caminábamos despacio; a veces la madre se detenía, suspiraba hondamente, levantaba la cabeza, miraba a su alrededor, al mar, al bosque y a las montañas, y luego posaba la vista en la carita del hijo. Los ojos de la mujer, bañados por las lágrimas que le arrancaban sus sufrimientos, volvían a ser maravillosamente luminosos; de nuevo centelleaban y brillaban con la llamita del amor infinito.</p>
<p>Una vez, al deternse, exclamó:</p>
<p>-¡Señor mío, Dios de los cielos! ¡Qué sosiego, Señor, qué sosiego! Así iría hasta el fin del mundo. Mi hijo crecería, crecería en libertad la criaturita mía, junto al pecho de su madre…</p>
<p>…El mar continúa susurrando…</p>
</div>
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		<title>LA VANAGLORIA POR ENRIQUE SERNA</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 06:52:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[CUENTOS LATINOAMERICANOS]]></category>

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		<description><![CDATA[LA VANAGLORIA POR ENRIQUE SERNA A Rosa Beltrán  http://historico.nexos.com.mx/vers_imp.php?id_article=1351&#38;id_rubrique=546 Recibí la mejor noticia de mi vida en un momento de ofuscación y rabia contra el mundo. Había regresado a casa con mi gruesa mochila al hombro, la camisa anegada en sudor, tan vapuleado por la dura jornada en el instituto, que apenas tuve fuerzas para levantar [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2101&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>LA VANAGLORIA POR ENRIQUE SERNA</h4>
<h4><em>A Rosa Beltrán </em> http://historico.nexos.com.mx/vers_imp.php?id_article=1351&amp;id_rubrique=546</h4>
<h4>Recibí la mejor noticia de mi vida en un momento de ofuscación y rabia contra el mundo. Había regresado a casa con mi gruesa mochila al hombro, la camisa anegada en sudor, tan vapuleado por la dura jornada en el instituto, que apenas tuve fuerzas para levantar en vilo a mi hijita Natalia, y mientras le daba vueltas en el aire, con un júbilo artificial de padre modelo, me sentí un poco fuera de lugar en esa escena de felicidad hogareña, como un actor suplente a quien le toca representar un papel aprendido de oídas. No soy un misántropo ni un enemigo de la familia. Adoro a mi hija y por ella me parto el alma dando seis horas diarias de clase. También amo a Toña, mi mujer, que estaba lavando trastes en la cocina y vino a besarme con las manos chorreando jabón. Alegre, coqueta, apasionada, su calidez afectiva es el contrapeso ideal para mi neurosis y en cinco años de matrimonio jamás hemos tenido un pleito que no pueda resolverse en la cama. Pero qué le vamos a hacer: a veces el amor asfixia y no pude evitar una sensación de ahogo cuando mis dos tiranas se me colgaron del cuello, como si quisieran apretarme el nudo corredizo del cautiverio. Más vueltas, papi, quiero más, pidió Natalia y aunque nada me costaba complacerla, esta vez le dije que papi venía muerto de cansancio.</h4>
<h4>Echado en el sofá con una cerveza en la mano, procuré analizar en frío mi pugna laboral con el padre Dávalos, el subdirector de secundaria, un severo capataz de la enseñanza que me había cogido tirria desde mi llegada al instituto, y ahora, por sus lindos huevos, quería obligarme a fungir como prefecto en mis horas libres, el único momento de la jornada en que tengo un respiro para leer. Por haber defendido mi tiempo libre, esa mañana nos habíamos enzarzado en una discusión áspera: ya te lo echaste de enemigo, pensé, ojo con los retardos, de aquí en adelante empieza la guerra de golpes bajos. Y si te corre en mitad del año escolar, ¿dónde vas a conseguir chamba? Pinches padres lasallistas, muy hermanos de la caridad, pero cómo le chupaban la sangre a su personal. Miré con rencor la montaña de exámenes pendientes de revisión apilados en la mesita central de la sala. Qué humillante esclavitud, carajo. Yo no había nacido para esto, yo había venido al mundo para escuchar el ulular del viento en los acantilados más altos. Hasta me dieron ganas de salir a emborracharme solo en una cantina. Necesitaba fugarme de la realidad, sacudirme la herrumbre de los hábitos inmutables, cualquier cosa menos mirar de frente la mediocridad de mi vida.<span id="more-2101"></span></h4>
<h4>—Te llegó una carta de México —dijo Toña, secándose con el mandil.</h4>
<h4>—¿Carta de México? —me levanté intrigado, pues tengo pocos amigos en la capital y no recordaba haberle escrito a ninguno.</h4>
<h4>Sobre la mesita del teléfono había un pequeño sobre de color sepia. Por poco me voy de espaldas al ver el nombre del remitente: ¡una carta de Octavio Paz! ¡Y yo que había perdido la fe en los milagros! Seis meses atrás, animado por mi amigo Daniel Juárez, un editor de Durango que me dio la dirección del maestro, le había enviado por correo mi último cuaderno de poemas, Disparo en la oscuridad, con la remota esperanza de que se dignara leerlo. Dudé mucho antes de enviarlo, pues me parecía imposible que un escritor de su talla condescendiera a leer a un joven poeta de provincia. ¿Cuántos libros de prospectos como yo crees que reciba don Octavio todos los días?, le dije a Daniel, escéptico. Veinte o treinta, bajita la mano. De hecho, en le tertulia del café Leg-Mu se comentaba que la sirvienta de Paz sacaba del basurero muchas de las obras dedicadas a su patrón y las vendía por kilo en las librerías de viejo. Pero Daniel me recordó que Paz era muy generoso con los jóvenes poetas, siempre y cuando lo fueran de verdad, y cuando alguno le gustaba no vacilaba en darle su espaldarazo, como había ocurrido con dos batos norteños, Samuel Noyola y Roberto Vallarino. Mándale tu libro, hombre, total no pierdes nada y a lo mejor te sacas el premio gordo. Al parecer el sobre que tenía en la mano le daba la razón a Daniel. ¿Me habría leído don Octavio? Imposible. Quizá la carta fuera tan sólo un tardío acuse de recibo firmado por su secretaria. No quería hacerme ilusiones y sin embargo despegué el sobre al borde de la taquicardia.</h4>
<h4><em>Apreciado Juan Pablo: La lectura de su cuaderno, una plegaria blasfema con ecos de música lunar, me confirma que la provincia mexicana sigue siendo un semillero de buenos poetas. Su disparo fecunda lo que hiere, como los venablos de Eros, porque tiene la fuerza de una verdad seminal. Usted todavía está buscando una voz, pero en sus tanteos descubre de pronto filones de oro que en pocos años, si se exige más precisión y abandona el versículo bíblico, demasiado farragoso, lo llevarán a los poemas de arte mayor. Antes de tomar la pluma, espere la germinación del silencio. Verá que así llega más lejos, sin saber a dónde va. Y recuerde que el don de la palabra es un compromiso para toda la vida. Su amigo, Octavio Paz.</em></h4>
<h4>Las grandes alegrías perturban la química del cerebro. Desdoblado en dos personalidades, contemplé desde las alturas a mi viejo yo, al miserable profesor de secundaria, y la súbita elevación me cortó el aliento, como si tuviera mal de montaña. Toña, mi mujer, que había leído la carta por encima de mi hombro, me abrazó llorando de alegría.</h4>
<h4>—¿Ya ves, mi vida? Siempre te lo dije, eres un gran poeta.</h4>
<h4>Destapó dos cervezas para festejar y me bebí la mía en silencio, tratando de unir las mitades separadas de mi alma. Los elogios del maestro significaban un gran honor, pero también una tremenda responsabilidad. Desde mis primeros balbuceos poéticos, cuando tenía catorce años y le escribía versos de amor a mi prima Lidia, había creído escuchar el murmullo caricioso de una fuente secreta, que me marcaba una pauta de ritmos y cesuras. Yo no era el creador, sino el ejecutante de esa partitura compuesta por un numen ajeno a mi voluntad. Y desde entonces toda mi lucha por dominar el lenguaje había consistido en cargar de significación esa música a la vez íntima y remota, como el niño que colorea un cuaderno para iluminar. Dicho en palabras de Rubén Darío, creía tener “algo divino aquí dentro”, pero dudaba de mi capacidad para traducir ese impulso en imágenes. La carta de Paz había disipado mis dudas: si él me armaba caballero en el altar de la palabra, debía responderle con una entrega total a mi vocación. Releí la carta seis o siete veces, como un niño goloso que se chupa los dedos untados de cajeta. Don Octavio me trataba como a un hermano, menor sin duda, pero hermano al fin. Y ni siquiera tenía la suerte de conocerlo en persona: mi libro lo había cautivado por sus propios méritos, sin necesidad de recomendación alguna. En la pleamar del orgullo, Toña y yo hicimos el amor hasta quedar exhaustos, pero esa noche la agitación mental me privó del sueño, y al día siguiente, atarantado por el desvelo, me las vi negras para explicar el uso de los verbos pronominales a mis alumnos de secundaria, una recua de patanes idiotizados por los videojuegos.</h4>
<h4>Por la tarde, después de revisar tareas, me fui a la tertulia del café Leg-Mu, el centro de la vida intelectual de Torreón, o mejor dicho, del cotilleo literario que la suplanta. En la mesa del fondo, Jaime Lastra, Enrique Dueñas y Mayra Velarde, los poetas más renombrados de la comarca lagunera, ganadores recurrentes de premios y becas, tomaban café orgánico chiapaneco entre una espesa humareda de cigarro. Los saludé de lejitos porque nunca me ha gustado hacer roncha con ellos. Jaime es un mal imitador de Eliot, a quien sólo ha leído en traducciones, Enrique confunde el hermetismo con la vacuidad y Mayra, la mejor del grupo, ahoga en una retórica insulsa los raros destellos de sus poemas eróticos. Difícilmente podrán salir del estancamiento, porque están hundidos en la autocomplacencia y ya rebasaron la cuarentena. Pero eso sí: para la grilla política son unos genios y su club de elogios mutuos les ha permitido acaparar, desde hace quince años, los botines más codiciados de la subvención pública a las bellas letras. Preferí sentarme a prudente distancia, en la mesa de la terraza que ocupaban dos amigos de mi generación: el pintor Lauro Gómez y el cuentista Néstor Cabañas. Ambos pertenecen, como yo, al círculo de los artistas rechazados o marginales de la ciudad. Lauro tuvo que montar su primera exposición en un tugurio de la zona roja, porque la mafia local de las artes plásticas le cerró las puertas de todas las galerías, Néstor esconde sus cuentos en revistas estudiantiles, y yo me tuve que ir a Durango para editar mi Disparo en la oscuridad, porque aquí en Torreón el Instituto de Cultura me tuvo tres años y medio en lista de espera, dándome largas por supuestas carencias presupuestales. Mentira: para publicar a los consentidos de la directora no les faltaba dinero. Sé muy bien que detrás de esa postergación eterna estaba la mano negra de Enrique Dueñas, el consejero del instituto, que me cogió mala voluntad cuando abandoné su taller de poesía, cansado de oírlo pontificar sandeces.</h4>
<h4>Después de los saludos de rigor, Lauro nos puso al corriente de su última conquista, una señora de sociedad a quien se había tirado en su taller, cuando fue a posar para hacerle un retrato. Delgado como una anguila, con arracada en la oreja y el pelo recogido en una cola de caballo, Lauro siempre ha tenido mucho pegue con las mujeres. Néstor se bebía sus palabras con la fruición del pobre diablo resignado a gozar vicariamente de las mujeres ajenas. A pesar de su prognatismo, el pobre no es del todo feo. Algunas morras hasta guapo lo ven, pero su patológica timidez lo ha condenado a una vejez prematura. Cuando la mesera vino a traer mi café, la charla derivó hacia el pantano de la política mexicana y una vez agotados todos los tópicos de interés general —cine, libros, futbol— aproveché un silencio para soltarles la noticia que me ardía en la garganta.</h4>
<h4>—¿Se acuerdan que hace tiempo le mandé mi libro a Octavio Paz? Ambos me miraron con estupor y guardaron un silencio expectante.</h4>
<h4>—¿A poco te leyó? —dijo Lauro.</h4>
<h4>—No sólo eso: me escribió una carta muy elogiosa.</h4>
<h4>—¿Te cae de madre? —exclamó Néstor, incrédulo— ¿Neta neta?</h4>
<h4>—La pura neta. Yo me quedé igual de asombrado que tú.</h4>
<h4>—¿Y traes la carta?</h4>
<h4>—La tengo en mi casa, pero voy a hacer una pachanga el viernes, y cuando vengan se las enseño. Convencido al fin, Néstor se levantó a darme un abrazo.</h4>
<h4>—Caramba, hermano, qué chingón amigo tengo.</h4>
<h4>—Felicidades, carnal, ya te fugaste del pelotón —dijo Lauro—. ¿Ahora quién te va a soportar?</h4>
<h4>Con el rabillo del ojo eché un vistazo a la mesa de los poetas mafiosos, que observaban las felicitaciones con una curiosidad hostil. Pobres chantres de aldea, pensé, cómo les va a arder el culo cuando sepan que tengo la bendición papal. Bastó con darle la noticia a mis dos amigos para que en menos de tres días se difundiera por todos los mentideros culturales de la ciudad. Varios amigos ocasionales del medio literario, a quienes había dejado de ver años atrás, me felicitaron por teléfono y se autoinvitaron a la fiesta, entre ellos, Mayra Velarde y Jaime Lastra, que ahora, obligados por las circunstancias, condescendieron a darme sus parabienes. Sólo Enrique Dueñas, mi único enemigo declarado, tuvo la franqueza de guardar un hosco silencio. El viernes por la tarde fui al súper a comprar las bebidas y los refrescos, mientras Toña esperaba en casa las sillas plegables que alquilamos para la fiesta. Llegué a casa como a las seis y media, ayudé un rato a mi esposa a preparar los bocadillos, luego me di una ducha y al salir del baño, la toalla enrollada en la cintura, me quedé fulminado al ver una escena atroz: mi hija Natalia, trepada en el escritorio, estaba rayoneando la carta de Octavio Paz con un grueso marcador negro. Se lo arrebaté de un zarpazo, pero ya era tarde para impedir la catástrofe: llevaba un buen rato pintarrajeando la carta, encimando tachones sobre tachones, y del manuscrito no quedaba una sola palabra legible.</h4>
<h4>—¡Maldita enana! ¡Ya te dije que no juegues con mis papeles!</h4>
<h4>Reprimí con dificultad mis ganas de golpearla, pero no pude evitar darle una zarandeada.</h4>
<h4>—Suelta a la niña —Toña vino en auxilio de su hija—. ¿Estás loco o qué te pasa?</h4>
<h4>—Mira lo que hizo tu nena consentida —le mostré el papel garabateado— ¿Por qué chingados la dejas meterse al cuarto?</h4>
<h4>—Estoy preparando los sándwiches —se defendió Toña, apretando a la niña llorosa contra su pecho—. No puedo ser cocinera y niñera al mismo tiempo.</h4>
<h4>Examiné detenidamente la carta, con la vana ilusión de enmendar los borrones. Imposible: esos marcadores eran indelebles y Natalia había trazado un jeroglífico tan intrincado, que ni siquiera se alcanzaba a distinguir la firma del maestro. Desplomado en la cama, me sentí como un cisne trasladado de golpe a un inmundo charco. Al verme pasar del enojo a la tristeza, Toña dejó de consolar a Natalia para compadecerme a mí.</h4>
<h4>—Tranquilo, mi amor, fue un accidente, no te lo tomes a la tremenda —me acarició el cabello. —Quería usar la carta para pedir la beca Guggenheim —lamenté con voz de réquiem.</h4>
<h4>—Pero si Paz quedó tan encantado con tu libro, no creo que te negara una carta de recomendación. Llámalo por teléfono y explícale lo que pasó.</h4>
<h4>El sensato consejo de Toña no cerró del todo la herida, pero al menos contuvo la hemorragia. Ciertamente, el desaguisado tenía remedio, si contaba con la ayuda de don Octavio. Mañana mismo llamaría a Nuño Saldívar, un amigo periodista de La Jornada, para pedirle el teléfono del maestro. Pero con la fiesta a punto de comenzar, el percance me colocaba en un grave predicamento social. Lauro y Néstor fueron los primeros en llegar. Venían de una comida etílica que se había prolongado toda la tarde y por fortuna los dos parecían haber olvidado el motivo del festejo, porque hablaron largo rato de todo y de nada, sin mostrar el menor interés en mi epístola consagratoria. Entre íntimos hubiera podido contar abiertamente lo sucedido, pero a partir de las diez y media comenzó a llegar gente que me inspiraba menos confianza —amigas de Toña, periodistas culturales, profesores del instituto— y sus calurosas felicitaciones me causaron más recelo que orgullo. Para eludir molestos interrogatorios subí el volumen de la música. Pero mientras iba y venía de la cocina a la sala sirviendo tragos a las visitas, creí advertir que a pesar del ruido la gente cuchicheaba a mis espaldas. ¿Advertían acaso que les estaba escamoteando algo? Los primeros tequilas de la noche me ayudaron a sobrellevar la situación, pero mi aplomó se desvaneció cuando llegaron los invitados más temibles, Jaime Lastra y Mayra Velarde, acompañados de sus respectivas parejas. Alta, huesuda, con una cara equina de institutriz inglesa, Mayra llevaba un conjunto negro de blusa y pantalón que realzaba la palidez de su rostro. Reprobó de un vistazo la pobre decoración de mi hogar y frunció el ceño cuando le ofrecí de tomar ron y tequila. ¿Nada de vino? No, discúlpame, aquí somos muy borrachotes. Entonces dame por favor una agüita mineral. Se comportaba como una intelectual del círculo de Bloomsbury asistiendo a la fiesta de un camionero. Jaime, un cuarentón rechoncho de pelo entrecano, con el bigote amarillento de nicotina, esquivó a los bailarines de salsa con un mohín de disgusto. ¿Qué esperaba el mamón? ¿Música clásica? ¿No era de buen gusto escuchar esos ritmos en una reunión de intelectuales? Con su actitud deferente, ambos daban a entender que esperaban de mí una gratitud eterna por haberme conferido el honor de su visita. Los atendí con esmero, pues si bien los desprecio como poetas, no quería darles la impresión de estar ensoberbecido por el reconocimiento de Paz. En el rincón de la sala más apartado del ruido, formamos un pequeño corrillo para hablar de literatura. Mayra acababa de leer mi Disparo en la oscuridad (con un año de retraso, claro) y reconoció su valía:</h4>
<h4>—Me atrapó desde el comienzo la riqueza de tu lenguaje —dijo—. Ahora dosificas mejor las imágenes en vez de lanzarlas a borbotones y encuentras la palabra justa sin dar palos de ciego.</h4>
<h4>En opinión de Jaime Lastra, mi gran acierto era haber elegido como forma el versículo bíblico, justamente lo que Paz había considerado un defecto.</h4>
<h4>—Lo mejor de tu libro es que no le pones diques al canto: al contrario, dejas respirar al poema, como si pronunciaras un oráculo en duermevela.</h4>
<h4>Fingí sentirme halagado por sus comentarios, pero ¿quién podía tomar en serio la opinión de ese par de ojetes, que meses atrás no daban un quinto por mí? ¿Era un sapo convertido en príncipe por la varita mágica de don Octavio? Engañado por su falso compañerismo, no pude sospechar que ambos habían venido a mi casa en calidad de inspectores. Lo descubrí demasiado tarde, cuando Mayra aprovechó un silencio del tocadiscos para preguntarme en voz alta:</h4>
<h4>—¿Se puede saber a qué ahora nos vas a enseñar la carta?</h4>
<h4>—Sí, queremos verla —la secundó Jaime.</h4>
<h4>—De veras, ya enseña la carta, no te hagas rosca —exigió mi amigo Néstor desde la otra esquina de la sala.</h4>
<h4>Por contagio borreguil, media docena de invitados ebrios clamaron a coro: ¡Que la enseñe, que la enseñe!, golpeando sus vasos con los tenedores, como si exigieran el pastel de una boda. Imploré con la mirada el auxilio de Toña, que estaba tan perpleja como yo. Hubiera querido correrlos a todos, pero no tuve más remedio que afrontar la situación.</h4>
<h4>—Me encantaría enseñarles la carta, pero esta tarde tuve un accidente —confesé abochornado—. Mientras me daba una ducha, mi hija la rayoneó.</h4>
<h4>—Pero se podrá leer algo —insistió Mayra.</h4>
<h4>—Ni una línea —dije contrito— miren nomás cómo la dejó —y me saqué de la chaqueta el cuerpo del delito.</h4>
<h4>—Qué barbaridad —se demudó Mayra—. De grande tu hijita va a ser terrorista.</h4>
<h4>Le entregué la carta y ella se la pasó a Jaime Lastra, que se acomodó los lentes bifocales para examinarla como un perito judicial.</h4>
<h4>—Qué saña para borronear —dijo Lastra—. Parece una pintura de Pollock. Pero te debes acordar de lo que decía, ¿no?</h4>
<h4>—Más o menos —dije acorralado.</h4>
<h4>—Pues cuéntanos, ándale —rogó Mayra. Los hijos de puta me estaban aplicando el detector de mentiras. Era ridículo y pretencioso referir a trasmano los elogios de Paz, pero me vi forzado a incurrir en esa inmodestia, porque tenía clavados en mí los ojos de toda la concurrencia.</h4>
<h4>—Decía que mi libro es una plegaria blasfema, que mis versos tienen la fuerza de una verdad seminal, que la provincia mexicana sigue siendo un semillero de buenos poetas y me recomendaba esperar la germinación del silencio.</h4>
<h4>—Qué maravilla —Mayra me palmeó la espalda—. Has de sentirte muy orgulloso, ¿no?</h4>
<h4>En mi vida me he había sentido más humillado. Por falta de un aval manuscrito, en mi boca las alabanzas del maestro sonaban huecas. Peor aún: parecían autoelogios. Y el escéptico silencio de los invitados indicaba a las claras que nadie me había creído. Toña debe de haber tenido la misma impresión, pues quiso respaldarme con una prueba documental.</h4>
<h4>—No se puede leer la carta, pero el sobre está intacto, miren —y cometió la tarugada de mostrarlo a la concurrencia, como si el nombre del remitente bastara para cubrirme de gloria.</h4>
<h4>No me defiendas, comadre, pensé avergonzado, mientras el sobre circulaba de mano en mano. Con la aclaración no pedida de Toña, los incrédulos tendrían más motivos para abrigar suspicacias. Me apresuré a cambiar de tema, pusimos una tanda de discos de los setenta, alguien sacó un churro de mota, Néstor tocó la guitarra, cantamos a coro las clásicas de Bob Dylan y el jolgorio general pareció desvanecer el clima de sospecha. Pero horas después, cuando se fue el último de los invitados y empecé a recoger los ceniceros repletos de colillas, una sensación de vulnerabilidad extrema, acompañada de zumbidos en los oídos, me confirmó que la fiesta había sido un desastre.</h4>
<h4>No había pasado ni una semana cuando salieron a relucir los cuchillos. En su columna semanal de El Sol de Torreón, Enrique Dueñas, el gran ausente de mi fiesta, me dedicó un colofón escrito con jugos biliares:</h4>
<h4><em>RECETA PARA BUSCADORES DE PRESTIGIO Primero: deje correr el rumor de que una gran figura de las letras lo ha colmado de elogios. Segundo: haga una fiesta para celebrarlo. Tercero: tenga listo un papel garabateado por una mano infantil. Cuarto: exhíbalo cuando las visitas le pidan ver la carta del figurón y diga que su nenita la tachoneó. Quinto: finja repetir de memoria el contenido de la carta, sin escatimarse las alabanzas. Sexto: exija que desde ahora se le considere el mejor poeta del estado. Suena ridículo, ¿verdad? Pues así quieren darse importancia algunos poetastros hambrientos de notoriedad y reconocimiento, que a falta de verdadero prestigio, necesitan falsificarlo con tretas pueriles.</em></h4>
<h4>El calumnioso ataque reflejaba, sin duda, la opinión de los miembros del establishment literario que habían asistido a mi fiesta. Después de haber elogiado mi libro por compromiso, Mayra y Jaime no podían retractarse, pero le habían encomendado el trabajo sucio al golpeador del grupo. Y como Dueñas ni siquiera me llamaba por mi nombre, para añadir a la calumnia un toque de menosprecio, no podía rebatirlo en público sin ponerme un saco que sólo redundaría en mi descrédito. Dios mío, hasta dónde podía llegar la vileza humana. Dueñas ni siquiera se molestaba en fundamentar su crítica con argumentos literarios. ¿Para qué, si mi obra se había devaluado automáticamente al quedar en entredicho la autenticidad de la carta? Más claro ni el agua: para ese hijo de puta el argumento de autoridad estaba por encima de cualquier valor literario, como si la altura poética dependiera de un sello notarial. Un rasero crítico diametralmente opuesto al de Paz, que no se dejaba engañar por los relumbrones y en cambio sabía reconocer la verdadera poesía cuando la encontraba desnuda de oropeles en una modesta plaquette provinciana. Pero aunque Dueñas fuera un cretino, sabía pegar debajo del cinturón. Era triste pero necesario admitirlo: de momento, la vox pópuli de Torreón me consideraba un fantoche. Si quería limpiar mi buen nombre, o cuando menos, quitarme la fama de mentiroso, necesitaba demostrar con pruebas fehacientes que Paz me había ungido como poeta.</h4>
<h4>Después de varios intentos fallidos, por fin encontré a mi amigo Nuño Saldívar en la redacción de La Jornada y le pedí el número telefónico del maestro. Tardé más de una hora en armarme de valor para marcarlo, pues temía que mi ruego lo importunara. Un hombre tan ocupado como él no podía desperdiciar su valioso tiempo en ridículas tareas de salvamento. Ya bastante había hecho con escribirme una carta, para encima tener que venir a sacarme las castañas del fuego. Pero llevaba tres días encerrado en casa por temor al repudio social, y preferí abusar de su generosidad que seguir en el ostracismo. Me contestó la secretaria del maestro, una mujer de voz pausada y fría, que me intimidó con su elegante aplomo.</h4>
<h4>—Don Octavio no está en México. Se fue a dar una conferencia a Nueva York. ¿Quién le llama?</h4>
<h4>Le di mi nombre y me apresuré a aclarar que llamaba al maestro para agradecerle una carta.</h4>
<h4>—¿Quiere dejarle algún recado?</h4>
<h4>Contarle mis apuros a la secretaria me pareció una falta de tacto y un riesgo innecesario, pues corría el peligro de que tergiversara mi historia al referírsela a Paz.</h4>
<h4>—No, gracias, yo lo buscaré la próxima semana.</h4>
<h4>Harto de esconderme como un leproso, esa misma noche me atreví a dar la cara en la tertulia del café Leg-Mu. Quizá estuviera viendo moros con tranchete, pero cuando entré me pareció escuchar un murmullo reprobatorio y advertí que algunos parroquianos se tapaban la cara con el menú para reírse a hurtadillas. Los ignoré con la frente en alto y me dirigí a la mesa donde Néstor y Lauro jugaban al ajedrez. Necesitaba su voto de confianza para capotear esa crisis, pero estaban tan concentrados en el juego que sólo pudimos hablar de temas inocuos. ¿O fingían estar embebidos en el tablero para no tener que hablar de mi crucifixión periodística? Cuando terminaron la partida, Lauro se marchó de prisa, alegando que tenía una cita con su amante de turno, la burguesa del retrato. Nunca lo había visto tan serio y sospeché que me había cogido mala voluntad. Por fortuna, Néstor no pudo encontrar una excusa para negarme su compañía, tal vez porque los perdedores tienden a identificarse con el fracaso ajeno.</h4>
<h4>—¿Leíste la nota de Enrique Dueñas? —me abrí de capa en busca de apoyo moral. Néstor asintió con aire compungido.</h4>
<h4>—¿Y qué te pareció?</h4>
<h4>—Una patada en los huevos —frunció el ceño en sentido condenatorio—. Ese ojete sólo estaba esperando un pretexto para joderte. Pero tú te pusiste de a pechito con el rollo de la carta.</h4>
<h4>—Fue un accidente —me defendí—. ¿Cómo podía saber que mi hija la iba a rayonear?</h4>
<h4>—Mira, Juan Pablo, conmigo no tienes que hacerle al cuento —Néstor sonrió con un aire cómplice—. Soy tu amigo y puedes hablarme al chile. ¿Cómo se te ocurrió inventar esa mamada?</h4>
<h4>—¿Tampoco tú me crees? —di un puñetazo en la mesa— ¡Paz me escribió de verdad, te lo juro por mi madre!</h4>
<h4>Mi tono de voz y la volcadura del cenicero provocaron murmullos en las mesas vecinas. Lo que me faltaba: otro papelón en público. Néstor aspiró con serenidad el humo de su cigarro, como un psiquiatra acostumbrado a lidiar con mitómanos.</h4>
<h4>—Mira, Samuel, yo no pongo en duda tu talento —dijo en tono conciliador—. Para mí siempre serás un buen poeta, tengas o no la aprobación de Paz. ¿Pero qué necesidad tenías de armar tanta faramalla?</h4>
<h4>Me levanté de la mesa inflamado de cólera.</h4>
<h4>—No te parto la madre porque somos amigos —lo tomé por el cuello de la camisa—. Eres un envidioso, como todos los escritores de este pinche pueblo. ¡Pero les voy a demostrar quién es quién y se van a arrepentir de tratarme así!</h4>
<h4>Salí del café lanzando miradas de reto a la clientela, como un bravucón de película mexicana. Subí a mi viejo Tsuru y el piloto automático de la ira me condujo a La Resaca, un decadente bar para oficinistas, con sillas derrengadas y meseras gordas en minifalda, donde pedí un tequila doble. Urgido de un desahogo, saqué mi libreta de apuntes y pedí una pluma al cantinero. Quería desollar vivos a los mediocres literatos de la comarca, en una sátira rimada en tercetos, con insultos vitriólicos al estilo de Quevedo. ¡Cuánto les dolía mi superioridad! ¡Con cuánta saña se confabulaban para hundirme! Pergeñé algunos endecasílabos torpes, logré hilvanar algunas rimas fáciles, pero por falta de una línea melódica, de una cadencia íntima, mis palabras nacían tullidas o muertas. Al parecer, el enojo había resecado el venero profundo de mi canto. Un mal poema sólo le daría armas al enemigo, pensé y arrojé mi fallida venganza a una escupidera. Di un largo rodeo en el coche para no llegar tan pronto a casa. Hubiera preferido dormir esa noche fuera, o no regresar nunca, porque me parecía humillante sufrir con testigos. Pero al cabo de un largo recorrido sin rumbo, la escasez de gasolina me obligó a recalar en mi triste cubil. Ya eran más de las once cuando metí el coche en el garaje. Como de costumbre, Natalia se había quedado dormida junto a su madre en la cama matrimonial. Una escena enternecedora, que sin embargo enconó mi resentimiento. Ellas descansando tan quitadas de la pena mientras la chusma literaria pateaba mi cabeza por las calles. Estaba solo con mi desgracia, más solo que una rata ahogada en una letrina.</h4>
<h4>Como era de temerse, mi rabieta en el café Leg-Mu me valió nuevos ataques en la prensa local, más frontales y sañudos, pues ahora los francotiradores no se tentaban el corazón para denostarme con nombre y apellido. Hubiera querido devolverles golpe por golpe, pero no podía ejercer mi derecho de réplica por falta de pruebas para rebatirlos y mi obligado silencio se malinterpretaba como una admisión de culpabilidad. Pasados diez días de mi primera llamada, volví a tratar de comunicarme con Paz. Su secretaria me informó que ya estaba en México pero había salido a grabar un programa de televisión: “Llámelo mañana a mediodía”, me aconsejó, y por su tono amistoso deduje que el maestro le había hablado bien de mí. Pasé todo el día en ascuas, tronándome los dedos como un convicto en espera de redención. Con un poco de suerte y otro poco de habilidad diplomática, el trueno de Júpiter acallaría para siempre la risa de las hienas. Pero esa misma noche, cuando volvía a casa con Toña después de ir al cine, las noticias del radio troncharon mis esperanzas: un incendio provocado por un cortocircuito había causado graves destrozos en el departamento de Octavio Paz, dijo el locutor, y aunque el poeta y su esposa estaban ilesos, las llamas habían consumido buena parte de su biblioteca. Mientras durara la reparación de los daños, la presidencia de la República se encargaría de brindarle un digno alojamiento al poeta. En esas circunstancias habría sido una falta de tacto empecinarme en buscarlo. Y aunque tuviera esa cara dura, ¿cómo localizarlo ahora, si había perdido sus señas? El hado maléfico que había movido la mano de mi hija seguía actuando desde las sombras. No tenia más remedio que resignarme a la deshonra pública por tiempo indefinido y aguantar las bofetadas como un payaso impotente.</h4>
<h4>Antes de obtener el reconocimiento de Paz, cuando era un don nadie con la dignidad intacta, había pedido una de las becas para jóvenes poetas que otorga el Instituto Estatal de Cultura. Una semana después de haber escuchado la noticia del incendio, la lista de ganadores salió publicada en todos los diarios de Torreón. Yo no figuraba en ella, por supuesto. Era un insulto previsible, y sin embargo me sentí como un héroe de guerra despojado de sus galones por una corte marcial inicua. Para empezar, ninguno de los jurados del instituto tenía en su currículo un logro como el mío. En todo caso, era yo quien debía calificarlos a ellos. ¿Cómo se atrevían a poner en duda mi calidad literaria, avalada nada menos que por un premio Nobel? Pero claro, a los ojos del mundo yo era un vil estafador, un arribista de la peor calaña, y por lo tanto ocupaba el último escalafón del lumpen literario. Después de padecer tantas humillaciones, ni un santo hubiera logrado mantener la ecuanimidad. Huraño, susceptible, predispuesto al odio, impartía clases con un ánimo belicoso que se revertía en mi contra. Imponer la disciplina en clase me costaba cada vez más trabajo, y por recurrir en exceso a los castigos severos, los alumnos me estaban perdiendo el respeto. No ponga tantos reportes, me regañaba el padre Dávalos, tiene que imponer su autoridad sin recurrir todo el tiempo a las medidas represivas. Tenía razón, pero después de mi rápido ascenso y mi estrepitosa caída, no podía volver a ser el profesor alivianado de antaño, porque ahora me sentía un príncipe reducido a la servidumbre.</h4>
<h4>No sólo le cobré ojeriza a los niños del instituto, sino a mi pequeña pintora de brocha gorda. Es doloroso admitirlo, pero las cabriolas, las carantoñas y los dislates verbales de Natalia dejaron de hacerme gracia. Respondía con frialdad a sus arrumacos, el día de su festival de danza hawaiana preferí quedarme a ver el futbol en casa, olvidé poner dinero bajo su almohada cuando se le cayó un diente, y Toña tuvo que decirle que el ratón estaba de viaje. No era tan ciego ni tan idiota para creer que una niña de tres años tuviera la maligna intención de arruinar mi carrera literaria. Más culpa tenía yo por haber dejado la carta a su merced. Pero mi negligencia no era un hecho asilado: era el último eslabón de una larga cadena de errores que había empezado a cometer mucho tiempo atrás, desde que me casé con Toña a los veinticuatro años, sin estar preparado para el matrimonio. Qué caro estaba pagando mi debilidad de carácter. Me había propuesto no tener hijos hasta después de los treinta, pero Toña olvidó tomar los anticonceptivos y en vez de exigirle con firmeza el aborto, caí en su burdo chantaje sentimental. No quise envenenar nuestra relación con reproches, pero siempre sospeché que su aparente error con las píldoras había sido un acto premeditado. Desde el incidente de la carta, mi rencor había elevado esa sospecha al rango de certidumbre. Molesta por mi alejamiento de la niña, Toña me acusaba de ser un padre irresponsable, un egoísta desalmado que sólo pensaba en su maldita reputación. Soy un poeta, no una niñera, le reviraba yo con mala leche y me largaba de la casa dando un portazo. Por las noches ella se desquitaba haciéndome huelgas de piernas cerradas que podían durar más de una semana. El semen retenido me atizaba la misoginia: si desde el noviazgo supe que Toña era una provinciana estrecha de miras, pensaba, ¿por qué diablos me había casado con ella? Enamorada de la normalidad, es decir, de la mediocridad, se había apresurado a formar una linda familia de novela rosa, valiéndole madres mi vocación, cuando lo que yo necesitaba era libertad para crear. A la edad en que otros poetas viajan por el mundo, aprenden idiomas, aman sin ataduras a mujeres refinadas de espíritu iconoclasta, yo era un paterfamilias obligado a checar tarjeta en un puto colegio lasallista. La poesía no era sólo un género literario, era un ideal de vida al que yo había dado la espalda. Tal vez por eso el destino me negaba las recompensas que mi talento merecía. En un hogar anodino de clase media, con un sofá lleno de lamparones y una mujer vulgar cocinando en chancletas, la carta de Paz era como una perla en un muladar.</h4>
<h4>No había cejado en mi empeño de localizar al maestro, claro está. Sabía por la prensa que el gobierno le había dado asilo en una casa colonial de Coyoacán, pero los periodistas ya no tenían acceso a su nuevo número telefónico. Al parecer, tras el ruido mediático provocado por el incendio, don Octavio quería escapar de los reflectores. Cuando conseguí su nueva dirección, tres meses después del percance, intenté reanudar nuestra correspondencia con una respetuosa carta donde le exponía mis dificultades económicas para dedicarme a la escritura y le solicitaba una nueva recomendación con el fin de obtener becas dentro o fuera del país. Omití mencionar lo sucedido con su carta anterior, para no entrar en chismes de vecindario. Soy agnóstico, pero como dijo Paz, creo que allá arriba “alguien me deletrea”, y al depositar la carta en el correo imploré el auxilio de la virgen de Guadalupe. Fueron pasando las semanas, todas las tardes al regresar de la escuela hurgaba con ansiedad el buzón, y sólo encontraba el repugnante correo comercial de siempre. ¿Se habría olvidado de mí? ¿No tenía tiempo de revisar el correo o su mamona secretaria había traspapelado mi carta? Comenzaba a sentir un amargo despecho de hijo relegado, cuando los periódicos anunciaron que don Octavio estaba enfermo de cáncer y había sido internado en un hospital, donde recibiría un tratamiento de quimioterapia. Con razón ya no contestaba cartas, el pobre se estaba muriendo. Por lo visto, el incendio de su biblioteca había sido un presagio de la pira funeraria: la ceniza le estaba tendiendo un cerco al mago de la palabra.</h4>
<h4>Conmocionado por la noticia, pero más aún por la cadena de sucesos trágicos que trazaban un paralelismo entre su vida y la mía, quise delinear la convergencia de nuestros destinos en un poema titulado “Lenguas de fuego”, donde la materia incombustible del verbo, nuestro empeño compartido de perfeccionar el idioma, triunfarían sobre la erosión del tiempo y la mezquindad humana. Pero sólo atiné a pergeñar un engendro ripioso, tal vez porque la necesidad de recuperar mi prestigio me obsesionaba hasta la impotencia. El nervio motor de la creación literaria sólo puede funcionar cuando está libre de coacciones y yo había atrofiado el mío al imponerle una obligación contraria a su naturaleza. Durante la enfermedad de Paz también yo agonicé, mirando crecer indefenso los tumores de mi orgullo martirizado. Cambié la lectura por el tequila, las iluminaciones por las crudas, me hinché como un cerdo por falta de ejercicio, entraba a las funciones de cine menos concurridas para evitar encuentros desagradables con mis ex amigos, y no podía seguir el hilo de las tramas, porque mi dolor de campeón sin corona ulceraba la cinta de celuloide. Cuando todos a tu alrededor te tratan como un apestado, empiezas a creer que de veras hiedes. Seguía haciendo lo que los cursis llaman “vida de hogar”, pero en calidad de fantasma, como si pantomima. Como mi esterilidad poética se había vuelto crónica, ya no contaba siquiera con el alivio de una escapatoria creativa. La noche del grito de independencia por poco me arrolla una camioneta de redilas al salir borracho de un tugurio. Sólo me alcanzó a dar un empellón, pero eso bastó para provocar una tragedia doméstica. Alarmada por mi deterioro físico y emocional, Toña me recomendó acudir a un psicoanalista. Me negué furioso, porque no necesitaba tenderme en un diván para encontrar el motivo profundo de mi derrumbe. Me habían robado la honra, el don de la palabra, el cariño de mis amigos. ¿Qué esperaba de mí la muy idiota? ¿Una sonrisa de oreja a oreja?</h4>
<h4>Se acercaban las fiestas decembrinas y yo no estaba muy seguro de querer llegar vivo a la Nochebuena. Cuando empezaba a hablar solo de tanto acumular rencores, tropecé con un desplegado de prensa esperanzador: al día siguiente, en la ciudad de México, Octavio Paz asistiría al nacimiento de una fundación cultural que llevaba su nombre, acompañado por el presidente Zedillo y el novelista Fernando del Paso. Quizá fuera mi última oportunidad para conocerlo en persona, para robarle un minuto de tiempo y pedirle que me salvara de la ignominia. Guardé una muda de ropa en una mochila, escribí una nota para Toña, que había llevado a la niña al dentista, explicándole el motivo de mi viaje, y tomé un taxi a la terminal camionera. Me arriesgaba a perder el empleo por faltar sin causa justificada, como un jugador que lo apuesta todo a su última carta. Pero basta de cobardías, pensé cuando el autobús tomó la carretera federal, basta de anteponer siempre la seguridad al riesgo. ¿Acaso me había redituado algo la vida ordenada? Por fortuna, las soporíferas películas de acción que pasaron en la tele del autobús me aplacaron los nervios y logré dormir cinco horas de corrido durante el trayecto nocturno.</h4>
<h4>Llegué al Distrito Federal al amanecer, en las horas negras de la inversión térmica, cuando los edificios más altos de la ciudad tenían en los hombros una estola de hollín. Me froté las manos de frío, y entré a tomar café en un Sanborns, donde me di una peinada. Según mi recorte de prensa, el acto inaugural comenzaría a la una de la tarde, en la casa habilitada como residencia temporal del poeta. Para hacer tiempo me fui a recorrer librerías de viejo por las calles del centro, intentando en vano aligerar la tensión de la espera, pues temía que a la hora de la verdad me faltaran huevos para acercarme a Paz. Cualquiera hubiera creído que en vez de querer pedirle un favor estaba planeando un atentado. Después de comer flautas de barbacoa en una fonda de la plaza Santa Veracruz, entré un rato a ver las antigüedades coloniales del museo Franz Mayer. En el baño de la cafetería me cambié la camisa sudada y a la salida cogí el metro en la estación Hidalgo, con dirección al barrio de Coyoacán. Cuando me bajé en Miguel Ángel de Quevedo, la tensión nerviosa y el calor del vagón ya me habían bañado de nuevo en sudor. No tardé en llegar a la señorial calle Francisco Sosa, ni tuve dificultad para encontrar la residencia, porque había dos camionetas de Televisa estacionadas en el empedrado y un pequeño tumulto en el portón. Al acercarme descubrí con horror que la gente llevaba invitaciones y una edecán escoltada por un militar del Estado Mayor Presidencial controlaba el acceso a la ceremonia. Para colmo, la mayoría de los invitados eran gente de alta sociedad, intelectuales distinguidos con sacos de tweed, mujeres de talle esbelto y cuello de garza que parecían sacadas de una revista de modas. ¿Cómo entrar de colado si mi apariencia de naco me traicionaba? Pasaron angustiosamente los minutos, los carrazos se detenían frente a la puerta, bajaban empresarios con sus refulgentes esposas y yo en la banqueta paralizado de miedo, entre una jauría de guaruras torvos. Estaba a punto de renunciar a mi empeño, cuando descubrí a mi amigo Nuño Saldívar, el reportero de La Jornada, abriéndose camino hacia la puerta en compañía de un fotógrafo. Corrí a buscarlo y le expliqué mi problema.</h4>
<h4>—No te preocupes, carnal —me tranquilizó—.</h4>
<h4>Yo le digo al de la entrada que vienes conmigo.</h4>
<h4>Pese a la intervención de Nuño, el cancerbero del Estado Mayor examinó con lupa mi credencial para votar y sólo me dejó pasar a regañadientes cuando mi amigo amenazó con llamar por teléfono a la directora del periódico. El patio de la casona colonial ya estaba abarrotado, y aunque Nuño y el fotógrafo se colaron hasta las primeras filas, reservadas a los periodistas, por falta de gafete yo me tuve que quedar parado en gayola, detrás de unos macetones que me obstruían la visibilidad. Desde ahí observé, o mejor dicho, escuché la ceremonia, porque entre los hombros de los camarógrafos y las ramas de un naranjo apenas veía a lo lejos la mesa de honor, donde Paz, al centro, con una barba blanca de patriarca bíblico, escuchaba las palabras del presidente Zedillo con una expresión ausente y lejana, como si oyera piar a los pájaros desde el país de las nieves eternas. Al parecer los honores mundanos habían empezado a pesarle, o quizá estuviera medio aletargado por el efecto de los fármacos. Cuando Zedillo declaró inaugurada la fundación cultural, tomó la palabra Fernando del Paso. No recuerdo una palabra de su vibrante discurso, porque a esas alturas ya tenía los nervios erizados de ansiedad. Preocupado por mi pésima ubicación en el patio, un obstáculo grave para llegar al maestro, procuré acercarme a la mesa de honor empujando a la gente amontonada en el corredor lateral, que mascullaba improperios y me clavaba los codos en las costillas. A duras penas logré avanzar tres metros, pero aún estaba muy lejos de mi objetivo cuando Del Paso cedió la palabra a don Octavio y hubo un estallido de aplausos.</h4>
<h4>Aunque tuviera la voz cascada y articulara con dificultad, la arquitectura de su lenguaje seguía siendo un prodigio, como una catedral suspendida en el aire. No llevaba un texto preparado, ni falta que le hacía, pues organizaba las ideas con un rigor infalible, incluso cuando pensaba en voz alta. Habló del divorcio entre la poesía y el mercado, de la importancia de estimular la creación literaria, de la necesidad de apoyar a los jóvenes creadores: “Los jóvenes son la luz de México, y siendo la luz, son también la oscuridad —dijo—. Son la promesa de algo que todavía no se realiza, pero se va a realizar pronto”. Escuché con embeleso esa frase que parecía dedicada a mí, sin cejar en mi esfuerzo por ganar terreno. A fuerza de riñones llegué a colocarme en las primeras filas del patio, junto al enjambre de periodistas, en una posición algo esquinada, pero bastante buena para intentar el asalto del templete. Estaba tan cerca de Paz que ahora notaba con más claridad en su rostro azulenco los estragos de la enfermedad, pero aún estaba más cerca de él en espíritu, al grado de sentir en carne propia cómo se le escapaba la vida. Hubiera querido abrazarlo, jugar con sus barbas de abuelo venerable. Pobres de nosotros, pensé, qué desamparados nos dejas. Cuando el poeta concluyó augurando un futuro luminoso para México, prorrumpí en aplausos con los ojos cuajados de llanto. No era el momento de caer en efusiones sentimentales, tenía que abalanzarme a la mesa de honor. Di un salto adelante con la firme resolución de subir al templete, pero una mano de hierro me sujetó por el cuello: era un guardia presidencial vestido de traje, a quien yo había creído parte del público.</h4>
<h4>—No puede pasar, espere aquí</h4>
<h4>—Tengo que hablar con don Octavio, suélteme. Intenté zafarme de sus tenazas, pero él me torció la muñeca.</h4>
<h4>—Está prohibido acercarse a la mesa del presidente.</h4>
<h4>—Yo no quiero ver a Zedillo —alegué—. Quiero hablar con Paz.</h4>
<h4>—No insista, son órdenes del Estado Mayor.</h4>
<h4>El poeta ya se había levantado de la mesa y comenzó a bajar del templete del brazo de su esposa. Desesperado, le solté un codazo al guardia, que me respondió con un gancho al hígado, discreto pero contundente. Desfondado por el madrazo, ni siquiera tuve aire para reclamar mis derechos cuando me sacó del patio con ayuda de otro gorila. Mi amigo periodista se había esfumado entre la muchedumbre y no tenía ningún valedor.</h4>
<h4>—Esto es una arbitrariedad —protesté afuera de la casa—. Los voy a denunciar en los periódicos. Denme sus nombres.</h4>
<h4>El guardia a quien le solté el codazo me calló de una patada en los huevos.</h4>
<h4>—¿Te crees muy gallito? —me cogió por la solapa—.</h4>
<h4>¡Lárgate de aquí, pendejo! —y de un tremendo empellón me tiró de bruces en un arriate.</h4>
<h4>Rengueando como un mendigo, el labio sangrante y los huevos machacados, caminé hasta una cervecería de la plaza Santa Catarina. Para acabarla de joder, la cerveza estaba tibia. Me la bebí con serenidad, a sorbos lentos, invadido por una dulce resignación. Debía agradecerle a ese sardo que me hubiera impedido llegar al templete, pensé, donde sólo habría hecho el ridículo. Jamás tendría un lugar en el gran mundo de las letras. Mi destino era ser un maestrito de pueblo aficionado a la poesía, no un poeta laureado y reconocido. La ventaja de capitular ante la adversidad es que te permite hacer borrón y cuenta nueva, recomenzar tu vida a partir de cero. Sosegado por la derrota, esa misma tarde volví a Torreón con una urgente necesidad de afecto. Y aunque suene cursi debo admitir que al entrar a casa, cuando mi hija Natalia se me colgó del cuello, eufórica por el estreno de su nuevo vestido de hawaiana, le pedí perdón entre sollozos, como un apóstata avergonzado de reptar en la oscuridad. Toña me besó con ardor, el pecho agitado por una intensa emoción.</h4>
<h4>—Mira lo que llegó —dijo, y me tendió un sobre.</h4>
<h4>Con un pie en la tumba Paz me había respondido. Su carta de recomendación era escueta, de apenas cinco líneas, pero dejaba muy en claro que conocía mi obra y creía en mi talento. Toña me pidió que la leyera en voz alta. Más que leer, declamé cada palabra como si rezara el Credo. —Hay que mandarla a todos los periódicos —exclamó Toña en son de triunfo—, para callarle el hocico a esos hijos de puta.</h4>
<h4>Entreví por un momento la posibilidad de pisotear a las sabandijas del parnaso local con una venganza demoledora. Los jueces que me negaron la beca para jóvenes poetas ahora tendrían que tragarse sus palabras. ¿No que no, culeros? Casi podía saborear sus comedidas disculpas. De rodillas, cabrones, hagan fila para lamerme la suela de los zapatos. Reparado mi honor, me colocaría de golpe en la cima del mundillo literario de la provincia y cuando viniera el cambio de sexenio nadie tendría más merecimientos que yo para dirigir el instituto estatal de cultura. Por si fuera poco, la palabra del Sumo Pontífice me investiría de autoridad para ungir a otros poetas. A partir de ahora cualquier literato de la región con deseos de ser alguien tendría que tocar a mi puerta. Y con cada favor hecho a los demás, mi poder cultural iría creciendo como la espuma. Honores, premios, cargos públicos bien pagados, estatuas de bronce, homenajes, calles con mi nombre: toda una vida ordeñando el prestigio que Paz me transmitía por cédula regia.</h4>
<h4>—No te quedes ahí parado —me apuró Toña—.</h4>
<h4>Vamos corriendo a sacarle copias.</h4>
<h4>Guardé un largo silencio porque al vislumbrar ese irresistible ascenso, me invadió una sensación de vértigo con espasmos de náusea. No podía recaer impunemente en la vanagloria. Si daba otro paso en falso, ponía en riesgo mi mayor tesoro: la satisfacción íntima de haber merecido un elogio de Paz. La poesía era un reino espiritual, no una corte con reyes y chambelanes. Darle un mal uso a esa carta equivalía a escupir en un cáliz, a ponerme del lado de Enrique Dueñas, a reverenciar el argumento de autoridad y someterme a un orden jerárquico repugnante, el orden del Estado Mayor Presidencial, que había querido expulsarme de un templo sitiado.</h4>
<h4>—No, mi amor, no vamos a ningún periódico.</h4>
<h4>—¿Estás loco? ¿No quieres poner en su lugar a esa gente?</h4>
<h4>—No mi amor, ya se me quitó la rabia.</h4>
<h4>—¿Te vas a quedar cruzado de brazos?</h4>
<h4>—Ya no quiero pleitos de lavadero.</h4>
<h4>—Pues allá tú, pero la verdad no te entiendo.</h4>
<h4>—Prométeme una cosa, mi vida —tomé a mi esposa de los hombros—. Quiero que esta carta sea un secreto entre los dos. Ni una palabra a nadie, ¿de acuerdo?</h4>
<h4>Dos noches después, cuando apenas había colocado la cabeza en la almohada, una rompiente de olas me anunció la germinación del silencio.</h4>
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		<title>EL VOLUMEN DE LA AUSENCIA FRAG. DE MERCEDES SALISACHS</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Dec 2011 04:37:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>
		<category><![CDATA[CUENTO CORTO]]></category>
		<category><![CDATA[CUENTOS EUROPEOS]]></category>
		<category><![CDATA[MUJERES CUENTERAS]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8230; Sin embargo el tiempo ha pasado deprisa en los últimos doce años, Juan. Parece una ironía, pero lo cierto es que nada es más veloz que un largo lapso sin ilusiones. No es verdad que el tiempo tarda en transcurrir cuando la vida no nos interesa. La propia monotonía y la falta de relieves [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2096&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3>&#8230; Sin embargo el tiempo ha pasado deprisa en los últimos doce años, Juan. Parece una ironía, pero lo cierto es que nada es más veloz que un largo lapso sin ilusiones. No es verdad que el tiempo tarda en transcurrir cuando la vida no nos interesa. La propia monotonía y la falta de relieves lo despedaza; es decir, lo unifica, lo convierte en una dimensión sin metas ni puntos de partida. De pronto, nos damos cuenta de que los años se nos han ido de las manos, de que hemos sido burlados por su fugacidaz. Y es que todas las horas del día han sido mortalmente iguales: todas vacías, todas carentes de emoción. Por eso cuando te fuiste, la vida fue para mí como una recta final; una pendiente vertiginosa hacia el vacío. Todo era siempre lo mismo, y los acontecimientos jamás tenían futuro: sólo recuerdos.&#8221;Aquello sucedió antes de que Juan se fuera, o después de que Juan y yo nos vimos por primera vez, o a poco de <a href="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/12/mujer-con-piano.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-2097" title="mujer con piano" src="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/12/mujer-con-piano.jpg?w=460" alt=""   /></a>inaugurarse la exposición de Juan, el estudio de Juan, el coche de Juan &#8230; &#8221; Así iba envejeciendo yo: teniendote a tí como punto de referencia, contando los años como si fueran horas y los lustros como si fueran años. Hasta las Navidades se sucedían unas tras otras igual que si entre cada una de ellas no mediaran trescientos sesenta y cinco días completos. También las estaciones volaban. Tanto que, a menudo, cuando pensaba en alguna de ellas , no sabía precisar si ya se había cumplido o si estaba aún por llegar. En cambio, cuando aún no te habías ido, cada segundo tenía una medida, cada instante se nutría de sentido. Por eso el tiempo podía dosificarse, ensancharse y hasta prolongarse. Pero esa facultad de medir la vida por milimetros y por fracciones cabe cuando se viven situaciones relevantes. Ahora lo esencial es pensar que el tiempo no existe, que tanto el pasado como el futuro no es más que un gigantesco presente. Sería interesante hacer el recuento de los sobresaltos , los desengaños y las heridas que vamos acumulando a lo largo de nuestro transitar por la vida. Y medirlos. Llegar a conocer con exactitud lo que nos ha afectado o nos ha dolido. Vistos en perspectiva, no parece que sean los grandes acontecimientos los que han contribuido a los cambios opticos o a la transformación de nuestros esquemas. Son las circunstancias pequeñas; esos procesos rezagados que tanto se relacionan con los comportamientos ajenos, las miradas furtivas, las displicencias inesperadas &#8230; Problemente la humanidad entera está enferma de ese tipo de procesos. Una vez me dijiste que no bastaba derribar y construir sobre los derribos para sentirnos seguros: &#8220;Es preciso tambien recordar los derribos, analizarlos a fondo, para evitar que las nuevas construcciones sufran los mismos errores&#8221; Entonces no llegué a entenderte, con frecuencia te expresabas de un modo metafórico, y yo problamente no estaba preparada para asimilar tus ideas. Las comprendo ahora, Juan: después de esos doce años vacios de tu presencia, pero tremendamente llenos de tu ausencia. ¿Sabías tú que también las ausencias pueden tener volumen? <span id="more-2096"></span>La tuya lo tuvo. Fue un volumen lleno de ti, de tus palabras dichas al desgaire, y de las que ni siquiera me habías dicho pero que yo adivinaba; de coloquios interminables entre tu yo lejano y mi propia soledad, siempre presente. Un volumen cada vez más hinchado de ti; de evocaciones que mientras eran aún hechos cotidianos apenas tenían dimensión ni grosor, pero que a medida que los años transcurrían, iban creciendo y creciendo: miradas, gestos, ademanes,actitudes. Realidades, en fin, que no por pertenecer al ayer dejaban de serlo: &#8220;Nadie puede arrebatarme el recuerdo&#8221;, pensaba muy a menudo. Y nadie, tampoco, podía disminuirlo, deshincharlo. Cada instante que había vivido contigo estaba allí, en los departamentos estancos y secretos de mi conciencia. &#8211; ¿Hasta cuándo vas a seguir queriéndome , Juan? Todos estamos expuestos a ser inconstantes &#8211; - Nunca habrá un &#8220;Hasta cuando&#8221;"entre nosotros, Ida. El secreto está en sincronizar los relojes de nuestro cariño &#8211; Lo malo era que los relojes no se habían sincronizado. Los relojes de aquel amor habían ido marcando horas distintas, desmanteladas y cada vez más divergentes. La ausencia es mucho más que un espacio vacío y un tiempo sin horas. La ausencia es también un dejar de conjugar ensoñaciones y un sufrir agonías por trances dispares, y un resurgir alegrías distintas o desencantos contradictorios , todo ello desconectado de lo que fue un compartir continuo.</h3>
<h3><a href="http://laslecturasdeshabel.blogspot.com/2009/06/fragmento-de-el-volumen-de-la-ausencia.html">http://laslecturasdeshabel.blogspot.com/2009/06/fragmento-de-el-volumen-de-la-ausencia.html</a></h3>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/teecuento.wordpress.com/2096/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/teecuento.wordpress.com/2096/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/teecuento.wordpress.com/2096/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/teecuento.wordpress.com/2096/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/teecuento.wordpress.com/2096/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/teecuento.wordpress.com/2096/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/teecuento.wordpress.com/2096/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/teecuento.wordpress.com/2096/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/teecuento.wordpress.com/2096/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/teecuento.wordpress.com/2096/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/teecuento.wordpress.com/2096/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/teecuento.wordpress.com/2096/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/teecuento.wordpress.com/2096/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/teecuento.wordpress.com/2096/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2096&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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			<media:title type="html">mujer con piano</media:title>
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		<title>BESTIARIO     DE JUAN JOSÉ ARREOLA</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Dec 2011 18:05:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>
		<category><![CDATA[CUENTOS LATINOAMERICANOS]]></category>

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		<description><![CDATA[El sapo  Salta de vez en cuando, solo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consiente de que ninguna metamorfosis se ha operado [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2091&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><span style="text-decoration:underline;">El sapo</span></h3>
<h3> <strong><em>Salta de vez en cuando, solo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.</em></strong>Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consiente de que ninguna metamorfosis se ha operado en el. Es as sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.</h3>
<h3><strong><em><a href="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/12/sapo.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2092" title="sapo" src="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/12/sapo.jpg?w=300&#038;h=199" alt="" width="300" height="199" /></a>  </em></strong></h3>
<h3><strong><em>Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.</em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;">INSECTIADA</span></h3>
<h3><strong><em>Pertenecemos a una triste especie de insectos, dominada por el apogeo de las hembras vigorosas, sanguinarias y terriblemente escasas. Por cada una de ellas hay veinte machos débiles y dolientes.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Vivimos en fuga constante. Las hembras van tras de nosotros, y nosotros, por razones de seguridad, abandonamos todo alimento a sus mandíbulas insaciables.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Pero la estación amorosa <span id="more-2091"></span>cambia el orden de las cosas.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>Ellas despiden irresistible aroma. Y las seguimos enervados hacia una muerte segura. Detrás de cada hembra perfumada hay una hilera de machos suplicantes.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  El espectáculo se inicia cuando la hembra percibe un numero suficiente de candidatos. Uno a uno saltamos sobre ella. Con rápido movimiento esquiva el ataque y despedaza al galán. Cuando esta ocupada en devorarlo, se arroja un nuevo aspirante.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Y así hasta el final. La unión se consuma con el ultimo superviviente, cuando la hembra, fatigada y relativamente harta, apenas tiene fuerzas para decapitar al macho que la cabalga, obsesionado en su goce.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Queda adormecido largo tiempo triunfadora en su campo de eróticos despojos. Después cuelga del árbol inmediato un grueso cartucho de huevos. De allí nacerá otra vez la muchedumbre de las victimas, con su infalible dotación de verdugos.</em></strong></h3>
<h3>FELINOS</h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3>El que saco de la leonera el guante de Doña Juana; Don Quijote que mantiene a raya dos fieras con pura grandeza de alma; Androcles sereno y sin retórica (el león ya no se acobarda de la espina); los mártires cristianos que se metieron por la fuerza en las fauces hambrientas, y el Vizconde de los Asilos que estropeo un espectáculo circense al poner un sándwich en la boca del Rey de la Selva sin látigo y sin silla plegadiza, han hecho del oficio de domador uno de los mas desprestigiados en nuestros días.</h3>
<h3>  En realidad el león sobrelleva a duras penas la terrible majestad de su aspecto: el cuerpo del edificio no corresponde a la fachada y es como su alma, bastante perruno y desmedrado. Sigue siendo un carnívoro gracias a ciertos súbditos que realizan para el oficio de verdugos. El león se presenta intempestivamente en los banquetes salvajes y a base de prestancia pone en fuga a los comensales. Luego devora solitario y lleno de remordimientos los restos de una presa que nunca captura personalmente. Si de ellos dependiera, todos los leones que ambulan por la selva estarían ya enjaulados, triturando fémures y costillares de caballo tras de innecesarios barrotes. En fin de cuentas nunca son tan felices como al verse hechos de mármol y de bronce o estampados por lo menos en los alarmantes carteles del circo.</h3>
<h3><strong><em>  La falta de melena hace que muchos felinos se busquen por sí mismos el sustento. De allí la innegable superioridad de tigres, panteras y leopardos, que a veces logran forjarse una leyenda atacando piezas de ganado mayor después de poner en fuga cobarde a los guardianes.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Si no domesticamos a todos los felinos fue exclusivamente por razones de tamaño, utilidad y costo de mantenimiento. Nos hemos conformado con el gato, que come poco y que de ves en cuando se acuerda de su origen y nos da un leve arañazo. Solo algunos príncipes orientales pueden darse el lujo de poseer felinos en formato mayor, que ronronean como una locomotora, que son muy útiles como perros de caza, que devoran ellos solos la mitad del presupuesto palaciego y que si llegan a distraerse y arañan, son capaces de mondar a cualquier esqueleto de toda carne superflua.</em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3>CAMÉLIDOS</h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3>El pelo de la llama es de impalpable suavidad, pero sus tenues guedejas están cinceladas por el duro viento de las montañas, donde ellas se pasea con arrogancia, levantando el cuello esbelto para que sus ojos se llenen de lejanía, para que su fina nariz absorba todavía más alto la destilación suprema del aire enrarecido.</h3>
<h3><strong><em>  Al nivel del mar, apegado a una superficie ardorosa, el camello parece una pequeña góndola de asbesto que rema lentamente y a cuatro patas el oleaje de la arena, mientras el viento desértico golpea el macizo velamen de sus jorobas.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Para el que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la ultima veta de humedad; para solitario, la llama afelpada, redonda y femenina finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria.</em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3 align="left"> </h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3>LA BOA</h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3> </h3>
<h3>La proposición de la boa es tan irracional que seduce inmediatamente al conejo, antes de que pueda dar su consentimiento. Apenas si hace falta un masaje previo y una lubricación de saliva superficial.</h3>
<h3><strong><em>  La absorción se inicia fácilmente y el conejo se entrega en una asfixia sin pataleo. Desaparecen la cabeza y las patas delanteras. Pero a medio bocado sobrevienen las angustias de un taponamiento definitivo. En ayuda de la boa transcurren los últimos instantes de vida del conejo, que avanza y desaparece propulsado en el túnel costillar por cada vez más tenues estertores.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  La boa se da cuenta entonces de que asumió un paquete de graves responsabilidades, y empieza la pelea digestiva, la verdadera lucha contra el conejo. Lo ataca desde la periferia al centro, con abundantes secreciones de jugo gástrico, embalsamándolo en capas sucesivas. Pelo, piel, tejidos y vísceras son cuidadosamente tratados y disueltos en el acarreo del estomago. El esqueleto se somete por ultimo por un proceso de quebrantamiento y trituración, a base de contracciones y golpeteos laterales.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Después de varias semanas, la boa victoriosa, que a sobrevivida a una larga serie de intoxicaciones, abandona los últimos recuerdos del conejo bajo la forma de pequeñas astillas de hueso laboriosamente pulimentadas.</em></strong></h3>
<h3>CERVIDOS</h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3> </h3>
<h3>Fuera del espacio y del tiempo, los ciervos discurren con veloz lentitud y nadie sabe donde se ubican mejor, si en la inmovilidad o en el movimiento que ellos combinan de tal modo que nos vemos obligados a situarlos en lo eterno.</h3>
<h3><strong><em>  Inertes o dinámicos, modifican continuamente el ámbito natural y perfeccionan nuestras ideas acerca del tiempo, el espacio y la translación de los móviles. Hechos a propósito para solventar la antigua paradoja, son a un tiempo Aquiles y la tortuga, el arco y la flecha: corren sin alcanzarse; se paran y algo queda siempre fuera de ellos galopando.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  El ciervo, que no puede estarse quieto, avanza como una aparición, ya sea entre los árboles reales o desde un boscaje de leyenda: Venado de San Huberto que lleva una cruz entre los cuernos o cierva que amamanta a Genoveva de Brabante. Donde quiera que se encuentre, el macho y la hembra componen la misma pareja fabulosa.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Pieza venatoria por excelencia, todos tenemos la intención de cobrarla, aunque sea con la mirada. Y si Juan de Yépez nos dice que fue tan alto, tan alto que le dio a la caza alcance, no se esta refiriendo a la paloma terrenal sino al ciervo profundo, inalcanzable y volador.</em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3>LAS FOCAS</h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em>Difícilmente erguida en su blandura musculosa, una levanta el puro torso desnudo. Otra reposa al sol un odre lleno de agua pesada. Las demás circulan por el estanque, apareciendo y desapareciendo, rodando en el oleaje que sus evoluciones promueven.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  He visto el quehacer incesante de las focas. He oído sus gritos de jubilo, sus risotadas procaces, sus falsos llamados de naufrago. Una gota de agua me salpica la boca.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Veloces lanzaderas, las focas tejen y destajen la tela interminable de sus juegos eróticos. Se abrazan sin brazos y resbalan de una en otra improvisando sus rondas ad libitum. Baten el agua con duras palmadas; se aplauden ellas mismas en ovaciones viscosas. La alberca parece de gelatina. El agua esta llena de labios y de lenguas y las focas entran y salen relamiéndose.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Como en la gota microscópica, las focas se deslizan por las frescas entrañas del agua virgen con movimiento flagelo de zoospermos, y las mujeres y los niños miran inocentes la pantomima genética.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Perros mutilados, palomas desaladas. Pesados lingotes de goma que nadan y galopan con difíciles ambulacros. Meros objetos sexuales. Microbios gigantescos. Criaturas de vida infusa en un barro de forma primaria, con probabilidades de pez, de reptil, de ave y de cuadrúpedo.  En todo caso, las focas me parecieron grises y manoseados jabones de olor intenso y repulsivo.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  ¿Pero que decir de las hembras amaestradas, de las focas de circo que sostienes una esfera de cristal en la punta de la nariz, que dan saltos de caballo sobre el tablero de ajedrez, o que soplan por un hilera de flautas los primeros compases de la Pasión según San Mateo?</em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
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<h3>AVES ACUATICAS</h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em>Por el agua y en la orilla, las aves acuáticas pasean; mujeres tontas que llevan con arrogancia unos ridículos atavíos. Aquí todos pertenecen al gran mundo, con zancos o sin ellos, y todos llevan guantes en las patas.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  El pato golondrino, el cucharón y el tepalcate lucen en las plumas un esplendor de bisutería. El rojo escarlata, el azul turquesa, el armiño y el oro se prodigan en juegos de tornasol. Hay quien los lleva todos juntos en la ropa y no es mas que una gallareta banal, un broceado corvejón que se nutre de pequeñas putrefacciones y que traduce en gala sus pesquisas de aficionado al pantano.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Pueblo multicolor y palabrero donde todos graznan y nadie se entiende. He visto al gran pelicano disputando con el ansarón una brizna de paja. He oído a las gansas discutir interminablemente acerca de nada, mientras los huevos ruedan sobre el suelo y se pudren bajo el sol, sin que nadie se tome el trabajo de empollarlos. Hembras y machos vienen y van por el salón, apostando a quien lo cruza con mas contoneo. Impermeables a más no poder, ignoran la realidad del agua en que viven.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Los cisnes atraviesan el estanque con vulgaridad fastuosa de fases hechas, aludiendo a nocturno y a plenilunio bajo el sol del mediodía. Y el cuello metafórico va repitiendo siempre el mismo plástico estribillo&#8230;. Por lo menos hay uno negro que se distingue; flota garete junto a la orilla, llevando en una cesta de plumas la serpiente de su cuello dormido.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Entre toda esta gente, salvemos a la garza, que nos acostumbra a la idea de que solo sumerge en el lodo una pata, alzada con esfuerzo de palafito ejemplar. Y que a veces se arrebuja y duerme bajo el abrigo de sus plumas ligeras, pintadas una a una por el japonés minucioso y amante de los detalles. A la garza que no cae en la tentación del cielo inferior, donde le espera un lecho de arcilla y podredumbre.</em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
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<h3>LOS MONOS</h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3> </h3>
<h3>Wolfgang Kohler perdió cinco años en Tetuán tratando de hacer pensar a un chimpancé. Le propuso, como buen alemán, toda una serie de trampas mentales. Lo obligo a encontrar la salida de complicados laberintos; lo hizo alcanzar difíciles golosinas, valiéndose de escaleras, puertas, perchas y bastones. Después de semejante entrenamiento, Mono llego a se el simio mas inteligente del mundo; pero fiel a su especie distrajo todos los ocios del psicólogo y obtuvo sus raciones sin transporte el umbral de la conciencia. Le ofrecían la libertad, pero prefirió quedarse en la jaula.</h3>
<h3><strong><em>  Ya muchos milenios antes (¿cuántos?), los monos decidieron acerca de su destino oponiéndose a la tentación de ser hombres. No cayeron en la empresa racional y siguen todavía en el paraíso: caricaturales, obscenos y libres a su manera. Los vemos ahora en el zoológico, como un espejo depresivo: nos miran con sarcasmo y con pena, porque seguimos observando su conducta animal.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Atados a una dependencia invisible, danzamos al son que nos tocan, como el mono de organillo. Buscamos sin hallar las salidas del laberinto en que caímos, y la razón fracasa en la captura de inalcanzables frutas metafísicas.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  La dilatada entrevista de Mono y Wolfgang Kohler ha cancelado para siempre toda esperanza, y acabo en otra despedida melancólica que suena a fracaso.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  ( El homo sapiens fue a la universidad alemana para redactar el celebre tratado sobre la inteligencia de los antropoides, que le dio fama y fortuna, mientras Mono se quedaba para siempre en Tetuán, gozando una pensión vitalicia de frutas al alcance de su mano ).</em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
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<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3>LA JIRAFA</h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3> </h3>
<h3>Al darse cuenta de que había puesto demasiado alto los frutos de un árbol predilecto, Dios no tuvo más remedio que alargar el cuello de la jirafa.</h3>
<h3><strong><em>  Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad corporal y entraron resueltamente al reino de los desproporcionados. Hubo que resolver para ellas algunos problemas biológicos que mas parecen ingeniería y de mecánica: un circuito nervioso de doce metros de largo; una sangre que se eleva contra la ley de la gravedad mediante un corazón que funciona como bomba de pozo profundo; y todavía, a esas alturas, una lengua eyéctil que va mas arriba, sobrepasando con veinte centímetros el alcance de los belfos para roer los pimpollos como una lima de acero.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Con todos sus derroches de técnica, que complican extraordinariamente su galope y sus amores, la jirafa representa mejor que nadie los devaneos del espíritu: busca en las alturas lo que otro encuentran al ras del suelo.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Pero como final mente tiene que inclinarse de ves en cuando para beber el agua común, se ve obligada a desarrollar su acrobacia al revés. Y se pone entonces al nivel de los burros.</em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3>EL RINOCERONTE</h3>
<h3><strong><em> </em></strong></h3>
<h3> </h3>
<h3>El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embista como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embraveciendo y cegato, en arranque total de filosofo positivista. Nunca da en el blanco, pero queda siempre satisfecho de su fuerza. Abre luego sus válvulas de escape y bufa a todo vapor.</h3>
<h3><strong><em>  (Cargados con armadura excesiva, los rinocerontes en celo se entregan en el claro del bosque a un torneo desprovisto de gracia y destreza, en el que solo cuenta la calidad medieval del encontronazo.)</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidad. Su cuerpo de muchas piezas ha sino armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con laminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos. Pero en un momento especial de la mañana, el rinoceronte nos sorprende: de sus injares enjutos y resecos, como agua que sale de la hendidura rocosa, brota el gran órgano de vida torrencial y potente, repitiendo en la punta los motivos cornudos de la cabeza animal, con variaciones de orquídea, de azagaya y alabarda.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Hagamos entonces homenaje a la bestia endurecida y abstrusa, porque ha dado lugar a una leyenda hermosa. Aunque parezca imposible, este atleta rudimentario es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla en los tapices se la Dama, el tema de Unicornio caballeroso y galante.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Vencido por una virgen prudente, el rinoceronte carnal se transfigura, abandona su empuje y se agacela, se acierva y se arrodilla. Y el cuerno obtuso de agresión masculina se vuelve ante la doncella una esbelta endecha de marfil.</em></strong></h3>
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<h3>AVES DE RAPIÑA</h3>
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<h3>¿Derruida sala de armas o profanada monástica? ¿Qué pasa con los dueños del libre albedrío?</h3>
<h3><strong><em>  Para ellos, la altura soberbia y la suntuosa lejanía han tomado bruscamente las dimensiones de un modesto gallinero, una jaula de alambres que les veda la pura contemplación del cielo con el techo de laminas.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Todos, halcones águilas o buitres, repasan como frailes silenciosos su libro de horas aburridas, mientras la rutina de cada día miserable les puebla el escenario de deyecciones y de vísceras blandas: triste manjar para sus picos desgarradores.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Se acabaron para siempre la libertad entre la nube y el peñasco, los amplios círculos del vuelo y la caza de altanería. Plumas remeras y caudales se desarrollan en balde; los garfios crecen, se afilan y se encorvan sin desgaste en la prisión, como los pensamientos rencorosos de un grande disminuido.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Pero todos, halcones o buitres, disputan sin cesar en la jaula por el prestigio de su común estirpe carnicera.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>(Hay águilas tuertas y gavilanes desplumados.)</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Entre los blasones impera el blanco purísimo del Zopilote Rey, que abre entre la carroña sus alas como cuarteles de armiño en campo de azul, y que ostenta una cabeza de oro cincelado, guarnecida de piedra preciosas.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Fieles al espíritu de la aristocracia dogmática, los rapaces observan hasta la última degradación su protocolo de corral. En el escalafón de las perchas nocturnas, cada quien ocupa su sitio por rigurosa jerarquía. Y los grandes de arriba, ofenden sucesivamente el timbre de los de abajo.</em></strong></h3>
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<h3>EL AVESTRUZ</h3>
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<h3>A grito pelado, como un órgano profano, el cuello del avestruz proclama a los cuatro vientos la desnudes radical de la carne ataviada. (Carente de espíritu a mas no poder, emprende luego con todo su cuerpo una serie de variaciones procaces sobre el tema del pudor y la vergüenza.)</h3>
<h3><strong><em>  Más de pollo, polluelo gigantesco entre pañales. El mejor ejemplo sin duda para la falda más corta y el escote mas bajo. Aunque siempre esta a medio vestir, el avestruz prodiga sus harapos a toda gala superflua, y ha pasado de moda solo en apariencia. Si sus plumas “ya no se llevan” las damas elegantes visten de buena gana su inopia con virtudes y perifollos de avestruz: el ave que se engalana pero que siempre deja la íntima fealdad al descubierto. Llegado al caso, si no esconde la cabeza, cierra por lo menos los ojos “a lo que venga”. Con sin igual desparpajo lucen su liviandad de criterios y engullen cuanto se les ofrece a la vista, entregando el consumo al azar de una buena conciencia digestiva.</em></strong></h3>
<h3><strong><em>  Destartalando, sensual y arrogante, el avestruz representa el mejor fracaso del garbo, moviéndose siempre con descaro, en una apetitosa danza macabra. No puede extrañarnos entonces que los expertos jueces de Santo Oficio idearan el pasatiempo o vejamen de emplumar mujeres indecentes para sacarlas desnudas a la plaza.</em></strong></h3>
<h3>EL BUHO</h3>
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<h3>Antes de devorarlas, búho dirige mentalmente a sus presas. Nuca se hace cargo de una rata entera si no se ha formado un previo concepto de cada una de sus partes. La actualidad del manjar que palpita en sus garras va haciéndose pasado en la conciencia y preludia la operación analítica de un lento devenir intestinal .Estamos ante un caso de profunda asimilación reflexiva.</h3>
<h3>  Con la aguda penetración de sus garfios el búho aprehende directamente el objeto y desarrolla su peculiar teoría del conocimiento. La cosa en si (roedor, reptil o volátil) se le entrega no sabemos como. Tal vez mediante el zarpazo invisible de una intuición momentánea; tal vez gracias a una lógica espera, ya que siempre nos imaginamos el búho como un sujeto inmóvil, introvertido y poco dado a las efusiones cinegéticas de persecución u captura. ¿Quien puede asegurar que para las criaturas idóneas no hay laberintos de sombra, silogismo oscuros que van a dar a la nada tras la  breve cláusula del pico? Comprende el búho equivale a aceptar esta premisa.</h3>
<h3>  Armonioso capitel de plumas labradas que apoya una metáfora griega; siniestro reloj de sombra que marca en el espíritu una hora de brujería medieval: esta es la imagen bifronte del ave que emprende el vuelo al atardecer y que es la mejor viñeta para los libros de filosofía occidental.</h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">EL OSO</span></h3>
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<h3>Entre la abierta hostilidad del lobo, por ejemplo, y la abyecta sumisión del mono, que es capas de sentarse en familia a desayunar en nuestra mesa, existe la cordial mesura de oso que baila y monta en bicicleta, pero que puede excederse y triturarnos en el abrazo. Con él siempre es posible entablar amistad, guardando las distancias, si es que no llevamos un panal en la mano. Como su cabeza oscilante, el alma del oso vacila entre la esclavitud y la rebeldía. Señal de la condición es el pelaje: si blanco, sanguinaria; si negro, bondadosa. Por fortuna, el oso manifiesta sus diversos estados de ánimo con todos los matices del gris y del pardo.</h3>
<h3>  Quienes han encontrado un oso en el bosque saben que al vernos se pone inmediatamente de pie, con ademán de reconocimiento y saludo. (El resto de la entrevista depende exclusivamente se nosotros.) Si se trata de mujeres, nada hay que temer, ya que el oso tiene por ellas un respeto ancestral que delata claramente su condición de hombre primitivo. Por más adultos y atléticos que sean, conservan algo de bebé: ninguna mujer se negaría a dar a luz un osito. En todo caso, las doncellas siempre tienen uno en su alcoba, de peluche, como un feliz augurio de maternidad.</h3>
<h3>  Confesémoslo: tenemos con ellos un común pasado cavernícola. El oso de la espelunca es el más abundante de los fósiles, y su distribución acompaña a todas las migraciones humanas de la prehistoria. En nuestros días, la osera sigue siendo la más confortable de las habitaciones feroces.</h3>
<h3>  Latinos y germanos estuvieron de acuerdo en rendir culto al oso, bautizando con las derivaciones de su nombre (Ursus y Bera) una extensa serie de santos, de héroes y ciudades.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">EL ELEFANTE</span></h3>
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<h3>Viene desde el fondo de las edades y es el último modelo terrestre de maquinaria pesada, envuelto en su funda de lona. Parece colosal porque está construido con puras células vivientes y dotadas de inteligencia y memoria. Dentro de la acumulación material de su cuerpo, los cinco sentidos funcionan como aparatos de precisión y nada se les escapa. Aunque de pura vejez hereditaria son ahora calvos de nacimiento, la congelación siberiana nos ha devuelto algunos ejemplares lanudos. ¿Cuántos años hace que los elefantes perdieron el pelo? En vez de calcular, nos vamos todos al circo y juguemos a ser los nietos del elefante, ese abuelo pueril que ahora se bambolea al compás de una polka&#8230;</h3>
<h3>  No. Mejor hablemos del marfil. Esa noble sustancia, dura y uniforme, que los paquidermos empujan secretamente con todo el peso de su cuerpo, como una material expresión de pensamiento. El marfil, que sale de cabeza y que desarrolla en el vacío dos curvas y despejadas estalactitas. En ellas, la paciente fantasía de los chinos ha labrado todos los sueños formales del elefante.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">LA CEBRA</span></h3>
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<h3>La cebra toma enserio su vistosa apariencia, y al saberse rayada se entigrece.</h3>
<h3>  Presa en su enrejado lustroso vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida: Non serviam, declara con orgullo su indómito natural. Abandonando cualquier intento de sujeción, el hombre quiso disolver el elemento indócil de la cebra, sometiéndola a viles experiencias de cruza con asnos y caballos. Todo en vano. Las rayas y la condición arisca no se borran en cebrinos ni en cébrulas.</h3>
<h3>  Con el onagro y el cuaga, la cebra se complace invalidando la posesión humana del orden de los equinos. ¿Cuantos hermanos del perro se nos quedaron ya para siempre, insumisos, con oficios de lobo, de protelo y de coyote?</h3>
<h3>  Limitémonos pues al contemplar a la cebra. Nadie a llevado a tales extremos la posibilidad de henchir satisfactoriamente una piel. Golosas, las cebras devoran llanuras de pasto africano, a sabiendas de que ni el corcel árabe ni la pura sangre puede llegar a semejante redondez de las ancas ni a igual finura de cabos. Solo el caballo przewalski, modelo superviviente del arte rupestre, alude un poco al rigor formal de la cebra.</h3>
<h3>  Insatisfecha de su clara distinción espacial, las cebras practican todavía su gusto sin límites por las variantes individuales, y no hay una sola que tenga las mismas rayas de la otra. Anónimas y solípedas, pasean la enorme impronta digital que las distingue: todas cebradas, pero cada una a su manera.</h3>
<h3>  Es cierto que muchas cebras aceptan de buen grado dar dos o tres vueltas en la pista del circo infantil. Pero no es menos cierto también que, fieles al espíritu de la especie, lo hagan siguiendo un principio de altiva ostentación.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">LA HIENA</span></h3>
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<h3>Anima le pocas palabras. La descripción de las hienas debe hacerse rápidamente y casi como al pasar: tripe juego de aullidos, olores repelentes y manchas sombrías. La punta de plata se resiste, y fija a duras penas la cabeza de mastín rollizo, las reminiscencias de cerdo y de tigre envilecido, la línea en declive del cuerpo escurridizo, musculoso y rebajado.</h3>
<h3>  Un momento. Hay que tomas también algunas huellas esenciales del criminal: la hiena ataca en montonera alas bestias solitarias, siempre en despoblado y con hocico repleto de colmillos. Su ladrido espasmódico es modelo ejemplar de la carcajada nocturna que trastorna al manicomio. Depravada y golosa, ama el fuerte sabor de la carne pasadas, y para asegurarse el triunfo en las lides amorosas, lleva un bolsillo de almizcle corrompido entre las piernas.</h3>
<h3>  Antes de abandonas a este cerbero abominable del reino feroz, al necrófilo entusiasmado y cobarde, debemos hacer una aclaración necesaria: la hiena tiene admiradores y su apostolado no ha sido vano. Es tal vez el animal que más prosélitos ha logrado entre los hombres.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">EL AJOLOTE</span></h3>
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<h3>Acerca de ajolotes solo dispongo de dos informaciones dignas de confianza. Una: el autor de las cosa de la nueva España; otra la autora de mis días.</h3>
<h3>¡Simillima mulieribus¡ Exclamo el atento fraile al examinar detenidamente las partes idóneas en el cuerpecillo de esta sirenita de los charcos mexicanos.</h3>
<h3>  Pequeño lagarto de jalea. Gran gusarapo de cola aplanada y orejas de pólipo coral. Lindos ojos de rubí, el ajolote es un lingam de transparente ilusión genital. Tanto, que las mujeres no deben bañarse sin precaución en las aguas donde se deslizan estas imperceptibles y lucias criaturas. (En un pueblo cercano al nuestro, mi madre trato a una señora que estaba mortalmente preñada de ajolotes.)</h3>
<h3>  Y otra vez Bernardino de Sahún: “&#8230;y es carne delgada muy más que el capón y puede ser de vigilia. Pero altera los humores y es mala para la continencia. Dijeron me los viejos que comían axolotl asados que estos pejes venían de una dama principal que estaba con su costumbre, y que un señor de otro lugar la había tomado por fuerza y ella no quiso su descendencia, y que se había lavado luego en la laguna que dicen Axoltitlan, y que de allí vienen los acholotes”.</h3>
<h3>  Solo me queda agregar que Nemilov y Jean Rostand se han puesto de acuerdo y señalan a la ajolota como el cuarto animal que en todo el reino parece el ciclo de la catástrofes biológicas más o menos menstruales.</h3>
<h3>  Los tres restantes son la hembra del murciélago, la mujer, y cierta mona antropoide.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">EL BISONTE</span></h3>
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<h3>Tiempo acumulado. Un montículo de polvo impalpable y milenario; un reloj de arena, una morrena viviente: esto es el bisonte en nuestros días.</h3>
<h3>  Antes de ponerse en fuga y dejarnos el campo, los animales embistieron por última vez, desplegando la manada de bisontes como un ariete horizontal. Pues evolucionaron en masas compactas, parecían modificaciones de la corteza terrestre con ese aire individual de pequeñas montañas; o una tempestad al ras del suelo por su aspecto de nubarrones.</h3>
<h3>  Sin dejarse arrebatar por esa ola de cuernos, de pezuñas y de belfos, el hombre emboscado arrojo flecha tras flecha y cayeron uno por uno los bisontes. Un día se vieron pocos y se refugiaron en el último redil cuaternario.</h3>
<h3>  Con ellos se firmo el pacto de paz que fundo nuestro imperio. Los recios toros vencidos nos entregaron el orden de los bovinos con todas sus reservas de carne y leche. Y nosotros le pusimos el yugo además.</h3>
<h3>  De esta victoria a todos nos ha quedado un galardón: el ultimo residuo de nuestra fuerza corporal, es lo que tenemos de bisonte asimilado.</h3>
<h3>  Por, eso en señal de respetuoso homenaje, el primitivo que somos todos hizo con la imagen del bisonte su mejor dibujo de Altamira.</h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">EL CARABAO</span></h3>
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<h3>Frente a nosotros el carabao repasa interminablemente, como Confucio y Laotsé, la hierba frugal de unas cuantas verdades eternas. El carabao, que nos obliga a aceptar de una vez por toda la raíz oriental de los rumiantes.</h3>
<h3>  Se trata simplemente de toros y de vacas, es cierto, y poco hay de ellos que justifique su reclusión en las jaulas de un parque zoológico. El visitante suele pasar de largo ante su estampa casi domestica, pero el observador atento se detiene a ver que los carabaos parecen dibujados por Utamaro.</h3>
<h3>  Y medita: mucho antes de las hordas capitaneadas por el Can de los Tártaros, las llanuras de occidente fueron invadidas por inmensos tropeles de bovinos. Los extremos de ese contingente se incluyeron en el nuevo paisaje, perdiendo poco a poco las características que ahora nos devuelve la contemplación del carabao: anguloso desarrollo de lo cuartos traseros y profunda implantación de la cola, final de un espinazo saliente que recuerda la línea escotada de las pagodas; pelaje largo y lacio; estilización general de la figura que se acerca un tanto al reno y al okapi. Y sobre todo los cuernos, ya francamente de búfalo: anchos y aplanados en las bases casi unidas sobre el testuz, descendiente luego a los lados en una doble y amplia curvatura que parece escribir en el aire la redonda palabra carabao.</h3>
<h3 align="center">CANTOS DEL MAL DOLOR</h3>
<h3 align="right"> </h3>
<h3 align="right"> </h3>
<h3 align="right">A veces pienso que ella es lo único que existe.</h3>
<h3 align="right">                      Pero ya es bastante; me atarea, me desborda;</h3>
<h3 align="right">                      Yo veo su fuerza atroz, unida a la inescrutable</h3>
<h3 align="right">                      Malicia que la vigoriza.</h3>
<h3 align="right">   Esta cosa inescrutable es, principalmente,</h3>
<h3 align="right">                     lo que yo odio, y ya sea la ballena blanca</h3>
<h3 align="right">                    agente, ya actúe por su propia cuenta, lo</h3>
<h3 align="right">                    cierto es que yo descargo ese odio sobre ella.</h3>
<h3 align="right"> </h3>
<h3 align="right">Said Méndez.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">LOCO DOLENTE</span></h3>
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<h3>Se participa a quien corresponde que ha cesado la búsqueda. Por acuerdo unánime y definitivo el Comité suspende las actividades encaminadas al hallazgo, después de que las ultimas brigadas sentimentales se perdieron para siempre en la Selva de los Sargazos. Una sonrisa, unos ojos, un olor que flotaban aquí y allá, han sido finalmente arrojados a la fosa común.</h3>
<h3>  En vez de acogerlas con la benevolencia de antaño, música de laúd y otras zalamerías, el Comité se propone llevar a los tribunales por el delito de suplantación de persona a todas las mentirosas, y pone en entredicho desde ahora a los psiquiatras, cirujanos plásticos y demás profesionistas que intervengan en la superchería.</h3>
<h3>  Por otra parte, se agrades cumplidamente a las criaturas del pasado que de buena o mala fe trataron de facilitar o de complicar esta búsqueda, proporcionando pistas falsas y patrocinando imposturas. Muy especialmente se menciona aquí a los señores Otto Weininger, Paul Claudel y Rainer Maria Rilke, porque con solicitud verdaderamente amistosa quisieron evitar al Comité penas y extravíos, poniendo a su disposición todo su acervo de conocimientos en la materia, así como un valioso consejo. A ellos y a otros amantes menores, la más cordial obligación.</h3>
<h3>  El Comité suspende la búsqueda, pero no desaparece. Olvidando su tradicional romanticismo, entra al terreno francamente comercial y se dedicara en adelante a la publicación opuscular de epistolario, relaciones, diarios íntimos, Infiernos de Enamorados, cuadernos de bitácora, lenguaje de las flores, mapas y cartas de marear, así como a la fabricación de amuletos, agujas marciales, péndulos radiestésicos, brújulas, rompecabezas, bebedizos, contadores Geiger, sismógrafos, imanes, copios, teles y micros, para uso de aquellos que todavía en nuestros días siguen buscando con ahinco y fuera de si un ilusorio complemento.</h3>
<h3>  Para dar cima a sus actividades de arrepentimiento y contrición, el Comité se propone agotar todos los ingresos obtenidos y erigir un grandioso cenotafio o cenobio en honor de la persona desconocida, que probablemente se convierta en santuario para los peregrinos y turistas que acepten honradamente, en reclusión devota, la soledad radical de sus espasmos.</h3>
<h3>  En la medida que lo permitan las reminiscencias literarias y arqueológicas, así como la cuantía de los fondos disponibles, el cenotafio, entre un dédalo de acequias y jardines, tratara de parecerse lo más posible a la tumba de Mausolo.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">CASUS CONSCIENTIAE</span></h3>
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<h3>Tu sangre derramada está clamando venganza. Pero en mi desierto ya no caben espejismos. Soy un alienado. Todo lo que me acontece ahora en la vigilia y en el sueño se resuelve y cambia de aspecto bajo la luz ambigua que esparce la lámpara en el gabinete del psicoanalista</h3>
<h3>  Yo soy el verdadero asesino. El otro ya esta en la cárcel y disfruta todos los honores de la justicia mientras yo naufrago en libertad.</h3>
<h3>  Para consolarme, el analista me cuenta viejas historias de errores judiciales. Por ejemplo, la de que Caín no es culpable. Abel murió abrumado por su complejo adípico y el supuesto homicida asumió la quijada de burro con estas enigmáticas palabras: “¿Acaso soy yo el superego de mi hermano?” Así justifico un drama primitivo de celos familiares, lleno de reminiscencias infantiles, que la Biblia encubre con el simple propósito de ejercitar la perspicacia de los exploradores del inconsciente. Para ellos, todos somos Abeles y Caínes que en alguna forma intercambian y enmascaran su culpa.</h3>
<h3>  Pero yo no me doy por vencido. No puedo expiar mi pecado de omisión y llevo este remordimiento agudo y limpio como una hoja de puñal: me fue transmitido literalmente, de generación en generación, el instrumento del crimen. Y no he sido yo quien derramó tu sangre.</h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">KALENDA MAYA</span></h3>
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<h3>                                                   A Midsummer Night’s Dream</h3>
<h3>En larguísimos túneles sombríos duermen las niñas alineadas como botellas de champaña. Los maléficos ángeles del sueño las repasan en silencio. Golosos catadores, prueban un por una las almas en agraz, les ponen sus gotas de alcohol o de acíbar, sus granos de azúcar. Así se van yendo por su lado las brutas, las damisecas  y las dulces un día todas burbujeantes y núbiles. A las mas exaltadas les aseguran el tapón de corcho con alambres, para sorprender a los ingenuos la noche del balazo.</h3>
<h3>  Viene luego la promiscuidad de los brindis, conforme van saliendo las cosechas al mercado. Hay que compartir el amor, porque es una fermentación morbosa, se sube pronto a la cabeza, y nadie puede consumir una mujer entera. ¡Kalenda maya¡ La fiesta continúa, mientras ruedan por el suelo las botellas vacías.</h3>
<h3>  Sí, la fiesta continúa en la superficie. Pero allá, en las profundidades del sótano, sueñan las niñas con funestas alegorías, preparadas con espíritus malignos. Silenciosos entrenadores las ejercitan con sabios masajes, las inician en equivocados juegos. Pero sobre todo, les oprimen el pecho hasta asfixiarlas, para que puedan soportar el peso de los hombres y siga la comedia, la pesadilla del cisne tenebroso.</h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">HOMENAJE A JOHANN JACOBI BACHOFEN</span></h3>
<h3 align="center"> </h3>
<h3 align="right">Divina Psiquis, dulce mariposa invisible.</h3>
<h3 align="right">R. M.</h3>
<h3> </h3>
<h3>Abrumado por las diosas madres que lo ahogaban telúricas en senos pantanosos, el hombre dio un paso en seco y puso en su lugar para siempre a las mujeres. ¿Para siempre?</h3>
<h3>  El antropopiteco empezó a erguirse cada vez mas, vacilante en dos pies, como un niño, como un borracho de nuestros días. Pero poco a poca se le fue acentuando la cabeza y camino paso a paso al pensamiento conceptual. Ella, en cambio, tardo mucho tiempo en adoptar la posición erecta, sobre todo por razones de embarazo y de pecho. Entre tanto, perdió estatura, fuerza y desarrollo craneano.</h3>
<h3>  El troglodita amplio su concepto del mundo alejándose cada vez mas de la húmeda caverna, desdeñando una dieta monótona y vegetariana. Sin embargo, después de sus vagabundeos, volvía ya entrada la noche dando como disculpa pequeños trofeos de caza y pesca, así como juguetes para los niños. Cuando llegaba con las manos vacías, ebrio de aventuras y contemplaciones, ante los gruñidos de reclamo y descontento, su espíritu desarrollo el recurso del pulgar oponible, origen de todas las técnicas, haciendo el ademán característico que ha llegado hasta nosotros como signo injurioso: las higas caras a Santa Teresa y a Góngora.</h3>
<h3>  Entre este párrafo y el anterior, hay un periodo, una laguna histórica que es muy difícil llenar, porque arqueólogos y antropólogos no se han puesto de acuerdo y vacilan mucho en sus milenios. Digamos estéticamente que se trata del lapso que separa las esteatitas, las rocas serpentinas y los cantos rodados del auriñaciense, de las esculturas policromadas por el artista de Tel El Amarna.</h3>
<h3>  Dueño ya de su lenguaje y en plena literatura fantástica, el hombre sepulto para siempre en su memoria a la Venus de Willendorf. Hizo nacer de su cortado a la Eva sumisa y fue padre de su madre en el sueño neurótico de Adán&#8230;</h3>
<h3>  ¿Para siempre? ¡Cuidado! Estamos en pleno cuaternario.</h3>
<h3>La mujer esteatopigia no puede ocultar ya sus resentimientos.</h3>
<h3>Anda ahora libre y suelta por las calles, idealizada por las cortes de amor, nimbada por la mariología, ebria de orgullo, virgen, madre y prostituta, dispuesta a capturar la dulce mariposa invisible para sumergirla otra vez en la remota cueva marsupial.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">HOMENAJE A REMEDIOS VARO</span></h3>
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<h3> </h3>
<h3>Aunque la iglesia ha desautorizado la leyenda de San Jorge y ahora corre exclusivamente por cuenta y riesgo de Jacobo de Vorágine, no faltan héroes dispuestos a salvar a la princesa.</h3>
<h3>  Hay un caso ejemplar. La doncella inexperta a punto de caer en las fauces de un tipo con facha de dragón, lengua relampagueante y chaleco de fantasía. En vez de echar mano a la espada, el hijodalgo guardo las distancias y desfilo el encuentro de una manera ingeniosa. Se coloco frente al dragón, es cierto, pero de modo que la dama quedara de por medio, equidistante. Y cuando ella iba a dar el paso decisivo hacia la bestia mitológica, ayudado por un grupo de sacripantes, el doncel arrastro a la indecisa hasta el nido de murciélagos donde cobro inmediatamente el precio de su fama, como suelen haces tales héroes (exceptuando a San Jorge, aunque ya vimos que su aventura es apócrifa).</h3>
<h3>  Cuentan las malas lenguas que el joven protagonista de nuestra historia escapo de un cuadro de Remedios, que tiene hábitos de vampiro y se ha dedicado a chuparle la sangre a la princesa: mariposa a quien salvo de la muerte de fuego.</h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">LA NOTICIA</span></h3>
<h3> </h3>
<h3 align="right">Yo acariciaba las estatuas rotas&#8230;</h3>
<h3 align="right">R. M.</h3>
<h3> </h3>
<h3>El golpe fue tan terrible que para no caer tuve que apoyarme en la historia. Sin venir al caso me vi en la tina de baño, sarnoso Marat frente a Carlota Corday.</h3>
<h3>  El suelo se ha ido de los pies y la memoria en desorden me coloca en puras situaciones infames. Soy por Margarita de Borgoña arrojado en un saco de Sena, Teodora me manda degollar en el hipódromo, Coatlicue me asfixia bajo su falda de serpiente&#8230;Alguien me ofrece al pie de un árbol la fruta envenenada. Ciego de cólera derribé las columnas de Sansón sobre una muchedumbre de cachondas filisteas.</h3>
<h3>(Afortunadamente siempre he llevado largos los cabellos, por las dudas.)</h3>
<h3>  una procesión de cornudos ilustres me paso por la cabeza y yo elegí entre todos a Urías el hitita. Valientemente me puse a su lado en la primera línea del combate, mientras David se acostaba con Betsabé. Y nos dimos la mano, moribundos.</h3>
<h3>  Finalmente me refugie en el rapto de sabinas. Y allí, entre una bárbara confusión de cabelleras, piernas y alaridos, me hice el perdedizo. Dejé que se las llevaran a todas, tranquilamente, y la que estaba dándome la noticia se convirtió en un fantasma incoloro.</h3>
<h3>  Como los romanos adoptaron hasta las niñas recién nacidas, la historia de nuestro pueblo concluye felizmente en la anécdota del parto. No mas asuntos de mujeres.</h3>
<h3>  El fantasma incoloro que estaba dándome la noticia desapareció por completo y yo me considero, con justa razón, el ultimo representante de la estirpe sabina.</h3>
<h3>  De vez en cuando abandono mi soledad hombruna, paseo vagamente por las ruinas del Imperio y acaricio en sueños las estatuas rotas&#8230;</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">NAVIDEÑA</span></h3>
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<h3>La niña fue a la Posada con los ojos vendados para romper la piñata, pero la quebraron a ella .Iba con traje de fiesta, en cuerpo de tentación y alma de consentimiento.</h3>
<h3>  (Como buen psiquiatra, un amigo mío ha explicado este afán mexicano de romper vasijas de barro llenas de fruta y previamente engalanadas con perifollos de papel de china y oropeles, de la siguiente manera: un rito de fertilidad que contradice la melancolía de diciembre. La piñata es un vientre repleto; los nueve días festivos corresponden a otros tantos meses de embarazo; el palo agresor es un odioso símbolo sexual; la venda en los ojos, la ceguera del amor y etcétera, etcétera, pero volvamos a nuestro cuento.)</h3>
<h3>  Ibamos en que descalabraron a la niña, en plena Posada&#8230;</h3>
<h3>  (Nos hizo falta agregar que las piñatas, según el criterio apuntado, adoptan toda clase de formas para satisfacer el impulso agresivo de los niños en contra de sus seres queridos: palomitas, toritos, borriquitas, naves espaciales y pierrots y colombinas.)</h3>
<h3>  Con el palo, en plena Posada. Y hubo cubas libres de por medio. ¿Cómo acaba la historia? Tendremos que esperar unos meses para saberlo. Puede ser feliz, si la niña da con puntualidad su fruta de piñata. Así tendrá su apoyo casi metafísico la tesis de mi amigo el psiquiatra, destacado autor de cuentos de Navidad.</h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">EL REY NEGRO</span></h3>
<h3 align="right"> </h3>
<h3 align="right">J’ay aux esches joué devant Amours.</h3>
<h3 align="right">R. M.</h3>
<h3> </h3>
<h3>Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrifico su ultimo torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.</h3>
<h3>  Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental&#8230;</h3>
<h3>  Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja&#8230; Después entregue la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después&#8230;</h3>
<h3>  Ahora estoy solo y vago inútil por el tablero de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto numero de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice:</h3>
<h3> </h3>
<h3>Articulo 12° La partida es Tablas:</h3>
<h3> </h3>
<h3>Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas por lo menos han sido realizadas por ambas partes sin que allá tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.</h3>
<h3> </h3>
<h3>  El caballo blanco salta de un lado a otro, sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.</h3>
<h3>  Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: El mate de alfil y caballo es mas fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntada de matar.</h3>
<h3>  La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el triangulo de Delétang y yo pierdo la cuenta de las movidas.</h3>
<h3>Los triángulos se sucede uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno de caballo rey, y uno y dos torre.</h3>
<h3>  Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triangulo final. ¿Para que seguir jugando? ¿Por que no me deje dar el mate del pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Legal? ¿Por qué no me mato Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?</h3>
<h3>  Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero.</h3>
<h3>Gentilmente, mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.</h3>
<h3>  Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de amor. Dedicare los días que me quedan de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.</h3>
<h3> </h3>
<h3 align="right"> </h3>
<h3 align="right">(A Sheila Montserrat Montaño Ordás)</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">HOMENAJE A ROD SAI</span></h3>
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<h3>Al rayo de sol, la sarna es insoportable. Me quedare aquí en la sombra, al pie de este muro que amenaza derrumbarse.</h3>
<h3>  Como a buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra. La seguí con celo entrañable. A ella, la que tejió laberintos que no llevaron a ninguna parte. Ni siquiera al callejón sin salida donde soñaba atraparla. Todavía hoy, con la nariz carcomida, reconstruir uno de esos itinerarios absurdos en los que ella iba dejando, aquí y allá, sus perfumadas tarjetas de visita.</h3>
<h3>  No he vuelto a verla. Estoy casi ciego por la pitaña. Pero de vez en cuando vienen los malintencionados a decirme que en este o en aquel arrabal anda volcando embelesada los tachos de basura, pegándose con perros grandes, desproporcionados.</h3>
<h3>  Siento entonces la ilusión de una rabia y quiero morder al primero que pase y entregarme a las brigadas sanitarias. O arrojarme a mitad de la calle a cualquier fuerza aplastante.</h3>
<h3>(Algunas noches, por cumplir, ladro a la luna.)</h3>
<h3>  Y me quedo siempre aquí, roñoso. Con mi lomo de lija. Al pie de este muro cuya frescura socavo lentamente. Rascándome, rascándome&#8230;.</h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">COCKTAIL PARTY</span></h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3>“¡Me divertí como loca¡”, dijo Monna Lisa con su voz de falsete, y ante ella se extasiaron reverentes los imbéciles en coro de ranas boquiabiertas. Su risa dominaba los salones del palacio como el chorro solista de una fuente insensata. (Esa noche en que las aguas de amargura penetraron hasta mis huesos.)</h3>
<h3>“!Me divertí como loca¡” Yo asistía a la reunión en calidad de representante del espíritu, y recibía a cada paso los parabienes, los apretones de mano, los canapés de caviar y los cigarrillos, previa exhibición de mis credenciales. (En realidad había ido solo por ver a Monna Lisa.) “¿Qué pinta usted por ahora?” Los monstruos de brocado y pedrería iban y venían en el acuario de humo, de arrayán venenoso y gorgoritos. Ciego de cólera y haciendo brillar mis linternas de fósforo en la sombra, quise atraer la atención de Monna Lisa hacia las grandes profundidades. Pero ella solo picaba en anzuelos superficiales, y los elegantes de verbo ampuloso la devoran con los ojos.</h3>
<h3>  “¡Me divertí como loca¡” Finalmente tuve que esconderme en un rincón de la fiesta, rodeado de falsos discípulos, con mi vaso de cicuta en la mano. Una señora de edad se acercó para decirme que quería tener en su casa algo mío: un pastel de sorpresa para su próximo banquete, una tina de baño con llave mezcladora para el agua caliente, o unas estatuas de nieve, como esas tan lindas que Miguel Ángel modela los inviernos en el palacio Médicis. En mi calidad de representante del espíritu ignore cortésmente todas las insinuaciones de la señora, pero la asistí en su parto de difíciles ideas. Me quede un rato mas, hasta apurar las heces de mi último jaibol, y tuve ocasión de despedirme de Monna Lisa. En el umbral de la puerta, con el rostro perdido en su abrigo de pieles me confeso sinceramente, así entre nos, que se había divertido como loca.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">LA TRAMPA</span></h3>
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<h3 align="right">Hay un pájaro que vuela en busca de su jaula</h3>
<h3 align="right">R. M.</h3>
<h3> </h3>
<h3>Cada vez que una mujer se acerca turbada y definitiva, mi cuerpo se estremece de gozo y mi alma se magnifica de horror.</h3>
<h3>  Las veo abrirse y cerrarse. Rosas inermes o flores carniceras, en sus pétalos funcionan goznes de captura: párpados tiernos, suavemente aceitados de narcóticos. (En torno a ellas, zumba el enjambre de jóvenes moscardones pedantes.)</h3>
<h3>  Y caigo en almas de papel insecticida, como en charcos de jarabe. (Experto en tales accidentes, despego una por una mis patas de libélula. pero la ultima vez, quede con el espinazo roto.) Y aquí voy volando solo.</h3>
<h3>  Sibilas mentirosas, ellas quedan como arañas enredadas en su tela. Y yo sigo otra vez volando solo, fatalmente, en busca de nuevos oráculos.</h3>
<h3>  ¡Oh Maldita, acoge para siempre el grito del espíritu fugaz, en el pozo de tu carne silenciosa¡</h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">CABALLERO DESARMADO</span></h3>
<h3> </h3>
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<h3>Yo no podía quitarme semejantes ideas de la cabeza. Pero un día mi amigo el arcángel, al doblar una esquina y sin darme tiempo siquiera de saludarlo, me cogió por los cuernos y levantándome del suelo con sinceridad de atleta, me hizo dar en el aire una vuelta de carnero. Las astas se rompieron al ras de la frente (tour de force magnifique), y yo caí de bruces, cegado por la doble hemorragia. Antes de perder el conocimiento esbocé un gesto de gratitud hacia el amigo que se escapaba corriendo y gritándome excusas.</h3>
<h3>  El proceso de cicatrización fue lento y doloroso, aunque yo trate de acelerarlo lavándome a diario las heridas con un poco de sosa cáustica disueltas en agua de Leteo.</h3>
<h3>  Volví a ver hoy al arcángel, en ocasión de mi cuadragésimo cumpleaños. Con gesto exquisito me trajo mis cuernos de regalo, montados ahora en un hermoso testuz de terciopelo. instintivamente los coloque en a cabecera de mi lecho como un símbolo practico y funcional: de ellos he colgado esta noche, antes de acostarme, todos mis arreos de juventud.</h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
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<h3> </h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">POST SCRIPTUM</span></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3>Ya con el cañón de la pistola en la boca, apoyada contra el paladar, entre un aceitoso y frío sabor de acero pavonado, sentí la náusea incoercible que me producen todas las frases hechas. “ A nadie&#8230;.”</h3>
<h3>  No temas. No voy a poner aquí tu nombre, tu a quien debo la muerte. La muerte melancólica que me diste hace un año y que yo aplacé lúcidamente para no morir como un loco.   ¿Te acuerdas? Me dejarse solo. Boxeador noqueado en su esquina, con la cabeza metida en un cubo de hielo.</h3>
<h3>  Es cierto. Bajo el golpe me sentí desfigurado, confuso, indefinible. Y todavía me veo caminar falsamente, cruzando la calle con el cigarro apagado en la boca, hasta el poste de enfrente.</h3>
<h3>  Llegué a mi casa borracho, volviendo el estomago. De bruces en el lavabo, levanté la cabeza y me vi en el espejo. Tenía una cara de Greco. De bobo de Toledo. Y no quise morirme con ella. Destruyendo esa máscara se me fue todo un año. He recuperado mis facciones, una por una, posando para el cincel de la muerte.</h3>
<h3>  Hay condenados que se salvan en capilla. Yo parezco uno de ésos. Pero no voy a escapar. Disfruto el aplazamiento con los rigores de estilo. Y aquí estoy vivo, bloqueado por una frase: “no se culpe a nadie&#8230;.”</h3>
<h3> </h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">LA LENGUA DE CERVANTES</span></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3>Tal vez la pinté demasiado Fra Angélico. Tal vez me excedí en el color local de paraíso. Tal vez sin querer le di la pista entre el catálogo de sus virtudes, mientras vaciábamos los tarros de cerveza con pausas de jamón y chorizo. El caso es que mi amigo halló bruscamente la clave, la expresión castiza, dura y roma como un puñal manoseado por generaciones de tahúres y rufianes, y me clavó sin más ¡puta! en el corazón sentimental; escamoteando la palabrota en un rojo revuelo de muleta: la gran carcajada española que hizo estallar su cinturón de cuero ante el empuje monumental de una barriga de Sancho que yo no había advertido jamás.</h3>
<h3> </h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">BALADA</span></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3>El gavilán que suelta su tórtola en el aire y gana las alturas con el estomago vació; el barquero que tira por la borda el cargamento y recobra su línea de flotación; el bandido que arroja la bolsa en su carrera y se salva por piernas de la fortuna o de la horca; el primitivo aeronauta que corta para siempre las amarras de su globo y saluda y se despide desde la canastilla agitando su sombrero de copa sobre la muchedumbre pedestre. Todos me dicen: mira tu paloma.</h3>
<h3>    Ya puedes ser del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.</h3>
<h3> </h3>
<h3>El que abriéndose las venas en la tina del baño dio por fin rienda suelta a sus rencores; el que cambió de opinión en la mañana llena de estupor y en vez de afeitarse hundió la navaja al pie de la jabonadura ( afuera, en el comedor, lo esperaba el desayuno envenenado por la rutina de todos los días ); los que de un modo o de otro se mataron de amor o de rabia, y los que se fueron por el ábrete sésamo de la locura, me están mirando y me dicen con la sonrisa extraviada: mira tu paloma.</h3>
<h3>    Ya pude ser del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.</h3>
<h3> </h3>
<h3>Mírala desde el yértice del amor propio, girando en barrena, dándolo todo al diablo, descendiendo con pocas alas y con mucho bodrio.</h3>
<h3>Mírala cumpliendo con la intima ley de su gravedad, cayendo en la piara, enganchándose en los cuernos, entrando por el hocico empedrado de colmillos, yaciendo en los lomos calientes y desnudos. Desplumada ya por las pinches, espetada en el asador del cocinero indecente; trufada de anécdotas para el regocijo de los bergantes y el usufructo de los follones.</h3>
<h3>    Ya puede ser del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.</h3>
<h3> </h3>
<h3 align="center">ENVIO</h3>
<h3> </h3>
<h3>Amor mío: todas las pescaderías y las carnicerías del mundo me han enviado hoy en tu carta sus reservas de materiales podridos. Naufrago en una masa de gusanos aplastados, y con los ojos llenos de lágrimas inmundas empaño el azul purísimo del cielo.</h3>
<h3>    Ya puedes tú ser del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.</h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">TU Y YO</span></h3>
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<h3>Adán vivía feliz dentro de Eva en un entrañable paraíso. Preso como una semilla en la dulce sustancia de la fruta, eficaz como una glándula de secreción interna, adormilado como una crisálida en el capullo de seda, profundamente replegadas las alas del espíritu.</h3>
<h3>  Como todos los dichosos, Adán abomino de su gloria y se puso a buscar por todas partes la salida. Nado a contracorriente en las densas aguas de la maternidad, se abrió paso a cabezadas en su túnel de topo y corto el blando cordón de su alianza primitiva.</h3>
<h3>  Pero el habitante y la deshabitada no pudieron vivir separados. Poco a poco, idearon un ceremonial llenos de nostalgias prenatales, un rito intimo y obsceno que debía comenzar con la humillación consiente por parte de Adán. De rodillas como ante una diosa, suplicaba y depositaba toda clase de ofrendas. Luego, con voz cada vez mas urgente y amenazante, emprendía un alegato favorable al mito del eterno retorno. Después de hacerse mucho rogar, Eva lo levantaba del suelo, esparcía la ceniza de sus cabellos, le quitaba las ropas de penitente y lo incluía parcialmente en su seno. Aquello fue el éxtasis. Pero el acto de magia imitativa dio sus malos resultados en lo que se refiere a la propagación de la especie. Y ante la multiplicación irresponsable de adanes y evas  que traería como consecuencia el drama universal, una y otros fueron llamados a cuentas. (Con su mudo clamor, todavía estaba fresca en el suelo la sangre de Abel.)</h3>
<h3>  Ante el tribunal supremo, Eva se limito, entre cínica y modesta, a hacer una exhibición más o menos velada de sus gracias naturales, mientras recitaba el catecismo de la perfecta casada. Las lagunas del sentimiento y la fallas de la memoria fueron suplidas admirablemente por un extenso repertorio de risitas, arrumacos y dengues. Finalmente, hizo una espléndida pantomima del parto doloroso.</h3>
<h3>  Adán, muy formal por su parte, declamo un extenso  resumen de historia universal, convenientemente expurgado de miseria, matanzas y dolor. Habló del alfabeto y de la invención de la rueda, de la odisea del conocimiento, del progreso de la agricultura t del sufragio femenino, de los tratados de paz y de la lírica provenzal&#8230;..</h3>
<h3>  Inexplicablemente, nos puso a ti y a mi como ejemplo. Nos definió como pareja ideal y me hizo el esclavo de tus ojos. Pero de pronto hizo brillar, ayer mismo, esa mirada que viniendo de ti, por siempre nos separa.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">EL ENCUENTRO</span></h3>
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<h3>Dos puntos que se atraen, no tienes por qué elegir forzosamente la recta. Claro que es procedimiento más corto. Pero hay quienes prefieren el infinito.</h3>
<h3>  Las gentes caen unas en brazos de otras sin detallar la aventura. Cuando mucho, avanzan en zigzag. Pero una vez en la meta corrigen la desviación y se acoplan. Tan brusco amor es un choque, y los que así se afrontaron son devueltos al punto de partida por un efecto de culata. Demasiado proyectiles, su camino al revés los incrusta de nuevo, repasando el cañón, en un cartucho sin pólvora.</h3>
<h3>  De vez en cuando, una pareja se aparta de esta regla invariable. Su propósito es francamente lineal, y no carece de rectitud. Misteriosamente, optan por el laberinto. No pueden vivir separados. Esta es su única certeza, y van a perderla buscándose. Cuando uno de ellos comete un error y provoca el encuentro, el otro finge no darse cuenta y pasa sin saludar.</h3>
<h3> </h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">DAMA DE PENSAMIENTOS</span></h3>
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<h3> </h3>
<h3>Esa te conviene, la dama de pensamientos. No hace falta consentimiento ni cortejo alguno. Solo, de vez en cuando, una atenta y encendida contemplación.</h3>
<h3>  Toma una masa homogénea y deslumbrante, una mujer cualquiera (de preferencia joven y bella) , y alójala en tu cabeza. No la oigas hablar. En todo caso, traduce los rumores de su boca en un lenguaje cabalístico donde la sandez y el despropósito se ajusten a la melodía de las esferas.</h3>
<h3>  Si en las horas más agudas de tu recreación solitaria te parece imprescindible la colaboración de su persona, no te des por vencido. Su recuerdo imperioso te conducida amablemente de la mano a uno de esos rincones infantiles en que te aguada, sonriendo malicioso, su fantasma condescendiente y trémulo.</h3>
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<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">TEORIA DE DULCINEA</span></h3>
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<h3> </h3>
<h3>En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se paso la vida eludiendo a la mujer concreta.</h3>
<h3>  Prefirió el goce natural de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de patrañas, embustes y despropósitos.</h3>
<h3>  En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.</h3>
<h3>  El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenia enfrente, se echo en pos a través de paginas y paginas, de un pomposo engendro de fantasías. Camino muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encimas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire. Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Solo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca</h3>
<h3>  Pero un rostro polvoriento de pastora se lavo con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.</h3>
<h3> </h3>
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<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">EPITALAMIO</span></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3><span style="text-decoration:underline;"> </span></h3>
<h3>La amada y el amado dejaron la habitación hecha un asco, toda llena de residuos amorosos. Adornos y pétalos marchitos, restos de vino y esencias derramadas. Sobre el lecho revuelto, encima de la profunda alteración de las almohadas, como una nube de moscas flotan palabras mas densas y cargadas que el aloe  y el incienso. El aire esta lleno de te adoro y de paloma mía.</h3>
<h3>  Mientras aseo y pongo en orden la alcoba, la brisa matinal orea con su lengua ligera pesadas masas de caramelo. Sin darme cuenta he puesto el pie sobre la rosa en botón que ella levaba entre sus pechos. Doncella melindrosa, me parece que la oigo como pide mimos y caricias, desfalleciente de amor. Pero ya vendrán otros días en que se quedara sola en el nido, mientras su amado va a buscar la novedad de otros aleros.</h3>
<h3>  Lo conozco. Me asaltó no hace mucho en el bosque, y sin hacer frases ni rodeos me arrojo al suelo y me hizo suya. Como un leñador divertido que pasa cantando una canción de obscena y siega de un tajo el tallo de la joven palmera.</h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3 align="center"><span style="text-decoration:underline;">LUNA DE MIEL</span></h3>
<h3> </h3>
<h3> </h3>
<h3>Ella se hundió primero. No debo culparla, porque los bordes de la luna aprecian lejanos e imprecisos, desfigurados por el amarillo. Lo malo es que me fui tras ella, y pronto nos hallamos engolfados en la profunda dulzura.</h3>
<h3>  Inmensos en el mar espeso de apareados nadadores, navegamos por mucho tiempo sin rumbo y sin salida. Flotamos al asar de entorpecidas caricias, lentos en la alcoba melosa esférica y continua.</h3>
<h3>  De vez en cuando alcanzábamos una brizna de realidad, un islote ilusorio, un témpano de azúcar más o menos cristalizado.</h3>
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		<title>EL FINAL      FREDRIC BROWN</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Nov 2011 18:44:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[CUENTO CORTO]]></category>

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		<description><![CDATA[El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años. —Y he encontrado la ecuación clave —dijo un buen día a su hija–. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo. Apretando un botón mientras hablaba, dijo: —Esto hará retroceder el [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2088&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3>El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.</h3>
<h3 align="justify">—Y he encontrado la ecuación clave —dijo un buen día a su hija–. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.</h3>
<h3 align="justify">Apretando un botón mientras hablaba, dijo: —Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto —dijo, hablaba mientras botón un apretando.</h3>
<h3 align="justify">—Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la. Campo un es tiempo el. —Hija su a día buen un dijo—. Clave ecuación la encontrado he y.</h3>
<h3 align="justify">Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.</h3>
<h3 align="justify">Final El</h3>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/teecuento.wordpress.com/2088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/teecuento.wordpress.com/2088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/teecuento.wordpress.com/2088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/teecuento.wordpress.com/2088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/teecuento.wordpress.com/2088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/teecuento.wordpress.com/2088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/teecuento.wordpress.com/2088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/teecuento.wordpress.com/2088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/teecuento.wordpress.com/2088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/teecuento.wordpress.com/2088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/teecuento.wordpress.com/2088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/teecuento.wordpress.com/2088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/teecuento.wordpress.com/2088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/teecuento.wordpress.com/2088/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2088&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>EL ÚLTIMO TREN   DE FREDRIK BROWN</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Nov 2011 16:45:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>
		<category><![CDATA[CUENTOS ESTADOS UNIDOS Y CANADÁ]]></category>

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		<description><![CDATA[Eliot Haig estaba sentado solo en un bar, del mismo modo que antes se había sentado solo en muchos bares, mientras afuera caía el crepúsculo, un extraño crepúsculo. El interior de la taberna estaba en penumbra y sombrío, casi más que el exterior. El espejo azul de la barra aumentaba este efecto en él. Haig creía verse como [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2084&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Eliot Haig estaba sentado solo en un bar, del mismo modo que antes se había sentado solo en muchos bares, mientras afuera caía el crepúsculo, un extraño crepúsculo. El interior de la taberna estaba en penumbra y sombrío, casi más que el exterior. El espejo azul de la barra aumentaba este efecto en él. Haig creía verse como en la pálida luz de una melancólica luna. Se vio a sí mismo pálida pero claramente; no doble, a pesar de los tragos que había bebido, sino solo. Tremendamente solo.</p>
<p align="justify">Y, como siempre que bebía durante varias horas seguidas, pensó: «Quizás esta vez lo haga».</p>
<p align="justify"><a href="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/11/soledad-anden.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2085" title="SOLEDAD ANDEN" src="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/11/soledad-anden.jpg?w=225&#038;h=300" alt="" width="225" height="300" /></a>El <em>lo </em>era impreciso y grandioso: quería decir todo. Significaba dar un gran salto de una vida a otra, lo que durante tanto tiempo había proyectado. Significaba, simplemente, dejar plantado a un picapleitos moderadamente triunfador llamado Eliot Haig, dejar plantadas todas las mezquinas complicaciones de su vida, los enredos personales, la trapacería legal que se encontraba dentro del carácter de la ley o imperceptiblemente fuera; significaba cortar el cable del hábito que le ataba a una existencia que se había vuelto sin sentido, designio o incentivo.</p>
<p align="justify">La melancólica imagen le deprimió y sintió, con más fuerza que de costumbre, la necesidad de moverse, de ir a otra parte aunque sólo fuese por otra copa. Bebió el último sorbo de su whisky con soda y hielo, y bajó del taburete hasta el suelo firme.</p>
<p align="justify">—Adiós, Joe —dijo, y caminó hacia la entrada.</p>
<p align="justify">El tabernero comentó:</p>
<p align="justify">—En alguna parte debe de haber un gran incendio. Mire el cielo. Me pregunto sí será en los depósitos de madera del otro lado del pueblo.</p>
<p align="justify">El tabernero estaba asomado a la ventana de delante y miraba hacia fuera y hacia arriba.</p>
<p align="justify">Después de atravesar la puerta, Haig miró hacia arriba. El cielo tenía un tono gris rosado, como el del resplandor de un fuego lejano. Desde donde estaba vio que cubría todo el firmamento y que no había indicios respecto al origen del incendio.</p>
<p align="justify">Anduvo sin rumbo fijo hacia el sur. El silbido lejano de una locomotora llegó hasta sus oídos y le trajo recuerdos.</p>
<p align="justify">«¿Por qué no? —pensó——. ¿Por qué no esta noche?»<span id="more-2084"></span></p>
<p align="justify">El viejo impulso —espectro de miles de noches insatisfactorias— era más poderoso esta noche. Incluso en ese momento andaba hacia la estación del tren; pero lo había hecho antes a menudo. A menudo había llegado al extremo de presenciar la salida de los trenes y pensar, mientras miraba: «Debería estar en ese tren». Nunca había subido a ninguno.</p>
<p align="justify">A media calle de la estación oyó el sonido de la campana, el resoplido del vapor y el arranque del tren. Lo habría perdido, si hubiese tenido el valor de tomarlo.</p>
<p align="justify">Y súbitamente comprendió que esta noche era distinta, que esta noche lo haría realmente. Sólo con la ropa que llevaba puesta, con el dinero que tuviera en los bolsillos. Exactamente como se lo había propuesto siempre: la salida limpia. Que ellos informaran de su desaparición, que se hicieran preguntas, que alguien enderezara la enredada maraña en que se convertirían súbitamente sus actividades profesionales sin él.</p>
<p align="justify">Walter Yates estaba delante de la puerta abierta de su taberna, a pocos pasos de la estación. Dijo:</p>
<p align="justify">—Hola, señor Haig. Esta noche hay una hermosa aurora boreal. La mejor que he visto en mi vida.</p>
<p align="justify">—¿De eso se trata? —preguntó Haig—. Creí que era el reflejo de un gran incendio.</p>
<p align="justify">Walter meneé la cabeza.</p>
<p align="justify">—No. Mire hacia el norte; allí donde el cielo parece trémulo. Es la aurora.</p>
<p align="justify">Haig se volvió y miró hacia el norte. El resplandor rojizo en esa dirección era. Sí, la palabra «trémulo» lo describía bien. También era hermoso, pero algo atemorizante, aunque uno supiera de qué se trataba.</p>
<p align="justify">Se volvió nuevamente y pasó junto a Walter para entrar en la taberna, al tiempo que preguntaba:</p>
<p align="justify">—¿Tiene un trago para un sediento?</p>
<p align="justify">Más tarde, mientras revolvía su whisky con una varilla de cristal, inquirió:</p>
<p align="justify">—Walter, ¿a qué hora sale el próximo tren?</p>
<p align="justify">—¿Hacia dónde?</p>
<p align="justify">—Hacia cualquier parte.</p>
<p align="justify">Walter levantó la mirada hasta el reloj.</p>
<p align="justify">—Dentro de pocos minutos. Entrará en cualquier momento.</p>
<p align="justify">—Demasiado pronto; quiero terminar esta copa. ¿Y el siguiente?</p>
<p align="justify">—Hay uno a las diez y catorce. Quizá sea el último de esta noche. Quiero decir, hasta medianoche; como cierro a esa hora, no lo sé.</p>
<p align="justify">—¿Adónde&#8230;? Espere, no me diga adónde va. No quiero saberlo. Pero viajaré en él.</p>
<p align="justify">—¿Sin saber adónde va?</p>
<p align="justify">—Sin preocuparme adónde va —corrigió Haíg—. Escuche, Walter, hablo en serio. Quiero que haga algo por mí: si se entera por los periódicos de que he desaparecido, no diga a nadie que esta noche estuve aquí ni lo que hablé. No quería contárselo a nadie.</p>
<p align="justify">Walter asintió sabiamente.</p>
<p align="justify">—Puedo mantener cerrado el pico, señor Haig. Ha sido un buen cliente. No lo rastrearán a través de mí.</p>
<p align="justify">Haig se balanceó ligeramente en el taburete. Sus ojos se fijaron en el rostro de Walter y vieron la ligera sonrisa. Había una obsesionante sensación de <em>familiaridad </em>en esa conversación. Era como si se hubiesen pronunciado las mismas palabras con anterioridad, como si hubiese obtenido la misma respuesta. Bruscamente preguntó:</p>
<p align="justify">—Walter, ¿le he dicho esto antes? ¿Cuántas veces?</p>
<p align="justify">—Seis&#8230; Ocho&#8230; Quizá diez veces. No me acuerdo.</p>
<p align="justify">—Dios —musitó Haig suavemente. Fijó la mirada en Walter el rostro de éste se desdibujó y se separó en dos caras y sólo un esfuerzo logró reunirlas en una ligeramente sonriente, irónicamente tolerante. Ahora supo que habían sido más de diez veces—. Walter, ¿soy un borracho?</p>
<p align="justify">—Señor Haig, yo no diría eso. Bebe mucho, pero&#8230;</p>
<p align="justify">Ya no quería mirar a Walter.</p>
<p align="justify">Fijó la vista en su vaso y vio que estaba vacío. Pidió otro y, mientras Walter le servía, se observó en el espejo situado detrás de la barra. Gracias a Dios, aquí no había un espejo azul. Era bastante malo ver dos imágenes de sí mismo en un espejo común; las imágenes gemelas, Haig y Haig, sólo que ahora ésa era ya una broma gastada y uno de los motivos por que iba a coger ese tren. <em>Iba </em>a&#8230; Por Dios, borracho o sobrio viajaría en ese tren.</p>
<p align="justify">Sólo que esa frase también tenía un tono de inquietante familiaridad.</p>
<p align="justify">¿Cuántas veces?</p>
<p align="justify">Fijó la mirada en un vaso lleno hasta la cuarta parte y a la vez siguiente estaba lleno hasta la mitad y Walter decía:</p>
<p align="justify">—Señor Haig, tal vez es un incendio, un gran incendio; se vuelve demasiado brillante para ser una aurora. Saldré un segundo.</p>
<p align="justify">Pero Haig permaneció en el taburete y cuando volvió a mirrar, Walter estaba de nuevo detrás de la barra y manipulaba los botones de la radio.</p>
<p align="justify">—¿Es un incendio? —preguntó Haig.</p>
<p align="justify">—Tiene que serlo. Pondré el noticiero de las diez y cuarto y lo averiguaré. —La radio emitía música de jazz, un clarinete agudo e inquieto sobre los bronces enmudecidos y los agitados tambores—. Estará dentro de un minuto; es en esta estación.</p>
<p align="justify">—Estará dentro de un minuto&#8230;</p>
<p align="justify">—Estuvo a punto de caer mientras bajaba del taburete—. ¿Entonces son las diez y catorce?</p>
<p align="justify">No esperó respuesta. El suelo pareció inclinarse ligeramente mientras se dirigía hacia la puerta abierta. Sólo unos pocos pasos y estaría en la estación. Podría alcanzarlo; realmente podría alcanzarlo. De repente era como si no hubiese bebido una sola gota y su mente estuviese despejada como el cristal, al margen de que sus pies trastabillaran. Y los trenes rara vez partían al minuto <em>exacto </em>y Walter pudo decir &lt;&gt; refiriéndose a tres, dos o cuatro minutos. Existía una posibilidad.</p>
<p align="justify">Cayó en los escalones pero se levantó y continuó, perdiendo unos pocos segundos. Pasó junto a la taquilla —podría comprar el billete en el tren— y atravesó las puertas de atrás hasta el andén, las vías y el farol trasero rojo de un tren que se alejaba a pocos pero irremediables metros de distancia. Diez, cien metros. Se perdía.</p>
<p align="justify">El jefe de estación estaba al borde del andén y miraba el tren que se alejaba.</p>
<p align="justify">Debió de oír las pisadas de Haig; dijo por encima del hombro:</p>
<p align="justify">—Es una pena que lo haya perdido. Era el último.</p>
<p align="justify">Súbitamente Raig vio el lado gracioso del asunto y empezó a reír. Simplemente era demasiado ridículo para tomarse en serio la estrechez del margen por el cual había perdido ese tren. Además, habría uno temprano. Lo único que tenía que hacer era volver a la estación y esperar hasta que&#8230; Preguntó:</p>
<p align="justify">—¿A qué <em>hora </em>sale el primero de mañana?</p>
<p align="justify">—Usted no <em>lo </em>entiende —respondió el jefe de estación.</p>
<p align="justify">Se volvió por primera vez y Haig vio su rostro contra el cielo carmesí y flameante.</p>
<p align="justify">—No lo entiende —repitió&#8211;—. Ese era el <em>último tren.</em></p>
<p align="justify"><a href="http://www.galeon.com/letrasperdidas/consagrados/c_brown12.htm">http://www.galeon.com/letrasperdidas/consagrados/c_brown12.htm</a></p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/teecuento.wordpress.com/2084/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/teecuento.wordpress.com/2084/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/teecuento.wordpress.com/2084/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/teecuento.wordpress.com/2084/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/teecuento.wordpress.com/2084/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/teecuento.wordpress.com/2084/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/teecuento.wordpress.com/2084/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/teecuento.wordpress.com/2084/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/teecuento.wordpress.com/2084/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/teecuento.wordpress.com/2084/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/teecuento.wordpress.com/2084/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/teecuento.wordpress.com/2084/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/teecuento.wordpress.com/2084/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/teecuento.wordpress.com/2084/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2084&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>ODIN Y DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO BORGES</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Nov 2011 16:10:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>
		<category><![CDATA[CUENTO CORTO]]></category>
		<category><![CDATA[CUENTOS LATINOAMERICANOS]]></category>

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		<description><![CDATA[Se refiere que a la corte de Olaf Tryggvason, que se había convertido a la nueva fe, llegó una noche un hombre viejo, envuelto en una capa oscura y con el ala del sombrero sobre los ojos. El rey le preguntó si sabía hacer algo, el forastero contestó que sabía tocar el arpa y contar cuentos. [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2080&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se refiere que a la corte de Olaf Tryggvason, que se había convertido a la nueva fe, llegó una noche un hombre viejo, envuelto en una capa oscura y con el ala del sombrero sobre los ojos. El rey le preguntó si sabía hacer algo, el forastero contestó que sabía tocar el arpa y contar cuentos. Tocó en el arpa aires <a href="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/11/150px-odin_borrachin.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-2081" title="150px-Odin_borrachin" src="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/11/150px-odin_borrachin.jpg?w=460" alt=""   /></a>antiguos, habló de Gudrun y de Gunnar y, finalmente, refirió el nacimiento de Odín. Dijo que tres parcas vinieron, que las dos primeras le prometieron grandes felicidades y que la tercera dijo, colérica:</p>
<p>-El niño no vivirá más que la vela que está ardiendo a su lado.</p>
<p>Entonces los padres apagaron la vela para que Odín no muriera. Olaf Tryggvason descreyó de la historia, el forastero repitió que era cierto, sacó la vela y la encendió. Mientras la miraban arder, el hombre dijo que era tarde y que tenía que irse. Cuando la vela se hubo consumido, lo buscaron. A unos pasos de la casa del rey, Odín había muerto</p>
<p><strong>DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO</strong></p>
<p>A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.</p>
<p>Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron.</p>
<p>A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/teecuento.wordpress.com/2080/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/teecuento.wordpress.com/2080/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/teecuento.wordpress.com/2080/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/teecuento.wordpress.com/2080/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/teecuento.wordpress.com/2080/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/teecuento.wordpress.com/2080/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/teecuento.wordpress.com/2080/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/teecuento.wordpress.com/2080/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/teecuento.wordpress.com/2080/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/teecuento.wordpress.com/2080/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/teecuento.wordpress.com/2080/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/teecuento.wordpress.com/2080/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/teecuento.wordpress.com/2080/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/teecuento.wordpress.com/2080/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2080&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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			<media:title type="html">150px-Odin_borrachin</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>EL SILENCIO DE LAS SIRENAS      FRANZ KAFKA</title>
		<link>http://teecuento.wordpress.com/2011/11/11/el-silencio-de-las-sirenas-franz-kafka/</link>
		<comments>http://teecuento.wordpress.com/2011/11/11/el-silencio-de-las-sirenas-franz-kafka/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 11 Nov 2011 01:04:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>
		<category><![CDATA[CUENTO CORTO]]></category>
		<category><![CDATA[CUENTOS EUROPEOS]]></category>

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		<description><![CDATA[Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=teecuento.wordpress.com&amp;blog=8721254&amp;post=2076&amp;subd=teecuento&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3>Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya <a href="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/11/sirenas1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2077" title="sirenas1" src="http://teecuento.files.wordpress.com/2011/11/sirenas1.jpg?w=300&#038;h=226" alt="" width="300" height="226" /></a>desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.</h3>
<h3>Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.</h3>
<h3>En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.</h3>
<h3>Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.</h3>
<h3>Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.</h3>
<h3>Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.</h3>
<h3>La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.</h3>
<h3><em>Franz Kafka</em></h3>
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