VARGAS LLOSA FRAGMENTOS: LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR Y PANTALEON Y LAS VISITADORAS

FRAGMENTOS DE LA OBRA DE VARGAS LLOSA
LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR

extraordinariamente vivos, en los que bullía algo excesivo. Vestía de negro, un terno que se advertía muy usado, y su camisa y su corbatita de lazo tenían máculas, pero, al mismo tiempo, en su manera de llevar esas prendas había algo en él de atildado y de compuesto, de rígido, como en esos caballeros de las viejas fotografías que parecen presos en sus levitas almidonadas, en sus chisteras tan justas. Podría tener cualquier edad entre treinta y cincuenta años, y lucía una aceitosa cabellera negra que le llegaba hasta los hombros. Su postura, sus movimientos, su expresión parecían el desmentido mismo de lo espontáneo y natural, hacían pensar inmediatamente en el muñeco articulado, en los hilos del títere. (…) Parecía que en esa voz no solo desfilara cada letra, sin quedar mutilada ni una sola, sino también las partículas y los átomos de cada una, los sonidos del sonido.

Al instante, con un movimiento veloz y automático, el hombrecillo estiró uno de sus bracitos, dio unos pasos hacia mí, me ofreció una manita de niño, y con su preciosa voz de tenor, haciendo una nueva genuflexión cortesana, se presentó:

-Un amigo: Pedro Camacho, boliviano y artista.
Pedro Camacho, encargado de todos los teleteatros de la Radio Central, sí que se tomaba su trabajo en serio. Siempre hablaba de su escritura como “el arte”. Era un hombre de pasiones, de amor u odio. Una de sus características salientes era la aversión a determinado pueblo latinoamericano:
“Su odio a los argentinos en general, y a los actores y actrices argentinos en particular, parecía desinteresado.”
Otra, la costumbre de tomar té de yerbaluisa y menta. Y otra, la seriedad con que preparaba sus historias. Camacho se había comprado un mapa de Lima para poder situar en concreto los escenarios de sus obras. Precisaba clasificar cada barrio por sus componentes más prototípicos, para decir con mayor representatividad y economía las cualidades de cada personaje:
“No me interesa toda la gente que compone cada barrio, sino la más llamativa, la que da a cada sitio su perfume y su color. Si un personaje es ginecólogo debe vivir donde le corresponde y lo mismo si es sargento de la policía.

(…) Me sometió a un interrogatorio prolijo y divertido (para mí, pues él mantenía su seriedad funeral) sobre la topografía humana de la ciudad y advertí que las cosas que le interesaban más se referían a los extremos: millonarios y mendigos, blancos y negros, santos y criminales. Según mis respuestas, añadía, cambiaba o suprimía iniciales en el plano con un gesto veloz y sin vacilar un segundo, lo que me hizo pensar que había inventado y usaba ese sistema de catalogación hacía tiempo. ¿Por qué había marcado solo Miraflores, San Isidro, la Victoria y el Callao?

-Porque, indudablemente, serán los escenarios principales -dijo, paseando sus ojos saltones con suficiencia napoleónica sobre los cuatro distritos-. Soy hombre que odia las medias tintas, el agua turbia, el café flojo. Me gustan el sí o el no, los hombres masculinos y las mujeres femeninas, la noche o el día. En mis obras hay aristócratas o plebe, prostitutas o madonas. La mesocracia no me inspira y tampoco a mi público.”

En ese tiempo remoto, yo era muy joven y vivía con mis abuelos en una quinta de paredes blancas de la calle Ocharán, en Miraflores. Estudiaba en San Marcos, Derecho, creo, resignado a ganarme más tarde la vida con una profesión liberal, aunque, en el fondo, me hubiera gustado más llegar a ser un escritor. Tenía un trabajo de título pomposo, sueldo modesto, apropiaciones ilícitas y horario elástico: director de Informaciones de Radio Panamericana. Consistía en recortar las noticias interesantes que aparecían en los diarios y maquillarlas un poco para que se leyeran en los boletines.

La redacción a mis órdenes era un muchacho de pelos engomados y amante de las catástrofes llamado Pascual. Había boletines cada hora, de un minuto, salvo los de mediodía y de las nueve, que eran de quince, pero nosotros preparábamos varios a la vez, de modo que yo andaba mucho en la calle, tomando cafecitos en la Colmena, alguna vez en clases, o en las oficinas de Radio Central, más animadas que las de mi trabajo.

Las dos estaciones de radio pertenecían al mismo dueño y eran vecinas, en la calle Belén, muy cerca de la plaza San Martín. No se parecían en nada. Más bien, como esas hermanas de tragedia que han nacido, una, llena de gracias y, la otra, de defectos, se distinguían por sus contrastes. Radio Panamericana ocupaba el segundo piso y la azotea de un edificio flamante, y tenía, en su personal, ambiciones y programación, cierto aire extranjerizante y snob, ínfulas de modernidad, de juventud, de aristocracia. Aunque sus locutores no eran argentinos (habría dicho Pedro Camacho) merecían serlo. Se pasaba mucha música, abundante jazz y rock, y una pizca de clásica, sus ondas eran las que primero difundían en Lima los últimos éxitos de Nueva York y de Europa, pero tampoco desdeñaban la música latinoamericana siempre que tuviera un mínimo de sofisticación; la nacional era admitida con cautela y sólo al nivel del vals. Había programas de cierto relente intelectual, Semblanzas del Pasado, Comentarios Internacionales, e incluso en las emisiones frívolas, los Concursos de Preguntas o el Trampolín a la Fama, se notaba un afán de no incurrir en demasiada estupidez o vulgaridad. Una prueba de su inquietud cultural era ese Servicio de Informaciones que Pascual y yo alimentábamos, en un altillo de madera construido en la azotea, desde el cual era posible divisar los basurales y las últimas ventanas teatinas de los techos limeños. Se llegaba hasta él por un ascensor cuyas puertas tenían la inquietante costumbre de abrirse antes de tiempo.

Radio Central, en cambio, se apretaba en una vieja casa llena de patios y de vericuetos, y bastaba oír a sus locutores desenfadados y abusadores de la jerga, para reconocer su vocación multitudinaria, plebeya, criollísima. Allí se propalaban pocas noticias, y allí era reina y señora la música peruana, incluyendo la andina, y no era infrecuente que los cantantes indios de los coliseos participaran en esas emisiones abiertas al público que congregaban muchedumbres, desde horas antes, a las puertas del local. También estremecían sus ondas, con prodigalidad, la música tropical, la mexicana, la porteña, y sus programas eran simples, inimaginativos, eficaces: Pedidos Telefónicos, Serenatas de Cumpleaños, Chismografía del Mundo de la Farándula, el Acetato y el Cine. Pero su plato fuerte, repetido y caudaloso, lo que, según todas las encuestas, le aseguraba su enorme sintonía, eran los radioteatros.

Pasaban media docena al día, por lo menos, y a mí me divertía mucho espiar a los intérpretes cuando estaban radiándolos: actrices y actores declinantes, hambrientos, desastrados, cuyas voces juveniles, acariciadoras, cristalinas, diferían terriblemente de sus caras viejas, sus bocas amargas y sus ojos cansados. «El día que se instale la televisión en el Perú no les quedará otro camino que el suicidio», pronosticaba Genaro hijo, señalándolos a través de los cristales del estudio, donde, como en una gran pecera, los libretos en las manos, se los veía formados en torno al micro, dispuestos a empezar el capítulo veinticuatro de La familia Alvear. Y, en efecto, qué decepción se hubieran llevado esas amas de casa que se enternecían con la voz de Luciano Pando si hubieran visto su cuerpo contrahecho y su mirada estrábica, y qué decepción los jubilados a quienes el cadencioso rumor de Josefina Sánchez despertaba recuerdos, si hubieran conocido su papada, sus bigotes, sus orejas aleteantes, sus várices. Pero la llegada de la televisión al Perú era aún remota y el discreto sustento de la fauna radioteatral parecía por el momento asegurado.

Siempre había tenido curiosidad por saber qué plumas manufacturaban esas seriales que entretenían las tardes de mi abuela, esas historias con las que solía darme de oídos donde mi tía Laura, mi tía Olga, mi tía Gaby o en las casas de mis numerosas primas, cuando iba a visitarlas (nuestra familia era bíblica, miraflorina, muy unida). Sospechaba que los radioteatros se importaban, pero me sorprendí al saber que los Genaros no los compraban en México ni en Argentina sino en Cuba. Los producía la CMQ, una suerte de imperio radiotelevisivo gobernado por Goar Mestre, un caballero de pelos plateados al que alguna vez, de paso por Lima, había visto cruzar los pasillos de Radio Panamericana solícitamente escoltado por los dueños y ante la mirada reverencial de todo el mundo. Había oído hablar tanto de la CMQ cubana a locutores, animadores y operadores de la radio —para los que representaba algo mítico, lo que el Hollywood de la época para los cineastas— que Javier y yo, mientras tomábamos café en el Bransa, alguna vez habíamos dedicado un buen rato a fantasear sobre ese ejército de polígrafos que, allá, en la distante Habana de palmeras, playas paradisíacas, pistoleros y turistas, en las oficinas aireacondicionadas de la ciudadela de Goar Mestre, debían de producir, ocho horas al día, en silentes máquinas de escribir, ese torrente de adulterios, suicidios, pasiones, encuentros, herencias, devociones, casualidades y crímenes que, desde la isla antillana, se esparcía por América Latina, para, cristalizado en las voces de los Lucianos Pandos y las Josefinas Sánchez, ilusionar las tardes de las abuelas, las tías, las primas y los jubilados de cada país.

Genaro hijo compraba (o, más bien, la CMQ vendía) los radioteatros al peso y por telegrama. Me lo había contado él mismo, una tarde, después de pasmarse cuando le pregunté si él, sus hermanos o su padre daban el visto bueno a los libretos antes de propalarse. «¿Tú serías capaz de leer setenta kilos de papel?», me repuso, mirándome con esa condescendencia benigna que le merecía la condición de intelectual que me había conferido desde que vio un cuento mío en el Suplemento Dominical de El Comercio: «Calcula cuánto tomaría. ¿Un mes, dos? ¿Quién puede dedicar un par de meses a leerse un radioteatro? Lo dejamos a la suerte, y, hasta ahora, felizmente, el Señor de los Milagros nos protege». En los mejores casos, a través de agencias de publicidad, o de colegas y amigos, Genaro hijo averiguaba cuántos países y con qué resultados de sintonía habían comprado el radioteatro que le ofrecían; en los peores, decidía por los títulos o, simplemente, a cara o sello. Los radioteatros se vendían al peso porque era una fórmula menos tramposa que la del número de páginas o de palabras, en el sentido de que era la única posible de verificar. «Claro —decía Javier—, si no hay tiempo para leerlas, menos todavía para contar todas esas palabras». Lo excitaba la idea de una novela de sesenta y ocho kilos y treinta gramos, cuyo precio, como el de las vacas, la mantequilla y los huevos, determinaba una balanza.

Pero este sistema creaba problemas a los Genaros. Los textos venían plagados de cubanismos, que, minutos antes de cada emisión, el propio Luciano y la propia Josefina y sus colegas traducían al peruano como podían (siempre mal). De otro lado, a veces, en el trayecto de La Habana a Lima, en las panzas de los barcos o de los aviones, o en las aduanas, las resmas mecanografiadas sufrían deterioros y se perdían capítulos enteros, la humedad los volvía ilegibles, se traspapelaban, los devoraban los ratones del almacén de Radio Central. Como esto se advertía sólo a última hora, cuando Genaro papá repartía los libretos, surgían situaciones angustiosas. Se resolvían saltándose el capítulo perdido y echándose el alma a la espalda, o, en casos graves, enfermando por un día a Luciano Pando o a Josefina Sánchez, de modo que en las veinticuatro horas siguientes se pudieran parchar, resucitar, eliminar sin excesivos traumas, los gramos o kilos desaparecidos. Como, además, los precios de la CMQ eran altos, resultó natural que Genaro hijo se sintiera feliz cuando descubrió la existencia y las dotes prodigiosas de Pedro Camacho. Recuerdo muy bien el día que me habló del fenómeno radiofónico porque ese mismo día, a la hora de almuerzo, vi a la tía Julia por primera vez. Era hermana de la mujer de mi tío Lucho y había llegado la noche anterior de Bolivia. Recién divorciada, venía a descansar y a recuperarse de su fracaso matrimonial. «En realidad, a buscarse otro marido», había dictaminado, en una reunión de familia, la más lenguaraz de mis parientes, la tía Hortensia. Yo almorzaba todos los jueves donde el tío Lucho y la tía Olga, y ese mediodía encontré a la familia todavía en piyama, cortando la mala noche con choritos picantes y cerveza fría. Se habían quedado hasta el amanecer, chismeando con la recién llegada, y despachado entre los tres una botella de whisky. Les dolía la cabeza, mi tío Lucho se quejaba de que su oficina andaría patas arriba, mi tía Olga decía que era una vergüenza trasnochar fuera de sábados, y la recién llegada, en bata, sin zapatos y con ruleros, vaciaba una maleta. No le incomodó que yo la viera en esa facha en la que nadie la hubiera tomado por una reina de belleza.

—Así que tú eres el hijo de Dorita —me dijo, estampándome un beso en la mejilla—. ¿Ya terminaste el colegio, no? La odié a muerte. Mis leves choques con la familia, en ese entonces, se debían a que todos se empeñaban en tratarme todavía como un niño y no como lo que era, un hombre completo de dieciocho años. Nada me irritaba tanto como el Marito; tenía la sensación de que el diminutivo me regresaba al pantalón corto. —Ya está en tercero de Derecho y trabaja como periodista —le explicó mi tío Lucho, alcanzándome un vaso de cerveza. —La verdad —me dio el puntillazo la tía Julia— es que pareces todavía una guagua, Marito.
Durante el almuerzo, con ese aire cariñoso que adoptan los adultos cuando se dirigen a los idiotas y a los niños, me preguntó si tenía enamorada, si iba a fiestas, qué deporte practicaba, y me aconsejó, con una perversidad que no descubría si era deliberada o inocente pero que igual me llegó al alma, que apenas pudiera me dejara crecer el bigote. A los morenos les sentaba y eso me facilitaría las cosas con las chicas.
—Él no piensa en faldas ni en jaranas —le explicó mi tío Lucho—. Es un intelectual. Ha publicado un cuento en el Dominical de El Comercio.

—Cuidado que el hijo de Dorita nos vaya a salir del otro lado —se rió la tía Julia y yo sentí un arrebato de solidaridad con su ex marido. Pero sonreí y le llevé la cuerda. Durante el almuerzo se dedicó a contar unos horribles chistes bolivianos y a tomarme el pelo. Al despedirme, pareció que quería hacerse perdonar sus maldades, porque me dijo con un gesto amable que alguna noche la acompañara al cine, que le encantaba el cine.
Llegué a Radio Panamericana justo a tiempo para evitar que Pascual dedicara todo el boletín de las tres a la noticia de una batalla campal, en las calles exóticas de Rawalpindi, entre sepultureros y leprosos, publicada por Última Hora. Luego de preparar también los boletines de las cuatro y las cinco, salí a tomar un café. En la puerta de Radio Central encontré a Genaro hijo, eufórico. Me arrastró del brazo hasta el Bransa: «Tengo que contarte algo fantástico». Había estado unos días en La Paz, por cuestiones de negocios, y allí había visto en acción a ese hombre plural: Pedro Camacho.

—No es un hombre sino una industria —corrigió, con admiración—. Escribe todas las obras de teatro que se presentan en Bolivia y las interpreta todas. Y escribe todas las radionovelas y las dirige y es el galán de todas. Pero más que su fecundidad y versatilidad, le había impresionado su popularidad. Para poder verlo, en el Teatro Saavedra de La Paz, había tenido que comprar entradas de reventa al doble de su precio.
—Como en los toros, imagínate —se asombraba—. ¿Quién ha llenado jamás un teatro en Lima? Me contó que había visto, dos días seguidos, a muchas jovencitas, adultas y viejas arremolinadas a las puertas de Radio Illimani esperando la salida del ídolo para pedirle autógrafos. La McCann Erickson de La Paz, por otra parte, le había asegurado que los radioteatros de Pedro Camacho tenían la mayor audiencia de las ondas bolivianas. Genaro hijo era eso que entonces comenzaba a llamarse un empresario progresista: le interesaban más los negocios que los honores, no era socio del Club Nacional ni un ávido de serlo, se hacía amigo de todo el mundo y su dinamismo fatigaba. Hombre de decisiones rápidas, después de su visita a Radio Illimani convenció a Pedro Camacho que se viniera al Perú, como exclusividad de Radio Central. —No fue difícil, allá lo tenían al hambre —me explicó—. Se ocupará de las radionovelas y yo podré mandar al diablo a los tiburones de la CMQ.

Traté de envenenar sus ilusiones. Le dije que acababa de comprobar que los bolivianos eran antipatiquísimos y que Pedro Camacho se llevaría pésimo con toda la gente de Radio Central. Su acento caería como pedrada a los oyentes y, por su ignorancia del Perú, metería la pata a cada instante. Pero él sonreía, intocado por mis profecías derrotistas. Aunque nunca había estado aquí, Pedro Camacho le había hablado del alma limeña como un bajopontino y su acento era soberbio, sin eses ni erres pronunciadas, de la categoría terciopelo. —Entre Luciano Pando y los otros actores lo harán papilla al pobre forastero —soñó Javier—. O la bella Josefina Sánchez lo violará.

Estábamos en el altillo y conversábamos mientras yo pasaba a máquina, cambiando adjetivos y adverbios, noticias de El Comercio y La Prensa para El Panamericano de las doce. Javier era mi mejor amigo y nos veíamos a diario, aunque fuera sólo un momento, para constatar que existíamos. Era un ser de entusiasmos cambiantes y contradictorios, pero siempre sinceros. Había sido la estrella del Departamento de Literatura de la Católica, donde no se vio antes a un alumno más aprovechado, ni más lúcido lector de poesía, ni más agudo comentarista de textos difíciles. Todos daban por descontado que se graduaría con una tesis brillante, sería un catedrático brillante y un poeta o un crítico igualmente brillante. Pero él, un buen día, sin explicaciones, había decepcionado a todo el mundo, abandonando la tesis en la que trabajaba, renunciando a la literatura y a la Universidad Católica e inscribiéndose en San Marcos como alumno de Economía. Cuando alguien le preguntaba a qué se debía esa deserción, él confesaba (o bromeaba) que la tesis en que había estado trabajando le había abierto los ojos. Se iba a titular Las paremias en Ricardo Palma. Había tenido que leer las Tradiciones peruanas con lupa, a la caza de refranes, y como era concienzudo y riguroso, había conseguido llenar un cajón de fichas eruditas. Luego, una mañana, quemó el cajón con las fichas en un descampado —él y yo bailamos una danza apache alrededor de las llamas filológicas— y decidió que odiaba la literatura y que hasta la economía resultaba preferible a eso. Javier hacía su práctica en el Banco Central de Reserva y siempre encontraba pretextos para darse un salto cada mañana hasta Radio Panamericana. De su pesadilla paremiológica le había quedado la costumbre de infligirme refranes sin ton ni son.

Me sorprendió mucho que la tía Julia, pese a ser boliviana y vivir en La Paz, no hubiera oído hablar nunca de Pedro Camacho. Pero ella me aclaró que jamás había escuchado una radionovela, ni puesto los pies en un teatro desde que interpretó la Danza de las horas, en el papel de Crepúsculo, el año que terminó el colegio donde las monjas irlandesas («No te atrevas a preguntarme cuántos años hace de eso, Marito»). Íbamos caminando desde la casa del tío Lucho, al final de la avenida Armendáriz, hacia el Cine Barranco. Me había impuesto la invitación ella misma, ese mediodía, de la manera más artera. Era el jueves siguiente a su llegada, y, aunque la perspectiva de ser otra vez víctima de los chistes bolivianos no me hacía gracia, no quise faltar al almuerzo semanal. Tenía la esperanza de no encontrarla, porque la víspera —los miércoles en la noche eran de visita a la tía Gaby— había oído a la tía Hortensia comunicar con el tono de quien está en el secreto de los dioses: —En su primera semana limeña ha salido cuatro veces y con cuatro galanes diferentes, uno de ellos casado. ¡La divorciada se las trae!

Cuando llegué donde el tío Lucho, luego de El Panamericano de las doce, la encontré precisamente con uno de sus galanes. Sentí el dulce placer de la venganza al entrar a la sala y descubrir, sentado junto a ella, mirándola con ojos de conquistador, flamante de ridículo en su traje de otras épocas, su corbata mariposa y su clavel en el ojal, al tío Pancracio, un primo hermano de mi abuela. Había enviudado hacía siglos, caminaba con los pies abiertos marcando las diez y diez, y en la familia se comentaban maliciosamente sus visitas porque no tenía reparo en pellizcar a las sirvientas a la vista de todos. Se pintaba el pelo, usaba reloj de bolsillo con leontina plateada y se lo podía ver a diario, en las esquinas del jirón de la Unión, a las seis de la tarde, piropeando a las oficinistas. Al inclinarme a besarla, susurré al oído de la boliviana, con toda la ironía del mundo: «Qué buena conquista, Julita». Ella me guiñó un ojo y asintió. Durante el almuerzo, el tío Pancracio, luego de disertar sobre la música criolla, en la que era un experto —en las celebraciones familiares ofrecía siempre un solo de cajón—, se volvió hacia ella y, relamido como un gato, le contó: «A propósito, los jueves en la noche se reúne la Peña Felipe Pinglo, en La Victoria, el corazón del criollismo. ¿Te gustaría oír un poco de verdadera música peruana?». La tía Julia, sin vacilar un segundo y con una cara de desolación que añadía el insulto a la calumnia, contestó señalándome: «Fíjate qué lástima. Marito me ha invitado al cine». «Paso a la juventud», se inclinó el tío Pancracio, con espíritu deportivo. Luego, cuando hubo partido, creí que me salvaba pues la tía Olga preguntó: «¿Eso del cine era sólo para librarte del viejo verde?». Pero la tía Julia la rectificó con ímpetu: «Nada de eso, hermana, me muero por ver la del Barranco, es impropia para señoritas». Se volvió hacia mí, que escuchaba cómo se decidía mi destino nocturno, y, para tranquilizarme añadió esta exquisita flor: «No te preocupes por la plata, Marito. Yo te invito».

Y ahí estábamos, caminando por la oscura quebrada de Armendáriz, por la ancha avenida Grau, al encuentro de una película que, para colmo, era mexicana y se llamaba Madre y amante. —Lo terrible de ser divorciada no es que todos los hombres se crean en la obligación de proponerte cosas —me informaba la tía Julia—. Sino que por ser una divorciada piensan que ya no hay necesidad de romanticismo. No te enamoran, no te dicen galanterías finas, te proponen la cosa de buenas a primeras con la mayor vulgaridad. A mí me lleva la trampa. Para eso, en vez de que me saquen a bailar, prefiero venir al cine contigo. Le dije que muchas gracias por lo que me tocaba.
—Son tan estúpidos que creen que toda divorciada es una mujer de la calle —siguió, sin darse por enterada—. Y, además, sólo piensan en hacer cosas. Cuando lo bonito no es eso, sino enamorarse, ¿no es cierto? Yo le expliqué que el amor no existía, que era una invención de un italiano llamado Petrarca y de los trovadores provenzales. Que eso que las gentes creían un cristalino manar de la emoción, una pura efusión del sentimiento, era el deseo instintivo de los gatos en celo disimulado detrás de las palabras bellas y los mitos de la literatura. No creía en nada de eso, pero quería hacerme el interesante. Mi teoría erótico-biológica, por lo demás, dejó a la tía Julia bastante incrédula: ¿creía yo de veras esa idiotez?

—Estoy contra el matrimonio —le dije, con el aire más pedante que pude—. Soy partidario de lo que llaman el amor libre, pero que, si fuéramos honestos, deberíamos llamar, simplemente, la cópula libre. —¿Cópula quiere decir hacer cosas? —se rió. Pero al instante puso una cara decepcionada—: En mi tiempo, los muchachos escribían acrósticos, mandaban flores a las chicas, necesitaban semanas para atreverse a darles un beso. Qué porquería se ha vuelto el amor entre los mocosos de ahora, Marito.
Tuvimos un amago de disputa en la boletería por ver quién pagaba la entrada, y, luego de soportar hora y media de Dolores del Río, gimiendo, abrazando, gozando, llorando, corriendo por la selva con los cabellos al viento, regresamos a casa del tío Lucho, también a pie, mientras la garúa nos mojaba los pelos y la ropa. Entonces, hablamos de nuevo de Pedro Camacho. ¿Estaba realmente segura que no lo había oído mencionar jamás? Porque, según Genaro hijo, era una celebridad boliviana. No, no lo conocía ni siquiera de nombre. Pensé que a Genaro le habían metido el dedo a la boca, o que, tal vez, la supuesta industria radioteatral boliviana era una invención suya para lanzar publicitariamente a un plumífero aborigen. Tres días después conocí en carne y hueso a Pedro Camacho. Acababa de tener un incidente con Genaro papá, porque Pascual, con su irreprimible predilección por lo atroz, había dedicado todo el boletín de las once a un terremoto en Ispahán. Lo que irritaba a Genaro papá no era tanto que Pascual hubiera desechado otras noticias para referir, con lujo de detalles, cómo los persas que sobrevivieron a los desmoronamientos eran atacados por serpientes que, al desplomarse sus refugios, afloraban a la superficie coléricas y sibilantes, sino que el terremoto había ocurrido hacía una semana. Debí convenir que a Genaro papá no le faltaba razón y me desfogué llamando a Pascual irresponsable. ¿De dónde había sacado ese refrito? De una revista argentina. ¿Y por qué había hecho una cosa tan absurda? Porque no había ninguna noticia de actualidad importante y ésa, al menos, era entretenida. Cuando yo le explicaba que no nos pagaban para entretener a los oyentes sino para resumirles las noticias del día, Pascual, moviendo una cabeza conciliatoria, me oponía su irrebatible argumento: «Lo que pasa es que tenemos concepciones diferentes del periodismo, don Mario». Iba a responderle que si se empeñaba, cada vez que yo volviera las espaldas, en seguir aplicando su concepción tremendista del periodismo, muy pronto estaríamos los dos en la calle, cuando apareció en la puerta del altillo una silueta inesperada. Era un ser pequeñito y menudo, en el límite mismo del hombre de baja estatura y el enano, con una nariz grande y unos ojos extraordinariamente vivos, en los que bullía algo excesivo. Vestía de negro, un terno que se advertía muy usado, y su camisa y su corbatita de lazo tenían máculas, pero, al mismo tiempo, en su manera de llevar esas prendas había algo en él de atildado y de compuesto, de rígido, como en esos caballeros de las viejas fotografías que parecen presos en sus levitas almidonadas, en sus chisteras tan justas. Podía tener cualquier edad entre treinta y cincuenta años, y lucía una aceitosa cabellera negra que le llegaba a los hombros. Su postura, sus movimientos, su expresión parecían el desmentido mismo de lo espontáneo y natural, hacían pensar inmediatamente en el muñeco articulado, en los hilos del títere. Nos hizo una reverencia cortesana y con una solemnidad tan inusitada como su persona se presentó así:
—Vengo a hurtarles una máquina de escribir, señores. Les agradecería que me ayuden. ¿Cuál de las dos es la mejor? Su dedo índice apuntaba alternativamente a mi máquina de escribir y a la de Pascual. Pese a estar habituado a los contrastes entre voz y físico por mis escapadas a Radio Central, me asombró que de figurilla tan mínima, de hechura tan desvalida, pudiera brotar una voz tan firme y melodiosa, una dicción tan perfecta. Parecía que en esa voz no sólo desfilara cada letra, sin quedar mutilada ni una sola, sino también las partículas y los átomos de cada una, los sonidos del sonido. Impaciente, sin advertir la sorpresa que su facha, su audacia y su voz provocaban en nosotros, se había puesto a escudriñar y como a olfatear las dos máquinas de escribir. Se decidió por mi veterana y enorme Remington, una carroza funeraria sobre la que no pasaban los años. Pascual fue el primero en reaccionar: —¿Es usted un ladrón o qué es usted? —lo increpó y yo me di cuenta que me estaba indemnizando por el terremoto de Ispahán—. ¿Se le ocurre que se va a llevar así nomás las máquinas del Servicio de Informaciones?

—El arte es más importante que tu Servicio de Informaciones, trasgo —lo fulminó el personaje, echándole una ojeada parecida a la que merece la alimaña pisoteada, y prosiguió su operación. Ante la mirada estupefacta de Pascual, que, sin duda, trataba de adivinar (como yo mismo) qué quería decir trasgo, el visitante intentó levantar la Remington. Consiguió elevar el armatoste al precio de un esfuerzo descomunal, que hinchó las venitas de su cuello y por poco le dispara los ojos de las órbitas. Su cara se fue cubriendo de color granate, su frentecita de sudor, pero él no desistía. Apretando los dientes, tambaleándose, alcanzó a dar unos pasos hacia la puerta, hasta que tuvo que rendirse: un segundo más y su carga lo iba a arrastrar con ella al suelo. Depositó la Remington sobre la mesita de Pascual y quedó jadeando. Pero apenas recobró el aliento, totalmente ignorante de las sonrisas que el espectáculo nos provocaba a mí y a Pascual (éste se había llevado ya varias veces un dedo a la sien para indicarme que se trataba de un loco), nos reprendió con severidad:
—No sean indolentes, señores, un poco de solidaridad humana. Échenme una mano.
Le dije que lo sentía mucho pero que para llevarse esa Remington tendría que pasar primero sobre el cadáver de Pascual, y, en último caso, sobre el mío. El hombrecillo se acomodaba la corbatita, ligeramente descolocada por el esfuerzo. Ante mi sorpresa, con una mueca de contrariedad y dando muestras de una ineptitud total para el humor, repuso, asintiendo gravemente:
—Un tipo bien nacido nunca desaira un desafío a pelear. El sitio y la hora, caballeros.

La providencial aparición de Genaro hijo en el altillo frustró lo que parecía ser la formalización de un duelo. Entró en el momento en que el hombrecito pertinaz intentaba de nuevo, amoratándose, tomar entre sus brazos a la Remington. —Deje, Pedro, yo lo ayudo —dijo, y le arrebató la máquina como si fuera una caja de fósforos. Comprendiendo entonces, por mi cara y la de Pascual, que nos debía alguna explicación, nos consoló con aire risueño—: Nadie se ha muerto, no hay de qué ponerse tristes. Mi padre les repondrá la máquina prontito.
—Somos la quinta rueda del coche —protesté yo, para guardar las formas—. Nos tienen en este altillo mugriento, ya me quitaron un escritorio para dárselo al contador, y ahora mi Remington. Y ni siquiera me previenen.
—Creíamos que el señor era un ladrón —me respaldó Pascual—. Entró aquí insultándonos y con prepotencias.
—Entre colegas no debe haber pleitos —dijo, salomónicamente, Genaro hijo. Se había puesto la Remington en el hombro y noté que el hombrecito le llegaba exactamente a las solapas—. ¿No vino mi padre a hacer las presentaciones? Las hago yo, entonces, y todos felices.
Al instante, con un movimiento veloz y automático, el hombrecillo estiró uno de sus bracitos, dio unos pasos hacia mí, me ofreció una manita de niño, y, con su preciosa voz de tenor, haciendo una nueva genuflexión cortesana, se presentó:
—Un amigo: Pedro Camacho, boliviano y artista.

Repitió el gesto, la venia y la frase con Pascual, quien, visiblemente, vivía un instante de supina confusión y era incapaz de decidir si el hombrecillo se burlaba de nosotros o era siempre así. Pedro Camacho, después de estrecharnos ceremoniosamente las manos, se volvió hacia el Servicio de Informaciones en bloque, y, desde el centro del altillo, a la sombra de Genaro hijo que parecía tras él un gigante y que lo observaba muy serio, levantó el labio superior y arrugó la cara en un movimiento que dejó al descubierto unos dientes amarillentos, en una caricatura o espectro de sonrisa. Se tomó unos segundos, antes de gratificarnos con estas palabras musicales, acompañadas de un ademán de prestidigitador que se despide:
—No les guardo rencor, estoy acostumbrado a la incomprensión de la gente. ¡Hasta siempre, señores! Desapareció en la puerta del altillo, dando unos saltitos de duende para alcanzar al empresario progresista que, con la Remington a cuestas, se alejaba a trancos hacia el ascensor.

MARIO VARGAS LLOSA

Nació en Arequipa, Perú, en 1936. Cursó sus primeros estudios en Cochabamba (Bolivia), y los secundarios en Lima y Piura. Se licenció en Letras en la Universidad de San Marcos de Lima y se doctoró por la de Madrid. Ha residido durante algunos años en París, Londres y Barcelona.
En 1958 publicó un libro de relatos, Los jefes, pero su carrera literaria comenzó con la publicación de su novela La ciudad y los perros, ganadora del Premio Biblioteca Breve de 1962. Posteriormente aparecieron La casa verde (1965), Los cachorros (1968), Conversación en la catedral (1970) y La orgía perpetua, un notable ensayo sobre Madame Bovary de Flaubert.
Un amplio eco popular alcanzaron sus novelas posteriores La tía Julia y el escribidor (1977) y, sobre todo, la presente novela Pantaleón y las visitadoras, una espléndida sátira moral sobre el concepto del deber militar.

Il y a des hommes n’ayant pour mission parmi les
autres que de servir d’intermédiaires;
on les franchit comme des ponts, et l’on va plus loin.
FLAUBERT
L’éducation sentimentale

—Despierta, Panta —dice Pochita—. Ya son las ocho. Panta, Pantita.
—¿Las ocho ya? Caramba, que sueño tengo—bosteza Pantita—. ¿Me cosiste mi galón?
—Sí, mi teniente—se cuadra Pochita—. Uy, perdón, mi capitán. Hasta que me acostumbre vas a seguir de tenientito, amor. Si, ya, se ve regio. Pero levántate de una vez, ¿tu cita no es a?
—Las nueve, si—se jabona Pantita—. ¿Dónde nos mandarán, Pocha? Pásame la toalla, por favor. ¿Dónde se te ocurre, chola?
—Aquí, a Lima—contempla el cielo gris, las azoteas, los autos, los transeúntes Pochita—. Uy, se me hace agua la boca: Lima, Lima, Lima.
—No sueñes, Lima nunca, que esperanza—se mira en el espejo, se anuda la corbata Panta—. Si al menos fuera una ciudad como Trujillo o Tacna, me sentiría feliz.
—Qué graciosa esta noticia en El Comercio—hace una mueca Pochita—. En Leticia un tipo se crucificó para anunciar el fin del mundo. Lo metieron al manicomio pero la gente lo sacó a la fuerza porque creen que es santo. ¿Leticia es la parte colombiana de la selva, no?
—Qué buen mozo te ves de capitán, hijito—dispone la mermelada, el pan y la leche sobre la mesa la señora Leonor.
—Ahora es Colombia, antes era Perú, nos la quitaron —unta de mantequilla una tostada Panta—. Sírveme otro poquito de café, mamá.
—Cómo nos mandaran de nuevo a Chiclayo recoge las migas en un plato y retira el mantel la señora Leonor—. Después de todo, allá hemos estado tan bien ¿no es cierto? Para mí, lo principal es que no nos alejen mucho de la costa. Anda, hijito, buena suerte, llévate mi bendición.
—En el nombre del Padre y del Espíritu Santo y del Hijo que murió en la cruz, eleva los ojos a la noche, baja los ojos a las antorchas el Hermano Francisco—.Mis manos están amarradas, el leño es ofrenda, ¡persígnense por mí!

—Me espera el coronel López López, señorita—dice el capitán Pantaleón Pantoja.
—Y también dos generales—hace ojitos la señorita—. Entre nomás, capitán. Sí, ésa, la puerta cafecita.
—Aquí está el hombre—se levanta el coronel López López—. Adelante, Pantoja, felicitaciones por ese nuevo fideo.
—La primera nota en el examen de ascenso y por unanimidad del jurado —estrecha una mano, palmea un hombro el general Victoria—. Bravo, capitán, así se hace carrera y patria.
—Siéntese, Pantoja —señala un sofá el general Collazos—. Y agárrese bien para oír lo que va a oír.
—No me lo asustes, Tigre —mueve las manos el general Victoria—. Se va a creer que lo mandamos al matadero.
—Que para comunicarle su nuevo destino hayan venido los jefazos de Intendencia en persona, le indica que la cosa tiene sus bemoles—adopta una expresión grave el coronel López López—. Sí, Pantoja, se trata de un asunto bastante delicado.
—La presencia de estos jefes es un honor para mí —hace sonar los talones el capitán Pantoja—. Caramba, me deja usted muy intrigado, mi coronel.
—¿Quiere fumar?—saca una cigarrera, un encendedor el Tigre Collazos—. Pero no se esté ahí parado, tome asiento. ¿Cómo, no fuma?
—Ya ve, por una vez el Servicio de Inteligencia acertó —acaricia una fotocopia el coronel López López—. Tal cual: ni fumador, ni borrachín ni ojo vivo.
—Un oficial sin vicios —se admira el general Victoria—. Ya tenemos quien represente al arma en el Paraíso, junto a Santa Rosa y a San Martín de Porres.
—Tampoco exageren —se ruboriza el capitán Pantoja—. Algunos vicios tendré que no se me conocen.
—Conocemos de usted más que usted mismo —alza y deposita otra vez en el escritorio un cartapacio el Tigre Collazos—. Se quedaría bizco si supiera las horas que hemos dedicado a estudiar su vida. Sabemos lo que hizo, lo que no hizo y hasta lo que hará, capitán.
—Podemos recitar su foja de servicios de memoria —abre el cartapacio, baraja fichas y formularios el general Victoria—. Ni un solo castigo de oficial y de cadete apenas media docena de amonestaciones leves. Por eso ha sido el elegido, Pantoja.
—Entre cerca de ochenta oficiales de Intendencia, nada menos —levanta una ceja el coronel López López—. Ya puede inflarse como un pavo real.
—Les agradezco el buen concepto que tienen de mí—se empaña la vista del capitán Pantoja—. Haré todo lo que pueda para responder a esa confianza, mi coronel.

—¿El capitán Pantaleón Pantoja?—sacude el teléfono el general
Scavino—. Te oigo apenas. ¿Que me lo mandas para qué, Tigre?
—En Chiclayo ha dejado un magnífico recuerdo—hojea un informe el general Victoria—. El coronel Montes estaba loco por conservarlo. Parece que el cuartel funcionó como un reloj gracias a usted.
—”Organizador nato, sentido matemático del orden, capacidad ejecutiva”—lee el Tigre Collazos—. “Condujo la administración del regimiento con eficacia y verdadera inspiración.” Caracoles, el zambo Montes se enamoró de usted.
—Me confunden tantos elogios—baja la cabeza el capitán Pantoja—. Siempre he tratado de cumplir con mi deber y nada más.
—¿El Servicio de las qué?—suelta una carcajada el general Scavino—. Ni tú ni Victoria pueden tomarme el pelo, Tigre, ¿se han olvidado que soy calvo?

—Bueno, al toro por los cuernos—sella sus labios con un dedo el general Victoria—. El asunto exige la más absoluta reserva. Me refiero a la misión que se le va a confiar, capitán. Suéltale el cuco, Tigre.
—En síntesis, la tropa de la selva se anda tirando a las cholas—toma aliento, parpadea y tose el Tigre Collazos—. Hay violaciones a granel y los tribunales no se dan abasto para juzgar a tanto pendejón. Toda la Amazonía está alborotada.
—Nos bombardean a diario con partes y denuncias—se pellizca la barbilla el general Victoria—. Y hasta vienen comisiones de protesta de los pueblitos más perdidos.
—Sus soldados abusan de nuestras mujeres—estruja su sombrero y pierde la voz el alcalde Paiva Runhuí—. Me perjudicaron a una cuñadita hace pocos meses y la semana pasada casi me perjudican a mi propia esposa.
—Mis soldados no, los de la Nación—hace gestos apaciguadores el general Victoria—. Calma, calma señor alcalde. El Ejército lamenta muchísimo el percance de su cuñada y hará cuanto pueda para resarcirla.
—¿Ahora le llaman percance al estupro?—se desconcierta el padre Beltrán—. Porque eso es lo que fue.
—A Florcita la agarraron dos uniformados viniendo de la chacra y se la montaron en plena trocha—se come las uñas y brinca en el sitio el alcalde Teófilo Morey—. Con tan buena puntería que ahora esta encinta, general.
—Usted me va a identificar a esos bandidos, señorita Dorotea—gruñe el coronel Peter Casahuanqui—. Sin llorar, sin llorar, ya va a ver cómo arreglo esto.
—¿Se le ocurre que voy a salir?—solloza Dorotea—. ¿Yo solitita delante de todos los soldados?
—Van a desfilar por aquí, frente a la Prevención—se esconde detrás de la rejilla metálica el coronel Máximo Dávila—. Usted los va espiando por la ventana y apenas descubra a los abusivos me los señala, señorita Jesús.
—¿Abusivos?—salpica babas el padre Beltrán—. Viciosos, canallas y miserables, más bien. ¡Hacerle semejante infamia a doña Asunta! ¡Desprestigiar así el uniforme!
—A Luisa Cánepa, mi sirvienta, la violó un sargento, y después un cabo y después un soldado raso—limpia sus anteojos el teniente Bacacorzo—. La cosa le gustó o qué sé yo, mi comandante, pero lo cierto es que ahora se dedica al puterío con el nombre de Pechuga y tiene como cafiche a un marica que le dicen Milcaras.
—Ahora indíqueme con cuál de estas personitas quiere casarse, señorita Dolores—pasea frente a los tres reclutas el coronel Augusto Valdés—. Y el capellán los casa en este instante. Elija, elija, ¿cuál prefiere para papá de su futuro hijito?
—A mi señora la pescaron en la propia iglesia—se mantiene rígido en el borde de la silla el carpintero Adriano Lharque—. No la catedral, sino la del Santo Cristo de Bagazán, señor.
—Así es, queridos radioescuchas—brama el Sinchi—. A esos sacrílegos lascivos no los contuvo el temor a Dios ni el respeto debido a Su santa casa ni las nobles canas de esa matrona dignísima, semilla ya de dos generaciones loretanas.
—Comenzaron a jalonearme, ay Jesús mío, querían tumbarme al suelo—llora la señora Cristina—. Se caían de borrachos y hay que oír las lisuras que decían. Delante del altar mayor, se lo juro.
—Al alma más caritativa de todo Loreto, mi general—retumba el padre Beltrán—. ¡La ultrajaron cinco veces!
—Y también a su hijita y a su sobrinita y a su ahijadita, ya lo sé, Scavino—sopla la caspa de sus hombreras el Tigre Collazos—. ¿Pero ese cura Beltrán está con nosotros o con ellos? ¿Es o no capellán del Ejército?
—Protesto como sacerdote y también como soldado, mi general—hunde vientre, saca pecho el mayor Beltrán—. Porque esos abusos hacen tanto daño a la institución como a las víctimas.
—Está muy mal lo que pretendían los reclutas con la dama, por supuesto—contemporiza, sonríe, hace venias el general Victoria—. Pero sus parientes casi los matan a palos, no lo olvide. Aquí tengo el parte médico: costillas rotas, hematomas, desgarrón de oreja. En este caso hubo empate, doctorcito.

—¿A Iquitos? —deja de rociar la camisa y alza la plancha Pochita—. Uy, qué lejos nos mandan, Panta.
—Con madera haces el fuego que cocina tus alimentos, con madera construyes la casa donde vives, la cama donde duermes y la balsa con que cruzas el río—cuelga sobre el bosque de cabezas inmóviles, caras anhelantes y brazos abiertos el Hermano Francisco—. Con madera fabricas el arpón que pesca al paiche, la pucuna que caza al ronsoco y el cajón donde entierras el muerto. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Arrodíllense por mí!

—Es todo un señor problema, Pantoja—cabecea el coronel López López—. En Contamana, el alcalde ha dado un bando pidiendo a los vecinos que los días francos de la tropa encierren a las mujeres en sus casas.
—Y sobre todo qué lejos del mar—suelta la aguja, remacha el hilo y lo corta con los dientes la señora Leonor—. ¿Habrá muchos zancudos allá en la selva? Son mi suplicio, ya sabes.
—Fíjese en esta lista—se rasca la frente el Tigre Collazos—. Cuarentaitrés embarazadas en menos de un año. Los capellanes del cura Beltrán casaron a unas veinte, pero, claro, el mal exige medidas más radicales que los matrimonios a la fuerza. Hasta ahora castigos y escarmientos no han cambiado el panorama: soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca.

—Pero el más desanimado con el sitio pareces tú, amor—va abriendo y sacudiendo maletas Pochita—. ¿Por qué, Panta?
—Debe ser el calor, el clima, ¿no cree?—se anima el Tigre Collazos.
—Muy posiblemente, mi general—tartamudea el capitán Pantoja.
—La humedad tibia, esa exuberancia de la naturaleza—se pasa la lengua por los labios el Tigre Collazos—. A mí me sucede siempre: llegar a la selva y empezar a respirar fuego, sentir que la sangre hierve.
—Si la generala te oyera—ríe el general Victoria—, ay de tus garras, Tigre.
—Al principio pensamos que era la dieta—se da un palmazo en la barriga el general Collazos—. Que en las guarniciones se usaba mucho condimento, algo que recrudecía el apetito sexual de la gente.
—Consultamos a especialistas, incluso a un suizo que costó una punta de plata—frota dos dedos el coronel López López—. Un dietista lleno de títulos.
—Pas d’inconvenient—anota en una libretita el profesor Bernard Lahoé—. Prepararemos una dieta que, sin, disminuir las proteínas necesarias, debilite la libido de los soldados en un ochenta y cinco por ciento.
—No se le vaya a pasar la mano—murmura el Tigre Collazos—. Tampoco queremos una tropa de eunucos, doctor.
—Horcones a Iquitos, Horcones a Iquitos—se impacienta el alférez Santana—. Sí, gravísimo, de suma urgencia. No hemos obtenido los resultados previstos con la operación Rancho Suizo. Mis hombres se mueren de hambre, se tuberculizan. Hoy se desmayaron otros dos en la revista, mi comandante.
—Nada de bromas, Scavino —sujeta el teléfono entre la oreja y el hombro mientras enciende un cigarrillo el Tigre Collazos—. Le hemos dado vueltas y más vueltas y es la única solución. Allá te mando a Pantojita con su madre y su mujer. Que te aproveche.

—Pochita y yo ya nos hicimos a la idea y estamos felices de ir a Iquitos —dobla pañuelos, ordena faldas, empaqueta zapatos la señora Leonor—. Pero tú sigues con el alma en los pies. Cómo es eso, hijito.
—Usted es el hombre, Pantoja—se pone de pie y lo coge por los brazos el coronel López López—. Usted va a poner fin a este quebradero de cabeza.
—Después de todo es una ciudad, Panta, y parece que linda —arroja trapos a la basura, hace nudos, cierra carteras Pochita—. No pongas esa cara, peor hubiera sido la puna ¿no?

—La verdad, mi coronel, no me imagino cómo —traga saliva el capitán Pantoja—. Pero haré lo que me ordenen, naturalmente.
—Por lo pronto, irse a la selva—coge un puntero y marca su lugar en el mapa el coronel López López—Su centro de operaciones será Iquitos.
—Vamos a llegar a la raíz del problema y a liquidarlo en su mata—golpea su mano abierta con el puño el general Victoria—. Porque, como usted lo habrá adivinado, Pantoja, el problema no es sólo el de las señoras atropelladas.
—También el de los reclutas condenados a vivir como castas palomas en ese calor tan pecaminoso—chasquea la lengua el Tigre Collazos—. Servir en la selva es bravo. Pantoja, muy bravo.
—En los caseríos amazónicos todas las faldas tienen dueño —acciona el coronel López López—. No hay bulines ni niñas pendejas ni nada que se les parezca.
—Se pasan la semana encerrados, cumpliendo misiones en el monte, soñando con su día franco —imagina el general Victoria—. Caminan kilómetros hasta el pueblo más cercano. ¿Y qué ocurre cuando llegan?
—Nada, por la maldita falta de hembras —encoge los hombros el Tigre Collazos—. Entonces, los que no se la corren, pierden los estribos y a la primera copita de anisado se lanzan como pumas sobre lo que se les pone delante.
—Se han dado casos de mariconería y hasta de bestialismo —precisa el coronel López López—. Figúrese que un cabo de Horcones fue sorprendido haciendo vida marital con una mona.
—La simio responde al absurdo apelativo de Mamadera de la Cuadra
Quinta—aguanta la risa el alférez Santana—. O, más bien, respondía, porque la maté de un balazo. El degenerado esta en el calabozo, mi coronel.
—Total, la abstinencia nos trae una corrupción de los mil diablos —dice el general Victoria—. Y desmoralización, nerviosismo, apatía.
—Hay que dar de comer a esos hambrientos, Pantoja —lo mira solemne a los ojos el Tigre Collazos—. Ahí entra usted, ahí es donde va a aplicar su cerebro organizador.

—¿Por qué te quedas todo atontado y calladito, Panta? —guarda el pasaje en su cartera y pregunta ¿por dónde la salida al avión? Pochita—. Tendremos un gran río, podremos bañarnos, hacer paseos a las tribus. Anímate, zonzo.
—¿Qué te pasa que estás tan raro, hijito? —observa las nubes, la hélices, los árboles la señora Leonor—. En todo el viaje no has abierto la boca. ¿Qué te preocupa tanto?
—Nada mamá, nada Pochita —se abrocha el cinturón de seguridad Panta—. Estoy bien, no me pasa nada. Miren, ya estamos llegando. Ése debe ser el Amazonas ¿no?
—Todos estos días has estado hecho un idiota —se pone los anteojos de sol, se quita el abrigo Pochita—. No decías una palabra, soñabas con los ojos abiertos. Uy, qué infierno es esto. Nunca te he visto tan cambiado, Panta.
—Estaba un poco inquieto con mi nuevo destino, pero ya pasó—saca la cartera, alarga unos billetes al chofer Panta—. Sí, maestro, al número 549, el Hotel Lima. Espera, mamá, te ayudo a bajar.
—¿Eres militar, no?—lanza su bolsa de viaje sobre una silla, se descalza Pochita—. Sabías que te podían mandar a cualquier lado. Iquitos no está mal, Panta, ¿no ves que parece un sitio simpático?
—Tienes razón, me he portado como un tonto—abre el ropero, cuelga un uniforme, un terno Panta—. Quizá me había encariñado mucho con Chiclayo; palabra que ya pasó. Bueno, a deshacer maletas. Qué calorcito éste ¿no, chola?
—Por mí, me quedaría viviendo toda la vida en el hotel—se tumba de espaldas en la cama, se despereza Pochita—. Te hacen todo, no hay que preocuparse de nada.
—¿Y estaría bien recibir al cadete Pantoja en un hotelito?—se quita la corbata, la camisa Panta.
—¿Al cadete Pantoja?—abre los ojos, desabotona su blusa, apoya un codo en la almohada Pochita—. ¿De veras? ¿Ya podemos encargarlo, Pantita?
—¿No te prometí cuando llegue el tercer fideo?—estira su pantalón, lo dobla y lo cuelga Panta—. Será loretano, qué te parece.
—Maravilloso, Panta —ríe, aplaude, rebota en el colchón Pochita—. Uy, qué felicidad, el cadetito, Pantita Junior.
—Hay que encargarlo cuanto antes—abre y adelanta las manos Panta—. Para que llegue rapidito. Ven, chola, dónde te escapas.
—Oye, oye, qué te pasa—salta de la cama. Corre hacia el cuarto de baño Pochita—. ¿Te has vuelto loco?
—Ven, ven, el cadetito—se tropieza con una maleta vuelca una silla Panta—. Encarguémoslo ahora mismo. Anda, Pochita.
—Pero si son las once de la mañana, si acabamos de llegar—manotea, aparta, empuja, se enoja Pochita—. Suelta, nos va a oír tu mamá, Panta.
—Para estrenar Iquitos, para estrenar el hotel—jadea lucha, abraza, se resbala Pantita—. Ven, amorcito.

—Ya ve lo que ha ganado con tanta denuncia y tanto parte—blande un oficio atestado de sellos y firmas el general Scavino—. También usted tiene culpa en esto, comandante Beltrán: mire lo que viene a organizar en Iquitos ese sujeto.

—Me vas a romper la falda—se escuda tras el ropero, lanza una almohada, pide paz Pochita—. No te reconozco, Panta, tú siempre tan formalito, qué te está pasando. Deja, yo me la quito.

—Quería curar un mal, no causarlo—lee y relee la carta abochornada del comandante Beltrán—. Nunca imaginé que el remedio sería peor que la enfermedad, mi general. Inconcebible, inicuo. ¿Va usted a permitir este horror?

—El sostén, las medias—transpira, se echa, se encoge, se estira Pantita—. El Tigre tenía razón: la humedad tibia, se respira fuego, la sangre hierve. Anda, pellízcame donde me gusta. La orejita, Pocha.
—Me da vergüenza de día, Panta—se queja, se envuelve en la colcha, suspira Pochita—. Te vas a quedar dormido, ¿no tienes que estar en la Comandancia a las tres?, siempre te quedas.
—Me pego una ducha—se arrodilla, se dobla, desdobla Pantita—. No me hables, no me distraigas. Pellízcame en la orejita. Así, asisito. Ay, ya siento que me muero, chola, ya no sé quién soy.

—Sé muy bien quién es usted y a qué viene a Iquitos—murmura el general Roger Scavino—. Y de entrada le disparo que no me alegra en absoluto su presencia en esta ciudad. Las cosas claras desde el principio, capitán.
—Disculpe, mi general—balbucea el capitán Pantoja—. Debe haber algún malentendido.
—No estoy de acuerdo con el Servicio que viene a organizar—acerca la calva al ventilador y entrecierra un instante los ojos el general Scavino—. Me opuse desde un comienzo y sigo pensando que es una barbaridad.
—Y, sobre todo, una inmoralidad sin nombre—se abanica con furia el padre Beltrán.
—El comandante y yo nos hemos callado porque la superioridad manda—despliega su pañuelo y se seca el sudor de la frente, de las sienes, del cuello el general Scavino—. Pero no nos han convencido, capitán.
—Yo no tengo nada que ver con este proyecto, mi general—transpira inmóvil el capitán Pantoja—. Me llevé la sorpresa de mi vida cuando me lo comunicaron, Padre.
—Comandante—corrige el padre Beltrán—. ¿No sabe contar los galones?
—Perdón, mi comandante—choca ligeramente los tacos el capitán Pantoja—. No he intervenido para nada, se lo aseguro.
—¿No es usted uno de los cerebros de Intendencia que han concebido esta porquería?—coge el ventilador, lo enfrenta a su cara, cráneo, y carraspea el general Scavino—. De todos modos, hay algunas cosas que deben quedar sentadas. No puedo evitar que esto prospere, pero haré que salpique lo menos posible a las Fuerzas Armadas. Nadie va a empañar la imagen que el Ejército ha conquistado en Loreto desde que estoy al frente de la Quinta Región.
—Ése es también mi deseo—mira por sobre el hombro del general el agua barrosa del río, una lancha cargada de plátanos, el cielo azul, el sol ígneo el capitán Pantoja—. Estoy dispuesto a hacer lo posible.
—Porque aquí se armaría la de Dios es Cristo, si trasciende la noticia—alza la voz, se levanta, apoya las manos en el alféizar de la ventana el general Scavino—. Los estrategas de Lima planean muy tranquilos cochinadas en sus escritorios, porque el que aguantará la tormenta si la cosa se hace pública es el general Scavino.
—Estoy de acuerdo con usted, tiene que creerme—suda, ve empaparse los brazos de su uniforme, implora el capitán Pantoja—. Yo no hubiera pedido jamás esta misión. Es algo tan distinto de mi trabajo habitual que ni siquiera sé si seré capaz de cumplirla.

—Sobre madera tu padre y tu madre se juntaron para hacerte y sobre madera pujó y se abrió de piernas para parirte la que te parió—ulula y truena, allá arriba, en la oscuridad el Hermano Francisco—. La madera sintió su cuerpo, se enrojeció con su sangre, recibió sus lágrimas, se humedeció con su sudor. La madera es sagrada, el leño trae salud. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Abran los brazos por mí!

—Por esa puerta desfilarán decenas de personas, esta oficina se llenará de protestas, de pliegos con firmas, de cartas anónimas —se agita, da unos pasos, regresa, abre y cierra el abanico el padre Beltrán—. Toda la Amazonía pondrá el grito en el cielo y pensará que el arquitecto del escándalo es el general Scavino.
—Ya oigo al demagogo del Sinchi vomitando calumnias contra mí por el micrófono—se vuelve, se demuda el general Scavino.
—Mis instrucciones son que el Servicio funcione en el mayor secreto—se atreve a quitarse el quepí, a pasarse un pañuelo por la frente, a limpiarse los ojos el capitán Pantoja—. En todo momento tendré muy en cuenta esa disposición, mi general.
—¿Y qué diablos podría inventar para aplacar a la gente?—grita, contornea el escritorio el general Scavino—. ¿Han pensado en Lima el papelito que me tocara representar?
—Si usted lo prefiere, puedo pedir hoy mismo mi traslado—palidece el capitán Pantoja—. Para demostrarle que no tengo ningún interés en el Servicio de Visitadoras.
—Vaya eufemismo que se han buscado los genios—taconea de espaldas, mirando el río que destella, las cabañas, la llanura de árboles el padre Beltrán—. Visitadoras, visitadoras.
—Nada de traslados, me mandarían otro intendente en una semana —vuelve a sentarse, a ventilarse, a enjugarse la calva el general Scavino—. De usted depende que esto no perjudique al Ejército. Tiene sobre los hombros una responsabilidad del tamaño de un volcán.
—Puede dormir tranquilo, mi general—endurece el cuerpo, echa atrás los hombros, mira al frente el capitán Pantoja—. El Ejército es lo que más respeto y quiero en la vida.
—La mejor manera que tiene ahora de servirlo, es manteniéndose alejado de él —suaviza el tono y ensaya una expresión amable el general Scavino—. Mientras esté al mando de ese Servicio, al menos.
—¿Perdón?—pestañea el capitán Pantoja—. ¿Cómo dice?
—No quiero que ponga los pies jamás en la Comandancia ni en los cuarteles de Iquitos—expone a las aspas zumbantes e invisibles la palma, el dorso de las manos el general Scavino—. Queda exceptuado de asistir a todos los actos oficiales, desfiles, tedéums. También de llevar uniforme. Vestirá únicamente de civil.
—¿Debo venir de paisano incluso a mi trabajo?—sigue pestañeando el capitán Pantoja.
—Su trabajo va a estar muy lejos de la Comandancia—lo observa con recelo, con consternación, con piedad el general Scavino—. No sea ingenuo, hombre. ¿Se le ocurre que le podría abrir una oficina aquí, para el tráfico que va a organizar? Le he afectado un depósito en las afueras de Iquitos, a orillas del río. Vaya siempre de paisano. Nadie debe enterarse que ese lugar tiene la menor vinculación con el Ejército. ¿Comprendido?
—Sí, mi general—sube y baja la cabeza el boquiabierto capitán Pantoja—. Sólo que, en fin, no me esperaba una cosa así. Va a ser, no sé, como cambiar de personalidad.
—Haga de cuenta que lo han destacado al Servicio de Inteligencia—abandona la ventana, se le acerca, le concede una sonrisa benevolente el comandante Beltrán—que su vida depende de su capacidad de pasar desapercibido.
—Trataré de adaptarme, mi general—balbucea el capitán Pantoja.
—Tampoco conviene que viva en la Villa Militar, así que búsquese una casita en la ciudad—desliza el pañuelo por sus cejas, orejas, labios y nariz el general Scavino—. Y le ruego que no tenga relación con los oficiales.
—¿Quiere decir relación amistosa, mi general?—se atora el capitán Pantoja.
—No va a ser amorosa—ríe o ronca o tose el padre Beltrán.
—Ya sé que es duro, le va a costar—asiente con amabilidad el general Scavino—. Pero no hay otra fórmula, Pantoja. Su misión lo pondrá en contacto con toda la ralea de la Amazonía. La única manera de evitar que eso rebote sobre la institución, es sacrificándose usted mismo.
—En resumidas cuentas, debo ocultar mi condición de oficial—divisa a lo lejos un niño desnudo que trepa a un árbol, una garza rosada y coja, un horizonte de matorrales que llamean el capitán Pantoja—. Vestir como un civil, juntarme con civiles, trabajar como civil.

—Pero pensar siempre como militar—da un golpecito en la mesa el general Scavino—. He designado un teniente para que nos sirva de enlace. Se verán una vez por semana y a través de él me rendirá cuenta de sus actividades.
—No se preocupe lo mas mínimo: seré una tumba—empuña el vaso de cerveza y dice salud el teniente Bacacorzo—. Estoy al tanto de todo, mi capitán. ¿Le parece bien que nos veamos los martes? He pensado que el punto de reunión fueran siempre barcitos, bulines. Ahora tendrá que frecuentar mucho estos ambientes ¿no?
—Ha hecho que me sienta un delincuente, una especie de leproso—pasa revista a los monos, loros y pájaros disecados, a los hombres que beben de pie en el mostrador el capitán Pantoja—. ¿Cómo diablos voy a comenzar a trabajar si el mismo general Scavino me sabotea? Si la propia superioridad empieza por desanimarme, por pedirme que me disfrace, que no me deje ver.

—Fuiste a la Comandancia tan contento y otra vez vuelves con cara de lelo—se empina, le da un beso en la mejilla Pochita—. ¿Qué pasó, Panta? ¿Llegaste tarde y te resondró el general Scavino?

—Yo lo ayudaré en lo que pueda, mi capitán—le ofrece rajitas de chonta fritas el teniente Bacacorzo—. No soy un especialista, pero haré lo posible. No se queje, muchos oficiales darían cualquier cosa por estar en su pellejo. Piense en la libertad que va a tener; usted mismo decidirá sus horarios, su sistema de trabajo. Aparte de otras cosas ricas, mi capitán.
—¿Vamos a vivir aquí, en este sitio tan feo?—mira las paredes desconchadas, el entarimado sucio, las telarañas del techo la señora Leonor—. ¿Por qué no te han dado una casa en la Villa Militar que es tan bonita? Otra vez tu falta de carácter, Panta.
—No crea que me pongo derrotista, Bacacorzo, sólo que ando terriblemente despistado—prueba, mastica, traga, susurra rico el capitán Pantoja—. Soy un buen administrador, eso sí. Pero me han sacado de mi elemento y en esto no sé atar ni desatar.
—¿Ya echó un vistazo a su centro de operaciones?—llena de nuevo los vasos el teniente Bacacorzo—. El general Scavino ha pasado una circular: ningún oficial de Iquitos puede acercarse a ese depósito del río Itaya, so pena de treinta días de rigor.
—Todavía no, iré mañana temprano—bebe, se limpia la boca, contiene un eructo el capitán Pantoja—. Porque, seamos francos, para cumplir esta misión como se pide, habría que tener experiencia en la materia. Conocer el mundo noctámbulo, haber sido un poco farrista.

—¿Vas a ir a la Comandancia así, Panta?—se le aproxima, palpa la camisa sin mangas, olfatea el pantalón azul, la gorrita jockey Pochita—. ¿Y tu uniforme?
—Desgraciadamente, no es mi caso—se entristece, esboza un ademán avergonzado el capitán Pantoja—. No he sido nunca jaranista. Ni siquiera de muchacho.
—¿Que no podemos juntarnos con las familias de los oficiales?—esgrime el plumero, la escoba, un balde, sacude, limpia, barre, se espanta la señora Leonor—. ¿Que tenemos que vivir como si fuéramos civiles?
—Fíjese que, de cadete, los días de salida prefería quedarme estudiando en la escuela—recuerda nostálgico el capitán Pantoja—. Dándole duro a las matemáticas, sobre todo, es lo que más me gusta. Nunca iba a fiestas.
Aunque le parezca mentira, solo he aprendido los bailes más fáciles: el bolerito y el vals.
—¿Que ni los vecinos deben saber que eres un capitán?—refriega vidrios, baldea suelos, pinta paredes, se asusta Pochita.
—Así que lo que me ocurre es tremendo—mira alrededor con aprensión, le habla muy cerca del oído el capitán Pantoja—. ¿Cómo puede organizar un Servicio de Visitadoras alguien que no ha tenido contacto con visitadoras en su vida, Bacacorzo?
—¿Una misión especial?—encera puertas, empapela armarios, cuelga cuadros Pochita—. ¿Vas a trabajar con el Servicio de Inteligencia? Ah, ya capto tanto misterio, Panta.
—Me imagino a esos millares de soldados que esperan, que confían en mí—escruta las botellas, se emociona, sueña el capitán Pantoja—, que cuentan los días y piensan ya vienen, ya van a llegar, y se me ponen los pelos de punta, Bacacorzo.
—Qué secreto militar ni qué ocho cuartos—ordena roperos, cose visillos, desempolva pantallas, enchufa lámparas la señora Leonor—. ¿Secretos con tu mamacita? Cuenta, cuenta.

—Yo no quiero defraudarlos—se angustia el capitán Pantoja—. ¿Pero por dónde miéchica voy a empezar?
—Si no me cuentas, saldrás perdiendo—tiende camas, pone tapetes, barniza muebles, ordena vasos, platos y cubiertos en el aparador Pochita—. Nunca más pellizquitos donde te gusta, nunca más mordisquitos en la oreja. Como tú prefieras, hijito.

—Por el principio, mi capitán—lo anima con una sonrisa y un brindis el teniente Bacacorzo—. Si las visitadoras no vienen hacia el capitán Pantoja, el capitán Pantoja debe ir hacia las visitadoras. Es lo más sencillo, me parece.

—¿De espía, Panta?—se frota las manos, contempla la habitación, murmura cuánto hemos mejorado esta pocilga ¿no, señora Leonor? Pochita—. ¿Como en las películas? Uy, amor, qué emocionante.

—Dése una vueltecita esta noche por los sitios putañeros de Iquitos—apunta direcciones en la servilleta el teniente Bacacorzo—. El “Mao Mao”, el “007”, “El gato tuerto”, “El Sanjuancito”. Para familiarizarse con el ambiente. Yo lo acompañaría encantado, pero, ya sabe, las instrucciones de Scavino son terminantes.

—¿Adónde tan pije, hijito?—la señora Leonor dice sí, nadie la reconocería, Pochita, nos merecemos un premio—. Caramba, como te has puesto, hasta corbata. Te vas a asar de calor. ¿Una reunión de alto nivel? ¿De noche? Qué chistoso que estés de agente secreto, Panta.
Si, shhht, shht, me callo.

—Pregunte en cualquiera de esos sitios por el Chino Porfirio—dobla y le guarda la servilleta en el bolsillo el teniente Bacacorzo—. Es un tipo que lo puede ayudar. Consigue ‘lavanderas’ a domicilio. ¿Sabe lo que son, no?

—Por eso Él no murió ahogado, ni quemado, ni ahorcado, ni apedreado ni despellejado—gime y llora sobre el chisporroteo de antorchas y el rumor de rezos el Hermano Francisco—. Por eso fue clavado en un leño, por eso prefirió la cruz. Oiga quien quiera oír, entienda quien quiera entender. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Dense tres golpes en el pecho por mí!

—Buenas noches, ejem, hmm, achís—se suena, se sienta en la banqueta, se apoya en la barra Pantaleón Pantoja—. Sí, una cerveza, por favor. Acabo de llegar a Iquitos, me estoy poniendo al día con la ciudad. ¿”Mao Mao” se llama este local? Ah, por eso las flechitas, los totems, ya veo.

—Aquí la tiene, heladita—sirve, seca el vaso, señala el salón el mozo—. Sí, “Mao Mao”. Casi no hay nadie porque es lunes.
—Me gustaría averiguar algo, ejem, hmm, hmm—se aclara la garganta Pantaleón Pantoja—, si fuera posible. Para información, simplemente.
—¿Dónde se consiguen gilas? —forma una argolla con el pulgar y el índice el mozo—. Aquí mismo, pero hoy se fueron a ver al Hermano Francisco, el santo de la cruz. Se vino desde el Brasil a patita, dicen, y también que hace milagros. Pero mire quién entra. Oye, Porfirio, ven acá. Te presento al señor, está interesado en informaciones turísticas.
—¿Bulines y polillas?—le guiña un ojo, le hace una reverencia, le da la mano el Chino Porfirio—. Pol supuesto, señol. Encantado lo pongo al tanto en dos minutos. Le va a costal una celveciola, ¿balato, veldá?
—Mucho gusto—le indica que se siente en la banqueta vecina Pantaleón Pantoja—. Sí, claro, una cerveza. No se vaya a confundir, no tengo un interés personal en esto, sino más bien técnico.
—¿Técnico?—hace ascos el mozo—. Espero que no sea usted soplón, señor.
—Bulines, hay poquitos—muestra tres dedos el Chino Porfirio—. A su salud y buena vida. Dos decentes y uno bajetón, pa mendigos. Y hay también las polillas que van de casa en casa, pol su cuenta. Las lavandelas’ ¿sabía?

—¿Ah, sí? Qué interesante—lo estimula con sonrisas Pantaleón Pantoja—. Pura curiosidad, yo no frecuento esos sitios. ¿Usted tiene vinculaciones? Quiero decir ¿amistades, contactos en esos lugares?
—El Chino está en su querencia donde hay puterío—se ríe el mozo—. Lo llamaban el Fumanchú de Belén, ¿no, compadre? Belén, el barrio de las casas flotantes, la Venecia de la Amazonía, ¿ya se paseó por ahí?
—Yo he hecho de todo en la vida y no me pesa, señol—sopla la espuma y bebe un trago el Chino Porfirio—. No gané plata pelo sí expeliencia. Boletelo de cine, motolista de lancha, cazadol de sepientes pa la expoltación.
—Y de todos los empleos te botaron por putañero y pendejo, hermano—le enciende un cigarrillo el mozo—. Cantale al señor lo que te profetizo tu mamacita. Chino que nace pobletón Muele cafiche o ladlón—canta y se celebra con carcajadas el Chino Porfirio—. Ay, mi mamacita linda que está en el santo cielo. Como sólo se vive una vez, hay que vivila ¿no es así? ¿Nos aventamos la segunda heladita de la noche, señol?
—Está bien, pero, ejem, hmm—se ruboriza Pantaleón Pantoja—, se me ocurre algo mejor. ¿Por qué no cambiamos de decorado mi amigo?
—¿El señor Pantoja?—transpira miel la señora Chuchupe—. Encantadísima y adelante, ésta es su casa. Aquí tratamos bien a todo el mundo, salvo a los conchudos de los milicos, que piden rebaja. Hola, Chinito bandido.
—El señol Pantoja viene de Lima y es un amigo—besa mejillas, pellizca traseros el Chino Porfirio—. Va a ponel un negocito aquí. Ya sabes, sevicio de lujo, Chuchupe. Este enano se llama Chupito y es la mascota del local, señol.
—Mas bien di capataz, barman y guardaespaldas, conchetumadre—alcanza botellas, recoge vasos, cobra cuentas, enciende el tocadiscos, arrea mujeres a la pista de baile Chupito—. ¿O sea que es la primera vez que viene a Casa Chuchupe? No será la última, ya verá. Hay pocas chicas porque se han ido a ver al Hermano Francisco, el que levantó esa gran cruz junto al lago Morona.
—Yo también estuve ahí, había muchísima gente y los catelistas debían hacel su agosto—distribuye adioses el Chino Porfirio—. Un discuseadol fantástico, el Hemano. Se le entendía poco, pelo emocionaba a la gente.

—Todo lo que clavas en el leño es ofrenda, todo lo que acaba en la madera sube y lo recibe EL QUE MURIÓ EN LA CRUZ—salmodia el Hermano Francisco—. La mariposa de colores que alegra la mañana, la rosa que perfuma el aire, el murciélago de ojitos que fosforecen en la noche y hasta el pique que se incrusta bajo las uñas. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Planten cruces por mí!

—Qué cara de hombre serio, aunque no lo será tanto si anda con este Chino—limpia una mesa con el brazo, ofrece sillas, se azucara Chuchupe—. A ver, Chupito, una cerveza y tres vasos. La primera rueda invita la casa.
—¿Sabe qué es una chuchupe?—silba, enseña una puntita de lengua el Chino Porfirio—. La víbola mas venenosa de la Amazonía. Ya se imagina las cosas que dilá del génelo humano esta señola pa ganase semejante apodo.
—Calla, zarrapastroso—le tapa la boca, sirve los vasos, sonríe Chuchupe—. A su salud, señor Pantoja, bienvenido a Iquitos.
—Una lengua vipelina—enseña los desnudos trenzados de las paredes, el espejo lesionado, las pantallas coloradas, los flecos danzantes del sillón multicolor el Chino Porfirio—. Sólo que es buena amiga y esta casa, aunque tiene sus añitos, es la mejol de Iquitos
—Échele una ojeada a lo que queda del material, si no—va señalando Chupito—: zambitas, blancas, japonesas, hasta una albina. Mucho ojo el de Chuchupe para escoger a su gente, señor.
—Qué buena música, a uno le pican los pies—se levanta, coge del brazo a una mujer, la arrastra a la pista, baila el Chino Porfirio—. Un pemisito, pa sacudil el esqueleto. Ven acá, potoncita.
—¿Puedo invitarle a una cerveza, señora Chuchupe?—mima una incómoda sonrisa y susurra Pantaleón Pantoja—. Me gustaría pedirle algunos datos, si no es molestia.
—Qué sinvergüenza simpático este Chino, nunca tiene medio pero cómo alegra la noche—arruga un papel, lo lanza hacia la cabeza de Porfirio, da en el blanco Chuchupe—. No sé qué le ven, todas se mueren por él.
Mírelo como se disloca.
—Cosas relacionadas con su, ejem, hmm, negocio—insiste Pantaleón Pantoja.
—Sí, encantada—se pone sería, lo autopsia con la mirada Chuchupe—, pero yo no creía que había venido a hablar de negocios sino a otra cosa, señor Pantoja.
—Me duele horriblemente la cabeza—se acurruca, se cubre con las sábanas Pantita—. Tengo descomposición de cuerpo, escalofríos.
—Cómo no te va a doler, cómo no vas a tener, y además me alegro mucho—taconea Pochita—. Te acostaste cerca de las cuatro y llegaste cayéndote, idiota.
—Has vomitado tres veces—trajina entre ollas, lavadores y toallas la señora Leonor—, has dejado oliendo todo el cuarto, hijito.

—Tú me vas a explicar qué significa esto, Panta—se acerca a la cama, echa chispas por los ojos Pochita.
—Ya te lo he dicho, amor, es cosa del trabajo—se queja entre almohadas Pantita—. Sabes de sobra que no tomo, que no me gusta trasnochar. Hacer estas cosas es un suplicio para mí, chola.
—¿Quiere decir que vas a seguir haciéndolas?—gesticula, hace pucheros Pochita—. ¿Acostarte al amanecer, emborracharte? Esto si que no, Panta, te juro que eso sí que no.
—Vamos, no se peleen—cuida el equilibrio del vaso, de la jarra, de la bandeja la señora Leonor—. Anda, hijito, ponte estos pañitos fríos y tómate este alka—seltzer. Rápido, con las burbujitas.
—Es mi trabajo, es la misión que me han dado—se desespera, se adelgaza, se pierde la voz de Pantita—. Si yo odio esto, tienes que creerme. No te puedo decir nada, no me hagas hablar, sería gravísimo para mi carrera. Ten confianza en mí, Pocha.
—Has estado con mujeres—estalla en sollozos Pochita—. Los hombres no se emborrachan hasta el amanecer sin mujeres. Estoy segura que estuviste, Panta.
—Pocha, Pochita, se me parte la cabeza, me duele la espalda—sujeta un paño sobre la frente, manotea bajo la cama, acerca una bacinica, escupe saliva y bilis Pantita—. No llores, me haces sentirme un criminal y no lo soy, te juro que no lo soy.
—Cierra los ojitos, abre la jetita—avanza una taza humeante, frunce la boca la señora Leonor—. Y ahora este cafecito calientito, hijito.

SVGPFA

Parte número uno

ASUNTO GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines.
ASUNTO ESPECÍFICO: Acondicionamiento del puesto de mando y evaluación de lugar aparente para enganche.
CARACTERÍSTICAS: secreto.
FECHA Y LUGAR: Iquitos, 12 de agosto de 1956.

El suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, encargado de organizar y poner en funcionamiento un Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA) en toda la región amazónica, respetuosamente se presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:
1. Que apenas llegado a Iquitos se apersonó a la Comandancia de la V Región (Amazonía) para presentar su saludo al general Roger Scavino, comandante en jefe, quien, luego de recibirlo con amabilidad y cordial simpatía, procedió a comunicarle algunas providencias tomadas para la más eficaz puesta en marcha de la misión que le ha sido confiada, a saber: que a fin de cautelar el buen nombre de la institución, conviene que el suscrito no se apersone nunca a la Comandancia ni a los cuarteles de esta ciudad, ni vista el uniforme, ni se domicilie en la Villa Militar, ni tenga relaciones con los oficiales de la plaza, es decir que actúe en todo momento como un civil, ya que las personas y ambientes que deberá frecuentar (la ralea, la sociedad prostibularia) no se condicen con las previsibles juntas de un capitán de la Fuerza Armada. Que acata estrictamente estas disposiciones, pese a lo triste que le resulta ocultar su condición de oficial de nuestro Ejército, de la que se siente orgulloso, y mantenerse apartado de sus compañeros de armas, a quienes considera sus hermanos, y pese a la delicada situación familiar que ello le crea, por cuanto también está obligado a guardar ante su señora madre y su propia esposa la más absoluta reserva sobre la misión, y por tanto a faltar a la verdad casi todo el tiempo en aras de la armonía familiar y buen éxito del trabajo. Que acepta estos sacrificios, consciente de lo impostergable de la operación que la superioridad le ha encargado y de los intereses de nuestros soldados que sirven a la Patria en las comarcas más remotas de la selva;
2. Que ya ha tomado posesión del emplazamiento sito a orillas del río Itaya, afectado por la Comandancia de la V Región para puesto de mando y centro logístico (reclutador/proveedor) del Servicio de Visitadoras. Que ya se han colocado a sus órdenes los soldados destacados al Servicio, quienes responden a los nombres de Sinforoso Caiguas y Palomino Rioalto y a quienes, con muy buen criterio, la superioridad ha elegido por sus dotes de excelente comportamiento, docilidad y cierta indiferencia ante personas del otro sexo, pues, caso contrario, el tipo de trabajo que tendrán y la idiosincrasia del medio que los envolverá, podrían suscitar en ellos tentaciones y consiguientes problemas para el Servicio. El suscrito desea hacer constar que el sitio donde se halla situado el puesto de mando y centro logístico reviste las mejores condiciones: ante todo, amplitud y vecindad del medio de transporte (río Itaya); luego, estar protegido de miradas indiscretas, pues la ciudad se halla bastante lejos y el lugar poblado más próximo, el molino de arroz Garote, se levanta en la orilla opuesta (no hay puente). De otro lado, goza de buenas posibilidades topográficas para instalar un pequeño embarcadero, de modo que todos los envíos y recepciones, cuando el Servicio de Visitadoras haya establecido su sistema circulatorio, puedan efectuarse bajo la vigilancia directa del puesto de mando;
3. Que la primera semana, el suscrito debió concentrar todo su tiempo y esfuerzos en la limpieza y adecentamiento del local, semicuadrilátero de 1.323 metros cuadrados (una cuarta parte de cuya superficie se halla techada con calamina), cercado de tabiques de madera y con dos portones, uno sobre la trocha a Iquitos y otro sobre el río. La parte con techo es de 327 metros cuadrados y está pavimentada; consta de dos plantas, siendo la superior sólo un volado de madera con baranda, al que conduce una escalerita de bombero. El suscrito ha instalado allí su puesto de mando, oficina particular, caja y archivo. En la parte inferior—que puede ser observada, en todo momento, desde el puesto de mando—se han colgado hamacas para Sinforoso Caiguas y Palomino Rioalto, y erigido un retrete de confección rústica (el desagüe es el río). La parte descubierta es un canchón de tierra, con todavía algunos árboles;
Que una semana para el acondicionamiento del lugar podría parecer excesivo, sintomático de lenidad o pereza, pero lo cierto es que el emplazamiento se encontraba en condiciones inutilizables, y, con permiso de la expresión, inmundas, por las razones que se exponen: aprovechando que el Ejército lo tenía abandonado, este depósito había venido sirviendo para prácticas heterogéneas e ilegales. Es así que se habían posesionado de él unos seguidores del Hermano Francisco, sujeto de origen extranjero, fundador de una nueva religión y presunto hacedor de milagros, que recorre a pie y en balsa la Amazonía brasileña, colombiana, ecuatoriana y peruana, alzando cruces en las localidades por donde pasa, y haciéndose crucificar él mismo, para predicar en esta extravagante postura, sea en portugués, español o lenguas de chunchos. Acostumbra anunciar catástrofes y exhorta a sus devotos (innúmeros, pese a la hostilidad que le profesan la Iglesia Católica y las protestantes, debido al carisma del sujeto, sin duda muy grande, pues su prédica no sólo hace mella en gente simple e inculta, sino también en personas con educación, como ha ocurrido por ejemplo y por desgracia con la propia madre del suscrito), a desprenderse de sus bienes y a construir cruces de madera y hacer ofrendas para cuando llegue el fin del mundo, lo que asegura será prontísimo. Aquí en Iquitos, por donde el Hermano Francisco ha pasado estos días, existen numerosas ‘arcas’ (así se llaman los templos de la secta creada por este individuo en quien, si la superioridad lo juzga adecuado, el Servicio de Inteligencia debería quizás interesarse) y un grupo de ‘hermanos’ y ‘hermanas’, como se dicen entre ellos, había convertido este depósito en ‘arca’. Tenían instalada una cruz para sus antihigiénicas y crueles ceremonias, que consisten en crucificar toda clase de animales, a fin de que su sangre bañe a los adictos arrodillados al pie de la cruz. Es así que el suscrito encontró en el local incontables cadáveres de monos, perros, tigrillos y hasta loros y garzas, lamparones y manchas de sangre por doquier y, sin duda, enjambres de gérmenes infecciosos. Que el día que el suscrito ocupó el local hubo que recurrir a la fuerza pública para desalojar a los Hermanos del Arca, en el momento que se disponían a clavar un lagarto, el mismo que fue decomisado y entregado a la Proveeduría Militar de la V Región;
Que, anteriormente, este infortunado local había sido usado por un brujo o curandero, al que los ‘hermanos’ expulsaron por métodos compulsivos, el Maestro Poncio, quien celebraba aquí ceremonias nocturnas con ese cocimiento de cortezas, la ayahuasca, que, al parecer, cura enfermedades y provoca alucinaciones, pero también, lamentablemente, trastornos físicos instantáneos, como abundantes esputos, caudalosos orines y masiva diarrea, excrecencias que, junto con los posteriores cadáveres de animales sacrificados y los muchos gallinazos y alimañas que llegaban hasta aquí imantados por los desperdicios y la carroña, habían convertido este lugar en un verdadero infierno para la vista y el olfato. El suscrito debió procurar a Sinforoso Caiguas y Palomino Rioalto lampas, rastrillos, escobas, baldes (véanse recibos 1, 2 y 3) para que, trabajando diligentemente bajo su control, quemaran las basuras, baldearan suelo y paredes y desinfectaran todo con creso. Luego ha sido preciso envenenar y taponear las madrigueras y sembrar trampas para atajar la invasión de roedores, tan abundantes y desaprensivos que, aunque parezca exageración, salían y caminaban con parsimonia ante los ojos del suscrito y hasta tropezaban en sus pies. Se ha procedido al encalado y pintura de las paredes, lo que reclamaban insistentemente los destrozos, inscripciones, dibujos desvergonzados (también escondite de amores culpables debió haber sido el recinto) y las crucesitas de los ‘hermanos’ que lucían. Asimismo, ha sido preciso adquirir en el Mercado de Belén, a precios de ocasión, algunos muebles de escritorio como mesa, silla, tablón y archivador para el puesto de mando (recibos 4, 5, 6 y 7). En cuanto al solar descubierto, en el que todavía aparecen muchos objetos abandonados por el Ejército desde la época en que lo utilizaba como depósito (latas, material motorizado en ruinas) que el Servicio de Visitadoras no ha querido destruir en espera de órdenes, ha sido acabado de desbrozar y debidamente limpiado (hasta una serpiente muerta se encontró bajo un matorral), con todo lo cual el suscrito tiene el honor de decir que en siete días, imponiéndose, eso sí, faenas de diez y hasta doce horas, ha conseguido convertir el indescriptible muladar que recibió, en un sitio habitable, sencillo pero ordenado, limpio y hasta grato, tal cual corresponde a toda dependencia de nuestro Ejército, aun clandestina como es el caso de la presente;
4. Que una vez acondicionado el emplazamiento, el suscrito ha procedido a levantar diversos mapas y organigramas para distinguir con la mayor exactitud el área que abarcará el SVGPFA, el número potencial de usuarios que tendrá y las rutas que seguirán sus convoyes. Que la primera evaluación topográfica sumariza las siguientes cifras: el Servicio de Visitadoras cubrirá un área aproximada de 400.000 kilómetros cuadrados, que incluye como centros usuarios potenciales a 8 Guarniciones, 26 Puestos y 45 Campamentos, hacia los cuales los medios de comunicación primordiales, a partir del puesto de mando y centro logístico, son el aire y la vía fluvial (véase mapa número 1), aunque en algunos casos excepcionales el transporte podría efectuarse por tierra (cercanías de Iquitos, Yurimaguas, Contamana y Pucallpa). Que para determinar el número potencial de usuarios del Servicio de Visitadoras, se permitió enviar (con el visto bueno del comandante en jefe de la V Región) a todas las Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, para que lo sometieran a los jefes de compañía o, en su defecto, de grupo, el siguiente test de su invencion:
1. ¿Cuántos clases y soldados solteros se hallan bajo su mando? Considere, antes de responder, que, para los fines que le interesan, el test agrupa entre los casados no sólo a los clases y soldados unidos en matrimonio por la Iglesia o el Estado, sino también a quienes tienen convivientes (concubinas), e, incluso, a aquellos que, de manera irregular o esporádica, mantienen alguna forma de cohabitación íntima en las inmediaciones del emplazamiento en el que sirven.
OBSERVACIÓN: el test quiere establecer, con la mayor precisión, el número de hombres bajo su mando que no mantienen ninguna forma, permanente o pasajera, de vida marital;
2. Una vez averiguado, con la mayor exactitud, el número de solteros a su mando (en la acepción del test), proceda a restar de ese guarismo a todos los clases y soldados a quienes, por alguna razón u otra, se podría catalogar como incapacitados para realizar actividades íntimas de tipo
marital normal. Es decir: invertidos, onanistas inveterados, impotentes y apáticos sexuales.
OBSERVACION: considerando el natural respeto de cada cual por el qué dirán, los prejuicios humanos v el temor lógico a ser objeto de burlas de quien reconociera hallarse dentro de esta excepción, se alerta al oficial responsable del test sobre lo arriesgado que sería, para realizar esta eliminación estadística, confiar únicamente en el testimonio de cada clase o soldado. Se recomienda, por eso, que para responder a este punto del test el oficial combine los datos del interrogatorio personal con los testimonios ajenos (confidencias de amigos y compañeros del sujeto), la propia observación o algún subterfugio inspirado y audaz;
3. Hecha esta resta y fijado el número de clases y soldados solteros con capacidad marital a su mando, proceda, con malicia y discreción, a averiguar entre quienes componen este grupo, el número de prestaciones de tipo marital que cada sujeto calcula o sabe requeriría mensualmente para satisfacer las necesidades de su virilidad.
OBSERVACION: el test trata de establecer un cuadro de ambiciones maximalistas y otro minimalistas, según este ejemplo:

Sujeto X Ambiciones máximas por mes: 30
Ambiciones mínimas por mes: 4

4. Establecido el cuadro precedente, procure determinar entre el mismo grupo de solteros con capacidad marital a su mando, mediante la misma técnica de sondeos indirectos, preguntas de apariencia casual, etc., cuánto tiempo calcula o sabe positivamente el sujeto que debe durar en
su caso la prestación marital (desde los preliminares hasta su total conclusión), según el mismo esquema maximalista/minimalista:

Sujeto X Ambición máxima por prestación: 2 horas
Ambición mínima por prestación: 10 minutos

OBSERVACIÓN: Tanto en el acápite 3 como en el 4 del test, saque promedios y envíe esa cifra, sin individualizar la información. El test quiere establecer la media normal mensual ambicionada del número de prestaciones necesarias a la virilidad de los clases y soldados a su mando, así como el tiempo medio normal ambicionado para cada prestación.

Que el suscrito quiere dejar constancia del entusiasmo, la celeridad y la eficacia con que los oficiales de las Guarniciones, Puestos y Campamentos han respondido al test en cuestión (solo una quincena de Puestos no pudieron ser consultados por obstáculos en la comunicación debidos a los desperfectos del equipo de transmisiones, mal tiempo, etc.), lo que ha permitido constituir el siguiente cuadro:

Número potencial de usuarios del Servicio de Visitadoras: 8.726 (ocho mil setecientos veintiséis)

Número de prestaciones mensuales (promedio ambicionado por usuario): 12 (doce)

Tiempo de prestación individual (promedio ambicionado): 30 minutos

Lo que significa que el Servicio de Visitadoras, para cumplir a plenitud su función, debería estar en condiciones de asegurar a todas las Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines de la V Región (Amazonía) un promedio mensual de 104.712 (ciento cuatro mil setecientas doce) prestaciones, objetivo evidentemente lejano en las actuales circunstancias. Que el suscrito está consciente de la obligación de iniciar el Servicio fijándose metas modestas y alcanzables, teniendo en cuenta la realidad y la filosofía escondida en refranes como “despacio se va lejos” y “no por mucho madrugar amanece mas temprano”;

5. Que necesita saber si entre los usuarios potenciales del servicio de Visitadoras deben incluirse a los grados intermedios (suboficiales). El suscrito solicita una aclaración rápida a este respecto, pues, de ser afirmativa la respuesta de la superioridad, las estimaciones obtenidas variarían considerablemente. Teniendo en cuenta el ya elevado número de usuarios potenciales y las crecidas ambiciones que manifiestan, el suscrito se permite sugerir que, por lo menos en la primera etapa de su funcionamiento, el Servicio de Visitadoras no comprenda a los grados intermedios.

6. Que procedió asimismo a establecer los primeros contactos con miras al enganche. Gracias a la cooperación de un individuo que responde al nombre de Porfirio Wong, alias Chino, a quien conoció por obra de la casualidad en el centro nocturno denominado “Mao Mao”‘ (calle Pebas 260), hizo una visita en horas de la noche al lugar de diversión concurrido por mujeres de vida airada que regenta doña Leonor Curinchila, alias Chuchupe, comúnmente conocido con el nombre de Casa Chuchupe y sito en la carretera al balneario de Nanay. Siendo la dicha Leonor Curinchila amiga de Porfirio Wong pudo éste presentarle al suscrito, quien, para el efecto, se hizo pasar por un negociante (importación/exportación) recién avecindado en Iquitos y en procura de esparcimiento. La nombrada Leonor Curinchila se mostró cooperativa y el suscrito consiguió—no teniendo otro remedio para ello que libar muchas copas de licor (recibo 8)—recoger interesantes datos relacionados con el sistema de trabajo y costumbres del personal del lugar. Es así que en Casa Chuchupe unas 16 mujeres forman lo que se puede llamar plantel estable, porque hay otras, de quince a veinte, que trabajan irregularmente, yendo unos días, faltando otros, por razones que abarcan desde enfermedades venéreas (v.g. gonorrea o chancro) contraídas en el ejercicio de las prestaciones hasta transitorios amancebamientos o contratos de temporada (v.g. maderero se hace acompañar en viaje de una semana al monte), que las alejan momentáneamente del centro de trabajo. En síntesis, el personal completo, entre estable y flotante, de Casa Chuchupe son unas treinta meretrices, aunque el plantel efectivo (pero renovable) de cada noche sea la mitad. El día que el suscrito efectuó la visita solo registró 8 presentes, pero había un motivo excepcional: la llegada a Iquitos del ya mentado Hermano Francisco. De las 8, la mayoría deben haber superado los veinticinco años, aunque este cálculo es incierto, pues en la Amazonía las mujeres envejecen prematuramente, no siendo raro toparse en la calle con damitas de apariencia muy seductora, caderas desarrolladas, bustos turgentes y caminar insinuante, a las que, según los standards costeños, se atribuirían veinte o veintidós años y resultan de trece o catorce, y, de otro lado, el suscrito realizaba sus observaciones medio a oscuras, pues Casa Chuchupe está pobremente iluminada, por falta de recursos técnicos o, tal vez, por picardía, pues la penumbra es más tentadora que la claridad, y, si se permite una chanza, por aquello de “en la sombra todos los gatos son pardos”. La mayoría, pues, progresando hacia la treintena, con un buen lejos promedio casi todas, si se las evalúa con criterio funcional y sin exquisiteces, es decir, cuerpos atractivos y redondeados, sobre todo en caderas y senos, miembros que tienden a ser generosos en este rincón de la Patria, y caras presentables, aunque, en la inmediatez, aquí es dable comprobar más defectos, no en cuanto a fealdad de nacimiento, sino adquirida por acné, viruela y caída de dientes, accidente este último algo frecuente en la Amazonía, por el debilitante clima e insuficiencias dietéticas. Entre las ocho presentes dominaban las de piel blanca y rasgos indígenas selváticos, luego las mulatas y finalmente las de tipo oriental. La estatura promedio es más baja que alta, siendo común denominador personal la vitalidad y alegría característica de esta tierra. El suscrito vio, durante su permanencia en el local, que cuando no se hallaban brindando las prestaciones, las meretrices bailaban y cantaban con entusiasmo y bullicio, sin dar muestra de fatiga o desánimo, prorrumpiendo a menudo en las bromas y disfuerzos de carácter desvergonzado que es lógico esperar en este genero de establecimiento. Pero al mismo tiempo, sin espíritu bochinchero, aunque, a juzgar por anécdotas que escaparon de boca de Leonor Curinchila y Porfirio Wong, algunas veces se producen accidentes y hechos de sangre;
Otros, dice: Que pudo también averiguar, gracias a la mencionada Chuchupe, que las tarifas por las prestaciones son variables y que sólo 2/3 revierten a quien presta el servicio, pues el tercio restante es la comisión del local. Que la diferencia de tarifas tiene que ver con el mayor o menor atractivo físico de la meretriz, con el tiempo que dura la prestación (el cliente que desea efectuar varias o dormir junto a quien lo ha atendido desembolsa, naturalmente, más dinero que quien se contenta con una prestación expeditiva y fisiológica), y también y sobre todo con el grado de especialización y tolerancia de la meretriz. La señora Curinchila explicó al suscrito que, muy al contrario de lo que éste ingenuamente sospechaba, no es una mayoría sino una reducida minoría de clientes la que se contenta con una prestación simple y normal (tarifa: 50 soles; duración: 15 a 20 minutos), exigiendo los más una serie de variantes, elaboraciones, añadidos, distorsiones y complicaciones que encajan en lo que se ha dado en llamar aberraciones sexuales. Que entre la matizada gama de prestaciones que se brindan, figuran desde la sencilla masturbación efectuada por la meretriz (manual: 50 soles; bucal o “corneta”: 200), hasta el acto sodomita (en términos vulgares “polvo angosto” o “con caquita”: 250), el 69 (200 soles), espectáculo sáfico o “tortillas” (200 soles c/u), o casos más infrecuentes como los de clientes que exigen dar o recibir azotes, ponerse o ver disfraces y ser adorados, humillados y hasta defecados, extravagancias cuyas tarifas oscilan entre 300 y 600 soles. Que teniendo en cuenta la ética sexual imperante en el país y el reducido presupuesto del SVGPFA, el suscrito ha tomado la decisión de limitar los servicios que exigirá de sus colaboradoras y a los que por tanto podrán aspirar los usuarios, a la prestación simple y normal, excluyendo todas las deformaciones enumeradas y parientes en espíritu. Que en función de esta premisa establecerá el Servicio de Visitadoras el reclutamiento y fijará el tiempo y la tarifa de las prestaciones. Lo cual no impide que, cuando el Servicio haya llegado a cubrir plenamente la demanda en términos cuantitativos, si sus medios financieros se incrementan y los parámetros morales del país se anchan, se pueda considerar la conveniencia de introducir un principio de diversificación cualitativa en las prestaciones para atender casos, fantasías o necesidades particulares (si la superioridad así lo admite y autoriza);
Que no pudo el suscrito establecer, con la precisión que aconsejan el cálculo de probabilidades y la estadística de mercado (mercadotécnia), cuál es el promedio diario de prestaciones que tabula o está en condiciones de tabular una meretriz, para tener una idea tentativa de, primero, sus ingresos mensuales, y, segundo, de su capacidad operacional, porque, aparentemente, reina en este dominio la más extraordinaria arbitrariedad. Es así que una meretriz puede ganar en una semana lo que luego no consigue reunir en dos meses, dependiendo esto de factores múltiples, entre los que, posiblemente, se hallen hasta el clima y aun los planetas (influencia astral sobre glándulas y pulsiones sexuales de los varones) que tampoco importa demasiado determinar. Que, al menos, el suscrito pudo dejar en claro, mediante bromas y preguntas capciosas, que las mas agraciadas y eficientes pueden, en una buena noche de trabajo (sábado o víspera de fiesta), efectuar unas veinte prestaciones sin quedar excesivamente exhaustas, lo que autoriza la siguiente formulación: un convoy de diez visitadoras, elegidas entre las de mayor rendimiento, estaría en condiciones de realizar 4.800 prestaciones simples y normales al mes (semana de seis días) trabajando full time y sin contratiempos. Es decir, que para cubrir el objetivo máximo ambicionado de 104.712 prestaciones mensuales haría falta un cuerpo permanente de 2.115 visitadoras de la máxima categoría que laboraran a tiempo completo y no tuvieran nunca percances. Posibilidad, naturalmente, quimérica a estas alturas;

Otros, dice: Que aparte de las meretrices que trabajan en establecimientos (además de Casa Chuchupe hay en la ciudad otros dos del mismo género, aunque, al parecer, de inferior jerarquía) existen en Iquitos gran número de mujeres, apodadas ‘lavanderas’, que ejercen la vida airada de manera ambulante, ofreciendo sus servicios de casa en casa, de preferencia al oscurecer y al amanecer por ser horas de débil vigilancia policial, o apostándose en distintos lugares a la caza de clientes, como la Plaza 28 de Julio y alrededores del Cementerio. Que por esta razón parece obvio que el SVGPFA no tendrá dificultad alguna en reclutar personal, pues la mano de obra nativa es sobradamente suficiente para sus módicas posibilidades iniciales. Que tanto el personal femenino de Casa Chuchupe, como el de los sitios afines y las ‘lavanderas’ que operan por su cuenta, tienen protectores masculinos (cafiches o macrós), por lo general individuos de malos antecedentes y algunos con deudas por saldar con la justicia, a quienes están obligadas (muchas lo hacen por motu propio) a entregar parte o la totalidad de sus haberes. Este aspecto del asunto—existencia del cafichazgo o macronería—deberá ser tenido en cuenta por el Servicio de Visitadoras a la hora del reclutamiento del personal, pues es indudable que estos sujetos podrían ser una fuente de problemas. Pero el suscrito sabe bien, desde sus inolvidables tiempos de cadete, que no hay misión que no ofrezca dificultades y que no hay dificultad que no pueda ser vencida con energía, voluntad y trabajo;
Que la regencia y mantenimiento de Casa Chuchupe parecen llevarse a cabo únicamente gracias al esfuerzo de dos personas, la propietaria, Leonor Curinchila, y, cumpliendo funciones que van desde cantinero hasta encargado de la limpieza, un hombrecillo de muy baja estatura, casi enano, edad indefinible y raza mestiza, Juan Rivera, de apodo Chupito, que bromea familiarmente con el personal y al que éste obedece con prontitud y respeto y que es, asimismo, popular entre los clientes. Lo cual hace pensar al suscrito que, según dicho ejemplo, el Servicio de Visitadoras, siempre y cuando sea debidamente estructurado, podría funcionar con un mínimo personal administrativo. Que este reconocimiento de un posible lugar de enganche ha servido al suscrito para formarse una idea general del medio en el que forzosamente ha de obrar y para concebir algunos planes inmediatos, que, apenas ultimados, someterá a la superioridad para su aprobación, perfeccionamiento o rechazo;

7. Que en su afán de adquirir conocimientos científicos más amplios, que le permitan un dominio mejor de la meta por lograr y de la forma de lograrla, el suscrito intentó procurarse, en las bibliotecas y librerías de Iquitos, un stock de libros, folletos y revistas concernientes al tema de las prestaciones que el SVGPFA debe servir, lamentando tener que comunicar a la superioridad que sus esfuerzos han sido casi inútiles, porque en las dos bibliotecas de Iquitos—la Municipal y la del Colegio de los Padres Agustinos—no encontró ningún texto, ni general ni particular, específicamente dedicado al asunto que le interesaba (sexo y afines), pasando más bien unos momentos embarazosos al indagar a este respecto, pues mereció respuestas cortantes de los empleados, y, en el San Agustín, un religioso se permitió incluso faltarle llamándolo inmoral. Tampoco en las tres librerías de la ciudad, la “Lux”, la “Rodríguez” y la “Mesía” (hay una cuarta, de los Adventistas del Séptimo Día, donde no valía la pena intentar la averiguación) pudo el suscrito hallar material de calidad; sólo obtuvo, para colmo a precios subidos (recibos 9 y 10) unos manuales insignificantes y fenicios, que responden a los títulos Cómo desarrollar el ímpetu viril, Afrodisíacos y otros secretos del amor, Todo el sexo en veinte lecciones, con los que, modestamente, ha inaugurado la biblioteca del SVGPFA. Que ruega a la superioridad, si lo tiene a bien, se sirva enviarle desde Lima una selección de obras especializadas en todo lo tocante a la actividad sexual, masculina y femenina, de teoría y de práctica, y en especial documentación sobre asuntos de interés básico como enfermedades venéreas, profilaxia sexual, perversiones, etcétera, lo que, sin duda, redundará en beneficio del Servicio de Visitadoras;

8. Para concluir con una anécdota personal algo risueña, a fin de aligerar la materia escabrosa de este parte, el suscrito se permite referir que la visita a Casa Chuchupe se prolongó hasta casi las cuatro de la madrugada y le provocó un serio percance gástrico, resultante de las copiosas libaciones que debió efectuar y a las que está poco acostumbrado, por su nula afición a la bebida y por prescripción médica (unas hemorroides afortunadamente ya extirpadas). Que ha debido curarse recurriendo a un facultativo civil, para no valerse de la Sanidad Militar, conforme a las instrucciones recibidas (recibo 11) y que no pocas dificultades domésticas le deparó recogerse en su hogar a ésas horas y en estado poco idóneo.

Dios guarde a Ud.

Firmado:

capitán EP (Intendencia) PANTALEON PANTOJA
c.c. al general Roger Scavino, comandante en jefe de la V Región (Amazonía)

Adjuntos: 11 recibos y un mapa.

Noche del 16 al 17 de agosto de 1956

Bajo un sol radiante, la corneta de la diana inaugura la jornada en el cuartel de Chiclayo: agitación rumorosa en las cuadras, alegres relinchos en los corrales, humo algodonoso en las chimeneas de la cocina. Todo ha despertado en pocos segundos y reina por doquier una atmósfera cálida, bienhechora, estimulante, de disposición alerta y plenitud vital. Pero, minucioso, insobornable, puntual, el teniente Pantoja cruza el descampado—vivo aún en el paladar y la lengua el sabor de café con natosa leche de cabra y tostadas con dulce de lúcuma—donde está ensayando la banda para el desfile de Fiestas Patrias. Alrededor marchan, rectilíneas y animosas, las columnas de una compañía. Pero, rígido, el teniente Pantoja observa ahora el reparto del desayuno a los soldados: sus labios van contando sin hacer ruido y, fatídicamente, cuando llega mudo a 120 el cabo del rancho sirve el chorrito final de café y entrega el pedazo de pan número cientoveinte y la naranja cientoveinte. Pero ahora el teniente Pantoja vigila, hecho una estatua, cómo unos soldados descargan del camión los costales de abastecimientos: sus dedos siguen el ritmo de la descarga como un director de orquesta los compases de una sinfonía. Tras él, una voz firme, con un fondo casi perdido de ternura varonil que sólo un oído aguzado como bisturí detectaría, el coronel Montes afirma paternalmente: “¿Mejor comida que la chiclayana? Ni la china ni la francesa, señores: ¿qué podrían enfrentar a las diecisiete variedades del arroz con pato?.” Pero ya el teniente Pantoja está probando cuidadosamente y sin que se altere un músculo de su cara las ollas de la cocina. El zambo Chanfaina, sargento jefe de cocineros, tiene los ojos pendientes del oficial y el sudor de su frente y el temblor de sus labios delatan ansiedad y pánico. Pero ya el teniente Pantoja, de la misma manera meticulosa e inexpresiva, examina las prendas que devuelve la lavandería y que dos números apilan en bolsas de plástico. Pero ya el teniente Pantoja preside, en actitud hierática, la distribución de botines a los reclutas recién levados. Pero ya el teniente Pantoja, con una expresión, ahora sí, animada y casi amorosa clava banderitas en unos gráficos, rectifica las curvas estadísticas de un pizarrón, añade una cifra al organigrama de un panel. La banda del cuartel interpreta con vivacidad una jacarandosa marinera.

Una húmeda nostalgia ha impregnado el aire, nublado el sol, silenciado las cornetas, los platillos y el bombo, una sensación de agua que se escurre entre los dedos, de escupitajo que se traga la arena, de ardientes labios que al posarse en la mejilla se gangrenan, un sentimiento de globo reventado, de película que acaba, una tristeza que de pronto mete gol: he aquí que la corneta (¿de la diana?, ¿del rancho?, ¿del toque de silencio?) raja otra vez el aire tibio (¿de la mañana?, ¿de la tarde?, ¿de la noche?). Pero en la oreja derecha ha surgido ahora un cosquilleo creciente, que rápidamente gana todo el lóbulo y se contagia al cuello, lo abraza y escala la oreja izquierda: ella también se ha puesto, íntimamente, a palpitar—moviendo sus invisibles vellos, abriéndose sedientos sus incontables poros, en busca de, pidiendo que—y a la nostalgia recalcitrante, a la feroz melancolía ha sucedido ahora una secreta fiebre, una difusa aprensión, una desconfianza que toma cuerpo piramidal como un merengue, un corrosivo miedo. Pero el rostro del teniente Pantoja no lo revela: escudriña, uno por uno, a los soldados que se disponen a entrar ordenadamente al almacén de prendas. Pero algo provoca una discreta hilaridad en esos uniformes de parada que observan allá, en lo alto, donde debía encontrarse el techo del almacén y se encuentra en cambio la Tribuna de Fiestas Patrias ¿Está presente el coronel Montes? Sí. ¿El Tigre Collazos? Sí. ¿El general Victoria? Sí. ¿El coronel López López? Sí. Se han puesto a sonreír sin agresividad, ocultando la boca con los guantes de cuero marrón, volviendo un poco la cabeza al costado ¿secreteándose? Pero el teniente Pantoja sabe de qué, por qué, cómo. No quiere mirar a los soldados que aguardan el silbato para entrar, recoger las prendas nuevas y entregar las viejas, porque sospecha, sabe o adivina que cuando mire, compruebe y positivamente sepa, la señora Leonor lo sabrá y Pochita también lo sabrá. Pero sus ojos cambian súbitamente de parecer y auscultan la formación: jajá qué risa, ay qué vergüenza. Sí, así ha ocurrido. Espesa como sangre fluye la angustia bajo su piel mientras observa, presa de terror frío, esforzándose por disimular sus sentimientos, como se han ido, se van redondeando los uniformes de los reclutas en el pecho, en los hombros, en las caderas, en los muslos, cómo de las cristinas empiezan a llover cabellos, cómo se suavizan, endulzan y sonrosan las facciones y cómo las masculinas miradas se tornan acariciadoras, irónicas, pícaras.
Al pánico se ha superpuesto una sensación de ridículo sediciosa e hiriente. Toma la brusca decisión de jugarse el todo por el todo y, abombando ligeramente el pecho, ordena: “¡Desabrocharse las camisas, so carajos!” Pero ya van pasando bajo sus ojos, sueltos los botones, vacíos los ojales, danzantes las orlas pespuntadas de las camisas, los huidizos pezones erectos de los números, los balanceantes y alabastrinos, los mórbidos y terrosos pechos que se columpian al compás de la marcha. Pero ya el teniente Pantoja encabeza la compañía, la espada en alto, el perfil severo, la frente noble, los ojos limpios, pateando el asfalto con decisión: un dos, un dos. Nadie sabe que maldice su suerte. Su dolor es profundo, grande su humillación, infinita su vergüenza porque tras él, marcando el paso sin marcialidad, blandamente, como yeguas en el lodo, van los reclutas recién levados que no han sabido siquiera vendarse los pechos para aplastar las tetas, usar engañadoras camisas, cortarse los cabellos a los cinco centímetros del reglamento y limarse las uñas. Las siente marchar tras él y adivina: no intentan mimar expresiones viriles, exhiben agresivamente su condición mujeril, yerguen el busto, quiebran las cinturas, tiemblan las nalgas y sacuden las largas cabelleras. (Un escalofrío: está a punto de hacerse pipí en el calzoncillo, la señora Leonor al planchar el uniforme lo sabría, Pochita al coser el nuevo galón se reiría). Pero ahora hay que concentrarse cervalmente en el desfile porque cruzan frente a la Tribuna. El Tigre Collazos se mantiene serio, el general Victoria disimula un bostezo, el coronel López López asiente comprensivo y hasta jovial, y el trago no sería tan amargo si no estuvieran también allí, en un rincón, amonestándolo con tristeza, furia y decepción, los ojos grises del general Scavino.

Ahora ya no le importa tanto: el hormigueo de las orejas ha recrudecido violentamente y él, dispuesto a jugarse el todo por el todo, ordena a la compañía “¡Paso ligero! ¡Marchen!” y da el ejemplo. Corre a una cadencia rápida y armoniosa, seguido por las muelles pisadas cálidas e invitadoras, mientras siente ascender por su cuerpo una tibieza semejante al vaho de una olla de arroz con pato que sale del fuego. Pero ahora el teniente Pantoja se ha detenido en seco y tras él la turbadora compañía. Con un leve sonrojo en las mejillas hace un gesto no muy claro, que, sin embargo, todos comprenden. Se ha desatado un mecanismo, la deseada ceremonia ha comenzado. Desfila frente a él la primera sección y es enojoso que el alférez Porfirio Wong lleve tan descachalandrado el uniforme—atina a pensar: “Necesitará reprimenda y aleccionamiento sobre uso de las prendas”—, pero ya han comenzado los números, al pasar frente a él—que se mantiene inmóvil e inexpresivo—a desabotonarse la guerrera con rapidez, a mostrar los fogosos senos, a estirar la mano para pellizcarle con amor el cuello, los lóbulos, la curva superior y, luego, adelantando—una tras otra, otro tras uno—la cabeza (él les facilita la operación inclinándose) a mordisquearle deliciosamente los cantos de las orejas. Una sensación de placer ávido, de satisfacción animal, de alegría exasperada y tentacular, borran el miedo, la nostalgia, el ridículo, mientras los reclutas pellizcan, acarician y mordisquean las orejas del teniente Pantoja. Pero entre los números, algunos rostros familiares hielan por ráfagas la felicidad con una espina de inquietud: desancada y grotesca en su uniforme va Leonor Curinchila, y, enarbolando el estandarte, con brazalete de cabo furriel, viene Chupito, y ahora, cerrando la última sección—angustia que surte como chorro de petróleo y baña el cuerpo y el espíritu del teniente Pantoja—un soldado todavía borroso: pero él sabe—han regresado el miedo irrespirable, el ridículo tormentoso, la embriagadora melancolía—que bajo las insignias, la cristina, los bolsudos pantalones y la esmirriada camisa de dril está sollozando la tristísima Pochita. La corneta desafina groseramente, la señora Leonor le susurra: “Ya está tu arroz con pato, Pantita.”

SVGPFA

Parte número dos

ASUNTO GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines.

ASUNTO ESPECÍFICO: Rectificación de estimaciones, primeros enganches y distintivos del SVGPFA.
CARACTERÍSTICAS: secreto.
FECHA Y LUGAR: Iquitos, 22 de agosto de 1956.

El suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, oficial responsable del SVGPFA, respetuosamente se presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:

1. Que en el parte número uno, del 12 de agosto, en el acápite relativo al número de visitadoras que requeriría el SVGPFA para cubrir la demanda de 104.712 prestaciones mensuales que arrojó grosso modo la primera estimativa del mercado (se pide permiso de la superioridad para el uso de este nombre técnico), el suscrito calculó aquél en “un cuerpo permanente de 2.115 visitadoras de la máxima categoría” (veinte prestaciones diarias), trabajando full time y sin contratiempos. Que esta tabulación adolece de un grave error, del que es único culpable el suscrito, a causa de una visión masculinizada del trabajo humano, que, imperdonablemente, le hizo olvidar ciertos condicionamientos privativos del sexo femenino, los mismos que, en este caso, infligen a esa contabilidad una nítida corrección, por desgracia en sentido desfavorable para el SVGPFA. Es así que el suscrito olvidó deducir, en el número de días de trabajo de las visitadoras, los cinco o seis de sangre que evacuan mensualmente las mujeres (días de regla o período) y en los que, tanto por ser costumbre extendida en los varones no tener relación carnal con la hembra mientras menstrúa como por hallarse sólidamente afincado en esta región de la Patria el mito, tabú o aberración científica de que mantener contactos íntimos con mujer sangrante produce impotencia, se las puede considerar inhabilitadas para conceder la prestación. Lo cual, claro esta, traumatiza la anterior estimativa. Que tomando en consideración este factor y señalando, de manera laxa, un promedio mensual de 22 días hábiles por visitadora (excluidos los cinco de menstruación y sólo tres domingos, pues no es desatinado suponer que un domingo de cada mes coincida con la sangre cíclica) el SVGPFA requeriría un plantel de 2.271 visitadoras del máximo nivel, operando a tiempo completo y sin percances, es decir 156 más de lo que equivocadamente había calculado el parte anterior;

2. Que ha procedido a reclutar sus primeros colaboradores civiles en las personas, ya mencionadas en el parte número uno, de Porfirio Wong, (a) Chino, Leonor Curinchila, (a) Chuchupe y Juan Rivera, (a) Chupito. Que el primero de los mentados percibirá un haber básico de 2.000 (dos mil) soles mensuales y una bonificación de 300 (trescientos) soles por misión en el campo y cumplirá las funciones de enganchador, para lo cual lo sindican sus muchas relaciones en el medio de mujeres de vida disipada, tanto de establecimiento como ‘lavanderas’, y jefe de convoy encargado de la protección y control de los envíos de visitadoras a los centros usuarios. Que la contratación de Leonor Curinchila y su conviviente (ésta es la relación que la une a Chupito) resulto más fácil de lo que el suscrito suponía cuando les propuso una colaboración con el Servicio de Visitadoras en los momentos que les dejara libres su negocio. Es así que, habiéndose creado una cordial atmósfera de confidencias en la segunda visita efectuada por el suscrito a Casa Chuchupe, reveló a éste la dicha Leonor Curinchila que estaba a punto de quebrar y que venía considerando hacía algún tiempo el traspaso de su establecimiento. No por falta de clientela, pues los concurrentes al local aumentan a diario, sino debido a obligaciones onerosas de variada índole que debe distraer el negocio a favor de las Fuerzas Policiales y Auxiliares. Es así, por ejemplo, que para la renovación anual del permiso de funcionamiento que recaba en la Comandancia de la Guardia Civil, Leonor Curinchila debe desembolsar, aparte de los derechos legales, gruesas sumas en calidad de obsequio a los jefes de la sección Lenocinios y Bares para posibilitar el trámite. Fuera de ello, los miembros de la Policía de Investigaciones (PIP) de la ciudad, que son más de treinta, y un buen número de oficiales de la G. C., han contraído la costumbre de requerir gratuitamente los servicios de Casa Chuchupe, tanto en lo que se refiere a bebidas alcohólicas como a prestaciones, bajo amenaza de sentar parte acusando al local de escándalo público, que es motivo de cierre inmediato. Que fuera de esta sangría económica pertinaz, Leonor Curinchila ha tenido que resignarse a que le subieran de manera geométrica el alquiler del local (cuyo propietario es nada menos que el Prefecto del Departamento), so pena de expulsión. Y, finalmente, que Leonor Curinchila se hallaba ya fatigada por la intensa dedicación y el ritmo febril y desordenado que exige su trabajo—malas noches, atmósfera viciada, amenaza de riñas, estafas y chantajes, falta de vacaciones y de descanso dominical—, sin que esos sacrificios redundaran en ganancias apreciables. Por todo lo cual aceptó gustosa la oferta de colaborar con el Servicio de Visitadoras tomando ella misma la iniciativa de proponer no un trabajo eventual sino exclusivo y permanente, y demostrando mucho interés y entusiasmo al ser informada de la naturaleza del SVGPFA. Que Leonor Curinchila, quien ha llegado ya a un acuerdo con Humberto Sipa, (a) Moquitos, dueño de una casa de diversión en el distrito de Punchana, para traspasarle Casa Chuchupe, laborará en el Servicio de Visitadoras en las siguientes condiciones: 4.000 (cuatro mil) soles mensuales de sueldo, mas 300 (trescientos) soles de bonificación por trabajo en el campo y derecho a cobrar un porcentaje no mayor del 3%, sólo durante un año, sobre los haberes de las visitadoras contratadas por su intermedio. Sus funciones serán las de jefe de personal del SVGPFA, encargándose del reclutamiento, fijación de horarios, turnos y elenco de los convoyes, control de operaciones y vigilancia general del elemento femenino. Que Chupito percibirá un salario básico de 2.000 (dos mil) soles, más 300 (trescientos) soles por misión en el campo, y será responsable de mantenimiento del centro logístico (con dos adjuntos: Sinforoso Caiguas y Palomino Rioalto) y jefe de convoy. Que estos tres colaboradores se han incorporado al SVGPFA el lunes 20 de agosto a las 8 horas a.m.;

3. Que deseoso de dar una fisonomía propia y distinta al SVGPFA y dotarlo de signos representativos que, sin delatar sus actividades al exterior, permitan al menos a quienes lo sirven reconocerse entre sí, y a quienes servirá identificar a sus miembros, locales, vehículos y pertenencias, el suscrito ha procedido a designar el verde y el rojo como los colores emblemáticos del Servicio de Visitadoras, por el siguiente simbolismo:

a. verde por la exuberante y bella naturaleza de la región Amazónica donde el Servicio va a fraguar su destino y

b. rojo por el ardor viril de nuestros clases y soldados que el Servicio contribuirá a aplacar;

Que ha dado ya instrucciones para que tanto el puesto de mando como los equipos de transporte del Servicio de Visitadoras luzcan los colores emblemáticos y que ha mandado hacer, por la suma de 185 soles (recibo adjunto), en la hojalatería “El Paraíso de la Lata”, dos docenas de pequeñas escarapelas rojiverdes (sin ninguna inscripción, por supuesto), susceptibles de ser llevadas en el ojal por los varones y prendidas en la blusa o el vestido por las visitadoras, insignias que, sin romper las normas de discreción exigidas al SVGPFA, harán las veces de uniforme y carta credencial de quienes tienen y tendrán el honor de integrar este Servicio.

Dios guarde a Usted.

Firmado:
capitán EP (Intendencia) PANTALEON PANTO—A

c.c. al general Roger Scavino, comandante en jefe de la V Región (Amazonía)

Adjunto: un recibo.

Iquitos, 26 de agosto de 1956.

Querida Chichi:
Perdona que no te haya escrito tanto tiempo, estarás rajando de tu hermanita que tanto te quiere y diciendo furiosa por qué la tonta de Pocha no me cuenta cómo le ha ido allá, cómo es la Amazonía. Pero, la verdad, Chichita, aunque desde que llegué he pensado mucho en ti y te he extrañado horrores, no he tenido tiempo para escribirte y tampoco ganas (¿no te enojes, ya?), ahora te cuento por qué. Resulta que Iquitos no la ha tratado muy bien a tu hermanita, Chichi. No estoy muy contenta con el cambio, las cosas aquí van saliendo mal y raras. No te quiero decir que esta ciudad sea más fea que Chiclayo, no, al contrario. Aunque Chichita, es alegre y simpática y lo más lindo de todo, claro, la selva y el gran río Amazonas, que una siempre ha oído es enorme como mar, no se ve la otra orilla y mil cosas más, pero en realidad no te lo imaginas hasta que lo ves de cerca: lindísimo. Te digo que hemos hecho varios paseos en deslizador (así llaman acá a las lanchitas), un domingo hasta Tamshiyaco, un pueblito río arriba, otro a uno de nombre graciosísimo, San Juan de Munich y otro hasta Indiana, un pueblito río abajo que lo han hecho prácticamente todo unos Padres y Madres canadienses, formidable ¿no te parece?, que se vengan desde tan lejos a este calor y soledad para civilizar a los chunchos de la selva. Fuimos con mi suegra, pero nunca más la llevaremos en deslizador, porque las tres veces se pasó el viaje muerta de miedo, prendida de Panta, lloriqueando que nos íbamos a volcar, ustedes se salvarán nadando pero yo me hundiré y me comerán las pirañas (que ojalá fuera verdad, Chichita, pero las pobres pirañitas se envenenarían). Y después, a la venida, quejándose de las picaduras porque, te digo, Chichita, una de las cosas terribles aquí son los zancudos y los izangos (zancudos de tierra, se esconden en el pasto), la tienen a una todo el día pura roncha, echándose repelentes y rascándose. Ya ves, hija, los inconvenientes de tener la piel fina y la sangre azul, que a los bichitos les provoca picarte (jajá).
Lo cierto es que si a mí la venida a Iquitos no me ha resultado buena, para mi suegra ha sido fatal. Porque allá en Chiclayo ella estaba feliz, tú sabes cómo es de amiguera, haciendo vida social con los vejestorios de la Villa Militar, jugando canasta todas las tardes, llorando como una Magdalena con sus radioteatros y dando sus tecitos, pero lo que es aquí, eso que le gusta tanto a ella, eso que la hacíamos renegar diciéndole “su vida de conventillo” (uy, Chichi, me acuerdo de Chiclayo y me muero de pena) aquí no lo va a tener, así que le ha dado por consolarse con la religión, o mejor
dicho con la brujería, como lo oyes. Porque, cáete muerta, ése fue el primer baldazo de agua fría que recibí: no vamos a vivir en la Villa Militar ni a poder juntarnos con las familias de los oficiales. Ni más ni menos. Y eso es terrible para la señora Leonor, que traía grandes ilusiones de hacerse amiga inseparable de la esposa del comandante de la V Región y darse pisto como se daba allá en Chiclayo por ser íntima de la esposa del coronel Montes, que sólo les faltaba meterse juntas en la cama a las dos viejas (para chismear y rajar bajo las sabanas, no seas mal pensada). Oye, ¿te acuerdas del chiste ése? Pepito le dice a Carlitos, ¿quieres que mi abuelita haga como el lobo?, sí quiero, ¿cuánto tiempo que no haces cositas con el abuelo, abuelita? Uuuuuuuuu! Lo cierto es que con esa orden nos han requetefregado, Chichi, porque las únicas casitas modernas y cómodas que hay en Iquitos son las de la Villa Militar, o las de la Naval, o las del Grupo Aeronáutico. Las de la ciudad son viejísimas, feísimas, incomodísimas. Hemos tomado una en la calle Sargento Lores, de esas que construyeron a principios de siglo, cuando lo del caucho, que son las más pintorescas, con sus fachadas de azulejos de Portugal y sus balcones de madera; es grande y desde una ventana se ve el río, pero, eso sí, no se compara ni a la más pobre de la Villa Militar. Lo que más cólera me da es que ni siquiera podemos bañarnos en la piscina de la Villa, ni en la de los marinos ni en la de los aviadores, y en Iquitos sólo hay una piscina, horrible, la Municipal, donde va cuanto Dios existe: fui una vez y había como mil personas, qué asco, montones de tipos esperaban con caras de tigres que las mujeres se metieran al agua para, con el pretexto del amontonamiento, ya te imaginas. Nunca más, Chichi, preferible la ducha. Qué furia cuando pienso que la mujer de cualquier tenientito puede estar en estos momentos en la piscina de la Villa Militar, asoleándose, oyendo su radio y remojándose, y yo aquí pegada al ventilador para no asarme: te juro que al general Scavino le cortaría lo que ya sabes (jaja). Porque, además, resulta que ni siquiera puedo hacer las compras de la casa en el Bazar del Ejército, donde todo cuesta la mitad, sino en las tiendas de la calle, como cualquiera. Ni eso nos dejan, tenemos que vivir igual que si Panta fuera civil. Le han dado dos mil soles más de sueldo, como bonificación, pero eso no compensa nada, Chichi, así que ya ves, en lo que se refiere a platita la Pochita está jodidita (me salió en verso, menos mal que no he perdido el humor, ¿no?).
Figúrate que a Panta me lo tienen vestido día y noche de civil, con los uniformes apolillándose en un baúl, no podrá ponérselos nunca, a él que le gustan tanto. Y a todo el mundo tenemos que hacerle creer que Panta es un comerciante que ha venido a hacer negocios a Iquitos. Lo gracioso es que a mi suegra y a mí se nos arman unos enredos terribles con los vecinos, a veces les inventamos una cosa y a veces otra, y de repente se nos escapan recuerdos militares de Chiclayo que los deben dejar muy intrigados, y ya tendremos en todo el barrio fama de una familia rara y medio sospechosa. Te estoy viendo dar saltos en tu cama diciendo que le pasa a esta idiota que no me cuenta de una vez por qué tanto misterio. Pero resulta, Chichi. Que no te puedo decir nada, es secreto militar, y tan secreto que si se supiera que Panta ha contado algo lo juzgarían por traición a la Patria. Imagínate, Chichita, que le han dado una misión importantísima en el Servicio de Inteligencia, un trabajo muy peligroso y por eso nadie debe saber que es capitán. Uy, que bruta, ya te conté el secreto y ahora me da flojera romper la carta y empezarla de nuevo. Júrame Chichita que no vas a decirle una palabra a nadie, porque te mato, y, además, no querrás que a tu cuñadito lo metan al calabozo o lo fusilen por tu culpa, ¿no?. Así que muda y sin correr a contarles el cuento a las chismosas de tus amigas Santana. ¿No es cómico que Panta esté convertido en un agente secreto? Te digo que doña Leonor y yo nos morimos de curiosidad por saber qué es lo que espía aquí en Iquitos, nos lo comemos a preguntas y tratamos de sonsacarle, pero tú ya lo conoces, no suelta sílaba aunque lo maten. Eso está por verse, tu hermanita también es terca como una mula
así que veremos quién gana. Sólo te advierto que cuando averigüe en qué anda metido Panta no pienso chismearte aunque te hagas pipí de curiosidad.
Ahora, será muy emocionante que el Ejército le haya dado esa misión en el Servicio de Inteligencia, Chichita, y eso quizá lo ayude mucho en su carrera, pero lo que es yo, te digo, no estoy nada contenta con el asunto. En primer lugar porque casi no lo veo. Tú lo sabes lo cumplidor y maniático que es Panta con su trabajo, se toma todo lo que le mandan tan a pecho que no duerme ni come ni vive hasta que lo termina, pero en Chiclayo al menos tenía sus guardias con horario fijo y yo sabía sus entradas y salidas. Pero aquí se pasa la vida afuera, nunca se sabe a qué hora vuelve y, cáete muerta, ni en qué estado. Te digo que no me acostumbro a verlo de civil, con guayaberas y blue jeans y la gorrita jockey que le ha dado por ponerse, me parece haber cambiado de marido y no sólo por eso (uy, qué vergüenza, Chichi, eso sí que no me atrevo a contártelo). Si sólo fuera durante el día yo feliz de que trabaje. Pero tiene que salir también de noche, a veces hasta tardísimo, y se me ha presentado tres veces cayéndose de borracho, había que ayudarlo a desvestirse y al día siguiente su mamacita tenía que ponerle pañitos en la frente y hacerle mates. Sí, Chichi, te estoy viendo la cara de asombro, aunque no te lo creas, Panta el abstemio, el que sólo tomaba Pasteurina desde que tuvo hemorroides: cayéndose de borracho y con la lengua enrevesada. Ahora me da risa porque me acuerdo lo chistoso que era verlo irse de bruces contra las cosas y oírlo quejarse, pero en el momento pasé unos colerones que tenía ganas de cortarle a él también lo que ya sabes (contra, me fregaría yo solita, jajá). Él me jura y requetejura que tiene que salir de noche por su misión, que debe buscar a unos tipos que sólo viven en los bares, que hacen ahí sus citas para despistar y a lo mejor es verdad (así se ve en las
películas de espionaje, ¿no es cierto?), pero oye, ¿tú te quedarías tan tranquila si tu marido se pasara la noche en los bares? No, pues, hijita, ni que yo fuera boba para creer que en los bares sólo ve a hombres. Ahí tiene que haber mujeres que se le acercan y le meten conversación y Dios sabe qué más. Le he hecho unos escándalos terribles y me ha prometido no salir más de noche salvo cuando sea de vida o muerte. Le he rebuscado con lupa todos sus bolsillos y camisas y ropa interior, porque te digo que si le encuentro la menor prueba de que ha estado con mujeres pobre Panta. Menos mal que en esto su mamacita me ayuda, está aterrada con las salidas nocturnas y las tranquitas de su hijito, al que siempre había creído un santito de sacristía y resulta que ahora ya no lo es tanto (uy, Chichi, te mueres si te cuento).
Y, además, por la bendita misión tiene que juntarse con una gente que pone los pelos de punta. Fíjate que la otra tarde había ido a la vermouth con una vecina de la que me he hecho amiga, Alicia, casada con un muchacho del Banco Amazónico, una loretana muy simpática que nos ayudó mucho con la instalación. Fuimos al cine Excelsior, a ver una de Rock Hudson (agárrame que me desmayo), y a la salida estábamos dando una vueltita tomando fresco, cuando al pasar por un bar que se llama “Camu Camu” lo veo a Panta, en una mesa del rinconcito, ¡con qué pareja! Un ataque, Chichi, la mujer una perica tan llena de pintura que no le cabía una gota más ni en las orejas, con unas teteras y un pompis que rebalsaban del asiento, y el tipo un hombrecito a medias, tan retaco que los pies no llegaban al suelo, y encima con unos aires de castigador increíbles. Y Panta entre los dos, conversando lo más animado, como si fueran amigos de toda la vida. Le dije a Alicia mira, mi marido, y entonces ella me agarró del brazo, nerviosísima, ven, Pocha, vámonos, no te puedes acercar. Total que nos fuimos. ¿Quiénes crees que eran ese par? La perica es la mujer de más mala fama de todo Iquitos, el enemigo número uno de los hogares, le dicen Chuchupe y tiene una casa de pes en la carretera a Nanay, y el enanito su amante, para partirse de risa imaginársela haciendo cositas con el mamarracho ese, vaya depravada y él peor. ¿Qué te parece? Después se lo dije a Panta a ver qué cara ponía y, por supuesto, se comió un pavo tan terrible que
comenzó a tartamudear. Pero no se atrevió a negármelo, reconoció que ese dúo son gente de mal vivir. Que tenía que buscarlos por su trabajo, que nunca que lo viera con ellos me le fuera a acercar ni menos su madre. Yo le dije allá tú con quién te juntas pero si alguna vez sé que te has ido a meter a la casa de la perica en Nanay tu matrimonio peligra, Panta. No, pues, hijita, figúrate la fama que vamos a hacernos aquí si Panta empieza a lucirse por las calles con esa gente.
Otra de sus juntas es un chino, yo que creía que todos los chinos eran finitos, éste es Frankenstein. Aunque a Alicia le parece pintón, las loretanas tienen el gusto atravesado, hermana. Lo pesqué con él un día que fui a visitar el Acuario Moronacocha, a ver los peces ornamentales (lindos, te digo, pero se me ocurrió tocar una anguila y me soltó una descarga eléctrica con la cola que casi me tira al suelo), y la señora Leonor también lo ha pescado en una cantinita con el chino, y Alicia los chapó paseándose por la Plaza de Armas y por ella me enteré que el chino tiene fama
de gran forajido. Que explota mujeres, que es un vividor y un vago: figúrate las amistades de tu cuñadito. Se lo he sacado en cara y la señora Leonor más que yo, porque a ella la enferman más que a mí las malas juntas de su hijito, sobre todo ahora que cree que se nos viene encima el fin del mundo. Panta le ha prometido que no se lucirá en las calles ni con la perica ni con el enano ni con el chino, pero tendrá que seguir viéndolos a escondidas porque resulta que es parte de su trabajo. Yo no sé dónde va a ir a parar con esa misión y con esa clase de relaciones. Chichita, comprenderás que me tiene con los nervios alterados, saltoncísima.
Aunque en realidad no debería estarlo, quiero decir por el lado de los cuernos y la infidelidad, porque, ¿te cuento, hermana?, no te imaginas cómo ha cambiado Panta en lo que se refiere a esas cosas, las íntimas. ¿Te acuerdas cómo ha sido él siempre tan formalito desde que nos casamos que tú te burlabas tanto y me decías estoy segura que con Pantita tú ayunas, Pocha? Pues ya no te podrás burlar nunca más de tu cuñadito en ese aspecto, malhablada, porque desde que pisó Iquitos se volvió una fiera. Algo terrible, Chichi, a veces me asusto y pienso si no será una enfermedad, porque figúrate que antes, te he contado, le provocaba hacer cositas una vez cada diez o quince días (qué vergüenza hablarte de esto, Chichi), y ahora al bandido le provoca cada dos, cada tres días y tengo que estarle frenando los ímpetus, porque tampoco es plan, pues ¿no?, con este calor y esta humedad tan pegajosa. Además, se me ocurre que le podría hacer mal, parece que afecta al cerebro, ¿no decía todo el mundo que el marido de la Pulpito Carrasco se volvió locumbeta de tanto hacer cositas con ella? Panta dice que es culpa del clima, un general ya lo previno allá en Lima que la selva vuelve a los hombres unos fosforitos. Te digo que me da risa ver a tu cuñadito tan fogoso, a veces se le antoja hacer cositas de día, después del almuerzo, con el pretexto de la siesta, pero claro que no lo dejo, y a veces me despierta de madrugada con la locura esa. Imagínate que la otra noche lo chapé tomando tiempo con un cronómetro mientras hacíamos cositas, se lo dije y se confundió muchísimo. Después me confesó que necesitaba saber cuanto duraban las cositas entre una pareja normal: ¿se estará volviendo vicioso? Quien le va a creer que para su trabajo necesita averiguar esas porquerías. Le digo no te reconozco, Panta, tú eras tan educadito, me da la impresión de estarte metiendo cuernos con otro Panta En fin, hija, basta de hablar de cochinadas que tú eres virgencita y te juro que me peleo contigo para siempre si se te ocurre comentar esto con alguien y sobre todo con las Santana, esas locas.
Por partes claro que me tranquiliza que Panta se haya vuelto tan cargoso en lo de las cositas, quiere decir que su mujer le gusta (ejem, ejem) y que no necesita buscar aventuras en la calle. Aunque hasta por ahí nomás, Chichi, porque aquí en Iquitos las mujeres son cosa muy, muy seria. ¿Sabes cuál es el gran pretexto que se ha inventado tu cuñadito para hacer cositas cuando se le antoja? ¡Pantita Junior! Sí, Chichi, como lo oyes, por fin se animó a que tengamos el bebé. Me había prometido apenas estrene el tercer galón y está cumpliendo, pero ahora, con el cambio de temperamento, ya no sé si es por darme gusto a mí o de puro sabido, para estar haciendo cositas mañana y tarde. Te digo que es para morirse de risa, entra de la calle un ratoncito eléctrico, y me da vueltas y más vueltas hasta que se atreve, ¿esta noche podemos encargar al cadetito, Pocha?, jajá, ¿no es lindo?, lo adoro, Chichi (oye, no se cómo te cuento estas cochinadas a ti que eres soltera). Hasta ahora ni chus ni mus, flaca, a pesar de tanto encargo, ayer mismo me vino la regla normal, qué colerón, yo decía este mes sí. ¿Vendrás a cuidar a tu hermanita cuando esté barrigona, Chichi? Uy, que sea mañana, que ya hayas venido, qué ganas de tenerte aquí para chismear a gusto. Eso sí, te llevarás una prendida con los loretanos, para encontrar un churro hay que buscarlo como aguja, ya le iré echando el ojo a alguno que valga la pena para que no te aburras mucho cuando vengas. (¿Te fijas que esta carta me está saliendo kilométrica? Tienes que contestarme con igualito de páginas, ¿okey?) ¿No será que no puedo tener bebes, Chichi? Me da un terror que todos los días le pido a Dios cualquier castigo menos ese, me moriría de pena si no tuviera al menos el hombrecito y la mujercita. El médico dice que soy perfectamente normal, así que espero que el otro mes ya ¿Sabías que cada vez que el hombre hace cositas le salen MILLONES de espermatozoides y que sólo uno entra en el óvulo de la mujer y ahí se forma el bebito? Estuve leyendo un folleto que me dió el doctor, muy bien explicado, te quedas bizca con el milagro de la vida. Si quieres te lo mando, así te vas instruyendo para cuando sientes cabeza, te cases, pierdas la virginidad y sepas lo que es manjar blanco, flaca bandida. Espero no ponerme muy fea, Chichi, algunas se quedan horribles con el embarazo, se hinchan como sapos, les salen varices, uy qué asco. Ya no le voy a gustar a tu cuñadito el fogoso y a lo mejor se busca un entretenimiento en la calle, te digo que no sé qué le hago. Me imagino que con el calor y la humedad de aquí el embarazo debe ser atroz, sobre todo no viviendo en la Villa Militar, sino donde nosotros, los suertudos. Te digo que ésa es otra preocupación que me saca canas: yo feliz de tener el bebé, pero, ¿y si con el pretexto de que me puse gorda el desgraciado de Panta se enreda con alguna loretana, sobre todo ahora que le ha dado la ventolera de hacer cositas hasta de dormido? Me muero de hambre, Chichi, hace horas que te escribo, ya doña Leonor está sirviendo el almuerzo, te imaginarás cómo estará de contenta mi suegra con la idea del nieto, voy, almuerzo y después sigo, así que no te suicides, todavía no me despido, chaucito hermana.

Ya volví, Chichi, me demoré horrores, son cerca de Las dos, tuve que dormir una siesta porque comí como una boa. Fíjate que Alicia nos trajo de regalo una fuente de tacacho, un plato, típico de aquí, qué amable, ¿no?, menos mal que me he encontrado una amiga en Iquitos. Había oído hablar tanto del famoso tacacho, es plátano verde machacado con carne de chancho, que había que ir a comerlo al Mercado de Belén, al restaurante “La lámpara de Aladino Panduro”, donde hay un gran cocinero, así que lo estuve cargoseando a Panta hasta que el otro día nos llevó. Tempranito, el Mercado funciona desde el amanecer y lo cierran pronto. Belén es lo más pintoresco de aquí, ya verás, un barrio entero de casitas de madera flotando sobre el río, la gente va en botecitos de un lado a otro, de lo más original te digo, la llaman la Venecia de la Amazonía, aunque se ve una pobreza tremenda. El Mercado está muy bien para ir a conocerlo y a comprar frutas, pescados o los collares y pulseras que hacen en las tribus, muy bonitos, pero no para ir a comer, Chichi. Casi nos morimos cuando entramos donde Aladino Panduro, no te puedes imaginar la suciedad y las nubes de los bichos. Los platos que nos trajeron estaban negros y eran las moscas, las espantabas y ahí mismo volvían y se te metían por los ojos y por la boca. Total, ni yo ni doña Leonor probamos bocado, estábamos con náuseas, el bárbaro de Panta se comió los tres platos y también la cecina que el señor Aladino insistió había que comer con el tacacho. Le conté
a Alicia nuestro chasco y ella me dijo un día de éstos te hago yo tacacho para que veas lo que es bueno y esta mañana nos trajo una fuente. Riquísimo, hermana, se parece a los chifles del Norte, aunque no tanto, el plátano tiene aquí otro gusto. Sólo que es un plomo de pesado, tuve que echarme a hacer la digestión, y mi suegra está torcida del dolor de estómago y con cólico de gases, verde de vergüenza porque no puede aguantarse y se le salen los peditos delante de mí, de repente de ésta revienta y se va al cielo de una vez. No, qué mala soy, pobre señora Leonor, en el fondo es buena, lo único que me fastidia es que trate a su hijito como si todavía fuera un bebé y un santito, qué vieja cojuda ¿no?
¿Te conté que la pobre se ha buscado el entretenimiento de la superstición? Me tiene la casa hecha un muladar. Figúrate que a los pocos días de estar nosotros aquí, hubo gran alboroto en Iquitos con la llegada del Hermano Francisco, a lo mejor has oído hablar de él, yo no había hasta que vine aquí. En la Amazonía es más famoso que Marlon Brando, ha fundado una religión que se llama los Hermanos del Arca, va por todas partes a patita y donde llega coloca una enorme cruz e inaugura arcas, que son sus iglesias. Tiene muchos devotos, sobre todo en el pueblo, y parece que los curas andan furias con la competencia que les hace, pero hasta ahora no dicen ni pío. Bueno, mi suegra y yo fuimos a oírlo en Moronacocha. Había muchísima gente, lo impresionante era que hablaba crucificado como Cristo, ni más ni menos. Anunciaba el fin del mundo, pedía a la gente que hiciera ofrendas y sacrificios para el juicio Final. No se le entendía mucho, habla un español dificilísimo. Pero la gente oía hipnotizada, las mujeres lloraban y se ponían de rodillas. Yo misma me contagié de la emoción y hasta solté mis lágrimas, y mi suegra no te imaginas, a sollozo vivo y no la podíamos calmar, el brujo la flechó, Chichi. Después en la casa decía maravillas del Hermano
Francisco y al día siguiente volvió al arca de Moronacocha para hablar con los ‘hermanos’ y ahora resulta que la vieja también se ha hecho ‘hermana’. Mira por dónde le vino a salir el tiro: ella que nunca le hizo mucho caso a la religión verdadera, termina beata de herejías. Figúrate que su cuarto está lleno de crucesitas de madera, y si fuera sólo eso tanto mejor que se distraiga, pero lo cochino del asunto es que la manía de esta religión es crucificar animales y eso ya no me gusta, porque en sus crucesitas cada mañana me encuentro pegadas cucarachas, mariposas, arañas y el otro día hasta un ratón, qué asco espantoso. Vez que le pesco una de esas porquerías se la echo
a la basura y ya nos hemos agarrado buenas peleas. Es un plato porque apenas estalla una tormenta, y aquí es a cada momento, la vieja se pone a temblar creyendo que es el fin del mundo y todos los días le ruega a Panta que mande hacer una gran cruz para la entrada. Mira cuántos cambios en tan poco tiempo.¿Qué te estaba contando enantes, cuando paré para ir a almorzar? Ah sí, de las loretanas. Uy, Chichi, todo lo que dicen había sido cierto y todavía mucho más, cada día descubro algo nuevo, me quedo mareada y digo qué es esto. Iquitos debe ser la ciudad más corrompida del Perú, incluso peor que Lima. A lo mejor es verdad y el clima tiene que ver mucho, quiero decir en eso de que las mujeres sean tan terribles, ya ves cómo Panta pisó la selva y se volvió un volcán. Lo peor es que las bandidas son guapísimas, los charapas tan feos y sin gracia y ellas tan regias. No te exagero, Chichita, creo que las mujeres más bonitas que hay en el Perú (con la excepción de la que habla y su hermana, claro) son las de Iquitos. Todas, las que se las nota decentes y las de pueblo y hasta te digo que quizá las mejores sean las huachafitas. Unas curvilíneas, hija, con una manerita de caminar coquetísima y desvergonzada, moviendo el pompis con gran desparpajo y echando los hombros atrás para que el busto se vea paradito. Unas frescas, se ponen unos pantaloncitos como guantes, ¿y tú crees que se chupan cuando los hombres les dicen cosas? Qué ocurrencia, les siguen la cuerda y los miran a los ojos con una frescura que a algunas provoca jalonearlas de las mechas. Ah, tengo que contarte una cosa que oí ayer, al entrar al “Almacén Record” (donde tienen el sistema del 3 x 4, tú compras tres artículos y el cuarto te lo regalan, ¿bestial, no?), entre dos muchachas jovencitas. Una le decía a la otra: “¿Ya te has besado con militar?”. “No, ¿por qué me lo preguntas?” “Besan rrrrico.” Me dio una risa, lo decía con el cantito loretano y en voz alta, sin importarle que todo el mundo la oyera. Son así, Chichi, unas frescas como no hay. ¿Y tú crees que se quedan en los besos? Qué esperanza, según Alicia estas diablitas comienzan con travesuras mayores desde el Colegio y aprenden a cuidarse y todo y cuando se casan las muy sapas hacen el gran teatro para que sus maridos las crean sin estrenar. Algunas van donde las ayahuasqueras (esas brujas que preparan la ayahuasca, ¿has oído, no?, un cocimiento que hace soñar cosas rarísimas) para que las pongan nuevecitas otra vez. Figúrate, figúrate. Te juro que cada vez que salgo de compras o al cine con Alicia vuelvo colorada de las historias que me cuenta. Saluda a una amiga, le pregunto quién es y me dice una terrible, figúrate que, y la que menos ha tenido varios amantes, todas las casas se han metido alguna vez con militar, aviador o marino, pero sobre todo militar, tienen un gran prestigio con las charapas, hijita menos mal que a Panta no me lo dejan usar uniforme. Estas locas aprovechan el menor descuido del marido y, sás, cuernos. De temblarles, flaca. ¿Y tú crees que hacen las cosas bien hechas, en su camita y sábanas? Alicia me dijo si quieres nos vamos a dar una vuelta a Moronacocha y verás la cantidad de autos donde las parejas están haciendo cositas (pero de verdad, ah), una al lado de la otra como si tal cosa. Figúrate que a una mujer la encontraron haciendo cositas con un teniente de la Guardia Civil en la última fila del cine Bolognesi. Dicen que se malogró la película, encendieron la luz y los chaparon. Pobres, ¿te imaginas el susto que se llevarían al ver que se prendía la luz, sobre todo ella? Se habían echado aprovechando que hay bancas en lugar de asientos y que la última fila estaba vacía. Un escándalo tremendo, parece que la esposa del teniente casi mata a la mujer, porque un locutor de Radio Amazonas que es terrible y suelta todas las verdades contó la historia con pelos y señales y al teniente acabaron sacándolo de Iquitos. Yo no quería creer semejante aventura, pero Alicia me enseñó a la tipa en la calle, una morena muy fachosa, con una carita de no mato una mosca. La miraba y le decía Alicia tú me estás mintiendo, ¿hacían cositas cositas en plena película, en esa incomodidad y con el susto de que los pescaran?
Parece que sí, a la chica la chaparon sin calzón y al teniente con el pajarito al aire. Después de París, Iquitos la corrompida, flaca. No vayas a creer que Alicia es una habladora, yo le sonsaco, por curiosidad y también por prevenida, hijita, aquí hay que estar con cuatro ojos y ocho manos defendiéndote de estas loretanas, te volteas y te desaparecen al marido. Alicia, aunque charapa, es muy seriecita, aunque a veces me saca también uno de esos pantalones de calzador. Pero no anda provocando a los hombres, no los mira con la desfachatez de sus paisanas.
A propósito de lo bandidas que son las loretanas, qué tonta, me estaba olvidando de contarte lo más chistoso y lo mejor (o más bien lo peor). No te puedes imaginar el chasco que nos llevamos cuando estábamos a medio instalarnos en esta casita. ¿Tú habías oído hablar de las famosas ‘lavanderas’ de Iquitos? Toda la gente me ha dicho pero dónde vivías, Pocha, de dónde bajas, el mundo entero sabe lo que son las famosas ‘lavanderas’ de Iquitos. Pues yo seré tonta o caída del nido, hermana, pero ni en Chiclayo, ni en Ica ni en Lima había oído hablar jamás de las ‘lavanderas’ de Iquitos. Fíjate que llevábamos unos pocos días en la casita, y nuestro dormitorio queda en los bajos, con una ventana a la calle. Todavía no teníamos muchacha—ahora tengo una que se le pasea el alma, pero bueniísima—y a las horas más raras de repente nos tocaban esa ventana y se oían voces de mujer: “¡lavandera!, ¿tienen ropa para lavar?” Y yo sin siquiera abrir la ventana decía no, muchas gracias. Nunca se me ocurrió pensar qué raro que en Iquitos haya tantas lavanderas por las calles y en cambio sea tan difícil conseguir muchacha, porque había puesto un cartelito “Necesito empleada” y sólo caían candidatas muy de cuando en cuando. Total que un día, era muy temprano y estábamos todavía acostados, oigo el toquecito en la ventana, “¡lavandera!, ¿tienen ropa?”, y a mí se me había amontonado mucha ropa sucia, porque acá, te digo, con este calor es horrible, transpiras horrores, hay que cambiarse dos y hasta tres veces al día. Así que pense regio, que me lave la ropa siempre que no cobre muy caro. Le grité espérese un ratito, me levanté el camisón y salí a abrirle la puerta. Ahí mismo debí sospechar que pasaba algo raro porque la niña tenía pinta de todo menos lavandera, pero yo, una boba, en la luna. Una huachafita de lo más presentable, cinchada para resaltar las curvas por supuesto, con las uñas pintadas y muy arregladita. Me miró de arriba abajo, de lo más asombrada y yo pensé qué le pasa a ésta, qué tengo para que me mire así. Le dije entre, ella se metió a la casa y antes de que le dijese nada vio la puerta del dormitorio y a Panta en la cama y pum se lanzó derechita, y, sin más ni más, se plantó frente a tu cuñado en una pose que me dejó bizca, la mano en la cadera y las piernas abiertas como gallito que va a atacar. Panta se sentó en la cama de un salto, se le salían los ojos de asombro por la aparición de la mujer. ¿Y qué te crees que hizo la tipa antes de que yo o Panta atináramos a decirle espere afuera, que hace aquí en el dormitorio? Empezó a hablar de la tarifa, me tienen que pagar el doble, que ella no acostumbraba ocuparse con mujeres, señalándome a mí, flaca, cáete muerta, para darse esos gustos hay que chancar y no sé qué vulgaridades y de repente me di cuenta del enredo y me empezaron a temblar las piernas. Sí, Chichi, ¡era una pe, una pe!, las ‘lavanderas’ de Iquitos son las pes de Iquitos y van de casa en casa ofreciendo sus servicios con el cuento de la ropa. Ahora dime, ¿es o no Iquitos la ciudad más inmoral del mundo, hermana? Panta también cayó en la cuenta y comenzó a gritar fuera de aquí, zamarra, que te has creído, vas presa. La tipa se pegó el susto de su vida, entendió la equivocación y salió disparada, tropezándose. ¿Te figuras qué chasco, flaca? Se creyó que éramos unos degenerados, que yo la había hecho entrar para que hiciéramos cositas los tres juntos.
Quién sabe, bromeaba después Panta, a lo mejor valía la pena probar, ¿no te digo que ha cambiado tanto? Ahora que pasó ya puedo reírme y hacer chistes, pero te digo que fue un mal rato feísimo, todo el día estuve muerta de vergüenza acordándome de la escenita. Ya ves lo que es esta tierra, hermana, una ciudad donde las que no son pes tratan de serlo y donde si te descuidas un segundo te quedas sin marido, mira a la cuevita que he venido a caer.
Ya se me durmió la mano, Chichi, ya está oscuro, debe ser tardísimo. Tendré que mandarte esta carta en un baúl para que quepa. A ver si me contestas rapidito, larguísimo como yo y con montones de chismes.
¿Sigue siendo Roberto tu enamorado o ya cambiaste? Cuéntame todo y palabra que en el futuro te escribiré seguidito.
Miles de besos, Chichi, de tu hermana que te extraña y quiere,

Noche del 29 al 30 de agosto de 1956

Imágenes de la humillación, instantáneas de la agria e inflamada historia del cosquilleo atormentador: en la estricta, fastuosa formación del Día de la Bandera, ante el Monumento a Francisco Bolognesi, el cadete de último año de la Escuela Militar de Chorrillos, Pantaleón Pantoja, mientras ejecuta con gallardía el paso de ganso, es súbitamente transportado en carne y espíritu al infierno, mediante la conversión en avispero de la boca de su ano y tubo rectal: cien lancetas martirizan la llaga húmeda y secreta mientras él, apretando los dientes hasta quebrárselos, sudando gruesas gotas heladas marcha sin perder el paso; en la alegre, chispeante fiesta ofrecida a la Promoción Alfonso Ugarte por el coronel Marcial Gumucio, director de la Escuela Militar de Chorrillos, el joven alférez recién recibido Pantaleón Pantoja siente que súbitamente se le hielan las uñas de los pies cuando, apenas iniciados los compases del vals, flamante en sus brazos la veterana esposa del coronel Gumucio, recién abierto el baile de la noche por él y su invaporosa pareja, una incandescente comezón, un hormigueo serpentino, una tortura en forma de menudas, simultáneas y aceradas cosquillas anchan, hinchan e irritan la intimidad del recto y el ojal del ano: los ojos cuajados de lágrimas, sin aumentar ni disminuir la presión sobre la cintura y la mano regordetas de la esposa del coronel Gumucio, el alférez de Intendencia Pantoja, sin respirar, sin hablar, sigue bailando; en la tienda de campana del Estado Mayor del Regimiento número 17 de Chiclayo, cercano el estruendo de los obuses, el rataplán de la metralla y los secos eructos de los balazos de las compañías de vanguardia que acaban de iniciar las maniobras de fin de año, el teniente Pantaleón Pantoja, que, parado frente a una pizarra y a un panel de mapas, explica a la oficialidad, con voz firme y metálica, las existencias sistema de distribución y previsiones de parque y abastecimientos, es de pronto invisiblemente elevado del suelo y de la realidad más inmediata por una corriente sobresaltada, ígnea, efervescente, emulsiva y crepitante, que arde, escuece, agiganta, multiplica, suplicia, enloquece el vestíbulo anal y pasillo rectal y se despliega como una araña entre sus nalgas, pero él, bruscamente lívido, súbitamente empapado de sudor, el culo secretamente fruncido con una obstinación de planta, la voz apenas velada por un temblor, sigue emitiendo números, produciendo fórmulas, sumando y restando. “Tienes que operarte, Pantita”, susurra maternalmente la señora Leonor. “Opérate, amor”, repite, quedo, Pochita. “Que te las saquen de una vez, hermano”, hace eco el teniente Luis Rengifo Flores, “es más fácil que operarse una fimosis y en sitio menos peligroso para la virilidad”. El mayor Antipa Negrón, de la Sanidad Militar, se carcajea: “Voy a decapitar esas tres almorranas de un solo tajo, como si fueran cabezas de niños de mantequilla, mi querido Pantaleón.”
En torno a la mesa de operaciones, ocurren una serie de mudanzas, híbridos e injertos que lo angustian mucho más que el silencioso trajín de los médicos y enfermeras en sus zapatillas blancas o que las cegadoras cascadas de luz que le mandan los reflectores del cielorraso. “No le va a dolel, señol Pantoja”, lo alienta el Tigre Collazos, que además de la voz tiene también los ojos
sesgados, las manos vibrátiles y la sonrisa melosa del Chino Porfirio. “Más rápido, más fácil y con menos consecuencias que la extracción de una muela, Pantita”, asegura una señora Leonor cuyas caderas, papada y pechos se han robustecido y desbordado hasta confundirse con los de Leonor Curinchila. Pero allí inclinadas también sobre la mesa de operaciones, donde lo han instalado en posición ginecológica —entre sus piernas abiertas manipula bisturíes, algodones, tijeras, recipientes, el doctor Antipa Negrón—hay dos mujeres tan inseparables y antagónicas como ciertos dúos que ahora giran en su cabeza y lo regresan a la infancia, a comienzos de la adolescencia (Laurel y Hardy, Mandrake y Lotario, Tarzán y Jane): una montaña de grasa arrebujada en una mantilla española y una niña vieja, en blue jeans, con cerquillo y marcas de viruela en la cara. No saber qué hacen allí ni quiénes son—pero remotamente tiene la sensación de haberlas visto alguna vez, como de paso, entre un montón de gente—, le provoca— una angustia sin límites, y, sin tratar de impedirlo, rompe a llorar: oye sus propios sollozos profundos y sonoros. “No les tenga miedo, son las primeras reclutas del Servicio de Visitadoras, ¿acaso no reconoce a Pechuga y a Sandra? Ya se las presenté la otra noche, en Casa Chuchupe”, lo tranquiliza Juan Rivera, el popular Chupito, que
ha disminuido aun más de tamaño y es un monito trepado sobre los hombros redondos, desnudos, débiles de la triste Pochita. Siente que podría morir de vergüenza, de cólera, de frustración, de rencor. Quisiera gritar: “¿Cómo te atreves a revelar el secreto delante de mi mamá, de Pocha? ¡Enano, engendro, feto! ¿Cómo te atreves a hablar de visitadoras delante de mi esposa, de la viuda de mi difunto papá?” Pero no abre la boca y sólo suda y sufre. El doctor Negrón ha terminado su faena y se incorpora con unas piezas sanguinolentas colgando de sus manos que él sólo entrevé un segundo, pues logra cerrar los ojos a tiempo. Cada instante está más herido, ofendido y asustado. El Tigre Collazos se ríe a carcajadas: “Hay que encarar las realidades y llamar al pan pan y al vino vino: los números necesitan cachar y usted les consigue con qué o lo fusilamos a cañonazos de semen.” “Hemos elegido al Puesto de Horcones para la experiencia piloto del Servicio de Visitadoras, Pantoja”, le anuncia con desenvoltura el general Victoria, y aunque él, apuntando con los ojos, con las manos a la señora Leonor, a la frágil y desvaída Pochita, le implora discreción, reserva, aplazamiento, olvido, el general Victoria insiste: “Ya sabemos que además de Sandra y Pechuga, ha contratado a Iris y a Lalita. ¡Vivan las cuatro mosqueteras!” El se ha puesto a llorar otra vez, en el vértice de la impotencia.
Pero ahora, en torno a su cama de recién operado, la señora Leonor y Pochita lo miran con cariño y ternura, sin la más leve sombra de malicia, con una manifiesta, maravillosa, balsámica ignorancia retratada en los ojos: no saben nada. Siente un regocijo irónico que sube por su cuerpo y se burla de sí mismo: ¿cómo podrían saber del Servicio de Visitadoras si todavía no ha ocurrido, si aún soy teniente y feliz, si ni siquiera hemos salido de Chiclayo? Pero acaba de entrar el doctor Negrón acompañado de una enfermera joven y sonriente (él la reconoce y se ruboriza: ¡Alicia, la amiga de Pocha!) que acuna un irrigador en brazos, como un recién nacido.
Pochita y la señora Leonor salen de la habitación haciéndole, desde la puerta, un adiós solidario, casi trágico. “Rodillas separadas, boca besando el colchón, culo arriba”, ordena el doctor Antipa Negrón. Y explica: “Han pasado veinticuatro horas y ha llegado el momento de limpiar el estómago. Estos dos litros de agua salada le harán botar todos los pecados mortales y veniales de su vida, teniente.” La introducción del vitoque en el recto, pese a estar recubierto de vaselina y a la habilidad de prestidigitador del médico, le arranca un grito. Pero ahora el líquido está entrando con una tibieza que ya no es dolorosa, que es incluso grata. Durante un minuto las aguas siguen entrando, burbujeantes, hinchando su vientre, mientras el teniente Pantoja, los ojos cerrados piensa metódicamente: “¿El Servicio de Visitadoras? No me dolerá, no me dolerá.” Da otro gritito: el doctor Negrón ha sacado el vitoque y le ha puesto un algodoncito entre las piernas. La enfermera sale llevándose el irrigador vacío. “Hasta ahora no ha sentido ningún dolor postoperatorio ¿cierto?”, pregunta el médico. “Cierto, mi mayor”, contesta el teniente Pantoja, contorsionándose dificultosamente, sentándose, poniéndose de pie, una mano aplastada en el algodón que las dos nalgas pellizcan, y avanzando hacia el excusado, rígido como un Carnavalón, desnudo de la cintura para abajo, de brazo del doctor que lo mira con benevolencia y algo de piedad. Un leve ardor ha comenzado a insinuarse en el recto y el vientre elefantiásico sufre ahora retortijones, rápidos calambres y un repentino escalofrío electriza su espina dorsal. El médico lo ayuda a sentarse en el excusado, le da una palmadita en el hombro y le resume su filosofía: “Consuélese pensando que después de esta experiencia todo lo que le ocurrirá en la vida será mejor.” Sale, juntando suavemente la puerta del baño. El teniente Pantoja sujeta ya una toalla entre los dientes y muerde con todas sus fuerzas. Ha cerrado los ojos, incrustado sus manos en las rodillas y dos millones de poros se han abierto como ventanas a lo largo de su cuerpo para vomitar sudor y hiel. Se repite, con toda la desesperación de que es capaz: “No cagaré visitadoras, no cagaré visitadoras.” Pero los dos litros de agua han comenzado ya a bajar, a deslizarse, a caer, a irrumpir, ardorosos y satánicos, perniciosos, homicidas, alevosos, arrastrando sólidos bloques de llamas, cuchillos y punzones que abrasan, hincan, arden, ciegan. Ha dejado caer la toalla de la boca para poder rugir como león, hozar como chancho y reir como hiena al mismo tiempo.

Resolución confidencial de afectación del BAP “Pachitea “

El contralmirante Pedro G. Carrillo, jefe de la Fuerza
Fluvial del Amazonas,

CONSIDERANDO:

1. Que ha recibido una solicitud del capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA), recientemente creado por el Ejército con miras a solucionar un extendido problema biológico psicológico de los clases y soldados que sirven en regiones remotas, para que la Fuerza Fluvial del Amazonas le preste ayuda y facilidades en la organización del sistema de transporte entre el puesto de mando y centro logístico del Servicio de Visitadoras y sus centros usuarios;
2. Que la solicitud mencionada tiene el visto bueno de la Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército (general Felipe Collazos) y de la Comandancia de la V Región (Amazonía) (general Roger Scavino);
3. Que la Dirección de Administración del Estado Mayor de la Armada ha opinado favorablemente
sobre la solicitud, señalando al mismo tiempo la conveniencia de que el SVGPFA pudiera ampliar sus servicios a la base que la Armada tiene en las comarcas apartadas de la Amazonía y donde la marinería se halla aquejada de las mismas necesidades y apetencias de los clases y soldados del Ejército que motivaron la creación del Servicio de Visitadoras; 4. Que, consultado sobre el particular, el capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja ha respondido que el SVGPFA no tenía inconveniente en acceder a dicha sugerencia, precisando para esto que la Fuerza Fluvial del Amazonas efectuara, en las bases de la selva, un test de su concepción, encaminado a detectar el número potencial de usuarios Armada Peruana (AP) del SVGPFA, el mismo que, instrumentalizado por los oficiales responsables con la debida prontitud y esmero, arrojo un número potencial de usuarios de 327, con un promedio ambicionado por usuario de 10 prestaciones mensuales y un tiempo promedio ambicionado de 35 minutos por prestación individual;

RESUELVE:

1. Que se afecte provisionalmente al Servicio de Visitadoras, como medio de transporte por los ríos de la Hoya Amazónica entre su centro logístico y sus centros usuarios, al ex Buque Dispensario Pachitea, con una dotación permanente de cuatro hombres, al mando del suboficial primero Carlos Rodríguez Saravia;
2. Que el RAP Pachitea, antes de abandonar la base de Santa Clotilde, donde descansa desde que fuera retirado, luego de medio siglo ininterrumpido de navegación al servicio de la Armada, historial que estrenó con una destacada participación en el conflicto con Colombia de 1910, sea despojado de banderas, insignias y demás distintivos que lo sindican como barco de la Armada Peruana, pintado del color que el capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja señale, siempre que no sea ni gris acero ni blanco nube, que son los colores de los barcos AP, y sustituido su nombre original Pachitea en la proa y puente de mando por el de Eva, que el Servicio de Visitadoras ha elegido para él.
3. Que, antes de asumir su nuevo destino, el suboficial primero Carlos Rodríguez Saravia y la tripulación su mando sean debidamente aleccionados por sus superiores sobre la delicadeza de la tarea que van a cumplir, la necesidad de que en el desempeño de la misma vistan sólo de civil y oculten su condición de miembros de la Armada, mantengan la máxima reserva sobre lo que vean y oigan en el curso de sus desplazamientos y, en general, eviten la menor confidencia y revelación en torno a la naturaleza del Servicio al que han sido destacados;
4. Que el combustible requerido en sus nuevas funciones por el BAP ex Pachitea sea proporcionalmente sufragado entre la Armada y el Ejército, según la respectiva utilización del Servicio de Visitadoras, lo que se puede determinar por el número de prestaciones brindadas al mes a cada institución, o por el número de desplazamientos a guarniciones militares o bases fluviales del BAP afectado al SVGPFA;
5. Que por ser de carácter confidencial, esta disposición no sea leída en el Orden del Día, ni exhibida en las bases, sino comunicada exclusivamente a los oficiales que deben hacerla cumplir.

Firmado:

Contralmirante PEDRO G. CARRILLO,
Jefe de la Fuerza Fluvial del Amazonas
Base de Santa Clotilde, 16 de agosto de 1956

c.c. al Estado Mayor de la Armada Peruana, a la
administración, Intendencia y Servicios Varios del
Ejército y a la Comandancia de la V Región (Amazonía).

SVGPFA

Parte número tres

ASUNTO GENERAL: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPPA).
ASUNTO ESPECÍFICO: Propiedades de la manteca de bufeo, del chuchuhuasi, el cocobolo, la clabohuasca, la huacapuruna, el ipururo y el viborachado, su incidencia sobre el SVGPFA, experiencias realizadas en la persona del suscrito y sugerencias que hace el mismo.
CARACTERÍSTICAS: secreto.
FECHA Y LUGAR: Iquitos, 8 de septiembre de 1956.

El suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del SVGPFA, respetuosamente se presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:
1. Que en toda la Amazonía existe la creencia de que la variedad colorada del bufeo (pez delfín de los ríos amazónicos) es un animal de una considerable potencia sexual, la misma que lo induce, con ayuda del demonio o espíritus malignos, a raptar cuanta mujer puede a fin de satisfacer sus instintos, adoptando para ello una forma humana tan varonil y apuesta que ningún ente femenino se le resiste. Que debido a dicha creencia se ha generalizado esta otra: que la manteca de bufeo incrementa el ímpetu viril y hace al varón irresistible a la hembra, siendo por eso un producto de enorme demanda en tiendas y mercados. Que el suscrito decidió hacer personalmente una verificación, a fin de determinar en qué forma esta creencia folklórica, superstición o hecho científico, podía incidir en el problema que ha originado y cimenta la existencia del Servicio de Visitadoras, y, poniéndose manos a la obra, solicito a su señora madre y a su esposa, bajo pretexto de receta médica, que durante una semana todas las comidas del hogar fueran elaboradas únicamente a base de manteca de bufeo, con los resultados que expone:
2. Que a partir del segundo día el suscrito experimento un aumento brusco del apetito sexual, acentuándose la anomalía en los días sucesivos al punto de que en los dos últimos de la semana, los malos tocamientos y el acto viril fueron las únicas reflexiones que ocuparon su mente, tanto de día como de noche (sueños, pesadillas), con grave perjuicio de su poder de concentración, sistema nervioso en general y efectividad en el trabajo. Que en consecuencia se vio en el imperativo de solicitar de su esposa y obtener de ella, durante la semana en cuestión, un promedio de dos veces diarias de relaciones íntimas, con el consiguiente fastidio y sorpresa de la misma, puesto que el suscrito acostumbraba tener relaciones de intimidad matrimonial a un ritmo de una vez cada diez días antes de venir a Iquitos, y de una cada tres después de llegar, porque debido indudablemente a factores ya identificados por la superioridad (calor, atmósfera húmeda), el suscrito había registrado un aumento del impulso seminal desde el mismo día que piso suelo amazónico. Que, al mismo tiempo, pudo comprobar que la función afrodisíaca de la manteca de bufeo se registra sólo sobre el varón, aunque no puede descartar que su cónyuge, afectada por el estímulo en cuestión, lo disimulara con mucho carácter por el natural sentimiento de pudor y corrección de toda dama que merece este apelativo, como el suscrito tiene a orgullo decir es el caso de su digna esposa;
3. Que en su afán de no escatimar esfuerzos para el mejor cumplimiento de la misión que la superioridad le ha encomendado y aun a riesgo de su salud física y de la estabilidad familiar, el suscrito decidió igualmente probar en su persona algunas de las recetas que la sabiduría y la lujuria popular loretanas proponen para el retorno o el refuerzo de la virilidad, vulgarmente llamadas, con perdón de la expresión, levantamuertos o, peor todavía, parapingas, y dice sólo algunas, porque en esta región de la Patria la preocupación por todo lo que se refiere al sexo es tan acuciosa y múltiple que hay, literalmente, millares de compuestos de este tipo, lo que hace imposible, aun con la mejor buena voluntad, que un individuo aislado pueda agotar la lista ni siquiera estando dispuesto a inmolar su vida en la experiencia. Que el suscrito tiene el deber de reconocer que se trata de sabiduría popular y no de superstición: ciertas cortezas empleadas para preparar cocimientos que se beben con alcohol, como el chuchuasi, el cocobolo, la clabohuasca y la huacapuruna, producen un escozor viril instantáneo e interminable que nada, salvo el acto mismo de la hombría, puede aplacar. Particularmente efectivo, por la velocidad casi aeronáutica con que opera sobre el centro generador es la mezcla de ipururo con aguardiente, que, apenas ingerida, causó en el suscrito un enfebrecimiento indisimulable, con la vergüenza que cabe imaginar, pues infortunadamente la experiencia no se llevaba a cabo en el propio hogar, sino en el centro nocturno “Las Tinieblas”, del balneario de Nanay. Que aún peor y realmente satánico es el
bebedizo llamado viborachado, aguardiente en el que se macera una víbora venenosa, de preferencia jergón, de efectos más cataclísmicos que los anteriores, porque, ofrecido esta vez casualmente al autor de este parte en otro sitio nocturno de Iquitos, el club “La Selva”, le comunicó un ardor y endurecimiento de tal ferocidad y urgencia que, con pesar que aún no merma, tuvo que recurrir en el incómodo lavabo del local mencionado, al vicio solitario que creía ya extinto desde los días de su infancia, para recobrar la temperancia la paz;
4. Que, por todo lo expuesto, el suscrito se permite recomendar a la superioridad se impartan instrucciones a todas las guarniciones, puestos de frontera y afines prohibiendo terminantemente el uso de manteca de bufeo colorado en la confección del rancho de clases y soldados, así como su uso individual por parte de la tropa, y que, igualmente, se prohiba de inmediato y bajo castigo de rigor el consumo, solos o mezclados, en sólido o en líquido, del chuchuhuasi, el cocobolo, la clabohuasca, la huacapuruna, el ipururo y el viborachado, so pena de que el Servicio de Visitadoras se vea bombardeado por una demanda todavía mucho mayor de la ya desorbitada a que debe hacer frente;
5. Que suplica se guarde el más estricto secreto respecto de este parte (y si fuera posible se destruya na vez leído) por contener confidencias extremadamente íntimas sobre la vida familiar del suscrito, que éste se ha resignado a hacer pensando en la compleja misión que el Ejército le ha confiado, pero con desasosiego y natural aprensión por la malicia y burlas que seguramente le atraerían de parte de sus compañeros oficiales si se divulgaran.
Dios guarde a Ud.

Firmado:
Capitán EP (Intendencia) PANTALEÓN PANTOJA

c.c. al comandante general de la V Region (Amazonía), general Roger Scavino.

ANOTACION:
a. Conviértase en disposición reglamentaria la sugerencia del capitán Pantoja, y, por tanto, comuníquese a todos los jefes de cuartel, campamento y puestos de la V Región (Amazonía) que a partir de hoy queda categóricamente prohibido el uso en los ranchos de los ingredientes, bebedizos y especies enumerados en la parte precedente.
b. Conforme a la solicitud del capitán Pantoja, destrúyase por fuego este parte número 3 del SVGPFA por contener revelaciones indelicadas sobre la vida personal y familiar del mismo.

General FELIPE COLLAZOS,
Jefe de Administración, Intendencia y Servicios del Ejército.

Lima, 18 de septiembre de 1956

Resolución secreta concerniente al FAP Hidro Catalina Número 37 “Requena”

El coronel FAP Andrés Sarmiento Segovia, comandante del Grupo Aéreo Número 42 de la Amazonía,

CONSIDERANDO:

1. Que el capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, con autorización y respaldo de las instancias
superiores del Ejército, ha solicitado ayuda del Grupo Aéreo Número 42 para el traslado continuo del personal del Servicio de Visitadoras de reciente creación, desde su centro logístico, a orillas del Itaya, hasta sus centros usuarios, muchos de los cuales se hallan tan aislados, sobre todo en período de lluvias, que el único medio funcional de transporte es el aéreo, y desde dichos puntos hasta el centro logístico;

2. Que la Comandancia de Administración y Culto del Estado Mayor de la Fuerza Aéreas Peruana ha consentido en acceder a la solicitud por deferencia hacia el Ejército, pero dejando constancia formal de que tiene reservas ante la índole del Servicio de Visitadoras, pues le parece poco compatible con las tareas naturales y propias de las Fuerzas Armadas y peligroso para su buen nombre y prestigio, siendo ésta una simple conjetura y de ningún modo una tentativa de intromisión en las actividades de la institución hermana,

RESUELVE:

1. Que se destaque al SVGPFA, en calidad de préstamo, para que efectúe los servicios de transporte indicados al FAP Hidro Catalina Número 37 Requena, una vez que la Sección Técnica y Mecánica del Grupo Aéreo Número 42 de la Amazonía lo haya puesto en condiciones de volver a volar;
2. Que, antes de despegar de la Base Aérea de Moronacocha, el FAP Hidro Catalina Número 37 sea debidamente camuflado, de tal manera que no pueda ser reconocido en ningún momento como perteneciente a la Fuerza Aérea Peruana mientras presta servicios al SVGPFA, cambiándosele para ello el color del fuselaje y las alas (de azul a verde con ribetes rojos) y el nombre (de Requena a Dalila, según deseo del capitán Pantoja);
3. Que se destaque, para pilotear el FAP Hidro Catalina Número 37, al suboficial del Grupo Aéreo Número 42 que haya tenido el mayor número de castigos y amonestaciones en su foja de servicios en lo que va corrido del año;
4. Que en vista del estado de deterioro técnico en que se halla el FAP Hidro Catalina Número 37, debido a sus largos años de servicio, sea semanalmente revisado por un mecánico del Grupo Aéreo Número 42 de la Amazonía, quien para ello se trasladará, discretamente y en ropas civiles, al centro logístico del SVGPFA;
5. Rogar encarecidamente al capitán Pantoja que el Servicio de Visitadoras tenga los mayores cuidados y miramientos con el Hidro Catalina Número 37, por tratarse de una verdadera reliquia histórica de la FAP, pues fue en esta noble máquina que el 3 de marzo de 1929, el teniente Luis Pedraza Romero unió por primera vez en vuelo directo las ciudades de Iquitos y Yurimaguas;
6. Que el combustible así como todos los gastos que exija el mantenimiento y uso del FAP Hidro Catalina Número 37 sean de incumbencia exclusiva del propio SVGPFA;
7. Que esta Resolución sea comunicada únicamente a quienes afecta o menciona, y, por ser de máximo secreto, se castigue con 60 días de rigor a quienquiera divulgue o participe su contenido fuera de las mencionadas excepciones.

Firmado:
Coronel FAP ANDRÉS SARMIENTO SEGOVIA

Base Aérea de Moronacocha, 7 de agosto de 1956.

c.c. a la Comandancia de Administración y Culto del Estado Mayor de la Fuerza Aérea Peruana, a la Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército y a la Comandancia de la V Región (Amazonía).

Disposición interna del Servicio de Sanidad del Campamento Militar Vargas Guerra
El comandante EP (Sanidad) Roberto Quispe Salas, jefe del Servicio de Sanidad del Campamento Militar Vargas Guerra, vistas las instrucciones confidenciales recibidas de la Comandancia General de la V Región (Amazonía), adopta las directivas siguientes:
1. El mayor EP (Sanidad) Antipa Negrón Azpilcueta seleccionará entre el equipo de enfermeros y prácticos sanitarios de la Sección “Enfermedades infectocontagiosas” a la persona que considere más capacitada científica y moralmente para cumplir las funciones que las instrucciones de la Comandancia de la V Región (Amazonía) tipifican para el futuro Asistente Sanitario del Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA);
2. El mayor Negrón Azpilcueta impartirá, en el curso de la presente semana, al enfermero o sanitario elegido un entrenamiento teórico práctico acelerado, en previsión de las tareas que deberá desempeñar en el SVGPFA, las que, en lo esencial, consistirán en detectar el domicilio de liendres, chinches, piojos, ladillas y ácaros en general, enfermedades venéreas y afecciones vulvo vaginales infecto contagiosas en las visitadoras integrantes de los convoyes, inmediatamente antes de la partida de éstos hacia los centro usuarios del SVGPFA;
3. El mayor Negrón Azpilcueta suministrará al Asistente Sanitario un botiquín de primeros auxilios,
con añadido de sonda, paleta y dedo de lástex para exploración vaginal, dos guardapolvos blancos, dos pares de guantes de jebe y un número adecuado de cuadernos, en los que, semanalmente, aquél deberá pasar parte al Servicio de Sanidad del Campamento Militar Vargas Guerra sobre el movimiento cuantitativo y cualitativo del Puesto de Asistencia Sanitaria del SVGPPA;
4. Comunicar esta disposición sólo al interesado y archivarla con la advertencia “Secreta”.

Firmado:
comandante EP (Sanidad) ROBERTO QUISPE SALAS

Campamento Militar Vargas Guerra,
1 de septiembre de 1956.

c.c. a la Comandancia General de la V Región (Amazonía) y al capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA).

Informe del alférez Alberto Santana a la Comandancia General de la V Región (Amazonía) sobre la operación piloto efectuada por el SVGPFA en el Puesto de Horcones a su mando.

Conforme a las instrucciones recibidas, el alférez Alberto Santana tiene el honor de remitir a la Comandancia General de la V Región (Amazonía), la siguiente relación de hechos acaecidos en el Puesto a su mando sobre el río Napo:
Apenas informado por la superioridad de que el Puesto de Horcones había sido elegido sede de la experiencia inaugural del Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, se dispuso a prestar todas las facilidades para el éxito de la operación y preguntó por radio al capitán Pantaleón Pantoja qué disposiciones debía tomar en Horcones previas a la experiencia piloto. A lo cual el capitán Pantoja le hizo saber que ninguna porque él personalmente se trasladaría al río Napo para supervigilar los preparativos y el desarrollo de la prueba.
Efectivamente, el día lunes 12 de septiembre, a las 10 y 30 de la mañana, aproximadamente, acuatizó en el río Napo, frente al Puesto, un hidroavión de color verde con el nombre Dalila pintado en letras rojas en el fuselaje, piloteado por un individuo al que apodan Loco, y, como pasajeros, el capitán Pantoja, quien vestía de civil, y una señora llamada Chuchupe, a quien fue preciso descender cargada por hallarse en estado de desmayo. La razón de su desvanecimiento fue haber pasado mucho susto durante el vuelo río Itayario Napo, debido a los sacudimientos impartidos por el viento al avión y a que el piloto, según afirmación de la susodicha, con intención de aumentar su terror para divertirse, había efectuado constantes, arriesgadas e inútiles acrobacias, que sus nervios no pudieron soportar. Una vez que la mencionada señora se hubo repuesto pretendió, con abuso de palabras y gestos soeces, agredir de obra al piloto, siendo preciso que el capitán Pantoja interviniera para poner fin al incidente.
Apaciguados los ánimos, luego de un rápido refrigerio, el capitán Pantoja y su colaboradora procedieron a dejar todo expedito para la realización de la experiencia, la que debía celebrarse al día siguiente, martes 13 de septiembre. Los preparativos fueron de dos órdenes: de participantes y topográficos. En cuanto a los primeros, el capitán Pantoja, ayudado del suscrito, estableció una lista de usuarios, preguntando para ello, uno por uno a los veintidós clases y soldados del Puesto—los suboficiales fueron excluidos—si deseaban beneficiarse del Servicio de Visitadoras, para lo cual se les explicó la índole del mismo. La primera reacción de la tropa fue de incredulidad y desconfianza, creyendo que se trataba de una estratagema, como cuando se piden ¡voluntarios para ir a Iquitos!
Y a los que dan un paso adelante se los manda a limpiar letrinas. Fue preciso que la mencionada Chuchupe hiciera presente y hablara a los hombres en términos maliciosos para que, a las sospechas y dudas, sucediera, primero, una gran hilaridad, y luego una excitación de tal magnitud que fue necesario a los suboficiales y al suscrito actuar con la máxima energía para calmarlos. De los veintidós clases y soldados, veintiuno se inscribieron como candidatos usuarios, siendo la excepción el soldado raso Segundo Pachas, quien indicó que se exceptuaba porque la operación tendría lugar en día martes 13 y que, siendo él supersticioso, estaba seguro que le traería mala suerte participar en ella. Según indicación del enfermero de Horcones se eliminó igualmente de la lista de candidatos usuarios al cabo Urondino Chicote, por estar aquejado de una erupción de sarna, susceptible de propagarse, vía la visitadora respectiva, al resto de la unidad. Con lo cual quedó definitivamente establecida una lista de veinte usuarios, quienes, consultados, admitieron que se les descontara por planilla la tarifa fijada por el SVGPFA como retribución por el servicio que se les ofrecería.
En cuanto a los preparativos topográficos consistieron fundamentalmente en acondicionar cuatro emplazamientos destinados a las visitadoras del primer convoy del SVGPFA y se llevaron a cabo bajo la dirección exclusiva de la apodada Chuchupe. Esta indicó que, como podía darse caso de lluvia, los locales debían estar techados, y, de preferencia, no ser continuos para evitar interferencia auditiva o emulaciones, lo que por desgracia no se pudo conseguir totalmente. Pasada revista a las instalaciones techadas del Puesto, que, la superioridad lo sabe, son escasas, se eligieron el depósito de víveres, el puesto de radio y la enfermería como las más aparentes. Debido a su amplitud, el depósito de víveres pudo ser dividido en dos compartimentos, utilizando como barrera separatoria las cajas de comestibles. La indicada Chuchupe solicitó luego que en cada emplazamiento se colocara una cama con su respectivo colchón de paja o de jebe, o en su defecto una hamaca, con un hule impermeable destinado a evitar filtraciones y deterioro del material. Se procedió de inmediato a trasladar a dichos emplazamientos cuatro camas (elegidas por sorteo) de la cuadra de la tropa, con sus colchones, pero como no fue posible conseguir los hules demandados, se los reemplazó con las lonas que se utilizan para cubrir la maquinaria y el armamento cuando llueve. Asimismo, una vez forrados los colchones con las lonas, se procedió a instalar mosquiteros para que los insectos, tan abundantes en esta época, no obstaculizaran el acto de la prestación. Habiendo resultado imposible dotar a cada emplazamiento de la bacinica que la señora Chuchupe pedía, por no disponer el Puesto de ni uno solo de dichos artefactos, se les suministró cuatro baldes de pienso. No hubo dificultad en instalar sendos lavadores con sus recipientes de agua respectivos en cada emplazamiento, así como en proveer a cada uno de éstos de una silla, cajón o banco para colocar la ropa, y de dos rollos de papel higiénico, rogando el suscrito a la superioridad se sirva ordenar a Intendencia le reponga cuanto antes estos últimos elementos, por lo justas que son nuestras reservas en dicho artículo, no habiendo en esta zona tan aislada nada con qué sustituirlo, como papel periódico o de envolver y existiendo el antecedente de urticarias y graves irritaciones cutáneas en la tropa por emplear hojas de árboles. Asimismo, la denominada Chuchupe precisó que era indispensable colocar en los emplazamientos cortinas que, sin dejarlos en la total oscuridad, amortiguaran la luz del sol y dieran una cierta penumbra, la que, según su experiencia, es el ambiente más adecuado para la prestación. La imposibilidad de conseguir los visillos floreados que sugería la señora Chuchupe no fue impedimento; el sargento primero Esteban Sandora improvisó ingeniosamente una serie de cortinas con las frazadas y capotes de la tropa que cumplieron bastante bien su cometido, dejando a los emplazamientos en la media luz requerida. Además, por si caía la noche antes de que terminara la operación, la señora Chuchupe hizo que se recubrieran los mecheros de los emplazamientos con trapos de color rojo, porque, aseguró, la atmósfera colorada es la más conveniente para el acto. Finalmente, la denominada señora, insistiendo en que los locales debían tener cierto toque femenino, procedió ella misma a confeccionar unos ramitos con flores, hojas y tallos silvestres, que recogió ayudada por dos números, y que colocó artísticamente en los respaldares de las camas de cada emplazamiento. Con lo cual los preparativos estuvieron ultimados y sólo quedó esperar la llegada del convoy.
Al día siguiente, martes 13 de Septiembre, a las 14 horas 15 minutos de la tarde, acoderó en el embarcadero del Puesto de Horcones el primer convoy del SVGPFA. Apenas fue visible el barco transporte—recién pintado de verde y con su nombre Eva inscrito en gruesas letras rojas en la proa—, la tropa hizo un alto en sus tareas cotidianas, prorrumpió en exclamaciones de entusiasmo y arrojó las cristinas al aire en señal de bienvenida. Inmediatamente, siguiendo las instrucciones del capitán Pantoja, se instaló un sistema de guardia para impedir que se aproximara al Puesto algún elemento civil durante la experiencia piloto, peligro en realidad improbable teniendo en cuenta que la población más cercana a Horcones es una tribu de indios quechuas a dos días de navegación aguas arriba del Napo. Gracias a la decidida colaboración de los números, el desembarco transcurrió con toda normalidad. El barco transporte Eva venía comandado por Carlos Rodríguez Saravia (suboficial de la Marina camuflado de civil) y una dotación de cuatro hombres, quienes, por orden del capitán Pantoja permanecieron a bordo durante toda la estadía de Eva en Horcones. Presidían el convoy dos colaboradores civiles del capitán Pantoja: Porfirio Wong y un individuo de sobrenombre Chupito. En cuanto a las cuatro visitadoras, cuya aparición en la escalerilla de desembarco fue saludada con salvas de aplausos por la tropa, respondían a los siguientes apelativos (las cuatro rehusaron dar a conocer sus apellidos): LALITA, IRIS, PECHUGA y SANDRA. Las cuatro fueron inmediatamente concentradas por los llamados Chupito y Chuchupe en el depósito de víveres, para descansar y recibir instrucciones, y quedó vigilando la puerta el denominado Porfirio Wong. Teniendo en cuenta el desasosiego que la presencia de las visitadoras había provocado en los hombres del Puesto, resultó muy oportuno mantenerlas acuarteladas hasta la hora fijada para el comienzo de la operación (las cinco de la tarde), pero ello motivó un leve percance en el seno del SVGPFA. Porque, pasado un tiempo de recuperación de las fatigas del viaje, las nombradas visitadoras pretendieron abandonar el local, alegando que deseaban conocer las inmediaciones y pasear por el Puesto. Al no serles permitido por sus responsables, protestaron con gritos y lisuras y trataron incluso de forzar la salida. Para mantenerlas concentradas fue preciso que ingresara al depósito de víveres el propio capitán Pantoja. Como anécdota, se señala que el soldado raso Segundo Pachas solicitó poco después de la llegada del convoy que se le incluyera entre los usuarios, indicando que estaba dispuesto a desafiar la mala suerte, lo que le fue denegado por estar la lista definitivamente confeccionada.
A las 17 horas menos 5 minutos, el capitán Pantoja ordenó que las visitadoras ocuparan sus respectivos emplazamientos, los mismos que habían sido sorteados así: depósito de víveres, LALITA y PECHUGA; puesto de radio, SANDRA; enfermería, IRIS. Como controladores se situaron el propio capitán Pantoja a la puerta del depósito de víveres, el suscrito ante el puesto de radio y el suboficial Marcos Maravilla Ramos ante la enfermería, cada cual con su respectivo cronómetro. A las 17 horas exactas, es decir apenas terminadas las tareas y servicios de la tropa (con excepción de la guardia), se hizo formar a los veinte usuarios y se les pidió indicar a la visitadora de su elección, produciéndose entonces la primera dificultad seria, debido a que dieciocho de los veinte se pronunciaron resueltamente por la denominada PECHUGA y los dos restantes por IRIS, con lo que las otras dos quedaban sin candidatos usuarios. Consultado sobre la decisión a tomarse, el capitán Pantoja sugirió y el suscrito puso en práctica la solución siguiente: los cinco hombres de mejor comportamiento en el mes, según foja de servicios, fueron dirigidos hacia el emplazamiento de la solicitada PECHUGA y los cinco de mayor número de castigos y amonestaciones al de la llamada SANDRA, por ser la de físico más perjudicado entre las cuatro visitadoras (abundantes marcas de viruela). Los otros fueron divididos en dos grupos y dirigidos, mediante sorteo, a los emplazamientos respectivos de IRIS Y LALITA. Una vez formados los cuatro grupos de cinco hombres, se les explicó brevemente que no podrían excederse de una permanencia máxima de veinte minutos en el emplazamiento, tiempo tope de una prestación normal según el reglamento del SVGPFA, y se ordenó a quienes esperaban, guardar el mayor silencio y compostura para no perturbar al compañero en acción. La segunda dificultad seria surgió en ese momento, pues todos los hombres pugnaban por ponerse a la cabeza de su grupo respectivo a fin de ser los primeros en obtener la prestación de cada visitadora, llegando a registrarse empujones y altercados verbales. Una vez más hubo que imponer la calma y acudir al sistema del sorteo para disponer el orden de colocación en las filas, todo lo cual significó una demora de unos quince minutos.

A las 17 y 15 se dio la orden de arranque. Conviene adelantar que, en su conjunto, la operación piloto se llevó a cabo con todo éxito, más o menos dentro de los plazos previstos, y con un mínimo de percances.
En cuanto al tiempo de permanencia con la visitadora tolerado a cada usuario, que el capitán Pantoja había temido resultara demasiado corto para una satisfactoria y completa prestación, resultó incluso excesivo.
Por ejemplo, éstos son los tiempos empleados por los cinco usuarios del grupo SANDRA que el suscrito cronometró: el primero, 8 minutos; el segundo, 12; el tercero, 16; el cuarto, 10, y el quinto, quien obtuvo el récord, 3 minutos. Tiempos semejantes registraron también los hombres de los demás grupos. De todos modos, el capitán Pantoja hizo notar que estas marcas eran sólo relativamente válidas como síntoma general, ya que, por el aislamiento de Horcones, 108 usuarios aquí tenían una impaciencia viril acuartelada por plazos tan largos (algunos, seis meses) que tendían a ser anormalmente rápidos en el acto de la prestación.
Teniendo en cuenta que entre prestación y prestación había un compás de espera de unos minutos, a fin de que los denominados Chupito y Chuchupe cambiaran el agua de los recipientes de cada emplazamiento, se puede concluir que la operación duró menos de dos horas desde su principio hasta su fin.
Ciertos incidentes se suscitaron en el curso de la experiencia piloto, pero sin revestir gravedad, siendo algunos, incluso, divertidos y útiles para relajar un poco la tensión nerviosa de los hombres que hacían cola.
Así, por ejemplo, debido a un descuido del radio operador del Puesto, que a diario sintoniza Radio Amazonas de Iquitos para escuchar el programa La Voz del Sinchi, que propalamos por el altavoz, al marcar los relojes las 18 horas, la voz de este locutor irrumpió intempestivamente sobre Horcones, pues la emisora estaba en encendido automático, lo que provocó risotadas y amenidad en los hombres, sobre todo cuando vieron asomar en paños menores a la visitadora SANDRA y al sargento primero Esteban Sandora, quienes, por estar efectuando la prestación en el puesto de radio, se alarmaron sobremanera al estallar el ruido. Otro breve incidente se produjo cuando, aprovechándose de que en el depósito de víveres se hallaban operando en compartimentos vecinos PECHUGA y LALITA, el soldado raso Amelio Sifuentes, de la cola de usuarios de esta última, pretendió maliciosamente introducirse en el emplazamiento de la apodada PECHUGA, la misma que, como la superioridad habrá percibido, fue la que conquistó más simpatías entre los hombres de Horcones. El capitán Pantoja sorprendió la mañosa intentona del número Sifuentes y lo reprendió con severidad. En el mismo depósito de víveres se registró igualmete otro percance, que sólo fue descubierto por el suscrito cuando el convoy del SVGPFA había partido.
Es así que durante el tiempo dedicado a las prestaciones, o antes, mientras las visitadoras se hallaban concentradas allí, alguien aprovechó la contingencia para abrir una lata de comestibles y sustraer siete conservas de atún, cuatro paquetes de galletas de agua y dos gaseosas, sin que hasta el momento haya sido posible identificar al o a los culpables. En resumen, y con la sola excepción de estos incidentes de orden menor, a las siete de la noche la operación había terminado con todo éxito y reinaba en el Puesto un ambiente de gran satisfacción, paz y alegría entre clases y soldados. El suscrito olvidaba señalar que varios usuarios, al terminar la prestación respectiva, inquirieron si era posible volver a hacer cola (la misma o una distinta) para obtener una segunda prestación, lo que fue denegado terminantemente por el capitán Pantoja. Éste explicó que se estudiaría la posibilidad de autorizar que se repita la prestación cuando el SVGFPA haya alcanzado su máximo volumen operacional.
Apenas terminada la experiencia piloto, las cuatro visitadoras y los colaboradores civiles Chupito, Chuchupe y Porfirio Wong embarcaron en Eva para regresar al centro logístico del río Itaya, en tanto que el capitán Pantoja partía en Dalila. Por más que el piloto dio seguridades a la denominada Chuchupe de que conduciría el aparato debidamente y de que no se repetirían los incidentes del día anterior, ésta se negó a volver en avión. Antes de abandonar Horcones, entre los aplausos y gestos reconocidos de clases y soldados, el capitán Pantoja agradeció al suscrito por las facilidades prestadas y por su contribución al éxito de la operación piloto del SVGPFA y le indicó que esta experiencia, muy provechosa para él, le permitiría perfeccionar y programar en todo detalle el sistema de trabajo, control y desplazamientos del Servicio de Visitadoras.
Sólo queda por someter a la consideración de la superioridad, junto con este informe que ojalá le sea útil, la solicitud firmada por los cuatro suboficiales del Puesto de Horcones para que en lo venidero se permita también ser usuarios del SVGPFA a los mandos Intermedios, lo que tiene recomendación favorable del suscrito, debido al buen efecto psicológico y físico que la experiencia está demostrando haber tenido en clases y soldados.

Dios guarde a Usted.

Firmado:

alférez ALBERTO SANTANA,
jefe del Puesto de Horcones, sobre el río Napo

16 de septiembre de 1956

ADMINISTRACIÓN, INTENDENCIA Y SERVICIOS VARIOS DEL EJÉRCITO

DEPARTAMENTO DE CONTABILIDAD Y FINANZAS

Resolución confidencial número 069

Los oficiales jefes de Intendencia o suboficiales encargados de dicha función en los cuarteles, campamentos y puestos de la V Región Militar (Amazonía), quedan facultados a partir de hoy, 14 de septiembre de 1956, a descontar por planilla de las propinas de los soldados y de los haberes de los clases la remuneración correspondiente a las prestaciones que les brinde el Servicio de Visitadoras (SVGPFA). Dichos descuentos deberán ceñirse estrictamente a las siguientes disposiciones:

1. Las tarifas por prestación, fijadas por el SVGPFA con el visto bueno de la superioridad, serán únicamente de dos tipos, en todos los casos y circunstancias, a saber:
Soldados rasos: veinte (20) soles por prestación. Clases (de cabo a sargento primero): treinta (30)
soles por prestación
2. El límite máximo de prestaciones mensuales admitidas será de 8 (ocho), no señalándose límite mínimo.
3. La suma descontada será dirigida por el oficial de Intendencia o suboficial encargado, al SVGPFA, organismo que remunerará a las visitadoras mensualmente, de acuerdo al número de prestaciones que hayan servido.
4. Para la verificación y control del sistema, se seguirá el siguiente procedimiento: el oficial de Intendencia o suboficial encargado recibirá con esta resolución un número adecuado de cupones de cartón, de dos tipos, cada uno de ellos en uno de los colores simbólicos del SVGPFA y sin ninguna indicación escrita: 109 de color rojo destinados a los soldados y en consecuencia cada uno valdrá veinte (20) soles y los de color verde para clases y por consiguiente cada uno representará treinta (30) soles. El día primero de cada mes se distribuirán a cada clase y soldado de la unidad el número de cupones equivalentes al máximo de prestaciones a que tiene derecho, es decir ocho (8). Un cupón será entregado por el usuario a la visitadora cada vez que se beneficie de una prestación. El día último del mes el clase o soldado devolverá a Intendencia los cupones no usados, haciéndose entonces el correspondiente descuento en función del número de cupones no devueltos (en los casos de extravío o pérdida del cupón, el perjuicio será para la visitadora y no para el SVGPFA).
5. Siendo imprescindible por razones de decoro y moral conservar el máximo de discreción sobre la naturaleza de esta operación contable, en los libros del cuartel, campamento o puesto los descuentos por prestaciones del SVGPFA figurarán camuflados mediante contraseñas. Para el efecto, el oficial o suboficial de Intendencia podrá usar cualquiera de las siguientes fórmulas:
a. Descuento para gastos de vestuario
b. Descuento por deterioro del arma
c. Adelanto por desplazamiento familiar
d. Descuento por actividades deportivas
e. Descuento por sobrealimentación
Esta Resolución número 069 no será exhibida en las unidades ni comunicada a través de partes o del Orden del Día. El oficial o suboficial de Intendencia participará verbalmente de su contenido a los soldados y clases de su unidad, instruyéndolos al mismo tiempo para que guarden la mayor reserva sobre esta materia, por ser susceptible de echar sombras o atraer críticas malévolas sobre la institución.

Firmado:

coronel EZEQUIEL LÓPEZ LÓPEZ,
jefe del Departamento de Contabilidad y Finanzas

Cúmplase y distribúyase:
general FELIPE COLLAZOS

Lima, 14 de septiembre de 1956

Misiva del capitán (CCC) Avencio P. Rojas, capellán de la Unidad de Caballería número 7 Alfonso
Ugarte, de Contamana, a la Jefatura del Cuerpo de Capellanes Castrenses (CCC) de la V Región
(Amazonía).

Contamana, 23 de Noviembre de 1956

Comandante (CCC)
Godofredo Beltrán Calila
Iquitos, Loreto.
Mi comandante y caro amigo:

Cumplo con el deber de informarle que, por dos veces consecutivas en el espacio del presente mes, mi unidad ha recibido la visita de grupos de prostitutas, oriundas de Iquitos y venidas hasta aquí por barco, que fueron alojadas en el cuartel y quienes pudieron ejercer comercio carnal con la tropa a ojos vistas y con la total anuencia de la oficialidad. Entiendo que las dos veces capitaneaba el equipo de mujerzuelas un individuo contrahecho y enano, a quien, se dice, conocen con el alias de Chupo o Pupo en los medios prostibularios de Iquitos. No puedo darle mayores detalles sobre este acontecimiento, que conozco sólo de oídas, ya que en ambas ocasiones fui previamente alejado de aquí por el mayor Zegarra Avalos. La primera vez, y sin considerar que me hallo aún convaleciendo de la hepatitis que tantos estragos hizo a mi organismo, como usted sabe de sobra, el mayor me envió a dar la extremaunción a un proveedor de la unidad, un pescador supuestamente moribundo, que vive a ocho horas de marcha por una trocha de lodazales pestilentes, y a quien encontré borracho y con apenas una insignificante herida en el brazo causada por la mordedura de un mono shimbillo. La segunda vez el mayor me envió a bendecir una tienda de campaña, refugio de exploradores, a catorce horas aguas arriba del Huallaga, misión absolutamente disparatada, como usted se hará cargo, pues jamás en toda su historia ha acostumbrado el Ejército bendecir semejantes instalaciones de tan precaria existencia. Ambas consignas, es evidente, fueron pretextos para evitar el ser testigo de la conversión en lenocinio de la Unidad número 7 de Caballería, aunque, le aseguro, por doloroso que hubiera sido para mí ese espectáculo no me habría causado las fatigas físicas y la frustración psicológica que significaron ese par de expediciones inútiles.
Una vez mas me permito rogarle, mi querido y respetado comandante, se sirva apoyar con el peso de la influencia que le ha ganado merecidamente su alto prestigio, mi solicitud de traslado a una unidad más llevadera y donde pueda ejercer con más beneficio espiritual mi misión de hombre de Dios y pastor de almas. Le repito, a riesgo de cansarlo, que no hay fortaleza moral ni sistema nervioso que aguante las infinitas burlas y el escarnio constante de que soy objeto aquí, tanto por parte de los oficiales como de la tropa.
Todos parecen convencidos de que el capellán es el entretenimiento y hazmerreír de la unidad, y no pasa día sin que me hagan víctima de alguna vileza, a veces tan impía como encontrar un ratón en lugar de hostias en el copón de la Eucaristía en plena celebración de la Misa, o ir despertando la hilaridad general porque me ha sido pegoteado sin que yo lo notara un dibujo obsceno a las espaldas, o invitarme a beber cerveza que luego resulta ser orines, y otras cosas todavía más humillantes, ofensivas y hasta riesgosas para mi salud. Mi sospecha de que el propio mayor Zegarra Avalos instiga y atiza estas perfidias contra mí, ha pasado ya a ser certidumbre.
Pongo en su conocimiento estos hechos, rogándole se sirva indicarme si debería elevar una denuncia a la Comandancia General de la V Región sobre la venida de las rameras, o si convendría que usted mismo tomara en sus manos el asunto, o si en aras de intereses conviene guardar piadoso silencio sobre el particular.
En espera de su esclarecido consejo y haciendo votos por su buena salud y mejor ánimo, lo saluda muy afectuosamente su subordinado y amigo,

capitán (ccc) AVENCIO P. ROJAS,
capellán de la Unidad de Caballería número 7 Alfonso
Ugarte, de Contamana. V Región Militar (Amazonía)

Misiva del comandante (CCC) Godofredo Beltrán
Calila, jefe del Cuerpo de Capellanes Castrenses de la V Región (Amazonía) al capitán (CCC)
Avencio P. Rojas, capellán de la Unidad de Caballería número 7 Alfonso Ugarte, de Contamana

Iquitos, 2 de Diciembre de 1956

Capitán (CCC)
Avencio P. Rojas
Contamana, Loreto.

Capitán:
Una vez más debo lamentar que viva en la luna de Paita. Las delegaciones femeninas que visitaron la Unidad de Caballería número 7 Alfonso Ugarte, pertenecen al Servicio de Visitadoras para Guarniciones. Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA), organismo creado y administrado por el Ejército y sobre el cual usted y todos los capellanes a mi mando fueron informados por mí hace varios meses mediante la Circular (ccc) número 04606. La existencia del SVGPFA no alegra en absoluto al Cuerpo de Capellanes Castrenses, y todavía menos a mí mismo, pero no necesito recordarle que en nuestra institución donde manda capitán no manda marinero y por lo tanto no queda sino cerrar los ojos y rogar a Dios que ilumine a nuestros superiores para que rectifiquen lo que, a la luz de la religión católica y de la ética castrense, sólo puede ser considerado una grave equivocación.
En cuanto a las quejas que ocupan el resto de su carta, debo reconvenirlo severamente. El mayor
Zegarra Avalos es cu superior y le corresponde a él y no a usted, juzgar sobre la utilidad o inutilidad de las misiones que se le confían. La obligación suya es cumplirlas con la mayor celeridad y eficacia posible. Respecto a las burlas de que es objeto, y que por supuesto deploro, responsabilizo de ellas tanto y quizá más a su falta de carácter que a los malos instintos de los otros. ¿Debo recordarle que a usted compete, antes que a nadie, hacerse tratar con la alta deferencia que exige su doble condición de sacerdote y de soldado? Sólo una vez en mi vida de capellán, hace de esto 15 años, me faltaron el respeto y le aseguro que el atrevido debe estar todavía sobándose la cara. Llevar sotana no es llevar faldas, capitán Rojas, y en el Ejército no toleramos a los capellanes con propensión mujeril. Lamento que por su mal entendida noción de la mansedumbre evangélica, o por simple pusilanimidad, contribuya usted a mantener la abyecta especie de que los religiosos no somos varones enteros y de pelo en pecho, capaces de imitar al Cristo que arremetió a latigazos contra los mercaderes que vejaban el Templo.

¡Más dignidad y más coraje, capitán Rojas!
Su amigo,

comandante (ccc) GODOFREDO BELTRÁN CALILLA,
jefe del ccc de la V Región Militar

—Despierta, Panta—dice Pochita—. Pantita, ya son las seis.
—¿Se ha movido el cadetito?—se frota los ojos Panta—. Deja tocal baliguita.
—No hables como idiota, que te ha dado por imitar a los chinos—hace un gesto de fastidio Pochita—. No, no se ha movido. Toca, ¿sientes algo?
—Estos locos de los ‘hermanos’ resultaron cosa seria—agita El Oriente Bacacorzo—. ¿Vio lo que hicieron en Moronacocha? Para meterles bala, carajo.
Menos mal que la policía les está dando una batida en regla.

—Despierte, cadete Pantojita—pega la oreja al ombligo de Pochita Panta—. ¿No ha oído la diana? Qué espela, despiete, despiete.
—No me gusta que hables así, ¿no ves que estoy tan nerviosa con lo del niñito de Moronacocha?—reniega
Pochita—. No me aprietes la barriga tan fuerte, vas a hacerle daño al bebe.
—Pero, amor, estoy bromeando—se estira los ojos con dos dedos Panta—. Se me pega la manera de hablar de uno de mis ayudantes. ¿Te vas a enojar por ese adefesio? Anda, dame un besito.
—Tengo miedo de que el cadete se haya muerto—se soba la barriga Pochita—. No se movió anoche, no se mueve esta mañana. Le pasa algo, Panta.
—Nunca he visto un embarazo tan normal, señora Pantoja—la tranquiliza el doctor Arizmendi—. Todo va muy bien, no se preocupe. Lo único, cuidar los nervios.
Y para eso, ya sabe, ni acordarse ni hablar de la tragedia de Moronacocha.
—Bueno, a levantase y hacel los ejecicios, señol Pantoja—salta de la cama Panta—. Aliba, aliba.
—Te odio, muérete, por qué no me das gusto—le tira una almohada Pochita—. No hables como chino, Panta.
—Es que estoy contento, chola, las cosas van marchando—abre y cierra los brazos, se levanta y se agacha Panta—. Nunca creí sacar adelante la misión que me dio el Ejército. Y en sólo seis meses he progresado tanto que yo mismo me asombro.
—Al principio te fastidiaba ser espía, tenías pesadillas y llorabas y gritabas de dormido—le saca la lengua Pochita—. Pero ahora estoy notando que el Servicio de Inteligencia te encanta.
—Claro que estoy enterado de ese horror—asiente el capitán Pantoja—. Imagínese que mi pobre madre alcanzó a ver el espectáculo, Bacacorzo. Se desmayó de la impresión, por supuesto, y ha pasado tres días en la clínica, bajo tratamiento médico, con los nervios hechos trizas.
—¿No tenías que salir a las seis y media, hijito?—asoma la cabeza la señora Leonor—. Ya está tu desayuno servido.
—Me ducho en un dos pol tles, mamacita—hace flexiones, boxea con su sombra, salta la cuerda Panta—.
Buenos días, señola Leonol.
—Qué le pasa a tu marido que anda así—se sorprende la señora Leonor—. Tú y yo con el alma en un hilo por lo que ha pasado en esta ciudad y él más alegre que un canario.

—El sequeto es la Blasileña—murmura el Chino Porfirio—. Te lo julo, Chuchupe. La conoció anoche, donde Aladino Pandulo y quedó bizco. No podía disimulal, se le tocían los ojos de la admilación. Esta vez cayó, Chuchupe.
—¿Sigue tan bonita o ya se desmejoró algo?—dice Chuchupe—. No la veo desde antes que se fuera a Manaos. Entonces no se llamaba Brasileña, Olguita nomás.
—Tumba al suelo de buena moza, y además de ojos; tetitas y pienas, que toda la vida fuelon de escapalate, ha echado un magnífico culo—silba, manosea el aire el Chino Porfirio—. Se entiende que dos tipos se matalán pol ella.
—¿Dos?—niega con la cabeza Chuchupe—. Sólo el gringuito misionero, que yo sepa.

—¿Y el estudiante, mamy?—se hurga la nariz Chupito—. El hijo del Prefecto, el ahogado de Moronacocha.
También se suicidó por ella.
—No, ése fue accidente—le aparta la mano de la nariz y le alcanza un pañuelo Chuchupe—. El mocoso ya se había consolado, venía otra vez a Casa Chuchupe y se ocupaba con las chicas de lo más bien.
—Pero en la cama las hacía llamarse a todas Olguita—se suena y devuelve el pañuelo Chupito—. ¿No te acuerdas cómo nos reíamos espiándolo, mamy? Se arrodillaba y les besaba los pies imaginándose que eran ella. Se mató por amor, estoy seguro.
—Yo sé pol qué dudas, mujel de hielo—se toca el pecho el Chino Porfirio—. Poque a ti te falta lo que a
Chupón y a mí nos sobla: colazón.
—Pobre, la compadezco señora Leonor—se estremece Pochita—. Si yo, que sólo conozco el crimen de oídas y de leídas, tengo pesadillas y me despierto creyendo que están crucificando al cadetito, cómo no va a estar usted medio loca, habiendo visto a la criatura con sus propios ojos. Ay, señora Leonor, hablo de eso y se me escarapela el cuerpo, le digo.
—Vaya Olguita, se ha pasado la vida haciendo estragos—filosofa Chuchupe—. Y apenas regresa de Manaos me la pescan trabajando en plena vermouth del cine Bolognesi con un teniente de la Guardia Civil. ¡Las cosas que habrá hecho en el Brasil!
—Una mujer de rompe y raja, como a mí me gustan —se muerde los labios Chupito—. Bien servida de aquí y de acá, un álamo de alta y hasta parece que inteligente.
—¿Quieres que te ahogue en el río, feto de piojo?—le da un empujón Chuchupe.
—Era una broma para hacerte rabiar, mamy—brinca, la besa, suelta una carcajada Chupito—. Para mi corazoncito sólo tú existes. A las otras, las veo con los ojos de la profesión.
—¿Y el señor Pantoja ya la contrató?—dice Chuchupe—. Qué bueno sería verlo caer por fin en las redes de una mujer: los enamorados siempre se ponen blandos.
Él es demasiado recto, le hace falta.
—Quiele, pelo no le alcanza la platita—bosteza el Chino Porfirio—. Ah, qué sueño, lo único que no me
gusta del Sevicio son estas levantadas al alba. Ahí llegan las muchachas, Chupón.
—Pude darme cuenta desde que baje del taxi—se entrechocan los dientes de la señora Leonor—. Pero no me di, Pochita, pese a que noté el Arca más llena que otras veces y a que todo el mundo estaba, no sé, medio histérico. Rezaban, lloraban a gritos, había electricidad en el aire. Y, encima, esos truenos y relámpagos.
—Buenos días, visitadoras contentas y alegres—canta Chupito—. A ver, me van formado cola para la revista médica. Por orden de llegada y sin pelearse. Como en el cuartel, como le gusta a Pan Pan.
—Que ojos de mala noche, Pichuza—la pellizca en la mejilla el Chino Porfirio—. Se nota que no te basta el Servicio.
—Si sigues trabajando por tu cuenta, no durarás mucho aquí—advierte Chuchupe—. Ya se lo has oído mil veces a Pan—Pan.
—Hay incompatibilidad entre visitadora y puta, con perdón de la expresión—sentencia el señor Pantoja—.
Ustedes son funcionarias civiles del Ejército y no traficantes del sexo.
—Pero si no he hecho nada, Chuchupe—le muestra las uñas a Porfirio, se da una palmada en el trasero y zapatea Pichuza—. Tengo mala cara porque estoy con gripe y me desvelo en las noches.

—Ya no hable de eso, señora Leonor—la abraza Pochita—. El médico le ha recetado no pensar en ese niño y lo mismo a mí, acuérdese. Dios mío, pobre criatura.
¿Seguro que ya estaba muertecito cuando lo vio? ¿O agonizaba todavía?

—Juré que no pasaría más la revista médica y no la voy a pasar, Chupo—se coloca los puños en las caderas Pechuga—. Ese enfermero es un vivo, a mi no me pone nunca más la mano encima.
—Entonces te la pondré yo—grita Chupito—. ¿No has leído ese cartel? Lee, lee ¿qué mierda dice?
—”Las ordenes se obedecen sin dudas ni murmuraciones”—lee Chuchupe.
—¿No has leído este otlo?—grita el Chino Porfirio—.
Ya tiene más de un mes colgado ahí.
—”Solo se puede alegar contra una orden después de cumplirla”—lee Chuchupe.
—No los he leído porque no sé leer—se ríe Pechuga—.
Y a mucha honra.
—La Pechuga tiene razón, Chuchupe—se adelanta Peludita—. Ése es un abusivo, la revista médica es su gran viveza para aprovecharse. Con el cuento de buscar enfermedades, nos mete la mano hasta el cerebro.
—La última vez tuve que darle un sopapo—se rasca la espalda Coca—. Me mando un mordisco aquí, justo donde me dan esos calambres que usted sabe.
—A la cola, a la cola y no protesten que el enfermero también tiene su corazoncito—da palmadas, sonríe, las arrea Chuchupe—. No sean malagradecidas, qué más quieren que el Servicio las haga examinar y las tenga siempre sanitas.
—¡Formen cola y vayan pasando, chuchupitas!—ordena Chupito—. Pan—Pan quiere que los convoyes estén listos para la partida cuando él llegue.
—Sí, creo que ya estaba, ¿acaso no dicen que lo clavaron apenas comenzó el aguacero?—le tiembla la voz a la señora Leonor—. Por lo menos, cuando yo lo vi no se movía ni lloraba. Y mira que lo vi desde muy, muy cerca.
—¿Le transmitió al general Scavino mi solicitud? —apunta a una garza que se asolea en la rama de un árbol, dispara y falla el capitán Pantoja—. ¿Acepta recibirme?
—Lo espera en la Comandancia a las diez de la mañana—mira al animal alejarse aleteando frenético
sobre los árboles el teniente Bacacorzo—. Pero aceptó a regañadientes, ya sabe que el Servicio de Visitadoras no ha contado nunca con su aprobación.
—Lo sé de sobra, en siete meses sólo he podido verlo una vez—vuelve a levantar la escopeta y dispara contra la caparazón vacía de una tortuga y la hace brincar con el polvo el capitán Pantoja—. ¿Cree que es justo, Bacacorzo? Encima de que se trata de una misión difícil, Scavino me tiene entre ojos, me cree un personaje tenebroso. Como si yo hubiera inventado el Servicio.
—No lo ha inventado, pero ha hecho maravillas con él, mi capitán—se tapa los oídos el teniente Bacacorzo—. El Servicio de Visitadoras es ya una realidad y en las guarniciones no sólo es aprobado sino aclamado.
Debe sentirse satisfecho de su obra.
—Todavía no puedo, qué esperanza—arroja los cartuchos vacíos, se limpia la frente, vuelve a cargar la escopeta y se la pasa al teniente el capitán Pantoja—. ¿No se da cuenta? La situación es dramática. A costa de economías y de grandes esfuerzos, aseguramos 500 prestaciones semanales. Eso nos saca muelas, nos tiene boqueando. ¿Y sabe que demanda deberíamos cubrir?
¡Diez mil, Bacacorzo!
—Tiempo al tiempo—apunta apenas a un arbusto, dispara y mata una paloma el teniente Bacacorzo—. Estoy seguro de que con su tenacidad y su sistema de trabajo, conseguirá llegar a esos diez mil polvitos, mi capitán.
—¿Diez mil semanales?—arruga la frente el general Scavino—. Es una exageración delirante, Pantoja.
—No, mi general—se colorean las mejillas del capitán Pantoja—: una estadística científica. Mire estos organigramas. Se trata de un cálculo cuidadoso y, más bien, conservador. Aquí, vea: diez mil prestaciones semanales corresponden a la “necesidad psicológico biológica primaria”. Si intentáramos cubrir la “plenitud viril” de clases y soldados, la cifra sería de $3.200 prestaciones semanales.
—¿Cierto que el pobre angelito sangraba todavía de sus manitos y de sus piecesitos, señora?—balbucea, abre mucho los ojos, la boca Pochita—. ¿Que todos los hermanos y hermanas se empapaban con la sangre que chorreaba del cuerpecito?
—Me va a dar un sincope jadea el padre Beltrán—.
¿Quién le ha metido en la mollera esa aberración?
¿Quién le ha dicho que la plenitud viril sólo se alcanza fornicando?
—Los más destacados sexólogos, biólogos y psicólogos, Padre—baja los ojos el capitán—Pantoja.
—¡Le he dicho que me llame comandante, carajo!—ruge el padre Beltrán.
—Perdón, mi comandante—choca los talones, se confunde, abre un maletín, saca papeles el capitán Pantoja—. Me he permitido traerle estos informes. Son extractos de obras de Freud, de Havelock Ellis, de Wilhelm Steckel, de Selecciones y del doctor Alberto Seguín, nuestro compatriota. Si prefiere consultar los libros, los tenemos en la biblioteca del centro logístico.
—Porque además de mujeres, también distribuye pornografía por los cuarteles—golpea la mesa el padre Beltrán—. Lo sé muy bien, capitán Pantoja. En la guarnición de Borja, su ayudante el enano repartió estas inmundicias: Dos noches de placer y Vida, pasión y amores de María la Tarántula.

—A fin de acelerar la erección de los números y ganar tiempo, mi comandante—explica el capitán Pantoja—.
Lo hacemos de manera regular, ahora. El problema es que no tenemos suficiente material. Son ediciones fenicias, se deterioran al primer manoseo.

—Tenía sus ojitos cerrados, la cabecita caída sobre el corazón, como un Cristo chiquito junta las manos la señora Leonor—. De lejos parecía un monito, pero el cuerpo tan blanco me llamó la atención. Me fui acercando, llegué al pie de la cruz y entonces me di cuenta. Ay, Pochita, me estaré muriendo y todavía veré al pobre angelito.

—O sea que no fue una vez, ni iniciativa de ese enano satánico—aceza, suda, se ahoga el padre Beltrán—. Es el mismísimo Servicio de Visitadoras quien regala esos folletos a los soldados.
—Los prestamos, no hay presupuesto para regalarlos—aclara el capitán Pantoja—. Un convoy de tres a cuatro visitadoras tiene que despachar en una jornada a cincuenta, sesenta, ochenta clientes. Las novelitas han dado buen resultado y por eso las usamos. El número que va leyendo estos folletos mientras hace la cola, termina la prestación dos y tres minutos antes que el que no. Está explicado en los partes del Servicio, mi comandante.
—Lo habré oído todo antes de morirme, Dios mío—manotea en el perchero, coge su quepí, se lo pone y se cuadra el padre Beltrán—. Nunca imaginé que el Ejército de mi Patria iba a caer en semejante podredumbre.
Esta reunión es muy lastimosa para mí. Permítame retirarme, mi general.
—Siga nomás, comandante—le hace una venia el general Scavino—. Ya ve en qué estado lo pone a Beltrán el maldito Servicio de Visitadoras, Pantoja. Y con razón, claro. Le ruego que en el futuro nos ahorre los detalles escabrosos de su trabajo.
—Cuánto siento lo de tu suegra, Pochita—destapa la olla, prueba con la punta de la cuchara, sonríe, apaga la cocina Alicia—. Habrá sido terrible para ella ver eso ¿Sigue siendo hermana? ¿No la han molestado? Parece que la policía está metiendo presa a toda la gente del Arca, en busca de los culpables.
—¿Para qué ha pedido esta audiencia? Ya sabe que no quiero verlo por aquí—consulta su reloj el general Scavino—. Cuanto más claro y más breve sea, mejor.
—Estamos totalmente desbordados—se angustia el capitán Pantoja—. Hacemos esfuerzos sobrehumanos para ponernos a la altura de nuestras responsabilidades.
Pero es Imposible. Por radio, por teléfono, por carta nos abruman con solicitudes que no estamos en condiciones de satisfacer.
—Qué mierda pasa, en tres semanas no ha llegado un solo convoy de visitadoras a Borja—se enfurece, sacude el auricular, grita el coronel Peter Casahuanqui—. Tiene usted a mis hombres melancólicos, capitán Pantoja, me voy a quejar a la superioridad.
—Pedí un convoy y me mandaron una muestra—mordisquea la uña del dedo meñique, escupe, se indigna el coronel Máximo Dávila—. ¿Se le ocurre que dos visitadoras pueden atender a ciento treinta números y a dieciocho clases?
—Y qué quieres que haga si no hay más chicas disponibles—mueve las manos, ensaliva el aparato de radio Chuchupe—. ¿Que ponga putas como las gallinas ponen huevos? Además, te mandamos sólo dos pero una era Pechuga, que vale diez. Y por último ¿desde cuándo me usteas tú, Cocodrilo?
—Voy a quejarme a la Comandancia de la V Región por sus discriminaciones y preferencias, punto seguido—dicta el coronel Augusto Valdés—. La guarnición del río Santiago recibe un convoy cada semana y yo uno cada mes, punto. Si cree que los artilleros son menos hombres que los infantes, coma, estoy dispuesto a demostrarle lo contrario, coma, capitán Pantoja.

—No, a mi suegra no la han molestado, pero Panta tuvo que ir a la Comisaría a explicar que la señora Leonor no tenía nada que ver con el crimen—Pochita prueba también la sopa y exclama te salió regia, Alicia—. Y un policía vino a la casa, a hacerle preguntas sobre lo que había visto. Qué va a seguir siendo hermana, no quiere oír hablar del Arca y al Hermano Francisco lo crucificaría por el mal rato que pasó.

—Todo eso lo sé de sobra y me entristece—asiente el general Scavino—. Pero no me sorprende, cuando se juega con fuego uno se quema. La gente se ha enviciado Y. naturalmente, quiere más y más. El error estuvo en comenzar. Ahora no se podrá parar la avalancha, cada día seguirán aumentando las solicitudes.
—Y cada día voy a poder servirlas menos, mi general —se aflige el capitán Pantoja—. Mis colaboradoras están exhaustas y no puedo exigirles más, corro el riesgo de perderlas. Es imprescindible que el Servicio crezca.
Le pido autorización para ampliar la unidad a quince visitadoras.
—En lo que a mí concierne, denegado—respinga, agrava el rostro, se frota la calva el general Scavino—.
Por desgracia, la última palabra la tienen los estrategas de Lima. Trasmitiré su pedido, pero con recomendación negativa. Diez meretrices a sueldo del Ejército son más que suficientes.
—Le he preparado estos informes, evaluaciones y organigramas sobre la ampliación—despliega cartulinas, señala, subraya, se afana el capitán Pantoja—. Es un estudio muy cuidadoso, me ha costado muchas noches de desvelo. Observe, mi general: con un aumento presupuestario del 22%, dinamizaríamos el volumen operacional en un 60%: de 500 a 800 prestaciones semanales.

—Concedido, Scavino—decide el Tigre Collazos—.
La inversión vale la pena. Resulta más barato y más efectivo que el bromuro en los ranchos, que nunca dio resultado. Los partes hablan: desde que entró en funciones el SVGPFA han disminuido los incidentes en los pueblos y la tropa está más contenta. Déjalo que reclute esas cinco visitadoras.
—¿Pero y la Aviación, Tigre?—se revuelve en la silla, se levanta, se sienta el general Scavino—. ¿No ves que tenemos a toda la Fuerza Aérea en contra? Nos ha hecho saber varias veces que desaprueba el Servicio de Visitadoras. También hay oficiales del Ejército y de la Marina que lo piensan: ese organismo no congenia con las Fuerzas Armadas.

—Mi pobre vieja se había encariñado con esos locos del Arca, señor Comisario—cabecea avergonzado el capitán Pantoja—. Iba de cuando en cuando a Moronacocha a verlos y a llevarles ropita para sus niños. Una cosa rara, ¿sabe?, ella nunca había sido dada a las cosas de la religión. Pero esta experiencia la ha curado, le aseguro.
—Dale esa plata, cucufato, y no reniegues tanto—se ríe el Tigre Collazos—. Pantoja lo está haciendo bien y hay que apoyarlo. Y dile que a las nuevas reclutas las elija ricotonas, no te olvides.
—Me da usted una inmensa alegría con la noticia, Bacacorzo—respira hondo el capitán Pantoja—. Ese esfuerzo va a sacar al Servicio de un gran apuro, estábamos al borde del colapso por exceso de trabajo.
—Ya ve, salió con su gusto, puede contratar a cinco más—le entrega un comunicado, le hace firmar un recibo el teniente Bacacorzo—. Qué le importa tener en contra a Scavino y a Beltrán si los jefazos de Lima, como Collazos y Victoria, lo respaldan.
—Naturalmente que no molestaremos a su señora mamá, no se preocupe, capitán—lo toma del brazo, lo acompaña hasta la puerta, le da la mano, le hace adiós el Comisario—. Le confieso que va a ser difícil encontrar a los crucificadores. Hemos detenido a 150 hermanas y a 76 hermanos y todos lo mismo. ¿Sabes quién clavo al niño? Sí. ¿Quién? Yo. Uno para todos y todos para uno, como en los tres mosqueteros, esa película de Cantinflas, ¿la vio?
—Además, me va a permitir dar un cambio cualitativo al Servicio—relee el comunicado, lo acaricia con la yema de los dedos, dilata la nariz el capitán Pantoja—. Hasta hoy elegía al personal por factores funcionales, era sólo cuestión de rendimiento. Ahora, por primera vez entrará en juego el factor estético artístico.
—Carambolas —aplaude el teniente Bacacorzo—.
¿Quiere decir que se ha encontrado una Venus de Milo aquí en Iquitos?
—Pero con los brazos completos y una carita de resucitar cadáveres—tose, pestañea, se toca la oreja el capitán Pantoja—. Discúlpeme, tengo que irme. Mi señora está donde el ginecólogo y quiero saber cómo la encuentra. Sólo faltan dos meses para que nazca el cadetito.
—¿Y si en vez de cadetito le nace una visitadorcita, señor Pantoja?—echa a reír, calla, se asusta Chuchupe—. No se moleste, no me mire así. Ah, nunca se le pueden hacer bromas, es usted demasiado serio para sus años.
—¿No has leído esa consigna, tú que debes dar aquí el ejemplo?—señala la pared el señor Pantoja.

—”Ni bromas ni juegos durante el servicio”, mami —lee Chupito.
—¿Por qué no está lista la unidad para la inspección?—mira a derecha e izquierda, chasquea la lengua el señor Pantoja—. ¿Terminó la revista médica? Qué esperan para hacer formar y pasar lista.
—¡Formen fila, visitadoras! —hace bocina con las manos Chupito.
—¡Vuela volando, mamacitas!—corea el Chino Porfino.
—Y ahora nómbrense y numérense—taconea entre las visitadoras Chupito—. Vamos, vamos, de una vez.
—¡Uno, Rita!
—¡Dos, Penélope!
—¡Tres, Coca!
—¡Cuatro, Pichuza!
—¡Cinco, Pechuga!
—¡Seis, Lalita!
—¡Siete, Sandra!
—¡Ocho, Maclovia!
—¡Nueve, Iris!
—¡Diez, Peludita!
—Entelitas y completas, señol Pantoja—se dobla en una reverencia el Chino Porfirio.

—Se le ha quitado la superstición, pero se está volviendo beata, Panta—traza una cruz en el aire Pochita—. ¿Sabes adónde eran las escapadas de tu mamá que nos tenían tan intrigados? A la iglesia de San Agustín.
—Parte del servicio médico—ordena Pantaleón Pantoja.
—”Efectuada la revista, todas las visitadoras se hallan en condiciones de salir en operación”—descifra Chupito—. “La llamada Coca muestra algunos hematomas en la espalda y brazos, que tal vez perjudiquen su rendimiento en el trabajo. Firmado: Asistente Sanitario del SVGPFA—”
—Mentira, ese degenerado me odia por el sopapo que le aventé, quiere vengarse—se baja el cierre, expone el hombro, el brazo, mira con odio a la Enfermería Coca—. Sólo tengo unos rasguñitos que me hizo mi gato, señor Pantoja.

—Bueno, en todo caso eso está mejor, chola—se encoge bajo las sábanas Panta—. Si con los años le ha dado por la religión, mejor que sea por la verdadera y no por creencias bárbaras.
—Un gato que se llama Juanito Marcano y es idéntico a Jorge Mistral—susurra Pechuga al oído de Rita.
—Que tú ya te lo quisieras aunque sea para Fiestas Patrias—zigzaguea como una víbora Coca—. Tetas de chancha.
—Diez soles de multa a Coca y Pechuga por hablar en filas—no pierde la calma, saca un lápiz, un cuaderno el señor Pantoja—. Si crees que estás en condiciones de salir en el convoy, puedes hacerlo, Coca, ya que te autoriza el servicio sanitario, así que no te pongas histérica.
Y ahora, plan de trabajo de la jornada.

—Tres convoyes, dos de 48 horas y uno que regresa—esta misma noche—emerge de detrás de la formación Chuchupe—. Ya hice el sorteo con los palitos, señor Pantoja. Un convoy de tres chicas al campamento de Puerto América, en el río Morona.
—Quién lo comanda y quiénes lo integran—moja la punta del lápiz en los labios y anota Pantaleón Pantoja.
—Lo comanda este cristiano y van conmigo Coca, Pichuza y Sandra—indica Chupito—. Loco ya está dándole su mamadera a Dalila, así que podemos partir en diez minutos.
—Que Loco se porte bien y no haga las travesuras de siempre, señor Pan Pan señala al hidroavión que se balancea en el río y a la figurita que lo cabalga Sandra—. Mire que si me mato, usted sale perdiendo. Le he dejado mis hijitas en herencia. Y tengo seis.
—Diez soles a Sandra, por el mismo motivo que a las otras—levanta el índice, escribe Pantaleón Pantoja—.
Lleva tu convoy hacia el embarcadero, Chupito. Buen viaje y a trabajar con temperamento y convicción, muchachas.
—Convoy a Puerto América, nos fuimos—manda Chupito—. Cojan sus maletines. Y ahora, en dirección a Dalila, vuela volando, chuchupitas.
—Los convoyes dos y tres salen en Eva dentro de una hora—da parte Chuchupe—. En el dos, Bárbara, Peludita, Penélope y Lalita. Lo llevo yo, a la guarnición Bolognesi, en el río Mazan.

—¿Y si con tanto susto por el niñito crucificado, el cadete nace fenómeno?—hace pucheros Pochita—. Qué tragedia tan horrible sería, Panta.

—Y el tecelo sigue conmigo aguas aliba, hasta Campo Yavali—surca el aire con la mano el Chino Porfirio—.
La vuelta el jueves a mediodía, señol Pantoja.
—Bien, vayan embarcando y a portarse como se pide chumbeque —hace adiós a las visitadoras Pantaleón Pantoja—. Ustedes vengan un momento a mi oficina, Chino y Chuchupe. Tengo que hablarles.
—¿Cinco chicas más? Qué buena noticia, señor Pantoja—se frota las manos Chuchupe—. Apenas regrese este convoy, se las consigo. No habrá ninguna dificultad, hay lluvia de solicitantes. Ya se lo he dicho, nos estamos haciendo famosos.
—Muy mal hecho, nosotros no debemos salir de la clandestinidad—muestra el cartel que dice “En boca cerrada no entran moscas” Pantaleón Pantoja—. Preferiría que me trajeras unas diez candidatas, para elegir yo a las cinco mejores. A cuatro, en realidad, porque la otra, he pensado…
—¡En Olguita la Blasileña!—esculpe senos, caderas, muslos el Chino Porfirio—. Una idea luminosa, señol Pan Pan. Ese monumento nos da la fama. Vuelvo del viaje y con las mismas se la busco.
—Búscala ahorita y me la traes sin más—se ruboriza, cambia de voz Pantaleón Pantoja—. Antes de que Moquitos la enrole para sus bulines. Tienes todavía una hora, Chino.
—Vaya, qué apuradito, señor Pantoja—rezuma mermelada, azúcar, merengue Chuchupe—. Me están dando unas ganas de volver a verle la cara a la bella Olguita.

—Cálmate, amor, no pienses más en eso—se preocupa, recorta un cartón, lo pintarrajea, lo cuelga Panta—.
Desde ahora, queda terminantemente prohibido hablar en esta casa del niño crucificado y de los locos del Arca.
Y para que no se te olvide a ti tampoco, mamá, voy a clavar un cartel.

—Encantada de verlo de nuevo, señor Pantoja—se come todo con los ojos, se curva, perfuma el aire, pía la Brasileña—. Así que ésta es la famosa Pandilandia. Vaya, había oído hablar tanto y no podía imaginarme cómo sería.
—¿La famosa qué?—avanza la cabeza, acerca una silla Pantaleón Pantoja—. Siéntate, por favor.
—Pantilandia, así le llama la gente a esto—abre los brazos, luce las axilas depiladas, se ríe la Brasileña—.
No sólo en Iquitos, por todas partes. Oí hablar de Pantilandia en Manaos. Qué nombrecito raro ¿vendrá de Disneylandia?
—Me temo que más bien venga de Panta—la observa de arriba abajo, de lado a lado, le sonríe, se pone serio, sonríe de nuevo, transpira el señor Pantoja—. Pero tú no eres brasileña sino peruana ¿no? Por tu manera de hablar, al menos.
—Nací aquí me pusieron eso porque he vivido en Manaos—se sienta, se sube la falda, saca una polvera, se empolva la nariz, los hoyuelos de las mejillas la Brasileña—. Pero, ya ve, todos vuelven a la tierra en que nacieron, como en el vals.

—Mejor sacas de ahí ese cartel, hijito—se tapa los ojos la señora Leonor—. Eso de estar leyendo “Prohibido hablar del mártir” hace que Pochita y yo no hablemos de otra cosa todo el santo día. Tienes unas ideas, Panta.

—¿Y qué cosas se dicen de Pantilandia?—tamborilea en el escritorio, se hamaca en el asiento, no sabe qué hacer con sus manos Pantaleón Pantoja—. ¿Qué has oído por ahí?
—Exageran mucho, no se le puede creer a la gente—cruza las piernas, los brazos, hace dengues, guiños, se humedece los labios mientras habla la Brasileña—. Figúrese que en Manaos decían que era una ciudad de varias manzanas y con centinelas armados.
—Bueno, no te decepciones, sólo estamos comenzando—sonríe, se muestra amable, sociable, conversador Pantaleón Pantoja—. Te advierto que, por lo pronto, ya tenemos un buco y un hidroavión. Pero esa publicidad internacional sí que no me gusta nada.
—Decían que había trabajo para todo el mundo en condiciones fabulosas—alza y baja los hombros, juega con sus dedos, agita las pestañas, cimbra el cuello, ondea los cabellos la Brasileña—. Por eso me ilusioné y tomé el barco. En Manaos dejé a ocho amigas de una casa buenísima haciendo maletas para venirse a Pantilandia. Se van a llevar la misma prendida que yo.
—Si no te importa, te ruego que llames a este lugar el centro logístico en vez de Pantilandia—se esfuerza por parecer serio, seguro y funcional el señor Pantoja—. ¿Te explicó Porfirio para qué te he hecho venir?
—Me adelantó algo—frunce la nariz, las pestañas, entorna los párpados, incendia las pupilas la Brasileña—.
¿Es verdad que hay posibilidades de trabajo para mí?
—Sí, vamos a ampliar el Servicio—se enorgullece, contempla un panel con gráficos Pantaleón Pantoja—.
Empezamos con cuatro, luego aumentamos a seis, a ocho, a diez, y ahora habrá quince visitadoras. Quién sabe algún día seremos eso que se dice.
—Me alegro mucho, ya pensaba regresarme a Manaos porque veía aquí la cosa negra—se muerde los labios, se limpia la boca, se examina las uñas, sacude una mota de polvo de su falda la Brasileña—. Me pareció que no le había hecho buena impresión el día que nos conocimos en “La lámpara de Aladino Panduro”.
—Te equivocas, me hiciste muy buena, muy buena—ordena lápices, cartapacios, abre y cierra los cajones del escritorio, tose Pantaleón Pantoja—. Te habría contratado antes, pero no lo permitía el presupuesto.
—¿Y se pueden saber el sueldo y las obligaciones, señor Pantoja?—estira el cuello, hace un ramillete con sus manos, trina la Brasileña.
—Tres convoyes semanales, dos por aire y uno por barco—enumera Pantaleón Pantoja—. Y diez prestaciones mínimas por convoy.
—¿Convoyes son los viajes a los cuarteles? –se asombra, palmotea, suelta una carcajada, hace un guiño pícaro, se disfuerza la Brasileña—. Y prestaciones deben ser, ay, qué risa.

—Ahora que déjame decirte una cosa, Alicia—besa la estampita del niño—mártir la señora Leonor—. Si, hicieron una monstruosidad sin nombre. Pero, en el fondo, no era maldad sino miedo. Estaban aterrados con tanta lluvia y creyeron que con el sacrificio Dios aplazaría el fin del mundo. No querían hacerle daño, pensaban que era mandarlo derechito al cielo. ¿No has visto cómo en todas las arcas que descubre la policía, le han levantado altares?

—En cuanto al porcentaje, es 50% de lo deducido a los clases y soldados por planilla—escribe en una hoja, se la entrega, puntualiza Pantaleón Pantoja—. El otro 50% se invierte en mantenimiento. Y ahora, aunque sé que contigo no es necesario, porque lo que vales, hmm, está a la vista, tengo que cumplir con la norma. Quítate el vestido un segundo, por favor.
—Ay, qué lástima—pone cara de duelo, se levanta ensaya unos pasos de maniquí, hace un mohín la Brasileña—. Estoy con mi cosa, señor Pantoja, me vino ayer justamente. ¿Le importaría entrar por la puerta falsa, esta vez? En el Brasil les encanta, incluso lo prefieren.
—Sólo quiero verte, darte el visto bueno—queda rígido, palidece, encrespa las cejas, articula Pantaleón Pantoja—. Es el examen de presencia que deben pasar todas. Tienes una imaginación calenturienta.
—Ah, bueno, ya decía yo dónde va a ser la cosa, si aquí no hay ni siquiera una alfombra da un golpecito con el pie en el entarimado, sonríe aliviada, se desviste, dobla su ropa, posa la Brasileña— ¿Le parezco bien?
Estoy un poco flaquita, pero en una semana recupero mi peso. ¿Cree que tendré éxito con los soldaditos?
—Sin la menor duda—mira, asiente, se estremece, carraspea Pantaleón Pantoja—. Tendrás más que Pechuga, nuestra estrella. Bueno, aprobada, ya puedes vestirte

—Y no sólo eso, señora Leonor—examina la imagen, se persigna Alicia—. Figúrese que, además de estampitas y oraciones, también han comenzado a aparecer estatuas del niñito—mártir. Y dicen que en vez de disminuir, ahora hay más hermanos del Arca que antes.

—¿Qué hacen ustedes ahí?—brinca del asiento, va a trancos hacia la escalerilla, acciona furioso Pantaleón Pantoja—. ¿Con qué permiso? ¿No saben que cuando tomo examen está terminantemente prohibido subir al puesto de mando?
—Es que lo busca un señor que se llama Sinchi, señor Pantoja —tartamudea, queda boquiabierto Sinforoso Caiguas.
—Que es urgente y muy importante, señor Panta—observa hipnotizado Palomino Rioalto.
—Fuera de aquí los dos—les obstruye la visión con su cuerpo, da un manazo en la baranda, estira el brazo Pantaleón Pantoja—. Que ese sujeto espere. Fuera, prohibido mirar.
—Bah, no se moleste, a mí no me importa, esto no se gasta—se va poniendo la enagua, la blusa, la falda la Brasileña—. ¿Así que usted se llama Panta? Ahora entiendo lo de Pantilandia. Ah, las ocurrencias de la gente.
—Mi nombre de pila es Pantaleón, como mi padre y mi abuelo, dos militares ilustres—se emociona, se acerca a la Brasileña, aluga dos dedos hacia los botones de su blusa el señor Pantoja—. Ten, deja que te ayude.
—¿No podrías aumentarme el porcentaje a 70%? —ronronea, retrocede hasta pegarse contra él, le echa su aliento a la cara, busca con la mano y aprieta la Brasileña—. La casa está haciendo una buena adquisición, te lo demostraré cuando se me pase la cosa. Sé comprensivo, Panta, no te arrepentirás.
—Suelta, suelta, no me agarres ahí—da un brinquito, se inflama, se avergüenza, se irrita Pantaleón Pantoja—.
Tengo que advertirte dos cosas: no puedes tutearme sino tratarme de usted, como todas las visitadoras. Y nunca más esas confianzas conmigo.
—Pero si tenía la bragueta hinchadita, fue para hacerle un favor, no quise ofenderlo—se compunge, apena, asusta la Brasileña—. Perdóneme, señor Pantoja, le juro que nunca más.
—Por una excepción especialísima te daré el 60%, considerando que eres un aporte de categoría para el Servicio—se arrepiente, se serena, la acompaña hasta la escalerilla Pantaleón Pantoja—. Y, además, porque viniste desde tan lejos. Pero ni una palabra, me crearías un lío terrible con tus compañeras.
—Ni una, señor Pantoja, será un secretito—entre los dos, un millón de gracias—recobra la risa, las gracias, las coqueterías, baja los peldaños la Brasileña—. Ahora me voy, ya veo que tiene vista. ¿Cuando nadie nos oiga podré decirle señor Pantita? Es más bonito que Pantaleón o que Pantoja. Adiós, hasta lueguito.

—Claro que me parece horrible lo que hicieron, Pochita—levanta el matamoscas, espera unos segundos, golpea y ve caer al suelo el cadáver la señora Leonor—.
Pero si los conocieras como yo, te darías cuenta que no son malos de naturaleza. Ignorantes sí, no perversos.
Yo los he visitado en sus casas, hablado con ellos: zapateros, carpinteros, albañiles. La mayoría ni siquiera saben leer. Desde que se hacen hermanos ya no se emborrachan ni engañan a sus mujeres ni comen carne ni arroz.

—Encantado, mucho gusto, choque esos cinco—hace una reverencia japonesa, cruza el puesto de mando como un emperador, chupa su puro y sopla humo el Sinchi—. A sus órdenes, para todo lo que se le ofrezca.
—Buenos días—olfatea la atmósfera, se desconcierta, tiene un acceso de tos Pantaleón Pantoja—. Tome asiento. ¿En qué puedo servirle?
—Ese portento de mujer que me encontré en la puerta me dio mareos—señala la escalera, silba, se entusiasma, fuma el Sinchi—. Caramba, me habían dicho que Pantilandia era el paraíso de las mujeres y veo que es cierto. Qué lindas flores crecen en su jardín, señor Pantoja.
—Tengo mucho trabajo y no puedo malgastar mi tiempo, así que apúrese—respinga, coge un cartapacio y trata de disipar la nube que lo envuelve Pantaleón Pantoja—. En cuanto a eso de Pantilandia, le prevengo que no me hace gracia. No tengo sentido del humor.
—El nombre no lo inventé yo, sino la fantasía popular—abre los brazos y discursea como ante una rugiente multitud el Sinchi—, la imaginación loretana, siempre tan buida y sápida, tan ingeniosa. No lo tome a mal, señor Pantoja, hay que ser sensitivo para con las creaciones populares.

—Me está usted dando miedo, señora Leonor—se toca la barriga Pochita—. Aunque se haya salido del Arca, en el fondo sigue siendo hermana, con qué cariño habla de ellos. Ojalá nunca se le ocurra crucificar al cadetito.

—¿Usted no dirige un programa en Radio Amazonas?—tose, se ahoga, se seca los ojos llorosos Pantaleón Pantoja—. ¿A las seis de la tarde?
—Yo mismo, aquí tiene a la famosísima Voz del Sinchi en persona—engola la voz, empuña un micro invisible, declama el Sinchi—. Terror de autoridades corrompidas, azote de jueces venales, remolino de la injusticia, voz que recoge y prodiga por las ondas las palpitaciones populares.
—Sí, en alguna ocasión he oído su programa, ¿bastante popular, no?—se pone de pie, va en busca de aire puro, respira con fuerza Pantaleón Pantoja—. Muy honrado con su visita. Qué se le ofrece.
—Soy un hombre de mi tiempo, desprejuiciado, progresista, así que vengo a echarle una mano—se levanta, lo persigue, lo arrebosa de humo, le tiende unos dedos fláccidos el Sinchi—. Además, me cae usted simpático, señor Pantoja, y sé que podemos ser buenos amigos. Yo creo en las amistades a primera vista, mi olfato no me falla. Quiero servirlo.
—Muy agradecido —se deja sacudir, palmear los hombros, se resigna a volver al escritorio, a seguir tosiendo Pantaleón Pantoja—. Pero, la verdad, no necesito sus servicios. Al menos por el momento.
—Eso es lo que se cree, hombre cándido e inocente —abarca todo el espacio con un ademán, se escandaliza medio en serio medio en broma el Sinchi—. En este enclave erótico vive lejos del mundanal ruido y, por lo visto, no se entera de las cosas. No sabe lo que se anda diciendo por las calles, los peligros que lo rodean.
—Dispongo de muy poco tiempo, señor—mira la hora, se impacienta Pantaleón Pantoja—. O me indica de una vez lo que quiere o me hace el favor de irse.

—Si no le exiges que me pida disculpas, no pongo más los pies en esta casa—llora, se encierra en su cuarto, no quiere comer, amenaza la señora Leonor—. ¡Crucificar a mi futuro nieto! ¿Crees que voy a aguantarle una malacrianza así, por más nerviosa que esté con su embarazo?

—Estoy sometido a presiones irresistibles—aplasta el puro en el cenicero, lo despedaza, se atlige el Sinchi—. Amas de casa, padres de familia, colegios, instituciones culturales, iglesias de todo color y pelo, hasta brujas y ayahuasqueros. Soy humano, mi resistencia tiene un límite.
—Qué chanfaina es ésa, de qué me habla—sonríe viendo desvanecerse la última nubecilla de humo Pantaleón Pantoja—. No entiendo palabra, sea más explícito y vaya al grano de una vez.
—La ciudad quiere que hunda a Pantilandia en la ignominia y que lo mande a usted a la quiebra—sintetiza risueñamente el Sinchi—. ¿No sabía que Iquitos es una ciudad de corazón corrompido pero de fachada puritana? El Servicio de Visitadoras es un escándalo que sólo un tipo progresista y moderno como yo puede aceptar.
El resto de la ciudad está espantado con esta vaina y, hablando en cristiano, quiere que lo hunda.
—¿Que me hunda?—se pone muy serio Pantaleón Pantoja—. ¿A mí? ¿Que hunda al Servicio de Visitadoras?
—No existe nada lo bastante sólido en toda la Amazonía que La Voz del Sinchi no pueda echar abajo—da un tincanazo en el vacío, resopla, se envanece el Sinchi—. Modestia aparte, si yo le pongo la puntería, el Servicio de Visitadoras no dura una semana y usted tendrá que salir pitando de Iquitos. Es la triste realidad, mi amigo.
—O sea que ha venido a amenazarme—se endereza Pantaleón Pantoja.
—Nada de eso, al contrario—da estocadas a fantasmas, se ciñe el corazón como un tenor, cuenta billetes que no existen el Sinchi—. Hasta ahora he resistido las presiones por espíritu combativo y por una cuestión de principios. Pero, en adelante, puesto que yo también tengo que vivir y el aire no alimenta, lo haré por una compensación mínima. ¿No le parece justo?
—O sea que ha venido a chantajearme—se pone de pie, se demacra, vuelca la papelera, corre hacia la escalerilla Pantaleón Pantoja.
—A ayudarlo, hombre, pregunte y verá la fuerza ciclónica de mi emisión—saca músculos, se levanta, se pasea, gesticula el Sinchi—. Tumba jueces, subprefectos matrimonios, lo que ataca se desintegra. Por unos cuantos miserables soles, estoy dispuesto a defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a su cerebro creador.
A dar la gran batalla por usted, señor Pantoja.
—Que me pida disculpas a mí esa vieja bruja que no entiende chistes—rompe tazas, se tira bocabajo en la cama, araña a Panta, solloza Pochita—. Entre tú y ella me van a hacer perder el bebe a punta de colerones.
¿Crees que se lo dije en serio, pedazo de idiota? Fue de mentiras, fue bromeando.
—¡Sinforoso! ¡Palomino!—da palmadas, grita Pantaleón Pantoja—. ¡Sanitario!
—Qué le pasa, nada de ponerse nervioso, cálmese—queda quieto, suaviza la voz, mira a su alrededor alarmado el Sinchi—. No necesita responderme de inmediato. Haga sus consultas, averigüe quién soy yo y discutimos la próxima semana.
—Sáquenme a este zamarro de aquí y zambullanlo en el río—ordena a los hombres que aparecen corriendo en la boca de la escalera Pantaleón Pantoja—. Y no le vuelvan a permitir la entrada al centro logístico.
—Oiga, no se suicide, no sea inconsciente, yo soy un superhombre en Iquitos—manotea, empuja, se defiende, se resbala, se aleja, desaparece, se empapa el Sinchi—.
Suéltenme, qué significa esto, oiga, se va a arrepentir, señor Pantoja, yo venía a ayudarlo. ¡Yo soy su amigoooo!
—Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras—curiosea una revista abandonada en una mesa del “Lucho’s Bar” el teniente Bacacorzo—.
Ojalá que ese remojón en el Itaya no le traiga problemas, mi capitán.
—Prefiero los problemas antes que ceder a un sucio chantaje—un titular que pregunta “¿Sabe quién es y qué hace el Yacuruna?” intriga al capitán Pantoja—. He dado parte al Tigre Collazos y estoy seguro que él comprenderá. Más bien, me preocupa otra cosa, Bacacorzo.
—¿Las diez mil prestaciones, mi capitán?—”Un príncipe o demonio de las aguas que provoca los remolinos o malos pasos de los ríos” se llega a leer entre los dedos del teniente Bacacorzo—. ¿Subieron a quince mil con el calorcito del verano?
—Las habladurías—”Cabalga en el lomo de los caimanes o sobre la piel de las gigantescas boas del río” dice una ilustración sobre la que ha inclinado la cabeza el capitán Pantoja—. ¿Cierto que hay tantas? Aquí, en Iquitos. Sobre el Servicio, sobre mi persona.
—Anoche me soñé otra vez lo mismo, Panta—se toca la sien Pochita—. A ti y a mí nos crucificaban en la misma cruz, uno de cada lado. Y la señora Leonor venía y nos clavaba una lanza, a mí en la barriga y a ti en el pajarito. ¿Qué sueño más loco, no amor?
—Es usted él hombre más famoso de la ciudad, naturalmente—”Calza sus pies con la caparazón de las tortugas” asegura una frase interrumpida por el codo del teniente Bacacorzo—. El más odiado por las mujeres, el más envidiado por los hombres. Y Pantilandia, con su perdón, el centro de todas las conversaciones. Pero como usted no ve a nadie y sólo vive para el Servicio de Visitadoras, qué le importa.
—No me importa por mí sino por la familia—”Y en las noches duerme protegido por cortinas hechas con alas de mariposas” consigue leer por fin el capitán Pantoja—. Mi esposa es muy sensible y en su estado actual, si descubre esto, le haría una impresión tremenda. Y no se diga a mi madre.
—A propósito de habladurías—arroja la revista al suelo, se vuelve, recuerda el teniente Bacacorzo—. Tengo que contarle algo muy gracioso. Scavino ha recibido a una comisión de vecinos notables de Nauta, encabezados por el Alcalde. Venían a traerle un memorial, jajá.
—Consideramos un privilegio abusivo que el Servicio de Visitadoras sea exclusividad de los cuarteles y de las bases de la Naval—se cala los lentes, mira a sus compañeros, adopta una postura solemne y lee el alcalde Paiva Runhui—. Exigimos que los ciudadanos mayores de edad y con libreta militar de los abandonados pueblos amazónicos, tengan derecho a utilizar ese Servicio, y a las mismas tarifas reducidas que los soldados.
—Ese Servicio solo existe en sus mentes podridas, mis amigos—lo interrumpe, les sonríe, los mira con benevolencia, con afecto paternal el general Scavino—. ¿Cómo se les ocurre pedir audiencia para semejante disparate?
Si la prensa se enterara de esta petición, no le duraría mucho la Alcaldía, señor Paiva Runhui.
—Estamos dando el mal ejemplo a los civiles, llevando tentaciones a pueblos que vivían en una pureza bíblica—se demuda el padre Beltrán—. Espero que cuando lean este memorial, se les tuerza la cara de vergüenza a los estrategas de Lima.
—Escucha esto y cáete de espaldas, Tigre—estruja el teléfono, lee el memorial con ira el general Scavino—.
Ya empezó a circular la noticia por todas partes, mira lo que piden esos tipos de Nauta. Se nos viene encima el escándalo que tanto te advertí.
—Qué cuentas saca con los dedos—alza la presa de pollo y da un mordisco el teniente Bacacorzo—. Como dice Scavino, ustedes los de Intendencia terminan siempre con la locura matemática.
—Vaya conchudos, antes protestaban porque la tropa se tiraba a sus mujeres y ahora porque les hacen falta mujeres para tirarse juguetea con un secante el Tigre Collazos—. No hay manera de tenerlos contentos, lo que les gusta es protestar. Ponlos de patitas en la calle y no les recibas solicitudes tan cojudas, Scavino.
—Horror de los horrores—se cuelga la servilleta en el pecho. condimenta la ensalada con aceite y vinagre, empuña el tenedor y come el capitán Pantoja—. Si ampliaran el Servicio a los civiles, teniendo en cuenta la población masculina de la Amazonía la demanda subiría de diez mil a un millón de prestaciones mensuales cuando menos.
—Tendría que importar visitadoras del extranjero—liquida los últimos restos de carne, deja el hueso blanquísimo, bebe un trago de cerveza, se limpia la boca y las manos y delira el teniente Bacacorzo—. La selva se convertiría en un solo bulín y usted, en su oficinita del Itaya, tomaría el tiempo de ese diluvio de polvos con un millón de cronómetros. Confiese que le gustaría, mi capitán.

—No te imaginas lo que he visto, Pochita—pone la canasta en el repostero, saca un paquete y lo ofrece Alicia—. En la panadería de Abdón Laguna, que es hermano, han comenzado a hacer panes del mártir de Moronacocha. Les llaman los panes— niño y la gente los compra a montones. Te traje uno, mira.
—Te pedí diez y me traes veinte—observa desde la baranda las cabezas lacias, crespas, morenas, pelirrojas, castañas Pantaleón Pantoja—. ¿Crees que voy a pasarme el día tomando examen a las candidatas, Chuchupe?
—No es mi culpa—va bajando la escalerilla prendida del pasamanos Chuchupe—. Se corrió la voz que había cuatro vacantes y empezaron a salir mujeres como moscas de todos los barrios. Hasta de San Juan de Munich y de Tamshiyaco vinieron. Qué quiere, señor Pantoja, a todas las chicas de Iquitos les gustaría trabajar con nosotros.
—La verdad es que no lo entiendo—baja tras ella mirando las rollizas espaldas, las gelatinosas nalgas, las tuberosas pantorrillas Pantaleón Pantoja—. Aquí ganan poco y les sobra trabajo. ¿Qué caramelo las atrae tanto? ¿El buen mozo de Porfirio?
—La seguridad, señor Pantoja—señala con la cabeza los vestidos multicolores, los grupos que zumban como enjambres de abejas Chuchupe—. En la calle no hay ninguna. Para las lavanderas, a un día bueno siguen tres malos, nunca vacaciones y no se descansa el domingo.
—Y el Mocos es un negrero en sus bulines—las hace callar con un silbido y les indica que se acerquen Chupito—. Las mata de hambre, las trata mal y a la primera quemada a su casa. No sabe lo que es consideración ni humanidad.
—Aquí es distinto—se endulza, se toca los bolsillos Chuchupe—. Siempre hay clientes, las jornadas son de ocho horas y usted lo tiene todo tan organizado que a ellas les encanta. ¿No ve que hasta las multas le aguantan sin chistar?
—Lo cierto es que el primer día me dio un poco de aprensión—corta, pone mantequilla, mermelada, prueba un bocado y mastica la señora Leonor—, pero que le vamos a hacer, el pan—niño es el más rico de Iquitos. ¿A ti no te parece, hijito?
—Bueno, vamos a seleccionar a esas cuatro—decide Pantaleón Pantoja—. Qué esperas, hazlas formar Chino.
—Sepálense un poco, muchachas, pa que se luzcan mejol—coge brazos, presiona espaldas, hace avanzar, retroceder, ladearse, coloca, mide el Chino Porfirio—.
Las enanitas delante y las gigantas detlás.
—Aquí las tiene, señor Pantoja—brinca de un lado a otro, indica silencio, da ejemplo de seriedad, las alinea Chupito—. Ordenadas y formalitas. A ver, chicas, volteen a la derecha. Así, muy bien. Ahora a la izquierda, muestren su lindo perfil.
—¿Que suban una pol una a su oficina pal examen calatitas, señol?—se acerca y le susurra al oído el Chino Porfirio.
—Imposible, me demoraría toda la mañana—mira su reloj, reflexiona, se anima, da un paso al frente y las encara Pantaleón Pantoja—. Voy a pasar revista colectiva, para ganar tiempo. Escúchenme bien, todas: si alguna tiene reparos en desvestirse en público, salga de la fila y la veré después. ¿Ninguna? Tanto mejor.
—Todos los hombres afuera—abre el portón del embarcadero, los azuza, les da empellones, regresa Chuchupe—. Rápido, flojos ¿no han oído? Sinforoso, Palomino, enfermero, Chino. Tú también, Chupón. Cierra esa puerta, Pichuza.
—Abajo faldas, blusas y sostenes, me hacen el favor —se coge las manos a la espalda y camina muy grave escudriñando, sopesando, comparando Pantaleón Pantoja—. Pueden quedarse en calzón, las que llevan.
Ahora, media vuelta en el mismo sitio. Eso mismo. Bueno vamos a ver. Una pelirroja, tú. Una morena, tú. Una oriental tú. Una mulata, tú. Listo, cubiertas las vacantes. Las otras, déjenle la dirección a Chuchupe, tal vez haya una nueva oportunidad pronto. Muchas gracias y hasta la próxima.
—Las seleccionadas, aquí mañana a las nueve en punto, para la revista médica—anota calles y números, las acompaña hasta la salida, las despide Chuchupe—. Bien bañaditas, muchachas.

—A ver, a ver, sírvanse esto calientito que si no, no es rico—distribuye los platos de sopa humeante la señora Leonor—. El famoso timbuche loretano, por fin me animé a hacerlo. ¿Qué tal me salió, Pocha?

—Qué buen gusto ha tenido para elegirlas, señor Pan Pan —sonríe con malicia, mira chispeando, canta la Brasileña—. De todos los colores y sabores. Sáqueme de la curiosidad ¿no tiene miedo que viendo tanta calata un día se acostumbre y ya no sienta nada con las mujeres?
Dicen que les pasa a algunos médicos.

—Está riquísimo, señora Leonor—toma la temperatura con la punta de la lengua, sorbe una cucharada Pochita—. Se parece mucho a lo que en la costa llamamos chilcano.

—¿Estás tratando de tomarme el pelo, Brasileña? —arruga las cejas Pantaleón Pantoja—. Te advierto que ser un hombre serio no es ser un cojudo, no te equivoques.

—La diferencia es que todos los pescados de esta sopita son del Amazonas y no del Océano Pacífico—vuelve a llenar los platos la señora Leonor—. Paiche, palometa y gamitana. Uy, qué gustosa.

—Es usted el que se equivoca, no estoy tomándole el pelo sino haciéndole una broma—hace una caída de pestañas, quiebra la cadera, palpita los senos, modula la Brasileña—. ¿Por qué no me deja ser su amiga? Apenas le hablo se pone chúcaro, señor Pan—Pan. Cuidadito, mire que soy como los cangrejos, me encanta ir contra la corriente. Si me basurea tanto, me voy a enamorar de usted.

—Uf, pero qué calor da—se abanica con la servilleta, se toma el pulso Pochita—. Pásame el ventilador, Panta. Me ahogo.
—Ese calor no es del timbuche, sino del cadetito—le toca el vientre, le acaricia la mejilla Panta—. Debe estar bostezando, estirándose. A lo mejor es esta noche, chola. Buena fecha: 14 de marzo.
—Ojalá no sea antes del domingo—mira el calendario Pochita—. Que primero llegue la Chichi, quiero que esté aquí cuando el parto.
—Según mis cálculos todavía no has salido de cuentas—transpira, acerca la cara congestionada a las aspas susurrantes la señora Leonor—. Te falta lo menos una semana.
—Claro que sí, mamá ¿no has visto el organigrama de mi cuarto? Será entre hoy y el domingo—chupa las espinas de pescado, frota el plato con un pedazo de pan, toma agua Panta—. ¿Le hiciste caso al doctor, caminaste un poco hoy? ¿Con tu inseparable Alicia?
—Sí, fuimos hasta “La Favorita” a tomar un helado —resopla Pochita—. Oye, de veras ¿tú sabes qué es eso de Pantilandia, amor?
—¿Eso de qué?—se inmovilizan las manos, los ojos, la cara de Pantita—. ¿Cómo has dicho, amor?
—Algo cochino, se me ocurre—recibe el aire del ventilador suspirando Pochita—. Unos tipos hacían chistes colorados en “La Favorita” sobre las mujeres de, oye, qué gracioso, ¡Pantilandia es como si viniera de Panta!
—Achis, hmmm, pshhh—se atora, estornuda, lagrimea, tose Pantita.
—Toma un poco de agua—le coge la frente, le alcanza un pañuelo, le alza los brazos la señora Leonor—.
Eso te pasa por comer tan rápido, siempre te lo digo. A ver, unos golpecitos en la espalda, otro trago de agüita.

SVGPFA

Instrucciones para los centros usuarios

El Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines se permite hacerle llegar estas instrucciones, que, de ser estrictamente aplicadas, permitirán a su unidad aprovechar de manera racional y fructífera los servicios del SVGPFA y a este organismo cumplir su misión con eficacia y prontitud:
1. Apenas alertado por el SVGPFA de la llegada del convoy, el jefe de la unidad hará disponer los emplazamientos de las visitadoras, los mismos que deberán reunir las siguientes características: techados, no contiguos, dotados de cortinas que los protejan de miradas indiscretas y aseguren una luz pobre o penumbra y de mecheros o focos provistos de pantallas rojas o recubiertas de trapos o papeles de dicho color por si las prestaciones son nocturnas. Cada emplazamiento estará equipado de: camastro con colchón de paja o jebe, revestido de hule o lona impermeable y sabana; silla, banco o clavo para colocar las prendas de vestir; bacinica o recipiente que haga sus veces como balde o lata grande; lavador con su respectivo depósito de agua limpia; un jabón; una toalla; un rollo de papel higiénico— un irrigador con tripa y vitoque. Se sugiere añadir algún complemento estético femenino, como ramo de flores, grabado o dibujo artístico, para imprimirle una atmósfera atrayente. Aunque conviene que la unidad tenga listos los emplazamientos a la llegada de las visitadoras, para el arreglo de los mismos el oficial responsable puede asesorarse por el jefe del convoy, quien le brindará toda la ayuda necesaria.
2. El oficial responsable tomará las providencias para que el convoy permanezca en su unidad el tiempo estrictamente suficiente al cumplimiento de sus funciones y no lo prolongue sin razón. Desde su llegada hasta su partida los miembros del convoy deberán mantenerse dentro del recinto de la unidad, no permitiéndoseles en ningún caso tener contacto con el elemento civil de las localidades vecinas, ni dentro de la unidad alternar con los clases y soldados fuera del período
de la prestación. Antes y después de la misma, las visitadoras quedaran acuarteladas en sus emplazamientos y no podrán compartir los ranchos con la tropa, ni departir con los soldados, ni visitar las instalaciones de la plaza. A fin de que la presencia del convoy pase desapercibida del elemento civil de las cercanías, se aconseja impedir el ingreso a la unidad a toda persona ajena a la misma durante la permanencia en ella de las visitadoras. La unidad tiene obligación de proporcionar gratuitamente albergue y tres alimentos (desayuno, almuerzo y comida) a todos los miembros del convoy.
3. Se aconseja no anunciar a los clases y soldados la venida del convoy hasta la llegada del mismo, pues la experiencia ha demostrado que si la noticia se comunica con anticipación, cunde en la tropa una ansiedad y un nerviosismo que perjudica notoriamente el cumplimiento de sus obligaciones. Apenas llegado el convoy, el jefe de la unidad establecerá una lista de usuarios, exclusivamente entre clases y soldados, autorizando para ello a todos éstos a solicitar ser candidatos. Conocidas las candidaturas, procederá a eliminar de la lista a quienes padezcan cualquier enfermedad infecto contagiosa, y muy en especial de tipo venéreo (gonorrea, chancro) y a quienes domicilien ácaros, chinches, piojos, ladillas y demás variedades de anopluros. Se aconseja hacer pasar una visita médica a los candidatos.
4. Elaborada la lista de usuarios, se hará conocer de éstos a las visitadoras presentes y se los conminará a manifestar sus preferencias. Como, a juzgar por la experiencia, la elección espontánea nunca permite una distribución equitativa de usuarios por visitadora, el jefe de la unidad utilizará el método que crea mejor (sorteo, méritos y deméritos según foja de servicios) para dividir a los usuarios en grupos parejos por visitadora, teniendo en cuenta que cada una de éstas tiene el compromiso de asegurar un mínimo de diez prestaciones en cada unidad. Excepcionalmente, si el número de usuarios supera esa cifra, se romperá el principio de equidad y simetría atribuyendo un mayor número de usuarios a la visitadora más solicitada o menos fatigada del convoy.
5. Establecidos los grupos, se procederá a sortear el orden de ingreso de cada usuario en el emplazamiento y se instalarán controladores en la puerta de los mismos. El tiempo máximo por prestación es de veinte minutos. Excepcionalmente, en las unidades donde el número de usuarios no alcance a cubrir la cifra mínima laboral de las visitadoras (diez) se podrá extender el tiempo de la prestación a treinta minutos pero en ningún caso más. En las instrucciones previas, se debe advertir a los usuarios que la prestación será del tipo considerado normal, no estando obligada la visitadora a satisfacer ninguna demanda de carácter insólito o aberrante, fantasías antinaturales, perversiones o caprichos fetichistas. No se permitirá a ningún usuario repetir la prestación ni con la misma ni con diferente visitadora.
6. A fin de distraer y preparar a los usuarios mientras se hallan esperando turno para entrar al emplazamiento, el jefe del convoy les distribuirá material impreso adecuado, de carácter fotográfico y literario, el mismo que deberá ser devuelto a los controladores al ingresar el usuario donde la visitadora y en el mismo estado que lo recibió. La destrucción o el deterioro de grabados y textos serán sancionados con multas y privación de futuras prestaciones del SVGPFA.
7. El SVGPFA tratará siempre de hacer llegar los convoyes a los centros usuarios de tal modo que
las prestaciones puedan efectuarse a las horas más convenientes (el atardecer o la noche), es decir terminadas las tandas del servicio diurno, pero si ello no es posible por razones de tiempo o distancia, el jefe de la unidad permitirá que las prestaciones tengan lugar de día y no retendrá el convoy en espera de la oscuridad.
8. Una vez terminadas las prestaciones, el jefe de la unidad enviará al SVGPFA un parte estadístico, cuidadosamente verificado, con los siguientes datos: (a) número exacto de usuarios atendidos por cada visitadora; (b) nombre y apellido de cada usuario con el número de la foja de servicios y boleta de cargo con el descuento correspondiente en la planilla; (c) un breve informe sobre el comportamiento de los miembros del convoy (jefe, visitadoras, personal de transporte) durante su estancia en la unidad y (d) crítica constructiva y sugerencias para la mejora del SVGPFA.
Firmado:
capitán EP (Intendencia) PANTALEÓN PANTOJA,
V.B. general EP FELIPE COLLAZOS,
jefe de Administración, Intendencia y Servicios
Varios del Ejército.

Parte estadístico

Lagunas, 2 de septiembre de 1957

El capitán EP Alberto J. Mendoza R. tiene el agrado de enviar al SVGPFA, el siguiente parte sobre el paso del convoy número 16 por el campamento Lagunas (río Huallaga) a su mando:
El convoy número 16 llegó al campamento Lagunas el jueves 1 de septiembre, a las 15 horas, procedente de Iquitos, en el transporte fluvial Eva y partió a las 19 horas del mismo día en dirección al campamento Puerto Arturo (sobre el mismo río Huallaga). Presidía el convoy la señora Leonor Curinchila, Chuchupe, y lo integraban las visitadoras Dulce María, Lunita, Pichuza, Bárbara, Penélope y Rita. Conforme instrucciones, se dividió a los 83 usuarios en seis grupos (cinco de catorce hombres y uno de trece) que fueron atendidos por las mencionadas visitadoras dentro de los plazos reglamentarios y a su entera satisfacción. En vista de que la menos solicitada por la tropa fue la visitadora Dulce María, se le asignó a ella el grupo de sólo trece hombres. Adjunto lista de los 83 usuarios con nombre, apellido, número de foja de servicios y boleta de descuento por planilla. El comportamiento del convoy durante su permanencia en Lagunas fue correcto. Sólo se registró un incidente, a la llegada del barco, al reconocer el número Reinaldino Chumbe Quisqui entre las visitadoras a una hermana materna suya (la denominada Lunita) y proceder a insultarla e
impartirle un castigo corporal, felizmente de leves consecuencias, antes de ser contenido por la guardia. El número Chumbe Quisqui fue privado de la prestación y encerrado en el calabozo con seis días de rigor por su mal carácter y proceder, pero luego amnistiado de esta segunda parte del castigo a instancias de su hermana materna Lunita y de las otras visitadoras. El suscrito se permite sugerir al SVGPFA, organismo cuya labor encomian todos los clases y soldados, que estudie la posibilidad de ampliar sus servicios a los suboficiales, por haberlo solicitado éstos repetidamente, y de crear una brigada especial de visitadoras de alta categoría para oficiales solteros o con familia residiendo lejos de la región a donde sirven.
S.e.uo.
Firmado:
capitán EP ALBERTO J. MENDOZA R.

1 Comentario

  1. Exelente obra, muy simpatico, descriptivo, repito esxelente.


Comments RSS TrackBack Identifier URI

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 562 seguidores