El hombre muerto a puntapíes de Pablo Palacio Ecuador

Sendero

Este cuento empieza con un homicidio pero no es un relato de violencia criminal o «realismo sucio»; continúa con una investigación, pero no es un relato policiaco; tiene todo que ver con una imaginación que inventa acontecimientos, pero no es un cuento fantástico ni, del todo, un cuento acerca de la perversidad de la locura. Es una narración única: de los textos más conocidos de Pablo Palacio (1906-1947), narrador ecuatoriano «de culto» que es, de hecho, uno de los escritores hispanoamericanos más extraordinarios de la primera mitad del siglo XX. La biografía «popular» que se le atribuye está llena de episodios inverosímiles que, mezclados con los reales, contribuyen a su leyenda.
      «Un hombre muerto a puntapiés» da título del libro al que pertenece, y que fue el primero de los tres que publicó Palacio, en 1927. Copio y reviso el texto con ayuda de la edición de que dispongo, publicada por la editorial ecuatoriana El Conejo.

Pablo Palacio (fuente)

UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS
Pablo Palacio

¿”Cómo echar al canasto los
palpitantes acontecimientos callejeros?”
“Esclarecer la verdad es acción moralizadora.”
EL COMERCIO de Quito

“Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía No.451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.
      “Esta mañana, el señor Comisario de la 6a. ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.
      “Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho.”
      No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.
      Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción.¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder.
      Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.
      Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.
      Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa. —Esto es esencial, muy esencial.
      La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos: la deducción y la inducción (véase Aristóteles y Bacon).
      El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja.
      La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido… (¿Cómo es? No lo recuerdo bien… En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?) Si he dicho bien, este es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.
      Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.
      —Bueno, y ¿cómo aplico este método maravilloso? —me pregunté.
      ¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.
      Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero -no había apartado nunca de mi mesa el aciago Diario– y dando vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio —¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!—
      Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.
      Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de “Esta mañana, el señor Comisario de la 6a…” fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos: “Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso”. Y yo, por una fuerza secreta de intuición que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.
      Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era… No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras…
      Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.
      Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a. quien podía darme los datos reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:
      —¡Ah!, sí… El asunto ese de un tal Ramírez… Mire que ya nos habíamos desalentado… ¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor… Como Ud. tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció… el pobre. Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso… algún deudo… ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame… mi más sincero…
      —No, señor —dije yo indignado—, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más…
      Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? “Soy un hombre que se interesa por la justicia.” ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle más, apresuréme:
      —Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas…
      El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.
      Y se portó muy culto:
      —Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero… Eso sí, con cargo de devolución —me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos.
      Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.
      -Y dígame usted, señor Comisario, ¿no podría recordar alguna seña particular del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?
      —Una seña particular… un dato… No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar. Así más o menos de mi estatura —el Comisario era un poco alto—; grueso y de carnes flojas. Pero una seña particular… no… al menos que yo recuerde…
      Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.
      Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.
      Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la fortuna había puesto a mi alcance.
      Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra.
      Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus misterios.
      Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.
      Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.
      Cogí un papel, tracé las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable… ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.
      Después… después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de los santos.
      ¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!
      Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba… trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué lo mataron… Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:
      El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera);
      Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años;
      Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;
      Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero.
      Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.
      Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenia que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.
      ¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no tener dudas, o, si no constó por descuido del repórter, el señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación alguna.
      ¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones?:
      “Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado” o
      “Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí” o
      “Tuve unos líos con una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos”?
      Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.
      También era muy fácil declarar:
      “Tuvimos una reyerta.”
      Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado hasta los nombres de los agresores.
      Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:
      Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.
      Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.
      Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días antes a la ciudad teatro del suceso.
      La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.
      Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso.
      Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa, deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.
      Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas…
      Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquel estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.
      Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.
      —¡Pst! ¡Pst!
      El muchacho se detuvo.
      —Hola rico… ¿Qué haces por aquí a estas horas?
      —Me voy a mi casa… ¿Qué quiere?
      —Nada, nada… Pero no te vayas tan pronto, hermoso…
      Y lo cogió del brazo.
      El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.
      —¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa.
      Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:
      -¡Papá! ¡Papá!
      Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo.
      Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.
      —¿Que quiere usted, so sucio?
      Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso.
      Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.
      ¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!
      Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!
      Así:

¡Chaj!

            con un gran espacio sabroso.

¡Chaj!

      Y después: ¡cómo se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!
      ¡Cómo batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!

¡Chaj!

¡Chaj!            vertiginosamente,

¡Chaj!

en tanto que mil lucecitas, como agujas, cosían las tinieblas.

Compartir:

Cortázar: Ahí pero dónde, cómo, cuento metaficcional

Sendero

­¡Buenos días! Hoy es lunes, octubre 18, 2021 y son las 0:26 am

Julio Cortázar
(1914-1984)


Ahí pero dónde, cómo
(Octaedro, 1974)

Un cuadro de René Magritte representa una pipa que ocupa el centro de la tela. Al pie de la pintura su título: Esto no es una pipa.

A Paco, que gustaba de mis relatos.
(Dedicatoria de Bestiario, 1951)

         No depende de la voluntad

es él bruscamente: ahora (antes de empezar a escribir; la razón de que haya empezado a escribir) o ayer, mañana, no hay ninguna indicación previa, él está o no está; ni siquiera puedo decir que viene, no hay llegada ni partida; él es como un puro presente que se manifiesta o no en este presente sucio, lleno de ecos de pasado y obligaciones de futuro
         A vos que me leés, ¿no te habrá pasado eso que empieza en un sueño y vuelve en muchos sueños pero no es eso, no es solamente un sueño? Algo que está ahí pero dónde, cómo; algo que pasa soñando, claro, puro sueño pero después también ahí, de otra manera porque blando y lleno de agujeros pero ahí mientras te cepillas los dientes, en el fondo de la taza del lavabo lo seguís viendo mientras escupís el dentífrico o metes la cara en el agua fría, y ya adelgazándose pero prendido todavía al piyama, a la raíz de la lengua mientras calentás el café, ahí pero dónde, cómo, pegado a la mañana, con su silencio en el que ya entran los ruidos del día, el noticioso radial que pusimos porque estamos despiertos y levantados y el mundo sigue andando. Carajo, carajo, ¿cómo puede ser, qué es eso que fue, que fuimos en un sueño pero es otra cosa, vuelve cada tanto y está ahí pero dónde, cómo está ahí y dónde es ahí? ¿Por qué otra vez Paco esta noche, ahora que lo escribo en esta misma pieza, al lado de esta misma cama donde las sábanas marcan el hueco de mi cuerpo? ¿A vos no te pasa como a mí con alguien que se murió hace treinta años, que enterramos un mediodía de sol en la Chacarita, llevando a hombros el cajón con los amigos de la barra, con los hermanos de Paco?

su cara pequeña y pálida, su cuerpo apretado de jugador de pelota vasca, sus ojos de agua, su pelo rubio peinado con gomina, la raya al costado, su traje gris, sus mocasines negros, casi siempre una corbata azul pero a veces en mangas de camisa o con una bata de esponja blanca (cuando me espera en su pieza de la calle Rivadavia, levantándose con esfuerzo para que no me dé cuenta de que está tan enfermo sentándose al borde de la cama envuelto en la bata blanca pidiéndome el cigarrillo que le tienen prohibido)
         Ya sé que no se puede escribir esto que estoy escribiendo, seguro que es otra de las maneras del día para terminar con las débiles operaciones del sueño; ahora me iré a trabajar, me encontraré con traductores y revisores en la conferencia de Ginebra donde estoy por cuatro semanas, leeré las noticias de Chile, esa otra pesadilla que ningún dentífrico despega de la boca; por qué entonces saltar de la cama a la máquina, de la casa de la calle Rivadavia en Buenos Aires donde acabo de estar con Paco, a esta máquina que no servirá de nada ahora que estoy despierto y sé que han pasado treinta y un años desde aquella mañana de octubre, ese nicho en un columbario, las pobres flores que casi nadie llevó porque maldito si nos importaban las flores mientras enterrábamos a Paco. Te digo, esos treinta y un años no son lo que importa, mucho peor es este paso del sueño a las palabras, el agujero entre lo que todavía sigue aquí pero se va entregando más y más a los nítidos filos de las cosas de este lado, al cuchillo de las palabras que sigo escribiendo y que ya no son eso que sigue ahí pero dónde, cómo. Y si insisto es porque no puedo más, tantas veces he sabido que Paco está vivo o que va a morirse, que está vivo de otra manera que nuestra manera de estar vivos o de ir a morirnos, que escribiéndolo por lo menos lucho contra lo inapresable, paso los dedos de las palabras por los agujeros de esa trama delgadísima que todavía me ataba en el cuarto de baño, en la tostadora, en el primer cigarrillo, que está todavía ahí pero dónde, cómo; repetir, reiterar, fórmulas de encantamiento, verdad, a lo mejor vos que me leés también tratás a veces de fijar con alguna salmodia lo que se te va yendo, repetís estúpidamente un verso infantil, arañita visita, arañita visita, cerrando los ojos para centrar la escena capital del sueño deshilachado, renunciando arañita, encogiéndote de hombros visita, el diariero llama a la puerta, tu mujer te mira sonriendo y te dice Pedrito, se te quedaron las telarañas en los ojos y tiene tanta razón pensás vos, arañita visita, claro que las telarañas.

cuando sueño con Alfredo, con otros muertos, puede ser cualquiera de sus tantas imágenes, de las opciones del tiempo y de la vida, a Alfredo lo veo manejando su Ford negro, jugando al poker, casándose con Zulema, saliendo conmigo del normal Mariano Acosta para ir a tomar un vermut en La Perla del Once; después, al final, antes, cualquiera de los días a lo largo de cualquiera de los años, pero Paco no, Paco es solamente la pieza desnuda y fría de su casa, la cama de hierro, la bata de esponja blanca, y si nos encontramos en el café y está con su traje gris y la corbata azul, la cara es la misma, la terrosa máscara final, los silencios de un cansancio irrestañable
         No voy a perder más tiempo; si escribo es porque sé, aunque no pueda explicarme qué es eso que sé y apenas consiga separar lo más grueso, poner de un lado los sueños y del otro a Paco, pero hay que hacerlo si un día, si ahora mismo en cualquier momento alcanzo a manotear más lejos. Sé que sueño con Paco puesto que la lógica, puesto que los muertos no andan por la calle y hay un océano de agua y de tiempo entre este hotel de Ginebra y su casa de la calle Rivadavia, entre su casa de la calle Rivadavia y él muerto hace treinta y un años. Entonces es obvio que Paco está vivo (de qué inútil, horrible manera tendré que decirlo también para acercarme, para ganar algo de terreno) mientras yo duermo; eso que se llama soñar. Cada tanto, pueden pasar semanas e incluso años, vuelvo a saber mientras duermo que él está vivo y va a morirse; no hay nada de extraordinario en soñar con él y verlo vivo, ocurre con tantos otros en los sueños de todo el mundo, también yo a veces encuentro a mi abuela viva en mis sueños, o a Alfredo vivo en mis sueños, Alfredo que fue uno de los amigos de Paco y se murió antes que él. Cualquiera sueña con sus muertos y los ve vivos, no es por eso que escribo; si escribo es porque sé, aunque no pueda explicar qué es lo que sé. Mirá, cuando sueño con Alfredo el dentífrico cumple muy bien su tarea; queda la melancolía, la recurrencia de recuerdos añejos, después empieza la jornada sin Alfredo. Pero con Paco es como si se despertara también conmigo, puede permitirse el lujo de disolver casi enseguida las vividas secuencias de la noche y seguir presente y fuera del sueño, desmintiéndolo con una fuerza que Alfredo, que nadie tiene en pleno día, después de la ducha y el diario. Qué le importa a él que yo me acuerde apenas de ese momento en que su hermano Claudio vino a buscarme, a decirme que Paco estaba muy enfermo, y que las escenas sucesivas, ya deshilachadas pero aún rigurosas y coherentes en el olvido, un poco como el hueco de mi cuerpo todavía marcado por las sábanas, se diluyan como todos los sueños. Lo que entonces sé es que haber soñado no es más que parte de algo diferente, una especie de superposición, una zona otra, aunque la expresión sea incorrecta pero también hay que superponer o violar las palabras si quiero acercarme, si espero alguna vez estar. Gruesamente, como lo estoy sintiendo ahora, Paco está vivo aunque se va a morir, y si algo sé es que no hay nada de sobrenatural en eso; tengo mi idea sobre los fantasmas pero Paco no es un fantasma, Paco es un hombre, el hombre que fue hasta hace treinta y un años, mi camarada de estudios, mi mejor amigo. No ha sido necesario que volviera de mi lado una y otra vez, bastó el primer sueño para que yo lo supiera vivo más allá o más acá del sueño y otra vez me ganara la tristeza, como en las noches de la calle Rivadavia cuando lo veía ceder terreno frente a una enfermedad que se lo iba comiendo desde las vísceras, consumiéndolo sin apuro en la tortura más perfecta. Cada noche que he vuelto a soñarlo ha sido lo mismo, las variaciones del tema; no es la recurrencia la que podría engañarme, lo que sé ahora ya estaba sabido la primera vez, creo que en París en los años cincuenta, a quince años de su muerte en Buenos Aires. Es verdad, en aquel entonces traté de ser sano, de lavarme mejor los dientes; te rechacé, Paco, aunque ya algo en mí supiera que no estabas ahí como Alfredo, como mis otros muertos; también frente a los sueños se puede ser un canalla y un cobarde, y acaso por eso volviste, no por venganza sino para probarme que era inútil, que estabas vivo y tan enfermo, que te ibas a morir, que una y otra noche Claudio vendría a buscarme en sueños para llorar en mi hombro, para decirme Paco está mal, qué podemos hacer, Paco está tan mal.

su cara terrosa y sin sol, sin siquiera la luna de los cafés del Once, la vida noctámbula de los estudiantes, una cara triangular sin sangre, el agua celeste de los ojos, los labios despellejados por la fiebre, el olor dulzón de los nefríticos, su sonrisa delicada, la voz reducida al mínimo, teniendo que respirar entre cada frase, reemplazando las palabras por un gesto o una mueca irónica
         Ves, eso es lo que sé, no es mucho pero lo cambia todo. Me aburren las hipótesis tempoespaciales, las n dimensiones, sin hablar de la jerga ocultista, la vida astral y Gustav Meyrinck. No voy a salir a buscar porque me sé incapaz de ilusión o quizá, en el mejor de los casos, de la capacidad para entrar en territorios diferentes. Simplemente estoy aquí y dispuesto, Paco, escribiendo lo que una vez más hemos vivido juntos mientras yo dormía; si en algo puedo ayudarte es en saber que no sos solamente mi sueño que ahí pero dónde, cómo, que ahí estás vivo y sufriendo. De ese ahí no puedo decir nada, sino que se me da soñando y despierto, que es un ahí sin asidero; porque cuando te veo estoy durmiendo y no sé pensar, y cuando pienso estoy despierto pero sólo puedo pensar; imagen o idea son siempre ese ahí pero dónde, ese ahí pero cómo.

releer esto es bajar la cabeza, putear de cara contra un nuevo cigarrillo, preguntarse por el sentido de estar tecleando en esta máquina, para quién, decime un poco, para quién que no se encoja de hombros y encasille rápido, ponga la etiqueta y pase a otra cosa, a otro cuento
         Y además, Paco, por qué. Lo dejo para el final pero es lo más duro, es esta rebelión y este asco contra lo que te pasa. Te imaginas que no te creo en el infierno, nos haría tanta gracia si pudiéramos hablar de eso. Pero tiene que haber un por qué, no es cierto, vos mismo has de preguntarte porqué estás vivo ahí donde estás si de nuevo te vas a morir, si otra vez Claudio tiene que venir a buscarme, si como hace un momento voy a subir la escalera de la calle Rivadavia para encontrarte en tu pieza de enfermo, con esa cara sin sangre y los ojos como de agua, sonriéndome con labios desteñidos y resecos, dándome una mano que parece un papelito. Y tu voz, Paco, esa voz que te conocí al final, articulando precariamente las pocas palabras de un saludo o de una broma. Por supuesto que no estás en la casa de la calle Rivadavia, y que yo en Ginebra no he subido la escalera de tu casa en Buenos Aires, eso es la utilería del sueño y como siempre al despertar las imágenes se deslíen y solamente quedas vos de este lado, vos que no sos un sueño, que me has estado esperando en tantos sueños pero como quien se cita en un lugar neutral, una estación o un café, la otra utilería que olvidamos apenas se echa a andar.

cómo decirlo, cómo seguir, hacer trizas la razón repitiendo que no es solamente un sueño, que si lo veo en sueños como a cualquiera de mis muertos, él es otra cosa, está ahí, dentro y fuera, vivo aunque

lo que veo de él, lo que oigo de él: la enfermedad lo ciñe, lo fija en esa última apariencia que es mi recuerdo de él hace treinta y un años; así está ahora, así es
          ¿Por qué vivís si te has enfermado otra vez, si vas a morirte otra vez? Y cuando te mueras, Paco, ¿qué va a pasar entre nosotros dos? ¿Voy a saber que te has muerto, voy a soñar, puesto que el sueño es la única zona donde puedo verte, que te enterramos de nuevo? Y después de eso, ¿voy a dejar de soñar, te sabré de veras muerto? Porque hace ya muchos años, Paco, que estás vivo ahí donde nos encontramos, pero con una vida inútil y marchita, esta vez tu enfermedad dura interminablemente más que la otra, pasan semanas o meses, pasa París o Quito o Ginebra y entonces viene Claudio y me abraza, Claudio tan joven y cachorro llorando silencioso contra mi hombro, avisándome que estás mal, que suba a verte, a veces es un café pero casi siempre hay que subir la estrecha escalera de esa casa que ya han echado abajo, desde un taxi miré hace un año esa cuadra de Rivadavia a la altura del Once y supe que la casa ya no estaba ahí o que la habían transformado, que falta la puerta y la angosta escalera que llevaba al primer piso, a las piezas de alto cielo raso y estucos amarillos, pasan semanas o meses y de nuevo sé que tengo que ir a verte, o simplemente te encuentro en cualquier lado o sé que estás en cualquier lado aunque no te vea, y nada termina, nada empieza ni termina mientras duermo o después en la oficina o aquí escribiendo, vos vivo para qué, vos vivo por qué, Paco, ahí pero dónde, viejo, dónde y hasta cuándo.

aducir pruebas de aire, montoncitos de ceniza como pruebas, seguridades de agujero; para peor con palabras, desde palabras incapaces de vértigo, etiquetas previas a la lectura, esa otra etiqueta final

noción de territorio contiguo, de pieza de al lado; tiempo de al lado, y a la vez nada de eso, demasiado fácil refugiarse en lo binario; como si todo dependiera de mí, de una simple clave que un gesto o un salto me darían, y saber que no, que mi vida me encierra en lo que soy, al borde mismo pero
tratar de decirlo de otra manera, insistir: por esperanza buscando el laboratorio de medianoche, una alquimia impensable, una transmutación
         No sirvo para ir más lejos, intentar cualquiera de los caminos que otros siguen en busca de sus muertos, la fe o los hongos o las metafísicas. Sé que no estás muerto, que las mesas de tres patas son inútiles; no iré a consultar videntes porque también ellos tienen sus códigos, me mirarían como a un demente. Sólo puedo creer en lo que sé, seguir por mi vereda como vos por la tuya empequeñecido y enfermo ahí donde estás, sin molestarme, sin pedirme nada pero apoyándote de alguna manera en mí que te sé vivo, en ese eslabón que te enlaza con esta zona a la que no perteneces pero que te sostiene vaya a saber por qué, vaya a saber para qué. Y por eso, pienso, hay momentos en que te hago falta y es entonces que llega Claudio o que de golpe te encuentro en el café donde jugábamos al billar o en la pieza de los altos donde poníamos discos de Ravel y leíamos a Federico y a Rilke, y la alegría deslumbrada que me da saberte vivo es más fuerte que la palidez de tu cara y la fría debilidad de tu mano; porque en pleno sueño no me engaño como me engaña a veces ver a Alfredo o a Juan Carlos, la alegría no es esa horrible decepción al despertar y comprender que se ha soñado, con vos me despierto y nada cambia salvo que he dejado de verte, sé que estás vivo ahí donde estás, en una tierra que es esta tierra y no una esfera astral o un limbo abominable; y la alegría dura y está aquí mientras escribo, y no contradice la tristeza de haberte visto una vez más tan mal, es todavía la esperanza, Paco, si escribo es porque espero aunque cada vez sea lo mismo, la escalera que lleva a tu pieza, el café donde entre dos carambolas me dirás que estuviste enfermo pero que ya va pasando, mintiéndome con una pobre sonrisa; la esperanza de que alguna vez sea de otra manera, que Claudio no tenga que venir a buscarme y a llorar abrazado a mí, pidiéndome que vaya a verte.

aunque sea para estar otra vez cerca de él cuando se muera como en aquella noche de octubre, los cuatro amigos, la fría lámpara colgando del cielo raso, la última inyección de coramina, el pecho desnudo y helado, los ojos abiertos que uno de nosotros le cerró llorando
         Y vos que me leés creerás que invento; poco importa, hace mucho que la gente pone en la cuenta de mi imaginación lo que de veras he vivido, o viceversa. Mirá, a Paco no lo encontré nunca en la ciudad de la que he hablado alguna vez, una ciudad con la que sueño cada tanto, y que es como el recinto de una muerte infinitamente postergada, de búsquedas turbias y de imposibles citas. Nada hubiera sido más natural que verlo ahí, pero ahí no lo he encontrado nunca ni creo que lo encontraré. Él tiene su territorio propio, gato en su mundo recortado y preciso, la casa de la calle Rivadavia, el café del billar, alguna esquina del Once. Quizá si lo hubiera encontrado en la ciudad de las arcadas y del canal del norte, lo habría sumado a la maquinaria de las búsquedas, a las interminables habitaciones del hotel, a los ascensores que se desplazan horizontalmente, a la pesadilla elástica que vuelve cada tanto; hubiera sido más fácil explicar la presencia, imaginarla parte de ese decorado que la hubiera empobrecido limándola, incorporándola a sus torpes juegos. Pero Paco está en lo suyo, gato solitario asomando desde su propia zona sin mezclas; quienes vienen a buscarme son solamente los suyos, es Claudio o su padre, alguna vez su hermano mayor. Cuando despierto después de haberlo encontrado en su casa o en el café, viéndole la muerte en los ojos como de agua, el resto se pierde en el fragor de la vigilia, sólo él queda conmigo mientras me lavo los dientes y escucho el noticioso antes de salir; ya no su imagen percibida con la cruel precisión lenticular del sueño (el traje gris, la corbata azul, los mocasines negros) sino la certidumbre de que impensablemente sigue ahí y que sufre.

ni siquiera esperanza en lo absurdo, saberlo otra vez feliz verlo en un torneo de pelota, enamorado de esas muchachas con las que bailaba en el club
pequeña larva gris, animula vagula blandula, monito temblando de frío bajo las frazadas, tendiéndome una mano de maniquí, para qué, por qué
         No habré podido hacerte vivir esto, lo escribo igual para vos que me leés porque es una manera de quebrar el cerco, de pedirte que busques en vos mismo si no tenés también uno de esos gatos, de esos muertos que quisiste y que están en ese ahí que ya me exaspera nombrar con palabras de papel. Lo hago por Paco, por si esto o cualquier otra cosa sirviera de algo, lo ayudara a curarse o a morirse, a que Claudio no volviera a buscarme, o simplemente a sentir por fin que todo era un engaño, que sólo sueño con Paco y que él vaya a saber por qué se agarra un poco más a mis tobillos que Alfredo, que mis otros muertos. Es lo que vos estarás pensando, qué otra cosa podrías pensar a menos que también te haya pasado con alguien, pero nadie me ha hablado nunca de cosas así y tampoco lo espero de vos, simplemente tenía que decirlo y esperar, decirlo y otra vez acostarme y vivir como cualquiera, haciendo lo posible por olvidar que Paco sigue ahí, que nada termina porque mañana o el año que viene me despertaré sabiendo como ahora que Paco sigue vivo, que me llamó porque esperaba algo de mi y que no puedo ayudarlo porque está enfermo, porque se está muriendo.

Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar
 

Paul Auster:Viajes por el Scriptorium

sendero

Viajes por el Scriptorium es el ejemplo perfecto de cómo una novelita de menos de doscientas páginas puede convertirse en una obra maestra. La trama que Paul Auster ha urdido está milimétricamente diseñada para mantener la tensión y el misterio y así atrapar al lector, que se ve brutalmente trasportado al mundo de la ficción, que se vuelve tan real como la propia realidad. Nada más empezar una especie de Gran Hermano orwelliano, un ojo que todo lo observa y que de todo toma nota, nos describe a un desconocido, que pronto deja de serlo al presentarlo como Míster Blank, recluido en una claustrofóbica habitación, en una situación de la que el personaje sabe en principio tanto como el lector, es decir, nada. Quién es, cómo ha llegado hasta allí o dónde se encuentra son datos que no se revelan hasta las últimas páginas de la novela ―aunque se intuyen―, todos de golpe y sopetón.

   En estas circunstancias Míster Blank va recibiendo una serie de visitas que van aportando con cuentagotas informaciones sobre su pasado, lo que, unido a sus recuerdos, forman un rompecabezas que deberá montar correctamente para conocer su verdadera identidad. Sus recuerdos no van más allá del día en que se despierta, aunque un oscuro fantasma planea sobre su memoria, que «está consumido por un implacable complejo de culpa. Y al mismo tiempo no puede evitar la sensación de ser víctima de una tremenda injusticia».

   El primer personaje con el que se encuentra Míster Blank es al mismo tiempo el más relevante. Se trata de una mujer llamada Anna, que demuestra sentir un cariño especial hacia la persona de Míster Blank, a pesar de que vagamente él recuerda haberle hecho algo horrible, «algo horroroso…, incalificable…, que no tiene perdón». Como ella misma aclara, Míster Blank la envió «a un lugar lleno de peligros, donde reinaba la desesperación, un sitio de muerte y destrucción», aunque a pesar de ello, «ha sacrificado su vida por una causa importante». No mucha más información aporta Anna sobre el pasado de Míster Blank, aunque confirma que Míster Blank está sometido a una especie de tratamiento. La galería de personajes que van visitando al desconocido a continuación confirma que en el pasado se dedicó a enviar, al igual que a Anna, a cientos de personas a misiones peligrosas.

   Una serie de documentos, muchos de ellos de sentido críptico, aportan una valiosa información sobre el oscuro pasado de Míster Blank. Entre esos papeles figuran fotografías de algunos de los personajes que le visitan o fragmentos de ficciones, de esbozos de novelas. Es precisamente este último elemento lo que permite a Auster comenzar a enfocar la novela desde el punto de vista que le interesa, introduciendo la intertextualidad. Una buena parte de Viajes por el Scriptorium es el desarrollo de una novela de ficción. En esta obra dentro de la obra se desarrolla la trama en un futuro utópico que guarda muchas similitudes con el de 1984, lo que en cierta medida da circularidad a la obra, ya que aparece escrita en forma de informe, de la misma manera que Viajes por el Scriptorium aparece también escrita en forma de informe. Auster crea un juego de estilos que va más allá de introducir una novela dentro de la obra: relaciona realidad y ficción, otorgando al primer elemento del binomio un peso menor con respecto al segundo, lo que hace que la novela tenga un atractivo componente onírico. La actitud de Míster Blank ante esta novela incompleta es indicativo del desenlace final: decide continuarla, dando importantes giros a la trama, reflexionando sobre la pertinencia y validez de determinadas acciones de los personajes; y en definitiva, ejerciendo a ojos del lector el oficio de escritor, sin ningún tipo de tapujos.

   Y es que la gran maestría de Auster no es la trama de la novela sino su capacidad para sobredimensionarla, para proyectar sobre ella una simbología que es, en definitiva, toda una revelación sobre el mundo de la escritura. Da un paso más allá del viejo experimento de Pirandello en Seis personajes en busca de autor, o del tosco intento unamuniano de Niebla. Con ojos modernos, los mismos con los que Jostein Gaarder escribiera el Mundo de Sofía, Auster hace un profundo análisis sobre las relaciones entre el autor y sus personajes. Finalmente Míster Blank se revela como álter ego de Auster, algo que se va haciendo patente a medida que los personajes van apareciendo en escena y el lector puede reconocer en ellos a antiguos personajes de otras novelas del escritor norteamericano. En la revelación final uno de ellos confiesa su naturaleza ficticia: «no somos nada, pero la paradoja es que nosotros, seres puramente imaginarios, sobrevivimos a la mente que nos creó, porque una vez arrojados al mundo existiremos hasta el fin de los tiempos, y nuestras historias seguirán contándose incluso después de que hayamos muerto». Es como si Míster Blank tuviera que pagar por las desdichas e injusticias sufridas por esos personajes a causa de Auster. Su rabia es la rabia que tendrían contra el propio Auster. Esta construcción novelística riza la intertextualidad, es un espejo textual con el que Auster trabaja la metaficción, establece un diálogo que da unidad y cohesión a toda su obra.

   Su confinamiento adquiere un carácter simbólico que convierte el castigo en una especie de pesadilla eterna, como si se tratara de una novela de Kafka. Míster Blank, en el poco tiempo en que es dueño de sí mismo y de sus recuerdos, es consciente del absurdo de su situación: «Mañana no recordaré ni una palabra de lo que he dicho hoy. Y usted lo sabe. Lo sé hasta yo, que no sé ni por dónde ando». Está condenado a vivir en «un estado de perpetua incertidumbre», condenado a olvidar cada noche su vida, a recomenzar cada mañana, a construirse a sí mismo cada día. Pocas veces se ha visto un símbolo tan genial de la figura del escritor. Pero al mismo tiempo se sitúa en un plano absurdo, al mismo nivel que la condena impuesta a Sísifo. El habitáculo se convierte en un minúsculo infierno, del que no se puede salir porque no se encuentra en ningún lugar: «mientras permanezca en la habitación con la puerta cerrada y los postigos cerrados en la ventana, jamás morirá, no desaparecerá, nunca será otra cosa que las palabras que estoy escribiendo en su página».

   Pero lo más sorprendente y enigmático del castigo es la confesión que hace uno de los personajes: «todo esto fue idea suya. Sólo hacemos lo que usted nos pidió que hiciéramos». No se trata de que los personajes hayan secuestrado al autor y confinado en una prisión, sino que parece ser que están siguiendo órdenes del propio autor y que él desconoce, lo que no podría ser de otra forma teniendo en cuenta que como antes ficticios carecen de libre albedrío. El propio texto desmiente esa eternidad, y como uno de los personajes confirma, el tiempo del que disponen es limitado. Si el escritor está ha sido encerrado de forma voluntaria y se dedica a desarrollar una novela, parece evidente que Viajes por el Scriptorium es el símbolo del proceso creativo. El confinamiento puede llegar a tener incluso un carácter terapéutico: «Ahora la habitación es su mundo, y cuanto más tiempo dure el tratamiento, más dispuesto estará a aceptar la generosidad de todo cuanto se ha hecho por él». En ese sentido el título es tremendamente esclarecedor. Baste recordar que el scriptorium es el habitáculo existente en los monasterios de la Europa medieval donde el copista elaboraba sus manuscritos. Es un espacio dedicado a la creación. Por otra parte, el concepto de viaje referido al proceso creativo no es original de Auster ni mucho menos.

   En definitiva, Viajes por el Scriptorium es, de alguna manera, la novela que contiene todas las novelas de Auster. Es una especie de balance de toda su producción novelística anterior, por lo que funciona al mismo tiempo como cierre y como inicio de etapa. Para sacarle el máximo jugo lo recomendable es haber leído algunos novelas de Auster, aunque ese puede entender perfectamente sin saber quiénes son los personajes que aparecen. En cualquier caso puede ser una magnífica oportunidad para introducirse en el mundo de Auster.

Ley de <herodes de Jorge Ibargüengoitia

sendero


Sarita me saco del fango, porque antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me
tenía sin cuidado. Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo entender que todos los
hombres somos iguales, que el único ideal digno es la lucha de clases y la victoria del
proletariado; me hizo leer a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes, ¿y todo para qué? Para
destruirme después con su indiscreción.
No quiero discutir otra vez por qué acepté una beca de la Fundación Katz, para ir a
estudiar en los Estados Unidos. La acepté y ya. No me importa que los Estados Unidos
sean un país en donde existe la explotación del hombre por el hombre, ni tampoco que
la Fundación Katz sea el ardid de un capitalista (Katz) para eludir impuestos. Solicité la
beca, y cuando me la concedieron la acepté; y es más, Sarita también la solicitó y
también la aceptó. ¿Y qué?
Todo iba muy bien hasta que llegamos al examen médico…No me atrevería a
continuar si no fuera porque quiero que se me haga justicia. Necesito justicia. La exijo.
Así que adelante…
La Fundación Katz sólo da becas a personas fuertes como un caballo y el examen
médico es muy riguroso.
No discutamos este punto. Ya sé que este examen médico es otra de tantas
argucias de que se vale el FBI para investigar la vida privada de los mexicanos. Pero
adelante. El examen lo hace el doctor Philbrick, que es un yanqui que vive en las
Lomas (por supuesto), en una casa cerrada a piedra y cal y que cobra… no importa
cuánto cobra, porque lo pagó la Fundación. La enfermera, que con seguridad traicionó
la Causa, puesto que su acento y rasgos faciales la delatan como evadida de la Europa
Libre, nos dijo a Sarita y a mí, que a tal hora tomáramos tantos más cuantos gramos de
sulfato de magnesia y que nos presentáramos a las nueve de la mañana siguiente con las
“muestras obtenidas” de nuestras dos funciones.
¡Ah, qué humillación! ¡Recuerdo aquella noche en mi casa, buscando entre los
frascos vacíos dos adecuados para guardar aquello! ¡ Y luego, la noche en vela
esperando el momento oportuno! ¡Y cuando llegó, Dios mío, qué violencia! (Cuando
exclamo Dios mío en la frase anterior, lo hago usando de un recurso literario muy
lícito, que nada tiene que ver con mis creencias personales.)
Cuando estuvo guardada la primer muestra, volví a la cama y dormí hasta las siete,
hora en que me levanté para recoger la segunda. Quiero hacer notar que la orina propia
en un frasco se contempla con incredulidad; es un líquido turbio (por el sulfato de
magnesia) de color amarillo, que al cerrar el frasco se deposita en pequeñas gotas en las
paredes de cristal. Guardé ambos frascos en sucesivas bolsas de papel para evitar que
alguna mirada penetrante adivinara su contenido.
Salí a la calle en la mañana húmeda, y caminé sin atreverme a tomar un camión,
apretando contra mi corazón, como San Tarsicio Moderno, no la Sagrada Eucaristía,
sino mi propia mierda. (Esta metáfora que acabo de usar es un tropo al que llegué
arrastrado por mi elocuencia natural y es independiente de mi concepto del hombre
moderno.)
Por la Reforma llegué hasta la fuente de Diana, en donde esperé a Sarita más de la
cuenta, pues había tenido cierta dificultad en obtener una de las muestras. Llegó como
yo, con el rostro desencajado y su envoltorio contra el pecho. Nos miramos fijamente,
sin decirnos nada, conscientes como nunca de que nuestra dignidad humana había sido
pisoteada por las exigencias arbitrarias de una organización típicamente capitalista. Por
si fuera poco lo anterior, cuando llegamos a nuestro destino, la mujer que había
traicionado la Causa nos condujo al laboratorio y allí desenvolvió los frascos ¡delante
de los dos! y les puso etiquetas. Luego, yo entré en el despacho del doctor Philbrick y
Sarita fue a la sala de espera.
Desde el primer momento comprendí que la intención del doctor Philbrick era
humillarme. En primer lugar, creyó, no sé por qué, que yo era ingeniero agrónomo y
por más que insistí en que me dedicaba a la sociología, siguió en su equivocación; en
segundo, me hizo una serie de preguntas que salen sobrando ante un individuo como
yo, robusto y saludable física y mentalmente: ¿qué caso tiene preguntarme si he tenido
neumonía, paratifoidea o gonorrea? Y apuntó mis respuestas, dizque minuciosamente,
en unas hojas que le había mandado la Fundación a propósito. Luego vino lo peor. Se
levantó con las hojas en la mano y me ordenó que lo siguiera. Yo lo obedecí. Fuimos
por un pasillo oscuro en uno de cuyos lados había una serie de cubículos, y en cada uno
de ellos, una mesa clínica y algunos aparatos. Entramos en un cubículo: él corrió la
cortina y luego, volviéndose hacia mí, me ordenó despóticamente: “Desvístase”. Yo
obedecí, aunque ya mi corazón me avisaba que algo terrible iba a suceder. El me
examinó el cráneo aplicándome un diapasón en los diferentes huesos; me metió un foco
por las orejas y miró para adentro; me puso un reflector ante los ojos y observó cómo se
contraían mis pupilas y, apuntando siempre los resultados, me oyó el corazón, me hizo
saltar doscientas veces y volvió a oírlo; me hizo respirar pausadamente, luego, contener
la respiración, luego, saltar otra vez doscientas veces. Apuntaba siempre. Me ordenó
que me acostara en la cama y cuando obedecí, me golpeó despiadadamente el abdomen
en busca de hernias, que no encontró; luego, tomó las partes más nobles de mi cuerpo y
a jalones las extendió como si fueran un pergamino, para mirarlas como si quisiera leer
el plano del tesoro. Apuntó otra vez. Fue a un armario y tomando algodón de un rollo
empezó a envolverse con él dos dedos. Yo lo miraba con mucha desconfianza.
-Hínquese sobre la mesa -me dijo.
Esta vez no obedecí, sino que me quedé mirando aquellos dos dedos envueltos en
algodón. Entonces, me explicó:
-Tengo que ver si tiene usted úlceras en el recto.
El horror paralizó mis músculos. El doctor Philbrick me enseñó las hojas de la
Fundación que decían efectivamente “úlceras en el recto”; luego, sacó del armario un
objeto de hule adecuado para el caso, e introdujo en él los dedos envueltos en algodón.
Comprendí que había llegado el momento de tomar una decisión: o perder la beca, o
aquello. Me subí a la mesa y me hinqué.
-Apoye los codos sobre la mesa.
Apoyé los codos sobre la mesa, me tapé las orejas, cerré los ojos y apreté las
mandíbulas. El doctor Philbrick se cercioró de que yo no tenía úlceras en el recto.
Después, tiró a la basura lo que cubriera sus dedos y salió del cubículo, diciendo:
“Vístase”.
Me vestí y salí tambaleándome. En el pasillo me encontré a Sarita ataviada con
una especie de mandil, que al verme (supongo que yo estaba muy mal) me preguntó
qué me pasaba.
-Me metieron el dedo. Dos dedos.
-¿Por dónde?
-¿Por dónde crees, tonta?
Fue una torpeza confesar semejante cosa. Fue la causa de mi desprestigio. Llegado
el momento de las úlceras en el recto, Sarita amenazó al doctor Philbrick con llamar a
la policía si intentaba revisarle tal parte; el doctor, con la falta de determinación propia
de los burgueses, la dejó pasar como sana, y ella, haciendo a un lado las reglas más
elementales del compañerismo, salió de allí y fue a contarle a todo el mundo que yo me
había doblegado ante el imperialismo yanqui.

Lección de Cocina de Rosario Castellanos

Sendero

La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez, esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los pasos de goma de las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte? Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche. Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras. Por ejemplo, elegir el menú¿Cómo podría llevar al cabo labor tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera? En un estante especial, adecuado a mi estatura, se alinean mis espíritus protectores, esas aplaudidas equilibristas que concilian en las páginas de los recetarios las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y la gula, el aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia. Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía, la celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y… ¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados? Abro un libro al azar y leo: “La cena de don Quijote.” Muy literario pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no tenía fama de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a fondo del texto nos revela, etc., etc., etc. Uf. Ha corrido más tinta en torno a esa figura que agua debajo de los puentes. “Pajaritos de centro de cara.” Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tiene un centro la cara de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible. “Bigos a la rumana.” Pero ¿a quién supone usted que se está dirigiendo? Si yo supiera lo que es estragón y ananá no estaría consultando este libro porque sabría muchas otras cosas. Si tuviera usted el mínimo sentido de la realidad debería, usted misma o cualquiera de sus colegas, tomarse el trabajo de escribir un diccionario de términos técnicos, redactar unos prolegómenos, idear una propedéutica para hacer accesible al profano el difícil arte culinario. Pero parten del supuesto de que todas estamos en el ajo y se limitan a enunciar. Yo, por lo menos, declaro solemnemente que no estoy, que no he estado nunca ni en este ajo que ustedes comparten ni en ningún otro. Jamás he entendido nada de nada. Pueden ustedes observar los síntomas: me planto, hecha una imbécil, dentro de una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero justicieramente.

Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes” y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.

Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de echarse a sangrar.

Del mismo color teníamos la espalda, mí marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.

Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir— el nylon de mi camisón de desposada resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga.

Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo movimiento propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al suicidio.

Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña; yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que está a mi lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.

Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo… La carne, bajo la rociadura de la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta, cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que…

No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de las buenas intenciones, manifestación de propósitos “serios”. Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.

Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.

Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido. Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío. Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama yo permanezco sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento. ¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.

Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde, está despellejándose), es verdad que en el contacto o colisión con él he sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y sé, no sentía y siento, no era y soy.

Habrá que dejarla reposar así. Hasta que ascienda a la temperatura ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto. Me da la impresión de que no he sabido calcular bien de que he comprado un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora. Él, por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno mío va a acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un platillo tan anodino como la carne asada.

Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida. Gracias haberme abiertola jaula de una rutina estéril para cerrarme la jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar el interior del templo, exaltada por la música del órgano. Gracias por…

¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de importarme demasiado.porque hay que ponerla al fuego a última hora. Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero no poseo, un sentido sin el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la carne está a punto.

¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis, del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.

¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No será indispensable —gracias a mi temperamento— que me cebes, que me ates de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quién es a la que posees.

Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.

Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a las reses. Ha de ser de mamut. De esos que se han conservado, desde la prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y yo tengo a mi disposición un plazo de…

¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón del saco, el pan está quemado, el café frío.

Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian. En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa, que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los convalecientes.

¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se vaya calentando, poco a poco, el asador “que previamente ha de untarse con un poco de grasa para que la carne no se pegue”. Eso se me ocurre hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las páginas de un libro.

Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me contraían los músculos en un espasmo de náuseas.

El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y ahora chisporrotea y salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los apretados infiernos por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero niñita, tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, la perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me sujetarían ahora a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. Imposible defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes, transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!

Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es demasiado grande.

Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra “fin”.

¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá quede a la medida de nuestro apetito.

Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel. ¿Bruja blanca en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni al heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento en Nueva York, París o Londres. Sus affaires ocasionales la divierten pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano al través de los grandes ventanales de su estudio.

Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos puntos se obstina en recordar su crudeza. Pero lo demás es dorado y exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser suficiente para los dos? La estoy viendo muy pequeña.

Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas horas puede darse el lujo de andar de cacería.

¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemada de un lado. Menos mal que tiene dos.

Señorita, si usted me permitiera… ¡Señora! Y le advierto que mi marido es muy celoso… Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio. Síg-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina ¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir, que yo quiero divorciarme.

¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que debería de comportarse con conducta. Se enrosca igual que una charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más cordial invitación a comer fuera.

Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculto, en el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de no mencionar el incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, con proclividades a la frivolidad, pero no como una tarada. Ésta es la primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después consecuente con ella, aunque sea inexacta.

Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme? Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en la etapa de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie de la letra y… .ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a convertirse en una viuda fabulosa, digo, en una cocinera fabulosa? Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A partir de entonces ella dio rienda suelta a sus instintos maternales y echó a perder con sus mimos…

No, no le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar sus acusaciones.

Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas. Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia que es energía o como se llame ahora.

Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy contenta. Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente expuesto al fuego, se consume hasta que no queden ni rastros de él. Y el trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real, ya no existe.

¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte en recuerdo y… Ah, no voy a caer en esa trampa: la del personaje inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.

La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que ha dado el salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome, determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.

Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento. Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia las reglas del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de perdonarlo.

Si asumo la otra actitud, si soy el caso típico, la femineidad que solicita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que, aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las humildes, las que no abrían los labios sino para asentir, y lograron la obediencia ajena hasta al más irracional de sus caprichos. La receta, pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ella confirmará mi certidumbre.

Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una rara avis. De mí se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué consecuencias acarrearía asumirlo?

Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en la continua expectativa de que se me declare la locura.

Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo…

La fiesta brava de José Emilio <pacheco

sendero

La fiesta brava
El principio del placer
(México: Editorial Joaquin Mortiz, 1972, 163 págs.);
(Mé́xico : Era, 1972, 140 págs.)

Literatura.us

A Lauro Zavala

SE GRATIFICARÁ

AL TAXISTA o a cualquier persona que informe sobre el paradero del señor ANDRÉS QUINTANA, cuya fotografía aparece al margen. Se extravió el pasado viernes 13 de agosto de 1971 en el trayecto de la avenida Juárez a la calle de Tonalá en la colonia Roma, hacia las 23:30 (once y media) de la noche. Cualquier dato que pueda ayudar a su localización se agradecerá en los teléfonos 511 93 03 y 533 12 50.

LA FIESTA BRAVA
UN CUENTO DE ANDRÉS QUINTANA

La tierra parece ascender, los arrozales flotan en el aire, se agrandan los árboles comidos por el defoliador, bajo el estruendo concéntrico de las aspas el helicóptero hace su aterrizaje vertical, otros quince se posan en los alrededores, usted salta a tierra metralleta en mano, dispara y ordena disparar contra todo lo que se mueva y aun lo inmóvil, no quedará bambú sobre bambú, no habrá ningún sobreviviente en lo que fue una aldea a orillas del rio de sangre,

bala, cuchillo, bayoneta, granada, lanzallamas, culata, todo se vuelve instrumento de muerte, al terminar con los habitantes incendian las chozas y vuelven a los helicópteros, usted, capitán Keller, siente la paz del deber cumplido, arden entre las ruinas cadáveres de mujeres, niños, ancianos, no queda nadie porque, como usted dice, todos los pobladores pueden ser del Vietcong, sus hombres regresan sin una baja y con un sentimiento opuesto a la compasión, el asco y el horror que les causaron los primeros combates,

ahora, capitán Keller, se encuentra a miles de kilómetros de aquel infierno que envenena de violencia y de droga al mundo entero y usted contribuyó a desatar, la guerra aún no termina pero usted no volverá a la tierra arrasada por el napalm, porque, pensión de veterano, camisa verde, Rolleiflex, de pie en la Sala Maya del Museo de Antropología, atiende las explicaciones de una muchacha que describe en inglés cómo fue hallada la tumba en el Templo de las Inscripciones en Palenque,
usted ha llegado aquí sólo para aplazar el momento en que deberá conseguir un trabajo civil y olvidarse para siempre de Vietnam, entre todos los países del mundo escogió México porque en la agencia de viajes le informaron que era lo más barato y lo más próximo, así pues no le queda más remedio que observar con fugaz admiración esta parte de un itinerario inevitable,

en realidad nada le ha impresionado, las mejores piezas las había visto en reproducciones, desde luego en su presencia real se ven muy distintas, pero de cualquier modo no le producen mayor emoción los vestigios de un mundo aniquilado por un imperio que fue tan poderoso como el suyo, capitán Keller,

salen, cruzan el patio, el viento arroja gotas de la fuente, entran en la Sala Mexica, vamos a ver, dice la guía, apenas una mínima parte de lo que se calcula produjeron los artistas aztecas sin instrumentos de metal ni ruedas para transportar los grandes bloques de piedra, aquí está casi todo lo que sobrevivió a la destrucción de México-Tenochtitlan, la gran ciudad enterrada bajo el mismo suelo que, señoras y señores, pisan ustedes,

la violencia inmóvil de la escultura azteca provoca en usted una respuesta que ninguna obra de arte le había suscitado, cuando menos lo esperaba se ve ante el acre monolito en que un escultor sin nombre fijó como quien petrifica una obsesión la imagen implacable de Coatlicue, madre de todas las deidades, del sol, la luna y las estrellas, diosa que crea la vida en este planeta y recibe a los muertos en su cuerpo,

usted queda imantado por ella, imantado, no hay otra palabra, suspenderá los tours a Teotihuacan, Taxco y Xochimilco para volver al Museo jueves, viernes y sábado, sentarse frente a Coatlicue y reconocer en ella algo que usted ha intuido siempre, capitán,

su insistencia provoca sospechas entre los cuidadores, para justificarse, para disimular esa fascinación aberrante, usted se compra un block y empieza a dibujar en todos sus detalles a Coatlicue,

el domingo le parecerá absurdo su interés en una escultura que le resulta ajena, y en vez de volver al Museo se inscribirá en la excursión FIESTA BRAVA, los amigos que ha hecho en este viaje le preguntarán porqué no estuvo con ellos en Taxco, en Cuernavaca, en las pirámides y en los jardines flotantes de Xochimilco, en dónde se ha metido durante estos días, ¿acaso no leyó a D. H. Lawrence, no sabe que la Ciudad de México es siniestra y en cada esquina acecha un peligro mortal?, no, no, jamás salga solo, capitán Keller, con estos mexicanos nunca se sabe,
no se preocupen, me sé cuidar, si no me han visto es porque me paso todos los días en Chapultepec dibujando las mejores piezas, y ellos, para qué pierde su tiempo, puede comprar libros, postales,slides, reproducciones en miniatura,

cuando termina la conversación, en la Plaza México suena el clarín, se escucha un paso-doble, aparecen en el ruedo los matadores y sus cuadrillas, sale el primer toro, lo capotean, pican, banderillean y matan, usted se horroriza ante el espectáculo, no resiste ver lo que le hacen al toro, y dice a sus compatriotas, salvajes mexicanos, cómo se puede torturar así a los animales, qué país, esta maldita FIESTA BRAVA explica su atraso, su miseria, su servilismo, su agresividad, no tienen ningún futuro, habría que fusilarlos a todos, usted se levanta, abandona la plaza, toma un taxi, vuelve al Museo a contemplar a la diosa, a seguir dibujándola en el poco tiempo en que aún estará abierta la sala,

después cruza el Paseo de la Reforma, llega a la acera sobre el lago, ve iluminarse el Castillo de Chapultepec en el cerro, un hombre que vende helados empuja su carrito de metal, se le acerca y dice, buenas tardes, señor, dispense usted, le interesa mucho todo lo azteca, ¿no es verdad?, antes de irse ¿no le gustaría conocer algo que nadie ha visto y usted no olvidará nunca?, puede confiar en mi, señor, no trato de venderle nada, no soy un estafador de turistas, lo que le ofrezco no le costará un solo centavo, usted en su difícil español responde, bueno, qué es, de qué se trata,

no puedo decirle ahora, señor, pero estoy seguro de que le interesará, sólo tiene que subirse al último carro del último metro el viernes 13 de agosto en la estación Insurgentes, cuando el tren se detenga en el túnel entre Isabel la Católica y Pino Suárez y las puertas se abran por un instante, baje usted y camine hacia el oriente por el lado derecho de la vía hasta encontrar una luz verde, si tiene la bondad de aceptar mi invitación lo estaré esperando, puedo jurarle que no se arrepentirá, como le he dicho es algo muy especial, once in a lifetime, pronuncia en perfecto inglés para asombro de usted, capitán Keller,

el vendedor detendrá un taxi, le dará el nombre de su hotel, cómo es posible que lo supiera, y casi lo empujará al interior del vehículo, en el camino pensará, fue una broma, un estúpido juego mexicano para tomar el pelo a los turistas, más tarde modificará su opinión,

y por la noche del viernes señalado, camisa verde, Rolleiflex, descenderá a la estación Insurgentes y cuando los magnavoces anuncien que el tren subterráneo se halla a punto de iniciar su recorrido final, usted subirá al último vagón, en él sólo hallará a unos cuantos trabajadores que vuelven a su casa en Ciudad Nezahualcóyotl, al arrancar el convoy usted verá en el andén opuesto a un hombre de baja estatura que lleva un portafolios bajo el brazo y grita algo que usted no alcanzará a escuchar,

ante sus ojos pasarán las estaciones Cuauhtémoc, Balderas, Salto del Agua, Isabel la Católica, de pronto se apagarán la iluminación externa y la interna, el metro se detendrá, bajará usted a la mitad del túnel, caminará sobre el balasto hacia la única luz aún encendida cuando el tren se haya alejado, la luz verde, la camisa brillando fantasmal bajo la luz verde, entonces saldrá a su encuentro el hombre que vende helados enfrente del Museo, ahora los dos se adentran por una galería de piedra, abierta a juzgar por las filtraciones y el olor a cieno en el lecho del lago muerto sobre el que se levanta la ciudad, usted pone un flash en su cámara, el hombre lo detiene, no, capitán, no gaste sus fotos, pronto tendrá mucho que retratar, habla en un inglés que asombra por su naturalidad, ¿en dónde aprendió?, le pregunta, nací en Buffalo, vine por decisión propia a la tierra de mis antepasados,

el pasadizo se alumbra con hachones de una madera aromática, le dice que es ocote, una especie de pino, crece en las montañas que rodean la capital, usted no quiere confesarse, tengo miedo, cómo va a asaltarme aquí el miedo que no sentí en Vietnam,

¿para qué me ha traído?, para ver la Piedra Pintada, la más grande escultura azteca, la que conmemora los triunfos del emperador Ahuízotl y no pudieron encontrar durante las excavaciones del Metro, usted, capitán Keller, fue elegido, usted será el primer blanco que la vea desde que los españoles la sepultaron en el lodo para que los vencidos perdieran la memoria de su pasada grandeza y pudieran ser despojados de todo, marcados a hierro, convertidos en bestias de trabajo y de carga,

el habla de este hombre lo sorprende por su vehemencia, capitán Keller, y todo se agrava porque los ojos de su interlocutor parecen resplandecer en la penumbra, usted los ha visto antes, ¿en dónde?, ojos oblicuos pero en otra forma, los que llamamos indios llegaron por el Estrecho de Bering, ¿no es así? México también es asiático, podría decirse, pero no temo a nada, pertenecí al mejor ejército del mundo, invicto siempre, soy un veterano de guerra,

ya que ha aceptado meterse en todo esto, confía en que la aventura valga la pena, puesto que ha descendido a otro infierno espera el premio de encontrar una ciudad subterránea que reproduzca al detalle la México-Tenochtitlan con sus lagos y sus canales como la representan las maquetas del Museo, pero, capitán Keller, no hay nada semejante, sólo de trecho en trecho aparecen ruinas, fragmentos de adoratorios y palacios aztecas, cuatro siglos atrás sus piedras se emplearon como base, cimiento y relleno de la ciudad española,

el olor a fango se hace más fuerte, usted tose, se ha resfriado por la humedad intolerable, todo huele a encierro y a tumba, el pasadizo es un inmenso sepulcro, abajo está el lago muerto, arriba la ciudad moderna, ignorante de lo que lleva en sus entrañas, por la distancia recorrida, supone usted, deben de estar muy cerca de la gran plaza, la catedral y el palacio,

quiero salir, sáqueme de aquí, le pago lo que sea, dice a su acompañante, espere, capitán, no se preocupe, todo está bajo control, ya vamos a llegar, pero usted insiste, quiero irme ahora mismo le digo, usted no sabe quién soy yo, lo sé muy bien, capitán, en qué lio puede meterse si no me obedece,

usted no ruega, no pide, manda, impone, humilla, está acostumbrado a dar órdenes, los inferiores tienen que obedecerlas, la firmeza siempre da resultado, el vendedor contesta en efecto, no se preocupe, estamos a punto de llegar a una salida, a unos cincuenta metros le muestra una puerta oxidada, la abre y le dice con la mayor suavidad, pase usted, capitán, si es tan amable,

y entra usted sin pensarlo dos veces, seguro de que saldrá a la superficie, y un segundo más tarde se halla encerrado en una cámara de tezontle sin más luz ni ventilación que las producidas por una abertura de forma indescifrable, ¿el glifo del viento, el glifo de la muerte?,

a diferencia del pasadizo allí el suelo es firme y parejo, ladrillo antiquísimo o tierra apisonada, en un rincón hay una estera que los mexicanos llaman petate, usted se tiende en ella, está cansado y temeroso pero no duerme, todo es tan irreal, parece tan ilógico y tan absurdo que usted no alcanza a ordenar las impresiones recibidas, qué vine a hacer aquí, quién demonios me mandó venir a este maldito país, cómo pude ser tan idiota de aceptar una invitación a ser asaltado, pronto llegarán a quitarme la cámara, los cheques de viajero y el pasaporte, son simples ladrones, no se atreverán a matarme,

la fatiga vence a la ansiedad, lo adormecen el olor a légamo, el rumor de conversaciones lejanas en un idioma desconocido, los pasos en el corredor subterráneo, cuando por fin abre los ojos comprende, anoche no debió haber cenado esa atroz comida mexicana, por su culpa ha tenido una pesadilla, de qué manera el inconsciente saquea la realidad, el Musco, la escultura azteca, el vendedor de helados, el Metro, los túneles extraños y amenazantes del ferrocarril subterráneo, y cuando cerramos los ojos le da un orden o un desorden distintos,

qué descanso despertar de ese horror en un cuarto limpio y seguro del Holiday Inn, ¿habrá gritado en el sueño?, menos mal que no fue el otro, el de los vietnamitas que salen de la fosa común en las mismas condiciones en que usted los dejó pero agravadas por los años de corrupción, menos mal, qué hora es, se pregunta, extiende la mano que se mueve en el vacío y trata en vano de alcanzar la lámpara, la lámpara no está, se llevaron la mesa de noche, usted se levanta para encender la luz central de su habitación,

en ese instante irrumpen en la celda del subsuelo los hombres que lo llevan a la Piedra de Ahuízotl, la gran mesa circular acanalada, en una de las pirámides gemelas que forman el Templo Mayor de México-Tenochtitlan, lo aseguran contra la superficie de basalto, le abren el pecho con un cuchillo de obsidiana, le arrancan el corazón, abajo danzan, abajo tocan su música tristísima, y lo levantan para ofrecerlo como alimento sagrado al dios-jaguar, al sol que viajó por las selvas de la noche,

y ahora, mientras su cuerpo, capitán Keller, su cuerpo deshilvanado rueda por la escalinata de la pirámide, con la fuerza de la sangre que acaban de ofrendarle el sol renace en forma de águila sobre México-Tenochtitlan, el sol eterno entre los dos volcanes.

      Andrés Quintana escribió entre guiones el número 78 en la hoja de papel revolución que acababa de introducir en la máquina eléctrica Smith-Corona y se volvió hacia la izquierda para leer la página de The Population Bomb. En ese instante un grito lo apartó de su trabajo: “FBI. Arriba las manos. No se mueva”. Desde las cuatro de la tarde el televisor había sonado a todo volumen en el departamento contiguo. Enfrente, los jóvenes que formaban un conjunto de rock atacaron el mismo pasaje ensayado desde el mediodía:

Where’s your momma gone?
Where’s your momma gone?
Little baby don
Little baby don
Where’s your momma gone?
Where’s your momma gone?
Far, far away.

      Se puso de pie, cerró la ventana abierta sobre el lúgubre patio interior, volvió a sentarse al escritorio y releyó:

SCENARIO II. En 1979 the last non-Communist Government in Latin America, that of Mexico, is replaced by a Chinese supported military junta. The change occurs at the end of a decade of frustration and failure for the United States. Famine has swept repeatedly across Africa and South America. Food riots have often become anti-American riots.

      Meditó sobre el término que traduciría mejor la palabra scenario. Consultó la sección English/Spanish del New World. “Libreto, guión, argumento.” No en el contexto. ¿Tal vez “posibilidad, hipótesis”? Releyó la primera frase y con el índice de la mano izquierda (un accidente infantil le había paralizado la derecha) escribió a gran velocidad:

En 1979 el gobierno de México (¿el gobierno mexicano?), último no-comunista que quedaba en América Latina (¿Latinoamérica, Hispanoamérica, Iberoamérica, la América española?), es reemplazado (¿derrocado?) por una junta militar apoyada por China (¿con respaldo chino?)

      Al terminar Andrés leyó el párrafo en voz alta:
       —“que quedaba”, suena horrible. Hay dos “pores” seguidos. E “ina-ina”. Qué prosa. Cada vez traduzco peor —sacó la hoja y bajo el antebrazo derecho la prensó contra la mesa para romperla con la mano izquierda. Sonó el teléfono.
       —Diga.
       —Buenas tardes. ¿Puedo hablar con el señor Quintana?
       —Sí, soy yo.
       —Ah, quihúbole, Andrés, como estás, qué me cuentas.
       —Perdón… ¿quién habla?
       —¿Ya no me reconoces? Claro, hace siglos que no conversamos. Soy Arbeláez y te voy a dar lata como siempre.
       —Ricardo, hombre, qué gusto, qué sorpresa. Llevaba años sin saber de ti.
       —Es increíble todo lo que me ha pasado. Ya le contaré cuando nos reunamos. Pero antes déjame decirte que me embarqué en un proyecto sensacional y quiero ver si cuento contigo.
       —Sí, cómo no. ¿De qué se trata?
       —Mira, es cuestión de reunirnos y conversar. Pero te adelanto algo a ver si te animas. Vamos a sacar una revista como no hay otra en Mexiquito. Aunque es difícil calcular estas cosas, creo que va a salir algo muy especial.
       —¿Una revista literaria?
       —Bueno, en parte. Se trata de hacer una especie de Esquire en español. Mejor dicho, una mezcla de Esquire, Playboy, Penthouse y The New Yorker. ¿No te parece una locura? Pero desde luego con una proyección latina.
       —Ah, pues muy bien —dijo Andrés en el tono más desganado.
       —¿Verdad que es buena onda el proyecto? Hay dinero, anunciantes, distribución, equipo: todo. Meteremos publicidad distinta según los países y vamos a imprimir en Panamá. Queremos que en cada número haya reportajes, crónicas, entrevistas, caricaturas, críticas, humor, secciones fijas, un “desnudo del mes” y otras dos encueradas, por supuesto, y también un cuento inédito escrito en español.
       —Me parece estupendo.
       —Para el primero se había pensado en comprarle uno a Gabo… No estuve de acuerdo: insistí en que debíamos lanzar con proyección continental a un autor mexicano, ya que la revista se hace aquí en Mexiquito, tiene ese defecto, ni modo. Desde luego, pensé en ti, a ver si nos haces el honor.
       —Muchas gracias, Ricardo. No sabes cuánto te agradezco.
       —Entonces ¿aceptas?
       —Sí, claro… Lo que pasa es que no tengo ningún cuento nuevo… En realidad hace mucho que no escribo.
       —¡No me digas! ¿Y eso?
       —Pues… problemas, chamba, desaliento… En fin, lo de siempre.
       —Mira, olvídate de todo y siéntate a pensar en tu relato ahora mismo. En cuanto esté me lo traes. Supongo que no tardarás mucho. Queremos sacar el primer número en diciembre para salir con todos los anuncios de fin de año… A ver: ¿a qué estamos…? 12 de agosto… Sería perfecto que me lo entregaras… el día primero no se trabaja, es el informe presidencial… el 2 de septiembre ¿te parece bien?
       —Pero, Ricardo, sabes que me tardo siglos con un cuento… Hago diez o doce versiones… Mejor dicho: me tardaba, hacía.
       —Oye, debo decirte que por primera vez en este pinche país se trata de pagar bien, como se merece, un texto literario. A nivel internacional no es gran cosa, pero con base en lo que suelen darte en Mexiquito es una fortuna… He pedido para ti mil quinientos dólares.
       —¿Mil quinientos dólares por un cuento?
       —No está nada mal ¿verdad? Ya es hora de que se nos quite lo subdesarrollados y aprendamos a cobrar nuestro trabajo… De manera, mi querido Ricardo, que le me vas poniendo a escribir en este instante. Toma mis datos, por favor.
       Andrés apuntó la dirección y el teléfono en la esquina superior derecha de un periódico en el que se leía: HAY QUE FORTALECER LA SITUACIÓN PRIVILEGIADA QUE TIENE MÉXICO DENTRO DEL TURISMO MUNDIAL. Abundó en expresiones de gratitud hacia Ricardo. No quiso continuar la traducción. Ansiaba la llegada de su esposa para contarle del milagro.
       Hilda se asombró: Andrés no estaba quejumbroso y desesperado como siempre. Al ver su entusiasmo no quiso disuadirlo, por más que la tentativa de empezar y terminar el cuento en una sola noche le parecía condenada al fracaso. Cuando Hilda se fue a dormir Andrés escribió el título, LA FIESTA BRAVA, y las primeras palabras: “La tierra parece ascender”.

       Llevaba años sin trabajar de noche con el pretexto de que el ruido de la máquina molestaba a sus vecinos. En realidad tenía mucho sin hacer más que traducciones y prosas burocráticas. Andrés halló de niño su vocación de cuentista y quiso dedicarse sólo a este género. De adolescente su biblioteca estaba formada sobre todo por colecciones de cuentos. Contra la dispersión de sus amigos él se enorgullecía de casi no leer poemas, novelas, ensayos, dramas, filosofía, historia, libros políticos, y frecuentar en cambio los cuentos de los grandes narradores vivos y muertos.
       Durante algunos años Andrés cursó la carrera de arquitectura, obligado como hijo único a seguir la profesión de su padre. Por las tardes iba como oyente a los cursos de Filosofía y Letras que pudieran ser útiles para su formación como escritor. En la Ciudad Universitaria recién inaugurada Andrés conoció al grupo de la revista Trinchera, impresa en papel sobrante de un diario de nota roja, y a su director Ricardo Arbeláez, que sin decirlo actuaba como maestro de esos jóvenes.
       Ya cumplidos los treinta y varios años después de haberse titulado en Derecho, Arbeláez quería doctorarse en literatura y convertirse en el gran crítico que iba a establecer un nuevo orden en las letras mexicanas. En la Facultad y en el Café de las Américas hablaba sin cesar de sus proyectos: una nueva historia literaria a partir de la estética marxista y una gran novela capaz de representar para el México de aquellos años lo que En busca del tiempo perdido significó para Francia. Él insinuaba que había roto con su familia aristocrática, una mentira a todas luces, y por tanto haría su libro con verdadero conocimiento de causa. Hasta entonces su obra se limitaba a reseñas siempre adversas y a textos contra el PRI y el gobierno de Ruiz Cortines.
       Ricardo era un misterio aun para sus más cercanos amigos. Se murmuraba que tenía esposa e hijos y, contra sus ideas, trabajaba por las mañanas en el bufete de un abogángster, defensor de los indefendibles y famoso por sus escándalos. Nadie lo visitó nunca en su oficina ni en su casa. La vida pública de Arbeláez empezaba a las cuatro de la tarde en la Ciudad Universitaria y terminaba a las diez de la noche en el Café de las Américas.
       Andrés siguió las enseñanzas del maestro y publicó sus primeros cuentos en Trinchera. Sin renunciar a su actitud crítica ni a la exigencia de que sus discípulos escribieran la mejor prosa y el mejor verso posibles, Ricardo consideraba a Andrés “el cuentista más pro metedor de la nueva generación”. En su balance literario de 1958 hizo el elogio definitivo: “Para narrar, nadie como Quintana”.
       Su preferencia causó estragos en el grupo. A partir de entonces Hilda se fijó en Andrés. Entre todos los de Trinchera sólo él sabía escucharla y apreciar sus poemas. Sin embargo, no había intimado con ella porque Hilda estaba siempre al lado de Ricardo. Su relación jamás quedó clara. A veces parecía la intocada discípula y admiradora de quien les indicaba qué leer, qué opinar, cómo escribir, a quién admirar o detestar. En ocasiones, a pesar de la diferencia de edades, Ricardo la trataba como a una novia de aquella época y de cuando en cuando todo indicaba que tenían una relación mucho más íntima.
       Arbeláez pasó unas semanas en Cuba para hacer un libro, que no llegó a escribir, sobre los primeros meses de la revolución. Insinuó que él había presentado a Ernesto Guevara y a Fidel Castro y en agradecimiento ambos lo invitaban a celebrar el triunfo. Esta mentira, pensó Andrés, comprobaba que Arbeláez era un mitómano. Durante su ausencia Hilda y Quintana se vieron todos los días y a toda hora. Convencidos de que no podrían separarse, decidieron hablar con Ricardo en cuanto volviera de Cuba.
       La misma tarde de la conversación en el café Palermo, el 28 de marzo de 1959, las fuerzas armadas rompieron la huelga ferroviaria y detuvieron a su líder Demetrio Vallejo. Arbeláez no objetó la unión de sus amigos pero se apartó de ellos y no volvió a Filosofía y Letras. Los amores de Hilda y Andrés marcaron el fin del grupo y la muerte de Trinchera.
       En febrero de 1960 Hilda quedó embarazada. Andrés no dudó un instante en casarse con ella. La madre (a quien el marido había abandonado con dos hijas pequeñas) aceptó el matrimonio como un mal menor. Los señores Quintana lo consideraron una equivocación: a punto de cumplir veinticinco años Andrés dejaba los estudios cuando ya sólo le faltaba presentar la tesis y no podría sobrevivir como escritor. Ambos eran católicos y miembros del Movimiento Familiar Cristiano. Se estremecían al pensar en un aborto, una madre soltera, un hijo sin padre. Resignados, obsequiaron a los nuevos esposos algún dinero y una casita seudocolonial de las que el arquitecto había construido en Coyoacán con materiales de las demoliciones en la ciudad antigua.
       Andrés, que aún seguía trabajando cada noche en sus cuentos y se negaba a publicar un libro, nunca escribió notas ni reseñas. Ya que no podía dedicarse al periodismo, mientras intentaba abrirse paso como guionista de cine tuvo que redactar las memorias de un general revolucionario. Ningún script satisfizo a los productores. Por su parte Arbeláez empezó a colaborar cada semana en México en la Cultura. Durante un tiempo sus críticas feroces fueron muy comentadas.
       Hilda perdió al niño en el sexto mes de embarazo. Quedó incapacitada para concebir, abandonó la Universidad y nunca más volvió a hacer poemas. El general murió cuando Andrés iba a la mitad del segundo volumen. Los herederos cancelaron el proyecto. En 1961 Hilda y Andrés se mudaron a un sombrío departamento interior de la colonia Roma. El alquiler de su casa en Coyoacán completaría lo que ganaba Andrés traduciendo libros para una empresa que fomentaba el panamericanismo, la Alianza para el Progreso y la imagen de John Fiztgerald Kennedy. En el Suplemento por excelencia de aquellos años Arbeláez (sin mencionar a Andrés) denunció a la casa editorial como tentáculo de la CIA. Cuando la inflación pulverizó su presupuesto, las amistades familiares obtuvieron para Andrés la plaza de corrector de estilo en la Secretaría de Obras Públicas. Hilda quedó empleada, como su hermana, en la boutique de Madame Marnat en la Zona Rosa.

       En 1962 Sergio Galindo, en la serie Ficción de la Universidad Veracruzana, publicó Fabulaciones, el primer y último libro de Andrés Quintana. Fabulaciones tuvo la mala suerte de salir al mismo tiempo y en la misma colección que la segunda obra de Gabriel García Márquez, Los funerales de la Mamá Grande, y en los meses de Aura y La muerte de Artemio Cruz. Se vendieron ciento treinta y cuatro de sus dos mil ejemplares y Andrés compró otros setenta y cinco. Hubo una sola reseña escrita por Ricardo en el nuevo suplemento La Cultura en México. Andrés le mandó una carta de agradecimiento. Nunca supo si había llegado a manos de Arbeláez.
       Después las revistas mexicanas dejaron durante mucho tiempo de publicar narraciones breves y el auge de la novela hizo que ya muy pocos se interesaran por escribirlas. Edmundo Valadés inició El Cuento en 1964 y reprodujo a lo largo de varios años algunos textos de Fabulaciones. Joaquín Díez-Canedo le pidió una nueva colección para la Serie del Volador de su editorial Joaquín Mortiz. Andrés le prometió al subdirector, Bernardo Giner de los Ríos, que en marzo de 1966 iba a entregarle el nuevo libro. Concursó en vano por la beca del Centro Mexicano de Escritores. Se desalentó, pospuso el volver a escribir para una época en que todos sus problemas se hubieran resuelto e Hilda y su hermana pudiesen independizarse de Madame Marnat y establecer su propia tienda.
       Ricardo había visto interrumpida su labor cuando se suicidó un escritor víctima de un comentario. No hubo en el medio nadie que lo defendiera del escándalo. En cambio el abogángster salió a los periódicos y argumentó: Nadie se quita la vida por una nota de mala fe; el señor padecía suficientes problemas y enfermedades como para negarse a seguir viviendo. El suicidio y el resentimiento acumulado hicieron que la ciudad se le volviera irrespirable a Ricardo. Al no hallar editor para lo que iba a ser su tesis, tuvo que humillarse a imprimirla por su cuenta. El gran esfuerzo de revisar la novela mexicana halló un solo eco: Rubén Salazar Mallén, uno de los más antiguos críticos, lamentó como finalmente reaccionaria la aplicación dogmática de las teorías de Georg Lucáks. El rechazo de su modelo a cuanto significara vanguardismo, fragmentación, alienación, condenaba a Arbeláez a no entender los libros de aquel momento y destruía sus pretensiones de novedad y originalidad. Hasta en tonces Ricardo había sido el juez y no el juzgado. Se deprimió pero tuvo la nobleza de admitir que Salazar Mallén acertaba en sus objeciones.
       Como tantos que prometieron todo, Ricardo se estrelló contra el muro de México. Volvió por algún tiempo a La Habana y luego obtuvo un puesto como profesor de español en Checoslovaquia. Estaba en Praga cuando sobrevino la invasión soviética de 1968. Lo último que supieron Hilda y Andrés fue que había emigrado a Washington y trabajaba para la OEA. En un segundo pasaron los sesenta, cambió el mundo, Andrés cumplió treinta años en 1966, México era distinto y otros jóvenes llenaban los sitios donde entre 1955 y 1960 ellos escribieron, leyeron, discutieron, aprendieron, publicaron Trinchera, se amaron, se apartaron, siguieron su camino o se frustraron.

       Sea como fuere, Andrés le decía a Hilda por las noches, mi vocación era escribir y de un modo o de otro la estoy cumpliendo. / Al fin y al cabo las traducciones, los folletos y aun los oficios burocráticos pueden estar tan bien escritos como un cuento, ¿no crees? / Sólo por un concepto elitista y arcaico puede creerse que lo único válido es la llamada “literatura de creación”, ¿no te parece? / Además no quiero competir con los escritorzuelos mexicanos inflados por la publicidad; noveluchas como las que ahora tanto elogian los seudocríticos que padecemos, yo podría hacerlas de a diez por año, ¿verdad? / Hilda, cuando estén hechos polvo todos los libros que hoy tienen éxito en México, alguien leerá Fabulaciones y entonces… /
       Y ahora por un cuento —el primero en una década, el único posterior a Fabulaciones— estaba a punto de recibir lo que ganaba en meses de tardes enteras ante la máquina traduciendo lo que definía como ilegibros. Iba a pagar sus deudas de oficina, a comprarse las cosas que le faltaban, a comer en restaurantes, a irse de vacaciones con Hilda. Gracias a Ricardo había recuperado su impulso literario y dejaba atrás los pretextos para ocultarse su fracaso esencial:
       En el subdesarrollo no se puede ser escritor. / Estamos en 1971: el libro ha muerto: nadie volverá a leer nunca: ahora lo que me interesa son los mass media. / Bueno, cuando se trata de escribir todo sirve, no hay trabajo perdido: de mi experiencia burocrática, ya verás, saldrán cosas. /
       Con el índice de la mano izquierda escribió “los arrozales flotan en el aire” y prosiguió sin detenerse. Nunca antes lo había hecho con tanta fluidez. A las cinco de la mañana puso el punto final en “entre los dos volcanes”. Leyó sus páginas y sintió una plenitud desconocida. Cuando se fue a dormir se había fumado una cajetilla de Viceroy y bebido cuatro Coca Colas pero acababa de terminar LA FIESTA BRAVA.

       Andrés se levantó a las once. Se bañó, se afeitó y llamó por teléfono a Ricardo.
       —No puede ser. Ya lo tenías escrito.
       —Te juro que no. Lo hice anoche. Voy a corregirlo y a pasarlo en limpio. A ver qué te parece. Ojalá funcione. ¿Cuándo te lo llevo?
       —Esta misma noche si quieres. Te espero a las nueve en mi oficina.
       —Muy bien. Allí estaré a las nueve en punto. Ricardo, de verdad, no sabes cuánto te lo agradezco.
       —No tienes nada que agradecerme, Andrés. Te mando un abrazo.
       Habló a Obras Públicas para disculparse por su ausencia ante el jefe del departamento. Hizo cambios a mano y reescribió el cuento a máquina. Comió un sándwich de mortadela casi verdosa. A las cuatro emprendió una última versión en papel bond de Kimberly Clark. Llamó a Hilda a la boutique de Madame Marnat. Le dijo que había terminado el cuento e iba a entregárselo a Arbeláez. Ella le contestó:
       —De seguro vas a llegar tarde. Para no quedarme sola iré al cine con mi hermana.
       —Ojalá pudieran ver Ceremonia secreta. Es de Joseph Losey.
       —Sí, me gustaría. ¿No sabes en qué cine la pasan? Bueno, te felicito por haber vuelto a escribir. Que te vaya bien con Ricardo.

       A las ocho y media Andrés subió al metro en la estación Insurgentes. Hizo el cambio en Balderas, descendió en Juárez y llegó puntual a la oficina. La secretaria era tan hermosa que él se avergonzó de su delgadez, su baja estatura, su ropa gastada, su mano tullida. A los pocos minutos la joven le abrió las puertas de un despacho iluminado en exceso. Ricardo Arbeláez se levantó del escritorio y fue a su encuentro para abrazarlo.
       Doce años habían pasado desde aquel 28 de marzo de 1959. Arbeláez le pareció irreconocible con el traje de Shantung azul-turquesa, las patillas, el bigote, los anteojos sin aro, el pelo entrecano. Andrés volvió a sentirse fuera de lugar en aquella oficina de ventanas sobre la Alameda y paredes cubiertas de fotomurales con viejas litografías de la ciudad.
       Se escrutaron por unos cuantos segundos. Andrés sintió forzada la actitud antinostálgica, de como decíamos ayer, que adoptaba Ricardo. Ni una palabra acerca de la vieja época, ninguna pregunta sobre Hilda, ni el menor intento de ponerse al corriente y hablar de sus vidas durante el largo tiempo en que dejaron de verse. Creyó que la cordialidad telefónica no tardaría en romperse.
       Me trajo a su terreno. / Va a demostrarme su poder. / Él ha cambiado. / Yo también. / Ninguno de los dos es lo que quisiera haber sido. / Ambos nos traicionamos a nosotros mismos. / ¿A quién le fue peor?
       Para romper la tensión Arbeláez lo invitó a sentarse en el sofá de cuero negro. Se colocó frente a él y le ofreció un Benson Hedges (antes fumaba Delicados). Andrés sacó del portafolios LA FIESTA BRAVA. Ricardo apreció la mecanografía sin una sola corrección manuscrita. Siempre lo admiraron los originales impecables de Andrés, tanto más asombrosos porque estaban hechos a toda velocidad y con un solo dedo.
       —Te quedó de un tamaño perfecto. Ahora, si me permites un instante, voy a leerlo con Mr. Hardwick, el editor-in-chief de la revista. Es de una onda muy padre. Trabajó en Time Magazine. ¿Quieres que te presente con él?
       —No, gracias. Me da pena.
       —¿Pena por qué? Sabe de ti. Te está esperando.
       —No hablo inglés.
       —¡Cómo! Pero si has traducido miles de libros.
       —Quizá por eso mismo.
       —Sigues tan raro como siempre. ¿Te ofrezco un whisky, un café? Pídele a Viviana lo que desees.
       Al quedarse solo Andrés hojeó las publicaciones que estaban en la mesa frente al sofá y se detuvo en un anuncio:

Located on 150 000 feet of Revolcadero Beach and rising 16 stories like an Aztec Pyramid, the $40 million Acapulco Princess Hotel and Club de Golf opened as this jet-set resort’s largest and most lavish yet… One of the most spectacular hotels you will ever see, it has a lobby modeled like an Aztec temple with sunlight and moonlight filtering through the translucent roof. The 20,000 feet lobby’s atrium is complemented by 60 feet palm-trees, a flowing lagoon and Mayan sculpture.

      Pero estaba inquieto, no podía concentrarse. Miró por la ventana la Alameda sombría, la misteriosa ciudad, sus luces indescifrables. Sin que él se lo pidiera Viviana entró a servirle café y luego a despedirse y a desearle suerte con una amabilidad que lo aturdió aún más. Se puso de pie, le estrechó la mano, hubiera querido decirle algo pero sólo acertó a darle las gracias. Se había tardado en reconocer lo más evidente: la muchacha se parecía a Hilda, a Hilda en 1959, a Hilda con ropa como la que vendía en la boutique de Madame Marnat pero no alcanzaba a comprarse. Alguien, se dijo Andrés, con toda seguridad la espera en la entrada del edificio. / Adiós, Viviana, no volveré a verte.
       Dejó enfriarse el café y volvió a observar los fotomurales. Lamentó la muerte de aquella Ciudad de México. Imaginó el relato de un hombre que de tanto mirar una litografía termina en su interior, entre personajes de otro mundo. Incapaz de salir, ve desde 1855 a sus contemporáneos que lo miran inmóvil y unidimensional una noche de septiembre de 1971.
       En seguida pensó: Ese cuento no es mío, / otro lo ha escrito, / acabo de leerlo en alguna parte. / O tal vez no: lo he inventado aquí en esta extraña oficina, situada en el lugar menos idóneo para una revista con tales pretensiones. / En realidad me estoy evadiendo: aún no asimilo el encuentro con Ricardo. /
       ¿Habrá dejado de pensar en Hilda? / ¿Le seguiría gustando si la viera tras once años de matrimonio con el fiasco más grande de su generación? / “Para fracasar, nadie como Quintana”, escribiría ahora si hiciera un balance de la narrativa actual. / ¿Cuáles fueron sus verdaderas relaciones con Hilda? / ¿Por qué ella sólo ha querido contarme vaguedades acerca de la época que pasó con Ricardo? / ¿Me tendieron una trampa, me cazaron para casarme a fin de que él, en teoría, pudiera seguir libre de obligaciones domésticas, irse de México, realizarse como escritor en vez de terminar como un burócrata que traduce ilegibros pagados a trasmano por la CIA? / ¿No es vil y canalla desconfiar de la esposa que ha resistido a todas mis frustraciones y depresiones para seguir a mi lado? ¿No es un crimen calumniar a Ricardo, mi maestro, el amigo que por simple generosidad me tiende la mano cuando más falta me hace? /
       Y ¿habrá escrito su novela Ricardo? / ¿La llegará a escribir algún día? / ¿Por qué el director de Trinchera, el crítico implacable de todas las corrupciones literarias y humanas, se halla en esta oficina y se dispone a hacer una revista que ejemplifica todo aquello contra lo que luchamos en nuestra juventud? / ¿Por qué yo mismo respondí con tal entusiasmo a una oferta sin explicación lógica posible? /
       ¿Tan terrible es el país, tan terrible es el mundo, que en él todas las cosas son corruptas o corruptoras y nadie puede salvarse? / ¿Qué pensará de mí Ricardo? / ¿Me aborrece, me envidia, me desprecia? / ¿Habrá alguien capaz de envidiarme en mis humillaciones y fracasos? / Cuando menos tuve la fuerza necesaria para hacer un libro de cuentos. Ricardo no. / Su elogio de Fabulaciones y ahora su oferta, desmedida para un escritor que ya no existe, ¿fueron gentilezas, insultos, manifestaciones de culpabilidad o mensajes cifrados para Hilda? / El dinero prometido ¿paga el talento de un narrador a quien ya nadie recuerda? / ¿O es una forma de ayudar a Hilda al saber (¿Por quién? ¿Tal vez por ella misma?) de la rancia convivencia, las dificultades conyugales, el malhumor del fracasado, la burocracia devastadora, las ineptas traducciones de lo que no se leerá nunca, el horario mortal de Hilda en la boutique de Madame Marnat?
       Dejó de hacerse preguntas sin respuesta, de dar vueltas por el despacho alfombrado, de fumar un Viceroy tras otro. Miró su reloj: Han pasado casi dos horas. / La tardanza es el peor augurio. / ¿Por qué este procedimiento insólito cuando lo habitual es dejarle el texto al editor y esperar sus noticias para dentro de quince días o un mes? / ¿Cómo es posible que permanezcan hasta medianoche con el único objeto de decidir ahora mismo sobre una colaboración más entre las muchas solicitadas para una revista que va a salir en diciembre?

       Cuando se abrió de nuevo la puerta por la que había salido Viviana y apareció Ricardo con el cuento en las manos, Andrés se dijo: / Ya viví este momento. / Puedo recitar la continuación. /
       —Andrés, perdóname. Nos tardamos siglos. Es que estuvimos dándole vueltas y vueltas a tu historia.
       También en el recuerdo imposible de Andrés, Ricardo había dicho historia, no cuento. Un anglicismo, desde luego. / No importa. / Una traducción mental de story, de short story. / Sin esperanza, seguro de la respuesta, se atrevió a preguntar:
       —¿Y qué les pareció?
       —Mira, no sé cómo decírtelo. Tu narración me gusta, es interesante, está bien escrita… Sólo que, como en Mexiquito no somos profesionales, no estamos habituados a hacer cosas sobre pedido, sin darte cuenta bajaste el nivel, te echaste algo como para otra revista, no para la nuestra. ¿Me explico? LA FIESTA BRAVA resulta un maquinazo, tienes que reconocerlo. Muy digno, como siempre fueron tus cuentos, y a pesar de todo un maquinazo. Sólo Chéjov y Maupassant pudieron hacer un gran cuento en tan poco tiempo.
       Andrés hubiera querido decirle: / Lo escribí en unas horas, lo pensé años enteros. / Sin embargo no contestó. Miró azorado a Ricardo y en silencio se reprochó: / Me duele menos perder el dinero que el fracaso literario y la humillación ante Arbeláez. / Pero ya Ricardo continuaba:
       —De verdad créemelo, no sabes cuánto lamento esta situación. Me hubiera encantado que Mr. Hardwick aceptara LA FIESTA BRAVA. Ya ves, fuiste el primero a quien le hablé.
       —Ricardo, las excusas salen sobrando: di que no sirve y se acabó. No hay ningún problema.
       El tono ofendió a Arbeláez. Hizo un gesto para controlarse y añadió:
       —Sí hay problemas. Te falta precisión. No se ve al personaje. Tienes párrafos confusos, el último por ejemplo, gracias a tu capricho de sustituir por comas los demás signos de puntuación. ¿Vanguardismo a estas alturas? Por favor, Andrés, estamos en 1971, Joyce escribió hace medio siglo. Bueno, si te parece poco, tu anécdota es irreal en el peor sentido. Además eso del “sustrato prehispánico enterrado pero vivo” ya no aguanta, en serio ya no aguanta. Carlos Fuentes agotó el tema. Desde luego tú lo ves desde un ángulo distinto, pero de todos modos… El asunto se complica porque empleas la segunda persona, un recurso que hace mucho perdió su novedad y acentúa el parecido con Aura y La muerte de Artemio Cruz. Sigues en 1962, tal parece.
       —Ya todo se ha escrito. Cada cuento sale de otro cuento. Pero, en fin, tus objeciones son irrebatibles excepto en lo de Fuentes. Jamás he leído un libro suyo. No leo literatura mexicana… Por higiene mental.
       Andrés comprendió tarde que su arrogancia de perdedor sonaba a hueco.
       —Pues te equivocas. Deberías leer a los que escriben junto a ti… Mira, LA FIESTA BRAVA me recuerda también un cuento de Cortázar.
       —¿“La noche boca arriba”?
       —Exacto.
       —Puede ser.
       —Y ya que hablamos de antecedentes, hay un texto de Rubén Darío: “Huitzilopochtli”. Es de lo último que escribió. Un relato muy curioso de un gringo en la revolución mexicana y de unos ritos prehispánicos.
       —¿Escribió cuentos Darío? Creí que sólo había sido poeta… Bueno, pues me retiro, desaparezco.
       —Un momento: falta el colofón. A Mr. Hardwick la trama le pareció burda y tercermundista, de un antiyanquismo barato. Puro lugar común. Encontró no sé cuántos símbolos.
       —No hay ningún símbolo. Todo es directo.
       —El final sugiere algo que no está en el texto y que, si me perdonas, considero estúpido.
       —No entiendo.
       —Es como si quisieras ganarte a los acelerados de la Universidad o tuvieras nostalgia de nuestros ingenuos tiempos en Trinchera: “México será la tumba del imperialismo norteamericano, del mismo modo que en el siglo XIX hundió las aspiraciones de Luis Bonaparte, Napoleón III”. ¿No es así? Discúlpame, Andrés, te equivocaste. Mr. Hardwick también está contra la guerra de Vietnam, por supuesto, y sabes que en el fondo mi posición no ha variado: cambió el mundo ¿no es cierto? Pero, Andrés, en qué cabeza cabe, a quién se le ocurre traer a una revista con fondos de allá arriba un cuento en que proyectas deseos, conscientes, inconscientes o subconscientes, de ahuyentar el turismo y de chingarte a los gringos. ¿Prefieres a los rusos? Yo los vi entrar en Praga para acabar con el único socialismo que hubiera valido la pena.
       —Quizá tengas razón. A lo mejor yo solo me puse la trampa.
       —Puede ser, who knows. Pero mejor no psicoanalicemos porque vamos a concluir que tal vez tu cuento es una agresión disfrazada en contra mía.
       —No, cómo crees —Andrés fingió reír con Ricardo, hizo una pausa y añadió—: Bueno, muchas gracias de cualquier modo.
       —Por favor, no lo tomes así, no seas absurdo. Espero otra cosa tuya aunque no sea para el primer número. Andrés, esta revista no trabaja a la mexicana: lo que se encarga se paga. Aquí tienes: son doscientos dólares nada más, pero algo es algo.
       Ricardo tomó de su cartera diez billetes de veinte dólares. Andrés pensó que el gesto lo humillaba y no extendió la mano para recibirlos.
       —No te sientas mal aceptándolos. Es la costumbre en Estados Unidos. Ah, si no te molesta, fírmame este recibo y déjame unos días tu original para mostrárselo al administrador y justificar el pago. Después te lo mando con un office boy, porque el correo en este país…
       —Muy bien. Gracias de nuevo. Intentaré traerte alguna otra cosa.
       —Tómate tu tiempo y verás como al segundo intento habrá suerte. Los gringos son muy profesionales, muy perfeccionistas. Si mandan rehacer tres veces una nota de libros, imagínate lo que exigen de un cuento. Oye, el pago no te compromete a nada: puedes meter tu historia en cualquier revista local.
       —Para qué. No sirvió. Mejor nos olvidamos del asunto… ¿Te quedas?
       —Sí, tengo que hacer unas llamadas.
       —¿A esta hora? Ya es muy tarde ¿no?
       —Tardísimo, pero mientras orbitamos la revista hay que trabajar a marchas forzadas… Andrés, te agradezco mucho que hayas cumplido el encargo y por favor salúdame a Hilda.
       —Gracias, Ricardo. Buenas noches.

       Salió al pasillo en tinieblas en donde sólo ardían las luces en el tablero del elevador. Tocó el timbre y poco después se abrió la jaula luminosa. Al llegar al vestíbulo le abrió la puerta de la calle un velador soñoliento, la cara oculta tras una bufanda. Andrés regresó a la noche de México. Fue hasta la estación Juárez y bajó a los andenes solitarios.
       Abrió el portafolios en busca de algo para leer mientras llegaba el metro. Encontró la única copia al carbón de LA FIESTA BRAVA. La rompió y la arrojó al basurero. Hacía calor en el túnel. De pronto lo bañó el aire desplazado por el convoy que se detuvo sin ruido. Subió, hizo otra vez el cambio en Balderas y tomó asiento en una banca individual. Sólo había tres pasajeros adormilados. Andrés sacó del bolsillo el fajo de dólares, lo contempló un instante y lo guardó en el portafolios. En el cristal de la puerta miró su reflejo impreso por el juego entre la luz del interior y las tinieblas del túnel.
       / Cara de imbécil. / Si en la calle me topara conmigo mismo sentiría un infinito desprecio. / Cómo pude exponerme a una humillación de esta naturaleza. / Cómo voy a explicársela a Hilda. / Todo es siniestro. / Por qué no chocará el metro. / Quisiera morirme. /
       Al ver que los tres hombres lo observaban Andrés se dio cuenta de que había hablado casi en voz alta. Desvió la mirada y para ocuparse en algo descorrió el cierre del portafolios y cambio de lugar los dólares.
       Bajó en la estación Insurgentes. Los magnavoces anunciaban el último viaje de esa noche. Todas las puertas iban a cerrarse. De paso leyó una inscripción grabada a punta de compás sobre un anuncio de Coca Cola: ASESINOS, NO OLVIDAMOS TLATELOLCO Y SAN COSME. / Debe decir: “ni San Cosme”, / corrigió Andrés mientras avanzaba hacia la salida. Arrancó el tren que iba en dirección de Zaragoza. Antes de que el convoy adquiriera velocidad, Andrés advirtió entre los pasajeros del último vagón a un hombre de camisa verde y aspecto norteamericano.
       El capitán Keller ya no alcanzó a escuchar el grito que se perdió en la boca del túnel. Andrés Quintana se apresuró a subir las escaleras en busca de aire libre. Al llegar a la superficie, con su única mano hábil empujó la puerta giratoria. No pudo ni siquiera abrir la boca cuando lo capturaron los tres hombres que estaban al acecho.

Metalepsis en la novela de Unamuno: Niebla

sendero

Haz clic para acceder a FULLTEXT01.pdf

‘El imperio de los sentidos’, la provocación de Nagisa Ōshima — infomag.es

‘El imperio de los sentidos» es un clásico de la cinematografía japonesa por méritos equivocados’. ‘El imperio de los sentidos’, la provocación de Nagisa Ōshima. La obra de Nagisa Ōshima, ha conquistado el corazón de los culturetas por el contexto de su parto, ya que en 1976, fecha de su realización, la censura a la…

‘El imperio de los sentidos’, la provocación de Nagisa Ōshima — infomag.es

La Casa del Lago, Inés Arredondo, Tomás Segovia y Onetti

sendero

se pregunta Urroz: “(…) en un mundo literario regido por los hombres, ser una escritora genial, ser una escritora rigurosa como Inés, equivalía –y sigue equivaliendo- a ser simplemente una “buena escritora”, una autora “decente” y nada más, cuando lo cierto es que no estamos frente a una “buena cuentista” o una “autora decente” o “ de valía”, sino ante el mejor autor de cuentos que ha dado México en el siglo XX al lado de Juan Rulfo (…)” (Algaida, Col. Calembe, Madrid, 2007).A García Ponce, en particular, la unió una entrañable amistad y una empatía absoluta en cuanto a su visión del quehacer literario, amén de una pasión amorosa momentánea, inmediatamente posterior a su divorcio del poeta Tomás Segovia de quien, dicen las malas lenguas, no soportó que Juan Carlos Onetti llegara a casa de los Segovia no en busca del gran poeta, sino de la esposa de este refundida en la cocina, la escritora mexicana Inés Arredondo por quien el narrador uruguayo afirmó sentir gran admiración, “El comentario de Onetti—narra Claudia Albarrán, biógrafa de Inés —fue para ella sol de verano en medio de ese crudo invierno (el de su desdichado matrimonio); para Tomás y su ego, una despiadada tormenta de nieve.” (Luna menguante, Vida y obra de Inés Arredondo, Juan Pablos, 2000). Junto con Melo, Bátis y García Ponce, la entonces joven divorciada con tres hijos pequeños conformó el ya legendario Taller de la Casa del Lago.

tomado de fb

La metaficción en un cuento de Vicente Leñero

Sendero

Estrategias metaficcionales en un cuento de Vicente Leñero Por Gerardo Gómez Michel* Introducción Lauro Zavala ha dicho que “la lectura de materiales metaficcionales es una actividad riesgosa” en la que el lector “corre el peligro de perder la seguridad en sus convicciones acerca del mundo y acerca de la literatura”.1 Agrega que incluso este tipo de ficciones tiene el poder de hacernos (a los lectores) “dudar acerca de las fronteras entre lo que llamamos realidad y las convenciones que utilizamos para representarla”. En el caso del cuento “A la manera de O. Henry” de Vicente Leñero, ambas posibilidades están en juego; al parodiar metaficcionalmente una convención anacrónica de representación literaria ligada a una moral burguesa hipócritamente decorosa de principios del siglo xx en Estados Unidos, el texto nos invita a tomar el riesgo —quizá sería más apropiado decir nos empuja— de no olvidar la frontera entre la ficción y la realidad. Para Rosa Beltrán, el ejercicio metaficcional de Leñero exhibe de manera lúdica “las limitaciones de un código de escritura que fascinó a los lectores con la idea de asomarse al horror de la condición humana de soslayo siempre y cuando tuvieran la garantía de no verlo”.2 Sin embargo, y sin oponerme a esta interpretación, creo que en el cuento de Leñero —mordaz e inteligente en extremo— resulta demasiado evidente que el modelo didáctico y moralista de O. Henry se yuxtapone a la cruda narración del mundo casi infrahumano en el que sitúa la anécdota de unos obreros marginales de la Ciudad de México del siglo xxi y no tiene como objeto exhibir las limitaciones de un código de representación burgués —aunque lo haga— que indiscutiblemente ha sido superado hace ya mucho tiempo en la literatura contemporánea. En la lectura que hago del * Profesor asistente en la Hankuk University of Foreign Studies, Seúl, Corea; e-mail: . 1 Lauro Zavala, “Leer metaficción es una actividad riesgosa”, Literatura: Teoría, Historia, Crítica (Universidad Nacional de Colombia), núm. 12 (2010), p. 353. 2 Rosa Beltrán, “Prólogo”, en Alberto Arriaga, comp., Sólo cuento, México, unam, 2009, año i, tomo 1, p. x. 104 Gerardo Gómez Michel Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. cuento,3 las convenciones retóricas decorosas a las que debería ceñirse —señaladas por O. Henry, según nos dice el narradorautor— operan como un focalizador de la realidad a la que alude el relato. El contraste —eficaz y demoledor, ciertamente— entre ambas convenciones de representación sigue siendo no obstante la superficie del relato, sin que ello signifique que sea menos relevante en la interpretación. Lo que pone en juego el texto es la cualidad y los alcances (límites) de la escritura metaficcional del relato posmoderno. La superposición (transgresión) genérica entre cuento, apunte biográfico, ensayo didáctico, realismo-naturalismo, parodia, nota roja, entre otros, le permite a Leñero —quien desde el inicio de su labor literaria se inserta en una tradición de experimentación, parodia y cuestionamiento de las formas narrativas— poner en tensión los alcances del propio género metaficcional. Llevado a este extremo, ya no a partir del recurso del contraste en sí mismo sino del contraste paródico que de manera evidente se ha construido en el relato, el texto termina por dibujar una trayectoria que enfrenta al lector con una visión de la realidad de la que difícilmente escapa. El cuento de Leñero es una trampa —¿qué buen texto metaficcional no lo es?— que no sólo atrapa al lector y lo “obliga” a no mirar de soslayo el horror de la condición humana, sino que en términos discursivos y literarios es una construcción donde también queda atrapado el cuento mismo. No se trata en este sentido de una puesta en abismo para que la lectura quede girando en torno de la articulación del relato en un movimiento centrípeto. Al contrario, la autorreflexión paródica de los entresijos escriturales del texto —los comentarios sobre cómo debería escribirse un cuento “decente”— es el punto de fuga que “desvía” la mirada del lector hacia el exterior de los límites textuales del cuento: la cruda y bestial realidad de la clase obrera en el México contemporáneo. Esta operación funciona, para decirlo con un término tradicional, en el campo que concierne al contenido del relato. Es decir, la narración focaliza en último término el sentido de lo narrado: el drama de unos personajes ficcionales que alude a cierto fragmento del mundo real. De nuevo hay que aclarar que ésta es la superficie o, si queremos verlo de otra manera, es una de las posibilidades interpretativas que propone el texto a sus lectores puesta en escena 3 Siempre conjetural, como nos advierte Zavala en su acercamiento teórico a este género, véase Zavala, “Leer metaficción es una actividad riesgosa” [n. 1], p. 357. 105 Estrategias metaficcionales en un cuento de Vicente Leñero Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. con las estrategias metaficcionales (evidentes) desplegadas a lo largo del relato. Sin embargo, no podemos dejar de situar el cuento de Leñero en el horizonte de producción al que pertenece y al que se adscribe sin ambages desde su interior: el del relato posmoderno de carácter metatextual. Esta condición permite superar (enriquecer) la primera lectura con otras tantas lecturas conjeturales que incluso lleguen a cuestionar las posibilidades del relato metaficcional —no programáticamente, sino de forma lúdica— desde el plano que concierne a la forma, pero (propongo) lo interesante es que en esa trayectoria que va trazando la narración como una curva, vuelve a depositar al lector justo en la superficie, mas esta vez con la posibilidad de leer el contenido y situarlo desde una posición ética que ya no sólo refiere al fragmento de la realidad que podemos identificar con un México descarnado y en profunda crisis social, sino que también sugiere pensar en la narración como una forma de mostrar, a partir de la evidente puesta en juego del andamiaje metaficcional del cuento posmoderno, la posibilidad de que este género empiece a acercarse a los lindes de una tradición literaria —y sus consiguientes procesos de institucionalización cultural—, y por lo tanto a la posibilidad (necesidad) de ser cuestionada desde su interior. En la presente lectura me propongo seguir la trayectoria de esa curva interpretativa a la que he aludido, partiendo de la superficie en la que encontramos la exhibición irónica del modelo moralista de O. Henry que en contraste sirve para dimensionar el crudo modelo realista en que se cuenta el contexto de los obreros mexicanos. A continuación analizaré las estrategias metaficcionales puestas en juego, que en primer lugar sitúan al relato en la tradición del cuento posmoderno y las posibilidades que abren para la interpretación crítica del género mismo. Finalmente regresaré a la superficie del relato para conciliar ambas lecturas en una interpretación que propone la superación de ambas desde una posición ética narrativa. El mundo es poco decente en sus cosas “A la manera de O. Henry” presenta a primera vista dos grandes núcleos narrativos. En una evaluación lectora inicial percibimos que en primer término se cuenta la historia de Valentín Patiño. Leñero lanza en el cortísimo primer párrafo un hilo narrativo para su lector, es decir, le proporciona una anécdota que sirve de guía para seguir leyendo lo que se presume es un cuento que nos contará “algo” 106 Gerardo Gómez Michel Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. desde las convenciones tradicionales con las que generalmente se acerca uno a la lectura. No obstante, a continuación la primera interrupción sitúa el segundo núcleo narrativo que comenzará a problematizar la lectura pero que de alguna manera proporciona el fundamento del título del relato —cuestión que tranquiliza y sirve para que el lector prefigure una posible interpretación del relato. Entonces sabemos que en un plano se narra la historia del albañil mexicano y en un segundo plano (sin que aún sepamos cuál realmente será el orden de estos planos) la de un autor-narrador que comienza a referirse a la forma prescrita para escribir el cuento que estamos leyendo en el primer plano. Al avanzar nos damos cuenta de que la anécdota del primer plano seguirá casi sin “correcciones” —salvo la primera referente a la caracterización inicial del personaje de Valentín— el desarrollo del drama que representa lo que podríamos sintetizar preliminarmente bajo el tema de la violencia doméstica de género. El segundo plano, por su parte, nos advierte del uso de una técnica narrativa que por otro lado tampoco parece completamente ajena a la lectura de un texto literario, la de la intromisión del narrador-autor que interpela al lector. Hasta aquí el lector puede suponer que el manejo de los dos hilos narrativos no supondrá un esfuerzo mayor, e incluso puede celebrarse el aspecto lúdico de esta característica. Más aún, para el lector moderno ambos planos y su síntesis pertenecen a una tradición que permea buena parte de la producción artística contemporánea, tanto culta como popular.4 Esta certeza tiene su primer quiebre cuando al avanzar en el relato constatamos que lo que se supone es el hilo narrativo del segundo plano, el ejercicio de la escritura —la explicación y fundamentación del modelo prescrito—, en realidad no parece afectar el resultado de la historia contada en el primer plano. De hecho, este plano deriva en la narración sintética de la vida del autor consagrado que prescribe el modelo a seguir. Entonces tenemos que paralelamente a la narración de la historia de Valentín y Aniceta vamos conociendo la historia de William Sydney Porter, mejor conocido como O. Henry, su pseudónimo literario. La yuxtaposición de este 4 A este respecto, Zavala comenta: “Estas manifestaciones culturales surgen precisamente cuando las estrategias artísticas desarrolladas a lo largo del siglo son incorporadas al sentido común, lo que, frente a los cambios tecnológicos más recientes, vuelve inoperante la distinción entre cultura de masas y cultura de élites, e intrascendente la añeja polémica entre interpretaciones apocalípticas e interpretaciones integradas”, ibid., pp. 354-355. 107 Estrategias metaficcionales en un cuento de Vicente Leñero Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. tercer plano narrativo opaca hasta cierto punto la exposición del modelo para escribir el cuento que se está escribiendo, aunque no la anula por completo. No obstante, la vida azarosa de O. Henry comienza a contrastar con los presupuestos de decencia que promueve en la escritura según nos enteramos por el relato de su vida insertado en el cuento: “O. Henry nació en California del Norte, Estados Unidos, en 1862, y murió de cirrosis —era un alcohólico irredento— en Nueva York, en 1910, a los cuarenta y ocho años”.5 La “autoridad” con la que el narrador-autor va presentando la historia de O. Henry, que ya se ha convertido en un cuento en forma dentro del relato, lo asocia con la autoridad del autor norteamericano, especialmente cuando nos dice que O. Henry utilizando el “comprenderá el atento lector, suele interrumpir el discurso narrativo para deslizar, a veces, cápsulas didácticas sobre sus teorías literarias. Todo como un juego”,6 justo como previamente ha hecho él mismo en el relato. Si la anterior aclaración metadiscursiva del narrador-autor propone que como lectores aceptemos el aspecto lúdico del relato, e incluso el pacto de lectura cómplice que supone interpelarnos durante el supuesto proceso escritural, “todo como un juego”, el párrafo que sigue derrumba esta certeza cuando sin ambages vuelve a presentar con crudeza la bestial golpiza que Valentín le ha propinado a su mujer embarazada. Este párrafo abre la secuencia final del cuento que culmina con el asesinato de Valentín a manos de Aniceta cuando aquél duerme perdido de borracho luego de insultarla y golpearla brutalmente. Con igual bestialidad Aniceta lo mata en un arranque de ira y frustración extremas. Pero el relato no termina ahí, llevando el “juego” a su límite, el narrador-autor desliza como final del texto una cita de Juan Ignacio Alonso, antologador del escritor norteamericano, que nos aclara: “En los cuentos de O. Henry prevalece una visión positiva del ser humano, inmerso en una realidad diaria muchas veces alienante y gris, pero en la que siempre existe un resquicio para el amor, la amistad, la ventura o la esperanza”.7 Evidentemente esta última afirmación, más que devolver al lector al plano narrativo que prescribía el decente método de narrar sin palabrotas y dejando un resquicio para 5 Vicente Leñero, “A la manera de O. Henry”, en Arriaga, comp., Sólo cuento [n. 2], p. 35. Todas las citas referirán a esta edición. 6 Ibid., pp. 38-39. Las cursivas son del original. 7 O. Henry, Cuentos de Nueva York, Juan Ignacio Alonso, pról., Madrid, Espasa, 2005. 108 Gerardo Gómez Michel Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. la esperanza, reafirma la estrategia del relato con la que se han invertido los cauces semánticos y discursivos de los planos narrativos. Al final nos damos cuenta de que, a pesar de que podríamos confirmar la existencia real del personaje O. Henry, de su historia de éxito editorial, incluso de su autoridad literaria para prescribir el modelo narrativo —anacrónico, pero válido después de todo en su contexto—, en el relato todas estas “verdades” han quedado relegadas a un plano que lo liga más con la ficción que con la realidad. Consecuentemente, la historia ficticia de Valentín y Aniceta, merced al contraste con la historia de O. Henry, se dimensiona y proyecta en la recepción lectora con una contundencia que termina por desdibujar las fronteras entre ficción y realidad. La historia de personajes como el escritor estadounidense se lee en los libros, se sueña incluso con su glamour dramático; en cambio, el desenlace de personajes como Aniceta, llorando de nalgas en el piso luego de asesinar a su marido, es el que encontramos en la sección de nota roja de los diarios amarillistas. Con el relato hemos caído en la trampa8 de leer esta historia en un texto que en todo momento se nos ha prometido literario pero que acaba por decirnos que la decencia y las buenas costumbres son en realidad una ficción. O para decirlo de otra manera, al final el relato ha invertido el sentido de aquella famosa frase que nos enseña que la realidad supera la ficción. Tradición y ruptura en la metaficción En un lejano 1965, José Emilio Pacheco —reseñando la labor novelística temprana de Leñero en la década de los sesenta— reflexionaba acerca del sentido de la tradición literaria frente a lo que después sería conocido como relato posmoderno. A este respecto, de manera lúcida, y hasta cierto punto profética, Pacheco expresaba que “en ese progresivo descubrimiento de la realidad mexicana” a Leñero le correspondía “la aclimatación de los medios narrativos puestos en boga por el nouveau roman” al que se adscribían sus primeras novelas de manera programática.9 El aspecto profético de la aseveración de Pacheco podría constatarse en nuestros días 8 Quizá sería mejor decir simulacro, como lo caracteriza Lauro Zavala en “Un modelo para el estudio del cuento”, Casa del Tiempo (México, Universidad Autónoma Metropolitana), núm. 90-91 (julio-agosto de 2006), p. 29. 9 José Emilio Pacheco, “Dos novelas de Vicente Leñero”, Diálogos: Artes, Letras, Ciencias Humanas (El Colegio de México), vol. 1, núm. 6 (1965), p. 38. 109 Estrategias metaficcionales en un cuento de Vicente Leñero Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. con la revisión retrospectiva de la obra de Leñero: un constante ejercicio formal (posmoderno) que no abandona el “progresivo descubrimiento de la realidad mexicana” —social, económica, cultural, religiosa, política. El mismo Pacheco comparte ese proceso de “aclimatación” de los medios narrativos posmodernos con su novela Morirás lejos (1967), relato metaficcional por antonomasia. Por otra parte, su reflexión se inserta en el debate que en su momento delimitó Octavio Paz con su propuesta sobre la tradición de la ruptura10 que enfrentaba al escritor con la perentoria cuestión de “¿cómo ir más allá de las fronteras exploradas sin caer en el aniquilamiento?”. Para Pacheco esto se resolvería reinventando la tradición con los medios de la vanguardia.11 No obstante, creo que en el relato que nos ocupa, Leñero ha superado el proceso de “aclimatación” o reinvención de la tradición posmoderna del relato metaficcional para llegar a una “domesticación” del género que tensiona sus límites desde el interior. En el texto de Leñero analizado la domesticación a la que me refiero no se trata de una aniquilación o clausura del modelo metaficcional. Pone en evidencia sus límites no como un ejercicio de ruptura sino desde una adhesión particular al modelo mismo. En primer lugar, encontramos un proceso desconstructivo autorreferencial del proceso mismo de la desconstrucción que se opera en el relato. Sin embargo, al detenernos en esta estrategia escritural, se corre el riesgo de aceptar una de las estructuras en abismo tipificadas por Dallenbach, en la que el relato especular pondría en escena una reduplicación hasta el infinito. 12 Es decir, la autorreflexión acerca de la composición narrativa en el cuento de Leñero muestra el modelo para escribir cuentos en O. Henry y pone en evidencia la construcción del relato posmoderno en el que la exhibición de un modelo refiere al otro pendularmente en un juego de reflejos hasta el infinito. El riesgo, por supuesto, sería dejar al lector ante la posibilidad —limitada— de aceptar una tradición renovada que prescribiría, en lugar del modelo anacrónico de O. Henry, un modelo posmoderno de autorreflexión narrativa. En dicho modelo lo importante sería el cuestionamiento de las 10 Octavio Paz, Los hijos del limo, Barcelona, Seix Barral, 1974. 11 Pacheco, “Dos novelas de Vicente Leñero” [n. 9], p. 38. 12 Dallenbach expone tres tipos de construcción en abismo, las otras dos serían la de la reduplicación simple y la reduplicación apriorística, en todo momento siguiendo la propuesta del heraldo-espejo de Gide. Véase Lucien Dallenbach, El relato especular (1977), Madrid, Visor, 1991, p. 48. 110 Gerardo Gómez Michel Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. convenciones de representación literaria y al ejercicio del lenguaje per se, lo que desembocaría de alguna manera en el nihilismo inherente del que se ha acusado en algún momento al pensamiento posmodernista.13 En este sentido, Linda Hutcheon apunta que la metaficción posmoderna paródica —como ocurre con el cuento de Leñero— realiza una operación que atrae singularmente la atención del lector hacia los elementos formales del texto —el llamado “extrañamiento” de los formalistas de principios del siglo xx—, 14 en este caso a la construcción narrativa del cuento en contradicción con el modelo de O. Henry al que supuestamente intenta adherirse. Esta operación, si aceptamos que ése sea el fin último del relato, opacaría —o incluso invisibilizaría— programáticamente aquella porción de la realidad a la que después de todo hace referencia: la de la vida del autor estadounidense y la de la extrema violencia doméstica. Más adelante Hutcheon agrega que esta operación no tiene como resultado un indiscutible efecto antimimético, ya que si bien se genera la duda acerca de la veracidad de la realidad externa al texto como parte del mundo real —¿es O. Henry un personaje que existió realmente pero al final resulta ficticio?, ¿en este sentido Valentín y Aniceta son más reales que aquél?— llevaría a ver el texto mismo como un refugio concreto al que el lector pudiera asirse bajo la certeza de que la lectura cuando menos confirma la existencia del texto. Sin embargo, esta operación convergería en una consecuencia estética de esa duda y la consiguiente demanda de una lectura que suponga el reconocimiento del nuevo modelo escritural, habilidad que a su vez posibilitaría una mirada diferente de los elementos al interior y al exterior del relato.15 Si aceptamos que esta condición se cumple en algunos relatos metaficcionales, como sucede en el cuento de Leñero, entonces daría 13 Entre otros, véase la crítica de Christopher Norris hacia la actitud posmoderna que rechaza cualquier criterio consistente de razón y verdad, Chrsitopher Norris, What’s wrong with Posmodernism, Baltimore, John Hopkins University Press, 1990. Matei Calinescu propone la noción de kitsch-man en su libro Five faces of Modernity: Modernism, Avant-Garde, Decadence, Kitsch, Postmodernism, Durham, Duke University Press, 1987. Roberto Pinheiro Machado sigue la noción propuesta por Calinescu y considera que buena parte de la sociedad ha aceptado lo que él llama la “conducta posmoderna kitsch”, catalizada por el nihilismo moral y la apatía posmoderna, cf. Roberto Pinheiro Machado, “La ruptura alienante: tradición, vanguardias y posmodernismo”, América Latina Hoy (Universidad de Salamanca), núm. 30 (abril de 2002), p. 32. 14 Linda Hutcheon, Narcissistic narrative: the metafictional paradox, Londres/ Nueva York, Routledge, 1980, p. 24. 15 Ibid., p. 25. 111 Estrategias metaficcionales en un cuento de Vicente Leñero Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. lugar a un posicionamiento ético del autor, del narrador y del lector a partir del proceso de escritura-lectura-interpretación del relato en su conjunto. En este sentido, los riesgos inherentes a la autorreferencialidad —el regodeo en la forma, la narración laberíntica o inmóvil, la cancelación de salidas de la materia discursiva hacia caminos de lectura integral del texto y su contexto— se anulan en pos de una interpretación —o de posibilidades de interpretación, mejor dicho— que huye de un nihilismo estéril para empezar desde una ética de interpretación que se compromete más allá de los límites del relato. Entonces, lo que he llamado domesticación del género, en Leñero permite (promueve) que el lector no caiga en la tentación de leer el relato solamente como un cuento que habla de cómo se escribe un cuento —en el nivel de la narración—, también ofrece salidas éticas, desde el nivel de lo narrado, para leer las anécdotas que presenta particularmente a través del contraste que se ha dimensionado con el conjunto de todas las estrategias metaficcionales puestas en juego en la construcción del relato. Si en el apartado anterior veíamos que la primera lectura —en la superficie de lo narrado— nos expone al peligro de dudar acerca de las fronteras entre lo real y la forma de sus representaciones literarias, podríamos creer que nos encontramos ante otra puesta en abismo parecida a la que describimos para la estructura discursiva del relato. Es decir, si perdemos la certeza del ámbito de la realidad a la que pertenece O. Henry y su paso por el mundo, ello provocaría que la cualidad ficcional de Valentín y Aniceta roce los lindes de la realidad por la contundencia mimética de su composición —sus acciones dentro del relato, su lenguaje, su ubicación contextual, incluso su descripción física y de carácter. No obstante, y aquí estaría el riesgo de la espiral sin fin, el desenmascaramiento del proceso escritural llevaría al lector de nuevo a asumir que ésa no es la realidad, que ellos son ficticios y que O. Henry es real, convención que vuelve a derrumbarse porque estamos aceptando esta premisa a partir de los elementos discursivos que en primer lugar nos han hecho dudar de esta cualidad de O. Henry… y así hasta el infinito. La intertextualidad nos dice que Valentín y Aniceta pertenecen al cuento que se escribe porque así lo explicita el narrador-autor, y que lo que se cuenta de O. Henry proviene del antologador (una fuente de autoridad en el mundo real), de la posible lectura de un diccionario de autores, de la biografía del escritor etcétera. Pero esto no sucede. Y entonces cabe preguntarnos cómo domestica Leñero al género para conjurar estos riesgos y posicio- 112 Gerardo Gómez Michel Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. narse éticamente frente a la realidad. Mi propuesta es que lo hace a partir del contraste, pero no el contraste anecdótico de la superficie del relato, sino del contraste que surge de la puesta en juego de las mismas herramientas metaficcionales, que son las que potencian dicho contraste y por ende la posibilidad de la interpretación ética del lector. Por supuesto aquí lo que entra en escena es particularmente la selección y articulación de las estrategias en el relato, que por otra parte no son ajenas a cualquier otro relato metaficcional. En primer término, como apuntaba al inicio de este trabajo, una cosa que llama poderosamente la atención es que el modelo de escritura que se pone en evidencia es de por sí anacrónico. La didáctica de O. Henry ha sido evidentemente superada por la experimentación narrativa moderna, baste mencionar a Juan Rulfo, Agustín Yáñez o Carlos Fuentes para el escenario mexicano. Por otra parte, si pensamos en otros textos metaficcionales de Leñero, sabemos que él mismo da cuenta de la clausura del modelo propugnado por O. Henry, por ejemplo con Los albañiles (1963), Estudio Q (1965), El garabato (1967)16 y “¿Quién mató a Agatha Christie?” (1981), entre otros. En este sentido, cuando volvemos a pensar en la estrategia paródica que lleva a cabo en el relato que nos ocupa, sabemos que la puesta en evidencia de la anacronía y el agotamiento del modelo complaciente del autor norteamericano no es el objetivo en primer término, a menos que aceptemos hacer una lectura complaciente del cuento de Leñero, lo que anularía al mismo tiempo la propia estrategia en juego. Tenemos entonces que en uno de los extremos de esa cuerda en tensión se instala lo que sería el conjunto de estrategias narrativas del relato metaficcional: una convención de representación literaria evidentemente superada; y en el otro, un modelo aparentemente en agonía: el realismo. Pero como he señalado, el contraste en el relato funciona como potenciador de uno de los planos —tanto narrativo como anecdótico— a partir de otra convención literaria, la metaficcional, que singularmente posibilita aquí una revaloración del modelo realista. De tal manera Leñero consigue la domesticación del género metaficcional sin clausurarlo, porque en todo caso la ruptura implica complicidad mas no aniquilamiento. 16 “Creo que en El garabato Leñero escribió la novela que hubiera querido hacer Borges. Es una novela enteramente del lado de la ficción”, Fabrizio Mejía Madrid, “Vicente Leñero: la vida y las ficciones”, Letras Libres (México), núm. 117 (septiembre de 2008), p. 107. 113 Estrategias metaficcionales en un cuento de Vicente Leñero Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. Al final de la curva La revaloración interpretativa del modelo realista, y de algunas de sus convenciones de representación del mundo real en este relato en particular, 17 permite que la lectura dé paso a un posicionamiento ético en el que ya no se pueden pasar por alto aspectos de la realidad o simplemente mirarlos de soslayo. Al final del relato indiscutiblemente aceptamos que la anécdota de Valentín y Aniceta refiere a una parte del mundo concreto, a un espacio y tiempo históricos. Por supuesto, el relato no intenta prescribir qué posición ética debería tomarse ante este fenómeno —eso corresponde al modelo clausurado de O. Henry o al de otros de índole inversa a aquél, como el realismo socialista—, sino, en última instancia, a no dejar de mirar el fenómeno. Pero en otros niveles de interpretación, también potenciados por el relato, permite otra serie de lecturas conjeturales válidas, como por ejemplo la de una posición política dentro del debate poscolonial en relación con los presupuestos metropolitanos de prescripción de los modelos cultos de producción y apreciación del conocimiento y la cultura. En este sentido, la hasta cierto punto superficial parodia del método para escribir cuentos de O. Henry puede llevarnos a percibir en un horizonte más complejo cómo los centros del poder capitalista han mantenido la hegemonía dentro del mercado de circulación de bienes simbólicos, por ejemplo la literatura.18 En el relato, la aparente contradicción del narrador-autor pareciera estimar la validez de los supuestos estilísticos prescritos por O. Henry —validados por su éxito editorial y su canonización literaria— ya que al final no “corrige” su cuento según ese modelo. Tal contradicción puede leerse como la articulación de un locus de enunciación, distinto al del autor norteamericano, que se legitima a partir de las diferencias estructurales que subyacen al ejercicio escritural desde un contexto sociocultural en extremo heterogéneo (conflictivo) como es el México del siglo xxi. 17 Para no olvidar que después de todo “el carácter fractal de estas lecturas presupone, en primer lugar, que todo texto de metaficción contiene su propia teoría del lenguaje, de la lectura y de la escritura, y que esta teoría es irreductible e intransferible a otro texto literario”, Zavala, “Leer metaficción es una actividad riesgosa” [n. 1], p. 357. 18 Para conocer un panorama del debate poscolonial en relación con la producción intelectual, véase Mabel Moraña, La escritura al límite, Madrid, Iberoamericana, 2010. 114 Gerardo Gómez Michel Cuadernos Americanos 143 (México, 2013/1), pp. 103-114. Resumen El presente trabajo traza una trayectoria interpretativa del cuento “A la manera de O. Henry”, de Vicente Leñero, a partir del nivel de lo narrado. Dicha trayectoria representa la exhibición irónica del modelo escritural moralista de O. Henry, que en contraste sirve para dimensionar el crudo modelo realista en que se cuenta el contexto de los obreros marginales mexicanos. Se analizan también las estrategias metaficcionales puestas en juego, que en primer lugar sitúan al relato en la tradición del cuento posmoderno, y las posibilidades que abren para la interpretación crítica del género mismo. Finalmente se retorna a la superficie del relato para conciliar ambas lecturas en una interpretación que propone la superación de ambas desde una posición ética narrativa. Palabras clave: Vicente Leñero, metaficción, relato posmoderno, tradición de ruptura. Abstract In this article, the author traces an interpretive outline of the short story “A la manera de O. Henry” by Vicente Leñero, departing from the level of the story being told. This outline is an ironic exposure of O. Henry’s moralistic writing model, which, by contrast, is used to measure the crude realist model in which the context of Mexican marginal workers is narrated. The author also analyzes the metafictional strategies that are put into play, which first situate the story in the tradition of the postmodern story, and the possibilities that arise to the critical interpretation of the genre itself. Finally, the author revisits the surface of the story to reconcile both readings through an ethical narrative perspective. Key words: Vicente Leñero, metafiction, postmodern story, tradition of rupture.