ENREDADERA DE YOSHINO DE JUNICHIRO TANIZAKI

tomado de:https://salidetokioeneltrennocturno.blogspot.com/2020/10/enredadera-de-yoshino-de-junichiro.html

“A partir de ahí me dio la corazonada de que si yo iba al bosque Shinoda podría encontrarme con mi madre. Creo que fue hacia mi segundo o tercer año de escuela elemental cuando sin decir ni una palabra en casa salí de tapadillo, invitando a un amigo de mi mismo curso, y viajé hasta allí. Es un sitio bastante incómodo; aun ahora, tras bajarse del tren de Nankai hay que caminar casi dos kilómetros; y ni siquiera sé si en aquel entonces había tren que acortara el camino. Creo recordar que hicimos un buen trecho en una tartana desvencijada, y que después nos hartamos de andar. Llegados al lugar, vimos que en medio de un bosque de alcanforeros gigantes se alzaba el santuario de la diosa Inari, la de hojas de arruruz, y allí estaba el pozo llamado “espejo de la princesa de arruruz”. Me puse a contemplar las pinturas expuestas en la sala de exvotos; entre ellas vi la escena de la madre separándose de su hijo, y también un retrato enmarcado de Jakuemon o de alguien por el estilo; lo cual me proporcionó algún consuelo. Salí del bosque, y en el camino de vuelta, desde las oscuras viviendas campesinas se filtraba hasta mis oídos ese ruido de siempre que hacen los telares: tris-tras, tris-tras…, provocándome una inmensa añoranza. Tal vez esta ruta atravesaba la zona textil del algodón de Kawachi, y allí abundarían los telares. De todos modos no podría decir hasta qué punto ese ruido venía a colmar el vacío de mi nostalgia. Sin embargo, lo que me resulta extraño es que el blanco continuo de mis anhelos era especialmente mi madre, y que mi padre no lo era tanto. Con todo, es de considerar que como mi padre la había precedido en morir, podía quedar alguna remota probabilidad de que la imagen de mi madre permaneciera en mi memoria, mientras que en el caso de mi padre, eso era imposible. Enfocándolo desde ese punto de vista, el cariño que sentía por mi madre era como la atracción vagamente experimentada por el misterio de la mujer, o bien —por decirlo de una vez— ¿no tendría que ver con el brote del amor en plena adolescencia? Y esto, porque para mí, la que fue mi madre en el pasado, y la que en el futuro haya de ser mi mujer, son las dos igualmente ese “misterio de la mujer”, que en ambos casos está ligado a mi destino por un hilo invisible. Después de todo, este estado de ánimo será también compartido en su grado por cualquiera, aun cuando no se encuentre en mis circunstancias. “

Mariana

Ines Arredondo

Mariana vestía el uniforme azul marino y se sentaba en el pupitre al lado del mío. En la fila de adelante estaba Concha Zazueta. Mariana no atendía a la clase, entretenida en dibujar casitas con techos de dos aguas y árboles con figuras de nubes, y un camino que llevaba a la casa, y patos y pollos, todo igual a lo que hacen los niños de primer año. Estábamos en sexto. Hace calor, el sol de la tarde entra por las ventanas; la madre Paz, delante del pizarrón, se retarda explicando la guerra del Peloponeso. Nos habla del odio de todas las aristocracias griegas hacia la imponente democracia ateniense. Extraño. Justamente la única aristocracia verdadera, para mí, era la ateniense, y Pericles la imagen en el poder de esa aristocracia; incluso la peste sobre Atenas, que mata sin equivocarse a “la parte más escogida de la población” me parecía que subrayaba esa realidad. Todo esto era más una sensación que un pensamiento. La madre Paz, aunque no lo dice, está también del lado de los atenienses. Es hermoso verla explicar —reconstruyendo en el aire con sus manos finas los edificios que nunca ha visto— el esplendor de la ciudad condenada. Hay una necesidad amorosa de salvar a Atenas, pero la madre Paz siente también el extraño goce de saber que la ciudad perfecta perecerá, al parecer sin grandeza, tristemente; al parecer, en la historia, pero no en verdad. Mariana me dio un codazo: “¿Ves? Por este caminito va Fernando y yo ya estoy parada en la puerta, esperándolo”, y me señalaba muy ufana dos muñequitos, uno con sombrero y otro con cabellera igual a las nubes y a los árboles, tiesos y sin gracia en mitad del dibujo estúpido. “Están muy feos”, le dije para que me dejara tranquila, y ella contestó:  “Los voy a hacer otra, vez”. Dio vuelta a la hoja de su cuaderno y se puso a dibujar con mucho cuidado un paisaje idéntico al anterior. Pericles ya había muerto, para estoy segura de que Mariana jamás oyó hablar de él.

Yo nunca la acompañé; era Concha Zazueta quien  me lo contaba todo.

A la salida de la escuela, sentadas debajo de la palmera, nos dedicábamos a comer los dátiles agarrosos caídos sobre el pasto, mientras Concha me dejaba saber, poco a poco, a dónde habían ido en el coche que Fernando le robaba a su padre mientras éste lo tenía estacionado frente al Banco. En los algodonales, por las huertas, al lado del Puente Negro, por todas partes parecían brotar lugares maravillosos para correr en pareja, besarse y rodar abrazados sofocados de risa. Ni Concha ni yo habíamos sospechado nunca que a nuestro alrededor creciera algo muy parecido al paraíso terrenal. Concha decía  “…y se le quedó mirando, mirando, derecho a los ojos, muy serio, como si estuviera enojado o muy triste y ella se reía sin ruido y echaba la cabeza para atrás y él se iba acercando, acercando, y la miraba. Él parecía como desesperado, pero de repente cerró los ojos y la besó; yo creí que no la iba a soltar nunca. Cuando los abrió, la luz del sol lo lastimó. Entonces le acarició una mano, como si estuviera avergonzado… Todo  lo vi muy bien porque yo estaba en el asiento de atrás y ellos ni cuenta se daban”.

¡Oh, Dios mío! Lo importante que se sentía Concha con esas historias; y se hacía rogar un poco para contarlas aunque le encantara hacerlo y sofocarse y mirar cómo las otras nos sofocábamos.

—¿Por qué se reía Mariana si Fernando estaba tan serio?

—Quién sabe. ¿A ti te han besado alguna vez?

—No.

—A mí tampoco.

Así que no podíamos entender aquellos cambios ni su significado.

Más y más episodios, detalles, muchos detalles, se fueron acumulando en nosotras a través de Concha Zazueta: Fernando tiraba poco a poco, por una puntita, del moño rojo del uniforme de Mariana mientras le contaba algo que había pasado en un mitin de la Federación Universitaria; tiraba poquito a poquito, sin querer, para cuando de pronto se desbarataba el lazo y el listón caía desmadejado por el pecho de Mariana, los dos se echaban a reír, y abrazados, entre carcajadas, se olvidaban por completo de la Federación. También hubo pleitos por cosas inexplicables, por palabras sin sentido, por nada, pero sobre todo se besaban y él la llamaba “linda”. Yo nunca se lo oí decir, pero aún ahora siento como un golpe en el estómago cuando recuerdo la manera ahogada con que se lo decía, apretándola contra sí, mientras Concha Zazueta contenía el aliento arrinconada en la parte de atrás del automóvil.

Fue el año siguiente, cuando ya estábamos en primero de Comercio, que Mariana llegó un día al Colegio con los labios rojo bermellón. Amoratada se puso la madre Julia cuando la vio.

—Al baño inmediatamente a quitarte esa inmundicia de la cara. Después vas a ir al despacho de la Madre Priora.

Paso a paso se dirigió Mariana a los baños. Regresó con los labios sin grasa y de un rojo bastante discreto.

—¿No te dije que te quitaras toda esa horrible pintura?

—Sí, madre, pero como es muy buena, de la que se pone mi mamá, no se quita.

Lo dijo con su voz lenta, afectada, como si estuviera enseñando una lección a un párvulo. La madre Julia palideció de ira.

—No tendrás derecho a ningún premio este año. ¿Me oyes?

—Sí, madre.

—Vas a ir al despacho de la Madre Priora… Voy a llamar a tus padres… Y vas a escribir mil veces: Debo ser comedida con mis superiores, y… y… ¿entendiste?

—Sí, madre.

Todavía la madre Julia inventó algunos castigos más, que no preocuparon en lo mínimo a Mariana.

—¿Por qué viniste pintada?

—Era peor que vieran esto. Fíjense.

Y metió el labio inferior entre los dientes para que pudiéramos ver el borde de abajo: estaba partido en pequeñísimas estrías y la piel completamente escoriada, aunque cubierta de pintura.

—¿Qué te pasó?

—Fernando.

—¿Qué te hizo Fernando?

Ella sonrió y se encogió de hombros, mirándonos con lástima.

Una mañana, antes de que sonara la campana de entrada a clases, Concha se me acercó muy agitada para decirme:

—Anoche le pegó su papá. Yo estaba allí porque me invitaron a merendar. El papá gritó y Mariana dijo que por nada del mundo dejaría a Fernando.

Entonces don Manuel le pegó. Le pegó en la cara como tres veces. Estaba tan furioso que todos sentimos miedo, pero Mariana no. Se quedó quieta, mirándolo. Le escurría sangre de la boca, pero no lloraba ni decía nada. Don Manuel la sacudió por los hombros, pero ella seguía igual, mirándolo. Entonces la soltó y se fue. Mariana se limpió la sangre y se vio la mano manchada. Su mamá estaba llorando. “Me voy a acostar”, me dijo Mariana con toda calma, y se metió a su cuarto. Yo estaba temblando. Me salí sin dar siquiera las buenas noches; me fui a mi casa y casi no pude dormir. Ya no la voy a acompañar: me da miedo que su papá se ponga así. Con seguridad que no va a venir.

Pero cuando sonó la campana, Mariana entró con su paso lento y la cabeza levantada, como todas las mañanas. Traía el labio de abajo hinchado y con una herida del lado izquierdo, cerca de la comisura, pero venía perfectamente peinada y serena.

—¿Qué te pasó? —le preguntó Lilia Chávez.

—Me caí —contestó, mientras miraba, sonriendo con sorna, a Concha—. Hormiga —le murmuró al oído, al pasar junto a ella para ir a tomar su lugar entre las mayores.

Hormiga se llamó durante muchos años a la Hormiga Zazueta.

Golpes, internados, castigos, viajes, todo se hizo para que Mariana dejara a Fernando, y ella aceptó el dolor de los golpes y el placer de viajar, sin comprometerse. Nosotras sabíamos que había un tiempo vacío que los padres podrían llenar como quisieran, pero que después vendría el tiempo de Fernando. Y así fue. Cuando Mariana regresó del internado, se fugaron, luego volvieron, pidieron perdón y los padres los casaron. Fue una boda rumbosa y nosotras asistimos. Nunca vi dos seres tan hermosos: radiantes, libres al fin.

Por supuesto que el vestido blanco y los azahares causaron escándalo, se hablaba mucho de la fuga, pero todo era en el fondo tan normal que pensé en lo absurdo que resultaba ahora Don Manuel por no haber permitido el noviazgo desde el principio. Aunque ella hubiera tenido entonces apenas trece o catorce años, si él no se hubiera opuesto con esa inexplicable fiereza… Pero no, encima de la mesa estaban una mano de Fernando y una mano de Mariana, los dedos de él sobre el dorso de la de ella, sin caricias, olvidadas; no era necesaria más que una atención pequeña para ver la presencia que tenía ese contacto en reposo, hasta ser casi un brillo o un peso, algo diferente a dos manos que se tocan. No había padre, ni razón capaces de abolir la leve realidad inexplicable y segura de aquellas dos manos diferentes y juntas.

Oscuro está en la boda de su hija, que se casa con un buen muchacho, hijo de familia amiga —y recibe con una sonrisa los buenos augurios— pero tiene en el fondo de los ojos un vacío amargo. No es cólera ni despecho, es un vacío. Mariana pasa frente a él bailando con Fernando. Mariana. Sobre su cara luminosa veo de pronto el labio roto, la piel pálida, y me doy cuenta de que aquel día, a la entrada de clases, su rostro estaba cerrado. Serena y segura, caminando sin titubeos, desafiante, sostiene la herida, la palidez, el silencio; se cierra y continúa andando, sin permitirse dudar, ni confiar en nadie, ni llorar. La boca se hincha cada vez más y en sus ojos está el dolor amordazado, el que no vi entonces ni nunca, el dolor que sé cómo es pero que jamás conocí: un lento fluir oscuro y silencioso que va llenando, inundando los ojos hasta que estallan en el deslumbramiento último del espanto. Pero no hay espanto, no hay grito, está el vacío necesario para que el dolor comience a llenarlo. Parpadeo y me doy cuenta de que Mariana no está ahí, pasó ya, y el labio herido, el rostro cada vez más pálido y los ojos, sobre todo los ojos, son los de su padre.

No quise ver a Mariana muerta, pero mientras la velábamos vi a Don Manuel y miré en sus facciones desordenadas la descomposición de las de Mariana: otra vez esa mezcla terrible de futuro y pasado, de sufrimiento puro, impersonal, encarnado sin embargo en una persona, en dos, una viva y otra muerta, ciegas ahora ambas y anegadas por la corriente oscura a la que se abandonaron por ellos y por otros más, muchos más, o por alguno.

Mariana estaba aquí, sobre ese diván forrado de terciopelo color oro, sentada sobre las piernas, agazapada, y con una copa en la mano. Alrededor de ella el terciopelo se arruga en ondas. Recuerdo sus ojos amarillos, mansos y en espera. “La víctima contaba con 34 años. “No pensaba uno nunca en la edad mirando a Mariana. Vine aquí por evocarla, en tu casa y contigo. Espera: hablaba arrastrando sílabas y palabras durante minutos completos, palabras tontas, que dejaba salir despacio, arqueando la boca, palabras que no le importaban y que iba soltando, saboreando, sirviéndose de ellas para gozar los tonos de su voz. Una voz falsa, ya lo sé, pero buscada, encontrada, la única verdaderamente suya. Creaba un gesto, medio gesto, en ella, en ti, en mí, en el gesto mismo, pero había algo más… ¿Te acuerdas? Adoraba decir barbaridades con su voz ronca para luego volver la cabeza, aparentando fastidio, acariciándose el cuello con una mano, mientras los demás nos moríamos de risa. Las perlas, aquel largo collar de perlas tras el que se ocultaba sonriente, mordisqueándolo, mostrándose. Los gestos, los movimientos. Jugar a la vampiresa, o jugar a la alegre, a la bailadora, a la sensual. Decir así quién era, mientras cantaba, bebía, bailaba. Pero no lo decía todo… ¿Te das cuenta de que nunca la vimos besar a Fernando? Y los hemos visto a los otros, hasta a los adúlteros, alguna vez, en la madrugada, pero a ellos no; lo que hacían era irse para acariciarse en secreto. En secreto murió aunque el escándalo se haya extendido como una mancha, aunque mostraran su desnudez, su intimidad, lo que ellos creen que es su intimidad. El tiempo lento y frenético de Mariana era hacia adentro, en profundidad, no transcurría. Un tanteo a ciegas, en el que no tenía nada que hacer la inteligencia. Sé que te parece que hago mal, que es antinatural este encarnizamiento impúdico con una historia ajena. Pero no es ajena. También ha sucedido por ti y por mí… La locura y el crimen… ¿Pensaste alguna vez en que las historias que terminan como debe de ser quedan aparte, existan de un modo absoluto? En un tiempo que no transcurre.

Husmeando, llegué a la cárcel. Fui a ver al asesino.

Ése es inocente. No; quiero decir, es culpable, ha asesinado. Pero no sabe.

Cuando entré me miró de un modo que me hizo ser consciente de mi aspecto, de mis maneras: elegante. Cualquier cosa se me hubiera ocurrido menos que me iba a sentir elegante en una celda, ante un asesino.

Sí, él la mató, con esas manos que muestra aterrado, escandalizado de ellas.

No sabe por qué, no sabe por qué, y se echa a llorar. Él no la conocía; un amigo, viajero también, le habló de ella. Todo fue exactamente como le dijo su amigo, menos al final, cuando el placer se prolongó mucho, muchísimo, y él se dio cuenta de que el placer estaba en ahogarla. ¿Por qué ella no se defendió? Si hubiera gritado, o lo hubiera arañado, eso no habría sucedido, pero ella no parecía sufrir. Lo peor era que lo estaba mirando. Pero él no se dio cuenta de que la mataba. Él no quería, no tenía por qué matarla. Él sabe que la mató, pero no lo cree. No puede creerlo. Y los sollozos lo ahogan. Me pide perdón, se arrodilla, me habla de sus padres, allá en Sayula. Él ha sido bueno siempre, puedo preguntárselo a cualquiera en su pueblo. Le contesto que lo sé, porque los premios a la inocencia son con frecuencia así. Para él son extrañas mis palabras, y sigue llorando. Me da pena. Cuando salgo de la celda, está tirado en el suelo, boca abajo, llorando. Es una víctima.

Me fui a México a ver a Fernando. No le extrañó que hiciera un viaje tan largo pero hablar con él. Encontró naturales mis explicaciones. Si hubiera sido un poco menos verdadero lo que me contó hasta hubiera podido estar agradecido de mi testimonio. Pero él y Mariana no necesitan testigos: lo son uno del otro. Fernando no regatea la entrega. Triunfa en él el tiempo sin fondo de Mariana, ¿o fue él quien se lo dio? De cualquier manera, el relato de Fernando le da un sentido a los datos inconexos y desquiciados que suponemos constituyen la verdad de una historia. En su confesión encontré lo que he venido rastreando: el secreto que hace absoluta la historia de Mariana.

“El día del casamiento ella estaba bellísima. Sus ojos tenían una pureza animal, anterior a todo pecado. En el momento en que recibió la bendición yo adiviné su cuerpo recorrido por un escalofrío de gozo. El contacto con ‘algo’ más allá de los sentidos la estremeció agudamente, no en los nervios importantes, sino en los nerviecillos menores que rematan su recorrido en la piel. Le pasé una mano por la espalda, suavemente, y sentí cómo volvían a vibrar; casi me pareció ver la espalda desnuda a sacudirse por zonas, por manchas, con un movimiento leonado. Ahora las cosas iban mejor: Mariana estaba consagrada… para mí. Pero me engañé: sus ojos seguían abiertos mirando el altar. Solamente yo vi esa mirada fija absorber un misterio que nadie podría poner en palabras. Todavía cuando se volvió hacia mí los tenía llenos de vacío.

“Miedo o respeto debía sentir, pero no, un extraño furor, una necesidad inacabable de posesión me enceguecieron, y ahí comenzó lo que ellos llaman mi locura.

“Podría decirse que de esa locura nacieron los cuatro hijos que tuvimos; no es así, el amor, la carne, existieron también, y durante años fueron suficientes para apaciguar la pasión espiritual que brilló por primera vez aquel día. Nos fueron concedidos muchos años de felicidad ardiente y honorable. Por eso creo, ahora mismo, que estamos dentro de una gran ola de misericordia.

“Fue otro momento de gran belleza el que nos marcó definitivamente.

“El sol no tenía peso; un viento frío y constante recorría las marismas desiertas; detrás de los médanos sonaba el mar; no había más que mangles chaparros y arena salitrosa, caminos tersos y duros, inviolables, extrañamente iguales al cielo pálido e inmóvil. Los pasos no dejan huella en las marismas, todos los senderos son iguales, y sin embargo uno no se cansa, los recorre siempre sorprendido de su belleza desnuda e inhóspita. Tomados de la mano llegamos al borde del estero de Dautillos.

“Fue ella la que me mostró sus ojos en un acto inocente, impúdico. Otra vez sin mirada, sin fondo, incapaces de ser espejos, totalmente vacíos de mí. Luego los volvió hacia los médanos y se quedó inmóvil.

“El furor que sentí el día de la boda, los celos terribles de que algo, alguien, pudiera hacer surgir aquella mirada helada en los ojos de Mariana, mi Mariana carnal, tonta; celos de un alma que existía, natural y que no era para mi; celos de aquel absorber lento en el altar, en la belleza, el alimento de algo que le era necesario y que debía tener exigencias, agazapado siempre dentro de ella, y que no quería tener nada conmigo. Furor y celos inmensos que me hicieron golpearla, meterla al agua, estrangularla, ahogarla, buscando siempre para mí la mirada que no era mía. Pero los ojos de Mariana, abiertos, siempre abiertos, sólo me reflejaban: con sorpresa, con miedo, con amor, con piedad. Recuerdo eso sobre todo, sus ojos bajo el agua, desorbitados, mirándome con una piedad inmensa. Después he recordado el pelo mojado, pegado al cuello, que parecía en aquel momento infantil; la sangre corriendo de la boca, de la oreja; el grito ronco de su agonía y mi amor de hombre gritando junto a su voz el dolor espantoso de verla herida, sufriente, medio muerta, mientras mi alma seguía asesinándola para llegar a producir su mirada insondable, para tocarla en el último momento, cuando ella no pudiera ya más mirarme a mí y no tuviera otro remedio que mirarme como a su muerte. Quería ser su muerte.

“Y sí, hubo un instante en que sus ojos vacíos, fijos en los míos, me llenaron de aquello desconocido, más allá de ella y de mí, un abismo en el que yo no sabía mirar, en el que me perdí como en una noche terrible. La solté, arrastré su cuerpo hasta la orilla y grité, grite echado sobre su vientre, mientras miraba los agujeros innumerables, las burbujas, los movimientos ciegos, el horror pululante, calmo y sin piedad de los habitantes de la orilla del estero; ínfimas manifestaciones de vida, ni gusanos ni batracios, asquerosos informes, torpes, pequeñísimos, vivos, seres callados que me hicieron llorar por mi enorme pecado, y entenderlo, y amarlo.
    “Desde entonces estoy aquí. Tomo las pastillas y finjo que he olvidado. Me porto bien, soy amable, asiento a todas las buenas razones que me da el médico y admito de buen grado que estoy loco. Pero ellos no saben el mal que me hacen. Lo primero que recuerdo después de aquello es que alguien me dijo que Mariana estaba viva; entonces quise ir a ella, pedirle perdón, lloré de dolor y arrepentimiento, le escribí, pero no nos dejaron acercar. Sé que vino, que suplicó, pero ellos velaron también por su bien y no la dejaron entrar. Decían que la nuestra era una pasión destructiva, sin comprender que lo único que podía salvarnos era el deseo, el amor, la carne que nos daba el descanso y la ternura.

“A mí, a fuerza de tratamiento, terminaron por quitarme todo lo que me hacía bien: sexo, fuerza, la alegría del animal sano, y me dejaron a solas con lo que pienso y nunca les diré.

“A ella la abandonaron a su pasión sin respuesta. Luego les extraño que comenzara a irse a los hoteles, sin el menor recato, con el primer tipo que se le ponía enfrente. Cuando una vez dije que era por fidelidad a nosotros que hacía eso, que no le habían dejado otra manera de buscarme, se alarmaron tanto que quisieron hacerme inmediatamente la operación. Por mi bien y salud me castrarán de todas las maneras posibles, hasta no dejar más que la inocente y envidiable vida primitiva, verdadera: la de los seres que pueblan las orillas de los esteros.

“Me alegra poder decir lo que tengo que decir, antes de que me hagan olvidarlo o no entenderlo: yo maté a Mariana. Fui yo, con las manos de ese infeliz Anselmo Pineda, viajante de comercio; era yo ese al que Mariana buscaba en el cuerpo de otros hombres: jamás nadie la tocó más que yo; fui yo su muerte, me miró a los ojos y por eso ahora siento desprecio por lo que van a hacerme, pero no me da miedo, porque mucho más terrible que la idiotez que me espera es esa última mirada de Mariana en el hotel, mientras la estrangulaba, esa mirada que es todo el silencio, la imposibilidad, la eternidad, donde ya no somos, donde jamás volveré a encontrarla.”

http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/16-002-ines-arredondo?start=2

El crimen casi perfecto

de Roberto Artl Argentino

El Crimen casi perfecto    Roberto Arlt    La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la  tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicidó entre las siet e y las diez de la noche) dete nido en una comisaría por su participación imprudente en una accidente de  tránsito. El segundo he rmano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las se is de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del laboratorio de análisis de leche de la Erpa  Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas en las cremas.  Lo más curioso del caso es que aquel día los tr es hermanos almorzaron con la suicida para festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ni ngún momento dejó de traslucir su intención funesta. Comieron todos alegrement e; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.   Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la anti gua doméstica que servía hacía muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa. La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la tarde.  La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora Stevens el diario  pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas donde llevaba anotadas las entradas y sa lidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky, y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A  continuación se puso a leer el  diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó so bre la alfombra. El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.   Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas  ordenadas pacíficamente en el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio está cargado de absurdos psicológic os. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado. Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber  echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El agua que se agregó al wh isky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un anaquel do nde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino no podía saber si la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.   El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba mecánica del suicidio.   Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabían dudas. Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encont raba veneno. El agua y el whisky de las botellas eran completamente in ofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante; nadie habí a visitado a la señora Stevens  después que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo, después de  algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo comprobaba: ¿dónde se hallaba el envase que contenía el veneno ante s de que ella lo arrojara en su bebida?   Por más que nosotros revisáramos el departamen to, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraord inariamente sugestivo. Además había otro: los hermanos de  la muerta eran tres bribones.   Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres. Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.   Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de  veterinario, pero estaba descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto  de haber dopado caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.   Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces. El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años . Suponer que una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturale za humana. Su muerte beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.   La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un procedimiento judicial.   El cadáver fue descubierto por el  portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de acero, llamó en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente, estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la habitación donde quedaba deteni da la sirvienta, con una idea brincando en mi imaginación: ¿y si alguien había entrado en el departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial, pero convenía veri ficar la hipótesis.   Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla solidificada no revelaba mudanza alguna.   Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no policialmente,  sino deportivamente. Yo estaba  en presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacío.   Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo, que nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el whisky servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de whisky, la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi curiosidad, llamé al camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí ap resuradamente a un automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi ce rebro. Entré en la habitación donde estaba detenida, me senté frente a ella y le dije:   – Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con hielo o sin hielo? -Con hielo, señor. -¿Dónde compraba el hielo?  – No lo compraba, señor. En casa había una hela dera pequeña que lo fabr icaba en pancitos. –  Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.- Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.   Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida con el químico de nuestra oficina de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de la heladera y varios pancitos de  hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos  minutos pudo manifestarnos: – El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua envenenada.   Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado. Ahora era un juego reconstruir el crimen. El doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera  (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens preparó un whisky; del depósito retiró un pancito de hielo (lo cual explicaba que el plato  con hielo disuelto se encontrara  sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó podero samente debido a su al ta concentración. Sin imaginarse que la muerte la ag uardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el periódico, hasta que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron esperar.   No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban dónde se encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.   A las once, yo, mi superior y el juez nos presen tamos en el laboratorio  de la Erpa. El doctor Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo,  levantó el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol.  Había muerto de un síncope. En su armario se  encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino más ingenioso que conocí. 

El uso de la fuerza de William Carlos Williams:

SENDERO BLOG

Eran unos pacientes nuevos, todo lo que sabía era el nombre, Olson. Por favor, venga lo más rápido que pueda, mi hija está muy grave.

Cuando llegué salió a recibirme la madre, una mujer enorme de aspecto asustado y muy limpio, que se disculpó y dijo simplemente: ¿Es usted el médico?, y me hizo entrar. Una vez en el fondo añadió: Debe disculparnos, doctor, la tenemos en la cocina donde está más caliente. A veces aquí hay mucha humedad.

La niña estaba completamente vestida y sentada en las rodillas de su padre cerca de la mesa de la cocina. El hombre intentó levantarse, pero le hice el gesto de que no se molestara, me quité el abrigo y me puse a echar un vistazo. Notaba que todos estaban muy nerviosos y que me miraban de arriba abajo con recelo. Como suele pasar en esos casos, no me decían más de…

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La esperanza Villiers de L’Isle Adam

SENDERO BLOG

Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares1del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable.

Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que -aborrecido por sus préstamos usurarios y por su desdén de los pobres- diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, “duro como su piel”, había rehusado la abjuración.

Orgulloso de…

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Nellie Campobello por Francisco Medina, rescatando a una gran escritora

Francisco Medina
CIUDAD DE MÉXICO, 19 de noviembre (AlmomentoMX).- Secuestrada en la vejez por un par de truhanes, quienes ocultaron su muerte y su osamenta durante trece años, Nellie Campobello (1900-1986) escapa al fin de la nota roja. La reedición de Cartucho (1931 y 1940) es un acto de justicia: su tumba ya tiene nombre, el de una de los grandes narradores mexicanos del siglo XX.
En su artículo publicado en Letras Libres en octubre de 2000, Christopher Domínguez apunta que es hora de continuar la rehabilitación con Las manos de Mamá (1937), otra de sus obras maestras. Campobello —nacida como María Francisca Moya Luna en Villa Ocampo, Durango— fue una coreógrafa eminente y directora de la Escuela Nacional de Danza entre 1937 y 1984, pero pese a su íntima relación con Martín Luis Guzmán —o acaso por ello— fue desapareciendo progresivamente de la escena literaria mexicana hasta extinguirse entre 1960 y 1989.
Nellie Campobello —como lo apunta Jorge Aguilar Mora en el prólogo de Cartucho— fue una escritora memorable por varias razones: por su valor testimonial, su refinadísima percepción artística y su extraña mirada autobiográfica. La propia familia, con la madre al frente, fue víctima y testigo del villismo en Parral. A través de medio centenar de cuentos breves, algunos entre los más singulares de la lengua, Cartucho saca a la narrativa de la Revolución Mexicana de la demagogia populista y de la retórica, dizque republicana, del heroísmo pretoriano. La suya es una voz que elige uno de los artificios literarios más difíciles de lograr: la impostación verosímil de la guerra civil—particularmente el episodio villista en Chihuahua entre 1916 y 1920— desde un punto de vista infantil. Quien narra en Cartucho es una falsa niña y un verdadero “monstruo” por su visión enternecida y minuciosa de la muerte. Los capitanes de Villa, Doroteo Arango mismo, así como el fusilamiento y los fusilados se convierten, gracias a Campobello, en el imago de la Revolución Mexicana, tanto como la guillotina y el decapitado lo fueron del Terror francés.

Para hacernos entender, más vale citarla:

Los hilos de su vida los tenía el centinela dentro de sus ojos. En sus manos mugrosas, tibias de alimento, un rifle con cinco cartuchos mohosos. Estaba parado junto a la piedra grande; norteño, alto, con las mangas del saco cortas, el espíritu en filos cortando la respiración de la noche, se hacía el fantasma. No oyó el ruido de los que se arrastraban; los carrancistas estaban a dos pasos; él recibió un balazo en la sien izquierda y murió parado; allí quedó tirado junto a la piedra grande. Muy derecho, ya sin zapatos, la boca entreabierta, los ojos cerrados; tenía un gesto nuevo, era un muerto bonito, le habían cruzado las manos (p. 81).

El prólogo de Aguilar Mora es un verdadero ensayo de restitución. Aclara la cronología de Nellie Campobello, la falsificación que ella misma hizo de su fecha de nacimiento, su pseudinomía, la influencia que tuvo sobre Guzmán y sus fallidas Memorias de Pancho Villa (1951), los cambios realizados entre la primera y la segunda edición de Cartucho, la transformación de la imagen que ella tenía de Villa, así como su accidentado periplo existencial. Aunque no conozco crítico mexicano que haya ignorado la importancia de Campobello, ninguno la ha entendido mejor que Aguilar Mora. Tan es así que Cartucho aparece como la fuente metafórica de uno de los ensayos más sugerentes —y menos leídos— de la literatura mexicana contemporánea: Una muerte sencilla, justa, eterna (1990), del propio Aguilar Mora.
No siempre es responsabilidad de los “canonistas” la desaparición de una obra del mercado editorial y de la consideración pública. El caso de Campobello me parece probatorio en ese sentido. Pero el texto preliminar de Aguilar Mora sugiere una discusión más profunda. Si Nellie Campobello fue relegada del canon de la literatura nacional, habría que hablar de qué estamos entendiendo por canon. ¿El canon es una zona de compromiso o de tolerancia donde dialogan las diversas tradiciones críticas, o es la guía de lectura por la que cada crítico o escuela están dispuestos a dar la batalla?
En este contexto Aguilar Mora, en su prólogo, prefiere huir hacia adelante. Dado que la secuencia genealógica “Ateneo-Contemporáneos-Octavio Paz […] dejó al margen a casi toda la narrativa de la Revolución…” (p. 14), Aguilar Mora eleva a Campobello a un canon supremo donde Cartucho sería el genoma de Pedro Páramo y Cien años de soledad. No sé si creer en semejante determinismo genético. Lo importante es que Nellie Campobello —más allá de las advocaciones de cada crítico— regresa de la mala muerte y la reedición de Cartucho tornará irrevocable la “canonización” de una escritora cuyo infortunio final y su talento angélico merecen de la devoción de la lectura. –
Campobello, en “Cartucho”, narra el acontecer de la revolución desde un punto de vista muy particular, siendo parte de la sociedad que acogió a uno de los grupos más vituperados de entre quienes formaron “la bola”: los villistas. La escritora de Villa Ocampo, Durango, nos cuenta en esos textos de una o dos cuartillas, su relación con los hombres que formaban la “División del Norte”, no como parte de un grupo político, no como un intelectual que claro está, se inclina hacia uno u otro lado. No. Campobello lo hace como parte de una familia que acoge a los heridos (sin importar de qué bando vengan), da de comer a los hambrientos, enaltece la figura de Pancho Villa por el simple hecho de ser un hombre “justo, rudo, pero derecho”, según indica su Madre, a quien escribimos con mayúscula porque así lo hace Campobello.

La escritora nos da a conocer la otra parte en la vida de estos hombres que murieron buscando rescatar las tierras que les arrebató el gobierno. Nos da cuenta, a través de sus breves relatos, paisajes poéticos, muchas veces crueles sobre lo que acontecía en el norte de México. A través de “Cartucho”, la autora describe cómo fusilan a un hombre, de qué manera se enjuiciaba a un pueblo entero y, considero relevante, lo que hacía llorar a Doroteo Arango (“los hombres no lloran”, nos decían los mayores. Pues sí, sí lo hacemos). Todo esto lo presenta como si fuera un juego, como si estuviera recordando junto a su hermana Gloria lo presenciado por ambas y traído a colación muchos años después a manera de postales o fotografías de lo acontecido.
Los textos de “Cartucho” no desprecian a los alzados. Por el contrario, no se asusta de las acciones que estos hombres realizan. Juega, se encariña con cada uno de ellos como parte de la experiencia de la revolución que le tocó vivir. Son parte de una infancia nada común en la que sólo ella puede armar el rompecabezas de la vida de estos personajes cuyas existencias fueron reales y que gracias a la magia de la literatura, pueden ser moldeados a gusto de la autora: el Siete, el Peet, Kirilí son protagonistas fusilados, torturados, desmembrados que forman parte de una vida implacable contemplada por la Campobello, donde intenta mostrar el lado humano, sensible, incluso romántico de estos seres oficialmente declarados “bandidos”, en el más benevolente de los adjetivos.
Si existe algo en la obra literaria de Campobello, es su vigor para defender la figura del Centauro del Norte. Esto, afirman algunos de sus estudiosos, es porque es hija suya. Incluso, se aporta como prueba de ello que su nombre verdadero, Francisca, viene precisamente de ahí. ¿Quién lo diría? Una mujer intentando reivindicar a quien es considerado uno de los más sanguinarios luchadores revolucionarios. Pues sí, Campobello realiza una titánica labor buscando otorgarle a su General el sitio de honor merecido entre los héroes patrios. Y lo más fascinante de esto, es que lo hace a través de la literatura, de una literatura diferente a la literatura revolucionaria conocida por el gran público. Porque mientras las famosas novelas revolucionarias describen con fervor y hasta naturalidad la bestialidad, lo inhumano de las desgracias de la guerra, la obra de Campobello se refiere a esas atrocidades no buscando el regocijo de la muerte, sino mostrando que el acto de matar, en una guerra, y en particular esta guerra mexicana, es inherente al acto de sobrevivir.
Las narraciones de “Cartucho” contrastan con los juicios sumarios realizados por José Vasconcelos sobre Villa y su gente, al definirlos como “simples asesinos”. Contrasta también con el punto de vista del propio Martín Luis Guzmán quien lanza reproches a los revolucionarios por su ausencia de respeto hacia la vida, por la falta de cultura y patriotismo. Se acerca, por instantes, a las tremendas descripciones de Azuela y Muñoz al hablar de la muerte.
Llegamos entonces a un punto odioso pero necesario, las comparaciones. Si la novela de Azuela es considerada la novela de la revolución mexicana, ¿dónde podríamos colocar a “Cartucho”, en esa lista integrada por “El águila y la serpiente”, de Luis Guzmán; “Tropa vieja”, de Francisco L. Urquizo; “Vámonos con Pancho Villa”, de Rafael F. Muñoz, entre otros, que también forman parte de la plétora de novelas revolucionarias? (recordemos las palabras de José Luis Martínez, “la revolución no produjo una literatura revolucionaria”) Para la gran mayoría de los intelectuales mexicanos quienes contemplaron la primera aparición de “Cartucho” (estamos hablando de la década de los treinta del siglo pasado), el libro no recibió argumentos a favor ni en contra. Fue pues, como ocurre a menudo en esta suave patria, ninguneado (pudo influir en esta situación el hecho de que la obra haya sido escrita primero, por una mujer; segundo, amante de Germán List Arzubide, figura cumbre del movimiento estridentista y fundador de Ediciones Integrales, misma que editó la obra de Azuela). Influyó también el hecho de que la obra no tuvo una distribución adecuada, pues List Arzubide entregó los ejemplares a la Campobello y ésta se encargó de repartirlos de mano en mano. Mucha gente recibía el ejemplar, sorprendiéndose de su existencia, y aquellos que estaban más relacionados con el ámbito cultural, sonreían sarcásticamente, quizá porque sabían que el estridentista había sido el revisor y quizá el corrector de los textos (aunque José Antonio Fernández de Castro los había recibido en primera instancia), situación negada rotundamente por él: “no cambié una letra de los relatos. Dejé que ellos mismos se mostrarán como Nellie los había concebido”.

El hecho de que “Cartucho” se haya mantenido fuera del rating de los grandes libros sobre la revolución mexicana, no significa, por supuesto, que sea un libro menor. En absoluto. Incluso, Martín Luis Guzmán, el mismo autor de “La Sombra del Caudillo”, manifestó la importancia del libro de Campobello para la literatura nacional y permitió la reedición de la obra en su propia editorial. El haber sido “ninguneado” por parte de la sociedad de entonces, no significa que exista poco mérito literario en él.
Rafaela Luna, madre de Nelly Campobello, es lo más cercano que pudiéramos encontrar para identificar a una Adelita. Sí. La definición de esas mujeres (hoy leyendas) que participaron en la Revolución Mexicana, son la punta de entrada a lo que se identifica como una luchadora social, muy sui generis , claro está, porque su trinchera estaba detrás del fogón para alimentar a los alzados regresando al borde de la inanición; o bien, a un lado de la cama, para curar a los enfermos, y en casos muy poco difundidos, para aconsejar al hombre que sale hacia el frente de batalla. Pero Mamá, en la obra de Campobello, es más que eso: se encara con los carrancistas quienes saben, o intuyen, que esta mujer forma parte del alto mando villista; busca a su hijo entre los detenidos para evitar que sea fusilado. Mamá, a través de sus contactos, mueve decenas de hombres para salvarlos de la masacre. ¿Es está mujer el principal impulso de Campobello para recrear su obra literaria? Posiblemente sí. A pesar de que la figura femenina parece estar siempre en un segundo plano, la narrativa permite al lector darse cuenta que quien habla a través de Nelly es Rafaela, pues muchas de las expresiones que utiliza la niña–narradora las toma de ella.
En “Las manos de Mamá”, hay un relato donde Campobello retrata el carácter de su progenitora, esa férrea mujer a quien todavía se puede intentar enamorar en medio de esa lucha descarnizada. Habla un soldado, un tanto temeroso, acercándose a esta una mujer icono para el feminismo ulterior:
“Me llamo Rafael Galán —dijo el oficial, sonriente, con la forja en la mano—. Vengo a platicar con usted. ¿Me lo permite? La luna invita a detenerse aquí, en esta puerta, donde una mujer se adormece con un cigarrillo en los labios. Mire la luna. Piense en su primer novio. Usted ha amado. Todos amamos, aunque sea un imposible.”
A pesar de que el valor de la mujer es casi nulo en la mayoría de los textos sobre la revolución mexicana, es importante mencionar que en la obra de Campobello hay motivaciones para lograr la igualdad entre los géneros. Pocas, sí, pero existen. El texto de “Nacha Ceniceros” así lo demuestra.

“Junto a Chihuahua, un gran campamento villista. Todo está quieto y Nacha llora. Estaba enamorada de un muchacho coronel, de apellido Gallardo, de Durango. Ella era coronela y usaba pistola y tenía trenzas. Había estado llorando al recibir consejos de una soldadera vieja. Se puso en su tienda a limpiar su pistola; estaba muy entretenida cuando se le salió un tiro.
“En otra tienda estaba sentado Gallardo junto a una mesa y platicaba con una mujer; el balazo que se le salió a Nacha en su tienda lo recibió Gallardo en la cabeza y cayó muerto.
—Han matado a Gallardo, mi general.
Villa dijo despavorido:
—Fusílenlo.
—Fue una mujer, general.
—Fusílenla.
—Nacha Ceniceros.
—Fusílenla.
Lloró al amado, se puso los brazos sobre la cara, se le quedaron las trenzas negras colgadas y recibió la descarga.
“Hacía una bella figura, inolvidable para todos los que vieron el fusilamiento.
“Hoy existe un hormiguero en donde dicen que está enterrada”.
Sin embargo, en la segunda edición de “Cartucho”, la protagonista no muere, regresa a casa, como parte de un ritual por refrendar la posición de la mujer en la lucha revolucionaria: reconstruir la nación desde el origen, desde la seguridad del hogar.
“Estaba enamorada de un coronel de apellido Gallardo […] En otra tienda estaba sentado Gallardo junto a una mesa; platicaba con una mujer; el balazo que se le salió a Nacha en su tienda lo recibió Gallardo en la cabeza y cayó muerto […] pudo haberse casado con uno de los más prominentes jefes villistas, pudo haber sido de las mujeres más famosas de la revolución, pero Nacha Ceniceros se volvió tranquilamente a su hogar desecho y se puso a rehacer los muros.”
Nelly Campobello es la única mujer incluida en los cuatro volúmenes de “Novela de la Revolución Mexicana” realizada en 1958 por Antonio Castro Leal. Para él, “Cartucho” es un conjunto de versos sin rima. Un conjunto de relatos sobre la muerte y el amor. Para sus lectores, las narraciones de Campobello son música que seduce, que sonoriza el entorno mientras se lee, como lo pedía Juan José Arreola, en voz alta.
Nelly Campobello, una referencia necesaria y gratificante para conocer el otro lado de la Revolución Mexicana.
AM.MX/fm

Falta de Espíritu Scout de Jorge Ibargüengoitia

Falta de Espíritu Scout
Jorge Ibargüengoitia
-Si tu vas al Jamboree -me dijo el maestro Nicodemus-, yo no voy.
Yo lo miraba estúpidamente. Nunca me imaginé que se fuera a poner así.
-Eres un anarquista y vas a fomentar el desorden- explicó Nicodemus.
Estábamos parados frente a la reja del elevador, en el edificio de 16 de Septiembre
en donde estaban las oficinas de la Asociación de Scouts de México, de la Liga de la
Decencia y de los Fraccionamientos Lanas.
Nicodemus era el Jefe de la Delegación Mexicana al Jamboree; yo era… nomás yo,
que entonces tenía diecinueve años y ganas de ir al Jamboree.
Después de decir la frase que anoté allá arriba, Nicodemus cambió de brazo el
portafolio y entró en el elevador.
Yo había conocido a Nicodemus siete años antes, cuando entré en los Scouts. El
era Jefe del Grupo III.
Yo venía de una escuela de barbajanes, plagada de hijos de la mano izquierda de
generales de división, de libaneses recién llegados del Golfo y de judíos gigantescos,
que venían huyendo de Hitler y que nos golpeaban cuando nos reíamos en filas, porque
creían que nos burlábamos de ellos.
Lo que más me gustó del Grupo III es que parecía escuela de señoritas. Había sido
fundado por los hermanos maristas en una escuela marista. Era un grupo de niños
decentes y bien portados; Nicodemus, que era el jefe en aquel entonces, no era hermano
marista, pero había estudiado con ellos y daba clase en una de sus escuelas. Nadie decía
una mala palabra, en las juntas nos enseñaban a curar heridos, a hacer nudos y a
comunicarnos por medio del Semáforo y de la Clave Morse; de vez en cuando, se leía
el Evangelio y alguien tenía que comentarlo. Un domingo de cada mes había Misa
Scout; íbamos uniformados al Hospital de la Luz y en la capilla, el padre Fanales,
nuestro capellán, decía misa y nos echaba un fervorín escultista. Cada patrulla tenía un
local, atestado de los cachivaches que los Scouts sacaban de sus casas. En esos locales
se hacían juntas en las que no sucedía nada importante, pero eran bastante divertidas.
Cada quince días había excursión, una vez al mes, campamento y una vez al año, ”
campamento de topografía “. Estábamos levantando el plano del Valle de los Dos Ríos,
no sé con qué objeto, valiéndonos de varios instrumentos rústicos; una horqueta y dos
ligas, una botella, una pica grabada a modo de baliza, etcétera.
Cuatro meses después de mi ingreso tuve la primera dificultad con Nicodemus.
Me habían llevado, como un favor muy especial, porque era muy chico, a un viaje que
hicieron “los grandes” a Jalapa y Veracruz. El viaje duró ocho días y costó cuarenta
pesos por cabeza; todo incluido: pasajes, hoteles, comida y hasta un peine que le traje a
mi mamá. Eramos cuatro: Nicodemus, Julio Pernod, que era el Jefe de Tropa, el
Licenciado Cabra y yo.
Pues sucedió que en Jalapa, un día que estaba lloviendo, nos metimos en un cine a
ver Raffles y esa noche, Julio Pernod y yo, que éramos cineastas consumados, la
pasamos hablando primores de Olivia de Havilland y no dejamos dormir a Nicodemus,
que amaneció de un humor de perros. Esto fue el prólogo. La culminación vino en
Veracruz, cuando Julio Pernod y yo nos negamos a ir a una expedición cinegética,
alegando que sólo teníamos un arma, el .22 del Licenciado Cabra, quien era capaz de
pasarse toda una tarde balaceando pelícanos, sin hacer un blanco, ni soltar el rifle. Nos
separamos en dos grupos y Julio Pernod y yo nos fuimos al cine a ver una película de
Carol Landis. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa, al ver, cuando se encendieron las luces
en el entreacto, que en el anfiteatro estaban Nicodemus y Cabra, que se habían aburrido
de tirar balazos!
Cuando regresamos a México, Nicodemus, que era un tarasco marrullero, hizo que
el guía de mi patrulla me obligara a pedirle disculpas ( a Nicodemus ) por mi
indisciplina. Según él, yo había incitado a Julio Pernod, que era un retrasado mental de
25 años (yo tenía doce), a irse al cine a ver una película de Carol Landis, “causando la
división del grupo expedicionario”.
Yo estaba muy aturdido y pedí disculpas. Pero esto no fue más que el principio de
la descomposición del Grupo III.
En los cinco años siguientes, Nicodemus renunció cinco veces, cinco veces le
pedimos perdón y le rogamos que no se fuera, y cinco veces accedió a nuestra petición
y se quedó. Durante esos años, fui acusado por Nicodemus de “formar una hegemonía
dentro del Grupo”, de “fomentar en los muchachos la ley del menor esfuerzo”, de
“beber rompope para celebrar el triunfo en una competencia”, etc.
Por eso cuando en 1947 pedí permiso para ir al Jamboree, Nicodemus dijo:
-Si tú vas al Jamboree, yo no voy, eres un anarquista y vas a fomentar la
indisciplina.
Jamboree, que quiere decir “junta de las tribus” en uno de esos idiomas que nadie
conoce, es en realidad una reunión internacional de Boy Scouts. El de Moissons, en
Francia, ha sido el más importante en la historia de los Scouts, porque la guerra
acababa de pasar y no se reunían desde 1936.
Los franceses prepararon, a orillas del Sena y a unos cien kilómetros de París, un
campo que podía recibir a cuarenta mil scouts de todo el mundo. El gobierno británico
destinó un crucero para transportar las delegaciones de las partes más lejanas del
Imperio; los scouts americanos fletaron un barco para transportar su delegación, que era
una de las más numerosas; los scouts marinos de Inglaterra, Holanda y Noruega
anunciaron que llegarían hasta el campamento en embarcaciones tripuladas por ellos
mismos y tres grupos de scouts aéreos, que aterrizarían con sus planeadores a poca
distancia; los scouts españoles, que eran republicanos y funcionaban ilegalmente, iban a
cruzar los Pirineos a pie, porque la frontera estaba cerrada, etc.
En un principio se decidió que la Delegación que iba a representar a México en el
Jamboree, debería estar formada por la flor y nata de los scouts, es decir, por los
cincuenta mejores scouts de México. Pero había un problema. Como los scouts eran en
esa época una organización muy independiente y bastante miserable, cada cual tendría
que pagar sus gastos. En consecuencia, el “contingente” iba a estar formado, no por los
cincuenta mejores, sino por los cincuenta mejores, de entre los más ricos. Urgía pues,
saber cifras, ¿cuánto iba a costar el viaje?
La tarea de organizar la Delegación fue encargada a dos personas: don Juan Lanas
y Nicodemus, que eran respectivamente Jefe Scout Nacional y Jefe de la Delegación
Mexicana. Don Juan era el encargado del transporte y Nicodemus del adiestramiento.
Nicodemus trataba, sobre todo, de llevar un contingente que fuera no sólo
disciplinado, sino dócil, porque había un antecedente fatídico: En la Delegación
Mexicana que fue al Jamboree de Holanda, en 1936, se había producido una verdadera
revolución que después se convirtió en cisma. Durante seis años hubo en México dos
Asociaciones de Scouts: los “reconocidos por Londres” y los “disidentes”. La
revolución había estallado porque el Jefe de la Delegación Mexicana, Ingeniero Don
Jorge Nóñez, había llevado un colchón neumático, que los scouts tenían que inflar cada
noche.
No sé quién hizo los primeros cálculos, ni en qué se basó para hacerlos, pero
corrió la voz de que el viaje a Europa, de tres meses, incluyendo estancia en el
campamento, estancia en París, visita de los castillos del Loire, viaje a Italia, Bendición
Papal, etc., iba a costar ¡mil quinientos pesos!
Por supuesto que se inscribieron muchísimos. Entre ellos, yo. Fue cuando
Nicodemus me dijo:
-Si tú vas, yo no voy. Etc.
Ahora bien, don Juan Lanas tenía la mala costumbre de hacer viajes a cualquier
parte y con cualquier pretexto y después pasarle la cuenta a la Asociación y cargarla en
la lista de donativos. Cada año, en la Asamblea, en el Informe del Tesorero aparecía
que don Juan había regalado a la Asociación miles de pesos que él mismo había gastado
en viajes de placer.
Uno de estos viajes de placer, lo hizo don Juan a Nueva York, dizque para
averiguar cuáles eran los medios de transporte más convenientes. Digo que fue de
placer, porque regresó con la noticia de que los barcos no existían y de que había que
hacer el viaje en avión.
A todo esto, Nicodemus, que en su vida había puesto un pie fuera de México,
había decidido deslumbrar a los europeos con los sarapes de Saltillo, los chiles
jalapeños, El caminante del Mayab y la Danza de los Viejitos. Los cincuenta elegidos,
tenían que juntarse dos veces por semana en la Y.M.C.A. a cantar canciones mexicanas
y a dar taconazos, bajo la dirección del Profesor Urchedumbre, que era especialista en
folklore.
La tristeza que me dio no ser aceptado en el “contingente”, se me quitó cuando
don Juan regresó de Nueva York. Como la Delegación tenía que irse en avión, las cifras
se modificaron. El costo del viaje pasó, de mil quinientos a tres mil, de tres mil a cinco
mil quinientos y de allí a seis mil. Simultáneamente, el número de asistentes pasó, de
cincuenta a veintitrés y de allí a doce, y eso, contando a dos que se orinaban en la cama.
Manuel Felguérez había sido de los elegidos que ensayaban la Danza de los
Viejitos, pero no tenía seis mil pesos. Fue él quien decidió hacer otra Delegación
Mexicana al Jamboree, formada por él y yo.
-Podemos irnos en un barco de carga -me dijo, un día que estábamos tomando el
sol en la Y.M.C.A.
En ese momento se me ocurrió una idea que ahora parece muy sencilla, pero que a
nadie se le había ocurrido: ir a Wagons-Lits Cook.
Así fue como Felguérez y yo descubrimos en la Avenida Juárez lo que don Juan
Lanas no había descubierto en Nueva York: había un barco, que había sido transporte
de tropas y que estaba destinado a llevar turistas a Europa y a traer inmigrantes a los
Estados Unidos. Iba de Nueva York a Southampton y El Havre y el pasaje costaba
quinientos cincuenta pesos mexicanos. Con un par de telegramas conseguimos pasajes
en el S.S. Marine Falcon, que salía de Nueva York el primero de agosto. El Jamboree
comenzaba el día seis.
Ya con los pasajes en la mano, fuimos al despacho de don Juan Lanas, le
contamos que íbamos a San Antonio, Texas, y le pedimos una carta de presentación
para los scouts de allá. Don Juan, en parte por holgazán y en parte por no saber con
quién trataba, nos dijo que dictáramos la carta a la secretaria y que él la firmaría.
Huelga decir que la carta que firmó don Juan decía que Felguérez y yo éramos sus
hijos muy amados y que él se hacía responsable de cualquier iniquidad que
cometiéramos en el extranjero.
Pero del plato a la boca se cae la sopa. Dos días antes de salir de México nos
topamos con don Juan y el Padre Fanales en el Consulado de Francia. Estábamos
recogiendo visas. Nosotros, las nuestras, y ellos, las de la Delegación Mexicana.
Don Juan se puso furioso:
-¿No me dijeron que iban a San Antonio? ¡Me han engañado! Yo les di aquella
carta creyendo que los Ibargüengoitia eran gente decente.
Dijo esto porque había conocido a un tío mío que era Caballero del Santo
Sepulcpo.
EL Padre Fanales nomás movía la cabeza. Después comentó con alguien el suceso
y dijo algo que significaba que Felguérez y yo éramos “llevados de la mala”, pero que
en sus labios sonaba como que estábamos poseídos del Demonio.
-¡Devuélvanme mi carta hoy mismo! -terminó diciendo don Juan.
Por supuesto que no se la devolvimos. Felguérez llamó por teléfono a varios de los
que querían ir al Jamboree y no tenían seis mil pesos, y les dijo que habíamos
encontrado medios de transporte que permitían reducir el precio del viaje a la mitad.
Se armó un jaleo. El Consejo Nacional tuvo una junta de emergencia, en la que se
acusó a Nicodemus de incompetencia y a don Juan de estulticia.
Al día siguiente la secretaria de la Asociación habló por teléfono.
-Que pasen a canjear la carta de presentación por una Carta Internacional -dijo.
La Carta Internacional era el documento que lo acreditaba a uno como “delegado”
al Jamboree. Felguérez y yo dábamos saltos de gusto.
Don Juan nos recibió con cara de “esta tacita que se rompió, ya nunca se volverá a
pegar”. Le entregamos la carta de presentación.
-Denme ustedes los datos de ese barco que dicen que va a Europa. Son muy
interesantes.
Le dimos los datos del S.S. Marine Falcon y él los apuntó en un papelito.
Nosotros estábamos esperando a que nos diera nuestra Carta Internacional.
-La Carta Internacional -nos dijo Don Juan-, se las mandaré a Nueva York, porque
tiene que ir firmada por el Consejo Nacional.
Nosotros le creímos y esa noche salimos rumbo a Nueva York en Transportes del
Norte. Al día siguiente, cuando íbamos llegando a Laredo, nunca hubiéramos
imaginado que en esos momentos estábamos siendo juzgados, en ausencia, por un
tribunal compuesto por Julio Pernod, el Licenciado Cabra y el joven Alhóndiga,
pasante de Derecho. El fiscal fue Nicodemus y no tuvimos defensor. La acusación fue
“falta de Espíritu Scout”. Fuimos declarados culpables y expulsados del Grupo III y por
consiguiente, de la Asociación de Scouts de México.
Cuando Felguérez y yo subimos la pasarela del S.S. Marine Falcon, encontramos
a quince scouts mexicanos que habían aprovechado nuestro hallazgo. Estaban bajo el
mando de Germán Arechástegui, uno de los personajes míticos del escultismo
mexicano; se decía que era capaz de caminar tres días sin comer otra cosa que pinole.
También venían el Chino Aguirrebengurren y el señor Bronson, dos viejos scouts que
estaban aprovechando la coyuntura para darse una vueltecita por Europa. El Chino
Aguirrebengurren nos dio la mala noticia: para nosotros no había Carta Internacional,
porque habíamos sido expulsados de la Asociación. Cuando ya creíamos que nos iban a
tratar como apestados, apareció el señor Bronson y al ver que estábamos vestidos de
civiles, dijo en voz de trueno:
-¿Qué esperan para uniformarse?
Así acabó la discriminación. A pesar de que legalmente Nicodemus había
triunfado en toda la línea, nadie nos trató como “expulsados”.
El Marine Falcon casi ni parecía barco. El castillo de proa era muy chico y el de
popa nunca lo encontramos; tampoco encontramos la chimenea. Por dentro era todo
pasillos y escaleras y por fuera era como una cazuela. Los pasillos y las escaleras iban
de los dormitorios a los botes salvavidas y viceversa. Los dormitorios tenían sesenta
literas. Los excusados estaban en la proa y no tenían puertas, así que en las mañanas
nos sentábamos veintitantos a mirarnos las caras, como los canónigos en el coro.
Todavía a la vista de Manhattan, el S.S. Marine Falcon empezó a hundirse.
Bajamos a la Cubierta F y encontramos los colchones flotando. Las máquinas pararon
y el Capitán estuvo tratando de localizar, por medio de los altavoces, al jefe de
mecánicos. Cuando nos fuimos a acostar, todavía estábamos al pairo, a la vista de
Nueva York.
En los dormitorios no había ni día ni noche, porque no tenían ventanas y las luces
nunca se apagaban. No se oía más que el ruido de los ventiladores y los ronquidos de
los pasajeros. Pero cuando desperté y salí a cubierta, el sol había salido y el barco
navegaba alegremente en alta mar.
Al segundo día de viaje, el scout San Megaterio fue iniciado en los misterios del
sexo por una inglesita de catorce años. Al tercero, el scout apodado La Campechana se
hizo novio de una americana. Al cuarto, el scout apodado el Matutino fue seducido por
una joven inglesa. Al sexto , corrió la voz de que el scout Chateaubriand había sido
seducido por un pastor protestante. Al séptimo, nuestro barco entró en la bahía de Cobh
y encalló al tratar de cederle, galantemente, el paso al S.S. America : hubo que esperar
la siguiente marea para ponerlo a flote. Al octavo, llegamos a Southampton y el
Matutino fue degradado por fornicar con el uniforme puesto. Al noveno día llegamos a
El Havre.
Un señor con fedora y redingote, que era el jefe de los scouts de El Havre, nos
informó a Felguérez y a mí, que no hacía falta Carta Internacional para acampar en el
Jamboree, bastaba con tener ganas de hacerlo y dinero para inscribirse.
Antes de abordar el tren de Rouen, Germán Arechástegui nos advirtió:
-Recuerden que están en Francia. Nunca toquen con las nalgas la tapa de un
excusado, porque pescan una sífilis.
El Jamboree era un pueblo enorme, con tiendas de campaña en vez de casas y
scouts en vez de habitantes. Había zonas comerciales, restaurantes, puesto de
bomberos, unos excusados públicos de cartón que al octavo día empezaron a disolverse,
iglesias de todas las creencias, etc. Había scouts zapateros, scouts armeros, scouts
plomeros, scouts bomberos, scouts intérpretes y scouts policías. Había scouts
estafadores, como un viejo eclaireur que nos compró dos dólares al cambio oficial.
Felguérez y yo acampamos en el Campo del Zodiaco, que era el lugar de los
scouts irregulares y la Capua del Jamboree. Junto a nosotros estaban los españoles, que
eran unos vejestorios de treinta y tantos, que sabían de memoria las obras completas de
Cantinflas; un poco más lejos estaban los turcos, que eran muy perseguidos por
Mustafá Kemal; había scouts austriacos, alemanes desnazificados, persas, kurdos y un
japonés.
Como las tiendas estaban bajo un bosque de encinos y los encinos llenos de
orugas, los scouts estaban llenos de ronchas. Pero ésa fue la única molestia, porque
unas girl guides francesas cocinaban y lavaban la ropa y la remendaban si uno se lo
pedía. Lo único que tuvimos que hacer fue montar la tienda. Pasábamos el tiempo
panza arriba, platicando con los españoles, viajando en el ferrocarrilito que circundaba
el Jamboree, nadando en el Sena y visitando los demás campos.
Nicodemus las había pasado negras. En la entrada del campo mexicano, había
hecho, con muchos trabajos, un armazón que figuraba el perfil de una pirámide
teotihuacana y la había cubierto con sarapes de Saltillo. Cuando Germán Arechástegui
vio la portada, no comentó nada. Se limitó a cortar las cuerdas de un nudo vital y la
estructura se vino abajo y con ella, el prestigio de su constructor. Por otra parte, los
scouts que viajaron en barco contaron con tanto entusiasmo sus experiencias sexuales a
los que viajaron en avión, que los hicieron sentirse estafados. ¿Estafados por quién?
Por Nicodemus. Se había descubierto que la Compañía Mexicana de Aviación había
regalado un pasaje de ida y vuelta: el de Nicodemus. Por último, tenía el problema de la
alimentación.
La dieta del Jamboree consistía en carne, papas, zanahorias, chocolate, pan y
mantequilla. La carne era dura y parecía curtida; venía de un animal desconocido en
América; había que ponerla a cocer a las siete de la mañana para que estuviera
masticable a las seis de la tarde. Para esas horas, las papas y las zanahorias se habían
convertido en una especie de bolo alimenticio. Hubo scouts que no salieron del
campamento por estar atizando el fogón, hubo otros que aprendieron a comerse las
papas crudas; pero todos estaban de mal humor, porque la comida era mala. ¿Quién
tenía la culpa de que la comida fuera mala? Nicodemus, por supuesto.
Cuando Felguérez y yo íbamos de visita al campamento, Nicodemus nos miraba
como si fuéramos transparentes.
Al medio día, el campo mexicano presentaba el siguiente aspecto: había tres o
cuatro scouts tratando de cocinar, otros tantos, tratando de dormir a la sombra de las
tiendas, los demás estaban sentados en semicírculo, como yogas, frente a unos
montoncitos de sarapes de Saltillo, de fajillas de indios chamulas, de sombreros de
charro, etc., en espera de algún scout europeo que cambiara estas cosas por una cámara
fotográfica, un reloj de pulsera, un radio de pilas, etc. Se habían cambiado los papeles.
Ahora los mexicanos llevaban las baratijas y los europeos se deslumbraban con ellas.
Nicodemus había invitado al Coronel Wilson a tomar con los mexicanos el
penúltimo almuerzo del Jamboree. Para esa solemnidad había preparado un menú
consistente en mole poblano, frijoles refritos, chiles jalapeños y chongos zamoranos.
Quiso su mala suerte que dos días antes del banquete, nos viniera a Felguérez y a
mí la nostalgia de la comida mexicana. Estuvimos bastante rato diciendo:
-Unos tacos de carnitas.
-Unos frijoles refritos.
-Unos huevos rancheros.
Etc.
Así platicando, llegamos al campo mexicano. Ya había oscurecido y los scouts se
habían ido a las fogatas. Sólo encontramos a La Campechana que estaba cocinando una
sopa de avena y jitomate de lata. Con él seguimos la conversación.
-Unos tacos de cabeza.
-Unas quesadillas de huitlacoche.
Al poco rato, no pudimos más y caímos sobre la despensa de Nicodemus.
En el banquete que la Delegación mexicana ofreció al Coronel Wilson, se
sirvieron sardinas de lata y pan con mantequilla.
Pero si este episodio fue ridículo, cuando menos quedó en familia. Malo, el día en
que los mexicanos, dirigidos por Nicodemus, cantaron El caminante del Mayab ante
cuatro mil espectadores. Y peor, todavía, la Danza de los Viejitos. De nada sirvieron
los ensayos con el Profesor Urchedumbre, que habían sido con iluminación eléctrica,
tablado y música de disco. En el Jamboree no hubo ninguna de las tres cosas.
La cosa salió tan mal, que Felguérez y yo, que estábamos a cien metros, nos
moríamos de vergüenza. Germán Arechástegui tocó una chirimía; como no había
tablado, no se oían los pasos y nadie llevaba el compás; se fueron unos contra otros.
Afortunadamente, con los zapatazos se levantó tal nube de polvo, que cubrió a los
ejecutantes y nadie vio el final de la representación.
Cuando se retiraron los mexicanos, entraron al escenario los neozelandeses e
hicieron una danza maorí. El scout que estaba junto a mí, me preguntó si esos eran los
mexicanos. Por puro amor patrio le contesté que sí.
Felguérez y yo nos fuimos a París dos días antes que la Delegación Mexicana. Al
día siguiente, por un asunto relacionado con el Mercado Negro, tuvimos que regresar al
Jamboree y por culpa de los ferrocarriles, no pudimos regresar a París en la noche.
¿Qué hacer? No teníamos tienda de campaña y estábamos en camisa. Fuimos a ver a La
Campechana, que era muy generoso, corrió al scout Chateaubriand de la tienda, le quitó
una cobija al scout San Megaterio y así pasamos la noche: en el lugar de Chateaubriand
y con la cobija de San Megaterio.
A las seis y media de la mañana, despertó Nicodemus con las dianas; se puso su
gorro de piel de conejo y salió de su tienda gritando:
-¡Arriba todo el mundo, que hay que levantar el campamento!
Y fue a despertar a los perezosos.
Felguérez y yo nos tapamos la cara con la cobija de San Megaterio. Oíamos la voz
de Nicodemus, que se acercaba:
-¡Pronto! ¡Arriba! ¡Prontito! ¿Qué haces aquí Chateuabriand? ¡Pronto! ¡Arriba! –
para terminar con la frase más teatral que he oído- : ¡Manuel! ¡Jorge! ¿Ustedes aquí?
Se puso furioso y fue a regañar a La Campechana. Le dijo que iba a procesarlo por
falta de espíritu scout.
Felguérez y yo ayudamos a levantar el campo y a cargar los trebejos hasta la
estación de ferrocarril. En esta operación estábamos, cuando cayó un aguacero que nos
empapó.
Felguérez y yo subimos en el tren hechos una miseria; los demás llevaban
impermeables. Nicodemus tuvo el único gesto amable de muchos meses.
-Te vas a resfriar- me dijo, y me prestó su suéter.
Cuando llegamos al Refugio Scout que había en París, que estaba en el Local de
La Exposición, cerca de la Puerta de Versalles, Nicodemus, en uno de los pocos
momentos democráticos de su vida, reunió a los que se habían ido en avión y les dijo:
-He sabido que algunos están inconformes con el viaje que hicimos en avión.
Levanten la mano los que quieran regresar en barco.
Todos levantaron la mano. Nicodemus contempló por un momento aquel bosque
de manos levantadas y después dijo:
-Bueno, pues los que vinieron en barco, regresan en barco y los que vinieron en
avión, aunque quieran regresar en barco, regresan en avión. ¿Que por qué? Porque yo
digo. Porque yo soy el Jefe de la Delegación y porque ustedes no tienen todavía
veintiún años, ni criterio formado, ni capacidad para decidir por cuenta propia.
Y regresaron en avión.
La Ley de Herodes

La Sirena de la niebla de Ray Bradbury

Allá afuera, en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y llegó, ya aceitamos la maquinaria de bronce y encendimos el faro
de niebla en lo alto de la torre. Sintiéndonos como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos la luz que exploraba, roja, luego blanca, pero roja otra vez, en
busca de los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, siempre estaba nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena que temblaba entre los jirones de niebla y sobresaltaba a las gaviotas, que se alejaban como mazos de barajas desparramadas, y hacía que las olas crecieran y espumaran.
—Es una vida solitaria, pero ya te has acostumbrado
¿no? —preguntó McDunn.
—Sí —dije—. Gracias a Dios, usted es un buen conversador.
—Bueno, mañana te toca ir a tierra —dijo, sonriendo—, a bailar con las muchachas y tomar ginebra.
—McDunn, ¿en qué piensa cuando lo dejo solo aquí?
—En los misterios del mar.
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McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de
una fría tarde de noviembre. La calefacción funcionaba,
la luz movía su cola en doscientas direcciones y la sirena
zumbaba en la alta garganta de la torre. No había ni un
pueblo en ciento cincuenta kilómetros de costa; solamente un camino solitario que cruzaba los campos muertos
y llegaba al mar llevando pocos autos, tres kilómetros de
frías aguas hasta nuestra roca y unos pocos barcos.
—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativo—. ¿Sabes que el océano es el más extraño copo de nieve que ha existido? Se mueve y se hincha con mil formas
y colores y no hay dos parecidos. Es extraño. Una noche,
hace años, estaba aquí, solo, cuando todos los peces del
mar salieron a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en la bahía, temblorosos, mirando fijamente
la luz del faro roja, blanca, roja, blanca, iluminándolos,
de modo que pude ver sus extraños ojos. Me quedé frío.
Eran como una enorme cola de pavo real, que se agitó allí
hasta la medianoche. Luego, sin hacer el menor ruido, desaparecieron; un millón de peces desapareció. A veces pienso que, quizá, de alguna forma, habían recorrido todos
esos kilómetros para orar. Es extraño. Pero pienso que la
torre debe impresionarlos, alzaba veinte metros por encima del mar, y la luz-Dios que sale del faro y la torre que se
anuncia con su voz monstruosa. Esos peces nunca volvieron, pero ¿no crees que por unos instantes creyeron estar
en presencia de Dios?
Me estremecí. Miré hacia las largas y grises praderas
del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la
nada.
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—Oh, el mar está lleno —McDunn chupó su pipa
nervioso, y parpadeó. Había estado nervioso todo el día,
pero no había dicho por qué—. A pesar de todas nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez
mil siglos antes de que pisemos realmente el fondo de las
tierras sumergidas, el reino de las hadas que hay allí y
conozcamos el verdadero terror. Piénsalo: allí es todavía
el año 300000 antes de Cristo. Mientras nosotros nos
pavoneamos con trompetas, y nos arrancamos las cabezas y los países unos a otros, ellos han vivido a dieciocho
kilómetros de profundidad bajo las aguas, en el frío, en
un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.
—Sí. El mundo es muy viejo.
—Ven. Tengo algo especial que te he estado reservando.
Subimos los ochenta escalones, hablando y tomándonos nuestro tiempo. Arriba, McDunn apagó las luces del
cuarto para que no hubiese reflejos en el cristal cilíndrico. El gran ojo de luz zumbaba y giraba suavemente sobre
sus cojinetes aceitados. La sirena gritaba regularmente
una vez cada quince segundos.
—Parece un animal, ¿no es cierto? —McDunn se aprobó a sí mismo—. Un enorme animal solitario que grita en
la noche. Sentado aquí, al borde de diez millones de años,
y llamando al abismo: estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y
el abismo responde; sí, lo hace. Ya llevas tres meses aquí,
Johnny, de modo que es mejor que estés preparado. En
esta época del año —dijo, mientras estudiaba la oscuridad
y la niebla—, algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces de que me habló?
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—No. Esto es otra cosa. No te lo había dicho porque
hubieras pensado que estoy loco. Pero ya no puedo postergarlo, porque, si el año pasado marqué bien mi calendario,
vendrá esta noche. No voy a entrar en detalles; ya lo verás
tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, puedes hacer
el equipaje y tomar la lancha y recoger el coche que tienes
estacionado en el muelle y dirigirte a algún pueblecito situado tierra adentro y mantener la luz encendida durante
la noche. No te preguntaré nada ni te culparé. Ya ha sucedido en los últimos tres años, y ésta es la primera vez que
hay alguien aquí para comprobarlo. Espera y vigila.
Pasó media hora en que sólo murmuramos unas pocas palabras. Cuando la espera empezó a fatigarnos, McDunn empezó a describirme algunas de sus ideas. Tenía
teorías acerca de la sirena.
—Un día, hace muchos años, llegó un hombre y escuchó el sonido del mar en una costa fría y sin sol y dijo:
“Necesitamos una voz que llame a través del mar, que advierta a los barcos. Yo haré una. Haré una voz que será
como todo el tiempo y toda la niebla que han existido.
Haré una voz que será como una cama vacía a tu lado durante toda la noche, y como una casa vacía cuando abres
la puerta, y como los árboles deshojados del otoño. Un
sonido como el de los pájaros cuando vuelan hacia el sur,
gritando, y un sonido como el del viento de noviembre y
el del mar en una costa dura y fría. Haré un sonido tan
desolador que nadie podrá dejar de oírlo, que todos cuantos lo oigan llorarán y que hará que los hogares parezcan
más tibios y que la gente se alegre de estar dentro de casa
en los pueblos distantes. Haré un sonido y un aparato y
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lo llamarán una sirena y quienquiera que lo oiga sabrá
que la eternidad es triste y la vida es breve”.
La sirena llamó.
—Inventé esa historia —dijo McDunn en voz baja—
para explicar por qué esta cosa vuelve al faro todos los
años. Creo que la sirena la llama y viene…
—Pero… —dije yo.
—Chist… —dijo McDunn—. ¡Allí!
Señaló al abismo.
Algo venía nadando hacia el faro.
Como ya dije, era una noche fría. La torre estaba
fría, la luz iba y venía y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de niebla. Uno no podía ver muy lejos ni
muy claro, pero allí estaba el mar profundo, viajando
alrededor de la noche, plano y silencioso, del color del
barro gris, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la
alta torre, y allá, lejos al comienzo, se elevó una onda,
seguida por una ola, un alzamiento del agua, una burbuja, un poco de espuma. Y entonces de la superficie del
frío mar surgió una cabeza, una enorme cabeza oscura, con ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego, no un
cuerpo, sino ¡más y más cuello! La cabeza se levantó sus
buenos doce metros sobre la superficie, apoyada en un
esbelto y hermoso cuello oscuro. Y sólo entonces, como
una islita de coral negro y conchas y cangrejos, el cuerpo surgió de las profundidades. La cola era apenas un
destello. En conjunto, calculé que el monstruo medía
veinticinco o treinta metros de longitud desde la cabeza
hasta la punta de la cola.
No sé qué dije. Dije algo.
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—Calma, muchacho, calma —susurró quedamente
McDunn.
—Es imposible —dije.
—No, Johnny. Nosotros somos imposibles. Eso es lo
que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Somos nosotros y la tierra los que hemos cambiado, lo que
se ha vuelto imposible. ¡Nosotros!
Nadaba lentamente, grande, oscuro, majestuoso en las
aguas heladas, a lo lejos. La niebla iba y venía a su alrededor, y borraba su contorno. Uno de los ojos del monstruo recogió y reflejó y devolvió nuestra inmensa luz, roja,
blanca, roja, blanca, como un disco elevado en el aire que
enviara un mensaje en un código primitivo. Era tan silencioso como la niebla en la que se desplazaba.
—¡Es una especie de dinosaurio!
Me agaché y me agarré del barandal de la escalera.
—Sí, uno de la tribu.
—Pero ¡se extinguieron!
—No. Se ocultaron en el abismo. En lo más profundo
del más abismal abismo. Ésa sí que es una palabra, Johnny,
una verdadera palabra… dice mucho: el abismo. En una
palabra así están toda la frialdad y la oscuridad y la profundidad del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Hacer? Éste es nuestro trabajo, no podemos marcharnos. Además, estamos más seguros aquí que en cualquier embarcación que pudiera llevarnos a la costa. Eso
es tan grande como un destructor y casi tan veloz.
—Pero ¿por qué viene aquí?
Enseguida tuve la respuesta.
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La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.
Un grito atravesó un millón de años de agua y niebla.
Un grito tan angustioso y solitario que tembló en mi cabeza y en mi cuerpo. El monstruo le gritó a la torre. La
sirena sonó. El monstruo abrió su gran boca dentada, y el
sonido que salió de allí era el mismo sonido de la sirena.
Solitario y vasto y lejano. El sonido de la desolación, de
un mar ciego, de una noche fría, del aislamiento. Así era
el sonido.
—Ahora —susurró McDunn—, ¿comprendes por qué
viene aquí?
Asentí.
—Durante todo el año, Johnny, ese pobre monstruo
yace a lo lejos, mil kilómetros mar adentro y a treinta kilómetros de profundidad, quizá, soportando el paso del
tiempo. Quizá esta criatura tenga un millón de años. Piensa: esperar un millón de años. ¿Podrías tú esperar tanto?
Quizá es el último de su especie. Debe de ser eso. En cualquier caso, vienen unos hombres de la tierra y construyen
este faro, hace cinco años. E instalan la sirena, y la hacen
llamar y llamar y llamar hacia el lugar donde tú estabas,
enterrado en el sueño y el mar, en los recuerdos de un
mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo,
totalmente solo, en un mundo que no está hecho para ti,
un mundo donde tienes que ocultarte. Pero el sonido de la
sirena viene y se va, viene y se va, viene y se va, y te estremeces en el barroso fondo del abismo, y tus ojos se abren
como los lentes de una cámara de cincuenta centímetros,
y te mueves lenta, muy lentamente, porque tienes todo el
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peso del océano en tus hombros y es pesado. Pero la sirena
llega, a través de miles de kilómetros de agua, débil y familiar, y la caldera que hay en tu vientre gana presión, y empiezas a subir despacio, despacio. Te alimentas de bancos
de bacalaos y abadejos, de ríos de medusas, y te elevas lentamente durante el otoño, en septiembre, cuando comienzan las nieblas, en octubre, cuando hay más niebla aún y
la sirena sigue llamándote, y luego, a fines de noviembre,
después de adaptarte al cambio de presión, día tras día,
ganando unos pocos metros cada hora, estás cerca de la
superficie y aún estás vivo. Tienes que ir despacio. Si te
apresuras, estallas. De modo que necesitas tres meses para
llegar a la superficie, y luego unos cuantos días para nadar
por las frías aguas hasta el faro. Y allí estás, allá fuera, en
la noche, Johnny. Eres el más grande de los monstruos de
la creación. Y aquí está el faro, llamándote, con un cuello
largo como el tuyo saliendo del mar y un cuerpo como tu
cuerpo y, eso es lo más importante, una voz como la tuya.
¿Comprendes ahora, Johnny? ¿Comprendes?
La sirena llamó.
El monstruo respondió.
Lo vi todo. Lo supe todo. El millón de solitarios años
aguardando la vuelta de alguien que no volvió nunca.
El millón de años de aislamiento en el fondo del mar, la
locura que era el tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros-reptiles, las marismas se saneaban en
los continentes, los perezosos y los tigres dientes de sable
eran tragados por pozos de alquitrán y los hombres corrían como hormigas blancas por las colinas.
La sirena llamó.
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—El año pasado —dijo McDunn—, nadó y nadó y
nadó en círculos alrededor del faro toda la noche. No se
acercó mucho. Quizá estaba desconcertado. Quizá tenía
miedo. Y estaba un poco enfadado, después de un viaje tan
largo. Pero al día siguiente la niebla se levantó inesperadamente, salió el sol y el cielo estaba azul como en un cuadro.
Y el monstruo se alejó del calor y el silencio y no volvió.
Supongo que ha estado pensando en eso todo el año, pensándolo desde todos los puntos de vista posibles.
El monstruo estaba a cien metros ahora. Él y la sirena
intercambiaban gritos. Cuando la luz caía sobre ellos, los
ojos del monstruo eran fuego y hielo, fuego y hielo.
—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre hay alguien aguardando a alguien que nunca vuelve. Siempre
hay alguien que quiere algo que no le quiere. Y después
de un tiempo quieres destruir a ese otro, sea quien sea,
para que no pueda herirte más.
El monstruo se acercaba velozmente al faro.
La sirena llamó.
—Veamos qué ocurre —dijo McDunn.
Apagó la sirena.
En el minuto siguiente el silencio fue tan intenso que
podíamos oír los latidos de nuestros corazones contra los
cristales de la torre, podíamos oír el lento movimiento
aceitado de la luz.
El monstruo se detuvo y quedó inmóvil. Sus grandes
ojos de linterna parpadearon. Su boca se abrió. Emitió
una especie de ruido sordo, como el de un volcán. Torció
la cabeza hacia uno y otro lados, como si estuviera buscando los sonidos que se habían perdido en la niebla. EsLa sirena de la niebla
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cudriñó el faro. Emitió nuevamente el ruido sordo. Luego
sus ojos se inflamaron. Se incorporó, azotando el agua, y
se precipitó sobre la torre, sus ojos llenos de furia y dolor.
—McDunn —grité—. ¡Conecte la sirena!
McDunn buscó a tientas la llave. Pero antes de que pudiera conectarla, el monstruo se había erguido. Vislumbré
sus garras gigantescas con una brillante piel correosa entre los dedos, agarrando la torre. El enorme ojo que estaba
a la derecha de su angustiada cabeza brilló ante mí como
un caldero en el que podría haber caído, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó
el faro y arañó los vidrios, que cayeron, hechos trizas, sobre nosotros.
McDunn me agarró del brazo.
—¡Abajo! —gritó.
La torre se balanceaba, se tambaleaba y empezó a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi
caímos por la escalera.
—¡Aprisa!
Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba encima
de nosotros. Nos metimos, pasando por debajo de la escalera, en el pequeño sótano de piedra. Hubo un millar
de golpes, mientras llovían piedras. La sirena se detuvo
abruptamente. El monstruo se estrelló contra la torre. La
torre cayó. McDunn y yo, arrodillados, nos abrazamos
con fuerza mientras nuestro mundo estallaba.
Luego acabó todo, y no quedó más que la oscuridad y
el ruido del mar golpeando las rocas desnudas.
Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.
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Aguardamos un momento. Y luego comencé a oírlo. Al
principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del gran monstruo, doblado encima nuestro, apoyado en nosotros de modo que el
repugnante hedor de su cuerpo llenaba el aire a sólo diez
centímetros de distancia de nuestro sótano. El monstruo
jadeaba y gritaba. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La cosa que lo había llamado a través de
un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría
su boca y emitía grandes sonidos. Los sonidos de una sirena, una y otra vez. Y los barcos en altamar que no encontraban la luz, que no veían nada pero que oían, deben de
haber pensado: “Allí está. El sonido solitario, la sirena de la
bahía de la Soledad. Todo va bien. Hemos doblado el cabo”.
Y todo siguió así durante el resto de la noche.
El sol estaba tibio y amarillo la tarde siguiente, cuando
la patrulla de rescate nos desenterró del sótano cubierto de rocas.
—Se derrumbó, eso es todo —dijo el señor McDunn
gravemente—. Las olas nos golpearon con mucha fuerza y
se derrumbó.
Me dio un pellizco en el brazo.
No había nada que ver. El océano estaba en calma, el
cielo, azul. Lo único era el fuerte olor a algas que soltaba la
materia verde que cubría las piedras de la torre caída y las
rocas de la costa. Las moscas zumbaban. El océano vacío
lamía la costa.
El año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en
aquel entonces yo tenía un trabajo en el pueblecito y una
La sirena de la niebla
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esposa y una casita cálida que emitía un resplandor amarillo en las noches de otoño, con las puertas cerradas y la
chimenea humeando. En cuanto a McDunn, era el amo del
nuevo faro, que había sido construido, de acuerdo con sus
instrucciones, con cemento armado. “Por las dudas”, dijo.
El nuevo faro estuvo listo en noviembre. Una noche
fui solo en el auto y lo estacioné en la costa y miré las
aguas grises y oí la nueva sirena sonando una, dos, tres,
cuatro veces por minuto, sola, a lo lejos.
¿El monstruo?
Nunca volvió.
—Se ha marchado —dijo McDunn—. Volvió al abismo. Aprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se ha ido al abismo de los abismos, a esperar
otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá,
esperando y esperando, mientras el hombre va y viene
por este patético planeta. Esperando y esperando.
Me quedé sentado en el auto, escuchando. No podía
ver el faro ni la luz que se levantaba en la bahía de la Soledad. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena. Parecía el
monstruo, llamando.
Me quedé allí, deseando poder decir algo.

La señorita Julia de Amparo Davila

La señorita Julia, como la llamaban sus compañeros de oficina, llevaba más de un mes sin dormir, lo cual empezaba a dejarle huellas. Las mejillas habían perdido aquel tono rosado que Julia conservaba, a pesar de los años, como resultado de una vida sana, metódica y tranquila. Tenía grandes y profundas ojeras y la ropa se le notaba floja. Y sus compañeros habían observado, con bastante alarma, que la memoria de la señorita Julia no era como antes. Olvidaba cosas, sufría frecuentes distracciones y lo que más les preocupaba era verla sentada, ante su escritorio, cabeceando, a punto casi de quedarse dormida. Ella que siempre estaba fresca y activa. Su trabajo había sido hasta entonces eficiente y digno de todo elogio. En la oficina empezaron a hacer conjeturas. Les resultaba inexplicable aquel cambio. La señorita Julia era una de esas muchachas de conducta intachable y todos lo sabían. Su vida podía tomarse como ejemplo de moderación y rectitud. Desde que sus hermanas menores se habían casado. Julia vivía sola en la casa que los padres les habían dejado al morir. Ella la tenía arreglada con buen gusto y escrupulosamente limpia, por lo que resultaba un sitio agradable, no obstante ser una casa vieja. Todo allí era tratado con cuidado y cariño. El menor detalle delataba el fino espíritu de Julia, quien gustaba de la música y los buenos libros: la poesía de Shelley y la de Keats, los Sonetos del Portugués y las novelas de las hermanas Brontë. Ella misma se preparaba los alimentos y limpiaba la casa con verdadero agrado. Siempre se la veía pulcra; vestida con sencillez y propiedad. Debió de haber sido bella; aún conservaba una tez fresca y aquella tranquila y dulce mirada que le daba un aspecto de infinita bondad. Desde hacía algún tiempo estaba comprometida con el señor De Luna, contador de la empresa, quien la acompañaba todas las tardes desde la oficina hasta su casa. Algunas veces se quedaba a tomar un café y a oír música, mientras la señorita Julia tejía algún suéter para sus sobrinos. Cuando había un buen concierto asistían juntos; todos los domingos iban a misa y, a la salida, a tomar helados o pasear por el bosque. Después Julia comía con sus hermanas y sobrinos; por la tarde jugaban canasta uruguaya y tomaban el té. Al oscurecer Julia volvía a su casa muy satisfecha. Revisaba su ropa y se prendía los rizos.

Hacía más de un mes que Julia no dormía. Una noche la había despertado un ruido extraño como de pequeñas patadas y carreras ligeras. Encendió la luz y buscó por toda la casa, sin encontrar nada. Trató de volver a dormirse y no pudo conseguirlo. A la noche siguiente sucedió lo mismo, y así, día tras día… Apenas comenzaba a dormirse cuando el ruido la despertaba. La pobre Julia no podía más. Diariamente revisaba la casa de arriba abajo sin encontrar ningún rastro. Como la duela de los pisos era bastante vieja, Julia pensó que a lo mejor estaba llena de ratas, y eran éstas las que la despertaban noche a noche. Contrató entonces a un hombre para que tapara todos los orificios de la casa, no sin antes introducir en los agujeros un raticida. Tuvo que pagar por este trabajo 60 pesos, lo cual le pareció bastante caro. Esa noche se acostó satisfecha pensando que había ya puesto fin a aquella tortura. Le molestaba mucho, sin embargo, haber tenido que hacer aquel gasto, pero se repitió muchas veces que no era posible seguir en vela ni un día más. Estaba durmiendo plácidamente cuando el tan conocido ruido la despertó. Fácil es imaginar la desilusión de la señorita Julia. Como de costumbre revisó la casa sin resultado. Desesperada se dejó caer en un viejo sillón de descanso y rompió a llorar. Allí vio amanecer…

Como a las once de la mañana Julia no podía de sueño; sentía que los ojos se le cerraban y el cuerpo se le aflojaba pesadamente. Fue al baño a echarse agua en la cara. Entonces oyó que dos de las muchachas hablaban en el pasillo, junto a la escalera.

—¿Te fijaste en la cara que tiene hoy?

—Sí, desastrosa.

—No sé cómo puede presentarse a trabajar así, hasta un niño sospecharía…

— ¿Entonces tú también crees…?

—¡Pero si es evidente…!

—Nunca me imaginé que la señorita Julia…

—Lo que a mí me da coraje es que se haga pasar por una santa.

—A mí me da mucho dolor verla, la pobre ya no puede ni con su alma.

—¡Claro!, a su edad…

Julia sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza. Le comenzaron a temblar las manos y las piernas se le aflojaron. Le resultaba difícil entender aquella infamia. Un velo tibio le nubló la vista y las lágrimas rodaron por las mejillas encendidas.

La señorita Julia compró trampas para ratas, queso y veneno. Y no permitió que Carlos de Luna la acompa­ñara, porque le apenaba sobremanera que llegara a saber que su casa se encontraba llena de ratas. El señor De Luna podía pensar que no había la suficiente limpieza, que ella era desaseada y vivía entre alimañas. Colocó una ratonera en cada una de las habitaciones, con una ración de queso envenenado, pues pensaba que si las ratas lograban salvarse de la ratonera morirían envenenadas con el queso. Y para lograr mejores resultados y eliminar cualquier riesgo, puso un pequeño recipiente con agua, envenenada también, por si las ratas se libraban de la trampa y no gustaban del queso, pues imaginó que sentirían sed, después de su desenfrenado juego. Toda la noche escuchó ruidos, carreras, saltos, resbalones… ¡Aquellas ratas se divertían de lo lindo, pero sería su última fiesta! Este pensamiento le comunicaba algunas fuerzas y le abría la puerta de la liberación. Cuando el ruido terminó, ya en la madrugada, Julia se levantó llena de ansiedad a ver cuántas ratas habían caído en las ratoneras. No encontró una sola. Las ratoneras estaban vacías, el queso intacto. Su única esperanza era que, por lo menos, hubieran bebido el agua envenenada.

La pobre Julia empezó a probar diariamente un nuevo veneno. Y tenía que comprarlos en sitios diferentes y donde no la conocieran, pues en los lugares adonde había ido varias veces comenzaban a verla con miradas maliciosas, como sospechando algo terrible. Su situación era desesperada. Cada día sus fuerzas disminuían de manera notable. Había perdido su alegría habitual y la tranquilidad de que siempre había gozado; su aspecto comenzaba a ser deplorable y su estado nervioso, insostenible. Perdió por completo el apetito y el placer por la lectura y la música. Aunque lo intentaba, no podía interesarse en nada. Lo único que leía y estudiaba con desesperación eran unos viejos libros de farmacopea que habían pertenecido a su padre. Pensaba que su única salvación consistiría en descubrir ella misma algún poderoso veneno que acabara con aquellos diabólicos animales, puesto que ningún otro producto de los ordinarios surtía efecto en ellos.

La señorita Julia se había quedado dormida. Alguien le tocó suavemente un hombro. Despertó al instante, sobresaltada.

—El jefe la llama, señorita Julia.

Julia se restregó los ojos, muy apenada, y se empolvó ligeramente tratando de borrar las huellas del sueño. Después se encaminó hacia la oficina del señor Lemus. Apenas si llamó a la puerta. Y se sentó en el borde de la silla, estirada, tensa. El señor Lemus comenzó diciendo que siempre había estado contento con el trabajo de Julia, eficiente y satisfactorio, pero que de algún tiempo a la fecha las cosas habían cambiado y él estaba muy preocupado por ella… Que lo había pensado bastante antes de decidirse a hablarle… Y le aseguraba que, por su parte, no había prestado atención a ciertos rumores… (esto último lo dijo bajando la vista). Julia había enrojecido por completo, se afianzó de la silla para no caer, su corazón golpeaba sordamente. No supo cómo salió de aquel privado ni si alcanzó a decir algo en su defensa. Cuando llegó a su escritorio sintió sobre ella las miradas de todos los de la oficina. Afortunadamente el señor De Luna no estaba en ese momento. Julia no hubiera podido soportar semejante humillación.

Las hermanas se dieron cuenta bien pronto de que algo muy grave sucedía a Julia. Al principio aseguraba que no tenía nada, pero a medida que las cosas empeoraron y que Julia fue perdiendo la estabilidad tuvo que confesarles su tragedia. Trataron inútilmente de calmarla y le prometieron ayudarla en todo. Junto con sus maridos revisaron la casa varias veces sin encontrar nada, lo cual las dejó muy desconcertadas. Aumentaron entonces sus cuidados y atenciones hacia la pobre hermana. Poco después decidieron que Julia necesitaba un buen descanso y que debía solicitar cuanto antes un “permiso” en su trabajo. Julia también se daba cuenta de que estaba muy cansada y que le hacía falta reponerse, pero veía con gran tristeza que sus hermanas dudaban también del único y real motivo que la tenía sumida en aquel estado. Se sentía observada por ellas hasta en los detalles más insignificantes, y ni qué decir de la oficina, donde su conducta llevaba a los compañeros a pensar en motivos humillantes y vergonzosos. La incomprensión y la bajeza de que era capaz la mayoría de la gente, la había destrozado y deprimido por completo. Recordaba constantemente aquella conversación que había tenido el infortunio de escuchar, y la reconvención del señor Lemus… y entonces las lágrimas le rodaban por las mejillas y los sollozos subían a su garganta.

La señorita Julia estaba encariñada con su trabajo, no obstante la serie de humillaciones y calumnias que a últimas fechas había tenido que sufrir. Llevaba quince años en aquella oficina, y siempre había pensado trabajar allí hasta el último día que pudiera hacerlo, a menos que se le concediera la dicha de formar un hogar como a sus hermanas. Pensaba que era poco serio andar de un trabajo en otro, y que eso no podía sentar ningún buen precedente. Después de mucho cavilar resolvió que no le quedaba más remedio que solicitar un permiso, como deseaban sus hermanas, y tratar de restablecerse.

Las relaciones de Julia con el señor De Luna se habían ido enfriando poco a poco, y no porque ésta fuera la intención de ella. Cuando empezó a sufrir aquella situación desquiciante, se rehusó a verlo diariamente como hasta entonces lo hacía, por temor a que él sospechara algo. Experimentaba una enorme vergüenza de que descubriera su tragedia. De sólo imaginarlo sentía que las manos le sudaban y la angustia le provocaba náuseas. Después ya no era sólo ese temor, sino que Julia no tenía tiempo para otra cosa que no fuera preparar venenos. Había improvisado un pequeñísimo laboratorio utilizando algunas cosas que se había encontrado en un cajón, y que sin duda su padre guardaba como recuerdo de sus años de farmacéutico, pues unos años antes de morir vendió la farmacia y sólo se dedicaba a atender unos cuantos enfermos. En ese laboratorio Julia pasaba todos sus ratos libres y algunas horas de la noche mezclando sustancias extrañas que, la mayoría de las veces, producían emanaciones insoportables o gases que le irritaban los ojos y la garganta, ocasionándole accesos de tos y copioso lagrimeo… Así las cosas, Julia ya no tenía tiempo ni paz para sentarse a escuchar música con el señor De Luna. Se veían poco, si acaso una vez por semana y los domingos que iban a misa. Pero Julia sentía que aquel afecto era de tal solidez y firmeza que nada lo podía menoscabar. “Un sentimiento sereno y tranquilo, como una sonata de Bach; un entendimiento espiritual estrecho y profundo, lleno de pureza y alegría…” Así lo había Julia definido.

Y el señor De Luna pensaba igual que Julia respecto de la nobleza de sus relaciones, “tan raras y difíciles de encontrar, en un mundo enloquecido y lleno de perversión, en aquel desenfreno donde ya nadie tenía tiempo de pensar en su alma ni en su salvación, donde los hogares cristianos cada vez eran más escasos…” y daba gracias diariamente por aquella bella dádiva que se le había otorgado y que tal vez él no merecía. Pero Carlos de Luna era un hombre en extremo piadoso, hijo y hermano ejemplar, contador honorable y muy competente. Pertenecía con gran orgullo a la Orden de Caballeros de Colón de cuya mesa directiva formaba parte. Ya hacía algunos años que debería haberse casado, pero él, responsable en extremo, había querido esperar a tener la consistencia moral necesaria, así como cierta tranquilidad económica que le permitiera sostener un hogar con todo lo necesario y seguir ayudando a sus ancianos padres. Había conocido a Julia desde tiempo atrás, después tuvo la suerte de trabajar en la misma oficina, lo cual facilitó la iniciación de aquella amistad que poco a poco se fue transformando en hondo afecto. A últimas fechas, el señor De Luna se hallaba muy preocupado y confuso. Julia había cambiado notablemente, y él sospechaba que algo muy grave debía de ocurrirle. Se mostraba reservada, evitaba hablarle a solas. Empezó a sufrir en silencio aquel repentino y extraño cambio de Julia y a esperar que un día le abriera su corazón y se aclarara todo. Pero Julia cada día se alejaba más y el señor De Luna empezó a notar que en la oficina se comentaba también el cambio de Julia. Después llegaron hasta él frases maliciosas y mal intencionadas que tuvieron la virtud, primero de producirle honda indignación y, después, de prender la duda y la desconfianza en su corazón. En este estado fue a consultar su caso con el Reverendo Padre Cuevas, que desde hacía muchos años era su confesor y guía espiritual y quien resolvía los pocos problemas que el buen hombre tenía. El Reverendo Padre le aconsejó que esperara un tiempo prudente para ver si Julia volvía a ser la de antes o, de lo contrario, se alejara de ella definitivamente, ya que a lo mejor ésa era una prueba palpable que daba Dios de que esa unión no convenía y estaba encaminada al fracaso y al desencanto, y podía ser, tal vez, un grave peligro para la salvación de su alma.

La señorita Julia llegó una tarde, última que trabajaba en la oficina, a pedirle a Carlos de Luna que la acompañara hasta su casa porque quería comunicarle algo importante. Este la recibió con marcada frialdad, de una manera casi hostil, como se puede ver algo que está produciendo daño o un peligro inmediato y temido. Julia, más cohibida que de costumbre por la actitud de Carlos, le relató en el camino que iba a dejar de trabajar por un tiempo porque necesitaba descanso. Carlos de Luna escuchaba sin hacer ningún comentario. Con sombrero y paraguas negros y su habitual traje oscuro tenía siempre un aire grave y taciturno, que ese día estaba más acentuado.

Julia lo invitó a pasar. Mientras hacía el café experi­mentaba un gran bienestar. La sola presencia del señor De Luna le producía confianza y tranquilidad. Se reprochó entonces haberlo visto tan poco durante ese último tiempo. Se reprochó también no haber tenido el valor de confiarle su tragedia. El la hubiera confortado y juntos habrían encontrado alguna solución. Decidió entonces hablar con Carlos.

Los dos bebían el café, en silencio. De pronto Julia dijo:

—Carlos… yo quisiera decirle…

—Diga, Julia.

— ¿No quisiera oír algo de música?

—Como usted guste.

Julia se levantó a poner unos discos, profundamente contrariada consigo misma. No se había atrevido, no se atrevería nunca. Las palabras se habían negado a salir. Tal vez aquella actitud demasiado seca de Carlos la había contenido. Aquella mirada tan lejana cuando ella iba a empezar a contarle su tragedia. Cogió su tejido y se sentó. Entonces Carlos de Luna comenzó a hablar, más bien a balbucear:

—Julia, yo quisiera proponerle… más bien… yo he pensado… querida Julia… yo creo que lo mejor… es decir, tomando en cuenta… Julia, por nuestro bien y salud espiritual… lo más conveniente es dar por termi­nado… bueno, quiero decir no llevar adelante nuestro proyecto de matrimonio…

Mientras el señor De Luna trataba de decir esto, se secó la frente con el pañuelo varias veces. Estaba tan pálido como un muerto y la voz se le quebraba constantemente. Después, un poco más calmado, siguió hablando “de la tremenda responsabilidad que el matrimonio implicaba, de los numerosos deberes y las obligaciones de los cónyuges…”

Julia estaba aún más pálida que él. El tejido había caído de sus manos y la boca se le secó completamente. El dolor y el desencanto la habían traspasado de tal manera que temía no poder decir ni una sola palabra. Haciendo un verdadero esfuerzo le aseguró que estaba de acuerdo con él, y que esa decisión, sin duda, era lo mejor para ambos.

La señorita Julia se sentía como una casa deshabitada y en ruinas; no encontraba sitio ni apoyo; se había que­dado en el vacío; girando a ciegas en lo oscuro; quería dejarse ir, perderse en el sueño; olvidarlo todo. Dejó entonces de preparar venenos y de inventar trampas para las ratas. Tenía la convicción de que aquellos animales la perseguirían hasta el último día de su vida, y toda lucha contra ellos resultaría inútil. No fue más los domingos a comer con sus hermanas por no poder soportar el ruido que hacían los niños y menos aún jugar a las cartas. Tejía constantemente con manos temblorosas; de cuando en cuando se enjugaba una lágrima. Y sólo interrumpía su labor para asear un poco la casa y prepararse algo de comida. A veces se quedaba, algún rato, dormida en el sillón, y esto era todo su descanso. Su hermana Mela iba todas las noches a acompañarla. Temían que algo le pasara, si la dejaban sola; tal era su estado. Y Mela, cansada de las labores de su casa, caía rendida y se dormía profun­damente. A veces la despertaban los pasos de Julia que iba y venía por toda la casa buscando las ratas, “aquellas ratas infernales que no la dejaban dormir. . .”

Julia tenía los ojos cerrados, pero estaba despierta y escuchaba los ruidos en la estancia… en la escalera… aquellas carreras… saltos… resbalones… después allí en su cuarto… llegando hasta su cama… debajo de la cama. Abrió los ojos y se incorporó; algo de claridad penetraba por las viejas persianas de madera. Escuchó como una estampida, una huida rápida, distinguió unas sombras alargadas y alcanzó a ver unos ojillos muy redondos, muy rojos y brillantes. Encendió la luz y saltó de la cama; ahora sí las encuentro… Después de algún rato de inútil búsqueda volvió a la cama tiritando de frío. Lloró sordamente. Se mesaba los cabellos con desesperación o se clavaba las uñas en las palmas de las manos produciéndose un daño que ya no sentía.

Aquella mañana la señorita Julia se levantó haciendo un gran esfuerzo. Dio algunos pasos tambaleante y se detuvo unos minutos frente al espejo para componerse el cabello. El rostro que vio reflejado no podía ser más desastroso. Abrió el clóset para buscar algo que ponerse y… ¡allí estaban!… Julia se precipitó sobre ellas y las aprisionó furiosamente. ¡Por fin las había descubierto!… ¡las malditas, las malditas, eran ellas!… con sus ojillos rojos y brillantes… eran ellas las que no la dejaban dormir y la estaban matando poco a poco… pero las había descubierto y ahora estaban a su merced… no volverían a correr por las noches ni a hacer ruido… estaba salvada… volvería a dormir… volvería a ser feliz… allí las tenía fuertemente cogidas… se las enseñaría a todo el mundo… a los de la oficina… a Carlos de Luna… a sus hermanas… todos se arrepentirían de haber pensado mal… se disculparían… olvidaría todo… ¡malditas, malditas!… ¡qué daño tan grande le habían hecho!… pero allí estaban… en sus manos… reía a carcajadas… las apretaba más… caminaba de un lado a otro del cuarto… estaba tan feliz de haberlas descubierto… ya había perdido toda esperanza… reía estrepitosamente… Ahora estaban en su poder… ya no le harían daño nunca más… hablaba y reía… lloraba de gusto y de emoción gritaba, gritaba… qué suerte haberlas descubierto, qué suerte… risa y llanto, gritos, carcajadas… con aquellos ojillos rojos y brillantes… gritaba… gritaba… gritaba…

Cuando Mela llegó, restregándose los ojos y boste­zando, encontró a Julia apretando furiosamente su her­mosa estola de martas cebellinas.

 

No soy así de Kjell Askildsen

—Tampoco te esmeras mucho con los deberes, sales corriendo en cuanto acabas de comer. Por cierto, ¿qué haces en el bosque?

—Pasear, ya te lo he dicho.

—¿Mirando los árboles y escuchando los pájaros?

—¿Y qué tiene eso de malo?

—¿Estás seguro de que eso es lo único que haces?

—¿Qué iba a hacer si no?

—Eso lo sabrás tú mejor que nadie. Y además, no deberías estar siempre solo. Vas a volverte loco.

—¡Entonces deja que me vuelva loco!

—¡No emplees ese tono con tu madre!

—¡Entonces deja que me vuelva loco!

—¡Ten mucho cuidado!

—Ella se acercó. Él permaneció quieto. La madre le dio una bofetada en la cara. Él ni se movió.

—Si vuelves a pegarme, blasfemaré —dijo él. —¡No lo harás! —dijo ella y le dio otra bofetada.

—Hostia —dijo él—. Me cago en la hostia. —Lo dijo del modo más tranquilo posible. Luego notó que le salía el llanto, un llanto de rabia, se dio la vuelta y salió disparado. Siguió corriendo cuando se encontraba ya en la calle. No porque tuviera prisa, sino porque la rabia también tenía algo que ver con sus piernas. Me cago en la hostia, pensó mientras corría.

Cuando por fin había dejado atrás las casas y tenía el bosque y el páramo delante, aflojó el paso. Miró el reloj de pulsera que le habían regalado por su decimosexto cumpleaños, iba bien de tiempo. Se merece que me vuelva loco, pensó. Algún día se lo diré. Le diré: Te mereces que me vuelva loco, porque no entiendes nada. No haces más que agobiarme todo el tiempo sin entender nada.

Siguió el sendero bosque adentro. La luz solar caía oblicua entre los troncos. Al ver eso se dijo a sí mismo que pensándolo bien el bosque es casi más bonito cuando el sol no brilla. Cuando llueve es cuando es más bonito. Notó por dentro un cosquilleo de felicidad, porque nunca había pensado en eso. El sol tiene la capacidad de engañar, pensó, y sacó un cuaderno del bolsillo. Entre las páginas había un trozo de lápiz, se detuvo y escribió: El sol tiene la capacidad de engañar. Así me acordaré, pensó, luego volvió a guardarse el cuaderno en el bolsillo y se sintió feliz. Realmente feliz.

Llegó a su destino, se sentó en una piedra y pensó: Si ella no viene hoy, no es porque haya mentido a mi madre. Ni porque haya decidido hacer lo que nunca hasta ahora me he atrevido. Si no viene, es porque le han mandado hacer algo y no puede venir.

Volvió a sacar el cuaderno. Lo abrió y leyó en voz alta las cosas que había estado pensando en el transcurso del día. «Como chasquidos voluptuosos sus oraciones subieron hacia un Dios imaginario». «Un cenador en el jardín solo para el placer». «La chica tiene piernas que suben más allá del borde de la falda». Cerró el cuaderno, y sonrió para sus adentros. Algún día, pensó, algún día…

Entonces llegó ella corriendo. Unas veces era rubia y otras morena, según las sombras y la luz solar que caían sobre ella. Llevaba una blusa amarilla y unos pantalones marrones.

—Me alegro de que hayas venido —dijo él, y ella se sentó a su lado.

—Claro que he venido —contestó ella—. Siempre vengo. ¿Me has echado de menos hoy?

—Sí.

—He venido corriendo casi todo el camino.

Él le puso una mano en el hombro. Ella volvió la cara hacia él, y sus ojos grises le sonrieron antes de cerrarse. Me lo pone muy fácil, pensó él, mientras la besaba.

—Vayamos al sitio donde estuvimos ayer —dijo.

—¿Qué vamos a hacer allí? —preguntó ella sonriendo.

—Ya veremos.

—Dímelo, ¿qué vamos a hacer?

—Lo mismo que ayer.

—Vale.

Siguieron el camino que se adentraba en el bosque. Iban cogidos de la mano, y cuando dejaron el sendero y empezaron a andar por el brezo, ella dijo que en clase de alemán había estado pensando que no solo son los años los que deciden la edad que tienes. Es verdad, dijo él. Y luego pensé que te diría que sería una tontería por tu parte pensar que eres más joven que yo, porque en realidad eres mucho mayor. No me he dado cuenta de eso, dijo él. Solo quería decírtelo, dijo ella. Vale, dijo él, pensando que si ella tenía alguna razón para decirlo, era la de facilitarme las cosas. Eso significa que no va a ser nada difícil, que entonces los dos queremos lo mismo. Le apretó ligeramente la mano, y ella lo miró, sonriéndole con la boca y con los ojos.

Llegaron al lugar donde habían estado tumbados uno al lado del otro el día anterior. Ahora se sentaron uno enfrente del otro, y él dijo, sin mirarla, que ayer al llegar a casa compuse otro poema. Léemelo, le pidió ella. No sé si es bueno, contestó él. Léemelo de todos modos. Está bien, dijo, si me acuerdo. Era incapaz de mirarla.

 

 

Es verano, susurró ella, verano…

y se tumbó en el brezo

dejando que el verano viviera.

 

 

Besé sus ojos hasta que se volvieron negros

y ella pronunciaba extrañas palabras

sobre momentos de corta duración

sobre lirios que se marchitan

sobre el caballo que se quema las alas

al acercarse demasiado al sol.

 

Luego ella borró las palabras

con besos caldeados por el sol

— el verano vive.

 

Ella se tumbó boca arriba, y él se dio cuenta de que lo estaba mirando. Qué poema tan raro, dijo ella, y la manera en la que lo dijo le hizo sentirse feliz. ¿Te ha gustado?, preguntó él. Ven aquí y te contestaré, respondió ella. Él se tumbó de lado con la mano en el hombro de ella y el antebrazo sobre su pecho. Te admiro, dijo ella. Lo miraba mientras lo decía, y él no entendía cómo ella podía decir algo tan grande mirándolo a los ojos. Él llevó la mano hasta el pecho de ella, y ella dijo: pero no por eso te dejo arrugarme la blusa. No, dijo él, y empezó a desabrochársela.

—¿Nunca te hartas de mirar? —preguntó ella.

—Nunca hasta ahora he desabrochado esta blusa.

—Es nueva.

—Tiene más botones que ninguna.

Le abrió la blusa. La cogió por los hombros y la levantó para poder pasarle la mano por detrás. Le desabrochó el sujetador y le dijo: Quiero quitarte la blusa del todo. Ella se limitó a sonreír. Él le quitó la blusa y el sujetador, y los pechos se desparramaron un poco, pero no mucho. Tenía la sensación de que ya había vencido todas las dificultades. Ahora podía mirarla de nuevo a los ojos. ¿Ya estás feliz?, preguntó ella. Sí, respondió él, estoy pensando que ninguna otra cosa puede hacerme tan feliz. Pero hay algo más, y tengo que probarlo.

—Quiero desnudarte por completo —dijo, mirándola a los ojos.

—No debes hacerlo —dijo ella.

—¿Por qué no?

—Porque no y ya está.

—No te haré nada.

—Eso no puedes asegurarlo de antemano.

—Tengo que desnudarte —dijo él—. Si no lo hago ahora, lo haré más tarde, y no será más fácil entonces. Si no me lo permites, me harás mucho daño, porque he cedido todos los días durante una semana entera, y me hace cada vez más daño.

—Bésame —dijo ella, y él empezó a bajarle la cremallera del pantalón marrón mientras la besaba. Tengo que hacerlo, pensaba, es lo único correcto. Seguía besándola mientras le bajaba los pantalones. Ella se retorcía debajo de él, y él dejó de besarla y la miró a los ojos.

—No te haré daño —dijo—. Si quieres, te prometo que solo miraré. Le bajó los pantalones hasta las caderas, ella no hizo nada por impedírselo.

—Dime que me quieres —dijo ella.

—Te quiero.

Ella sonrió.

—¿Te parece bonito?

—Sí. Es más bonito que todo lo que he visto en pinturas y estatuas.

—Lo que pasa es que me daba vergüenza —dijo ella—. Era por eso.

—Sí —asintió él.

—Ya no me da vergüenza.

—A mí tampoco.

—Puedes tocarme si quieres.

Él dejó que su mano se deslizara por su vientre y bajara luego por entre sus piernas.

—Bésame —dijo ella, y mientras él la besaba, ella le desabrochó y le mostró el camino. Era extraño, cálido y agradable.Ten cuidado, dijo ella, y él permaneció completamente quieto. Pensó: estoy haciendo el amor con ella. Este es el mejor día de mi vida, y a partir de ahora todos los días serán los mejores, porque ahora sé qué es lo mejor.

—Ten cuidado —dijo ella.

—Sí —dijo él—. Tendré cuidado. No te haré nada.

—¿Te gusta? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Incluso cuando permaneces quieto?

—Sí —contestó él, un poco asombrado—. Esto es lo que deseaba.

—Yo también.

—Creo que ya nunca voy a desear nada que no conozca.

—¿Vas a echarme de menos?

—Sí —contestó él—. A ti y esto.

—¿Te parezco muy brusca si te digo que tengo frío? —preguntó ella sonriéndole.

—No —contestó él, y salió con mucho cuidado de ella. Se tumbó boca arriba en el brezo y miró las copas de los árboles. Ya no estaban del todo verdes, y pensó: Pronto será otoño y luego invierno.

—¿Qué vamos a hacer cuando llegue el invierno?

—No lo pienses. Aún falta mucho.

—Sí —asintió él, pero no podía dejar de pensar en ello. La miró, ella ya se había puesto toda la ropa menos la blusa.

—¿Quieres que te la abroche? —preguntó él. Ella asintió con la cabeza. Él contó los botones. Once. Se levantaron y fueron hacia el sendero. Ella dijo que ya no tendremos que tener vergüenza nunca más. Así es, dijo él. Tomaron el sendero cogidos de la mano. ¿En qué estás pensando?, preguntó ella. En nada en especial, contestó él. Sí, estás pensando en algo, insistió ella. Dímelo. Estoy pensando que debo haberte parecido muy raro por estarme completamente quieto, dijo él. Seguramente es así para todo el mundo la primera vez, dijo ella. Él la miró, ella no parecía avergonzada. Además te lo pedí yo, dijo ella, por eso lo hiciste. No, pensó él. No fue por eso. No sé por qué lo hice, pero no fue por eso.

—No creo que sea así para todo el mundo —dijo él.

—No pienses en eso —dijo ella. —Tengo que pensar en eso —dijo él.

—También es culpa mía; te lo pedí porque tenía miedo.

—No es tan sencillo —dijo él—, porque yo prefería que fuera así.

—Fue solo porque tú también tenías miedo.

—No tenía miedo.

—Tal vez tenías miedo sin saberlo. A veces pasa.

—Sí —contestó él. Habían salido ya del bosque, y a ninguno de los dos se le había ocurrido que debían irse a casa cada uno por su lado, como solían hacer.

—Te acompaño hasta tu casa —dijo él.

—¿Crees que debes?

—Sí —contestó él—. A partir de ahora te acompañaré hasta tu casa.