Ejercito furioso fragmento-Fred Vargas premio de Asturias

Había un reguero de miguitas de pan desde la cocina hasta
la habitación, hasta las sábanas limpias en que descansaba la
anciana, muerta y con la boca abierta. El comisario Adamsberg
las observaba en silencio, yendo y viniendo con paso lento junto
a los fragmentos, preguntándose qué Pulgarcito, o qué ogro
en este caso, las había dejado allí. La vivienda era un oscuro
apartamento de tres habitaciones en una planta baja del distrito
18 de París.
En la habitación, la anciana tendida. En el comedor, el marido.
Esperaba, sin impaciencia ni emoción, tan sólo mirando con
anhelo el periódico doblado en la página del crucigrama que no
se atrevía a seguir haciendo con tanto policía alrededor. Había
contado su breve historia: su mujer y él se habían conocido en
una compañía de seguros, ella era secretaria y él contable, se
habían casado alegremente sin pensar que la cosa duraría cincuenta
y nueve años. Y la mujer había muerto durante la noche.
De un paro cardiaco, había precisado por teléfono el comisario
del distrito 18. Clavado en la cama, había llamado a Adamsberg
para que fuera en su lugar. Hazme ese favor, será máximo una
hora, una rutina mañanera.
Una vez más, Adamsberg recorrió las migas. El apartamento
estaba impecable, los sillones estaban protegidos con pañitos,
las superficies de plástico relucientes, los cristales sin huella, los
platos lavados. Remontó el reguero hasta la panera, que contenía
media barra y, envuelto en un trapo limpio, un mendrugo
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vacío de miga. Volvió junto al marido, acercó una silla para
aproximarse al sillón.
–No hay buenas noticias esta mañana –dijo el viejo desprendiendo
la mirada del periódico–. Hay que decir que este calor le
hierve a uno el temperamento. Y eso que aquí, en la planta baja,
se conserva bien el fresco. Por eso dejo cerradas las contraventanas.
Y hay que beber, también eso dicen.
–¿No se dio usted cuenta de nada?
–Ella estaba normal cuando me
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–El comisario está en cama con gripe de verano. Y su equipo
no está disponible.
–¿Todos con gripe?
–No. Hubo una pelea la noche pasada. Dos muertos y cuatro
heridos. Todo por una vespa robada.
–Qué horror. Hay que decir que, con este calor, le hierve a
uno el entendimiento. Yo me llamo Julien Tuilot, contable jubilado
de la compañía ALLB.
–Sí, lo tengo anotado.
–Ella siempre me reprochó que me apellidara Tuilot, cuando
su apellido de soltera era Kosquer, era más bonito. Y no deja
de ser verdad, dicho sea de paso. Ya decía yo que tenía que ser
comisario, con tanta pregunta sobre las migas de pan. Su colega
del barrio no es así.
–¿Le parece a usted que me ocupo demasiado de las migas?
–Haga lo que quiera, vamos. Para su informe, digo. Algo
tendrá que poner en el informe, yo lo entiendo. En la ALLB no
hacía otra cosa: informes y cuentas. Y aún, si hubieran sido informes
honrados… Pero qué va. El jefe tenía su divisa; él siempre
decía: una aseguradora no tiene que pagar aunque tenga
que pagar. Cincuenta años de trampas así le dejan a uno el coco
hecho un asco. Ya se lo decía a mi señora: mucho más útil sería
que me lavaras el cerebro en vez de lavar las cortinas.
Julien Tuilot soltó una risita, puntuando su agudeza.
–Es que no entiendo lo del mendrugo.
–Para entenderlo hay que ser lógico, comisario, lógico y astuto.
Yo, Julien Tuilot, soy ambas cosas. Llevo ganados dieciséis
campeonatos de crucigramas de dificultad máxima en treinta y
dos años. Una media de uno cada dos años, y todo con la cabeza.
Lógico y astuto. Hay que decir que a esos niveles la cosa da
dinero. Eso –dijo señalando el periódico– es de chiste, es para
párvulos. Eso sí, obliga a sacar punta a los lápices con mucha
frecuencia, y se hacen virutas. ¡Lo que habré tenido que oír, por
culpa de las virutas de marras! ¿Qué le extraña tanto de ese
pan?
–El hecho de que no esté en la basura, de que no me parezca
tan rancio; y no entiendo por qué no tiene miga.
–Misterio doméstico –dijo Tuilot aparentemente divertido–.
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Eso es porque tengo dos pequeños inquilinos, Toni y Marie,
una buena parejita, cariñosos como pocos, se aman de verdad.
Pero a mi señora no le caen bien, lo crea o no. No hay que hablar
mal de los muertos, pero la verdad es que lo intentó todo
para matármelos. ¡Y yo llevo tres años desbaratando sus tretas!
Lógico y astuto, ése es el secreto. Mi pobre Lucette, nunca
podrás vencer a un campeón de crucigramas, le decía yo. Esos
dos y yo hacemos un buen trío; saben que pueden contar conmigo,
y yo con ellos. Una visita cada noche. Como son muy listos
y muy delicados, nunca vienen antes de que Lucette se haya
ido a la cama. Saben perfectamente que los espero, vamos. Toni
siempre llega antes, es más grande, más fuerte.
–¿Se comieron ellos la miga? ¿Cuando el pan estaba en la
basura?
–Les encanta.
Adamsberg echó una ojeada al crucigrama, que no le pareció
tan fácil, y apartó el periódico.
–¿Quiénes son ellos, señor Tuilot?
–No me gusta hablar del tema, la gente lo desaprueba. La
gente es muy cerrada.
–¿Animales? ¿Perros, gatos?
–Ratas. Toni es más pardo que Marie. Se quieren tanto que, a
menudo, en pleno banquete, lo interrumpen para acariciar la cabeza
del otro con las patas. Si la gente no fuera tan limitada, vería
espectáculos como ése. Marie es la más despierta de los dos.
Después de la comida, se me sube encima del hombro y me pasa
las zarpas por el pelo. Me peina, por así decirlo. Es su manera de
darme las gracias. O de quererme, a saber. El caso es que reconforta.
Y luego, después de decirnos montones de cosas cariñosas,
nos despedimos hasta la noche siguiente. Se vuelven al sótano
por el agujero que hay detrás del bajante. Un día, Lucette lo tapó
todo con cemento. Pobre Lucette. No sabe hacer cemento.
–Entiendo –dijo Adamsberg.
El viejo le recordaba a Félix, que podaba viñas a ochocientos
kilómetros de allí. Había domesticado una culebra con leche.
Un día, un tipo mató a la culebra. Entonces Félix mató al tipo.
Adamsberg volvió a la habitación, donde el teniente Justin velaba
a la muerta en espera del médico.
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–Mira dentro de la boca –le dijo–. A ver si encuentras residuos
blancos, como miga de pan.
–No tengo muchas ganas.
–Hazlo igualmente. Pienso que el viejo la asfixió llenándole
la boca de miga de pan. Luego la sacó y la tiró en alguna parte.
–¿La miga del mendrugo?
–Sí.
Adamsberg abrió la ventana y las contraventanas de la habitación.
Examinó el pequeño patio salpicado de plumas de ave,
medio transformado en trastero. En el centro, una rejilla cubría
el sumidero. Estaba todavía mojada, pese a que no había llovido.
–Irás a levantar la rejilla. Pienso que tiró allí la miga y luego
vació un cubo de agua por encima.
–Es una tontería –dijo Justin dirigiendo su linterna hacia la
boca de la anciana–. Si lo hizo, ¿por qué no tiró el mendrugo
vacío? ¿Y por qué no limpió las migas?
–Para tirar el mendrugo, tendría que haber ido hasta los contenedores,
o sea que tendría que haber salido a la acera en plena
noche. Hay una terraza de café justo al lado, y sin duda mucha
gente cuando hace calor. Lo habrían visto. Se ha inventado una
muy buena explicación para el mendrugo y las migas. Tan original
que hasta resulta verosímil. Es campeón de crucigramas,
tiene su propia manera de relacionar las ideas.
Adamsberg, con cierta pesadumbre y, a la vez, cierta admiración,
volvió junto a Tuilot.
–Cuando Marie y Toni llegaron, ¿sacó usted el pan de la
basura?
–Qué va. Conocen el truco y les gusta. Toni se sienta en el
pedal del cubo, la tapa se levanta, y Marie saca todo lo que les
interesa. Listillos, ¿eh? Astutos, eso desde luego.
–O sea que Marie sacó el pan. ¿Y luego se comieron juntos
la miga? ¿Enamorados?
–Así es.
–¿Toda la miga?
–Son ratas grandes, comisario. Son voraces.
–¿Y las migas? ¿Por qué no se comieron las migas?
–Comisario, nos ocupamos de Lucette o de las ratas?
–No entiendo por qué guardó usted el pan en el trapo desEjercitoFurioso.indd
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pués de que lo comieran las ratas. Sobre todo cuando previamente
lo había tirado a la basura.
El viejo escribió unas letras en el crucigrama.
–A usted no deben de dársele muy bien los crucigramas, comisario.
Si hubiera tirado el mendrugo vacío a la basura, como
puede imaginar, Lucette habría comprendido enseguida que
Toni y Marie habían pasado por aquí.
–Podría haberlo tirado fuera.
–La puerta chirría como un cerdo que degüellan. ¿No se ha
fijado?
–Sí.
–Así que lo envolví en el trapo y punto. Eso me evitaba una
bronca por la mañana. Porque lo que son broncas, las hay todos
los días y sin parar. Por el amor de Dios, si lleva cincuenta
años refunfuñando mientras pasa el paño por todas partes, debajo
de mi vaso, debajo de mis pies, debajo de mi culo. Ni que
no tuviera uno derecho de andar ni de sentarse. Si usted hubiera
vivido eso, usted también habría escondido el mendrugo.
–¿No lo habría visto en la panera?
–Qué va. Por las mañanas come biscotes de pasas. Seguro
que lo hace a propósito, porque los biscotes esos sueltan miles
de migas. Con lo cual luego se pasa dos horas entretenida. ¿Entiende
la lógica?
Justin entró en la sala y dirigió un breve gesto afirmativo a
Adamsberg.
–Pero ayer –dijo Adamsberg un tanto abatido– no fue así.
Usted sacó la miga, dos puñados compactos, y se la metió en la
boca. Cuando dejó de respirar, le sacó la miga y la tiró por el
sumidero del patio. Me asombra que haya elegido este método
para matarla. Nunca había visto a nadie asfixiar a alguien con
miga de pan.
–Es inventivo –confirmó tranquilamente Tuilot.
–Como puede imaginar, señor Tuilot, encontraremos restos
de saliva de su mujer en la miga de pan. Y como es usted lógico
y astuto, también encontraremos huellas de dientes de ratas en
el mendrugo. Les dejó apurar la miga para acreditar su historia.
–Les encanta meterse en los mendrugos, da gusto verlas. Anoche
lo pasamos muy bien, de verdad. Incluso me tomé un par de
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copas mientras Marie me rascaba la cabeza. Luego lavé y guardé
el vaso, para evitar la reprimenda. Y eso que ya estaba muerta.
–Y eso que acababa usted de matarla.
–Sí –dijo el hombre con un suspiro distraído, mientras rellenaba
unas casillas del crucigrama–. El médico había pasado a
verla el día anterior. Me dijo que todavía podía vivir meses. Eso
significaba no sé cuántas decenas de martes con empanadillas
de carne, cientos de recriminaciones, miles de pasadas de trapo.
A mis ochenta y seis años, tengo derecho de empezar a vivir.
Hay noches así. Noches en que un hombre se levanta y actúa.
Tuilot se levantó, abrió las contraventanas del comedor, dejando
paso al calor excesivo y tenaz de ese principio de agosto.
–Tampoco quería abrir las ventanas. Pero no diré nada de
todo esto, comisario. Diré que la maté para ahorrarle sufrimiento.
Con miga de pan porque le gustaba el pan, como una
última golosina. Aquí dentro lo tengo todo previsto –dijo dándose
con el dedo en la frente–. No hay nada que demuestre que
no lo hice por caridad, ¿verdad? Por caridad. Quedaré absuelto
y, al cabo de dos meses, estaré de nuevo aquí, dejaré el vaso
directamente en la mesa, sin sacar el tapete, y viviremos felices
los tres. Toni, Marie y yo.
–Sí, eso creo –dijo Adamsberg levantándose lentamente–.
Pero es posible, señor Tuilot, que no se atreva a dejar la marca
del vaso en la mesa. Y puede que saque el tapete. Y limpiará las
migas.
–¿Por qué voy a hacer eso?
Adamsberg se encogió de hombros.
–Es lo que tengo visto. A menudo es lo que sucede.
–No se preocupe por mí, vamos. Soy astuto, ¿sabe?
–Es verdad, señor Tuilot.
Fuera, el calor hacía que la gente anduviera por la sombra,
pegada a los edificios con la boca abierta. Adamsberg decidió
tomar las aceras expuestas al sol, y vacías, y dejarse ir a pie
hacia el sur. Una larga caminata para desprenderse del rostro
risueño –y efectivamente astuto– del campeón de crucigramas.
Que, quizá, algún martes venidero, se compraría una empanadilla
de carne para cenar.

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Literatura de Julio Torri

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

 

Barco+Pirata+dibujo+1

LOS CUATRO DESAPARECIDOS DE THOMAS WOLFE

Repentinamente, en el joven corazón de junio, oí la voz de mi padre una vez más, Yo tenía dieciséis años aquel año; la semana anterior había vuelto a mi casa, luego de mi primer año en el colegio, y la enorme emoción, la enorme amenaza de la guerra en la que habíamos entrado dos meses antes llenaba nuestros corazones. Porque la guerra, que da muerte a los hombres, también les da la vida. Llena los corazones de los jóvenes con sones y con júbilos apasionados. Fluye en sus gargantas en noches cuajadas de estrellas con el grito furioso de todos sus dolores y todas sus alegrías y los llena con una profecía tempestuosa y muda, que no es de muerte sino de vida, pues les habla de nuevas tierras de triunfos y descubrimientos, de hechos heroicos, de la fama y de la camaradería de los héroes, del amor de mujeres gloriosas y desconocidas; les habla de triunfos brillantes y espléndidos éxitos en un mundo heroico y de una vida más afortunada y más dichosa que aquella que hasta entonces han conocido.
Así nos sucedía a todos nosotros aquel año. Sobre la tierra inmensa y expectante pendían la pulsación y la promesa únicas de la guerra. Lo sentía uno en los amaneceres de las pequeñas poblaciones, en el comienzo de cada una de sus tranquilas actividades, totalmente impremeditadas y habituales. Lo sentía uno en el mandadero que arrojaba habilidosamente el bulto de papel blanco en un portal y en el hombre en mangas de camisa que salía a la puerta para recoger el diario; en los cascos cansinos del caballo del lechero que resonaban en la calle tranquila, en el carro cargado de botellas retintineantes, en su súbita detención y en los rápidos pasos del lechero y en las botellas sonoras y, luego, en los cascos y las ruedas que resonaban en la mañana, en !a calma y !a pureza de la luz yen el canto de un pájaro dulce como el rocío que volvía a elevarse en la calle.
Sentía uno la enorme y amenazadora presencia de la guerra en todos los antiguos actos de la vida con su imagen permanente, siempre nuevos e inmutables, y en la luz y la mañana. La sentía uno en el bochorno del mediodía, en el rumor de los ganchos que asían el hielo en las calles y en e! frío lamento de las sierras que lo cortaban zumbando en la cuadra vaporosa, en cada brizna, en cada hoja, en cada flor, en el olor del alquitrán y en la súbita y fantasmal ausencia verde y dorada en el verano de un tranvía que acababa de desaparecer.
La guerra se hallaba en cada cosa: en las cosas que se mueven tanto como en las que permanecen inmóviles, en el animado silencio rojo de una vieja pared de ladrillos tanto como en la vida multitudinaria y en el tránsito de las calles, en los rostros de la gente que pasaba y en los diez mil momentos familiares de la vida y en los asuntos cotidianos de cada hombre.
Y solitaria, apasionada y acechante, convocándonos constantemente con los llamados de su distante cuerno perdido, se había introducido en la soledad hechizada por e! tiempo de las mágicas colinas que nos rodeaban, en todas las luces repentinas, bruscas y solitarias que venían y pasaban y se desvanecían en el verde profundo de los páramos.
La guerra estaba en los gritos lejanos, en los sonidos quebrados y en el repique de los cencerros que arrastraban las rachas del viento y en el gozo y la pena lejanos, salvajes y gemebundos de un tren que partía y devoraba distancias rumbo al este y al mar y a la guerra atravesando un valle del sur bajo el verde encantamiento y la magia de oro de pleno junio; estaba en las casas donde los hombres vivían, en la llama fugaz y en el fuego de los vidrios de !as ventanas cubiertas por cortinas.
Y estaba en los campos, desfiladeros y quebradas, en los valles dulcemente verdes de las montañas que se sumían en las sombras, en las laderas, de las colinas que enrojecían bajo la luz antigua y caían velozmente en las sombras frías y desmesuradas y en el silencio liláceo. Pasadas las nubes de polvo del tumulto del día, estaba en el misterio enorme de la tierra que podía dejarse caer por fin en el silencio con inmortal quietud, en la alegría y en la pena de !a noche que arribaba.
La guerra se había introducido en los sonidos y en los secretos, en las penas, el anhelo y el deleite, en el misterio, el hambre y el gozo apasionados que surgían del corazón profundo de la noche devoradora y llena de fragancias. Estaba en el rumor dulce y secreto de las hojas en las calles del verano, en los .pasos que resonaban tranquilos, lentos y solitarios en la oscuridad del follaje de una calle, en las persianas cerradas y en el silencio, en el ladrido distante de los perros, en las voces remotas, en las risas, en las pulsaciones de la débil música de un baile en las voces ocasionales de la noche, lejana y extrañamente próxima, íntima y familiar.
Y súbitamente, mientras me hallaba sentado allí bajo el misterio orgulloso y secreto de la noche inmensamente estrellada y de pechos de terciopelo, oyendo el sonido del vozarrón de mi padre que volvía a surgir del porche, la guerra vino a mí con la soledad apasionada e intolerable del éxtasis y el deseo en la súbita palpitación de un motor que se acelera, en el silencio de la distancia, en la imagen de la oscuridad fresca y dulce de las laderas de una montaña, en la piel blanca y en !a ternura de las mujeres que se ofrecen. Oigo aún el manantial rico y sensual de una voz de mujer, voluptuosa, profunda y tierna, surgiendo de la oscuridad de un porche en el verano del otro lado de la calle cuando pienso en esto.
¿Qué había cambiado la guerra? ¿Que nos había hecho? ¿Qué milagrosa transformación había operado en nuestras vidas? No había cambiado nada: había enaltecido, intensificado y glorificado todas las cosas antiguas y comunes de la vida. A la esperanza había añadido esperanza, gozo al gozo, vida a la vida, y con esa hechicería vital había rescatado nuestras vidas de la falta de esperanza y de la desesperación, haciéndonos volver a vivir cuando pensábamos que habíamos muerto.
La guerra parecía haber recogido en una única imagen de alegría, fuerza y poder orgulloso y compacto ‘los cientos de imágenes de alegría, fuerza y vida exultante que siempre fueron nuestros y para los cuales antes no poseíamos una palabra. Parecía que en los campos de la noche silenciosa y llena de misterios podíamos oír la nación en marcha, que podíamos oír suave y atronador en la noche el unísono del millón de pies de los :hombres en marcha. Y esta única imagen gloriosa y completa: de la alegría, la unidad y el poder nos había dado a cada uno una nueva vida y una esperanza nueva.
Mi padre era anciano, estaba enfermo de un cáncer que florecía y se alimentaba en sus entrañas comiendo día a día la desfallecida sustancia de su vida más allá de toda esperanza o remedio, y sabíamos que se moría. Sin embargo, con la mágica vida y la esperanza que la guerra nos había traído su ida parecía haber resurgido del desborde del dolor, de la muerte de la alegría y de la tristeza de un recuerdo irrevocable.
Y así pareció volver a vivir por un momento su plenitud y en el mismo momento todos nosotros fuimos revelados del negro horror de la muerte y al tiempo que pendía sobre él, del terror de pesadilla que nos había amenazado durante años. En el mismo momento fuimos librados del maligno encantamiento de un tiempo lleno de dolor y de la imagen que había hecho su muerte en vida más horrenda de lo que su muerte real podía llegar a ser.
Y en el mismo momento la vida plena, la vida dorada y jubilosa, de la niñez en cuya ,magia acabada habíamos sido mantenidos por la fuerza de su vida y que parecía ser hasta tal punto un objeto perdido e irrecuperable que había llegado a adquirir la extrañeza de una cosa soñada cuando pensábamos en ella había regresado con sus colores abigarrados y triunfantes gracias a la repentina llamarada de esa vida, esa alegría, y esa guerra Y por un momento creíamos que todo volvería a ser para nosotros lo que había sido, que nuestro padre jamás podría envejecer y morir y que en cambio viviría para siempre, que el verano, el huerto y la mañana luminosa serían nuestros otra vez para no morir jamás.
Pude oírlo hablar entonces acerca de antiguas guerras y viejas disputas arrojando contra el presente y sus líderes la dura acusación de una retórica soberana que aullaba, se elevaba, caía y se extrañaba majestuosa en la noche, invadiendo los rincones todos de la oscuridad con la desnuda penetración que su voz había poseído en los tiempos idos en que se sentaba y conversaba en su porche envuelto en la oscuridad del verano mientras la vecindad escuchaba y permanecía inmóvil.
En aquel momento, mientras mi padre hablaba pude oír a los pensionistas que en el porche lo escuchaban de la misma forma: de vez en cuándo, el chirrido sigiloso de una mecedora, una palabra apenas dicha, una pregunta, una protesta o un asentimiento y luego el silencio hambriento y alerta que se alimentaba en la charla de mi padre. Hablaba de todas las guerras y todas las disputas que había presenciado contó cómo él, “un muchacho del campo con los pies descalzos”, había permanecido junto a un camino polvoriento a doce millas de Gettysburg, presenciando el paso de los desfarrapados rebeldes por el camino que los conducía a la muerte, a la batalla y a la catástrofe de sus propias esperanzas.
Hablaba del temblor débil y ominoso de las armas sobre el silencio cálido y adormecedor de los campos y de las inexplicables preguntas cargadas de silencio y admiración que llenaban sus corazones, y de cómo cada uno, siguiendo la costumbre, había retornado a su trabajo en la granja. Habló de los años posteriores a la guerra, cuando había trabajado como aprendiz de picapedrero en Baltimore y habló de gozos y fatigas antiguos, de hechos e historias cuya memoria se había perdido, y habló luego, rememorándolos con familiaridad, de los americanos desaparecidos, los americanos muertos, extraños, desparecidos, lejanos en el tiempo, de los rostros remotos, sin voz y cubiertos de barbas de los grandes americanos (más desaparecidos para mí que Egipto, más alejados de mí que las costas tártaras, más fantasmalmente extraños que Cipango o los rostros desaparecidos de los reyes de las primeras dinastías que erigieron las Pirámides), y a los cuales él había visto, oído y conocido y quienes habían sido familiares para él con todo el vigor, la pasión y la gloria orgullosa de su juventud: los remotos, rostros desaparecidos y sin voz de Buchanan — Johnson, Doulgas, Blaine, las facciones orgullosas, vacías, extrañas al tiempo y cubiertas de barbas de Garfield, Arthur, Harrison y Hayes.
—¡Ah, Señor! —dijo (resonó su voz en la oscuridad como un gong)–. ¡Ah, Señor…!    ¡Los he conocido a todos, desde la época de James Buchanan, a todos, porque tenia yo seis años cuando él ocupó el cargo!
Hizo entonces una breve pausa, se echó violentamente hacia adelante en su mecedora y escupió con precisión por encima de la baranda del porche un chorro de jugo de fuerte tabaco que fue a dar sobre la tierra barrosa entre la fragancia dulzona y nocturna de los almácigos de geranios.
—¡Sí, si —dijo gravemente, volviendo a reclinarse mientras los pensionistas atentos y deseosos aguardaban inmóviles en la viviente oscuridad—; los recuerdo a todos, desde la época de James Buchanan y he visto a la mayoría de los que vinieron después de Lincoln…! ¡Ah, Señor!—. Se detuvo durante un momento de expectativa sacudiendo con tristeza en las tinieblas su cabeza llena de gravedad—. ¡Bien que recuerdo el día aquel en que me hallaba en una calle de Baltimore… pobre huérfano sin amigos! —prosiguió mi padre con pesar, aunque con cierta falta de lógica, pues en aquel entonces su madre estaba viva y perfectamente sana en su pequeña granja de Pensilvania y habría de seguir estándolo durante casi cincuenta años—, un pobre muchacho campesino de dieciséis años y sin amigos, solo en la gran ciudad a donde había acudido como aprendiz de mi oficio… Y escuché a Andrew Johnson, quien era entonces el presidente de esta gran nación —dijo mi padre— que hablaba desde la plataforma de un coche de caballos… y estaba tan borracho… tan borracho —vociferó—, el presidente de este país estaba tan borracho que tenían que estar sosteniéndolo en cada uno de sus lados… ¡si no querían que se les fuera de cabeza dentro de la cuneta!
Se detuvo entonces, humedeció ligeramente su robusto pulgar, aclaró la garganta con satisfacción considerable, volvió a escucharse en su mecedora hacia adelante y escupió poderosamente un trozo brillante de tabaco mascado en la fragancia barrosa del oscuro almácigo de geranios.
—¡La primera vez que voté en una elección presidencial —prosiguió mi padre reclinándose nuevamente— fue en 1872, en Baltimore, por aquel gran hombre, aquel valiente y noble soldado que se llamó U. S. Grant! Y he votado siempre desde entonces por los candidatos republicanos. Voté por Rutherford Hayes, de Ohio, en 1876 (aquel fue el año, como bien sabrán, de la gran controversia entre Hayes y Tilden) y en 1880 por James Abram Garfield, ese gran hombre, sí -dijo con pasión- que fue loca y brutalmente muerto por el ataque cobarde de un asesino maldito-. Se detuvo, humedeció su pulgar y respirando pesadamente se echó hacia adelante en su mecedora y volvió a escupir. En 1884 voté por James G. Blaine, aquel año en que Grover Cleveland era su oponente -dijo brevemente-, por Benjamín Harrison voté en 1888 y nuevamente por Harrison en 1892, la vez en que Cleveland fue elegido para su segundo período… un día que todos recordaremos hasta la hora de nuestra muerte -dijo lúgubremente mi padre- pues los demócratas subieron entonces al poder y tuvimos ollas populares y, fíjense ustedes bien en lo que digo -vociferó-, volveremos a tenerlas antes de que los próximos cuatro años hayan pasado… y les van a silbar las tripas, como que hay un Dios en el cielo, antes de que ese Monstruo horrible y espantoso, cruel, inhumano y sediento de sangre que nos mantuvo fuera de la guerra -hizo escarnio mi padre- esté satisfecho con ustedes… porque el infierno, la ruina, la miseria y la condenación comienzan cada vez que los demócratas llegan al poder, ¡Ténganlo por cosa segura! -agregó en seguida y, aclarando su garganta, mojó su pulgar, volvió a echarse violentamente hacia adelante y escupió una vez más.
Durante un momento reinó el silencio y los pensionistas aguardaron.
-¡Ah, Señor! -dijo al fin mi padre triste y gravemente, con un tono de voz bajo, casi inaudible, y en un instante toda la antigua vida, toda la furia vociferante de su retórica habían escapado de él: volvía a ser un viejo enfermo, indiferente y próximo a la muerte y su voz se había vuelto vieja, gastada, tediosa y triste.
-¡Ah, Señor! -musitó, sacudiendo hastiada, leve y tristemente la cabeza en las tinieblas-. Los he visto a todos… Los he visto llegar y marcharse… Garfield, Arthur, Harrison y Hayes… y todos… todos… todos ellos están muertos… Soy el único que queda -dijo sin ninguna lógica- y pronto también yo me habré marchado -y guardó silencio durante un momento-. Qué raro resulta cuando uno lo piensa -musitó- ¡por Dios, si! -. Y así calló y la oscuridad, el misterio y la noche nos rodearon por completo.
Garfield, Arthur, Harrison y Hayes… tiempo del tiempo de mi padre, sangre de su sangre, vida de su vida, habían sido personas vivientes, reales y concretas en el centro de la pasión, el poder y los sentimientos de la juventud de mi padre. Y para mí eran los americanos desaparecidos: sus rostros gravemente vacíos y cubiertos de barbas se mezclaban, confundían y nadaban en las profundidades marítimas del pasado intocable, inconmensurable y tan imposible de conocer como la ciudad sepultada de Persépolis.
Y habían desaparecido.
Pues, ¿quién era Garfield, el mártir, y quién lo había visto en las calles de la vida? ¿Quién podía creer que sus pasos resonaron alguna vez en una acera desierta? ¿Quién había oído los tonos íntimos y carentes de ceremonia de la voz de Chester Arthur? ¿Y dónde estaba Harrison? ¿Dónde está Hayes? ¿Quién había llevado las patillas largas y quién las cortas: cuál era cuál?
¿No habían desaparecido, acaso?
En sus oídos, como en los nuestros, los tumultos de muchedumbres olvidadas, en sus mentes, el millón de palabras impresas de un tiempo desaparecido y, de repente, en sus miradas agonizantes la pena fugaz y amarga y la alegría de unos cuantos recuerdos rígidos y desfallecientes con el brillo de la muerte: la hoja que se agita en una rama, la rueda que levanta minúsculos fragmentos al rozar el cordón de la vereda, el fragor largo, distante y fugitivo de un tren sobre las vías.
Garfield, Harrison y Hayes eran naturales de Ohio, aunque sólo el nombre de Garfield había sido enaltecido por su sangre, pero, ¿no habrían oído por la noche los aullidos del viento enloquecido y el aguacero duro, nítido y huracanado que cae sobre la tierra cubierta de bellotas? ¿No había recorrido cada uno de ellos en la noche caminos desiertos? ¿No habían visto una luz y reconocido en ella la suya? ¿No había conocido la soledad cada uno de ellos?
¿No habían acaso conocido el olor de las monturas de, piel de ternero y del cuero muy usado, el olor del abogado yanqui, olor de poderosos esputos de tabaco, el olor de los mingitorios de !os tribunales de justicia, el olor de los caballos, de !os arneses, del heno y los sudados hombres del campo, el olor de los jurados y los tribunales, el poderoso olor corporal de la justicia en la sede del condado? ¿No habían oído un ruido que recorría los oscuros pasillos donde una gota caía en las tinieblas con la monotonía puntual y creciente del tiempo, el oscuro tiempo?
Y Garfield, Hayes y Harrison, ¿no habían estudiado derecho en despachos que olían a oscuro marrón? Los caballos, ¿no habían acaso pasado bajo sus ventanas al trote entre nubes de polvo, atravesando una calle tortuosa bordeada de casas de mala muerte y edificios con frentes falsos? ¿No habían escuchado las voces del campo, desmañadas, repletas de embustes, ligeramente fanfarronas? ¿No habían oído el rumor de las faldas de una mujer y el silencio expectante, el secreteo contenido de una obscenidad y al rato las enormes risotadas, el sonido de una palma en los muslos carnosos y las carcajadas groseras y estridentes’ de los bromistas? Y en el calor. y el polvo adormecidos, cuando el tiempo zumbaba lentamente como una mosca, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, ¿no habían acaso percibido el olor del río, el río húmedo, y su sutil presunción, sus aguas semidescompuestas, y pensado entonces en la piel blanca de las mujeres junto al río, sintiendo una lenta pasión pujante en sus entrañas y en sus manos una fuerza espesa y desgarran te?
Luego, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes habían marchado a la guerra, donde llegaron a ser brigadieres o generales de división. Todos ellos llevaban barbas: vieron un charco de sangre brillante entre las hojas y escucharon la conversación de los soldados sobre la comida y las mujeres. Defendieron la cabecera de un puente en brillante acción en lugares conocidos con nombres tales como Wilson’s Mill o Spangler’s Run y sus hombres se arrastraron con cautela a través de la densa maleza. Habían oído los insultos de los cirujanos luego de las batallas y el leve chirrido de las sierras. Habían visto muchachos que sostenían aterrorizados las entrañas en sus manos e imploraban lastimeramente con sus ojos brillantes de temor: ¿Será grave, general? ¿Le parece que será grave?
La metralla perforaba un hueco informe. Esparcía hojas y ramas en confuso amontonamiento y a veces se hincaba sólidamente en la pulpa de un árbol. A veces, cuando daba en un hombre, arrojaba a lo lejos la tapa de !os sesos y las paredes de su cráneo sin ningún concierto, de modo que el cerebro se esparcía bullente sobre un poco de terreno y la sangre se ennegrecía y congelaba y el hombre yacía allí, dentro de su uniforme grueso y basto, las telas de algodón olorosas con sus orines, en la postura accidenta!, torpe e incompleta de la muerte súbita. Y cuando Garfield, Arthur, Harrison y Hayes contemplaron estas cosas, advirtieron que no eran parecidas a la imagen que habían recibido cuando niños, que no se parecían a las obras de Walter Scott o William Gilmore Sims. Vieron que el hueco no era tan nítido ni tan pequeño ni estaba en el centro de la frente y que el campo no era verde, ni se hallaba cercado, ni la hierba estaba cortada. Sobre la tierra vasta e inmemorial brillaba la luz vibrante y recalentada de la tarde, un terreno se arrastraba rudamente hacia un montículo de árboles maltrechos y terreno a terreno, cañada a cañada, la tierra avanzaba en primitivos repliegues dulces e ilimitados.
Entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, se detuvieron un momento junto a la cabecera del puente y permanecieron inmóviles, contemplando la sangre brillando al mediodía sobre el trigo pisoteado, sintiendo el bochornoso silencio de las seis de la tarde que atravesaba ]o$ campos por donde al amanecer habían pasado todos aquellos pies tormentosos, contemplando la forma en que la primitiva cerca del campo se reclinaba sobre el camino cubierto de polvo, las hierbas silvestres y las margaritas resecas por el calor que aquí y allá alcanzaban la vera del camino, y contemplaron los vados de rocas brillantes del riacho, la sombra dulce y fresca de los árboles que se proyectaban inclinados sobre el agua.
Se detuvieron entonces junto a la cabecera del puente y miraron el agua. Vieron la chatura pura y vacía del antiguo molino rojo que de alguna manera recordaba el crepúsculo y la frescura, la tristeza y la delicia y contemplando los rostros de los muchachos que habían muerto entre el trigo, los rostros de siempre, ah, de siempre, los rostros con la extrañeza de la muerte, permanecieron allí un momento pensando, sintiendo, pensando, con el corazón repleto de una pregunta poderosa e inexpresable.
“Cuando nos reclinemos en los zócalos de la tarde, cuando nos alcemos en los marcos de las puertas maravillosas, cuando el silencio nos reciba en su seno y nos hallemos en las laderas de la colina bajo la luz declinante, cuando veamos las extrañas y silenciadas formas sobre la tierra y las distancias enmudecidas sabiendo ya todas las cosas, ¿qué podremos decir sino que todos nuestros camaradas fueron desparramados a nuestro alrededor y que el mediodía estaba lejos?
“¿Qué podemos decir ahora de la tierra deserta? ¿Qué podemos decir de las formas y las sustancias inmortales? ¿Qué podremos decir a quienes aquí han vivido con nuestras vidas con nuestros huesos, nuestra sangre y nuestra mente y con nuestros lenguajes sin lengua, oyendo por accidente en cualquier camino las voces totalmente familiares de los americanos, y a quienes mañana serán sepultados en la tierra, sabiendo que los campos se impregnarán de silencio, cuando nos hayamos ido, que la luz declinante que se hunde en las colinas, que la paz y la tarde retornarán unidas al millón de formas y a la única sustancia de nuestra tierra, unidas a la tarde, a la paz y a los pasos enormes de la noche ondulante que ya llega unidas también a la mañana?
“Recíbenos, oh, silencio, recibe el campo de la paz y la quietud de la tierra inconmensurable y las distancias irreductibles; forma de la sola y única sustancia, millón de formas invadan nuestro interior, restáurennos y hágannos uno con las vastas imágenes de la inmovilidad y el gozo. Pasos de la noche ondulante, lleguen ahora veloces; tráganos, oh, silencio, en tu sigilo cuajado de estrellas habla a nuestros corazones de la quietud pues, salvo ésta, no poseemos otra imagen.
“Allí está el puente que cruzamos, el molino en que dormimos y el riacho. Allí se alzan un trigal, un cerco, un camino polvoriento, un vergel cubierto de manzanos, y la dulce confusión silvestre de un bosque sobre aquella colina. Y vuelven a ser las seis sobre los campos, ahora y para siempre, como fue y como será hasta que el mundo se acabe. Algunos de nosotros hemos muerto esta mañana cuando atravesábamos el campo y¬ no volveremos nunca más, no volveremos nunca más a transitar este camino, como esta mañana lo hicimos, por eso, hermanos, déjennos mirar una vez más antes de la partida… Allí, el molino, allí, la cerca, allí los vados y las aguas de rocas brillantes del riacho, allá la frescura dulce e íntima de los árboles… ¡y aseguramos que allí estuvimos antes!”, lloraron.
“Oh, sí, hermanos, tengan por seguro que nos hemos sentado en ese puente frente al molino y que a la tarde cantamos en coro junto a las aguas de rocas brillantes del riacho, y que cruzamos el trigal en la mañana, y que oímos, dulce como el rocío, el canto del pájaro que surgía del cerco. Tú, tierra íntima y nuestra, tierra orgullosa de este inmenso país inexpresable; noble tierra orgullosa e inflamada con toda tu delicadeza, tu aislamiento, tu pasión y tu terror, gran tierra con toda tu soledad, tu belleza y tu alegría intensísima, tierra terrible en todas tus fecundidades ilimitadas, inflamada con los pliegues y repliegues infinitos que se adentran en las extensiones del oeste, ¡tierra americana!, puente, cerco y riacho y camino polvoriento, y tú tremenda poesía total de Wilson’s Mili donde murieron esta mañana los muchachos entre el trigo, tú, tierra de la magia que eres el hogar, inexpresablemente lejana y próxima, extraña y conocida y para quien bastaría una palabra si pudiéramos hallarla, para quien bastaría una palabra que nunca pueda ser dicha, que nunca pueda ser olvidada y que nunca pueda ser revelada; oh, tú, noble tierra orgullosa, familiar e inflamada, ¡deberíamos haberte conocido antes! ¡Deberíamos haberte conocido siempre, pues todo
lo que sabemos con certeza es que una vez recorrimos este camino a la mañana y ahora nuestra sangre está dibujada en el trigo y tú eres nuestro ahora, nosotros somos tuyos para siempre… y que aquí hay algo que no hemos de recordar jamás, algo que jamás olvidaremos!”
¿Habían sido jóvenes Garfield, Arthur, Harrison y Hayes? ¿O bien habían venido al mundo con espesas patillas y cuellos de pajarita, pronunciando desde la cuna que los brazos de sus madres formaban las sonoridades nobles y hueras de un estadista que sabe ver a lo lejos? Imposible. ¿No había sido cada uno de ellos un hombre joven en 1830, en 1840 y en 1850? ¿No lloraron como nosotros durante la noche en caminos desiertos y envueltos en vientos enloquecidos? ¿No lloraron acaso en un éxtasis de exultación cuando la medida cabal de su apetito y la esperanza potente e inicial surgía en ese llanto único y sin palabras?
¿No rondaron quedamente en su juventud, como nosotros de un lado a otro en las oscuras horas de la noche., viendo en una esquina las llamas tremolantes que caían con luz empalidecida sobre los ángulos de viejos vericuetos callejeros entre sus casas de piedra oscura? ¿No habían oído el rítmico ruido solitario de los cascos de un caballo, el traqueteo de las ruedas de un cabriolé en esos estériles vericuetos callejeros? ¿No habían esperado, acaso, con un temblor en la oscuridad el momento en que coche y caballo hubieran pasado, desvaneciéndose en la solitaria retirada de los cascos herrados hasta que su sonido dejó de oírse?
Y luego Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, ¿no habían esperado en el silencio de la noche, rondando de un lado a otro por los desiertos vericuetos callejeros, con labios trémulos, estómago anudado y corazón palpitante? ¿No habían adelantado la mandíbula, no habían realizado repentinos movimientos indecisos, no habían sentido terror y gozo y el peso de un éxtasis de insensibilidad y esperado entonces, esperado …pero, qué? ¿No habían esperado, percibiendo en la noche los sonidos de las locomotoras en las playas de maniobras, percibiendo la respiración áspera y gaseosa de pequeñas locomotoras a través de los tiznados tubos de respiración de sus chimeneas? ¿No habían esperado allí en la calle oscura con el apetito feroz y solitario de un muchacho, sintiendo a su alrededor la quietud inmensa y móvil del sueño, el sonido del corazón de diez mil hombres que duermen mientras ellos +esperaban y seguían esperando en la noche?
¿No habían levantado entonces como nosotros los ojos hacia el enorme rostro estrellado de la noche, la inmensa oscuridad lilácea de América en abril? ¿No habían oído el silbato repentino y estridente de una locomotora que parte? ¿No habían esperado, pensando, sintiendo, viendo entonces el inmenso y misterioso continente de la noche, la tierra salvaje y lírica, tan sencilla, dulce y extraña y conocida con todo su espacio, su salvajismo y terror, su misterio y su alegría, su ilimitada extensión y su grandeza, su fecundidad delicada e intensa? ¿No habían tenido entonces una visión de las llanuras, las montañas y los ríos que fluyen en la oscuridad, la enorme estructura de la tierra interminable y la devoradora soledad de América?
¿No habían sentido, como lo hemos sentido nosotros, mientras esperaban en la noche, la enorme y desierta tierra del tiempo de la noche y de América, en la cual diez mil durmientes poblaciones solitarias se hallaban esparcidas? ¿No habían sentido el frágil tejido de la luz, los pequeños rieles, confusos y mal unidos que cruzan la tierra y sobre los cuales los solitarios trencitos corren en las tinieblas, derramando a manos llenas ecos perdido en la ribera del río, dejando un eco en el precipicio abrupto y resonante para ser luego devorados por la inmensa noche desierta, la noche que todo lo cobija y todo lo devora? ¿No habían conocido, como nosotros los hemos conocido, el gozo y el misterio apasionados y secretos de la tierra que siempre perdura, la oscuridad lilácea, la soledad salvaje, silenciosa y posesiva que se acumulaba en torno de diez mil pequeñas poblaciones solitarias, en torno de diez millones de durmientes perdidos y solitarios y esperaba y toleraba siempre y permanecía inmóvil?
¿No habían esperado entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, sintiendo una alegría y una tristeza indómitas en sus corazones y un apetito voraz y un deseo (una llama, un fuego, una furia) que ardía feroz, enjuto y solitario en la noche, y ardía para siempre mientras los durmientes dormían? ¿No ardían y ardían y ardían así como el resto de nosotros ha ardido? ¿No ardían Garfield, Arthur, Harrison y Hayes en la noche? ¿No ardían para siempre en el silencio de las pequeñas poblaciones con el apetito feroz, con la pasión indómita y el deseo sin límites que los hombres de esta tierra han conocido en la oscuridad?
¿No habían esperado entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, como hemos esperado nosotros, con labios crispados y corazón retumbante y miedo, con deleite, alegría poderosa y terror agitados en su interior mientras permanecían frente a una casa en una calle silenciosa, orgullosos malvados, pródigos, iluminados… llenos de certidumbre, secretos y solitarios? Y cuando percibieron el casco, la rueda, el súbito silbato y el inmenso silencio soñoliento de la ciudad, ¿no esperaron allí en la oscuridad, pensando:
“Oh, ¡pronto; pronto, pronto!, hay nuevas tierras, hay una mañana y una ciudad reluciente?”.
¿No sintieron Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, esos hombres llenos de ferocidad y júbilo que allí esperaban como hemos esperado nosotros en las calles desiertas y estériles con labios temblorosos, manos insensibles, un terror y un gozo indómitos, con un arrobamiento feroz, viviente y agitado en sus entrañas, no sintieron acaso como lo hemos sentido nosotros cuando escucharon el estridente silbato que anunciaba la partida en las tinieblas, el sonido de grandes ruedas que batían violentamente la ribera del río? ¿No sintieron como hemos sentido nosotros esperaban en la intolerable dulzura, en la soledad, el misterio y el terror de la gran tierra en el mes de abril y al advertirse solos, vivos, jóvenes y locos y secretos condeseo y apetito en el gran silencio durmiente de la noche, la promesa acechante y cruel de esta tierra? ¿No fueron desgarrados, como lo hemos sido nosotros, por una pena acerba y una vehemencia sin palabras, por el áspid del tiempo, por la espina de la primavera y el llanto agudo y sin lenguaje? ¿No dijeron acaso estas palabras?
— ¡Oh, hay mujeres en el este… y nuevas tierras, hay una. mañana y una ciudad reluciente! Hay olvidadas ráfagas de humo resplandeciente sobre Manhattan un bosque de mástiles rodea la isla abarrotada, orgullosas separaciones de barcos que se marchan, la red que se remonta y el descenso de alas y la alegría del’ gran puente y hombres con sombreros hongo que cruzan el Puente para saludarnos:.. ¡Vengan, hermanos, vamos y encontrémonos con ellos! Pues el enorme rumor del millón de pies de la vida ciudadana, vida inmensa, vida de colmenar, soñolienta y extraña como el tiempo ha venido a hacer guardia en nuestros oídos con todas sus doradas profecías de gozo y triunfo, de felicidad, fortuna y amor tales cómo ningún hombre antes había conocido. ¡Oh, hermanos; encontraremos en la ciudad, en el encantamiento relumbrante, glorioso de esta ciudad de fábula grandes hombres y mujeres deliciosas, diez mil regocijos que nunca han de cesar, mil aventuras mágicas! Despertemos a la mañana en nuestros cuartos de colores generosos para volver a oír los cascos y las ruedas en las calles de la ciudad y oleremos el puerto inédito y semipodrido, con sus pulseras de brillantes mareas, su tráfico de barcos orgullosos que nacieron en el mar, con su pureza y la alegría de la mañana dorada y danzante.
— ¡Calle de la mañana, calle de la esperanza!–gritaron—. ¡Calle de la frescura y la luz oblicua, del precipicio frontal y la sombra azul y empinada, calle del oro matutino de las aguas que danzan sobre marcas azotadoras, calle de los embarcaderos herrumbrados por el tiempo, calle del ferry de nariz achatada que echa espumarajos con su sólida pared de pequeños rostros blancos y mirones, silenciosos y atentos, vueltos hacia ti, calle orgullosa! ¡Calle de los aromas apetitosos del café recién molido, del grato olor del dinero recién impreso, de los crudos olores semidescompuestos del puerto con toda la evocación de sus mástiles dispuestos y sus marejadas de barcos, gran calle! ¡Calle de los antiguos edificios ricamente ensuciados por la cálida y dulce suciedad del comercio! ¡Calle del millón de pies que a la mañana se apresuran siempre en la misma dirección! ¡Calle orgullosa del gozo y la esperanza y la mañana, en tu empinado desfiladero conquistaremos la fortuna, la fama, el poder y la estima que nuestras vidas y talentos se merecen!
— ¡Calle de la mañana, calle de la esperanza misterio y el suspenso, del terror y el deleite, de la inquietud y la esperanza, calle bordeada por la oscura amenaza de una inminente felicidad colmada y desconocida, calle de la risa y de la calidez y la maldad, calle de los grandes hoteles, de los bares pródigos y los restaurantes, callé del brillo suavemente dorado de las luces intermitentes y la blancura de pétalo de mil caras blancas, silenciosas y sedientas en los teatros abarrotados, calle de la marejada de rostros iluminados por el millón de tus luces, multitudinarios, incansables e indetenibles en su búsqueda insaciable del placer, calle de los amantes que caminan con pasos lerdos, el rostro del uno vuelto hacia el rostro del otro, perdidos en la obnubilación del amor entre la trama y la urdimbre perpetuas de la muchedumbre, calle del rostro pálido, de la boca pintada, del ojo brillante que se insinúa… oh, calle de la noche, con todo tu misterio, tu alegría y tu terror: hemos pensado en ti, calle orgullosa.
“Y nos desplazaremos al atardecer sobre las silentes profundidades de las alfombras suntuosas, recorriendo la risa, la calidez y la rutilante felicidad de los grandes salones iluminados de la noche, repletos del murmullo y la languidez dulzona de los violines, donde las más bellas y apetecibles mujeres del mundo, las hijas bienamadas de grandes comerciantes, amantes y solas, se mueven con lentos y orgullosos pasos ondulantes y una mirada de insondable ternura en sus rostros frágiles y hermosos. ¡Y la más hermosa de todas”, gritaron, “es nuestra para siempre si la deseamos! ¡Puesto que, hermanos, en la ciudad reluciente, mágica y dorada nos moveremos entre los hombres más importantes y las mujeres más gloriosas y no conoceremos más que la poderosa alegría y la felicidad y conquistaremos con nuestro valor y nuestro talento y mereceremos el puesto de mayor honra y honor en medio de la vida más afortunada y feliz que los hombres puedan poseer, con sólo ir allí y hacerlo nuestro!”
Así, pues, pensarlo, sintiendo, esperando como hemos esperado nosotros mismos en el silencio soñoliento de la noche en calles silenciosas, oyendo como hemos oído nosotros el agudo chasquido del silbato, el estruendo de las grandes ruedas en la ribera del río, sintiendo como lo hemos sentido nosotros mismos el misterio de la noche y el misterio de abril, la enorme presencia inminente, la promesa apasionada y secreta de la tierra salvaje, ‘solitaria y perpetua, no hallando, como tampoco pudimos hacerlo nosotros, puertas que franquear y desgarrados como lo fuimos nosotros por las espinas de la primavera y por el llanto estridente y sin palabras, ¿no llevaron consigo estos jóvenes del pasado, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, de la misma forma que nosotros lo hemos hecho, en su pequeña estructura de huesos, sangre, tendones, sudor r agonía, el peso intolerable de todo el dolor, el gozo y la esperanza, de todo el apetito desesperado que un hombre puede padecer y que el mundo puede conocer?
¿No habían desaparecido? ¿No habían desaparecido como lo ha hecho cada uno de nosotros, los que en esta tierra conocimos la ,juventud y el hambre, como cada uno de los que en la noche hemos esperado, flacos y locos y solos, sin encontrar un destino, ni un muro, ni una residencia, ni una puerta?
Los años fluyen como el agua y un día la primavera regresa. ¿Volveremos a salir alguna vez por las puertas del este corno lo hicimos una vez en la mañana, buscaremos nuevamente como entonces lo hicimos nuevas tierras, la promesa de la guerra y la gloria, del gozo y el triunfo, la promesa de una ciudad reluciente?
Oh, juventud, aún herida, viviente, llena de los sentimientos de un lamento inexpresable, que te dueles todavía de un dolor intolerable, sedienta aún de una sed indominable… ¿dónde hemos de buscar? Porque la violenta tempestad se abate sobre nosotros, la furia salvaje golpea a nuestro alrededor, el hambre frenético se alimenta de nosotros… y nosotros no tenemos una casa, ni una puerta, ni un sosiego, sino una permanente marcha forzada. Y nuestra mente ha enloquecido y nuestro corazón se ha vuelto salvaje y sin palabras y ya no sabemos hablar.

http://www.lamaquinadeltiempo.com/prosas/wolfe01.htm

 

GENESIS DOS DE MARCO DENEVI

Imaginad que un día estalla una guerra atómica. Los hombres y las ciudades desaparecen. Toda la tierra es como un vasto desierto calcinado. Pero imaginad también que en cierta región sobreviva un niño, hijo de un jerarca de la civilización recién extinguida. El niño se alimenta de raíces y duerme en una caverna. Durante mucho tiempo, aturdido por el horror de la catástrofe, sólo sabe llorar y clamar por su padre. Después sus recuerdos se oscurecen, se disgregan, se vuelven arbitrarios y cambiantes como un sueño. Su terror se transforma en un vago miedo. A ratos recuerda, con indecible nostalgia, el mundo ordenado y abrigado donde su padre le sonreía o lo amonestaba, o ascendía  (en una nave espacial) envuelto en fuego y en estrépito hasta perderse entre las nubes. Entonces, loco de soledad, cae de rodillas e improvisa una oración, un cántico de lamento. Entretanto la tierra reverdece: de nuevo brota la vegetación, las plantas se cubren de flores, los árboles se cargan de frutos. El niño, convertido en un muchacho, comienza a explorar la comarca. Un día ve un ave. Otro día ve un lobo. Otro día, inesperadamente, se halla frente a una joven de su edad que, lo mismo que él, ha sobrevivido a los estragos de la guerra nuclear. Se miran, se toman de la mano: ya están a salvo de la soledad. Balbucean sus respectivos idiomas, con cuyos restos forman un nuevo idioma. Se llaman, a sí mismos, Hombre y Mujer. Tienen hijos. Varios miles de años más tarde una religión se habrá propagado entre los descendientes de ese Hombre y de esa Mujer, con el padre del Hombre como Dios y el recuerdo de la civilización anterior a la guerra como un Paraíso perdido.

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Letanía de la orquídea Carlos fuentes

—Mira, ve: ya empezó el invierno.
De las espaldas del cielo caía sobre Panamá un torrente de filos claros que escurrían, de la tierra herida en las calles adyacentes, a la Vía España. En la frontera de asfalto las aguas turbias se arrinconaban desorientadas, temiendo sin conciencia la succión del drenaje. Respiración lejana de la ciudad, marcha de rumores, quedaba suspendida en el vapor de las aceras, en el occipucio de las palmas, en los cuerpos estacionados bajo los toldos.
Luz visceral, amarilla como la lluvia al abrazar el polvo. Muriel despertó, eran las doce del día. Las ventanas abiertas se mecían hasta formar una esdrújula reticente; las sábanas caían pesadas sobre su cuerpo. Sombra corta de las patas de la mesa, y el silencio dominaba la tos del hombre. Ana ya no estaba; quizá volvería en la tarde, mojada, a pasearse en su cáscara floja.
Muriel extendió los brazos y colocó sus manos sobre la cabeza. Entre los minutos, moscas verdes visitaban el mapa gris de su torso, y los sobacos vencían al aire. Vacío: sólo observaba las lejanas colinas, recortadas por la navaja oscura del día. Ni un pájaro, ni un presagio. Únicamente tiempo enredado en la maraña de electricidad. Jugaba con lentitud a la jitanjáfora: el país estaba poblado de ellas, eran como sus pies…
Alanje, Guararé, Macaracas, Arraiján, Chiriquí.
Sambu, Chitré, Penonomé.
Chican, Cocolí, Portogandí… Ese ritmo era una defensa.
Cuando escampó, Muriel se levantó con la frente empapada. Fue al clóset a buscar sus zapatos; estaban cubiertos de un limo verde, igual que sus libros, reblandecidos, resistiéndose a que se les leyera. En un plato, quedaban cubos de hielo agonizantes; los colocó sobre su pescuezo, y apretó duro, hasta que le volvió la tos. Cerca de las ventanas, las plantas jaspeadas volvían a hincharse, sus brazos abiertos picoteados de rojo. Con ellas, renacían el sol y el lento pulular: diástole paralítica de la Avenida Central, línea de la vida divergente, disparada por las hojas frágiles sobre los quioscos de Santa Ana, ahogada en un raspado de limón, manos en las dos orillas de la Zona del Canal, estirando los nervios hasta no alcanzarse. Los murmullos tornaban a la cabeza de Muriel con el cuentagotas del sudor.
En ese momento, sintió Muriel la comezón en la rabadilla. Rascarla, la acrecentaba. Era algo más… una bola que parecía cobrar autonomía del resto del cuerpo. Una sed de magia, o de medicina, le hizo saltar de la cama, ¡quién sabe qué gárgolas tropicales podrían invadirlo todo, fabricadas de carne, pero, como las otras, pétreas en su espíritu y su risa permanente! Era el día, el día que en una mueca alegre reservaba la tiniebla y la cancelación. Habría que esperar la noche para reconquistar los testimonios, para sentir la luz y derramarla con ritmo. En la noche estaba la permanencia: la cumbia fijaba, el tamborito, copa de latidos vertiente, el eco incesante de los vasos, eliminaban el tránsito sin fin que en silencio corría durante el sol. En la noche, había tiempo entre los adioses.
¡Maldita humedad! Los dedos le resbalaron sobre la hinchazón, no era posible apresarla y rascar. Y crecía, crecía hasta estallar, medallón de poros líquidos. Muriel se desnudó, y con la nuca torcida, fue a reflejarse de espaldas al cristal. Ya no era posible rascar sin ultrajes, y al minuto, sin quebrar: los pétalos de amarillo y violeta, el metal informe del polen, el tallo bulboso: había nacido una orquídea, perfecta, de abandonada simetría, lánguida en su indiferencia al terreno de germinación.
Orquídeas en la rabadilla. Sentía que el paisaje lo mamaba con dientes de alfiler, hundiendo las raíces del suelo en su piel, amasando su cerebro contra la roca hasta hacer de sus ojos un risco ciego.
Pero había problemas prácticos a los cuales atender. ¿Cómo ponerse los pantalones? ¿La flor, convertida en pasta? Del tallo de la orquídea al centro de sus nervios corría un dictado que soldaba la vida de la flor a la suya propia. No tuvo más remedio que recortar un círculo en la parte trasera del pantalón, para que la orquídea brotara públicamente por él. Así decorado, no tuvo empacho en salir a la calle: hay formas del prestigio que lo abarcan todo. A varios meses del Carnaval, quizá se le confundió con una condición suspensiva; acaso, se le consideró una nueva modalidad de la alegría. El hecho es que la orquídea paseó, en un vaivén gracioso, ante la mirada blanca de los bazares hindúes, entre las faldas tensas y las blusas moradas de los negros de Calidonia, sin más furia que el ojo de una serpiente. Horas y horas, en un paseo caluroso que no parecía mermar la fresca galanura de la flor. En la cantina del Coco Pelao, Muriel la roció de pipa; la flor cambió de colores, pero se esponjó gozosa, sus pétalos abrazaron las nalgas del hombre, lo sacaron de la cantina, lo empujaron hasta las puertas del Happyland. Esa noche, bailó Muriel como nunca; la orquídea marcaba el son, sus savias corrían hasta los talones del danzarín, subían al plexo, lo arrastraban de rodillas, lo agitaban en un llanto seco y rabioso. De la raíz de la orquídea salían chillando ondas tensas como una letanía ¡Chimbombó! ¡Chimbombó!
¡Chimbombó! Cierra mis heridas,
junta mis manos,
erendoró, cicatriza mi vagina, detén
las horas,
dame un porvenir
dame una lágrima Chimbombó, detén
mi risa
apresura mi fantasma,
hazme la quietud
déjame hablar español,
alambó,
mata el ritmo para que me cree, une
mis pulmones,
llena de tierra y flores las esclusas,
no me vendas por la luna, haz de mis
uñas puentes,
quítame el tatuaje de estrellas,
¡Chimbombó!
       Así gemía la orquídea, y todos —marineros verdes, turistas, mulatas de conos rebotantes— admiraban la belleza triste de la flor, sus movimientos de cosquilla, sus cambios de color con cada pieza musical. ¡La orquídea era un tesoro, plantado hoy en el invernadero de su rabadilla, pero…! Si ésta había florecido, ¿por qué no podrían germinar más, y más, únicas, en mutaciones sin límite? Orquídeas que saldrían congeladas, en avión, a las mil ciudades donde aún quedara una mujer con fe en las insinuaciones corteses.
Muriel salió corriendo del Happyland, jadeante, sin parar hasta su casa. Ana no había regresado. Poco importaba. Rápidamente, se desnudó y tomó la navaja; sin vacilación cortó de un tajo la orquídea y la plantó en un vaso de agua. Del hueso apenas brotaba un muñón verde.
¡Primera de la cosecha, a veinte dólares cada una! No le quedaba sino esperar, tendido en la cama, a que diariamente, entre doce y dos, floreciera una nueva. Acaso nacerían multiplicadas —cuarenta, ochenta, cien dólares diarios.
Y entonces, sin aviso, del lugar exacto en que la flor había sido cercenada, brotó una estaca ríspida y astillosa. Muriel ya no pudo gritar; con un chasquido desgarrante, la estaca irrumpió entre sus piernas y ya aceitada de sangre, corrió, rajante, por las entrañas del hombre, devorando sus nervios, lenta y ciega, quebrando en cristales el corazón. Ya no hablar, ya no describir. Y allí amaneció Muriel, partido por la mitad, empalado, sus brazos crispados en dos direcciones. Los pétalos de la orquídea marchita en el vaso seco, reflejaban en los ojos muertos de Muriel un lento oleaje de luz.
Afuera, entre las preposiciones, Panamá se colgaba de los dientes a su propio ser. Pro Mundi Beneficio.

http://www.literatura.us/carlos/letania.html

LA LEY DE HERODES DE JORGE IBARGUENGOITIA

Jorge Ibargüengoitia
(Guanajuato, México, 1928 – Madrid, 1983)

Sarita me sacó del fango, porque antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado. Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo enten­der que todos los hombres somos iguales, que el único ideal digno es la lucha de clases y la victoria del pro­letariado; me hizo leer a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes, ¿y todo para qué? Para destruirme después con su indiscreción.
No quiero discutir otra vez por qué acepté una beca de la Fundación Katz para ir a estudiar en los Estados Unidos. La acepté y ya. No me importa que los Estados Unidos sean un país en donde existe la explotación del hombre por el hombre, ni tam­poco que la Fundación Katz sea el ardid de un capitalista (Katz) para eludir impuestos. Solicité la beca, y cuando me la concedieron la acepté; y es más, Sarita también la solicitó v también la aceptó. ¿Y qué?
Todo iba muy bien hasta que llegamos al examen médico… No me atrevería a continuar si no fuera porque quiero que se me haga justicia. Necesito jus­ticia. La exijo. Así que adelante…
La Fundación Katz sólo da becas a personas fuertes como un caballo y el examen médico es muy riguroso.
No discutamos este punto. Ya sé que este examen médico es otra de tantas argucias de que se vale el FBI para investigar la vida privada de los mexica­nos. Pero adelante. El examen lo hace el doctor Philbrick, que es un yanqui que vive en las Lomas (por supuesto), en una casa cerrada a piedra y cal y que cobra… no importa cuánto cobra, porque lo pagó la Fundación. La enfermera, que con seguridad traicionó la Causa, puesto que su acento y rasgos faciales la delatan como evadida de la Europa Libre, nos dijo a Sarita y a mí, que a tal hora tomáramos tantos más cuantos gramos de sulfato de magnesia y que nos presentáramos a las nueve de la mañana si­guiente con las “muestras obtenidas” de nuestras dos funciones.?
¡Ah, qué humillación) ¡Recuerdo aquella noche en mi casa, buscando entre los frascos vacíos dos adecuados para guardar aquello! ¡Y luego, la noche en vela esperando el momento oportuno! ¡Y cuando llegó, Dios mío, qué violencia! (Cuando exclamo Dios mío en la frase anterior, lo hago usando de un recurso literario muy lícito, que nada tiene que ver con mis creen­cias personales.)?
Cuando estuvo guardada la primer muestra, volví a la cama y dormí hasta las siete, hora en que me levanté para recoger la segunda. Quiero hacer no­tar que la orina propia en un frasco se contempla con incredulidad; es un líquido turbio (por el sul­fato de magnesia) de color amarillo, que al cerrar el frasco se deposita en pequeñas gotas en las pa­redes de cristal. Guardé ambos frascos en sucesivas bolsas de papel para evitar que alguna mirada penetrante adivinara su contenido.?
Salí a la calle en la mañana húmeda, y caminé sin atreverme a tomar un camión, apretando con­tra mi corazón, como San Tarsicio Moderno, no la Sagrada Eucaristía, sino mi propia mierda. (Esta me­táfora que acabo de usar es un tropo al que llegué arrastrado por mi elocuencia natural y es indepen­diente de mi concepto del hombre moderno.) Por la Reforma llegué hasta la fuente de Diana, en donde esperé a Sarita más de la cuenta, pues habla tenido cierta dificultad en obtener una de las nuestras. Llegó como yo, con el rostro desencajado y su envoltorio contra el pecho. Nos miramos fijamente, sin decirnos nada, conscientes como nunca de que nuestra dignidad humana había sido pisoteada por las exigencias arbitrarias de una organización típicamente capitalista. Por si fuera poco lo anterior, cuando llegamos a nuestro destino, la mujer que había traicionado la Causa nos condujo al laboratorio y allí desenvolvió los frascos ¡delante de los dos! y les puso etiquetas. Luego, yo entré en el despacho del doctor Philbrick y Sarita fue a la sala de espera.?
Desde el primer momento comprendí que la inten­ción del doctor Philbrick era humillarme. En primer lugar, creyó, no sé por qué, que yo era ingeniero agrónomo y por más que insistí en que me dedicaba a la sociología, siguió en su equivocación; en segundo, me hizo una serie de preguntas que salen sobrando ante un individuo como yo, robusto y saludable física v mentalmente: ¿qué caso tiene preguntarme si he tenido neumonía, paratifoidea o gonorrea? Y apuno mis respuestas, dizque minuciosamente, en unas hojas que le había mandado la Fundación a propósito. Luego vino lo peor. Se levantó con las hojas en la mano y me ordenó que lo siguiera. Yo lo obedecí. Fuimos por un pasillo oscuro en uno de cuyos lados había una serie de cubículos, y en cada uno de ellos, una mesa clínica y algunos aparatos. Entramos en un cubículo: él corrió la cortina y luego, volviéndose hacia mí, me ordenó despóticamente: “Desvístase.” Yo obedecí, aunque ya mi corazón me avisaba que algo terrible iba a suceder. Él me examinó el cráneo aplicándome un diapasón en los diferentes huesos; me metió un foco por las orejas y miró para adentro; me puso un reflector ante los ojos y observó cómo se contraían mis pu­pilas y, apuntando siempre los resultados, me oyó el corazón, me. hizo saltar doscientas veces y volvió a oírlo; me hizo respirar pausadamente, luego, contener la respiración, luego, saltar otra vez doscientas veces. Apuntaba siempre. Me ordenó que me acostara en la cama y cuando obedecí, me golpeó despiadadamente el abdomen en busca de hernias, que no encontró; luego, tomó las partes más nobles de mi cuerpo y a jalones las extendió como si fueran un pergamino, para mirarlas como si quisiera leer el plano del tesoro. Apuntó, otra vez. Fue a un armario y tomando algodón de un rollo empezó a envolverse con él dos dedos. Yo lo miraba con mucha desconfianza.?
—Hínquese sobre la mesa —me dijo.?
Esta vez no obedecí, sino que me quedé mirando aquellos dos dedos envueltos en algodón. Entonces, me explicó:?
—Tengo que ver si tiene usted úlceras en el recto.?
El horror paralizó mis músculos. El doctor Philbrick me enseñó las hojas de la Fundación que decían efectivamente “úlceras en el recto”; luego, sacó del armario un objeto de hule adecuado para el caso, e introdujo en él los dedos envueltos en algodón. Comprendí que había llegado el momento de tomar una decisión: o perder la beca, o aquello. Me snbí a la mesa y me hinqué.?
—Apoye los codos sobre la mesa.?
Apoyé los codos sobre la mesa, me tapé las orejas, cerré los ojos y apreté las mandíbulas. El doctor Philbrick se cercioró de que yo no tenía úlceras en el recto. Después, tiró a la basura lo que cubriera sus dedos y salió del cubículo, diciendo: “Vístase.”?
Me vestí y salí tambaleándome. En el pasillo me encontré a Sarita ataviada con una especie de man­dil, que al verme (supongo que yo estaba muy mal) me preguntó qué me pasaba.?
—Me metieron el dedo. Dos dedos.?
—¿Por dónde??
—¿Por dónde crees, tonta??
Fue una torpeza confesar semejante cosa. Fue la causa de mi desprestigio. Llegado el momento de las úlceras en el recto, Sarita amenazó al doctor Philbrick con llamar a la policía si intentaba revisarle tal parte; el doctor, con la falta de determinación propia de los burgueses, la dejó pasar como sana, y ella, haciendo a un lado las reglas más elementales del compañerismo, salió de allí y fue a contarle a todo el mundo que yo me había doblegado ante el imperialismo yanqui.

Tlön, Uqbar, Orbis Tertius Jorge Luis Borges


IDebo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar. La quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar de esa obra. En las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala; en las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Altaic Languages, pero ni una palabra sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice. Agotó en vano todas las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ookbar, Oukbahr… Antes de irse, me dijo que era una región del Irak o del Asia Menor. Confieso que asentí con alguna incomodidad. Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase. El examen estéril de uno de los atlas de Justus Perthes fortaleció mi duda.

Al día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el artículo sobre Uqbar, en el volumen XXVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi idénticas a las repetidas por él, aunque -tal vez- literariamente inferiores. Él había recordado: Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan. Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustaría ver ese artículo. A los pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque los escrupulosas índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre de Uqbar.

El volumen que trajo Bioy era efectivamente el XXVI de la Anglo-American Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética (Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de 921. Esas cuatro páginas adicionales comprendían al artículo sobre Uqbar; no previsto (como habrá advertido el lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.

Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de referencias eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región. Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las persecuciones religiosas del siglo trece, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La sección idioma y literatura era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön… La bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque el tercero -Silas Haslam: History of the Land Called Uqbar, 1874-figura en los catálogos de librería de Bernard Quaritch.1 El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen über das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus Andreä. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercero volumen) y supe que era el de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.

Esa noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo-American Cyclopaedía… Entró e interrogó el volumen XXVI. Naturalmente, no dio con el menor indicio de Uqbar.

II

Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos robles. Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez, taciturnamente… Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matemáticas en la mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde, hablamos del sistema duodecimal de numeración (en el que doce se escribe 10). Ashe dijo que precisamente estaba trasladando no sé qué tablas duodecimales a sexagesimales (en las que sesenta se escribe 10). Agregó que ese trabajo le había sido encargado por un noruego: en Rio Grande do Sul. Ocho años que lo conocíamos y no había mencionado nunca su estadía en esa región… Hablamos de vida pastoril, de capangas, de la etimología brasilera de la palabra gaucho (que algunos viejos orientales todavía pronuncian gaúcho) y nada más se dijo -Dios me perdone- de funciones duodecimales. En setiembre de 1937 (no estábamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura de un aneurisma. Días antes, había recibido del Brasil un paquete sellado y certificado. Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dejó en el bar, donde -meses después- lo encontré. Me puse a hojearlo y sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré, porque ésta no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius. En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que en esa tarde sentí. El libro estaba redactado en inglés y lo integraban 1001 páginas. En el amarillo lomo de cuero leí estas curiosas palabras que la falsa carátula repetía: A First Encyclopaedia of Tlön. vol. XI. Hlaer to Jangr. No había indicación de fecha ni de lugar. En la primera página y en una hoja de papel de seda que cubría una de las láminas en colores había estampado un óvalo azul con esta inscripción: Orbis Tertius. Hacía dos años que yo había descubierto en un tomo de cierta enciclopedia práctica una somera descripción de un falso país; ahora me deparaba el azar algo más precioso y más arduo. Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. Todo ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico.

En el “onceno tomo” de que hablo hay alusiones a tomos ulteriores y precedentes. Néstor Ibarra, en un artículo ya clásico de la N. R. F., ha negado que existen esos aláteres; Ezequiel Martínez Estrada y Drieu La Rochelle han refutado, quizá victoriosamente, esa duda. El hecho es que hasta ahora las pesquisas más diligentes han sido estériles. En vano hemos desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa. Alfonso Reyes, harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex ungue leonem. Calcula, entre veras y burlas, que una generación de tlönistaspuede bastar. Ese arriesgado cómputo nos retrae al problema fundamental: ¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable, porque la hipótesis de un solo inventor -de un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en la modestia- ha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras… dirigidos por un oscuro hombre de genio. Abundan individuos que dominan esas disciplinas diversas, pero no los capaces de invención y menos los capaces de subordinar la invención a un riguroso plan sistemático. Ese plan es tan vasto que la contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional. Básteme recordar que las contradicciones aparentes del Onceno Tomo son la piedra fundamental de la prueba de que existen los otros: tan lúcido y tan justo es el orden que se ha observado en él. Las revistas populares han divulgado, con perdonable exceso, la zoología y la topografía de Tlön; yo pienso que sus tigres transparentes y sus torres de sangre no merecen, tal vez, la continua atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos minutos para su concepto del universo.

Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su aplicación a la tierra; del todo falso en Tlön. Las naciones de ese planeta son -congénitamente- idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje -la religión, las letras, la metafísica- presuponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la que proceden los idiomas “actuales” y los dialectos: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunarSurgió la luna sobre el río se dice hlör u fang axaxaxas mlö o sea en su orden: hacia arriba (upward) detrás duradero-fluir luneció. (Xul Solar traduce con brevedad: upa tras perfluyue lunó. Upward, behind the onstreaming it mooned.

Lo anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio boreal (de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el Onceno Tomo) la célula primordial no es el verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos. No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-de1 cielo o cualquier otra agregación. En el caso elegido la masa de adjetivos corresponde a un objeto real; el hecho es puramente fortuito. En la literatura de este hemisferio (como en el mundo subsistente de Meinong) abundan los objetos ideales, convocados y disueltos en un momento, según las necesidades poéticas. Los determina, a veces, la mera simultaneidad. Hay objetos compuestos de dos términos, uno de carácter visual y otro auditivo: el color del naciente y el remoto grito de un pájaro. Los hay de muchos: el sol y el agua contra el pecho del nadador, el vago rosa trémulo que se ve con los ojos cerrados, la sensación de quien se deja llevar por un río y también por el sueño. Esos objetos de segundo grado pueden combinarse con otros; el proceso, mediante ciertas abreviaturas, es prácticamente infinito. Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra. Esta palabra integra un objeto poético creado por el autor. El hecho de que nadie crea en la realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea interminable su número. Los idiomas del hemisferio boreal de Tlön poseen todos los nombres de las lenguas indoeuropeas y otros muchos más.

No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina: la psicología. Las otras están subordinadas a ella. He dicho que los hombres de ese planeta conciben el universo como una serie de procesos mentales, que no se desenvuelven en el espacio sino de modo sucesivo en el tiempo. Spinoza atribuye a su inagotable divinidad los atributos de la extensión y del pensamiento; nadie comprendería en Tlön la yuxtaposición del primero (que sólo es típico de ciertos estados) y del segundo -que es un sinónimo perfecto del cosmos-. Dicho sea con otras palabras: no conciben que lo espacial perdure en el tiempo. La percepción de una humareda en el horizonte y después del campo incendiado y después del cigarro a medio apagar que produjo la quemazón es considerada un ejemplo de asociación de ideas.

Este monismo o idealismo total invalida la ciencia. Explicar (o juzgar) un hecho es unirlo a otro; esa vinculación, en Tlön, es un estado posterior del sujeto, que no puede afectar o iluminar el estado anterior. Todo estado mental es irreductible: el mero hecho de nombrarlo –id est, de clasificarlo- importa un falseo. De ello cabría deducir que no hay ciencias en Tlön -ni siquiera razonamientos. La paradójica verdad es que existen, en casi innumerable número. Con las filosofías acontece lo que acontece con los sustantivos en el hemisferio boreal. El hecho de que toda filosofía sea de antemano un juego dialéctico, una Philosophie des Als Ob, ha contribuido a multiplicarlas. Abundan los sistemas increíbles, pero de arquitectura agradable o de tipo sensacional. Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. Hasta la frase “todos los aspectos” es rechazable, porque supone la imposible adición del instante presente y de los pretéritos. Tampoco es lícito el plural “los pretéritos”, porque supone otra operación imposible… Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente.2 Otra escuela declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra vida es apenas el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable. Otra, que la historia del universo -y en ellas nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidas- es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio. Otra, que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra, que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres.

Entre las doctrinas de Tlön, ninguna ha merecido tanto escándalo como el materialismo. Algunos pensadores lo han formulado, con menos claridad que fervor, como quien adelanta una paradoja. Para facilitar el entendimiento de esa tesis inconcebible, un heresiarca del undécimo siglo3 ideó el sofisma de las nueve monedas de cobre, cuyo renombre escandaloso equivale en Tlön al de las aporías eleáticas. De ese “razonamiento especioso” hay muchas versiones, que varían el número de monedas y el número de hallazgos; he aquí la más común:

El martes, X atraviesa un camino desierto y pierde nueve monedas de cobre. El jueves, Y encuentra en el camino cuatro monedas, algo herrumbradas por la lluvia del miércoles. El viernes, Z descubre tres monedas en el camino. El viernes de mañana, X encuentra dos monedas en el corredor de su casa. El heresiarca quería deducir de esa historia la realidad –id est la continuidad- de las nueve monedas recuperadas. Es absurdo (afirmaba) imaginar que cuatro de las monedas no han existido entre el martes y el jueves, tres entre e1 martes y la tarde del viernes, dos entre el martes y la madrugada del viernes. Es lógico pensar que han existido -siquiera de algún modo secreto, de comprensión vedada a los hombres- en todos los momentos de esos tres plazos.

El lenguaje de Tlön se resistía a formular esa paradoja; los más no la entendieron. Los defensores del sentido común se limitaron, al principio, a negar la veracidad de la anécdota. Repitieron que era una falacia verbal, basada en el empleo temerario de dos voces neológicas, no autorizadas por el uso y ajenas a todo pensamiento severo: los verbos encontrar y perder, que comportan una petición de principio, porque presuponen la identidad de las nueve primeras monedas y de las últimas. Recordaron que todo sustantivo (hombre, moneda, jueves, miércoles, lluvia) sólo tiene un valor metafórico. Denunciaron la pérfida circunstancia algo herrumbradas por la lluvia del miércoles,que presupone lo que se trata de demostrar: la persistencia de las cuatro monedas, entre el jueves y el martes. Explicaron que una cosa es igualdad y otra identidad y formularon una especie de reductio ad absurdum, o sea el caso hipotético de nueve hombres que en nueve sucesivas noches padecen un vivo dolor. ¿No sería ridículo -interrogaron- pretender que ese dolor es el mismo?4 Dijeron que al heresiarca no lo movía sino el blasfematorio propósito de atribuir la divina categoría de ser a unas simples monedas y que a veces negaba la pluralidad y otras no. Argumentaron: si la igualdad comporta la identidad, habría que admitir asimismo que las nueve monedas son una sola.

Increíblemente, esas refutaciones no resultaron definitivas. A los cien años de enunciado el problema, un pensador no menos brillante que el heresiarca pero de tradición ortodoxa, formuló una hipótesis muy audaz. Esa conjetura feliz afirma que hay un solo sujeto, que ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del universo y que éstos son los órganos y máscaras de la divinidad. X es Y y es Z. Z descubre tres monedas porque recuerda que se le perdieron a X; X encuentra dos en el corredor porque recuerda que han sido recuperadas las otras… El Onceno Tomo deja entender que tres razones capitales determinaron la victoria total de ese panteísmo idealista. La primera, el repudio del solipsismo; la segunda, la posibilidad de conservar la base psicológica de las ciencias; la tercera, la posibilidad de conservar el culto de los dioses. Schopenhauer (el apasionado y lúcido Schopenhauer) formula una doctrina muy parecida en el primer volumen de Parerga und Paralipomena.

La geometría de Tlön comprende dos disciplinas algo distintas: la visual y la táctil. La última corresponde a la nuestra y la subordinan a la primera. La base de la geometría visual es la superficie, no el punto. Esta geometría desconoce las paralelas y declara que el hombre que se desplaza modifica las formas que lo circundan. La base de su aritmética es la noción de números indefinidos. Acentúan la importancia de los conceptos de mayor y menor, que nuestros matemáticos simbolizan por > y por <, Afirman que la operación de contar modifica las cantidades y las convierte de indefinidas en definidas. El hecho de que varios individuos que cuentan una misma cantidad logran un resultado igual, es para los psicólogos un ejemplo de asociación de ideas o de buen ejercicio de la memoria. Ya sabemos que en Tlön el sujeto del conocimiento es uno y eterno.

En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige dos obras disímiles -el Tao Te King y las 1001 Noches, digamos-, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la psicología de ese interesante homme de lettres

También son distintos los libros. Los de ficción abarcan un solo argumento, con todas las permutaciones imaginables. Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto.

Siglos y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad. No es infrecuente, en las regiones más antiguas de Tlön, la duplicación de objetos perdidos. Dos personas buscan un lápiz; la primera lo encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos. Hasta hace poco los hrönir fueron hijos casuales de la distracción y el olvido. Parece mentira que su metódica producción cuente apenas cien años, pero así lo declara el Onceno Tomo. Los primeros intentos fueron estériles. El modus operandí, sin embargo, merece recordación. El director de una de las cárceles del estado comunicó a los presos que en el antiguo lecho de un río había ciertos sepulcros y prometió la libertad a quienes trajeran un hallazgo importante. Durante los meses que precedieron a la excavación les mostraron láminas fotográficas de lo que iban a hallar. Ese primer intento probó que la esperanza y la avidez pueden inhibir; una semana de trabajo con la pala y el pico no logró exhumar otro hrön que una rueda herrumbrada, de fecha posterior al experimento. Éste se mantuvo secreto y se repitió después en cuatro colegios. En tres fue casi total el fracaso; en el cuarto (cuyo director murió casualmente durante las primeras excavaciones) los discípulos exhumaron -o produjeron- una máscara de oro, una espada arcaica, dos o tres ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una inscripción en el pecho que no se ha logrado aún descifrar. Así se descubrió la improcedencia de testigos que conocieran la naturaleza experimental de la busca… Las investigaciones en masa producen objetos contradictorios; ahora se prefiere los trabajos individuales y casi improvisados. La metódica elaboración de hrönir(dice el Onceno Tomo) ha prestado servicios prodigiosos a los arqueólogos. Ha permitido interrogar y hasta modificar el pasado, que ahora no es menos plástico y menos dócil que el porvenir. Hecho curioso: los hrönir de segundo y de tercer grado -los hrönir derivados de otro hrön, los hrönir derivados del hrön de un hrön– exageran las aberraciones del inicial; los de quinto son casi uniformes; los de noveno se confunden con los de segundo; en los de undécimo hay una pureza de líneas que los originales no tienen. El proceso es periódico: el hrön de duodécimo grado ya empieza a decaer. Más extraño y más puro que todo hrön es a veces el ur: la cosa producida por sugestión, el objeto educido por la esperanza. La gran máscara de oro que he mencionado es un ilustre ejemplo.

Las cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro.

Salto Oriental, 1940.

Posdata de 1947. Reproduzco el artículo anterior tal como apareció en la Antología de la literatura fantástica, 1940, sin otra escisión que algunas metáforas y que una especie de resumen burlón que ahora resulta frívolo. Han ocurrido tantas cosas desde esa fecha… Me limitaré a recordarlas.

En marzo de 1941 se descubrió una carta manuscrita de Gunnar Erfjord en un libro de Hinton que había sido de Herbert Ashe. El sobre tenía el sello postal de Ouro Preto, la carta elucidaba enteramente el misterio de Tlön. Su texto corrobora las hipótesis de Martínez Estrada. A principios del siglo XVII, en una noche de Lucerna o de Londres, empezó la espléndida historia. Una sociedad secreta y benévola (que entre sus afilados tuvo a Dalgarno y después a George Berkeley) surgió para inventar un país. En el vago programa inicial figuraban los “estudios herméticos”, la filantropía y la cábala. De esa primera época data el curioso libro de Andreä. Al cabo de unos años de conciliábulos y de síntesis prematuras comprendieron que una generación no bastaba para articular un país. Resolvieron que cada uno de los maestros que la integraban eligiera un discípulo para la continuación de la obra. Esa disposición hereditaria prevaleció; después de un hiato de dos siglos la perseguida fraternidad resurge en América. Hacia 1824, en Memphis (Tennessee) uno de los afiliados conversa con el ascético millonario Ezra Buckley. Éste lo deja hablar con algún desdén -y se ríe de la modestia del proyecto. Le dice que en América es absurdo inventar un país y le propone la invención de un planeta. A esa gigantesca idea añade otra, hija de su nihilismo:5 la de guardar en el silencio la empresa enorme. Circulaban entonces los veinte tomos de la Encyclopaedia Britannica; Buckley sugiere una enciclopedia metódica del planeta ilusorio. Les dejará sus cordilleras auríferas, sus ríos navegables, sus praderas holladas por el toro y por el bisonte, sus negros, sus prostíbulos y sus dólares, bajo una condición: “La obra no pactará con el impostor Jesucristo.” Buckley descree de Dios, pero quiere demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo. Buckley es envenenado en Baton Rouge en 1828; en 1914 la sociedad remite a sus colaboradores, que son trescientos, el volumen final de la Primera Enciclopedia de Tlön. La edición es secreta: los cuarenta volúmenes que comprende (la obra más vasta que han acometido los hombres) serían la base de otra más minuciosa, redactada no ya en inglés, sino en alguna de las lenguas de Tlön. Esa revisión de un mundo ilusorio se llama provisoriamente Orbis Tertiusy uno de sus modestos demiurgos fue Herbert Ashe, no sé si como agente de Gunnar Erfjord o como afiliado. Su recepción de un ejemplar del Onceno Tomo parece favorecer lo segundo. Pero ¿y los otros? Hacia 1942 arreciaron los hechos. Recuerdo con singular nitidez uno de los primeros y me parece que algo sentí de su carácter premonitorio. Ocurrió en un departamento de la calle Laprida, frente a un claro y alto balcón que miraba el ocaso. La princesa de Faucigny Lucinge había recibido de Poitiers su vajilla de plata. Del vasto fondo de un cajón rubricado de sellos internacionales iban saliendo finas cosas inmóviles: platería de Utrecht y de París con dura fauna heráldica, un samovar. Entre ellas -con un perceptible y tenue temblor de pájaro dormido- latía misteriosamente una brújula. La princesa no la reconoció. La aguja azul anhelaba el norte magnético; la caja de metal era cóncava; las letras de la esfera correspondían a uno de los alfabetos de Tlön. Tal fue la primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real. Un azar que me inquieta hizo que yo también fuera testigo de la segunda. Ocurrió unos meses después, en la pulpería de un brasilero, en la Cuchilla Negra. Amorim y yo regresábamos de Sant’Anna. Una creciente del río Tacuarembó nos obligó a probar (y a sobrellevar) esa rudimentaria hospitalidad. El pulpero nos acomodó unos catres crujientes en una pieza grande, entorpecida de barriles y cueros. Nos acostamos, pero no nos dejó dormir hasta el alba la borrachera de un vecino invisible, que alternaba denuestos inextricables con rachas de milongas -más bien con rachas de una sola milonga. Como es de suponer, atribuimos a la fogosa caña del patrón ese griterío insistente… A la madrugada, el hombre estaba muerto en el corredor. La aspereza de la voz nos había engañado: era un muchacho joven. En el delirio se le habían caído del tirador unas cuantas monedas y un cono de metal reluciente, del diámetro de un dado. En vano un chico trató de recoger ese cono. Un hombre apenas acertó a levantarlo. Yo lo tuve en la palma de la mano algunos minutos: recuerdo que su peso era intolerable y que después de retirado el cono, la opresión perduró. También recuerdo el círculo preciso que me grabó en la carne. Esa evidencia de un objeto muy chico y a la vez pesadísimo dejaba una impresión desagradable de asco y de miedo. Un paisano propuso que lo tiraran al río correntoso. Amorim lo adquirió mediante unos pesos. Nadie sabía nada del muerto, salvo “que venía de la frontera”. Esos conos pequeños y muy pesados (hechos de un metal que no es de este mundo) son imagen de la divinidad, en ciertas religiones de Tlön.

Aquí doy término a la parte personal de mi narración. Lo demás está en la memoria (cuando no en la esperanza o en el temor) de todos mis lectores. Básteme recordar o mencionar los hechos subsiguientes, con una mera brevedad de palabras que el cóncavo recuerdo general enriquecerá o ampliará. Hacia 1944 un investigador del diario The American (de Nashville, Tennessee) exhumó en una biblioteca de Memphis los cuarenta volúmenes de la Primera Enciclopedia de Tlön. Hasta el día de hoy se discute si ese descubrimiento fue casual o si lo consintieron los directores del todavía nebuloso Orbís Tertius. Es verosímil lo segundo. Algunos rasgos increíbles del Onceno Tomo (verbigracia, la multiplicación de los hrönir) han sido eliminados o atenuados en el ejemplar de Memphis; es razonable imaginar que esas tachaduras obedecen al plan de exhibir un mundo que no sea demasiado incompatible con el mundo real. La diseminación de objetos de Tlön en diversos países complementaría ese plan…6 El hecho es que la prensa internacional voceó infinitamente el “hallazgo”. Manuales, antologías, resúmenes, versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden -el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo- para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas -traduzco: a leyes inhumanas- que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.

El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo. Encantada por su rigor, la humanidad olvida y torna a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles. Ya ha penetrado en las escuelas el (conjetural), “idioma primitivo” de Tlön; ya la enseñanza de su historia armoniosa (y llena de episodios conmovedores) ha obliterado a la que presidió mi niñez; ya en las memorias un pasado ficticio ocupa el sitio de otro, del que nada sabemos con certidumbre -ni siquiera que es falso. Han sido reformadas la numismática, la farmacología y la arqueología. Entiendo que la biología y las matemáticas aguardan también su avatar… Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su tarea prosigue. Si nuestras previsiones no erran, de aquí a cien años alguien descubrirá los cien tomos de la Segunda Enciclopedia de Tlön.

Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial de Browne.


1. Haslam ha publicado también A General History of Labyrinths.

2. Russell. (The Analisis of Mind, 1921, página 159) supone que el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de una humanidad que “recuerda” un pasado ilusorio.

3. Siglo, de acuerdo con el sistema duodecimal, significa un período de ciento cuarenta y cuatro años.

4. En el día de hoy, una de las iglesias de Tlón sostiene platónicamente que tal dolor, que tal matiz verdoso del amarillo, que tal temperatura, que tal sonido, son la única realidad. Todos los hombres, en el veniginoso instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare.

5. Buckley era librepensador, fatalista y defensor de la esclavitud.

6. Queda, naturalmente, el problema de la matesia de algunos objetos.