El geranio Flanery o Connors


cuadro12_141008El viejo Dudley se tumbó en la silla, que poco a poco se iba moldeando a su figura, y miró por la ventana hacia otra ventana enmarcada por ladrillo rojo ennegrecido que había a medio metro de distancia. Estaba esperando el geranio. Lo sacaban todas las mañanas alrededor de las diez y lo volvía a meter a las cinco y media. La parte de atrás de la casa de la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Había muchos geranios en casa, y más bonitos. Los nuestros sí que son geranios, pensó el señor Dudley. Ninguno de ellos es de ese color rosa pálido, ni tiene lazos de papel verde. El geranio que ponía en la ventana le recordaba al chico de los Grisby de su pueblo, que tenía la polio y lo tenían que sacar todas las mañanas para que le diera el sol. Lutish podía haber cogido aquel geranio, plantarlo en la tierra y en unas pocas semanas sería un geranio digno de ser admirado. Aquella gente del otro lado del callejón no sabía cómo cuidar un geranio. Lo sacaban y dejaban que se achicharrara al sol todo el día, y lo ponían  tan cerca del filo de la ventana, que el viento podría fácilmente tirarlo. No sabían cómo cuidar aun geranio. El viejo Dudley sintió un nudo en la garganta. Lutish podía hacer crecer cualquier cosa. Rabie también. La garganta se le quedó seca. Echó la cabeza hacia atrás e intentó aclarar su mente. No se le ocurrían muchas cosas que pensar que no le hicieran sentir su garganta de ese modo.

Su hija entró en la habitación.

— ¿No quieres salir a dar un paseo? —preguntó.

Parecía irritada.

Él no contestó.

— ¿No quieres?

— No —respondió él.

Él se preguntó cuánto tiempo se iba a quedar allí. Ella hizo que sintiera en los ojos lo mismo que en la garganta. Se le iban a poner lagrimosos y ella lo vería. Ya lo había visto antes así y se había compadecido de él. También se compadecía de sí misma; pero ella podía habérselo evitado a sí misma, pensó el viejo Dudley, si lo hubiera dejado solo o si lo dejara volver al lugar de donde había venido, a casa, y no estuviera tan obsesionada con su maldito deber. Ella salió de la habitación con un sonoro suspiro que lo hizo sentirse humillado al recordarle otra vez aquel momento –del que ella no tuvo ninguna culpa- en que de repente quiso ir a vivir con su hija.

Podía no haber ido. Podía haberse puesto rejego y decirle que quería pasar su vida donde siempre la había pasado, aunque no le mandara dinero todos los meses. Podía haber continuado con su pensión y algunos trabajitos. Que se guardara su maldito dinero, ella lo necesitaba más que él. Su hija se hubiera alegrado de librarse así de esa obligación. Entonces, si se moría sin sus hijos cerca, ella hubiera podido decir que había sido sólo culpa de él; si se ponía enfermo y no había nadie que lo cuidara, pediría ayuda, habría dicho ella. Pero tenía dentro el deseo interior de ver Nueva York. Había estado una vez en Atlanta cuando era pequeño y había visto Nueva York en una película, “El ritmo de la gran ciudad”. Las ciudades grandes eran sitios importantes. El deseo interior que tenía lo dominó por un instante. ¡El lugar que había visto en la película tenía sitio para él! Era un lugar importante y “tenía sitio para él”. Dijo que sí, que sí iría.

Debió de estar enfermo cuando lo dijo. No pudo haber estado bien y decirlo. Él estaba enfermo y ella estuvo tan obsesionada con su maldito deber que lo había convencido. En primer lugar, ¿por qué tuvo ella que ir allí a molestarlo? Él había obrado correctamente. Tenía su pensión para alimentarse y trabajitos que le permitían pagar su habitación.

Por la ventana de aquella habitación podía ver el río, turbio y enrojecido cuando luchaba con las rocas alrededor de las curvas que encontraba en su recorrido. Trató de recordar cómo era, además de rojizo y lento. Recordó también las manchas verdes de los árboles a ambos lados del río y la pequeña zona marrón llena de basura que había en algún lugar río arriba. Él y Rabie iban a pescar en una chalana todos los miércoles. Rabie conocía de arriba abajo más de treinta kilómetros del río. No había en el condado de Coa ningún negro que lo conociera como él. A Rabie le encantaba el río, mientras que para el viejo Dudley no significaba nada. Lo que le interesaba al viejo Dudley eran los peces. Le gustaba llegar a casa por la noche con muchos peces y echarlos al fregadero.

—Aquí traigo un poco de pescado —solía decir.

Y las mujeres de la pensión siempre decían:

—Sólo un “hombre” puede pescar todos esos peces.

Él y Rabie salían los miércoles por la mañana temprano y se quedaban pescando todo el día. Rabie buscaba el sitio donde debían pescar y el viejo Dudley era el que lo hacía. A Rabie no le importaba mucho si conseguían o no atrapar a los peces; lo que le gustaba era el río.

—es inútil que intente pescar usted, jefe —decía—. Por aquí no hay peces. Este viejo río no esconde ningún pez en este lugar. Es inútil.

Y se reía tontamente y dirigía el bote río abajo. Así era Rabie. Con una mirada rápida podía saber dónde estaban los peces. El viejo Dudley siempre le daba los pequeños a él.

El viejo Dudley había vivido en la habitación de la esquina de la planta de arriba de la pensión desde que murió su esposa en 1922. Él protegía a las señora mayores. Era el hombre de la casa. Por la noche era un trabajo aburrido, cuando las ancianas parloteaban y hacían ganchillo en el salón y el hombre tenía que escuchar y juzgar las discusiones que solían entablar. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutish vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto; pero era un experto en escabullirse con el trabajo a medio hacer para irse a ayudar al viejo Dudley en el proyecto que tuviera en ese momento, como hacer un gallinero o pintar una puerta. Le gustaba escuchar, le gustaba escuchar cosas de Atlanta, de cuando en cuando el viejo Dudley estuvo allí, de cómo se montaban las escopetas y de todas las cosas que sabía el viejo Dudley.

Algunas veces, por la noche, se iban a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ninguna, pero al viejo Dudley le gustaba librarse de estar con las señoras d vez en cuando, y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba la caza de zarigüeyas. Nunca había cazado ninguna; ni siquiera habían conseguido tener a ninguna cerca; y además era un negro de agua.

—No vamos a ir a cazar zarigüeyas esta noche, ¿verdad, jefe? Tengo que atender un pequeño asunto —decía Rabie cuando el viejo Dudley empezaba a hablar de perros de caza y de escopetas.

— ¿A quién vas robarle las gallinas esta noche? — solía decir el viejo Dudley con una sonrisa.

— Creo que esta noche iré a cazar zarigüeyas —solía contestar Rabie suspirando.

El viejo Dudley solía sacar su escopeta y desmontarla y, como era Rabie quien limpiaba las piezas, el viejo le explicaba el mecanismo. Después las montaba de nuevo. Rabie siempre se maravillaba de la forma en que las volvía a montar. Al viejo Dudley le habría gustado enseñarle a Rabie Nueva York. Si hubiera podido mostrársela, no le hubiera parecido tan grande, no se hubiera sentido aprisionado cada vez que salía.

— No es tan grande —hubiera dicho—. No dejes que te desanime, Rabie. Es como cualquier otra ciudad, y las ciudades no son nada complicadas.

Pero sí lo eran. Nueva York era ruidoso y lleno de atascos un minuto, y sucio y muerto al minuto siguiente. Su hija ni siquiera vivía en casa. Vivía en un edificio, a mitad de una fila de edificios todos iguales, todos de color rojo ennegrecido y gris, con gente que hacía un ruido desapacible, que se asomaban a las ventanas para ver las ventanas de otros, y esos otros, que eran también iguales, los miraban a su vez a ellos. Dentro podías subir y podías bajar, y sólo había pasillos que recordaban cintas métricas con una puerta cada tres centímetros. Recordaba que la primera semana el edificio  le aturdía. Se despertaba temiendo que los pasillos hubieran cambiado durante la noche y se extendieran como canódromos mientras él buscaba su puerta. Las calles eran iguales. Él se preguntaba dónde llegaría si caminara hasta el final de alguna de ellas. Una noche soñó que lo hacía y que no terminaba en ningún sitio.

A la semana siguiente de estar allí era más consciente de la presencia de su hija, de su yerno y del hijo: no había ningún sitio para poder estar lejos de ellos. Su yerno era un tipo raro. Conducía un camión y sólo volvía a casa sólo los fines de semana. Decía “na” en lugar de “no” y nunca había oído hablar de las zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en la habitación con el hijo, que tenía dieciséis años y al que no se le podía hablar. Pero algunas veces, cuando la hija y el viejo Dudley estaban solos en el departamento ella se sentaba con él y le hablaba. Primero ella tenía que pensar el algo que decirle. Normalmente empezaba diciéndole lo que consideraba que sería una hora razonable de levantarse o se hacer cualquier otra cosa, a lo que él se veía obligado a contestar. Él intentaba pensar en algo que no hubiera dicho antes, porque ella nunca lo escuchaba por segunda vez. Estaba contenta de que su padre pasara sus últimos días con su familia y no en una pensión ruinosa llena de viejas con las que a veces idas. Estaba cumpliendo con su deber y tenía hermanos y hermanas que no lo estaba haciendo.

Una vez se lo llevó de compras con ella, peo era demasiado lento. Fueron en un “metro”, un tren que iba bajo tierra a través de lo que parecía una cueva larga. La gente salía toda apretujada de los trenes, subía las escaleras y llegaba a la calle. Luego iba muy deprisa por la calles, bajaba las escaleras y se montaba de nuevo en los trenes – personas negras, amarillas, blancas, todos mezclados como la verdura de la sopa-. Todo hervía. Los trenes atravesaban túneles, iban por encima de canales y, de repente, paraban. La gente que bajaba abría camino a empujones entre la gente que subía, sonaba un ruido y luego el tren se ponía en marcha de nuevo. El viejo Dudley y su hija tuvieron que coger tres diferentes para llegar al lugar donde iban.  Él se preguntaba  por qué la gente salía de sus casas. Sentía como si la lengua se le deslizara hacia el estómago. Su hija lo tomaba de la manga del abrigo y tiraba de él para que se pudiera mover entre la gente.

Se montaron también en un ferrocarril elevado. Tuvieron que subir a un andén alto para cogerlo. El viejo Dudley miró la vía y vio por debajo de él gente y coches que iban muy deprisa. Se sintió mareado. Puso una mano en la vía y se dejó caer en el suelo del andén  .La hija chilló y tiró de él para separarlo del borde.

— ¿Es que quieres caerte y matarte? — gritó.

 A través de una grieta de las tablas de madera, veía los coches dando vueltas en la calle.

— No me importa —murmuró—. Me da igual si me muero o no.

— Vamos —dijo ella—. Te sentirás mejor cuando lleguemos a casa.

— ¿A casa? —repitió el viejo.

Los coches se movían rápidamente debajo de él.

— Vamos —dijo ella—. Aquí llega; tenemos el tiempo justo.

Y se montaron.

Regresaron al edificio y al apartamento. El apartamento era demasiado pequeño. No había sitio donde no hubiera alguien más. La cocina comunicaba con el cuarto de baño, y el cuarto de baño comunicaba con todo lo demás, y siempre estabas donde empezaste. En el pueblo había una parte de arriba y un sótano, y un río, y en el centro, delante de los Fraziers… condenada garganta suya.

El geranio llegaba tarde. Eran ya las diez y media y normalmente lo sacaban a las diez y cuarto.

Abajo, en algún lugar del pasillo, una mujer gritaba algo inteligible dirigiéndose a la calle; se oía un radio con la música anticuada de una novela radiofónica; un depósito de basura chocó con gran estrépito contra la escalera de incendios de algún edificio cercano. La puerta del apartamento de al lado dio un portazo y se oyeron unas fuetes pisadas recorriendo rápidamente el pasillo.

 — Ése debe de ser el negro —murmuró el viejo Dudley—. El negro de los zapatos brillantes.

Él estaba ya allí la semana en que el negro se instaló. Ese jueves estaba asomado a la puerta mirando un perro que corría por el pasillo, cuando ese negro entró en el apartamento de al lado. Llevaba puesto un traje de rayas gris y una corbata marrón. El cuello de su camisa estaba almidonado y muy blanco, lo que marcaba una línea bien definida en contraste con el negro de la piel de su cuello. Sus zapatos eran marrones y muy brillantes y hacían juego con su corbata y con su piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No podía imaginar el tipo de persona que, viviendo en un edificio como ese, se pudiera permitir un lujo de tener criados. Se río entre dientes. ¡De cuanta utilidad le iba a ser un negro vestido de domingo! A lo mejor ese negro conocía el campo de los alrededores o al menos cómo se podía ir allí. Podrían ir a cazar. Podrían encontrar un arroyo en algún lugar cercano. Cerró la puerta y se dirigió a la habitación de su hija.

— ¡Oye! —gritó—. Los del apartamento de al lado tienen un negro. Debe de ser para que les limpie la casa. ¿Crees que trabajará aquí todos los días?

Su hija estaba haciendo la cama y levantó la vista para mirarlo.

— ¿De qué estás hablando? —preguntó.

— Digo que los del apartamento de al lado tienen un criado, un negro, muy arreglado con un traje de domingo —dijo el viejo Dudley.

Su hija se dirigió al otro lado de la cama.

— Debes estar loco —dijo ella—. El apartamento de al lado está libre, y además nadie de por aquí se puede permitir el lujo de tener un criado.

— Te digo que lo he visto —dijo riéndose disimuladamente—, yendo hacia la derecha,  con una corbata, con una camisa con el  cuello blanco y unos zapatos de puntera fina.

— Si ha entrado allí, será que está viéndolo para ver si le gusta para él —murmuró su hija.

Se dirigió al tocador y empezó a juguetear con algunas cosas.

El viejo Dudley se rió. Cuando quería podía ser realmente divertida.

— Bueno —dijo él—. Creo que iré a ver qué día tiene libre. A lo mejor lo convenzo de que le gusta pescar.

Se dio una palmada en el bolsillo para hacer que sonaran las dos monedas de veinticinco centavos que tenía en él. Antes de que saliera al pasillo, ella se fue llorando detrás y tiró de él para adentro.

— ¿Es que estás sordo? —gritó—. He hablado en serio. Si ha entrado ahí será para alquilarlo para él. No vayas allí a hacerle preguntas o decirle nada. No quiero ningún problema con los negros.

— ¿Quieres decir que va a vivir en la puerta de al lado de la tuya? —murmuró el viejo Dudley.

Ella se encogió de hombros.

— Supongo que sí, Y tú ocúpate de tus asuntos —añadió—. No quiero que tengas ningún contacto con él.

Así es como ella le habló, como si fuera un tonto. Pero entonces él la riñó .Le dijo lo que pensaba, y ella sabía lo que quería decir.

— ¡Tú no has sido educada de esa manera!—dijo enfadado—. No has sido educada para vivir al lado de negros que piensen que son iguales que nosotros. ¡Y te crees que yo podría estar entreteniéndome con un negro de esa clase! Estás loca si piensas que yo quiero tener algo que ver con él.

Tuvo que empezar a hablar más despacio porque la garganta le estaba molestando. Ella se puso muy derecha y dijo que vivían donde podía permitirse vivir y se conformaban. ¡A ella que no le sermoneara! Luego se fue muy digna, sin decir ni una palabra más.

Así era ella. Intentando ser santa, con los hombros encorvados y el cuello levantado. Como si fuera tonta. Sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta principal de sus casas y dejaban que se sentaran en sus sofás, pero no sabía que su propia hija, que había sido educada adecuadamente, pudiera vivir en la puerta de al lado de donde vivían ellos, y además pensar que él no tenía el suficiente sentido común como para querer mezclarse con ellos. ¡Él!.

Se levantó y cogió un periódico que había encima de otra silla. Quería que pareciera que estaba leyendo cuando su hija entrara de nuevo. Era inútil tenerla allí de pie mirándolo, pensando que tenía que inventar algo que él pudiera hacer. Miró por encima del periódico a la ventana del otro lado del callejón. El geranio todavía no estaba allí. Nunca anteriormente lo habían sacado tan tarde. El primer día que lo vio, había estado sentado allí, mirando desde su ventana a la ventana de enfrente, y había mirado el reloj para ver cuánto tiempo quedaba para el desayuno. Cuando levantó la vista, estaba allí. Le sorprendió. A él no le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una flor. Se parecía al chico enfermo de los Grisby de su pueblo y tenía el color de las cortinas que las ancianas tenían en el salón de la pensión, y el lazo de papel que tenía el geranio se parecía al que tenía en la espalda Lutish  en el uniforme de los domingos. Lutish era muy aficionada a los fajines. La mayoría de los negros lo eran, pensó el viejo Dudley.

La hija entró otra vez en la habitación. Él hizo como si estuviera leyendo el periódico.

— ¿Me puedes hacer un favor? —preguntó, como si se acabara de inventar un favor que él le pudiera hacer.

Esperaba que no quisiera que fuera de nuevo a la tienda abarrotes. La vez anterior se había perdido. Todos los condenados edificios parecían iguales. Él asintió con la cabeza.

— Baja a la tercera planta y dile a la señora Schmit que te preste el patrón de camisa que usa para Jake.

¿Por qué no podía dejarlo sentado? No necesitaba para nada el patrón de la camisa.

— De acuerdo —dijo—. ¿Qué número es?

El número 10, igual que éste. Tres plantas más abajo justo debajo de nosotros.

El viejo Dudley siempre temía que al salir al canódromo se abriera de pronto una puerta y uno de los hombres de los que solían asomarse a la ventana en camiseta interior le gruñera; “¿Qué está haciendo aquí?” La puerta del apartamento del negro estaba abierta y pudo ver a una mujer sentada en una silla junto a la ventana.

—Negros yanquis —murmuró.

La mujer llevaba puestas unas gafas sin montura y tenía un libro sobre la falda. Los negros creen que no están bien vestidos si no se ponen unas gafas, pensó el viejo Dudley. Se acordó de las de Lutish. Había ahorrado trece dólares para comprárselas. Fue al oculista y le dijo que le examinara los ojos y que le dijera que tan gordos debía comprarse los lentes. El oculista la hizo mirar dibujos de animales a través de un cristal, le acercó una luz a los ojos y miró dentro de su cabeza. Luego le dijo que no necesitaba anteojos. Estaba tan furiosa que quemó el pan de maíz tres días seguidos, pero de todas formas se compró unas gafas en la tienda. Sólo le costaron un dólar noventa y ocho y las llevaba puestas todos los domingos. “Los negros eran así”, pensó el viejo Dudley soltando una risita. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se cubrió la boca con la mano. Alguien lo podía oír en alguno de los apartamentos.

Bajó el primer tramo de escaleras. Cuando iba por el segundo, oyó pasos que subían. Miró por encima de la barandilla y vio que era una mujer, una mujer gorda con un delantal puesto. Desde arriba, se parecía a la señora Benson de su pueblo. Se preguntó si hablaría con él. Cuando estaban a cuatro escalones de distancia, él la miró, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en las escaleras, el viejo  bajo la vista por un momento y vio que ella lo estaba mirando a la cara. Pasó por delante de él y no le dijo ni una palabra. Sintió una opresión en el estómago.

Bajó cuatro tramos de escaleras en lugar de tres. Luego volvió a subir uno y encontró el número 10. La señora Schmit dijo que sí, que esperara un momento y le daría su patrón. En lugar de salir ella, mandó a la puerta a uno de sus hijos para que se lo diera. El niño no le dio nada.

El viejo Dudley empezó a subir a escaleras. Tuvo que hacerlo más despacio porque se cansaba. Parecía que todo lo cansaba. No era cuando tenía a Rabie, que le hacía los recados. Rabie era un negro ligero de pies. Podía entrar a hurtadillas, y coger el pollo más gordo sin que los animales hicieran ningún ruido. Y también era rápido. Dudley siempre había sido muy lento de pies. Pasaba eso con las personas gordas. Se acordó de una vez que él y Rabie estaban cazando codornices cerca de Molton. Tenían un perro de caza que podía encontrar una bandada de codornices más rápidamente que ningún otro perro. Aunque no se le daba bien traerlas, podía encontrarlas siempre y luego se quedaba quieto como muerto mientras tú apuntabas a los pájaros. Esa vez el perro se quedó totalmente inmóvil.

—Va a ser una bandada enorme —dijo Rabie—, lo presiento.

El viejo Dudley levantó lentamente la escopeta mientras seguían caminando. Tenía que tener cuidado con las agujas de los pinos, que cubrían todo el suelo y lo hacía resbaladizo. Rabie se movía de un lado a otro, levantando los pies y posándolos de nuevo sobre las agujas con cuidado, de una manera inconsciente. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia el frente y con el otro hacia el suelo. Si se encontraba una pendiente, podía resbalar peligrosamente hacia delante y, si había una elevación del terreno, podía caer para atrás.

— ¿No sería mejor que esta vez me encargara yo de matar a lo pájaros, jefe? —sugirió Rabie—. Nunca ha tenido usted mucha estabilidad en los pies los lunes. Si se cae en una de esas pendientes, se le a va disparar la escopeta y va a espantar  a todos los pájaros.

Pero el viejo Dudley quería encontrar la bandada. Podía cazar fácilmente cuatro de ellos.

— los cazaré —murmuró,

Se acercó la escopeta al ojo y se inclinó hacia delante. Pero resbaló con algo y cayó de espaldas. La escopeta se le disparó y la bandada se dispersó por el aire.

— Esos pájaros eran unas buenas piezas y los hemos dejado escapar —dijo Rabie suspirando.

— Encontraremos otra bandada — dijo el viejo Dudley—. Ahora sácame de este maldito hoyo.

Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Les podría haber disparado como a latas colocadas encima de una valla. Se llevó una mano a la oreja y la otra la extendió hacia delante. Podía haberlos alcanzado como a pichones de barro. ¡Bang! Un crujido de la escalera lo hizo caer, sujetando todavía con las manos la invisible escopeta. El negro empezó a subir escalones en dirección a sonde estaba él, con una divertida sonrisa que agrandaba su cuidado bigote. Al viejo Dudley se le quedó la boca abierta. El negro tenía los labios encogidos como intentando aguantar la risa. El viejo Dudley no se podía mover. Miraba la clara línea que había entre la piel del negro y el cuello de su camisa.

— ¿Qué está cazando, viejo? —preguntó el negro, con una voz que sonaba como la risa de un negro y la burla de un hombre blanco.

El viejo Dudley se sintió como un niño con una pistola de aire comprimido. Tenía la boca abierta y la lengua totalmente rígida en el centro. Sintió que no había nada por debajo de sus rodillas. Se le resbalaron los pies y bajó tres escalones deslizándose, para terminar sentado en el suelo.

— Será mejor que tenga cuidado —dijo el negro—. Se puede hacer daño muy fácilmente en estos escalones.

Extendió la mano para levantar al viejo Dudley. Era una mano larga y estrecha, con las uñas limpias y cortadas en forma cuadrada. Parecía como si se las hubiera limado. El viejo Dudley tenía las manos entre las rodillas. El negro lo agarró del brazo y tiró hacia arriba.

— ¡Vaya! —dijo jadeando—. ¡Cuánto pesa! ¡Ayúdeme un poco!

El viejo Dudley desdobló las rodillas y se tambaleó al levantarse. El negro lo tenía agarrado del brazo.

— De todos modos voy para arriba —dijo—, así que le voy a ayudar.

El viejo Dudley miraba a su alrededor desesperadamente. Parecía que los escalones que tenían detrás se juntaban. Iba subiendo las escaleras con el negro. El negro lo esperaba en cada escalón.

— ¡Así que usted caza? —dijo el negro—. Bueno, yo fui a cazar ciervos una vez. Creo que utilicé una Dodson 38 para cazar aquellos ciervos. ¿Qué usa usted?

El viejo Dudley estaba mirando fijamente los brillantes zapatos marrones del negro.

— Yo uso una escopeta —refunfuñó.

—A mí me gusta más juguetear con la escopeta para cazar —dijo el negro—. Nunca me dio bien matar nada. Me da un poco de pena reducir el coto de caza. Sin embargo, si yo tuviera tiempo y dinero, coleccionaría escopetas.

Esperaba en cada escalón a que el viejo Dudley lo subiera. Hablaba de escopetas y de marcas. Le llevaba puestos unos calcetines grises con puntitos negros. Acabaron de subir las escaleras. El negro recorrió el pasillo con él, agarrándolo del brazo. Probablemente parecía que tenía su brazo unido al del negro.

Llegaron justo a la puerta del viejo Dudley y entonces el negro le preguntó:

— ¿Vive usted aquí?

El viejo Dudley moví la cabeza mirando hacia la puerta. No había mirando todavía al negro. No lo había mirado mientras subían las escaleras.

— Bueno —dijo el negro—, éste es un sitio fenomenal, una vez que te acostumbras a él.

Le dio una palmadita en la espalda y se metió en su apartamento. El viejo Dudley entró en el suyo. El dolor que tenía en la garganta se le había extendido ahora a toda la cara, llegándole también a los ojos.

Caminó arrastrando los pies hasta una silla que había cerca de la ventana y se dejó caer pesadamente en ella. La garganta le iba a estallar. Le iba a estallar por culpa de un negro, de un maldito negro que le había dado una palmada en la espalda y lo había llamado “viejo”.A él, que sabía que esas cosas no debían pasar. A él, que era de un buen lugar. Un buen lugar. Un lugar donde esas cosas no podían pasar. Sus ojos empezaron a sentirse extraños en sus órbitas. Se estaban hinchando, y dentro de un momento no tendrían sitio para ellos. Estaba atrapado en este lugar sonde los negros podían llamar “viejo”. No estaría atrapado. No lo estaría. Giró la cabeza en el respaldo de la silla para estirar el cuello, que tenía demasiado tenso.

Un hombre lo estaba mirando. Había un hombre en la ventana del otro lado del callejón mirándolo directamente. El hombre lo estaba viendo llorar. Allí era donde debía estar el geranio, y había un hombre en camiseta viéndolo llorar, esperando para ver cómo estallaba su garganta. El viejo Dudley miró al hombre. Allí debía estar el geranio. El geranio pertenecía a ese lugar, no ese hombre.

— ¿Dónde está el geranio? —gritó con su garganta seca.

— ¿Por qué llora? —preguntó el hombre—. Nunca había visto llorar de esa manera a un hombre.

— ¿Dónde está el geranio? Debía estar ahí en lugar de usted —dijo el viejo Dudley con voz temblorosa.

— Ésta es mi ventana —dijo el hombre—. Tengo derecho a estar aquí si quiero.

— ¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley.

Sólo quedaba un pequeño espacio en su garganta.

— Se cayó, si es que tanto le interesa —dijo el hombre.

El viejo Dudley se levantó y miró hacia abajo. En el callejón, seis pisos más abajo. En el callejón, seis pisos abajo, pudo ver el tiesto de una maceta rota desparramado sobre la suciedad y una cosa rosa sobre un lazo de papel verde. Se había caído desde un sexto piso.

El viejo Dudley miró al hombre, que masticaba chicle y esperaba ver cómo le estallaba la garganta.

— No lo tenía que haber puesto tan cerca del borde de la ventana —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge?

— ¿Por qué no lo recoge usted? —dijo el hombre.

Lo haría. Bajaría y recogería el geranio. Lo pondría en su ventana y lo podría mirar durante todo el día siquiera. Se alejó de la ventana y salió de la habitación. Recorrió el pasillo muy despacio y llegó a las escaleras. Los escalones se separaban como una herida profunda en el suelo. Se abrían como un desfiladero, como una caverna, y bajaban y bajaban. Y él las había subido yendo un poco detrás del negro. Y el negro le había ayudado a levantarse y lo había llevado del brazo y había subido las escaleras con él. Le había dicho que había cazado ciervos y lo había llamado “viejo” y lo había visto sosteniendo una escopeta que no existía y sentado en las escaleras como un chiquillo. Llevaba unos zapatos marrones muy brillantes y había intentado aguantar la risa, aunque realmente todo lo que le había pasado era para reírse. Probablemente habría negros con calcetines de puntitos negros en cada escalón, tapándose la boca para no reírse. Los escalones se separaban más y más. No bajaría, porque no quería que los negros le dieran palmaditas en la espalda. Volvió a la habitación, se acercó a la ventana y miró hacia abajo, a donde estaba el geranio.

El hombre estaba sentado donde debía haber estado el geranio.

— No le he visto recogiendo el geranio—dijo.

El viejo Dudley miró fijamente al hombre. — Le he visto antes —dijo el hombre—. Le he visto sentado en esa vieja silla todos los días, mirando por la ventana, mirando a mi apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿entiende? No me gusta que la gente se ponga a mirar lo que hago.

Estaba allí en el callejón, con las raíces descubiertas.

— Yo le digo las cosas ala gente sólo una vez— dijo el hombre; y se retiró de la ventana.

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