CORAZON DELATOR Edgar Allan Poe

1030809452_60459276b1 ¡Cierto!, soy muy nervioso, terriblemente nervioso, siempre lo he sido; pero, ¿porqué dicen ustedes que estoy loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, no los ha destruido, ni embotado. Y entre todos el más agudo es el oído. He oído todas las cosas en el cielo y en la tierra. Y he oído muchas cosas en el infierno. ¿Cómo entonces, he de estar loco? ¡Escuchen!, y observen con cuanta cordura puedo contarles la historia entera.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

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SUEÑO DE HENRI DE TOULOUSE- LAUTREC, PINTOR Y HOMBRE INFELIZ Tabuchi

toulouse-lautrec-at%20the%20moulin%20rouge   Una noche de marzo de 1890, en un burdel de París, después de haber pintado el cartel para una bailarina a la que amaba sin ser correspondido, Henri de Toulouse- Lautrec, pintor y hombre infeliz, tuvo un sueño. Soñó que estaba en los campos de su Albi, y que era verano. Se hallaba bajo un cerezo cargado de cerezas y hubiera querido coger algunas, pero sus piernas cortas y deformes no le permitían llegar hasta la primera rama cargada de fruta. Entonces se puso de puntillas y, como si fuera la cosa más natural del mundo, sus piernas comenzaron a alargarse hasta que alcanzaron una longitud normal. Una vez que hubo cogido las cerezas, sus piernas comenzaron de nuevo a encogerse y Henri de Tolouse- Lautrec volvió a su altura de enanito. Sigue leyendo