Clytie Eudora Welty

Título original: “Clytie”, relato de Eudora Welty,
publicado en The Oxford Book of Gothic Tales, Chris Baldick (ed.),
Oxford University Press, Oxford, 1992, pp. 424-434

Martha Angélica Pérez Isunza
FaCULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS, UNAM

Mujer+con+sombrero+panam%C3%A1Era media tarde, con nubes pesadas y de color plata que parecían más grandes y más anchas que campos de algodón, y pronto comenzó a llover. Todavía a la luz del sol, los goterones caían en los cobertizos de zinc caliente y manchaban las blancas fachadas falsas de la hilera de tiendas del pueblecito de Farr’s Gin. Una gallina y su fila de pollitos amarillos cruzaron corriendo la calle, asustados. El polvo se tornó color barro de río, y los pájaros bajaron volando de inmediato hasta él y abrieron pequeños huecos para bañarse. Los perros de cacería abandonaron el umbral de las tiendas, se sacudieron hasta la cola y fueron a recostarse adentro. La poca gente que había en la calle, con sus largas sombras proyectadas en el suelo llano, se refugió en la oficina de correos. Un chiquillo clavó sus talones descalzos en los costados de su mula, que siguió cruzando el pueblo, a paso lento, en dirección al campo.

Después de que todos los demás se habían refugiado, la señorita Clytie Farr seguía parada en la calle, mirando al frente con sus ojos de miope, e igual de mojada que los pajaritos.

Tenía la costumbre de salir del viejo caserón hacia esa hora de la tarde y cruzar el pueblo a toda prisa. Antes corría de aquí para allá con cualquier pretexto, y por un tiempo le dio por ofrecer explicaciones en voz baja que nadie podía oír, y luego comenzó a dejar cuentas sin pagar, que, según la jefa de la oficina de correos, eran tan incobrables como las de cualquiera, aun cuando los Farr se creyeran demasiado finos como para relacionarse con el resto de la gente Sigue leyendo

EUDORA WELTY

A los pies de Eudora

NURIA BARRIOS  01/08/2009

Eudora Welty tenía 35 años cuando el cartero subió los escalones del porche de su casa en Jackson, Mississippi, y llamó a la puerta. Todos en Jackson conocían a Eudora. La ciudad es la capital del Estado de Mississippi, pero hubo un tiempo, cuando Welty era una niña, en que era posible ir a pie a todas partes y, al caminar, se escuchaba la música de los pianos saliendo por las ventanas abiertas. En una ciudad así, anclada en el sur, los vecinos se conocen bien y pueden contar sin esfuerzo la historia de cada familia desde que el primer miembro pusiera allí sus pies. Eso sucedía en Jackson. El cartero sabía al dedillo que la madre de Eudora había nacido en West Virginia, donde trabajó como maestra, y que el padre, natural de Ohio, había diseñado aquella sólida casa de estilo Tudor, con altos techos y suelos encerados, delante de cuya puerta de entrada ahora aguardaba con una carta en la mano. Como buen vecino de Jackson, el cartero estaba al tanto de que Eudora seguía soltera y se ganaba la vida como escritora, igual que era capaz de decir sin equivocarse a qué se dedicaban los otros dos hermanos Welty. Lo que el hombre no sabía es qué había dentro de ese sobre blanco que firmaba un tal William Faulkner.

“You’re doing all right”.

Eso era exactamente lo que William Faulkner había escrito a Eudora Welty: “Lo estás haciendo bien”.

Faulkner, uno de los gigantes de la literatura norteamericana, era el autor a quien más admiraba Eudora. Como ella, había nacido en Mississippi y la presencia del paisaje y sus gentes era una constante en su ficción. Cuando recibió la carta, Welty ya había publicado dos impactantes libros de relatos, Una cortina de follaje y La red grande, ambos en 1941, y una novela corta, The Robber Bridegroom (1942). Sus historias, que transcurren en lugares muy similares a Jackson, describen a personas con emociones tan intensas y perturbadoras como el entorno caliente y extraordinariamente fértil donde viven. Abrir los libros de Welty es como montar en un tren que va parando en distintas estaciones y, desde la ventanilla, te permite contemplar a la gente que se acerca. Personas de pueblos del delta del Mississippi, con nombres como Victory o Midnight, que acuden a fiestas, pelean, viven en familias tan sofocantes como el calor, matan y mueren, padecen de soledad y sufren por amor. Hombres y mujeres blancos que habitan en una sociedad escrupulosamente ordenada donde la separación racial es tan asombrosa que los negros sencillamente se desdibujan en su breve papel de figurantes.

La estructura poética de las historias de Welty, el misterio que respiran, su lenguaje metafórico, su oído para los diálogos, la descripción de la naturaleza como un ser voraz y lujurioso, la unión de lo cotidiano y lo extravagante, de la normalidad y la locura, y el uso de los detalles más insignificantes para acentuar los sentimientos y reacciones de los personajes no sólo gustaron a Faulkner. La literatura de Welty había recibido numerosos elogios, pero las sobrias -y condescendientes- palabras del escritor la emocionaron. Subió al segundo piso y colgó la carta junto a la mesa de madera donde había escrito y escribiría casi toda su obra. Henry Miller no tuvo la misma suerte que Faulkner, aunque su actitud fue mucho más generosa. Acudió a Jackson para visitar a la escritora, pero la madre de Eudora prohibió que acudiera a la casa tras averiguar que Miller escribía libros ¡obscenos! Welty, que había nacido en Jackson en 1909, murió en 2001 en esa misma casa donde nunca entró Miller y que ahora abandonaba el cartero. Tenía 92 años y se había convertido en la gran maestra del relato norteamericano. A los elogios de Faulkner se habían sumado los de E. M. Forster, Katherine Anne Porter, Richard Ford, Anne Tyler, Lorrie Moore… Uno de sus admiradores había puesto su nombre a un popular servicio de correo por Internet, Eudora, como homenaje al relato Por qué vivo en la oficina de correos.

Eudora Welty escribió relatos, novelas, ensayos y publicó asimismo dos volúmenes de fotografías. Recibió innumerables premios a lo largo de su vida, entre ellos, el Pulitzer por su novela The Optimist’s Daughter (1973). Fue la primera autora viva cuya obra publicó la Library of America, en cuyo catálogo figuran Mark Twain, Walt Whitman, Henry James o Edith Warton. Fue una excelente y solicitada conferenciante. Gran parte de sus charlas están reunidas en One Writer’s Beginnings. Pero fueron sus relatos los que la consagraron. Su imaginación hunde sus raíces en una tierra que ha dado excelentes cuentistas, como Flannery O’Connor y Katherine Anne Porter, pero las historias de Welty abren un mundo nuevo, fascinante y extraño. La editorial Lumen acaba de publicar sus Cuentos completos ahora que se cumplen cien años de su nacimiento. En España ya habían aparecido dos libros de relatos: Una cortina de follaje y Las manzanas doradas, ambos en Anagrama. La edición de Lumen incluye, además de esos dos títulos, La red grande, La novia del ‘Innisfallen‘ y dos relatos más que fueron publicados en revistas.

Una cámara fotográfica fue la primera herramienta de trabajo de Welty. Algo de la visión de la fotógrafa que fue impregna sus relatos: la sabiduría para enfocar allí donde late la historia. “Una mente visual es la mejor taquigrafía que un escritor puede desear”, decía. Welty estudió publicidad en la Universidad de Columbia y, al regresar a Jackson, encontró un trabajo en la Administración que le llevó a recorrer su Estado en los años de la Depresión. Lo que vio la perturbó y fascinó al mismo tiempo. Con una cámara barata sacó cientos de fotografías, que revelaba por la noche en la cocina de su casa. Fueron expuestas en Nueva York en 1936, el mismo año en que logró vender a una pequeña revista su primer relato, Death of a Traveling Salesman. Welty se inclinó por la escritura. “Mucho antes de que empezara a escribir, escuché con atención las historias”, declaró en 1984. “Los niños que escuchan saben que las historias están allí. Cuando sus mayores se sientan y empiezan, los niños ya están esperando que aparezcan, como un ratón que sale de su agujero”. En 1971, Random House publicó una colección de estas fotos, One Time, One Place: Mississippi in the Depresión. Los textos de Welty son descriptivos y sugerentes, como sus fotos, pero mucho más perturbadores y misteriosos. No obstante, conservó el ojo del fotógrafo. Cuando en Estados Unidos publicaron sus Cuentos completos, Welty declaró: “Fue una sensación muy extraña. Como ver revelar un negativo, la imagen apareciendo lentamente ante tus ojos. Fue como recuperar la memoria”.

La edición de los Cuentos completos, por primera vez en castellano, que ahora presenta Lumen, es una excelente noticia. Lástima que el volumen no vaya acompañado de un prólogo sobre una autora cuyo agente clamaba que “el editor que rechazara sus cuentos debería ser fustigado”. Como diría uno de los personajes de Welty: “Si no te puedes fiar de una editorial de confianza, ¿de quién te puedes fiar?”.

El punto de vista Janet Burroway

 El punto de vista es el elemento más complicado de la narración. Si bien es posible analizarlo, definirlo, esquematizarlo, se trata en última instancia de una relación entre escritor, personajes y lector que, como toda relación, tiene sus sutilezas. Podemos discutir sobre el narrador, la omnisciencia, el tono, la distancia o la credibilidad en determinado cuento, pero ninguna conclusión que saquemos lo ubicará en el mismo casillero con otro cuento.
En primer lugar debemos desechar la acepción común de la frase “punto de vista” como sinónimo de opinión, como cuando decimos por ejemplo “desde mi punto de vista debe haber pena de muerte”. La visión del autor acerca de lo que es o debería ser el mundo se nos revelará al final, según el uso que haga del punto de vista; y no al revés: identificar las creencias del narrador no sirve para describir el punto de vista en el relato. En lugar de pensar que el punto de vista consiste en la opinión o las creencias del autor, hay que tomarlo de un modo más literal, como “el punto desde donde se mira mejor”.
¿Quién se ubica dónde para mirar la escena? Sigue leyendo