REUNIÓN John Cheever

jcheeverLa última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a un cottage en el Cabo alquilado por mi madre. Le escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante una hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido –mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto- pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación. Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y estrechó mi mano. Sigue leyendo

LA DAMA DEL PERRIT0 CHEJOV

LA DAMA   Corrió la voz de que por el malecón se había visto pasear a un nuevo personaje: La dama del perrito.
      Dmitrii Dmitrich Gurov, residente en Yalta hacía dos semanas y habituado ya a aquella vida, empezaba también a interesarse por las caras nuevas. Desde el pabellón Verne, en que solía sentarse, veía pasar a una dama joven, de mediana estatura, rubia y tocada con una boina. Tras ella corría un blanco lulú.
      Después, varias veces al día, se la encontraba en el parque y en los jardinillos públicos. Paseaba sola, llevaba siempre la misma boina y se acompañaba del blanco lulú. Nadie sabía quién era y todos la llamaban La dama del perrito.
      “Si está aquí sin marido y sin amigos, no estaría mal trabar conocimiento con ella”, pensó Gurov. Sigue leyendo

LA ISLA DE CORTÉS Alice Munro

DSC02079Desde esos pequeños mundos que se concentran en Ontario, Alice Munro compone en El amor de una mujer generosa (RBA Libros, 2009) una de las colecciones de cuentos más crudos y luminosos de la literatura contemporánea. Sutiles obras maestras, arte del mínimo detalle, en los que una de las mejores autoras de la literatura universal explora esas vidas cohibidas de mujeres marcadas por la invisibilidad y la renuncia, encerradas en la conformidad y un jardín de rutinas, que cuidan a esposos o a padres enfermos. Mujeres de múltiples edades que buscan la pasión que dejaron atrás. Mujeres que dudan, que huyen, que abandonan, que se desbocan. Mujeres frías, a veces infieles, otras insensatas. Mujeres que reinventan su propia adolescencia y que ven la muerte de cerca. Munro postula para todas ellas, sin embargo, una esperanza, una vía de escape, común en las ocho historias de este maravilloso volumen contra la amenaza de la rutina y el confinamiento de los sueños. La isla de Cortés

La pequeña novia.

Yo tenía veinte años, medía metro setenta y pesaba algo más de sesenta kilos, pero algunas personas —la esposa del jefe de Chess, la secretaria de mayor edad de su oficina y la señora Gorrie, la de arriba— me llamaban la pequeña novia. Algunas veces, nuestra pequeña novia. Chess y yo bromeábamos con ello, pero en público él respondía con una mirada de cariño y afecto. Yo, por mi parte, con un mohín sonriente: tímida y conformista.
Vivíamos en un sótano en Vancouver. La casa no pertenecía a los Gorrie, como yo había pensado en un principio, sino a Ray, el hijo de la señora Gorrie. De vez en cuando venía a arreglar cosas. Entraba por la puerta del sótano, igual que Chess y yo. Era un hombre delgado, estrecho de hombros, quizá de treinta y tantos años, y que siempre llevaba consigo una caja de herramientas y la gorra de trabajo. Andaba encorvado, lo que tal vez estaba relacionado con la necesidad de agacharse cuando se dedicaba a sus chapuzas de fontanería, electricidad y carpintería. Su rostro era amarillento y tosía muchísimo. Cada tosido suponía una afirmación independiente y discreta que definía su presencia en el sótano como una intrusión necesaria. No se disculpaba por estar allí, pero tampoco se movía por aquel lugar como si le perteneciese. Sólo hablaba con él cuando llamaba a la puerta para decirme que iba a cortar el agua o la luz durante un rato. El alquiler se lo pagábamos en efectivo a la señora Gorrie todos los meses. No sé si ella le pasaba todo el dinero o se quedaba un poco para cubrir sus gastos. Porque de no ser así, todo lo que tenían ella y el señor Gorrie —fue ella quien me lo dijo— era la pensión del señor Gorrie. No la de ella. Todavía no soy lo bastante mayor, dijo.
La señora Gorrie, siempre gritaba por las escaleras para ver cómo estaba Ray y preguntar si le apetecía una taza de té. Él siempre respondía que estaba bien y que no tenía tiempo. Decía que su hijo trabajaba demasiado, como ella. Siempre intentaba colarle algún postre casero, como galletas, pan de jengibre o confituras, al igual que hacía conmigo. Ray respondía que acababa de comer o que en casa tenía de todo. Yo también me resistía, pero al séptimo u octavo intento, cedía. Me avergonzaba mucho seguir diciendo que no después de tanta insistencia y de sus caras largas. Admiraba la forma en que Ray se empeñaba en decir que no. Ni siquiera decía «no, madre». Sencillamente, no.
Luego la señora Gorrie solía buscar algún tema de conversación.
—¿Qué me cuentas? ¿Tienes alguna novedad emocionante? Sigue leyendo

Cómo despertar a la bella durmiente Christopher Domínguez Michael

Rara vez un gran escritor asume públicamente el deseo de emular a otro gran escritor y, en un gesto literario que lo honra, Gabriel García Márquez lleva un cuarto de siglo homenajeando a Yasunari Kawabata. Hacia 1980 García Márquez leyó La casa de las bellas durmientes (1961) de Kawabata y, como tantos otros lectores sensibles en el planeta, el maestro colombiano quedó impactado por la despiadada y casi alucinante belleza de uno de los relatos eróticos más perturbadores de la literatura universal.
Hasta 1982, fecha de su primer artículo sobre Kawabata, García Márquez no sabía nada de literatura japonesa, según su propia confesión, al grado de afirmar, en ese mismo texto, que Kawabata se había destripado con un sable ritual, cuando la verdad es que escogió un suicidio antiheroico y abrió el gas del departamento en que murió en 1972. En “El avión de la bella durmiente”, el artículo referido, García Márquez se dijo tan impactado por la literatura nipona, que
durante casi un año no leí otra cosa, y ahora yo también estoy convencido: las novelas japonesas tienen algo en común con las mías. Algo que no podría explicar, que no sentí en la vida del país durante mi única visita al Japón, pero que a mí me parece más que evidente. Sin embargo, Sigue leyendo

La bella durmiente Gabo

avion-aterrizando“ERA BELLA, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambillas. ´Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida`, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y desapareció en la muchedumbre del vestíbulo. Sigue leyendo

LUVINA Rulfo

luvina…Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar. Sigue leyendo

MECÁNICA POPULAR Raymoud Carver

PC180374Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua
sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana -una
ventana abierta a la altura del hombro- que daba al traspatio. Por la calle
pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de
la casa.

Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en
la puerta.

— ¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas! —gritó—. ¿Me
oyes?

Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.

— ¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas!—.Empezó a llorar—. Ni
siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto? Sigue leyendo