UN MOMENTO DE QUIETUD Frag. Eudora Welty

Eudora Welty
Un momento de quietud (fragmento)

” Murreil cabalgando junto a su futura víctima, Murrell cabalgando era Murreli hablando. Se demoraba en sus largos cuentos, siempre dejando que fluyera entre ellos una distancia y un largo espacio de tiempo y todos giraban alrededor de un hombre silencioso. En cada uno el hombre silencioso habría cometido una maldad, un robo o un asesinato, en algún lugar del lejano pasado, y todo estaba, preparado para revelar al final que el hombre silencioso era el propio Murrell, y el extenso relato había sucedido ayer, y el lugar era éste: Natchez Trace. Bastaría una sola mirada de entendimiento para que la víctima viera que todo eso formaba parte de otra historia y que él mismo había escuchado su inserción en el cuento, y que él también estaba por retroceder en el tiempo (a donde el pavor quedaba olvidado) para algún oyente y vivir en el lejano pasado para un oyente. ¡Destruye el presente! -eso debe de haber sido lo primero que fue susurrado en el corazón de Muriel- el momento viviente y el hombre que vive en él debe morir antes de que sigas. Era su costumbre terminar la jornada -que incluso podía durar días-con una suerte de ceremonia. Volviendo finalmente su cara hacia la cara de la víctima, porque nunca la había visto hasta ese momento, se habría erguido con la súbita estatura de un hombre que ya no es el narrador sino el mudo protagonista, silencioso al fin, casi un héroe. Entonces mataba al hombre. “

SIN VENTAJAS Alice Munro

SIN VENTAJAS

dunnottar Ésta es una parroquia sin ventajas. En los montes, la tierra es, en muchos sitios, musgosa y no sirve para nada. En general, el aire es húmedo debido a la altura de los montes que atraen continuamente las nubes y al vapor que exhala el suelo musgoso… El mercado más cercano está ubicado en un pueblo a veinticinco kilómetros y las carreteras son, de tan profundas, casi intransitables. La nieve también es a veces un gran inconveniente; a menudo, no podemos tener trato con el resto de la especie humana durante meses. Y una gran desventaja es la ausencia de puentes, por lo que las crecidas de los ríos obstaculizan el paso de los viajeros… Los únicos cultivos son la cebada y las patatas. Nunca se ha intentado sembrar trigo, centeno, nabos ni coles…
En esta parroquia hay diez hacendados: ninguno de ellos reside en la zona.

Aportación del pastor de la parroquia de Ettrick,
en el condado de Selkirk, al Registro
Escocés de Estadística, 1799.

El valle de Ettrick se encuentra a unos ochenta y cinco kilómetros al sur de Edimburgo, y a unos cuarenta y cinco kilómetros al norte de la frontera con Inglaterra, que discurre cerca de la muralla construida por Adriano para impedir la entrada a las hordas bárbaras del norte. Durante el reinado de Antonino, los romanos conquistaron más territorio, y construyeron una línea fortificada entre los estuarios de Clyde y Forth, pero eso no duró mucho. En la franja de tierra entre las dos murallas habita desde hace mucho tiempo una mezcla de pueblos: celtas, algunos de ellos procedentes de Irlanda y llamados escotos; asimismo, anglosajones del sur, escandinavos del otro lado del mar del Norte y posiblemente también un último remanente de pictos. Sigue leyendo

LA NARIZ Gogol

I

En marzo, el día 25, sucedió en San Petersburgo un hecho de lo más insólito. El barbero Iván Yákovlevich, domiciliado en la Avenida Voznesenski (su apellido no ha llegado hasta nosotros y ni siquiera figura en el rótulo de la barbería, donde sólo aparece un caballero con la cara enjabonada y el aviso de «También se hacen sangrías»), el barbero Iván Yákovlevich se despertó bastante temprano y notó que olía a pan caliente. Al incorporarse un poco en el lecho vio que su esposa, señora muy respetable y gran amante del café, estaba sacando del horno unos panecillos recién cocidos.

-Hoy no tomaré café, Praskovia Osipovna -anunció Iván Yákovlevich-. Lo que sí me apetece es un panecillo caliente con cebolla.

(La verdad es que a Iván Yákovlevich le apetecían ambas cosas, pero sabía que era totalmente imposible pedir las dos a la vez, pues a Praskovia Osipovna no le gustaban nada tales caprichos.) «Que coma pan, el muy estúpido. Mejor para mí: así sobrará una taza de café», pensó la esposa. Y arrojó un panecillo sobre la mesa.

Por aquello del decoro, Iván Yákovlevich endosó su frac encima del camisón de dormir, se sentó a la mesa provisto de sal y dos cebollas, empuñó un cuchillo y se puso a cortar el panecillo con aire solemne. Cuando lo hubo cortado en dos se fijó en una de las mitades y, muy sorprendido, descubrió un cuerpo blanquecino entre la miga. Iván Yákovlevich lo tanteó con cuidado, valiéndose del cuchillo, y lo palpó. «¡Está duro! -se dijo para sus adentros-. ¿Qué podrá ser?»

Metió dos dedos y sacó… ¡una nariz! Iván Yákovlevich estaba pasmado. Se restregó los ojos, volvió a palpar aquel objeto: nada, que era una nariz. ¡Una nariz! Y, además, parecía ser la de algún conocido. El horror se pintó en el rostro de Iván Yákovlevich. Sin embargo, aquel horror no era nada, comparado con la indignación que se adueñó de su esposa.

-¿Dónde has cortado esa nariz, so fiera? -gritó con ira-. ¡Bribón! ¡Borracho! Yo misma daré parte de ti a la policía. ¡Habrase visto, el bribón! Claro, así he oído yo quejarse ya a tres parroquianos. Dicen que, cuando los afeitas, les pegas tales tirones de narices que ni saben cómo no te quedas con ellas entre los dedos.

Mientras tanto, Iván Yákovlevich parecía más muerto que vivo. Acababa de darse cuenta de que aquella nariz era nada menos que la del asesor colegiado Kovaliov, a quien afeitaba los miércoles y los domingos.

-¡Espera, Praskovia Osipovna! Voy a dejarla de momento en un rincón, envuelta en un trapo, y luego me la llevaré. Sigue leyendo