SIN VENTAJAS Alice Munro


SIN VENTAJAS

dunnottar Ésta es una parroquia sin ventajas. En los montes, la tierra es, en muchos sitios, musgosa y no sirve para nada. En general, el aire es húmedo debido a la altura de los montes que atraen continuamente las nubes y al vapor que exhala el suelo musgoso… El mercado más cercano está ubicado en un pueblo a veinticinco kilómetros y las carreteras son, de tan profundas, casi intransitables. La nieve también es a veces un gran inconveniente; a menudo, no podemos tener trato con el resto de la especie humana durante meses. Y una gran desventaja es la ausencia de puentes, por lo que las crecidas de los ríos obstaculizan el paso de los viajeros… Los únicos cultivos son la cebada y las patatas. Nunca se ha intentado sembrar trigo, centeno, nabos ni coles…
En esta parroquia hay diez hacendados: ninguno de ellos reside en la zona.

Aportación del pastor de la parroquia de Ettrick,
en el condado de Selkirk, al Registro
Escocés de Estadística, 1799.

El valle de Ettrick se encuentra a unos ochenta y cinco kilómetros al sur de Edimburgo, y a unos cuarenta y cinco kilómetros al norte de la frontera con Inglaterra, que discurre cerca de la muralla construida por Adriano para impedir la entrada a las hordas bárbaras del norte. Durante el reinado de Antonino, los romanos conquistaron más territorio, y construyeron una línea fortificada entre los estuarios de Clyde y Forth, pero eso no duró mucho. En la franja de tierra entre las dos murallas habita desde hace mucho tiempo una mezcla de pueblos: celtas, algunos de ellos procedentes de Irlanda y llamados escotos; asimismo, anglosajones del sur, escandinavos del otro lado del mar del Norte y posiblemente también un último remanente de pictos.
La granja donde vivió mi familia en el valle de Ettrick durante un tiempo, en tierras altas y pedregosas, se llamaba Far-Hope. La palabra «hope», tal y como se empleaba en la geografía local, es una palabra antigua, escandinava (porque en esa parte del país, como cabría esperar, las palabras escandinavas, anglosajonas y gaélicas se mezclaban con el bretón antiguo, indicio de la anterior presencia galesa). Hope significa «bahía», no una bahía llena de agua, sino de tierra, rodeada en parte de montes altos y desnudos, las montañas cercanas a las Tierras Altas del Sur. El Black Knowe, el Bodesbeck Law, el Ettrick Pen: he aquí los tres grandes picos, con la palabra «monte» en tres idiomas. Ahora se está llevando a cabo la repoblación forestal de algunos de estos montes, con píceas de sitka, pero en los siglos XVII y XVIII debían de estar desnudos, o prácticamente desnudos: el gran bosque de Ettrick, el coto de caza de los reyes de Escocia, había sido talado y convertido en tierras de pastoreo o brezales un siglo o dos antes.
Los cerros por encima de Far-Hope, situada justo al fondo del valle, constituyen la columna vertebral de Escocia, señalando la división entre las aguas que discurren hacia el oeste hasta el estrecho de Solway y el océano Atlántico y las que discurren hacia el este hasta el mar del Norte. A menos de quince kilómetros al norte se encuentra la cascada más famosa del país, la Cola de Yegua Gris. A ocho kilómetros de Moffat, que era el pueblo donde estaba el mercado de quienes vivían en el extremo del valle, está el Abrevadero del Buey del Diablo, una gran hendidura en los montes donde, según se creía, se escondía el ganado robado, es decir, ganado inglés, sustraído por los cuatreros en el anárquico siglo XVI. En la parte inferior del valle de Ettrick estaba Aikwood, el pueblo natal de Michael Scott, el .lósofo y mago de los siglos XII y XIII que aparece en el Inferno de Dante. Y por si no bastara con eso, según cuentan, William Wallace, el héroe guerrillero de los escoceses, se ocultó aquí de los ingleses, y corre la leyenda de que Merlín —nada menos que Merlín— fue perseguido y asesinado en el antiguo bosque por pastores de Ettrick.
(Por lo que yo sé, mis antepasados, generación tras generación, fueron pastores de Ettrick. Puede que parezca extraño dar empleo a pastores en un bosque, pero, por lo visto, en muchos lugares los bosques de caza eran cotos abiertos.)
Con todo, el valle me decepcionó la primera vez que lo vi. Suele suceder con los lugares que uno ha construido en su imaginación. Era a principios de la primavera, y los montes presentaban un color marrón, o una especie de marrón violáceo, recordándome los montes de los alrededores de Calgary. Las aguas del Ettrick Water bajaban impetuosas y cristalinas, pero el río no era ni la mitad de ancho que el Maitland, que pasa junto a la granja donde me crié, en Ontario. Los círculos de piedra que en un primer momento tomé por interesantes vestigios del culto celta eran demasiado numerosos y estaban tan bien conservados que no podían ser más que prácticos rediles de ovejas.
Viajaba sola, y había llegado desde Selkirk en el autobús puesto dos veces por semana a disposición de quienes volvían de hacer la compra en el mercado. No me llevó más allá del puente de Ettrick y, al llegar, deambulé por allí, esperando al cartero. Me habían dicho que él me acompañaría valle arriba. La principal atracción del puente de Ettrick era un cartel sobre una tienda cerrada, que anunciaba Silk Cut. Yo no tenía la menor idea de qué era aquello. Resultó ser una conocida marca de tabaco.
Al cabo de un rato, apareció el cartero y me llevó en coche a la iglesia de Ettrick. Para entonces había empezado a llover torrencialmente. La iglesia estaba cerrada. También me decepcionó. Construida en 1824, no era comparable, en lo que se refiere a su aspecto histórico y su austeridad, a las iglesias que ya había visto en Escocia. Me sentí fuera de lugar, ajena a ese mundo, y además tenía frío. Me acurruqué junto al muro hasta que la lluvia amainó, y entonces exploré el camposanto, donde la larga hierba mojada me empapó las piernas.
Allí encontré, primero, la lápida de William Laidlaw, mi antepasado directo, nacido a finales del siglo XVII y conocido como Will O’Phaup, que adquirió, al menos en el ámbito local, el esplendor propio de un mito, justo en la última etapa de la historia —es decir, de la historia de las islas Británicas— en que eso era posible. La misma lápida lleva los nombres de su hija Margaret Laidlaw Hogg, la que reprendió a sir Walter Scott, y de Robert Hogg, el marido de ésta y arrendatario de Ettrickhall. Luego, justo al lado, vi la lápida del escritor James Hogg, su hijo, y nieto de Will O’Phaup. Lo llamaban El Pastor de Ettrick. Y no lejos estaba la del reverendo Thomas Boston, en su día famoso en toda Escocia por sus libros y sermones, aunque la fama no le procuró una parroquia más importante.
También, entre otros varios Laidlaw, se levantaba una lápida con el nombre de Robert Laidlaw, que murió en Hopehouse el 29 de enero de 1800 a los setenta y dos años. Hijo de Will, hermano de Margaret, tío de James, que probablemente nunca supo que se lo recordaría por sus lazos con estos otros, como tampoco sabría la fecha de su propia muerte.
Mi tataratatarabuelo.
Mientras leía estas inscripciones, empezó a llover un poco y pensé que más me valía ponerme en marcha y regresar a pie a Tushielaw, donde debía coger el autobús escolar para volver a Selkirk. No debía entretenerme, porque el autobús podía llegar antes de hora y la lluvia arreciar.
Me asaltó una sensación conocida, supongo, para muchas personas cuya larga historia se remonta a un país muy lejano del lugar donde se criaron. Yo era una ingenua norteamericana, a pesar de mi bagaje. El pasado y el presente unidos aquí creaban una realidad que era corriente y, sin embargo, más perturbadora de lo que había imaginado.

HOMBRES DE ETTRICK

Will O’Phaup

Aquí yace William Laidlaw, el afamado Will O’Phaup, quien por sus hazañas
de desenfreno, de agilidad y fuerza, no tuvo igual en sus días…

Epita.o compuesto por su nieto, James Hogg, en la lápida
de Will O’Phaup en el camposanto de Ettrick.

Su nombre era William Laidlaw, pero se apodaba Will O’Phaup, siendo Phaup simplemente la versión local de Far-Hope, el nombre de la granja que ocupó al fondo del valle de Ettrick. Al parecer, Far-Hope llevaba años abandonada cuando Will la habitó. Es decir, la casa había estado abandonada porque se hallaba a gran altura al final del remoto valle y padecía lo peor de las tormentas periódicas de invierno y las famosas nevadas. Hasta hace poco se decía que la casa de Potburn, situada más abajo, era la vivienda habitada a mayor altura de toda Escocia. Ahora está vacía, excepto por los gorriones y los pinzones que revolotean alrededor de las dependencias.
Will no debió de ser el dueño de las tierras, ni siquiera el arrendatario; debió de alquilar la casa o recibirla como parte de su sueldo de pastor. No era la prosperidad material lo que él perseguía.
Sólo perseguía la gloria.

No era natural del valle, aunque allí había Laidlaws, y los había desde que empezó a guardarse registro. El primer hombre con ese apellido que encontré aparece en los archivos judiciales del siglo XIII, y se lo acusaba de asesinar a otro Laidlaw. En aquellos tiempos no existían las cárceles. Sólo mazmorras, sobre todo para las clases altas, o para personas de cierta importancia política que habían caído en desgracia ante sus soberanos, y ejecuciones sumarias, pero éstas tenían lugar básicamente en momentos de gran agitación, como durante las incursiones fronterizas del siglo XVI , cuando un merodeador podía ser ahorcado en la puerta de su casa, o linchado en la plaza de Selkirk, como sucedió a dieciséis cuatreros, todos con el mismo apellido —Elliott—, y todos castigados el mismo día. Mi pariente salió del paso con una multa.
Se decía que Will era «uno de los viejos Laidlaw de Craik», sobre los cuales no he podido averiguar nada, salvo que Craig es un pueblo prácticamente desaparecido en una vía romana desaparecida por completo, de un valle al sur de Ettrick no muy lejano. De adolescente, debió de cruzar los montes en busca de trabajo. Había nacido en 1695, cuando Escocia era aún un país independiente, si bien compartía monarca con Inglaterra. Debía de ser un niño de doce años en el momento de la controvertida unión, un joven en el momento de la amarga y frustrada rebelión jacobita de 1715 y un hombre maduro en el momento de la batalla de Culloden. Es imposible conocer su opinión sobre estos acontecimientos. Tengo la sensación de que vivió en un mundo todavía remoto y aislado, anclado aún en su propia mitología y prodigios locales. Y él era uno de éstos.

La primera anécdota que se conoce de Will hace referencia a sus proezas de corredor. Lo primero que hizo en el valle de Ettrick fue trabajar de pastor para un tal señor Anderson, y este señor Anderson había contado que Will, cuando quería coger una oveja, corría derecho hacia ella, sin rodearla. Sabía, pues, que Will era un gran corredor, y cuando un campeón de las carreras inglés llegó al valle, el señor Anderson apostó una gran suma de dinero a que Will lo ganaría. El inglés se burló, sus seguidores se burlaron, y Will venció. El señor Anderson se embolsó un buen montón de monedas y Will, por su parte, recibió un abrigo de tela gris y unos calzones.
«Bien está», dijo, ya que para él el abrigo y los calzones significaban lo mismo que todo aquel dinero para un hombre como el señor Anderson.
Ésta es una anécdota clásica. De pequeña oí versiones de ella —con nombres distintos, hazañas distintas— en el condado de Huron, en Ontario. Llega un forastero muy famoso, alardeando de sus aptitudes, y lo derrota el campeón del pueblo, un hombre sencillo que ni siquiera está interesado en la recompensa.
Estos elementos reaparecen en otra de las primeras anécdotas, según la cual Will cruza los montes hasta el pueblo de Moffat por un recado, sin saber que es día de feria, y lo enredan para participar en una carrera pública. No va vestido para la ocasión y mientras corre se le caen las rústicas calzas. Él las deja caer, las aparta de un puntapié y sigue corriendo sin nada más que la camisa, y gana. Se organiza un gran revuelo y lo invitan a cenar en la taberna con caballeros y damas. Para entonces ya se habría vuelto a poner las calzas, pero se sonroja de todos modos y no acepta la invitación, aduciendo que siente vergüenza delante de tales «zeñoras».
Quizá fuera así, pero naturalmente la ponderación por parte de las «zeñoras» al joven atleta tan bien dotado es el aspecto escandaloso y cómico de la anécdota.
Will se casa en algún momento; se casa con una mujer llamada Bessie Scott y forman una familia. Durante esta etapa el joven héroe se convierte en un hombre mortal, aunque todavía nos deparará gestas de fuerza. Un lugar concreto del río Ettrick se convierte en el «Brinco de Will» para conmemorar el salto que dio al ir en busca de ayuda o medicamentos para un enfermo. Ninguna gesta, no obstante, le reportó dinero, y las presiones de ganarse la vida para mantener a su familia, unidas a un temperamento jovial, parecen haberlo convertido en contrabandista por temporadas. Su casa está bien situada para recibir el alcohol que entraba bajo mano a través de los montes desde Moffat. Por asombroso que parezca, no se trata de whisky, sino de coñac francés, sin duda introducido ilegalmente en el país por el estuario de Solway, como siguió ocurriendo pese a los esfuerzos de Robert Burns, poeta y recaudador de impuestos, a finales de siglo. Phaup adquiere fama por alguna que otra juerga o al menos por su extrema sociabilidad. El nombre del héroe representa aún el comportamiento honorable, la fuerza y la generosidad, pero no ya la sobriedad.
Bessie Scott muere bastante joven, y probablemente es después de su muerte cuando empiezan las fiestas. A los niños los desterraban, seguramente, a alguna de las dependencias o al dormitorio en el desván de la casa. No parece haberse producido ninguna fechoría grave ni pérdida de la respetabilidad. Ahora bien, puede que el coñac francés sea digno de mención, a la luz de las aventuras que la vida deparó a Will en su madurez.

Está en las montañas cuando el día da paso a la noche y oye una y otra vez un sonido como un cotorreo y un gorjeo. Conoce todos los sonidos que pueden emitir los pájaros y se da cuenta de que éste no es de pájaro. Parece llegar de una profunda hondonada cercana. Así que se aproxima muy sigilosamente al borde de la hondonada y, tras echarse a tierra, levanta la cabeza lo justo para mirar al otro lado.
Y allí abajo ve nada menos que una multitud de criaturas, todas de la estatura de un niño de dos años, pero ninguna de ellas era un niño. Son mujeres pequeñas, de aspecto delicado y vestidas de verde. Y no podían estar más ajetreadas. Algunas cocían pan en un horno minúsculo, otras vertían bebida de pequeños toneles en jarras de cristal y otras se peinaban mutuamente mientras tarareaban y gorjeaban sin alzar la vista, sin levantar la cabeza ni una sola vez, atentas a su labor. Pero cuanto más tiempo pasa escuchándolas, más cree estar oyendo algo familiar. Y le llega cada vez con mayor nitidez: su tenue canto, sus trinos. Finalmente lo oye claro como el agua.
Will O’Phaup, Will O’Phaup, Will O’Phaup.
Su propio nombre son las únicas palabras que salen de sus bocas. El canto que al principio se le antojó tan dulce se ha convertido ahora en algo muy distinto, un canto rebosante de risas, aunque no son decorosas. Al darse cuenta, un sudor frío le recorre la espalda. Y al mismo tiempo recuerda que es la víspera de Todos los Santos, la noche del año en que estas criaturas pueden someter a cualquier ser humano a su antojo. Así que se levanta de un salto y echa a correr; corre hasta su casa tan deprisa que ni el mismísimo diablo podría atraparlo.
Durante todo el camino la canción de Will O’Phaup, Will O’Phaup resuena tras sus oídos y en ningún momento parece más tenue ni más lejana. Llega a su casa y entra y atranca la puerta y reúne a todos sus hijos alrededor de él y empieza a rezar a pleno pulmón, y mientras reza no oye nada. Pero en cuanto se detiene para recobrar el aliento, el sonido baja por la chimenea, se .ltra por los resquicios de la puerta y se hace más sonoro conforme las criaturas pugnan contra su rezo, y él no se atreve a descansar hasta que, al sonar las campanadas de medianoche, exclama «Dios mío, ten piedad» y calla. Y ya no se oye más a las criaturas, no se oye ni pío. Fuera la noche está tranquila, como podría estarlo cualquier noche, y el valle se extiende bajo la paz del cielo.

En otra ocasión, en verano, en torno a la hora crepuscular, vuelve a casa después de dejar a las ovejas en el corral y cree ver a unos vecinos a cierta distancia. Piensa que deben de volver de la feria de Moffat, ya que allí es día de feria. Así que decide aprovechar la oportunidad de alcanzarlos y hablar con ellos, y averiguar qué noticias traen y cómo les va.
En cuanto se acerca a ellos, los llama.
Pero nadie se da por aludido. Y él los llama otra vez, pero tampoco ahora se vuelve nadie ni lo mira. Los ve claramente de espaldas, todos son campesinos con sus mantas escocesas y sus boinas, tanto hombres como mujeres, y de tamaño normal, pero no consigue verles las caras, pues miran al frente. No parecen tener prisa, caminan parsimoniosamente y cuchichean y charlan y él oye el ruido pero no acaba de distinguir las palabras.
Así que aprieta el paso y echa a correr para alcanzarlos, pero por más que corre no lo consigue, pese a que ellos no tienen ninguna prisa, siguen avanzando parsimoniosamente. Y tan ocupado está, pensando en alcanzarlos, que durante un rato no cae en la cuenta de que no van se dirigen a sus casas.
No van valle abajo sino que suben por un estrecho valle lateral con un arroyo, apenas un hilo de agua, que desciende hacia el Ettrick. Y al declinar la luz se los ve cada vez más desdibujados, pero más numerosos; algo extraño.
Desde las montañas llega una ráfaga de aire frío aunque es una noche de verano calurosa.
Y entonces Will se da cuenta. Ésos no son vecinos. Y no lo guían a ningún lugar al que desee ir. Y con la misma velocidad con que ha corrido detrás de ellos, desanda el camino. Como es una noche normal y no la víspera de Todos los Santos, no tienen poderes para perseguirlo. Su miedo es distinto del miedo que sintió la otra vez, pero igual de frío, porque tiene la convicción de que son fantasmas de seres humanos convertidos en hadas por un hechizo.

Sería un error pensar que todo el mundo se creía estas historias. El coñac era un factor a tener en cuenta. Pero la mayoría de la gente, crédula o no, debía de estremecerse, y no poco, al escucharlas. Acaso sintieran cierta curiosidad, y cierto escepticismo, pero sobre todo, en gran medida, pavor puro y simple. Las hadas y los fantasmas y la religión nunca se fundían bajo una designación benigna (¿«poderes espirituales»?) como a menudo ocurre hoy día. Las hadas no eran risueñas y cautivadoras. Pertenecían a los viejos tiempos, no a los viejos tiempos históricos de Flodden en que todos los hombres de Selkirk murieron asesinados salvo el que llevó la noticia, o de los bandoleros que hacían incursiones nocturnas por las tierras en litigio de la frontera, o de la reina María, ni siquiera de los tiempos anteriores a eso, de William Wallace o Archibald «Cascabel del gato» o la Doncella de Noruega, sino al tiempo verdaderamente tenebroso, antes de la muralla de Antonino y antes de que los primeros misioneros cristianos cruzaran el mar desde Irlanda. Pertenecían a tiempos de poderes malévolos y confusión maligna, y sus atenciones eran por lo general perversas, o incluso mortíferas.

Thomas Boston

En testimonio de estima para el reverendo
Thomas Boston padre, cuyo carácter personal
era en extremo respetable, cuyos empeños públicos
fueron una bendición para muchos y cuyos
escritos han contribuido notablemente a
fomentar el desarrollo del cristianismo vital.
Este monumento ha sido erigido por un
público religioso y agradecido.

Esforzaos para entrar por la puerta estrecha, porque,
os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán.
Lucas 13 , 24

Ciertamente las visiones de Will no debieron de ser aceptadas por la Iglesia, y en la primera parte del siglo XVIII ésta gozaba de un poder especial en la parroquia de Ettrick.
Por aquel entonces, el predicador Thomas Boston era su pastor, a quien ahora se recuerda —si es que alguien lo hace— como el autor de un libro titulado La naturaleza humana en su estado cuádruple, que según dicen estaba al lado de la Biblia en el estante de toda familia devota de Escocia. Y toda familia presbiteriana de Escocia tenía que ser una familia devota. Continuas investigaciones de la vida privada y reconfiguraciones de la fe bajo tortura se encargaron de que así fuera. No existía el bálsamo del ritual, ni la elegancia de la ceremonia. La oración no era sólo formal, sino también personal, atormentada. La preparación del alma para la vida eterna siempre estaba en duda y en peligro.
Thomas Boston mantuvo este drama sin tregua, para sí mismo y para su grey. En su autobiografía, habla de sus propios sufrimientos recurrentes, sus periodos de sequía, su sensación de indignidad e insipidez incluso cuando predicaba el Evangelio, o mientras rezaba en su gabinete. Suplica la gracia de Dios. En su desesperación, muestra su pecho desnudo al cielo—al menos, simbólicamente. Sin duda se habría azotado con un flagelo si tal comportamiento no hubiera sido papista, si no hubiera constituido un pecado más.
A veces Dios lo oye, a veces no. Su ansia de Dios nunca lo abandona ni puede esperar que se vea satisfecha. Se pone en pie henchido del espíritu e inicia sermones maratonianos; preside la celebración solemne de la comunión, en la que se sabe el receptáculo de Dios y es testigo de la transformación de muchas almas. Pero se cuida mucho de atribuirse el mérito. Es muy consciente de que es capaz del pecado del orgullo, y también de la facilidad con que puede retirársele la gracia divina.
Se esfuerza, cae. Otra vez la oscuridad.
Entretanto, el tejado de la rectoría tiene goteras, las paredes están húmedas, la chimenea humea, su mujer y sus hijos y él mismo a menudo contraen fiebres. Tienen infecciones de garganta y dolores reumáticos. Algunos de los niños mueren. El primer hijo, una niña, nace con lo que parece ser espina bífida y muere poco después del parto. Su mujer queda desolada, y por más que él intenta consolarla, también se siente obligado a reprenderla por quejarse de la voluntad de Dios. Después tiene que reconvenirse por levantar la tapa del ataúd para ver por última vez la cara de su hijo preferido, un niño de tres años. Qué perversión la suya, qué debilidad, amar ese pedazo de carne pecaminoso y poner en tela de juicio la sabiduría del Señor al llevárselo. Tiene que haber más forcejeos, flagelaciones y arrebatos de oración.
Forcejeos no sólo con su insipidez de espíritu, sino también con la mayoría de los demás pastores, porque desarrolla un profundo interés por un tratado que se titula La médula de la divinidad moderna. Lo acusan de pertenecer a la facción de la médula, en peligro de incurrir incluso en el antinomianismo. Lógicamente, el antinomianismo procede de la doctrina de la predestinación y formula una pregunta clara y directa: ¿por qué, si desde el principio eres uno de los elegidos, no puedes salirte con la tuya cuando quieras?
Pero un momento. Un momento. En cuanto a ser uno de los elegidos,¿quién puede tener la certeza?
Y para Boston seguro que el problema no consistía en salirse con la suya, sino en la compulsión, la honorable compulsión de seguir el camino que señalaban ciertas líneas de razonamiento.
Sin embargo, justo a tiempo, se apea de su error. Se echa atrás. Está a salvo.
Su mujer, debido a los partos, las muertes y el cuidado de los hijos que le quedan y las preocupaciones por el tejado y la continua lluvia fría, sucumbe a un trastorno nervioso. No puede levantarse de la cama. Su fe es firme, pero está viciada, como él sostiene, en un aspecto esencial. No aclara cuál es ese aspecto. Reza con ella. No sabemos cómo se las arregla en la casa. Su mujer, la otrora hermosa Catherine Brown, permanece en cama por lo visto durante años, excepto por una conmovedora tregua cuando toda la familia queda postrada a causa de una infección pasajera. En esta ocasión se levanta de la cama y cuida de ellos, infatigable y tiernamente, con el vigor y el optimismo que mostró en su juventud, cuando Boston se enamoró de ella. Todos se recuperan, y lo siguiente que se sabe de ella es que vuelve a guardar cama. Tiene una avanzada edad pero aún vive cuando el propio pastor agoniza, y albergamos la esperanza de que entonces se levante y vaya a vivir a una casa sin humedades con unos parientes agradables en un pueblo civilizado. Conservando la fe pero manteniéndola a una distancia prudencial, acaso, para disfrutar de un poco de felicidad secular.
Su marido predica desde la ventana de su alcoba cuando está demasiado débil y cerca de la muerte para ir a la iglesia y subir al púlpito. Exhorta con el mismo coraje y fervor de siempre y la gente se congrega a oírlo, pese a que, como de costumbre, llueve.
Una vida cruda, sin esperanza, se mire por donde se mire. Sólo desde el seno de la fe es posible formarse una idea tanto de la recompensa como de la lucha, de la adictiva búsqueda de la rectitud pura, de la embriaguez de un destello del favor divino.
Me resulta extraño, pues, que Thomas Boston fuese el pastor a quien Will O’Phaup escuchó todos los domingos durante su juventud, probablemente el pastor que lo casó con Bessie Scott. Mi antepasado, casi un pagano, un juerguista, bebedor de coñac, alguien por quien se apuesta, un hombre que cree en las hadas, por fuerza tuvo que escuchar, y creer, los rigores y severas esperanzas de esa castigadora fe calvinista. Y a decir verdad, cuando Will fue perseguido la víspera de Todos los Santos, ¿acaso no reclamó la protección del mismo Dios al que invocaba Boston cuando rogaba que su alma se viera despojada de aquel peso: la indiferencia, la duda, el pesar? El pasado está lleno de contradicciones y complicaciones, quizá tanto como el presente, aunque normalmente no lo tengamos en cuenta.
¿Cómo podía esta gente no tomarse en serio su religión, la amenaza de un infierno ineludible, con un Satán tan astuto e implacable en sus tormentos y una población celestial exigua? Y se lo tomaban en serio, muy en serio. Los obligaban a comparecer en la iglesia por sus pecados y a sentarse en el banquillo y soportar la vergüenza —generalmente por algún asunto sexual, aludido solemnemente como fornicación— enfrente de los feligreses. James Hogg fue emplazado allí al menos en dos ocasiones, acusado de paternidad por algunas muchachas del pueblo. En un caso se apresuró a admitir su culpa y en el otro sólo dijo que era posible. (A unos ciento treinta kilómetros al oeste, en Mauchline in Ayrshire, Robert Burns, once años mayor que Hogg, padeció precisamente la misma humillación pública.) Los miembros del consejo eclesiástico iban de puerta en puerta para asegurarse de que nadie guisaba en domingo y en todo momento utilizaban sus ásperas manos para pellizcar severamente los pechos de cualquier mujer sospechosa de haber concebido un hijo ilegítimo, por si una gota de leche la delataba. Pero el hecho mismo de que se considerara necesaria tal vigilancia revela hasta qué punto la naturaleza obstaculizaba las vidas de estos creyentes, como le sucede a todo el mundo. Un miembro del consejo eclesiástico de la iglesia de Burns deja constancia de «Sólo veintiséis fornicadores desde el último sacramento», como si esta cifra fuese un paso en la dirección correcta.
Y también se veían obstaculizados en la práctica misma de la fe, incluso por obra de sus propias mentes, por los argumentos e interpretaciones que forzosamente debían de surgir.
Es posible que esto tuviera que ver con el hecho de que constituían el campesinado más culto de Europa. John Knox había querido que se educaran para poder leer la Biblia. Y la leyeron, con devoción pero también con avidez, para descubrir el orden de Dios, la arquitectura de la mente divina. Encontraron muchas cosas desconcertantes. Otros pastores de los tiempos de Boston se quejan de lo contestatarios que son sus feligreses, incluso las mujeres. (Boston no lo menciona, pues está demasiado ocupado cargando con sus culpas.) No aceptan calladamente los sermones de horas de duración, sino que se apoderan de ellos como alimento intelectual, emitiendo juicios como si participaran en discusiones eternas y de la mayor seriedad. Siempre andan preocupándose por cuestiones de doctrina y fragmentos de las Escrituras de los que convendría prescindir, sostienen sus pastores. Es mejor dejar esas cosas en manos de quienes tienen la formación necesaria para abordarlas. Pero se niegan a hacerlo, y el hecho es que también los pastores con formación llegan a veces a conclusiones que otros pastores deben condenar. De resultas de ello, la Iglesia está plagada de escisiones, los hombres de Dios tienen discusiones frecuentes, como han mostrado las propias tribulaciones de Boston. Y acaso fuera la mancha de pertenecer a la facción de la médula, de seguir su propio e ineludible pensamiento, lo que lo mantuvo durante tanto tiempo en el remoto Ettrick, sin ser trasladado hasta su muerte a un lugar moderadamente cómodo.

James Hogg y James Laidlaw

Siempre fue un individuo singular y gracioso, que tenía en gran estima toda
idea anticuada y rebatida de las ciencias, la religión y la política… Nada
despertaba mayor indignación en él que la teoría de que la Tierra gira en
torno a su eje y rota alrededor del Sol…
… durante unos años ya lejanos habló y leyó sobre América hasta
alcanzar la infelicidad absoluta y, al .nal, cerca ya de los sesenta años,
llegó a partir en busca de un hogar provisional y una sepultura en el nuevo
mundo.

James Hogg, en un escrito sobre su primo James Laidlaw.

Hogg, el pobre hombre, se ha pasado casi toda su vida inventando mentiras…

James Laidlaw, en un escrito sobre su primo James Hogg,
poeta y novelista escocés de principios del XIX.

Fue un hombre muy sensato, pese a las necedades que escribía…

Tibbie Shiel, posadero, enterrado también
en el camposanto de Ettrick, al referirse a James Hogg.

James Hogg y James Laidlaw eran primos carnales. Los dos nacieron y se criaron en el valle de Ettrick, un lugar poco indicado para hombres como ellos; es decir, para los que no aceptan fácilmente el anonimato y una vida plácida.
Si un hombre así alcanza la fama, ya es otro cantar, claro está. Vivo, lo echan a patadas; muerto, lo acogen con los brazos abiertos. Y después de una o dos generaciones, ya es otro cantar.
Hogg escapó, adoptando el difícil papel de comediante ingenuo, el genio pueblerino, en Edimburgo, y luego escapó, como autor de Confesiones de un pecador justificado, y alcanzó la fama imperecedera. Laidlaw, sin las dotes de su primo, pero por lo visto con igual talento para la autodramatización y la necesidad de otro escenario aparte de la taberna de Tibbie Shiel, dejó cierta huella al coger a los miembros más dóciles de su familia y llevárselos a América —concretamente a Canadá— a una edad ya suficiente, como señala Hogg, para tener un pie en la tumba.
En nuestra familia la autodramatización no lleva a ninguna parte. Aunque ahora que lo pienso, no era exactamente esa palabra la que empleaban. Ellos decían «llamar la atención». «Llamar la atención sobre uno mismo.» La actitud opuesta no era exactamente la modestia, sino una dignidad y un control agotadores, una especie de rechazo. El rechazo a sentir la menor necesidad de convertir la vida propia en una historia, ya sea para otras personas o para uno mismo. Y cuando estudio a los miembros de la familia cuya existencia conozco, me da la impresión de que algunos de nosotros tenemos esa necesidad en gran e irresistible medida, tanto que los demás se encogen de vergüenza y aprensión. Por eso había que recordar el precepto o hacer la advertencia tan frecuentemente.

Cuando sus nietos —James Hogg y James Laidlaw— eran jóvenes, el mundo de Will O’Phaup casi había desaparecido. Existía una conciencia histórica de ese pasado reciente, incluso se valoraba o se explotaba, lo que es posible sólo cuando la gente se siente claramente distanciada. Sin duda James Hogg se sentía así, si bien era tan de Ettrick como el que más. Sobre todo agradezco a sus textos lo que sé de Will O’Phaup. Hogg veía las cosas tanto desde dentro como desde fuera, dando forma y consignando las historias de su gente aplicadamente y —o eso esperaba— provechosamente. Y en su madre tenía una buena informadora: la hija mayor de Will O’Phaup, Margaret Laidlaw, que se había criado en Far-Hope. Hogg debió de añadir al material ciertos retoques y adornos. Unas cuantas mentiras ladinas como las que cabe esperar de un escritor.
Walter Scott fue una especie de forastero, un abogado de Edimburgo que ocupaba un alto cargo en el territorio tradicional de su familia. Pero él también entendió, como a veces entienden mejor los forasteros, la importancia de algo que se desvanecía. Cuando fue nombrado sheriff de Selkirkshire —es decir, juez local—, empezó a recorrer la zona reuniendo canciones y baladas antiguas que nunca se habían plasmado por escrito. Las publicó en Cancionero de la frontera escocesa. Margaret Laidlaw Hogg era famosa en la región por la cantidad de versos que llevaba en la cabeza. Y Hogg —con miras tanto a la posteridad, como al beneficio presente— se aseguró de llevar a Scott a ver a su madre.
Ella recitó un gran número de versos, incluida la recién hallada «Balada de Johnie Armstrong», que, según dijo, su hermano y ella habían oído «al viejo Andrew Moore al que se la había transmitido Bebe Mettlin [Maitland], que era ama de llaves del Primer Señor de Tushielaw».
(Da la casualidad de que este mismo Andrew Moore había sido criado de Boston y de que fue él quien contó que Boston había «acabado con el fantasma» que sale en un poema de Hogg. Una nueva faceta del pastor.)
Margaret Hogg armó un gran alboroto cuando vio el libro que Scott sacó a la luz en 1802 con sus aportaciones.
«Eran para cantarlas, no para imprimirlas —se supone que dijo—. Y ahora ya nunca más se cantarán.»
Se quejó asimismo de que «ni las letras ni la ortografía estaban bien», aunque acaso ésta resulte una opinión extraña en alguien a quien se había presentado —en palabras de ella misma o en palabras de Hogg— como una vieja, una simple campesina con una cultura mínima.
Probablemente era a la vez simple y perspicaz. Había sido consciente de lo que hacía, pero no pudo menos que lamentar lo que había hecho.
«Y ahora ya nunca más se cantarán.»
También es posible que deseara demostrar que hacía falta algo más que un libro impreso, algo más que el sheriff de Selkirk, para causarle una buena impresión. Los escoceses son así, creo. Mi familia era así.

Transcurridos cincuenta años desde que Will O’Phaup congregó a sus hijos y rogó protección la víspera de Todos los Santos, Hogg y unos cuantos de sus primos varones —no da sus nombres— se reúnen en la misma casa de Phaup de las montañas. A la sazón la casa es el alojamiento del pastor soltero encargado de apacentar las ovejas en los pastos de altura, y los demás están presentes esa noche, no para emborracharse y contar historias, sino para leer ensayos. Estos ensayos son, según la descripción de Hogg, vehementes y altisonantes, y por esas palabras, y por lo que se dijo después, parecería que estos jóvenes, en pleno valle de Ettrick, habían oído hablar de la Edad de la Razón, aunque probablemente no la llamaban así, y de las ideas de Voltaire y Locke y David Hume, su paisano escocés y oriundo de las tierras bajas. Hume se había criado en Ninewells, cerca de Chirnside, a unos ochenta kilómetros de allí, y fue en Ninewells donde se retiró al sufrir un colapso a los dieciocho años; quizá desbordado, temporalmente, por la perspectiva de la investigación que tenía por delante. Aún debía de estar vivo cuando nacieron estos chicos.
Quizá me equivoque, por supuesto. Lo que Hogg llama «ensayos» acaso fueran historias. Relatos de los covenanters a quienes los dragones con casacas rojas daban caza durante sus oficios al aire libre, de brujas, de muertos vivientes. Se trata de muchachos dispuestos a probar suerte con cualquier tipo de composición, en prosa o en verso. Las escuelas de John Knox habían cumplido su cometido, y un furor por la literatura, un furor por la poesía, se propagaba por todas las clases sociales. Cuando Hogg atravesaba su peor momento, trabajando de pastor en un monte solitario de Nithsdale, viviendo en un tosco refugio llamado bothy, los hermanos Cunningham —el aprendiz de albañil y poeta Allan Cunningham y su hermano James— habían cruzado los campos esforzadamente para conocerlo y expresarle su admiración. (Al principio Hogg se alarmó, pensando que pretendían acusarlo de algún lío con una mujer.) Los tres dejaron al perro Hector vigilando a las ovejas y se acomodaron para hablar de poesía todo el día; luego se retiraron al bothy para beber whisky y hablar de poesía toda la noche.
La reunión de los pastores en Phaup, a la que, según Hogg, él no pudo asistir, a pesar de tener un ensayo como ése en el bolsillo, tuvo lugar en invierno. Había hecho un tiempo extrañamente cálido. Sin embargo, esa noche se levantó una tormenta que resultó la peor en medio siglo. Las ovejas se murieron de frío en sus corrales y hombres y caballos quedaron atrapados y murieron congelados en las carreteras, mientras la nieve cubría las casas hasta los tejados. La tormenta se prolongó durante tres o cuatro días, atronando y devastando, y cuando amainó, y los jóvenes pastores descendieron vivos al valle, sus familias sintieron alivio pero no estaban en absoluto contentas con ellos.
La madre de Hogg le dijo sin rodeos que era un castigo inflingido a la región por todas esas lecturas y conversaciones que habían tenido lugar en Phaup al servicio del demonio. Sin duda otros muchos padres opinaron lo mismo.
Unos años después, Hogg escribió una magnífica descripción de esta tormenta, y apareció publicada en Blackwoods Magazine. Blackwoods era la lectura preferida de las pequeñas Brontë, en la rectoría de Haworth, y cuando cada una eligió a un héroe para encarnar en sus juegos, Emily eligió al pastor de Ettrick, James Hogg. (Charlotte eligió al duque de Wellington.) Cumbres borrascosas, la gran novela de Emily, comienza con una descripción de una tormenta atroz. Con frecuencia me he preguntado si existe alguna relación.

No creo que James Laidlaw estuviera presente esa noche en Phaup. Sus cartas no reflejaban una mente escéptica, ni teorizadora, ni poética. Si bien las cartas que he leído las escribió cuando era mayor. La gente cambia.
Sin duda es un bromista la primera vez que lo encontramos, según la versión de Hogg, en la posada de Tibbie Shiel (que sigue allí, a más de una hora a pie a través de las montañas desde Phaup, igual que sigue allí Phaup, convertida ahora en refugio en el Camino de las Tierras Altas del Sur, una senda). Está haciendo teatro, en un papel que podría considerarse blasfemo. Blasfemo, peligroso y divertido. De rodillas, ofrece oraciones por varios de los presentes. Pide perdón, y especifica los pecados más notables, encabezando cada uno con «y si es verdad…».
Y si es verdad que la criatura nacida hace una quincena de la mujer de _____ tiene un gran parecido con ______, te ruego Señor que te apiades de todos los participantes…
Y si es verdad que ______ ______ estafó a ______ _______ veinte monedas de plata en la última feria de ovejas de St. Boswell, te rogamos Señor que a pesar de semejante obra del diablo…
No fue posible contener a algunos de los mencionados, y los amigos de James tuvieron que sacarlo a rastras antes de que saliera mal parado.
Para entonces puede que ya fuera viudo, un hombre libre, demasiado pobre para encontrar una mujer con quien casarse. Su esposa le había dado una hija y cinco hijos, y murió al dar a luz al último. Mar, Robert, James, Andrew, William, Walter.
Al escribir a una sociedad de emigración en torno a la época de Waterloo, se presenta como un candidato excelente, por sus cinco fuertes hijos, que lo acompañarán al Nuevo Mundo. Ignoro si se le ofreció o no ayuda para emigrar. Seguramente no, porque lo siguiente que sabemos de él es que tiene dificultades para reunir el dinero del viaje. Ha habido una depresión después de las guerras napoleónicas, y el precio de las ovejas ha caído. Y ya no hay más jactancia sobre los cinco hijos. Robert, el mayor, se ha marchado a las Tierras Altas. James —el James más joven— se ha ido por su cuenta a América, lo que incluye Canadá y, por lo visto, no ha dado noticia de dónde está ni de qué hace. (Está en Nova Scotia, y da clases en un colegio de un pueblo llamado Economy, aunque no tiene más preparación para eso que la que recibió en el colegio de Ettrick, y probablemente un fuerte brazo derecho.)
Y en cuanto a William, el segundo más joven, todavía adolescente, que sería mi tatarabuelo, también se ha ido. Cuando volvemos a saber de él, se ha establecido en las Tierras Altas, como capataz de una de la nuevas granjas de ovejas abandonadas por los campesinos. Y desprecia tanto el lugar donde nació que escribe —en una carta a la chica con la que se casará después— que sería impensable para él volver a vivir en el valle de Ettrick.
Por lo visto, le horrorizan la pobreza y la ignorancia. La pobreza que a él le parece voluntaria, y la ignorancia que, a su juicio, ignora su propia existencia. Es un hombre moderno.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s