LA IRREALIDAD DE EMMA ZUNZ i Jorge Mario Sánchez, 2009


“Emma Zunz”, de Jorge Luis Borges[1], es en apariencia un cuento “realista” o “directo” (ambos términos fueron usados por el mismo Borges en el prólogo a El informe de Brodie), si lo comparamos con la mayoría de relatos del libro al cual pertenece, El Aleph. Borges así lo confiesa en el epílogo de este libro: “Fuera de “Emma Zunz” (…) y de la “Historia del guerrero y de la cautiva” (…), las piezas de este libro corresponden al género fantástico”[2]. Sin embargo, encontramos en el cuento algunos elementos narrativos que le confieren una atmósfera de irrealidad, un carácter hasta cierto punto fantástico a la historia de venganza que se relata. El mismo narrador lo expresa de este modo: “Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde?”. La tarde en cuestión es aquella en la que Emma Zunz venga el suicidio de su padre asesinando a aquel que lo indujo al destierro, Aarón Loewenthal. Ella referirá luego a las autoridades que Loewenthal la violó y que por eso lo mató, y para que su justificación parezca verosímil se acuesta esa misma tarde, antes del asesinato y haciéndose pasar por prostituta, con un marinero desconocido.

En las primeras líneas del cuento el narrador nos obsequia ciertos datos (fechas, lugares) que parecen conferirle, desde ya, autoridad y verosimilitud: “El 14 de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto”. Sin embargo, como contrapunto irónico a esta seguridad inicial, a partir de ese momento el relato está surcado por la imposibilidad de referir exactamente lo que ocurrió, por la duda constante, por la conjetura y el tal vez: “Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain”; “Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente”; “Acaso en el infame paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares…”; etc. El narrador nos recuerda una y otra vez su distancia temporal y espacial con los hechos narrados y su propia falibilidad, reforzada además por la inclusión, en cierta parte del relato, de la primera persona del singular: “Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito”.

Así mismo, es de notar que la temporalidad en el cuento se encuentra trastocada y en ciertos momentos adquiere un ordenamiento que se asemeja menos al de la vida despierta (la “realidad”) que al del sueño o la pesadilla, como si con la noticia de la muerte de su padre se diluyera, para Emma, su percepción de la continuidad temporal. Empujada por los acontecimientos, por aquello que debe hacer, Emma ya es otra, ha perdido la noción de realidad y de esta forma pasado, presente y futuro parecen entremezclarse: “ya era la que sería”, “dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos”, “los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman”. En algún momento, incluso, se desvanecen para Emma las razones que la llevan a cometer el asesinato y aun sus posibles consecuencias, y simplemente se aferra a su plan, a su destino, como si ya no pudiera elegir otro camino.

Beatriz Sarlo, en su libro Borges, un escritor en las orillas, nos recuerda que “el realismo se apoya en la ilusión de que la representación directa (el intercambio de objetos por palabras) es posible y de que las palabras se adaptan bien a los requisitos de esa sustitución”[3]. Sin embargo, como vimos arriba, son justamente esa incapacidad manifiesta de recuperar satisfactoriamente lo que en verdad ocurrió, esa entrega a la conjetura por parte del narrador y el constante juego temporal, los aspectos que alejan diametralmente a “Emma Zunz” del relato realista o naturalista. Borges plantea acá, como en otros escritos suyos, los límites del lenguaje, la imposibilidad del discurso de aprehender completamente la realidad, pero es justamente esta imposibilidad la que le confiere la tensión al cuento, la que lo va construyendo y lo acerca al relato policíaco en donde quien juega el papel de detective es ese narrador que intenta recuperar los hechos a la manera del cronista de un diario judicial. Todos los elementos del relato, incluso los que surgen de las conjeturas del narrador, encajan perfectamente en la trama planteada, son dependientes de ésta y la van construyendo frase a frase hasta ese final sorpresivo en donde nos es revelado el plan de Emma Zunz (tal como ocurre en los buenos cuentos policiales). No hay descripciones superfluas ni de personajes ni de lugares, y aunque podemos inferir que el relato ocurre en Buenos Aires esto nunca se enfatiza, se obvia ese “color local” del naturalismo o del criollismo. Por lo tanto, el ordenamiento de los hechos es el que da lugar a la ficción; la “realidad” referida –el crimen que supuestamente tuvo lugar– ha sido subordinada a la literatura.

La realidad caótica de la vida no puede ser jamás percibida en su totalidad y por lo tanto es una ausencia que, como dice Carlos Fuentes en su ensayo “Jorge Luis Borges: La herida de Babel”, debe ser imaginada mediante ficciones. “Al escritor no le interesa la historia épica, es decir, la historia concluida”, razona Fuentes, “sino la historia novelística, inconclusa, de nuestras posibilidades, y esta es la historia de nuestras imaginaciones”[4]. Y Beatriz Sarlo lo entiende así: “La ficción construye un orden e intenta organizar sentidos en un mundo que los dioses han abandonado (…). Desafía la hermética red espacial, temporal y causal, proponiendo un nuevo régimen autónomo de relaciones en la trama del relato o en las figuras del texto”[5]. Ambos ensayistas coinciden en afirmar que Borges, al instalarse en las “orillas” (metafórica y espacialmente hablando) de esa Buenos Aires que recibió múltiples herencias culturales (europeas, orientales, criollas y gauchas, indígenas, negras), permanece al margen de todo discurso totalizante que busque abarcar por completo la realidad. Pero, al mismo tiempo, en sus ficciones reorganiza de nuevo la realidad, la rescata del caos de la vida a través del lenguaje, un lenguaje que, como dije arriba, no intenta nunca representarla o envolverla como un guante, sino sólo imaginarla y simularla. La literatura no es para Borges “un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo”[6].

© Jorge Mario Sánchez, 2009.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s