BIENVENIDO BOB Alejandro Gándara

Como cada año, vuelvo a recomendarles que se pasen por la Feria y pillen los ‘Cuentos completos’ de Onetti (Alfaguara). Es una joya y cualquier día de éstos se nos pierde de vista. Empiecen leyendo, cómo no, ‘Bienvenido Bob’, esa historia que puede leerse de dos maneras y que según cuál nos da idea de cómo somos. En la primera, parece un regodeo sobre aquellos que se ríen de los que fracasan como si a ellos no fuera a pasarles. Autojustificatoria y bastante lamentable, mal de muchos… Sigue leyendo

LAS COSAS QUE NUNCA NADIE ME EXPLICÓ Isidoro Blaisten

Esta historia de las cosas que nunca nadie me explicó empieza en la escuela primaria cuando cantábamos a coro “Feguasoma ya sus rayos iluminan el histórico convento…” Cantábamos con ge, cantábamos con efe, cantábamos todo junto “Feguasoma”. Lo de Febo asoma fue una revelación posterior cuando ya la magia estaba rota. Pero por esa época yo como tantos, como todos, confundía abeja con oveja y me imaginaba el panal de miel pegoteado de vellones de lana. Yo, como todos, vivía sumido en hondas cavilaciones mustias, atormentado por graves interrogantes. Por ejemplo: me paraba frente a las vidrieras que tenían la inscripción “Blanco y Mantelería”, pero los manteles no eran blancos, eran de colores y a cuadros. Entendía que toda mi vida estaba marcada por una angustia permanente. Sigue leyendo

BIENVENIDO BOB Juán carlos Onetti

Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.1213271216_0
Igualmente lejos -ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso- del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla. Sigue leyendo

ONETTI Rafael Pérez Gay. Tomado de el UNIVERSAL

Durante una entrevista para la televisión francesa, Juan Carlos Onetti fumaba sin pausa, interponía largos silencios antes de responder con frase breves, como tiradas al piso y mostraba su incomodidad ante la cámara. El entrevistador miraba el único diente que le quedaba a Onetti en la boca. Entonces el escritor le explicó: “En otro tiempo tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a Mario Vargas Llosa”.

Contada precisamente por Vargas Llosa en su libro El viaje a la ficción (Alfaguara, 2008), un magnífico ensayo sobre la obra y la vida de Onetti, la anécdota concentra en su ironía pesimista la imagen que quiso transmitir de sí mismo el escritor uruguayo: un creador desinteresado por sus libros una vez que se publicaban, un ser dominado por la inseguridad, un hombre tendido en una cama fumando y tomando whisky, alguien decidido a expulsar de su vida todas la poses literarias. Pero al mismo tiempo, aquella frase dicha frente a la cámara mostraba a ese escritor capaz de fijar en el papel y en unos cuantos trazos geniales toda la profundidad de la condición humana. Años atrás había escrito esto: “Es que mi imagen avanza, desde hace tiempo, separada de mí. Claro está que no reniego de mi cara; y los lazos sanguíneos y legales que nos unen me obligarán siempre a salir en su defensa, con justicia o no (…). En cuanto a mí, hace muchos años que aprendí el arte de afeitarme al tacto, para evitar la opinión del espejo, para acudir al trabajo sin el peso de otra depresión”. Detrás de estas frases rotundas se encuentra una leyenda extraordinaria y una obra enorme, central en las letras iberoamericanas. Sigue leyendo