ONETTI Rafael Pérez Gay. Tomado de el UNIVERSAL


Durante una entrevista para la televisión francesa, Juan Carlos Onetti fumaba sin pausa, interponía largos silencios antes de responder con frase breves, como tiradas al piso y mostraba su incomodidad ante la cámara. El entrevistador miraba el único diente que le quedaba a Onetti en la boca. Entonces el escritor le explicó: “En otro tiempo tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a Mario Vargas Llosa”.

Contada precisamente por Vargas Llosa en su libro El viaje a la ficción (Alfaguara, 2008), un magnífico ensayo sobre la obra y la vida de Onetti, la anécdota concentra en su ironía pesimista la imagen que quiso transmitir de sí mismo el escritor uruguayo: un creador desinteresado por sus libros una vez que se publicaban, un ser dominado por la inseguridad, un hombre tendido en una cama fumando y tomando whisky, alguien decidido a expulsar de su vida todas la poses literarias. Pero al mismo tiempo, aquella frase dicha frente a la cámara mostraba a ese escritor capaz de fijar en el papel y en unos cuantos trazos geniales toda la profundidad de la condición humana. Años atrás había escrito esto: “Es que mi imagen avanza, desde hace tiempo, separada de mí. Claro está que no reniego de mi cara; y los lazos sanguíneos y legales que nos unen me obligarán siempre a salir en su defensa, con justicia o no (…). En cuanto a mí, hace muchos años que aprendí el arte de afeitarme al tacto, para evitar la opinión del espejo, para acudir al trabajo sin el peso de otra depresión”. Detrás de estas frases rotundas se encuentra una leyenda extraordinaria y una obra enorme, central en las letras iberoamericanas.

Onetti pertenece al raro linaje de los escritores capaces de sumar entre sus libros varias obras maestras. No voy a referirme de momento a su poderoso conjunto novelístico, aunque es muy probable que La vida breve (1950), El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964) sean piezas superiores de la novela latinoamericana. Tan despreciados hoy en día por los editores que arguyen bajas ventas, los cuentos de Onetti alcanzaron la perfección y un gran público. Pongo aquí una quintilla de ases: Un sueño realizado, Bienvenido Bob, Esbjer en la costa, La novia robada, El infierno tan temido. Vargas Llosa afirma que Onetti fue un cuentista soberbio, a la altura de Borges, Rulfo, Fitzgerald, Faulkner, Hemingway. ¿Qué es un cuento perfecto? Quizá un mundo revelado con todos sus enigmas y puesto en unas cuántas páginas. Los relatos de Onetti ocurren en esa zona verdadera que sólo tienen los sueños. Solamente en el clima onírico podemos asomarnos a los abismos que nos habitan, a las sombras que nos acechan y a la fuerza con que podemos hacerle daño incluso a lo que amamos. Éste es el secreto último de ese puñado de cuentos.

Quizás no exagere si digo que en las novelas y los relatos de Onetti he aprendido más de la vida que de la vida misma. Aprendí que el mal siempre está cerca, que la desdicha es inherente a la existencia, que la crueldad es mucho más común de lo que suponemos, que el amor a veces nos salva en la oscuridad, que la sombra del fracaso nunca nos abandonará, que la edad nunca nos hará mejores, ni más sabios, ni más buenos. Desde luego, no faltaba en este aprendizaje de juventud una pose esnob, una justificación que me permitiera ser tan triste como Onetti y su maestro Faulkner. Aún así, cada uno de sus nuevos libros construía para mí una nueva parábola de esos asuntos. Así leí también el último ciclo de su obra: Dejemos hablar al viento (1979), Cuando entonces (1987), Cuando ya no importe (1993).

Mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que hace muchos libros cambió la forma de enfrentar el acto de la escritura. Esa forma y ese acto se han perdido entre la ansiedad de los premios literarios, la necesidad de los contratos y los adelantos, la dictadura del mercado, la fatuidad de la vida literaria, la búsqueda de las ventas, cueste lo que cueste. Bajo la firma de Periquito el Aguador, Onetti escribió en la revista Marcha una serie de artículos semanales que caían como una piedra en el charco de la vida cultural uruguaya. En uno de ellos escribió lo siguiente: “Cuando un escritor es algo más que un simple aficionado, cuando pide a la literatura algo más que los elogios de honrados ciudadanos que son sus amigos, o de burgueses con mentalidad burguesa que lo son del Arte, con mayúsculas, podrá verse obligado por la vida a hacer cualquier clase de cosa, pero seguirá escribiendo. No porque tenga un deber que cumplir consigo mismo, ni una urgente defensa cultural que hacer, ni un premio ministerial para cobrar. Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia”.

Me había olvidado de escribir que el primero de julio se cumplieron 100 años del nacimiento de Onetti, 1909, y que murió a los 85 años, en 1994.

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