Luisa Valenzuela


Asomarme al tiempo de este libro me da vértigo, se trata de toda una vida de cuentos publicados. El primer volumen apareció en el ’67 y el primero de los cuentos, Ciudad ajena, data de mis 18 años. En aquél entonces se titulaba Ese canto y lo publicó Juan Goyanarte en su maravillosa revista-libro Ficción. Eso me precipitó a la escritura, no las ganas de ser escritora (demasiado rodeada estaba yo de escritores), sino la felicidad de haber logrado el milagro llamado cuento: un universo íntegro, completo en unas pocas páginas, la unión de mundos hasta entonces irremisiblemente separados, la posible solución a un enigma. Después escribir se hizo vicio, con todos los sufrimientos del síndrome de abstinencia cuando el cuento no sale (y son infinitos los que han acabado en el tacho de basura).
Asomarme, en cambio, a los espacios de estos cuentos me da una enorme alegría. Voluntariamente no quise ser escritora porque me parecía oficio demasiado sedentario, y yo pretendía ser exploradora, científica, trotamundos, antropóloga, cualquier cosa menos estar atada a una mesa, escribiendo. Y bien: me desaté de la mesa, me desaté de todos los posibles nudos, y escribí (¡escribo!). Ahora todos esos impulsos o vocaciones u obsesiones, y más también, afloran en los cuentos, porque el mundo que voy tocando en mis inúmeros viajes a veces se espeja y refleja en las historias que se inventan a través de mí.
Son seis libros de cuentos en total reunidos en este volumen, y tengo otras tantas novelas publicadas, pero no es lo mismo. Creo que el cuento es la gloria de la prosa, su posibilidad de expresar la perfección.
Varias de estas colecciones de cuentos tuvieron un detonador muy preciso: Aquí pasan cosas raras (1976) fue escrita ante la sorpresa de un Buenos Aires irreconociblemente violento, los Cuentos de Hades nacieron como respuesta a las restricciones de Perrault, en cambio los largos cuentos Cambio de Armas (1978) y Simetrías (1985) resonaron con el horror que vivió nuestro país.
Dos colecciones, las tituladas Cambio de Armas y Libro que no muerde, aparecen ahora por primera vez en la Argentina. Fueron publicadas en México –país al que estoy profundamente agradecida– y en los Estados Unidos, tanto en castellano como en inglés.
Decidí agregar un cuento inédito a este volumen porque el uno más da idea de infinitud, porque nada está completo mientras una esté viva, y porque así están juntos mi primero y mi último cuento del siglo XX.
Los 137 cuentos “completos” conforman una gran familia. Autárquica, como quería Cortázar. Me encanta que quien tome este volumen tenga tanto para elegir que quizá, con suerte, como en un cofre de tesoros, encuentre alguno que le diga cosas que ni siquiera yo sé que están allí, esperando ser develadas.

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