KAFKA Por Diego Araujo Sánchez


Kakfa y la niña

Un curioso y casi desconocido episodio en la vida de Franz Kafka narra el novelista estadounidense Paul Auster en su Brooklyn Follies: el autor de la Metamorfosis vive su último año de vida en Berlín junto a Dora Diamant, una joven polaca a la que dobla en edad y de quien se ha enamorado de verdad, a pesar de las reticencias del escritor a compromisos sentimentales perdurables.

Al pasar por un parque cercano al departamento en donde los dos residen se detiene al escuchar el llanto de un niña, a la que pregunta la razón de las lágrimas. La pequeña le cuenta que ha perdido su muñeca. Kafka imagina, entonces, una historia para consolar a la niña: le dice que la muñeca ha salido de viaje, lo sabe porque se ha comunicado con él por carta y que, aunque ha olvidado la misiva, al día siguiente se la traería. El escritor regresa a su casa y se pone a redactar la primera carta, con el mismo rigor profesional, la misma pasión, la misma precisión y fuerza del lenguaje, con que había escrito las obras maestras que se conocerían después en todo el mundo. La atención del genial escritor con la niña se prolonga por tres semanas. En cada una de las cartas imagina y prolonga la historias hasta completar la fantasía, como es de rigor en el relato maravilloso, con el final matrimonio de la muñeca y, en este caso, con la despedida a su querida amiga, hasta que ella ya no le echa de menos. El autor lee esas cartas a la niña, cuando realiza su habitual paseo vespertino.

?Ahí es cuando la historia empieza a llegarme al alma, dice Tom a su tío Natham, en la novela de Auster: Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a una niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura a la que encuentra casualmente una tarde en el parque… Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando el tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias por una muñeca perdida…?.

Y esto lo hacía, a pesar de su salud deteriorada, las difíciles condiciones del Berlín de 1923, con escasez de alimentos, disturbios políticos, y una de las peores inflaciones de la historia en Alemania; a pesar, sobre todo, de que sabía a ciencia cierta que tiene los días contados. Kafka daba testimonio vital no solo se ser un gran escritor sino un gran ser humano. ¡Qué prueba más emocionante de extrema solidaridad y valor ético procurar el alivio al dolor de otro ser humano, la consolación por el uso libérrimo de las palabras, por la literatura! Las cartas se han perdido. Paul Auster confesó a Tomás Eloy Martínez que la de la muñeca no es una historia inventada, sino que la cuenta en sus memorias una hija de Dora, la muchacha que acompañó a Kafka en la etapa final de su vida y quien le había movido a regresar a Praga.

Es un hermoso cuento de Navidad, con el que la deseo una muy feliz a mis lectores.

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