GRACIA R Garibay


GRACIA

En San Luis, en la cena del 24, me sentaron a una mesa de diez personas. Funcionarios bancarios y señoras. Era un salón inmenso. Allá lejos el estrado, la CASSLTNRorquesta y el micrófono. El vocerío constante ensordecía y adormecía. Última noche de la convención. Hacia la borrachera todo mundo.
—Buenas noches, señor Garibay.
—Señora, buenas noches. Perdóneme, no la había visto.
—No no, acabo de sentarme aquí, no se levante. Yo estaba en otra mesa, sino que le dije a mi marido… este. Está usted muy fuera de ambiente ¿verdad?
—Estoy bien, sólo que, bueno, no conozco a nadie, y como dicen las invitaciones: “Los caballeros de smoking y las damas de largo”, y yo en estas fachas…
—Fue preciosa su conferencia, don Ricardo.
—Ojalá se haya divertido.
—Estábamos encantadas. ¡Nos enseñó tanto!
—Gracias. Qué bueno que me lo dice…
—Le robo un cigarro, ahora que no me ve mi marido.
Cuarentaitantos años, cuerpo esbelto vestigio de una maciza juventud; rostro hepático, ya un poco verde; labios carnosos; ojos vehementes. Aspiró con ansiedad el humo, lo arrojó sonoramente estremeciéndose. Me miró ladeando la cabeza, queriendo sonreír. En la segunda fumada se subió un tirante del vestido, que iba hacia el hombro.
—Cuénteme algo —dijo, y se acercó unos centímetros, y en la tercera fumada se mordió el labio inferior.
—Cuénteme.
Sentí en su voz y en su gesto una urgencia casi exasperada. Déme mundo, vida, lejanías, usted me entiende, La vi asomándose a los años del derrumbe, le vi el hastío, el odio por su vida. En su torpe audacia le vi la imploración.
—Pero válgame ¿qué, por ejemplo? —y me reí.
—Lo que sea, lo que sea, cuénteme algo.
—¿Así de pronto?
—Así de pronto.
—En la India, a la salida del hotel estaba un hombre casi desnudo, viejo ya, y en muy trabajoso inglés me pidió una rupia —menos de un centavo— por azotarse con un pequeño látigo lleno de nudos de alambre, que mostraba en las manos alzadas. El portero del hotel gritó:
—¡No le dé más de una rupia, señor!
El hombre empezó a azotarse. Al cuarto o quinto latigazo aparecieron puntos de sangre en su espalda. Y seguía y su espalda se iba cubriendo de minúsculas gotas de sangre. Como pude lo obligué a detenerse. Él tendió la mano, por la rupia. Iba a darle un dólar cuando llegó corriendo el portero.
—¡No señor! ¡Lo matan, lo matan! —y señalaba hacia un lado. Había un grupo de mendigos inmóviles, absolutamente inmóviles, mirando.
—Señor —dijo el portero—, usted le da un dólar y él se va, y aquellos lo siguen y lo matan.
—¿Por qué?
—Para robarle el dólar. Está usted en la India, señor…
—Pero ¿una rupia? En mi país es menos de un centavo. No sé si traiga.
—Déme sus monedas.
Se las di, cogió una rupia y la puso en la mano del hombre y le dijo algo en su lengua y en voz baja.
El hombre se fue.
—Si usted quiere, señor, déme el dólar y él vendrá más tarde a recogerlo.
Le di el dólar al portero.
—Qué fascinante —dijo mi compañera de mesa. Qué horrible.
Sentí su pantorrilla, sentí su pie desnudo sobre mi zapato.
—Yo me llamo Gracia —dijo.
—Gracia —dije. ¿Sin apellidos?
—Los apellidos no importan. Me llamo Gracia. Cuénteme.
—Hay una escritora…
Llegaba el marido, grande, grueso, medio borracho, carcajeante. Se sentaba. Fruncía el gesto.
—Qué estás haciendo.
—El maestro me está contando unas cosas preciosas. Maestro permítame… mi esposo.
—Mucho gusto.
Hoscamente agitó la cabeza, no me contestó.
—Siga, maestro, por favor. Me decía que hay una escritora…
—…inglesa, nacida en Nueva Zelanda…
—Vente para acá, estamos con Lalo y la Bibisa, Lalo va a subir a cantar —dijo el marido y se fue.
—Ahí voy, mi amor —dijo Gracia. Y juntando más su pierna, acariciándome el zapato, dijo:
—…nacida en Nueva Zelanda…
—…y llegó a Londres y pronto escribió y pronto se prostituyó y se casó y se murió pronto. Y tiene una historia donde una mujer da una fiesta en su casa, en el pequeño jardín hay un árbol hermoso que ella ha mandado iluminar. Se siente feliz. La fiesta transcurre con mucha alegría. Ella abre la gran ventana para que todos vean su árbol. Y al final, a la hora de las despedidas, sorprende a su marido y a su mejor amiga besándose con furia. Queda perpleja, paralizada. Se va la amiga. Ya viene el marido. Ella, la mujer de la historia, despierta, piensa velozmente, quedan unos cuantos invitados, y corre y se planta delante de la ventana y contempla su árbol iluminado en la noche y se abraza los hombros arrobada, inundada de repentina felicidad. Y eso es todo.
Gracia ha oído con el alma el cuento de Katherine Mansfield.
—Nunca —digo— he entendido qué pasa en el ánimo de la mujer, no me explico…
—¡Yo sí! —exclama Gracia, y pone su mano en mi mano. Yo puedo decirle qué pasa en ella. Es…
Se queda pensando unos momentos, suavizada su cara, brillantes los ojos, y los labios suspendidos en una semisonrisa realmente linda.
—La mujer sorprende que el marido y su mejor amiga la engañan, de momento no sabe… el golpe recibido ¿no?, pero sólo en el primer momento…
—Le hablan, Gracia.
El marido, a unos tres metros de distancia, está mirándola. Gracia retira su mano, retira sus piernas y se irgue. Eso en menos de un segundo. Se levanta y me tiende la mano:
—Gracias, maestro.
Su rostro otra vez algo verdoso, los labios invisibles en la palidez, helada la mano. Y se va alejando entre las sillas, los hombros ligeramente vencidos.

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