LENGUAS SUELTAS Por Hanif Kureishi


Ensayo
Lenguas sueltas
Por Hanif Kureishi

Nuestras palabras pueden ofender, denunciar, ocultar o beneficiar a otros y, una vez emitidas, cobran vida propia. Son, a la vez, la expresión de la libertad y de la censura. Los Hanif kureishitiranos siempre emplean el silencio como una forma de control. Saben que los niños, futuros ciudadanos, sienten fascinación por los efectos del lenguaje sobre los adultos: descubren que hablar es poder

A continuación se ofrece un ensayo que escribí con el título de “Lenguas sueltas”. Creo que soy más conocido en la Argentina como novelista y realizador cinematográfico, pero siempre he disfrutado escribiendo ensayos, a los que considero una parte esencial de mi obra. Escribir ensayos me da la oportunidad de pensar, específicamente de pensar en lo que creo, y para este ensayo quise concentrarme en algo muy extraño, algo que de alguna manera me resulta muy raro pero que, por supuesto, todos hacemos todo el tiempo, que es hablar. Este ensayo está dedicado a las diferentes maneras de hablar y a la censura, y como creo que los argentinos han sido educados en una idea literaria del siglo XX muy similar a la que teníamos en Inglaterra, desde Proust a Joyce y García Márquez, nuestro enfoque cultural es muy similar, y espero que lo disfruten.

El disidente ejemplar Oscar Wilde, cuyo castigo no pudo borrar sus palabras sino que nos enseñó algo sobre adónde nos pueden llevar las palabras, escribió, a fines del siglo XIX: “Cuando las personas nos hablan sobre otros suelen aburrirnos. Cuando nos hablan de ellas mismas casi siempre son interesantes”.

Este ensayo se refiere a algo que somos y que damos por sentado: el hecho de ser animales parlantes, llenos de palabras que afectan profundamente a los demás, palabras que a veces son bienvenidas y a veces no. Quiero decir algo sobre palabras que parecen posibles y sobre otras que parecen imposibles.

No es ninguna coincidencia que los sistemas políticos y sociales que han predominado en nuestra época -el comunismo, el capitalismo globalizado, el fascismo, el imperialismo, la familia nuclear, las diferentes variedades de fundamentalismo religioso, por nombrar apenas algunos- estén caracterizados por un factor notable: hay circunstancias en las que no quieren que las personas hablen de sus vidas. Los tiranos siempre emplean el silencio como una forma de control. Quién le dice qué cosa a quién, y sobre qué, es algo de absorbente interés para las autoridades, los dictadores, los padres, los maestros y los funcionarios de cualquier clase.

Tal como señaló Milan Kundera en su gran novela La broma , hay veces en que la necesidad de ser gracioso es tan subversiva que puede hacer que uno acabe en la cárcel. Isaac Babel, que fue asesinado en la cárcel, y que afirmó que un libro era “el mundo visto a través de un individuo” no ignoraba la ironía implícita en la situación, y dijo: “Siempre que una persona instruida es arrestada en la Unión Soviética y termina en la celda de una cárcel, le dan un lápiz y papel y le dicen: ´¡Escriba! “. Lo que sus inquisidores querían eran palabras. Pero, por supuesto, el significado de “corromper” es falsificar, adulterar o degradar; en este caso, el lenguaje, eso que nos vincula a los demás.

En su relato “En la colonia penitenciaria”, Kafka describe un ingenioso aparato usado para torturar hasta la muerte a un hombre condenado por desobediencia. La máquina está equipada con una rastra con chorros de tinta que inscribe el nombre del delito cometido sobre el cuerpo de la víctima, mientras lo desangra. “A este hombre, por ejemplo -dice el oficial indicando al condenado- se le escribirá sobre el cuerpo: ´Honra a tus superiores.”

El proceso completo de escritura como muerte insume doce horas. Esta caligrafía del colonialismo podría denominarse “muerte por descripción”, ya que el cuerpo es desgarrado por los que manejan la pluma. En este caso no se trata de que la víctima maneje su propia pluma, porque no habla. Su versión de los acontecimientos, su relato, nunca se tomará en cuenta. Hasta su cuerpo lleva la inscripción de otro.

Las historias colectivas o compartidas, vinculadas por el acuerdo implícito acerca de cómo debería ser el futuro, o sobre la clase de gente que se prefiere -héroes, líderes y los moralmente buenos por un lado, y los demonios, los malvados, los ignorados y los malos por el otro, también pueden llamarse ideologías, tradiciones, creencias, estilos de vida o formas de poder. Y si han sido contadas durante un tiempo, esas historias pueden convertirse en política, en nuestras instituciones, y es importante que las cosas en ellas parezcan ser tal como son, y de la manera en que deben seguir siendo. Siempre resulta esclarecedor pensar en esos grupos e individuos a los que se les niega el privilegio de hablar y de ser escuchados, ya sean inmigrantes, refugiados, mujeres, locos, niños, ancianos o trabajadores del Tercer Mundo.

Es precisamente donde terminan las palabras, o donde no pueden llegar, en donde se producen los abusos, ya se trate de hostigamiento racial, acoso, omisión o violencia sexual. El silencio, entonces, al igual que la oscuridad, expresa algo importante acerca de quiénes quieren las autoridades que sean los otros, algo importante acerca de la naturaleza misma de la autoridad, y de la manera en que quiere deshumanizar a los otros reduciéndolos al silencio.

Por supuesto, los diferentes sistemas emplean métodos diferentes para conseguir el silencio. Desde cortar la lengua hasta quemar libros, o el uso de la moralidad sexual o la prohibición encubierta -como ignorar a la gente, por ejemplo-, todas ellas son maneras de garantizar una dictadura de las voces, o de garantizar una voz única. Si una persona les dice a los otros quiénes son realmente, negándoles el derecho a la autodescripción, se producirá en los otros cierta clase de duda sobre sí mismos, cierta clase de desintegración interior. Las personas pueden formarse y también pueden trastornarse a partir de los relatos y las historias que se cuentan sobre ellas. Cuando a Genet le dijeron que era un ladrón, le llevó casi toda su vida escapar de esa idea.

La necesidad de cierta interpretación de la realidad y el imperativo de que esa idea se sostenga no podrían verse más claramente en las familias. Los niños advierten muy pronto la fuerza de una descripción particular, y la autoridad que conlleva. Aunque la mayoría de los padres saben que los niños se desarrollan cuando se los escucha, no siempre quieren oírlos.

Por su parte, por cierto, los niños están fascinados por el lenguaje, especialmente cuando descubren que hay palabras que asustan o enloquecen a los adultos, que hacen que los adultos deseen abofetearlos o hacerlos callar. Los niños pueden sentirse atraídos por cualquier discurso que provoque el terror de los adultos. Por lo tanto, los niños se informan sobre la comunidad lingüística descubriendo lo que no debe o no puede decirse. Aprenden sobre prohibiciones y límites, sobre castigos, sobre ocultar y mentir, y sobre la reserva. Cuando descubren qué es lo que no se puede decir, deben aprender a mentir o a ocultar sus palabras, con frecuencia incluso a sí mismos. Si tienen suerte, se vuelven creativos y emplean la metáfora. Si son desafortunados, se vuelven locos. La depresión, por ejemplo, podría considerarse como una forma de lentitud. Podría considerarse una subversiva negativa a moverse a la misma velocidad que los otros, como el rechazo de un mundo consumista banal y alienante, a favor de una auténtica perplejidad interior. Pero, de manera más común, sin una idealización de esa clase, se trata de una lentitud que usualmente se concreta en el silencio, más allá o fuera del lenguaje y la simbolización. Los deprimidos, por lo tanto, no creen en el lenguaje como portador de sentido. Los muertos no pueden hacer amigos. La persona deprimida, auto-silenciada podríamos decir, se siente muy lejos de la fuente de sus palabras, que pueden multiplicarse por sí mismas, y que aparentemente pueden circular frenéticamente y sin sentido, como pájaros atrapados en una habitación vacía.

Los silenciosos deliberados al menos dejan en claro algo -ante sí mismos- cuando eliminan o rompen sus propias historias. Los silenciosos involuntarios, por otra parte, pueden sentir que les han robado infructuosamente sus palabras. Pero este silencio forzado por los poderosos sí sirve para algo. La mitologización de los que no oyen brinda oportunidad para realizar una tarea cuantiosa y difícil. El otro silencioso puede ser llamado, por ejemplo, extraño, extranjero, inmigrante o refugiado. Puede tratarse de un exiliado, un intruso ilegal, el que no encaja y no tiene pertenencia, el que no está en su casa, aquel cuyas palabras no cuentan.

Este espectro de nociones negativas al menos revela que no podemos dejar de preguntarnos por nuestras partes extrañas, raras o ajenas, los elementos que no podemos expresar salvo por medio del uso de otros. El racismo por lo menos puede enseñarnos que siempre somos extraños -otros, o mal recibidos- para nosotros mismos, en particular cuando nos conviene. Incluso podemos advertir que hay en este punto una rara pero enigmática inversión del silencio. La clase de capitalismo que tenemos siempre ha dependido del colonialismo, y siempre ha necesitado del trabajo en el Tercer Mundo y del trabajo del Tercer Mundo en otras palabras, a los inmigrantes. Y sin embargo nuestra propia necesidad siempre ha sido representada solamente en términos de la necesidad de ellos, de su dependencia de nosotros. Esto se manifiesta con frecuencia a través de la imagen de personas desesperadas que trepan sobre cercos de alambres de púas, desesperadas de venir aquí y despojarnos de todo lo que tenemos.

El sujeto elegido para ser el extraño tiene un lugar importante. Hay que tenerlo siempre presente, sea él o ella; hay que elaborar constantemente al respecto. Es una verdadera pasión, esta actitud hacia el extraño amenazante, el de afuera, el que no conoce nuestra lengua. Alguien debe ser mantenido en su lugar para que el otro pueda existir en cierta relación con él, para que florezca el odio. Digo que es una pasión en vez de una opinión porque estas ficciones deben reiterarse constantemente. No pueden ser expresadas sólo una vez, ya que la víctima siempre parece eludir su descripción. A menos que se lo pueda sepultar, una y otra vez, bajo un diluvio de palabras y, por supuesto, las acciones que esas palabras implican, el extranjero podría convertirse en alguien como nosotros.

Si se puede ofrecer una versión plausible del siglo XX en términos del silencio y su uso, también hay motivo para un cierto optimismo. Ese período también fue el de la insistencia de la gente en sus propias palabras y en su propia historia, en hablar por sí mismos. La década de 1970, según recuerdo, vio a los formalmente colonizados, los gays, las mujeres, los locos, los niños relatar su parte de la historia, contarla con sus propias palabras, que fueron escuchadas. Como resultado, se dieron en algunas partes del mundo significativos avances sociales. Se ha dicho que cuando Pinochet fue arrestado en Inglaterra, las cosas cambiaron en Chile. El dictador no era sacrosanto; la gente empezó a hablar; finalmente, la mística del tirano fue penetrada.

Es claro, no obstante, que ésta es una descripción simplificada: hay en ella una ausencia. He dicho que por un lado las palabras están allí, preparadas y esperando que las usen, mientras que por otro lado se las prohíbe o se las censura, que el único problema de las palabras es que las autoridades no quieren escucharlas.

Sin embargo, hay en esto un núcleo diferente: el de la persona que no quiere escuchar sus propias palabras. Es la persona propietaria de esas palabras, la que las ha fabricado dentro de su propio cuerpo, pero que tiene y al mismo tiempo no tiene acceso a ellas, que es prisionera, prisión y ley. Los verdaderos dictadores del mundo son también un retrato de los dictadores que hay dentro de los individuos, de cierta clase de mentes.

Si quisiéramos crear un sistema autoritario completo, en el que no hubiera lenguas sueltas -o, dentro de un individuo, ninguna vida interior significativa-, tendría que ser un sistema en el que se controlaran los sueños. Aun en la cárcel, sometido a la más estricta vigilancia y observación, un ser humano puede soñar. Y en el sueño puede al menos representar o simbolizar aquello que no puede o no debe ser dicho. ¿Pero cómo podrían llegar a entenderse esos sueños? ¿Quién estaría allí para recibir esa comunicación cifrada que podría ser su única esperanza?

En 1906 un cirujano inglés, hablando con Ernest Jones, mencionó, con gran asombro, a un raro médico de Viena “que verdaderamente escuchaba con atención cada palabra que le decían sus pacientes”.

Freud advirtió que, debido a que existen formas de hablar radicalmente peligrosas y desestabilizadoras, que cambian vidas y sociedades, la gente no quiere saber cuáles son esas palabras. Pero añade que, en otro sentido, verdaderamente quieren saber, porque el sufrimiento los vuelve conciencia de una falta; al menos saben que nunca estarán completos sin ciertas formas de autoconocimiento, y que ese autoconocimiento será liberador, aun cuando las consecuencias de cualquier liberación también puedan ser catastróficas.

Lo quieran o no, los seres humanos dejan entrever la verdad de su deseo: en sus sueños, en sus fantasías y en estado de ebriedad, en sus bromas y en sus equivocaciones, así como en el delirio, en el éxtasis religioso, en sus balbuceos y cuando dicen lo contrario de lo que quieren decir. Entonces hace falta un racionalista para ver que el racionalismo sólo puede fracasar, que lo que necesitamos es más y no menos locura en nuestras palabras. De otra manera, nuestro cuerpo se hará cargo de esa causa en nombre nuestro, y los cuerpos hablan de maneras extrañas y pavorosas, por medio de la histeria, por ejemplo en la época de Freud, cuyos equivalentes modernos podrían ser la adicción, la anorexia, el racismo o diversas fobias.

Freud inventó un método de hablar que involucraba a dos personas juntas en una habitación. Una de las personas hablaba y la otra la escuchaba, tratando de ver, en las brechas, resistencias y repeticiones, qué otra cosa se decía, encubierta bajo lo más obvio. Entonces Freud le devolvía al hablante esas mismas palabras traducidas a otras.

Por más que fueran grandes individualistas, tanto Wilde como Sócrates, al igual que Freud, usaron el diálogo como forma preferida. De hecho, en otro ensayo, Wilde reemplaza el imperativo socrático “conócete a ti mismo” por “sé tú mismo”, que podría convertirse, en esta versión de “ser” -la de la comunidad del lenguaje- en “háblate a ti mismo”. La pareja terapéutica es un método de ver por quién uno es hablado, y es una invención importante y original. Pero habría algo raro, por decir lo menos, en una sociedad en la que todo el mundo estuviera en terapia. Y no porque no haya ya algo raro en la idea de que sólo los ricos puedan comprar salud mental.

Afortunadamente, siempre ha existido otro lugar en el que se ha hablado de las cosas más sombrías y peligrosas, algo que podríamos llamar una forma de terapia laica. Sabemos que esta manera de hablar es útil debido a la cantidad de prohibiciones que ha provocado. A veces se denomina conversación, o teatro, o poesía, o danza, o novela, o pop. Eso que suele denominarse creatividad o cultura nos recuerda el método de Freud, porque muchos artistas han hablado de la manera en que las palabras tienen la capacidad de hablar por sí mismas. El escritor sólo está allí para atraparlas, organizarlas, ponerlas por escrito. Hasta el profeta Mahoma, cuyo nombre suele requerir que se haga silencio, fue visitado por un ángel que le entregó la ley. Mahoma no hizo esas leyes por sí mismo; fueron hablados a través de él pero vinieron de otra parte. Otro caso de muerte del autor, o del autor aparte de sí mismo, como secretario o partera de sí mismo se podría decir, expresando una Ley divina que ningún ser humano puede modificar o refutar.

Una cultura es una partera de las imágenes y las simbolizaciones, un lugar donde la gente puede hablar entre sí, donde las palabras importan y, por pertenecer al dominio público, pueden ser entendidas o usadas de diferentes maneras. También es el lugar en el que a uno se le prohíbe hablar de ciertas cosas. Por lo tanto, debe ser un lugar donde se hable del tema de hablar y de los castigos. El conjunto puede tener una conversación porque a los artistas les gusta merodear cerca del corazón de la ley, que es donde está la acción. Si se considera que los artistas están en el borde, están en realidad al borde las normas, cerca del castigo y, como Beckett, no muy lejos del silencio, donde hablar debe ser casi imposible para tener algún valor.

Lo que Freud añadió, y que los surrealistas sabían, junto con otros artistas que han modelado nuestra conciencia -Buñuel, Bergman, Joyce, Picasso, Woolf, Stravinski, Pinter-, era que si se quería representar el inconsciente, debía haber nuevas formas para hacerlo.

Estos artistas sabían que el habla convencional y el arte convencional que la acompañaba se habían convertido en cháchara. Sabían que eso actuaba como una barrera o como un filtro de formas de conocimiento que eran esenciales si no queríamos ser silenciados, o para que no nos persiguiéramos por cuestiones raciales y nos matáramos entre nosotros por motivos que no alcanzábamos a entender. Por lo tanto, si el arte moderno y gran parte de lo que lo ha seguido ha sido el intento de decir lo indecible, algunas de sus formas sólo pueden ser feas y perturbadoras. Esas formas deben ser prohibidas, menospreciadas y desalentadas, en parte debido a que, como casi todas las formas de la fantasía, están sometidas a la vergüenza, que es en sí misma una forma de censura. El solo hecho de hablar implica ser consciente de la censura. Lo primero que advierten los escritores principiantes en cuanto le quitan el capuchón a su estilográfica es un bloqueo bajo la forma de una prohibición. No es raro que vean ante los ojos el rostro de su madre, junto con varias buenas razones que hacen que seguir adelante no sea una buena idea. Freud, que era él mismo un escritor prodigioso, lo expresó así: “En cuanto la escritura, que implica pasar un fluido de un tubo a una hoja de papel en blanco, asuma la significación de la cópula, se detendrá”.

Se podría decir que esto es el visto bueno de hablar bien: que existe una resistencia que garantiza la calidad de la enunciación. Hay, entonces, al menos dos voces en juego aquí: la voz que necesita hablar y la voz -o varias voces- que se niegan, que dicen que esas palabras son tan excitantes y prohibidas que no tienen valor. Eso es lo que convierte cualquier intento creativo en una lucha útil. Lo que hace que intentarlo valga la pena es la dificultad, la posibilidad del bloqueo.

El arte del siglo XX ha estado fascinado por los sueños y la pesadilla, por la violencia y la sexualidad, a tal punto que podría ser calificado como un arte de terribles fantasías. En estas pesadillas del arte uno empieza a ver grietas, profundos conflictos, terrores, odios y mucha muerte. Esos elementos pueden reunirse -fusionarse de alguna manera en una obra de arte- pero no siempre son reconciliables. Sin embargo, las partes irreconciliables pueden hallar voz en alguna forma de expresión personal que, en parte es el motivo por el que resulta tan penoso y difícil contemplar el arte moderno, incluso ahora, y el motivo por el que cualquier nuevo arte, para ser valioso, debe provocarnos un shock . Y lo provoca porque rompe un silencio que ni siquiera sabíamos que estábamos guardando.

Al menos el arte nos da belleza como compensación de su mensaje. Pero finalmente no es el placer que podría ser, porque esa belleza puede ser terrible, tal como decir la verdad sobre la sexualidad no es hablar sobre lo buena e higiénica que es para nosotros, sino hablar de lo mala o dolorosa que puede resultarnos.

Hablar, escuchar, ser conocido y conocer a los demás. Podríamos decir que, aunque no todo el mundo tiene iguales oportunidades, al menos vivimos en una democracia representativa. Eso, por lo menos, nos diferencia de diversos fundamentalismos. Podemos votar, creemos que tenemos políticos que pueden hablar por nosotros. Sin embargo, una de las razones por las que despreciamos a los políticos es porque sospechamos que hablan por sí mismos mientras afirman hablar por nosotros. Nuestras palabras, que hemos entregado a nuestros representantes, no llegan a ningún lado y jamás llegarán. Lo que decimos no tiene ninguna importancia. Una manera de considerar la globalización, por ejemplo, es decir que se trata de una versión de ciertas autoridades orwellianas diciendo lo mismo una y otra vez, con la intención de mantener las palabras nuevas, o cualquier duda humana, necesidad o creatividad, fuera del sistema.

Seguramente, entonces, si los políticos consiguen salirse con la suya, también lo conseguirán los artistas. Al hablar por ellos mismos y al negarse con toda sensatez a la propaganda, consiguen hablar por algunos de nosotros, y también reciben el castigo en nombre nuestro. En ausencia de otras figuras convincentes, como sacerdotes o líderes, resulta tentador idealizar a los artistas y a la cultura que ellos construyen. No obstante, en última instancia no hay sustituto del valor de las propias palabras, de la propia historia y de la forma en que uno mismo ha descubierto para ella. Sartre, en su autobiografía Las palabras , dice: “Cuando empecé a escribir, empecé a nacer de nuevo”. Hay algo en las oraciones propias que las hacen propias, por empobrecidas e inadecuadas que puedan resultar, que las hace significativas, redentoras. Si uno quiere decirle a alguien que lo ama, no busca a otro que lo haga en su nombre.

Cuando existe una profusión, o multiculturalismo, de voces, particularmente procedentes de los márgenes de la expresión, la posibilidad de disenso y disputa aumenta. La virtud y el riesgo del verdadero multiculturalismo es que podríamos descubrir que nuestros valores son, en última instancia, irreconciliables con los valores de otros. Desde ese punto de vista, todo empeora. Hay más ruido interno y social, más confusión, y más cuestionamientos sobre la manera en que se deciden las cosas, y sobre quién las decide. Si se cuestiona la idea misma de verdad, la naturaleza misma de la ley es alterada. Puede parecer condicional, por ejemplo pragmática más que divina, o al menos sujeta a la modificación o la intervención humanas, cuando no al control.

Siempre hay buenas razones para no hablar, para mordernos la lengua, como podrían dar fe muchos disidentes, artistas y niños. Nuestras palabras ofenderán, hablar es peligroso, perjudicial, aterrador, moralmente malo, habrá otros que sufran, o no nos escucharán.

Pero lo bueno de las palabras, las oraciones y las historias es que su efecto final es incalculable. A diferencia de la violencia, por ejemplo, que es un mensaje inconfundible, hablar es una forma libre, una suerte de experimento. No es una descripción de un estado interno, sino un acto, una especie de performance . Es un actor que improvisa -algo peligroso e imprevisible- más que un actor que dice las líneas que han sido escritas de antemano. “El pensamiento está en la boca”, como lo expresó Tristan Tzara. No es que necesitemos mejores respuestas, sino que necesitamos mejores preguntas. Hablar es siempre un pedido, en primer lugar de una réplica que demuestre la existencia de la comunicación, pero en última instancia de una respuesta, de más palabras, de amor, en otros términos. Uno nunca sabe qué terminarán diciendo sus propias palabras, para uno mismo o para otro; o cómo será el mundo que esas palabras construirán. Podría pasar cualquier cosa. El problema del silencio es que sabemos exactamente cómo será.

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1 comentario

  1. Es, creo, una versión libre de “El orden del discurso”


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