¿QUIÉN HA DE ASCENDER A LA COLINA DEL SEÑOR? AMOS ZOS


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En el que se dan por concluidas las negociaciones, se firma un contrato y se discute buena cantidad de planes, así como se habla de lejanas tierras en las que el hombre blanco no ha puesto el pie.

En la penúltima casa de la calle Sofonías vivía mi amigo, Aldo Castelnuovo, cuyo padre era famoso por los trucos que sabía hacer con tren-del-fin-del-mundonaipes y fósforos; además, tenía en propiedad una agencia de viajes, El Orient Express. Yo sabía que, de todas las personas del mundo, Aldo tenía que ver mi bicicleta. Era lo único que sus padres no le habían comprado, pues le habían regalado ya casi todo lo demás. No le dejaban andar en bicicleta por los diversos peligros que lleva consigo y, en concreto, porque podía entorpecer el progreso que Aldo llevaba hecho en el violín. Por esta razón le pegué un silbido, furtivamente, desde fuera de su casa. Cuando apareció, Aldo se hizo cargo de la situación al momento, se las arregló para pasar la bici de contrabando, sin que nadie se diera cuenta, y la guardamos en el cobertizo del jardín sin que su madre recelara.

Después entramos en la casa y nos encerramos en la biblioteca de su padre (el profesor Emilio Castelnuovo, que había ido a El Cairo en viaje de negocios y no regresaría antes de tres o cuatro días). Al entrar me saludó, como de costumbre, un olor lúgubre y atractivo a la vez, fabricado de secretos a media voz, de carpetas acolchadas, de intrigas cautelosas y de mobiliario de cuero, de susurros ilícitos y de largos viajes. Durante todo el día, durante todo el verano, las contraventanas de la biblioteca permanecían cerradas para impedir que la luz desgastara las encuadernaciones de cuero y sus hermosos lomos cubiertos de letras doradas.

Sacamos el enorme atlas alemán y trazamos con sumo cuidado todas las rutas posibles en el mapa de Africa. La madre de Aldo nos mandó a Luisa, la chacha armenia, con una bandeja llena de nueces, cacahuates y almendras, amén de avellanas y pepitas de girasol, y unos delicados vasos azules llenos de jugo de naranja, que todavía rezumaban una especie de sudorcillo de lo frío que estaba.

Una vez que dimos buena cuenta de los cacahuates y las almendras, y empezamos con las pépitas, la conversación giró hacia la cuestión de las bicicletas en general y de la mía en particular. Si Aldo pudiera tener en secreto su propia bicicleta sería posible, convinimos, mantenerla oculta a los ojos de todos los sospechosos, guardada en su cobertizo, que nadie usaba para nada, y entonces, los sábados por la mañana bien temprano, mientras sus padres estuviesen aún dormidos, le sería fácil sacarla sin que nadie se enterase; nada le impediría montar en ella e ir al fin del mundo.

Le di mi experta opinión acerca de mil y un detalles importantes, así como mi aprobación o mi condena de acuerdo con mis opiniones. Hablamos de bombas de inflar, de válvulas normales y de válvulas de seguridad; de las baterías en comparación con las dinamos, de los frenos manuales —que, si se accionaran al ir a velocidad, te mandarían volando por los aires— en comparación con los frenos de pedal —úsalos en una cuesta abajo y ya puedes prepararte y decir tus oraciones—; de parrillas normales y de parrillas de muelle; de faros y reflectores, y etcétera, etcétera. Más tarde volvimos al tema de los zulúes y los bosquimanos y los hotentotes, de lo que tenían en común estas tribus y de las diferencias de cada cual, y discutimos también acerca de la peligrosidad de todas ellas. Hablé con avidez del terrible Mandi de Jartum, la ciudad más importante de Sudán; del verdadero Tarzán, del auténtico, el de las selvas de Tanganika, a través de las cuales tendría que pasar en mi viaje hacia el manantial del río Zambeze, en la tierra de ObanguiShari. Pero Aldo ya no me escuchaba. Se encontraba a años luz de todo aquello, sumido en sus propios pensamientos, y parecía ponerse más y más nervioso a cada minuto que pasaba. De repente me cortó y estalló con una voz aguda y temblorosa:

¡Ven! ¡Vamos a mi cuarto! Te voy a enseñar algo mejor que todo lo que has soñado en tu vida.

De acuerdo, pero tiene que ser deprisa —le pedí—. Tengo que empezar hoy mismo mi viaje.

Así que le seguí. Llegar a la habitación de Aldo significaba atravesar casi por completo, y a lo largo, la casa de los Castelnuovo. Era muy, muy grande, con todas sus alfombras y cortinas limpias de la menor de las manchas, dispuestas como para producir una débil impresión de lobreguez a la par que un toque exótico. En el gabinete, por ejemplo, había un enorme reloj de pesas con las manecillas de oro y grandes letras hebreas, mayúsculas, en vez de números. Había armarios bajos a lo largo de las paredes y, encima, hileras e hileras de pequeñas antigüedades de madera o de plata maciza. Había incluso un cocodrilo de plata, cuya cola no era una cola normal, pues funcionaba de palanca. Si tirabas suavemente de ella y la bajabas después, el cocodrilo partía nueces entre las mandíbulas, para deleite de los invitados. Más aún, la puerta que comunicaba la despensa con el comedor alargado estaba guardada de un modo más bien siniestro, día y noche, por Cesario, un perrazo lanudo relleno de algas secas, que te miraba ceñudo con los botones negros que tenía en vez de ojos.

En el propio comedor había una mesa de caoba descomunal, que llevaba una especie de calcetín en cada pata. Y en la pared, con letras sobredoradas, podía leerse la siguiente inscripción: “Quién ha de ascender a la colina del Señor? ¿Quién ha de pisar Su Santo Lugar?”. La respuesta: “Quien tenga las manos limpias y puro el corazón”, que funcionaba a modo de lema de la familia Castelnuovo, se encontraba en la pared de enfrente aureolando el blasón familiar: una sola gacela azul, y en cada uno de sus cuernos la estrella de David.

Saliendo por una puerta acristalada se llegaba a una pequeña estancia llamada la “Sala de Fumar”. Un cuadro enorme ocultaba por completo una de las paredes. Mostraba a una mujer con un delicado vestido de muselina y un velo de, seda que le cubría todo el rostro, salvo dos ojos negrísimos, que con una pálida mano daba a un mendigo una moneda de oro, tan brillante y resplandeciente que desparramaba chispas en todas direcciones, como las de una hoguera. El mendigo, sin embargo, ni se inmutaba: continuaba allí sentado plácidamente. Llevaba un capote blanco, limpio; también su barba era blanca y tenía cerrados los ojos, y el rostro radiante de felicidad. Bajo el cuadro, en una pequeña placa de bronce, había grabada una sola palabra: CARIDAD.

Cuántas veces y cuán a menudo me maravillaba yo en esa casa. Ante Luisa, por ejemplo, la chacha armenia que cuidaba de Aldo; era una muchacha morena y muy bien educada, de dieciséis o diecisiete años, a quien nunca vi sin un delantal blanco, inmaculado, sobre su vestido azul: tanto el vestido como el delantal parecían estar siempre recién planchados. Hablaba en italiano con Aldo, y obedecía sus órdenes sin rechistar. También conmigo se mostraba extremadamente gentil, y me llamaba “el joven caballero”, en un hebreo extrañísimo, casi de ensueño, hasta el punto que a mí mismo me parecía ser un auténtico joven caballero. Podría ser la hija de la dama del cuadro; si no, ¿por qué existía entre ellas ese parecido? Entonces, ¿era CARIDAD el nombre del cuadro o el nombre de la mujer? ¿O tal vez el nombre del pintor que lo había hecho? Nuestra profesora en segundo se llamaba Margolit Caridad. Fue ella quien dio a Aldo su nombre hebreo de “Aided”. Pero, ¿quién sería capaz de dar un nombre como Aided a un chico en cuya casa había una sala reservada sólo para fumar?

(El piso de mis padres, con dos habitaciones y cocina separadas por un pasillo bien corto, tenía solamente mesas de madera y sillas de enea. Las anémonas o los brotes de almendro florecían por primavera en tarros de yogur, mientras que en verano y otoño los mismos tarros albergaban ramas tiernas de mirto. El cuadro que había en la pared más grande mostraba a un explorador que llevaba un azadón y que, sin razón alguna que pudiera adivinarse, miraba hacia una hilera de cipreses.)

En el extremo más alejado de la sala de fumar se abría una extraña puerta baja. Pasamos por ella y bajamos cinco escalones para entrar en el ala de la casa en que estaba la habitación de Aldo. Su ventana daba sobre los apiñados tejados del barrio de Meah Shearim; tras ellos, al este, se alzaban las torres de las iglesias y, al fondo, las montañas.

—Ahora —dijo Aldo como si estuviera a punto de hacer magia—, échale un vistazo a esto.

Y entonces se inclinó y empezó a sacar de una caja grande, brillante, con dibujos de colores, segmentos de una pista de ferrocarril, varias estaciones y un ferroviario de latón. A esto siguieron una locomotora azul maravillosa y unos cuantos vagones rojos. Luego nos echamos en el suelo y empezamos a empalmar los trozos de vía, el sistema de señales y el resto del escenario. (Estaba hecho también de latón brillante: colinas y puentes, lagos y túneles; había unas cuantas vacas pintadas sobre la hierba, que pastaban pacíficamente a ambos lados de las vías).

Y cuando por fin todo estuvo listo, Aldo conectó el enchufe y todo aquel mundo encantado cobró vida. Arrancaron los motores, silbaron las sirenas, los convoyes traquetearon ruidosamente por las vías, se levantaron las barreras y volvieron a bajarse, se encendieron las señales intermitentes en los cruces y en las bifurcaciones, los trenes de mercancías y los de viajeros intercambiaron silbidos a manera de saludos; se adelantaban unos a otros por vías paralelas, magia sobre magia, encantamiento sobre encantamiento.

—Esto —dijo Aldo con una mueca de ligero desdén— es un regalo de mi padrino, maestro Enrico. Ahora es el virrey de Venezuela. Yo callé amedrentado, pero en el fondo estaba pensando:

“Dios Todopoderoso. Señor del Universo.”

—Para mí —dijo Aldo con indiferencia—, todo el invento éste es un tanto aburrido, además de una pérdida de tiempo. Lo que es yo, prefiero hoy por hoy tocar el violín antes que jugar con estos juguetes. Así que puedes quedártelo, si es que todavía juegas con estas chiquilladas.

“Aleluya, aleluya”, cantó mi alma en mi pecho. Pero no dije nada.

—Claro que… —precisó Aldo— Claro que no como regalo. Como trueque. Te lo cambio por la bicicleta. ¿Aceptas?

“¡Uau!”, pensé. “¡Uau! ¡Vaya que sí!”. Pero dije en cambio:

—De acuerdo. Trato hecho. ¿Por qué no?

—Claro que… —siguió Aldo—. Claro que no todo entero. Sólo una parte a cambio de tu bici: una locomotora, cinco vagones y tres metros de vías curvas. Después de todo, tu bici no tiene barra. Lo que voy a hacer ahora mismo es coger un contrato en blanco del cajón de mi padre, y si no has cambiado de idea (y aún estás a tiempo y tienes todo el derecho), podemos firmarlo y darnos la mano. Mientras tanto, puedes ir eligiendo las vías y los vagones que hemos acordado, además de una locomotora, de las pequeñas, claro, no la grande. Vuelvo en un momento. Chao.

Pero yo no le escuchaba; no era capaz de oír otra cosa que mi corazón al galope tendido, dentro de mi pecho, que vociferaba: “Zapato, zapato, zapatito, zapatón” (una estúpida canción que todo el mundo tarareaba por entonces).

En un abrir y cerrar de ojos firmamos el contrato y dejé la casa de los Castelnuovo; salí a la calle Sofonías como sale un tren de un túnel, con una caja de zapatos atada con una cinta azul apretada contra el pecho. A juzgar por la luz y la frescura del aire, faltaría una media hora para el atardecer y la hora de la cena. Instalaría el tren, pensé, en elpaisaje silvestre e indómito de nuestro jardín. Cavaría un canalillo lleno de curvas, pensé, y lo llenaría de agua; haría que el ferrocarril lo cruzase por el puente. Haría elevaciones y colinas y valles, abriría un túnel por entre las raíces de la figura, y de allí mi ferrocarril se abriría paso por la misma selva, camino de los yermos del Sahara y más allá aún, en dirección al manantial del río Zambeze, enclavado en la tierra de ObanguiShari, a través de los desiertos y las junglas impenetrables en los que el hombre blanco no había dejado todavía su huella.

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