TODO ES ENGAÑO sherwood

Sherwood Anderson
(1876-1941)

Todo es engaño

      Era la hora del anochecer, de uno de los últi­mos días de otoño. La Feria Comarcal de Wines­burgo había atraído al pueblo una gran muche­dumbre de gentes del campo. El día había sido despejado y la noche se presentaba tibia y agra­dable. Las carretas que pasaban por Trunion Pike, en donde la carretera se extendía, al salir, de la ciudad, por entre campos de fresales, cu­biertos ahora de oscuras hojas secas, levantaban nubes de polvo. Los niños, arrebujados como pe­queñas pelotas, dormían encima de la paja exten­dida dentro de los carros. Sus cabellos estaban cubiertos de polvo, y sus dedos sucios y pegajo­sos. El polvo se cernía sobre los campos; y el sol, al ocultarse, lo teñía con vivo resplandor.
      La muchedumbre llenaba las tiendas y las ace­ras de la calle principal de Winesburgo. Se echó encima la noche, relincharon los caballos, los de­pendientes de las tiendas iban y venían como locos, los niños se extraviaban y rompían a berrear, y todo un pueblo de Norteamérica trabaja­ba desesperadamente por divertirse.
      El joven George Willard se abrió paso por entre la muchedumbre que llenaba Main Street, se escondió en la escalera del consultorio del doctor Reefy y observó desde allí a la gen­te. Examinaba con ojos febriles las caras que desfilaban bajo las luces de los almacenes. Pug­naban por irrumpir en su cerebro toda clase de pensamientos, pero él no quería pensar. Golpea­ba impaciente con los pies en las escaleras de madera y miraba inquisitivamente a todas par­tes. «Bueno, ¿será capaz ella de no apartarse de él en todo el día? ¿Me habrá hecho esperar inú­tilmente todo este rato?», murmuró.
      George Willard, el muchacho de aquel pueblo de Ohio, se hacía rápidamente hombre y empe­zaba a pensar de distinta manera que hasta en­tonces. Había andado todo el día entre aquella masa humana de las ferias, con un sentimiento de soledad en el alma. Pronto iba a abandonar Winesburgo para marchar a una ciudad, donde esperaba colocarse en algún periódico; tenía la sensación de ser una persona mayor. Aquel esta­do de ánimo suyo era propio de hombre e impro­pio de un muchacho. Sentíase viejo y un poco cansado. Se despertaban en él los recuerdos. Creía que su nuevo sentimiento de madurez lo apartaba del mundo, haciendo de él una figura casi trágica. Hubiera querido que alguien fuese capaz de comprender la sensación que lo domi­naba después de la muerte de su madre.
      Llega para todos los muchachos un momento en cl que se vuelven a contemplar su vida pasada. Es tal vez ese momento en que cruzan la línea que los separa de la edad viril. El muchacho pa­sea por las calles de su pueblo. Piensa en su por­venir, en el papel que representará en el mundo. Despiértase en él ambiciones y arrepentimientos. De pronto ocurre algo imprevisto; se detiene de­bajo de un árbol y permanece como a la espera de que alguien le llame por su nombre. Se deslizan en su conciencia sombras de cosas pasadas; las voces del exterior le susurran un mensaje que le habla de las limitaciones de la vida. La segu­ridad absoluta que tenía en su porvenir se trueca en una absoluta inseguridad. Si es un muchacho de imaginación, cae derribada delante de él una puerta y se le presenta ante la vista, por vez pri­mera, el panorama del mundo; ve, como si desfilaran ante él en procesión, las incontables figuras de hombres que hasta aquel momento han salido de la nada, han vivido sus vidas y han vuelto a desaparecer en la nada. La tristeza de lo falaz ha caído sobre el muchacho. Se mira atónito a sí mismo como una simple hoja que el viento arras­tra por las calles de su pueblo. Comprende que, a pesar de toda la seguridad vocinglera con que ha­blan sus compañeros, está condenado a vivir y morir en la incertidumbre; que es una cosa arrastrada por el viento, una cosa destinada a agotarse, como el trigo, bajo los rayos del sol. Se estremece y mira en torno suyo. Los dieciocho años que él ha vivido parecen sólo un momento, el tiempo de una respiración en la larga marcha de la Humanidad. Escucha ya la llamada de la muerte. Y anhela desde lo más hondo de su co­razón acercarse a otro ser humano, tocar con sus manos a otra persona, sentir la caricia de otras manos. Si prefiere que esas manos sean las de una mujer es porque cree que la mujer será afec­tuosa, que le comprenderá. Eso es lo que quiere sobre todo: comprensión.
      Cuando llegó para George Willard ese momen­to de desengaño, su pensamiento se volvió hacia Helen White, la hija del banquero de Winesburgo. Se había dado cuenta en todo momento de que aquella joven se hacía mujer a la par que él en­traba en la virilidad. Cuando él tenía dieciocho años, salió cierta noche de verano a pasear con ella por el campo y se dejó llevar, en presencia suya, de un impulso de fanfarronería; quiso apa­recer grande e importante ante sus ojos. Ahora llevaba otras intenciones al pretender verse con ella. Quería hablarle de los nuevos pensamientos de que se sentía inspirado. Se había esforzado, cuando nada sabía él acerca de la hombría, en hacer que ella lo tomase por un hombre, y ahora quería estar a su lado para hacerle comprender el cambio que se había operado, según él creía, en su naturaleza.
      También Helen White había llegado a un período de transformación. Lo que George sentía, también lo sentía ella a la manera de una mujer joven. Ya no era una niña, y ansiaba alcanzar la gracia y la belleza de la mujer hecha. Había llegado de Cleveland, en uno de cuyos colegios estu­diaba, para pasar un día en la feria. También ella empezaba a tener recuerdos. Durante el día permaneció sentada en la gran tribuna, acompañada por un joven, uno de los profesores adjuntos del colegio, que era huésped de su madre. Era un joven algo pedante, y ella comprendió en seguida que no era el hombre que a ella le hacía falta. Estaba satisfecha de que la viesen en la feria con él, porque vestía bien y era forastero. Estaba segura de que la sola presencia del joven produciría impresión. Sentíase feliz durante el día, pero cuando se hizo de noche empezó a estar desasosegada. Quería alejar de allí al profesor, escapar ele su presencia. Mientras estuvieron sentados en la gran tribuna y vio clavados en ella los ojos de sus antiguas compañeras de escuela, mostróse Helen tan atenta con su acompañante que éste fue interesándose. «Un hombre de ciencia necesita dinero. Yo debería casarme con una mujer que tuviese dinero», cavilaba.
      Helen White iba pensando en George Willard en el momento mismo en que éste se paseaba, tétrico, entre la multitud. Se acordaba de la no­che de verano en que habían salido juntos, y quería volver a pasear en su compañía. Pensaba que los meses que ella había pasado en la ciu­dad, asistiendo a teatros y viendo caminar a las grandes multitudes por las anchas avenidas ilu­minadas, la habían cambiado profundamente. Quería que él sintiese y se diese cuenta de la transformación de su naturaleza.
      Mirando las cosas razonablemente, la noche que habían pasado juntos y que tan grabada ha­bía quedado en la memoria del joven como en la de la mujer, se había pasado de una manera bas­tante tonta. Salieron fuera de la ciudad y camina­ron por un camino vecinal; luego se detuvieron junto a una vallado, cerca de un campo de trigo verde, y George se quitó la americana y se la colgó del brazo. «Bueno, hasta ahora no me he movido de Winesburgo, eso es; todavía no he salido de aquí; pero ya voy haciéndome mayor -dijo-. He leído muchos libros y he pensado mucho. Voy a intentar ser algo en la vida.»
      «Verás —explicó—; no es eso lo que quería decir. Lo mejor sería, tal vez, que me callase.»
      El muchacho, completamente turbado, apoyó su mano en el brazo de la joven. Le temblaba la voz. Retrocedieron por el mismo camino, hacia el pueblo. Y en su desesperación, soltó George esta balandronada: «Yo he de llegar a ser un gran hombre, el más grande de cuantos han vivi­do en Winesburgo. Te necesito, aunque no sé como. Es posible que no tenga derecho a decír­telo. Y yo quisiera que tú fueses una mujer dis­tinta de las demás. Ya me comprendes. No soy yo quien debe decírtelo. Que seas una espléndida mujer-. Eso es lo que quiero.»
      La voz del muchacho se apagó, y los dos regre­saron en silencio al pueblo, pasando por Main Street para ir a casa de Helen. Ya en el portal, hizo George un esfuerzo para decir alguna cosa ele efecto. Se acordó de los discursos que se traía preparados, pero le parecieron completamente inútiles. «Yo pensaba -yo solía pensar-, yo te­nía la idea de que tú te casarías con Seth Rich­mond. Ahora ya sé que no», fue todo lo que acertó a decir cuando ella atravesó el portal y se dirigió hacia la puerta de entrada de su casa.
      En este tibio anochecer de otoño, de pie en la escalera y mirando a la gente que pasaba por Main Street, recordó George la conversación aquélla junto al campo de verde trigo, y sintió vergüenza del papel que había representado.
      La gente iba y venía por la calle como ganado confinado dentro de una empalizada. Los carri­coches y carros obstruían casi por completo la estrecha calzada. Tocaba una banda, y los mucha­cos pequeños corrían por la acera, metiéndose por entre las piernas de los hombres; muchachos jóvenes de rostros rubicundos caminaban torpe­mente con jóvenes cogidas de su brazo. En una sala situada encima de un almacén, en la que iba a darse baile, templaban los violinistas sus ins­trumentos. Sus notas cortadas caían por la ven­tana abierta y flotaban por entre el murmullo de voces y los bramidos de las cornetas de la ban­da. Aquella mezcolanza de ruidos excitó los ner­vios del joven Willard. En todas partes, por todos lados, lo rodeaba una sensación de muchedum­bre, de vida en ebullicíón. Quería escapar de allí, a un lugar en que se sintiese solo y pudiese me­ditar. «Que siga con ese joven, si tal es su deseo. ¿ Por qué he de preocuparme? ¿ No es lo mismo para mí?», exclamó gruñonamente, y se lanzó por Main Street; al llegar a la tienda de ultrama­rinos de Hern dobló por una calle lateral.
      George sentíase tan completamente solo y abatido que sentía impulsos de llorar; pero el orgu­llo le obligó a seguir adelante, balanceando los brazos. Llegó hasta las caballerizas de alquiler de Wesley Moyer y se detuvo en la oscuridad a escuchar lo que decía un grupo de hombres que estaban conversando acerca de la carrera que había ganado aquella tarde en la feria el garañón de Wesley, Tony Tip; se había reunido un gran número de personas frente a las caballerizas, v Wesley se paseaba por delante del grupo, dan­dose importancia y fanfarroneando. Tenía en la mano un látigo y no cesaba de dar golpes en el suelo con él. A la luz de la lámpara se veía cómo saltaba a cada golpe una nubecilla de polvo. «Por todos los diablos, callaos —exclamó Wesley—. Yo no tenía miedo; desde el primer momento es­taba seguro de vencerlo. No tenía miedo.»
      Aquellas fanfarronadas del tratante Moyer ha­brían despertado el interés de George Willard de haber estado en su ordinaria situación de ánimo, pero en esta ocasión lo pusieron furioso. Dio me­dia vuelta y se alejó por la calle. «Viejo fanfa­rrón —masculló entre dientes—. ¿Por qué será tan jactancioso? ¿Por qué no se callará?»
      George se metió por un solar vacío, y en su precipitación tropezó y se cayó encima de un montón de trastos viejos. Un clavo que sobresalía de un barril desfondado le rasgó el pantalón. Sen­tóse en el suelo y empezó a echar maldiciones. Arregló el rasguño del pantalón con un alfiler, se levantó y siguió adelante. «Lo que voy a hacer es ir a casa de Helen White. Iré derecho allí. Diré que quiero hablar con ella. Me iré allí sin rodeos y me sentaré a esperar», se dijo, al mismo tiempo que saltaba por una empalizada y echaba a co­rrer.

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      Helen se hallaba en la terraza de la casa del banquero White, desasosegada y distraída. El pro­fesor adjunto estaba sentado entre la madre y la hija. Su conversación aburría a la joven. Aunque también el joven profesor se había educado en un pueblo de Ohio, empezó a darse aires de hom­bre de ciudad. Quería aparentar cosmopolitismo. «Me encanta esta oportunidad que ustedes me han dado de estudiar el ambiente de donde salen la mayor parte de nuestros jóvenes —exclamó—. Ha sido usted muy amable, señora White, al in­vitarme y pasar aquí el día de hoy.» Se volvió hacia Helen y se echó a reír. «¿Se halla la vida de usted ligada todavía a la vida de este pueblo? ¿Hay aquí personas por las que usted se intere­sa?», dijo. Aquella voz sonó en los oídos de la joven como cosa afectada y aburrida.
      Helen se levantó y se metió dentro. Se detuvo junto a la puerta que daba al jardín en la parte trasera de la casa y se puso a escuchar. Su madre empezaba a decir: «No hay en este pueblo un partido conveniente para una joven de las con­diciones de Helen.»
      Helen bajó corriendo un tramo de escaleras y salió al jardín. Se detuvo temblorosa en la oscuridad. Tenía la sensación de que el mundo estaba lleno de gentes sin sentido, que no hacían más que hablar. Presa de ardiente ansiedad, salió corriendo por el portal del jardín y, doblando una esquina junto a las caballerizas del banquero, siguió por una pequeña calle lateral. «¡George! ¿Dónde estás?», exclamó dominada por una exal­tación nerviosa. Se detuvo y se apoyó contra un árbol, rompiendo a reír histéricamente. George Willard se acercaba por la pequeña calle oscura, hablando solo: «Voy a meterme de rondón en su casa. Entraré, sin más, y me sentaré», iba dicien­do, y en aquel momento tropezó con ella. Se detuvo y se le quedó mirando atontado. «Ven», dijo, y la cogió de la mano. Caminaban bajo los árbo­les de la calle con las cabezas inclinadas. Las hojas secas rechinaban bajo sus pies. George pensaba en lo que le convendría hacer y decir, ahora que la había encontrado.

. . .

      Al extremo superior del campo de la feria de Winesburgo hay una vieja tribuna destartalada. Jamás le dieron una mano de pintura, y las ta­blas se hallaban torcidas y deformadas. El campo de la feria está en lo alto de una pequeña colina que se eleva en el valle del Wine Creek, y por la noche se distinguen desde la tribuna, más allá de unos trigales, las luces del pueblo, que parecen brillar sobre el fondo del firmamento.
      George y Helen subieron hacia lo alto de la co­lina por un sendero que pasaba junto al depósito de aguas corrientes. La sensación de soledad y aislamiento que se había apoderado del joven en las calles llenas de concurrencia, quedaba ahora disipada, e intensificada al mismo tiempo con la presencia de Helen. Y lo que el joven sentía re­flejábase en ella.
      En todos los jóvenes hay dos fuerzas que se entrechocan. El pequeño animal impetuoso e irreflexivo lucha contra el ser que piensa y recuerda; y aquel estado de ánimo, propio de un ser de más edad y más desengañado, se había apoderado de George Willard. Helen, que lo adivinaba, camina­ba a su lado llena de respeto. Cuando llegaron a la tribuna se encaminaron hasta la fila más alta y tomaron asiento en uno de los bancos.
      Visitando el campo de la feria, en los alrede­dores de cualquier pueblo del Medio Oeste, durante la noche que sigue al día de su celebración, se experimenta una sensación inolvidable. Se ven por todas partes, sombras, no de difuntos, sino de personas vivientes. Durante el día se han con­gregado aquí las gentes del pueblo y de la región circunvecina. Dentro del vallado del campo se han reunido los granjeros con sus mujeres y sus hijos, y todas las personas que viven en los cen­tenares de pequeñas casas de madera. Se han reído las jóvenes y han hablado de sus asuntos los hombres barbudos. Aquel lugar estaba rebo­sante de vida. Bullía y reventaba de vida; pero ha llegado la noche y la vida se ha retirado de allí. El silencio es casi aterrador. Si una persona de naturaleza reflexiva se oculta y permanece en silencio junto al tronco de un árbol, todo lo que hay de reflexivo en su temperamento se intensifi­ca. Se estremece al pensar en la futilidad de la vida; y al mismo tiempo, si se trata de un habi­tante de aquel pueblo, siente hacia ellos un amor tan intenso que le salen las lágrimas a los ojos. George Willard estaba sentado junto a Helen, en la oscuridad, bajo el techo de la tribuna, y sentía con gran viveza su propia insignificancia dentro del sistema de la vida. Lejos ya del pueblo, en donde se irritaba por la presencia de aquellas gentes que iban y venían agitadas y atareadas por una multitud de negocios, desapareció su irrita­bilidad. La presencia de Helen le servía de tónico y sedante. Parecía como si aquella mano de mu­jer le ayudase a poner a punto minuciosamente la maquinaria de su vida. Empezó a pensar, casi con reverencia, en aquellas gentes del pueblo en donde había vivido siempre. Sentía un gran res­peto por Helen. Quería amarla y ser amado por ella; pero en aquel momento no quería sentirse conturbado por la mujer que había surgido en ella. La cogió de la mano en la oscuridad; y, cuando ella se le aproximó, George le pasó la mano por la espalda. Empezó a soplar el viento, y ella empezó a tiritar. George concentró toda su energía, intentado comprender y hacerse cargo de aquel estado de ánimo que se había adueñado de él. Allá en la oscuridad, en aquella eminencia, se abrazaban estrechamente dos átomos huma­nos, poseídos de una extraña sensibilidad, y es­peraban. Los dos tenían el mismo pensamiento. «Yo he venido a este lugar solitario, y aquí está este otro.» Tal era en sustancia lo que sentían.
      Aquel día, de tanta concurrencia en Winesbur­go, se había esfumado hasta convertirse en una de las largas noches de fines de otoño. Los caba­llos de las granjas se alejaban trotando por los solitarios caminos vecinales, arrastrando cada cual su parte correspondiente de gente fatigada. Los dependientes empezaron a retirar de las ace­ras las muestras y fueron cerrando las puertas de las tiendas. En el teatro de la Opera se había congregado una gran muchedumbre para presen­ciar la representación. Más allá, en Main Street los violinistas, una vez templados los instru­mentos, trabajaban y sudaban para que los pies de la juventud volasen sin descanso por el suelo del salón de baile.
      Helen White y George Willard permanecieron callados en la oscuridad de la tribuna. De ver, en cuando se rompía el encanto que los tenía embar­gados y se volvían para mirarse a los ojos. Se besaban, pero este ímpetu no duraba mucho. Al extremo más elevado del campo de la feria había media docena de hombres cuidando los caballos que habían corrido aquella tarde. Habían hecho una hoguera y calentaban en ella ollas de agua. Sólo se distinguían sus piernas cuando se mo­vían, a la luz de las llamas. Cuando soplaba el viento danzaban locamente las pequeñas lenguas de fuego.
      George y Helen se levantaron y fueron cami­nando en medio de la oscuridad. Siguieron por un sendero que pasaba junto a un trigal no cor­tado todavía. El viento susurraba entre las secas espigas. Aquel encanto que los embargaba se que­bró un momento durante su regreso al pueblo. Cuando llegaron a la cima de la colina del de­pósito de aguas se detuvieron junto a un árbol y George volvió a poner sus manos en los hombros de la joven. Ella le abrazó ardientemente, pero los dos contuvieron rápidamente aquel impulso; dejaron de besarse y permanecieron un poco apartados. Creció en ellos el sentimiento de mu­tuo respeto. Sintiéronse cohibidos y, para librar­se de esa penosa sensación, se dejaron dominar por los ímpetus animales de la juventud. Estalla­ron en risas y empezaron a darse empujones y a tironear el uno del otro. Amansados y purificados en cierto sentido por aquel estado de ánimo de que habían estado poseídos, no fueron ya hombre y mujer, ni muchacho ni muchacha, sino dos pe­queños animales impetuosos.
      Y de esta manera descendieron por la ladera de la colina. Jugueteaban en la oscuridad corno dos magníficos seres jóvenes, en un mundo jo­ven. Una de las veces en que corrían como locos, tropezó Helen con George, y éste cayó al suelo, braceando y gritando. Rodó colina abajo entre grandes risotadas; Helen corrió tras él. Se detu­vo un momento en la oscuridad. No es posible saber cuáles fueron los pensamientos de mujer que cruzaron entonces por su mente; cuando es­tuvieron al pie de la colina y se acercó ella al muchacho, le cogió del brazo y caminó a su lado en medio de un silencio lleno de dignidad. Ni uno ni otro habrían podido explicar, por alguna razón desconocida, que aquella noche sin palabras les había proporcionado lo que ellos buscaban. Hom­bre o muchacho, mujer o niña, se habían compe­netrado durante un momento de aquello que hace posible que los hombres y mujeres que han llegado a la madurez de su vida vivan en el mundo moderno.

Nadie lo sabe Sherwood Anderson

George Willard se levantó del escritorio que ocupaba en las oficinas del Winesburg Eagle, miró cautelosamente a su alrededor v salió con precipitación por la puerta trasera. La noche era calurosa y el cielo estaba cubierto de nubes; aun­que no habían dado las ocho todavía, la callejuela a la que daba la parte trasera de las oficinas del Eagle estaba oscura como la pez. Un tronco de caballos atado por allí a un poste 258963invisible pata­leó en el suelo duro y calcinado. De entre los mismos pies de George Willard saltó un gato v echó a correr, perdiéndose entre las tinieblas. Él joven estaba nervioso. Durante todo el día había trabajado como si estuviese atontado de resultas de un golpe. Al pasar por la callejuela temblaba como aterrorizado.
      George Willard fue avanzando en la oscuridad nor la callejuela, caminando con cuidado y pre­caución. Las puertas traseras de las tiendas de Winesburgo estaban abiertas y pudo ver a muchas personas sentadas a la luz de las lámparas. En el Myerbaum’s Notion Store vio a la señora de Willy, el dueño de la taberna, de pie junto al mostrador, con una cesta en el brazo; la atendía un empleado que se llamaba Sid Green. Este le hablaba con gran interés, inclinaba el cuerpo so­bre el mostrador sin dejar de hablar. Sigue leyendo

LAS HERMANAS JAMES JOYCE

  No había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera del muerto. A menudo él me decía: No me queda mucho en este mundo, y yo pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche al levantar la vista y contemplar la ventana me repetía a mí mismo en voz baja la palabra parálisis. Siempre me sonaba extraña en los oídos, como la palabra gnomo en Euclides y la palabra simonía en el catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Sigue leyendo

UN LUGAR LIMPIO Y BIEN ILUMINADO Ernest Hemingway


Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.
-La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos.
-¿Por qué?
-Estaba desesperado.
-¿Por qué?
-Por nada.
-¿Cómo sabes que era por nada?
-Porque tiene muchísimo dinero.
Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.
-Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros.
-¿Y qué importa si consigue lo que busca?
-Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.
El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.
-¿Qué desea?
El viejo lo miró.
-Otro coñac -dijo.
-Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.
-Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.
El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.
-Debía haberse suicidado usted la semana pasada -dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo.
-Un poco más -murmuró.
El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo.
-Gracias -dijo el viejo.
El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.
-Ya está borracho -dijo.
-Se emborracha todas las noches.
-¿Por qué quería suicidarse?
-¿Cómo puedo saberlo?
-¿Cómo lo hizo?
-Se colgó de una cuerda.
-¿Quién lo bajó?
-Su sobrina.
-¿Por qué lo hizo?
-Por temor de que se condenara su alma.
-¿Cuánto dinero tiene?
-Muchísimo.
-Debe tener ochenta años.
-Sí, yo también diría que tiene ochenta.
-Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es esa para irse a la cama?
-Se queda porque le gusta.
-Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.
-Él también tuvo una mujer.
-Ahora una mujer no le serviría de nada.
-No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.
-Su sobrina lo cuida.
-Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.
-No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.
-No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo.
-No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan.
El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.
-Otro coñac -dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse.
-¡Terminó! -dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros-. No más esta noche. Cerramos.
-Otro -dijo el viejo.
-¡No! ¡Terminó! -limpió el borde de la mesa con su servilleta y movió la cabeza de lado a lado.
El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina.
El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con dignidad.
-¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? -preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas-. Todavía no son las dos y media.
-Quiero irme a casa.
-¿Qué significa una hora?
-Mucho más para mí que para él.
-Una hora no tiene importancia.
-Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.
-No es lo mismo.
-No; no lo es -admitió el camarero que tenía esposa-. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.
-¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?
-¿Estás tratando de insultarme?
-No, hombre, sólo quería hacerte una broma.
-No -el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica-. Tengo confianza. Soy todo confianza.
-Tienes juventud, confianza y un trabajo -dijo el camarero de más edad-. Lo tienes todo.
-¿Y a ti, qué te falta?
-Todo; menos el trabajo.
-Tienes todo lo que tengo yo.
-No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.
-Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.
-Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café -dijo el camarero de más edad-, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.
-Yo quiero irme a casa y a la cama.
-Somos muy diferentes -dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa-. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café.
Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.
-No entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra.
-Buenas noches -dijo el camarero más joven.
-Buenas noches -dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces. Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nadaNada nuestra que estás en nadanada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en la nada mas líbranos de nadapues nada. Ave nada llena de nada, nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una cafetera a presión brillante.
-¿Qué le sirvo?- preguntó el cantinero.
Nada.
Otro loco más -dijo el cantinero y le dio la espalda.
-Una copita -dijo el camarero.
El cantinero se la sirvió.
-La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca -dijo el camarero.
El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una conversación.
-¿Quiere otra copita? -preguntó el cantinero.
-No, gracias -dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y, finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.
FIN

Teoría del cuento E. A. Poe

Edgar Allan Poe (Boston, 1809 – Baltimore, 1849) Método de composición En una nota que en estos momentos tengo a la vista, Charles Dickens dice lo siguiente, refiriéndose a un análisis que efectué del mecanismo de Barnaby Rudge: “¿Saben, dicho sea de paso, que Godwin escribió su Caleb Williams al revés? Comenzó enmarañando la materia del segundo libro y luego, para componer el primero, pensó en los medios de justificar todo lo que había hecho”. Se me hace difícil creer que fuera ése precisamente el modo de composición de Godwin; por otra parte, lo que él mismo confiesa no está de acuerdo en manera alguna con la idea de Dickens. Pero el autor de Caleb Williams era un autor demasiado entendido para no percatarse de las ventajas que se pueden lograr con algún procedimiento semejante. Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este nombre ha de haber sido trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel. Sigue leyendo

ENTIERRO PREMATURO Edgar Alan Poe

el entierro prematuro

      Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso “dolor agradable” ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables. He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!
      Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos… ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma? Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos— abogado eminente y miembro del Congreso— fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer mucho murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición.
      La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta.
      Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
      En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.
      La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características.
      Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
      Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba.
      Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación. Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
      La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación.
      El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen post—mortem (autopsia), pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado.
      Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
      Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.
      Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro.
      El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. “Estoy vivo”, fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.
  Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas. La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal..
      Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
      Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión.
      En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de “gusanos, de tumbas, de epitafios.” Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea. De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: “¡Levántate!”
      Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:
      —¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
      —¿Y tú— pregunté— quién eres?
      —No tengo nombre en las regiones donde habito— replicó la voz tristemente—. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?… ¡Mira!
      Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:
      —¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso? Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: “¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?”
      Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!
      Llegó una época— como me había ocurrido antes a menudo— en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertado de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido.
      Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro. La desesperación— tal como ninguna otra clase de desdicha produce—, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre.
      Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil. El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd.
      Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima.
      Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea.
      —Oye, oye, ¿qué es eso?— dijo una áspera voz, como respuesta.
      —¿Qué diablos pasa ahora?— dijo un segundo..
      —¡Fuera de ahí!— dijo un tercero.
      —¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés?— dijo un cuarto.
      Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria.
      Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión— pues no era ni un sueño ni una pesadilla— surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
      Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde, aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán…, hay que permitirles que duerman, o pereceremos.

EL HUNDIMIENTO DE LA CASA USHER Edgar Alan Poe

el hundimiento de la casa Usher

      Durante un día entero de otoño, oscuro, sombrío, silencioso, en que las nubes se cernían pesadas y opresoras en los cielos, había yo cruzado solo, a caballo, a través de una extensión singularmente monótona de campiña, y al final me encontré, cuando las sombras de la noche se extendían, a la vista de la melancólica Casa de Usher. No sé cómo sucedió; pero, a la primera ojeada sobre el edificio, una casa usher nueva 2 livsensación de insufrible tristeza penetró en mi espíritu. Digo insufrible, pues aquel sentimiento no estaba mitigado por esa emoción semiagradable, por ser poético, con que acoge en general el ánimo hasta la severidad de las naturales imágenes de la desolación o del terror. Contemplaba yo la escena ante mí la simple casa, el simple paisaje característico de la posesión, los helados muros, las ventanas parecidas a ojos vacíos, algunos juncos alineados y unos cuantos troncos blancos y enfermizos, con una completa depresión de alma que no puede compararse apropiadamente, entre las sensaciones terrestres, más que con ese ensueño posterior del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo. Era una sensación glacial, un abatimiento, una náusea en el corazón, una irremediable tristeza de pensamiento que ningún estímulo de la imaginación podía impulsar a lo sublime. ¿Qué era aquello —me detuve a pensarlo—, qué era aquello que me desalentaba así al contemplar la Casa de Usher? Era un misterio de todo punto insoluble; no podía luchar contra las sombrías visiones que se amontonaban sobre mí mientras reflexionaba en ello. Me vi forzado a recurrir a la conclusión insatisfactoria de que existen, sin lugar a dudas, combinaciones de objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarmos de este modo, aunque el análisis de ese poder se base sobre consideraciones en que perderíamos pie. Era posible, pensé, que una simple diferencia en la disposición de los detalles de la decoración, de los pormenores del cuadro, sea suficiente para modificar, para aniquilar quizá, esa capacidad de impresión dolorosa. Obrando conforme a esa idea, guié mi caballo hacia la orilla escarpada de un negro y lúgubre estanque que se extendía con tranquilo brillo ante la casa, y miré con fijeza hacia abajo —pero con un estremecimiento más aterrador aún que antes— las imágenes recompuestas e invertidas de los juncos grisáceos, de los lívidos troncos y de las ventanas parecidas a ojos vacíos. Sin embargo, en aquella mansión lóbrega me proponía residir unas semanas. Su propietario, Roderick Usher, fue uno de mis joviales compañeros de infancia; pero habían transcurrido muchos años desde nuestro último encuentro. Una carta, empero, habíame llegado recientemente a una alejada parte de la comarca -una carta de él-, cuyo carácter de vehemente apremio no admitía otra respuesta que mi presencia. Sigue leyendo

CLARO DE LUNA Guy De Maupassant

Claro de luna

      El padre Marignan llevaba con gallardía su nombre de guerra. Era un hombre alto, seco, fanático, de alma exaltada, pero recta. Decididamente creyente, jamás tenía una duda. Imaginaba con sinceridad conocer perfectamente a Dios, penetrar en sus designios, voluntades e intenciones.
      A veces, cuando a grandes pasos recorría el jardín del presbiterio, se le planteaba a su espíritu una interrogación: “¿Con qué fin creó Dios aquello?” Y ahincadamente buscaba una respuesta, poniéndose su pensamiento en el lugar de Dios, y casi siempre la encontraba. No era persona capaz de murmurar en un transporte de piadosa humildad: “¡Señor, tus designios son impenetrables!” El padre Marignan se decía a sí mismo: “Soy siervo de Dios; debo, por tanto, conocer sus razones de obrar y adivinar las que no conozco”.
      Todo le parecía creado en la naturaleza con una lógica absoluta y admirable. Los principios y fines se equilibraban perfectamente. Las auroras se habían hecho para hacer alegre el despertar, los días para madurar el trigo, las lluvias para regarlo, las tardes oscuras para predisponer al sueño, y las noches para dormir. Las cuatro estaciones correspondían totalmente a las necesidades de la agricultura; y jamás el sacerdote sospecharía que no hay intenciones en la naturaleza, y que todo lo que existe, al contrario de lo que él pensaba, se sometió a las duras necesidades de las épocas, de los climas y de la materia.
      Sin embargo, el padre Marignan odiaba a las mujeres, las odiaba inconscientemente y las despreciaba por instinto. Repetía casi siempre las palabras de Cristo: “Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?” Y entonces añadía: “Se diría que el mismo Dios estaba descontento de aquella creación suya”. Para él, la mujer era la criatura doce veces impura de que habla el poeta. Era el ser tentador que había arrastrado al pecado al primer hombre y que continuaba la obra infernal, el ente flaco, peligroso, misteriosamente perturbador. Y más aún, que su cuerpo de perdición detestaba a su alma amorosa.
      En alguna ocasión había sentido esa ternura femenina envolviéndole, y aunque se supiese inexpugnable, se exasperaba ante la necesidad de amar que palpitaba incesantemente en tales criaturas.
      En su opinión, la mujer sólo existía para tentar al hombre y probarlo. Nadie debería aproximarse a ella sin las precauciones defensivas y los recelos que se tienen ante las celadas. Y en verdad se parecía a una celada, de labios suplicantes y brazos abiertos, tendida al hombre.
      El padre Marignan apenas tenía indulgencia para las religiosas, cuyo voto las hacía inofensivas; pero, a pesar de ello, las trataba con rudeza, porque sentía que, latente en el fondo de sus corazones enclaustrados, tenían aquella perpetua ternura, alcanzándole a él, aunque fuese cura.
      La presentía en aquellas miradas más húmedas de piedad que las de los frailes, en aquellos éxtasis donde se transparentaba siempre la mujer, en aquellos transportes de amor a Cristo que le indignaban, porque en ellas todo era materia; veía la maldita ternura en la propia docilidad, en la dulzura de la voz cuando le hablaban, en los ojos puestos en el suelo, en las lágrimas resignadas, si él las reprendía con dureza.
      Sacudía la sotana en las puertas del convento y salía de allí rápidamente como si huyese de un peligro.
      Tenía el cura una sobrina que vivía con su madre en una casita próxima. Se le había metido en la cabeza hacer de ella una hermana de la caridad.
      Era bonita, alegre y zalamera. Cuando el padre la reprendía se limitaba a reír, y cuando la regañaba de veras lo besaba con vehemencia, apretándolo contra su corazón, mientras el sacerdote, involuntariamente, procuraba deshacerse de aquel abrazo, que al mismo tiempo le proporcionaba una dulce alegría y despertaba en él la sensación de paternidad que yace en el fondo de todo hombre.
      Muchas veces le hablaba de Dios, de su Dios, mientras caminaban por los campos; pero la joven no le escuchaba y miraba el cielo, las hierbas, las flores, con una alegría de vivir que se le asomaba a los ojos. En algunas ocasiones corría para coger una mariposa, exclamando al traerla consigo: “Mire tío, ¡qué linda es! ¡Hasta siento deseos de besarla!” Y esta necesidad de besar bichos o flores encorajinaba, irritaba y revolvía al padre, que una vez más tropezaba con la enraizada ternura que germina siempre en el corazón femenino.
      Pero un día, la mujer del sacristán, que cuidaba de las faenas domésticas de la casa del padre Marignan, le comunicó cautelosamente que su sobrina tenía un enamorado.
      Sintió un asombro tan grande, que quedó sofocado, sin poder hablar, con la cara llena de jabón, pues en aquel momento empezaba a afeitarse.
      Tan pronto como se halló en estado de reflexionar y de poder pronunciar alguna palabra, exclamó:
      —¡Está usted mintiendo, Melania! ¡Eso no es verdad!
      Mas la campesina juró solemnemente:
      —¡Que Nuestro Señor no me dé más de una hora de vida si yo le miento, señor cura! Ella se entrevista con él todas las noches después que su señora hermana está acostada. Se encuentran en las márgenes del río. Si quisiera verlos e ir allá, es entre las diez y la media noche.
      El párroco dejó el afeitado de su cara y púsose a pasear de un lado para otro, como hacía siempre en las ocasiones de grave meditación. Cuando volvió a afeitarse, se cortó tres veces entre la nariz y la oreja.
      Durante todo el día se mantuvo silencioso, lleno de indignación y de cólera; a su indignación de eclesiástico ante el invencible amor, se unía una exasperación de padre moral, de tutor, de director espiritual engañado, eludido por una criatura; esa cólera egoísta de los padres a quienes la hija anuncia que hizo sin ellos y sin su consentimiento la elección del marido.
      Después de comer intentó leer un rato, pero no lo consiguió; se sentía cada vez más indignado. Al sonar las diez tomó el bastón, una enorme rama de árbol que llevaba siempre en sus caminatas nocturnas cuando iba a llevar los Sacramentos a algún moribundo. Contempló sonriendo la enorme garrota con sólido puño campesino mientras la agitaba amenazadoramente, y, de repente, la levantó y, con los dientes apretados, golpeó una silla, cuyo respaldo roto cayó al suelo.
      Al abrir la puerta para salir, se detuvo sorprendido por la extraordinaria luz de la luna, bella como casi nunca suele verse.
      Poseedor de un espíritu entusiasta, espíritu que todos los padres de la iglesia, esos poetas soñadores, deberían tener, se sintió repentinamente distraído de lo que tanto le preocupaba, impresionado por la grandiosa y serena belleza de la pálida noche.
      En el jardincillo del presbiterio, bañado por suave luz, los árboles en flor alineados en filas, dibujaban sobre el paseo sus sombras de frágiles ramos de hojas que nacían, en tanto la madreselva gigante, unida al muro de la casa, exhalaba deliciosos aromas como azucarados, que vagaban en la noche fresca y clara como un alma perfumada.
      El párroco respiró hondo, bebiendo el aire como los ebrios beben vino, y fue caminando a pasos lentos, feliz, maravillado, olvidándose casi de la sobrina.
      Cuando llegó al campo se paró para contemplar la llanura inundada por la luna acariciadora, sumergida en el encanto suave y lánguido de las noches serenas.
      Las ranas lanzaban al espacio, incesantemente, sus notas cortas y metálicas, y ruiseñores lejanos dejaban oír una música que provocaba los sueños y no obligaba a pensar, esa música leve y vibrante que parece creada para los besos, bajo la seducción de la luna.
      El cura continuó su camino con el corazón turbado sin que supiese el porqué. Sentíase de repente débil y agotado; tenía deseos de sentarse, de quedarse allí a contemplar y admirar a Dios a través de su obra.
      A lo lejos, siguiendo las ondulaciones del riachuelo, serpenteaba la línea extensa de los chopos. Una neblina fría, un vapor blanco que atravesaban los rayos de luna, tornándolo plateado y brillante, estaba suspendido alrededor y encima de sus márgenes y envolvía el curso tortuoso de las aguas en una especie de algodón leve y transparente.
      Una vez más se detuvo el padre Marignan, empapado hasta el fondo de su alma de un enternecimiento creciente, irresistible. Y una vaga inquietud lo iba invadiendo; sentía nacer dentro de sí una de sus habituales interrogaciones:
      ¿Con qué fin había creado Dios semejante noches? Pues, si estaban destinadas al sueño, a la inconsciencia, al reposo, al olvido de todo, ¿para qué hacerlas más bellas que los días, más dulces que las auroras y las tardes? Y ¿por qué razón ese astro lento y seductor (más poético que el sol y que parece destinado, de tal manera es discreto, a iluminar cosas demasiado deliciosas y misteriosas para la luz del día) transformaba las tinieblas en transparencia?
      ¿Por qué razón el más hábil de los pájaros cantores no descansaba como los otros y se hacía oír en la sombra perturbadora?
      ¿Para qué envolvía el mundo aquel fino velo?
      ¿Y porqué los estremecimientos del corazón, la emoción del alma y la languidez del cuerpo?
      ¿A quién estaba destinado aquel desdoblar de encantos que los hombres no contemplaban, porque reposaban en sus lechos?
      ¿Para quién, entonces, ese espectáculo sublime, esa abundancia de poesía lanzada del Cielo a la tierra?
      Y el párroco no encontraba explicación. Pero he aquí que distantes, a la orilla del prado, bajo la bóveda de los árboles húmedos y brillantes de rocío, habían aparecido dos sombras caminando muy unidas.
      El hombre era más alto e iba abrazado al cuello de su compañera; de vez en cuando la besaba en la cabeza. Sus figuras animaron de repente el paisaje inmóvil que los rodeaba como un marco divino creado para ellos.
      Se diría que no eran más que un solo ser para quien se destinaba aquella tranquila y silenciosa noche; venían en dirección al sacerdote como una respuesta viva, la respuesta que el Señor concedía a su pregunta.
      El continuó allí con el corazón palpitante, turbado, imaginando ver una escena bíblica como los amores de Ruth y Booz o la realización de un designio de Dios en uno de aquellos grandes cenáculos de que hablan las Escrituras. Se acordó de los versículos del Cantar de los Cantares, de las llamadas de amor, de todo el calor de ese poema ardiente de ternura.
      Y se dijo a sí mismo: “Tal vez Dios hiciese estas noches para velar de ideal los amores de los hombres”.
      Iba retrocediendo frente a la abrazada pareja que avanzaba siempre. Era la sobrina, sin duda. Sin embargo, el sacerdote se preguntaba a sí mismo si no iría él a desobedecer a Dios. Pues, ¿no era que Dios permitía el amor al rodearlo de un esplendor así?
      Y el cura huyó, desorientado, casi con vergüenza, como si acabase de penetrar en un templo en el que no tuviera derecho de entrar.

CUENTOS BREVES kafka

una pequeña fábula

3360320      “Ay”, dijo el ratón, “el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer”.
      “Sólamente tienes que cambiar tu dirección”, dijo el gato, y se lo comió.

la partida

      Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: “¿A dónde va el patrón?” “No lo sé”, le dije, “simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta”. “¿Así que usted conoce su meta?”, preguntó. “Sí”, repliqué, “te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta”.

UN MÉDICO RURAL Kafka

Un médico rural Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la IMG_6839mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo… El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Sigue leyendo