HERTA MIüLLER


El seco lirismo de Herta Müller

Tal vez algunos de ustedes recuerden a esta escritora rumana de lengua alemana, de cuando se realizó en Lima un encuentro internacional escritoras en donde ella participó (pueden ver la nota de José Güich en Caretas). Pues bien, aun cuando no la recuerden, creo que lo mejor que hay de narrativa para leer en este momento en librerías es el libro que, con gran ojo, El Virrey acaba de traer: En tierras bajas (Siruela, 2007).

Se trata de un conjunto de cuentos donde la narradora se sumerge hasta el fondo, con un raro prurito naturalista lírico, en sus memorias de infancia, donde su gente (un pueblo suabo perdido) y su familia (labradores rudos, católicos y silenciosos) aparecen en todo su esplendor no real-maravilloso sino opresivo-maravilloso, con grandes dosis de amargura, dolor e incomprensión.

Müller va apilando frases de una precisión poética pasmosa. Son como profundas incisiones, repujes diestros en la noble piel de un cuero que es la historia de su pueblo, marginado por un gobierno –el rumano- inclemente y dictatorial (recordemos que la Müller tuvo que abandonar Rumania en los 80, por defender los derechos de la minoría alemana en ese país).

Pero si piensan que aquí encontrarán largas descripciones de persecuciones y enfrentamientos políticos o sociales, se equivocan mucho. Al describir con cruel objetividad, casi con ensañamiento, la vida común y silvestre de su familia, lo que la narradora en realidad hace es mostrar la humanidad, la valencia trascendente de su pueblo. Nos describe las ruindades de la vida corriente de los pobres y el lector descubrirá que ello no está nada lejos de la vida de los otros pueblos, de los otros pobres. ¿Por qué no tendrían entonces el mismo derecho que los demás a existir y ser respetados?

Hay tres o cuatro cuentos nucleares en este libro, los cuales están conectados de manera indirecta por una serie de relatos breves –un par de ellos casi licencias lúdicas solamente- que hacen las veces de mamparas, semidivisiones o canales. Aunque la temática no es por completo homogénea entre ellos, la sensación de opresión, de absurdo, de amenaza de escándalo y de ignominia familiar o social, es recurrente.

En “La oración fúnebre” Müller logra reproducir la extraña arbitrariedad de los sueños en una sucesión de imágenes y situaciones que remiten a una tragedia familiar –la muerte del padre- y a la violencia social latente. Al final de “Peras podridas” la niña escucha el jadeo sexual de sus padres y siente que la cama da breves sacudidas. En el largo relato que da nombre al libro, por ratos la narración parece bordear el bucolismo y lo poético descriptivo, pero entonces aparecen ráfagas de un naturalismo directo y obsesivo* (la niña se ha encerrado en el baño a llorar en silencio, “porque no se podía llorar en casa sin motivo”):

Pese a todo, me limpié el trasero con el papel higiénico y miré luego el agujero y vi la caca, en la que se agitaban unos gusanillos blancos. Vi unas bolitas de caca negra y supe que la abuela estaba otra vez estreñida, y vi la caca amarillo claro de mi padre y la caca rojiza de mi madre. Me disponía a buscar también la del abuelo, cuando mamá gritó mi nombre en el patio: en cuanto llegué a su habitación, dejó resbalar la media que se estaba poniendo y me dio una bofetada, contesta cuando te llame”. (pp 59)

Esta es una excelente imagen de la estrategia de Müller. Lo que hace ella es hurgar, huronear en la vida grisácea y opresiva de su familia y de su pueblo de la misma forma en que la niña observa el excremento familiar. Pero al entregarnos el resultado de su trabajo Müller lo hace con tal poesía, con tanta inteligencia narrativa que no podemos sino rendirnos ante su destreza. Es capaz de convertir un liguero que aprieta la carne fláccida de su madre en un plurivalente símbolo social.

Luego de terminar de leer estos cuentos, a contrapelo de lo que pudiera pensarse, el pesar, la conciencia de un problema o el cuestionamiento, no es lo que prima. Uno se queda con palabras como corneja, acacia, azadón, crencha, mazorca, aguardiente, abeto, rondando en la cabeza -y aquí la labor enorme del traductor, J. J. del Solar tiene mucho que ver- mientras que los juegos de niños, sexuales y miméticos; los miedos y odios y amores de la infancia se instalan venciendo condiciones y culturas, dando muestra de que el gran arte se deja comprender siempre, siempre.

*En “El baño suabo” el agua de una tina se va enturbiando mientras, uno a uno, van entrando a bañarse los miembros de la familia. Se describe detalladamente los fideos de la comida que flotan sobre el agua. En otros cuentos se describe el éxodo de piojos de una gallina muerta, el cruel sacrificio de un ternero lisiado por el padre borracho de la niña.

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