Las mamás, los pastores y los hermeneutas Martha Cerda


Encontrábase El Señor infinitamente aburrido en medio de la eternidad, preguntándose por qué, según asegurarían los teólogos, en Él todo tenía que ser infinito: infinitamente misericordioso, infinitamente bueno, justo y bello y, por lo tanto, aburrido por toda la eternidad que, como Él, no tenía paraisoprincipio ni fin.

En ese momento, como decíamos, El Señor se encontraba en medio de la eternidad, gracias a que Él es el único que puede calcular dónde es la mitad de algo que no tiene punta ni cabo. Una de sus diversiones preferidas era precisamente la de colocarse en medio, a la derecha o a la izquierda de la eternidad, desafiando las leyes de la lógica y la teología. Pues bien, en ese estado recordó El Señor la idea que desde siempre había traído entre sus futuras ceja y ceja: crear el universo de la nada.

Como todos sabemos creó lo que tenía que crear: las estrellas, los planetas y, entre éstos, escogió La Tierra para crear en ella la vida que conocemos. No se sabe si simultáneamente creó otro tipo de vida en otros planetas, ni otro tipo de planetas en otras galaxias y así sucesivamente. Nos contentamos con repetir que en La Tierra dividió las aguas, creó las plantas, los animales marinos, las aves…

Al crear las estrellas y los planetas con su exacto movimiento, creó la luz, es decir el día y la noche, y con ellos un tiempo, un ritmo. Dios se sintió infinitamente feliz e infinitamente triste: había fragmentado la eternidad y había creado la rutina.

Desde lo alto, aunque se supone que Dios está en el cielo, en La Tierra y en todo lugar al mismo tiempo, para los efectos de este suceso conviene decir que “desde lo alto”, Dios contempló su creación, aún sin el hombre. Funcionaba perfectamente, como una maqueta de trenes eléctricos: el sol se encendía puntual, cuando la luna se metía; las aves cantaban, los árboles se pintaban de verde, los ríos de azul y toda la creación alababa al Señor día tras día. Dios empezó a aburrirse de nuevo, conocía lo fácil que era llegar al aburrimiento infinito y sabía cuál era el remedio: crear el principio de contradicción. En Él no podía existir porque era perfecto, pero de que era una buena idea, lo era. Y no sólo crear el principio de contradicción, sino que ésta creciera y se multiplicara para darle jaque mate al aburrimiento. Y Dios creó al primer hombre.

Bueno, hombre, hombre, no. No era tan fácil, pues Dios, en su infinita sabiduría, sabe que la bondad es que la criatura sirva para aquello que es creada. En ese sentido, los pájaros sirven para volar, los peces para nadar y podríamos enumerar aquí todas las cualidades propias de las diversas criaturas. Pero, el hombre, supo Dios que sería capaz de volar, nadar, correr, rezar, tocar piano, violín, trompeta; sembrar y cosechar; reir, cantar, pintar, esculpir, aliviar y realizar todos los verbos de cualquier lengua.

Será mejor que empiece poco a poco, debió decir El Señor, que no iba a lanzar un hombre adulto, sin experiencia, a hacer el ridículo ante las demás criaturas, siendo, como estaba destinado a ser, el amo de la creación. Sacó pues El Señor, de la nada, a un niño recién nacido al que llamó Adán. El niño tenía todo lo necesario para llegar a ser médico, artista, sacerdote, alpinista y hasta abogado, pero en germen. Mientras tanto, sus manecitas no servían mas que para que Dios se maravillara con la pequeñas falanges de los dedos, las rosadas uñitas, la fuerza con que podrían agarrarle un dedo a Dios, si lo hubiera tenido. El Señor también estaba feliz de ver los ojitos cerrados que áun no aprendían a mirar; las piernitas regordetas que recorrerían el mundo algún día; el pequeño sexo que procrearía la humanidad y que en ese momento lanzó un chorrito que por poco moja al Señor, si no hubiera sido espíritu puro. Entonces fue cuando Adán comenzó a llorar y El Señor, con todo y ser Él, no supo qué hacer. “Cómo no se me ocurrió crear primero a la mamá”. Pero designios son designios. De pronto encontró la solución, la misma que aplicaría años después con Rómulo y Remo: una loba. Cerca de ahí una loba había parido lobitos. El Señor lamentó no tener brazos con qué cargar a Adancito para colocarlo entre los cachorros, pero en cambio ordenó a la loba ir con el niño. La loba hizo lo que El Señor le indicó y Adán se alimentó de la misma leche de los lobeznos, lo que lo haría tan fuerte y ágil como ellos. Contento, El Señor se dijo: “Pasó la primera prueba”.

Los lobitos aprendieron a correr y cazar, mientras Adán seguía siendo un bebé sin dientes. “No esperaba esto”, pensó El Señor, viendo al niño crecer tan lentamente. “Tal vez le hace falta otro ser de su especie, juntos se desarrollarán mejor, como los lobeznos”. Y para que su obra fuera de mayor utilidad, El Señor decidió crear a la hembra.

Dios volvió a maravillarse con las mismas cosas, pero ahora más delicadas, más suaves. Y supo que había creado el eterno femenino.

Dios creyó que todo estaba arreglado, el proceso sería el mismo: la loba amamantaría a la niña, la cobijaría y… no contaba con que la niña tenía su carácter, no le gustaba la leche de loba. “Una oveja”, dijo El Señor, en su prisa por callar a Evita, nombre que tenía pensado desde toda la eternidad para ella. El Señor ordenó a la oveja que se echara junto a la niña. Apenas se acercó aquélla, cuando la loba se le fue encima. “Qué hice”, exclamó El Señor, agobiado con los llantos de los dos niños y sin poder castigar a la loba, pues estaba en su naturaleza atacar a las ovejas y no podía ir contra ella. Además, en el futuro los niños leerían en los libros de cuentos que los lobos atacaban a las ovejas y no iba a ser Él quien los confundiera. Rápidamente creó El Señor un bosque alrededor de la loba y dejó a la niña en el prado, con la oveja. “Tiene que haber pastores que cuiden a las ovejas”, pensó.

Con todo, la elección había sido buena, la leche de la oveja le dio algo de mansedumbre a Eva y su lana la protegió del frío. El Señor habría lanzado un suspiro de alivio, si hubiera tenido nariz para hacerlo, pero aún no llegaba su hora.

Los niños comenzaron a gatear bajo la mirada llena de ternura del Señor, que los veía aplastar la hierba de la pradera, tratando de alcanzarse. Como cualquier padre, Dios se preocupaba de que se lastimaran o se echaran a la boca alguna piedrecilla, y como todos los padres, Dios no pudo hacer nada más, que dejarlos aprender por sí solos lo que hace daño. Eva demostraba su habilidad para obtener lo que quería. Encontraba antes que Adán las frutillas silvestres más dulces, la fuente de agua más cristalina, la sombra más protectora. Para consolarse, Adancito se chupaba el dedo. “Estos niños”, decía Dios complacido, deseando tener manos para tomar con ellas las de sus pequeños y enseñarlos a caminar.

La primera en erguirse sobre sus pies fue Eva. Contra todas las teorías de antropólogos e historiadores, no anduvo en cuatro patas, como los primates, más que el tiempo que necesita cualquier bebé para aprender a levantarse. Aunque apenas tenía un año, Eva vio por primera vez el paisaje en sus tres dimensiones y no lo olvidaría jamás.

Desde el suelo, Adán la veía como se ve al sol o a una montaña. Trató de incorporarse varias veces y otras tantas cayó. Sintió miedo y prefirió seguir a Eva, gateando por el Paraíso. Él tampoco olvidaría esa ocasión. “Estos niños, ¿cuándo comenzarán a hablar?”, se preguntaba El Señor.

Hablar y pensar son uno, por lo tanto, mientras Eva imitaba el croar de las ranas o el canto de los ruiseñores, Adán se dedicó a observar las cosas y bautizarlas. Eva repetía lo que él decía: “a-gua, lo-bo, ár-bol…” Durante años jugaron a darle nombre a las cosas, así fueron creciendo.

A Eva le gustaban mucho las manzanas, pero no sabía cómo pedirlas, hasta que Adán le dijo que se llamarían Manzanas. Man-za-nas, man-za-nas, repitió ella varias veces, visualizando la forma redonda y roja, la carne crujiente y jugosa, las pequeñas semillas del centro de la manzana. Adán se quedó esperando que ella le preguntara por qué manzanas y no peras o chabacanos, pero Eva sólo pensaba en el agridulce sabor de la fruta y en la insinuante forma de corazón que quedaba después de comerla.

Desde la primera vez que Adán conoció el miedo, la sensación de entumecimiento de las piernas, temblor en los labios y deseos de huir, se habían repetido muchas veces. En especial cuando no podía explicarse por qué se ponía el sol, por qué la luna no aparecía algunas noches, por qué Eva estaba cada día más bonita. Y ahora sentía algo que aún no tenía nombre. Quizá se llamaría coraje o envidia o…amor. ¿Serían tres cosas distintas? Porque él las sentía juntas, y sin dejar de sentir miedo.

Adán trataba de distinguir si tenía miedo de él o de ella, y así fue como descubrió el tú y el yo. Corrió a decírselo a Eva: “Eva, tú eres tú y yo soy yo”. “No”, decía ella señalándose con el dedo: “Eva”. “Sí”, le explicaba él, “Eva y tú son lo mismo”. Eva lo oyó hablar sin escucharlo, su vista seguía el rastro de una oruga; luego soltó la risa y fue a cortar una manzana. Adán la vio darle una mordida y otra y otra más, vio cómo le resbalaba el jugo por las comisuras de la boca, cómo le brillaban los ojos al saborearla. Adán agachó la cabeza y se sintió solo.

Dios estaba solo, tan solo como antes de la creación. Era tan grande y sus criaturas tan pequeñas, que no eran compañía para Él. Y ahora resultaba que no sólo Él estaba solo, sino también Adán, que era un niño taciturno. Nunca jugaba con las ardillas, ni a mojarse en los charcos, ni a subirse a los árboles, como Eva, esa niña de cabellos rubios y piel nacarada. Adán era larguirucho, flaco y con más recovecos que un caracol, pensaba El Señor, deseando tener una cabeza que rascarse o una barba que mesarse por la preocupación, mas no tenía la una ni la otra, su única opción era esperar a que Adán encontrara la manera de no sentirse tan solo como Él.

Adán seguía haciéndose preguntas, veía a los animales nacer de una hembra, aun las aves tenían una hembra que empollaba los huevos, pero él no recordaba a nadie que lo hubiese cuidado o mimado. No sabía cómo había llegado al Paraíso, y si no sabía eso, tampoco sabía para qué había sido puesto ahí y por quién. Eva seguramente no había pensado en ello, pero parecía tener la solución: habían sido puestos ahí el uno para el otro. Eran muy semejantes, mas no iguales, se decía Adán, ¿qué tenía que hacer él con ella? Si tuviera a quién preguntarle… Sí, debía haber alguien más grande, más sabio, más fuerte, que contestara sus preguntas. ¿Qué nombre podría darle? Adán pensó y pensó y de pronto su boca se abrió para exclamar: “Padre”. Dios estaba en medio de la eternidad, como al principio, pero alcanzó a oir la voz de Adán que gritaba: “¡Padre, Padre!” El Señor sintió que una lágrima le corría por la mejilla que no tenía y contestó: “Dime, hijo”. Su voz retumbó tan fuerte que Adán corrió a ocultarse en una cueva. El Señor también se sorprendió. “Tengo que medir mis emociones”, se dijo, y como queriendo disculparse consigo mismo añadió: “Es la primera vez que me dicen Padre”.

Eva había cumplido doce años sin dejar de corretear conejos y tumbar panales de abejas, sin embargo, las aguas del río reflejaban su silueta de manera distinta. Adán la veía a lo lejos, cada día se hablaban menos.

Adán seguía sintiendo miedo, a pesar de que El Señor le había contestado aquella ocasión y muchas más, él continuaba preguntándose: “¿Qué quiere Él de mí?” La misma pregunta le hacía a Eva en sueños y ella le contestaba a través de su cuerpo. Adán despertaba entonces sudando, con el corazón atropellado y un dolor en el pene, que se calmaba hasta que iba a orinar; una orina diferente, más espesa, más blanca.

Eva estaba excitada. Ese día la sangre había corrido por sus piernas sin que tuviera cortada alguna y sus pechos de niña estaban inflamados, como dos pequeñas limas, de ésas que tanto le gustaban a Adán, pero no sentía miedo. Ella nunca había hablado con El Señor porque no tenía dudas, había visto aparearse a las ovejas, a los gatos, a las gallinas y presentía que algún día iba a hacer lo mismo, con el único que podía hacerlo. Y supo que entre todas las palabras que había inventado Adán, no había una que designara lo que ella sería: Madre.

El Señor desvió su mirada de Adán y vio a Eva como una manzana madura, brillante; adivinó las semillas que guardaba en su interior y comprendió que había dejado de ser niña. El Señor se turbó ante la bella púber: “Esas son cosas de mujeres”, dijo, dirigiendo su mirada hacia otro lado.

Dios sabía que se había adelantado a la Historia oficial, lo que estaba pasando no estaría consignado en el Génesis; tendría que hacer algo para que la versión oficialista coincidiera con la realidad, sin borrar los primeros pasos de Adán, el día en que Eva se cayó del árbol del bien y del mal, haciéndose un chichón en la cabeza; las dudas del niño, sus temores… y, ahora esto, el despertar de la fecundidad. Dios sabía también que estaba próxima la expulsión del Paraíso y se alegró, no porque sus hijos fueran a sufrir, sino porque Él tendría la oportunidad de redimirlos haciéndose hombre y, al hacerlo, tendría manos, boca; podría comerse una manzana, subirse a un árbol, llorar de verdad.

Eva encaminó sus pasos hacia su destino. Adán la vio venir y se sintió amenazado con su presencia. “Ella es una mujer, yo un hombre”. Comprendió entonces su misión en este mundo y se sintió enfermo. No lo estaba, pues todos sabemos que en el Paraíso no existía la enfermedad, pero el resultado era el mismo. Eva se detuvo frente a él y despacito, muy despacito, se fue hincando, hasta que su boca quedó a la altura del vientre masculino. Adán creía tener el estómago revuelto, no pensaba más que en procurarse un remedio para el mareo, por lo que dio media vuelta y dejó a Eva postrada, en actitud de oración. “No, no te quedes ahí, tienes que seducirlo, síguelo”, quiso gritar El Señor, que los veía desde la eternidad. Pero no alcanzó a hacerlo. No había dado tres pasos Adán, cuando El Señor lo vio detenerse y volver la cabeza hacia Eva, que lo estaba esperando con una manzana en la boca. Adán tragó saliva, miró hacia todos lados y de un paso llegó hasta ella: “¿Me das una mordida…?”

“Ah, el amor”, exclamó El Señor. Mas en su infinita prevención, añadió: “Es menester crear a los hermeneutas para que vengan a explicar lo de la manzana”. Y dicho esto, discretamente posó su vista en una pareja de ruiseñores que iba pasando.

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