ENTRE AMAZONAS EMILIANO PÉREZ CRUZ


No se le ocurrió a Fidel -aunque a él le quien interesaba llegar temprano a su trabajo- sino a Evelia, su mujer. Por lo general salían, ella descendía en la estación del metro Pino Suárez y transbordaba hacía la estación Allende, luego caminaba por la calle de Tacuba hasta la tienda de ropa íntima donde era empleada de mostrador.

Fidel tenía que ir hasta el metro Tacubaya, transbordar y bajarse en San Antonio, marcar tarjeta antes de entrar al supermercado y mujeres_metrocumplir las horas de rigor para ganar el salario.

Pero más que otras veces, el insomnio hizo presa a su persona; en reiteradas ocasiones el jefe de personal amenazó con despedirlo si continuaba llegando tarde. Cómo tardaba en acudir a los llamados de Evelia para que despertara, se diera un baño mientras ella arreglaba a los chiquillos, y los llevaba a casa de su madre para que los mandara a la escuela. Regresaba y Fidel apenas estaba en la primera enjabonada.

Salían corriendo, aceptaban irse encuclillados en el pesero y desesperaban ante la tardanza para que los dejaran entrar a los andenes del metro Pantitlán. De pilón, Evelia tenía que viajar con él en la sección de hombres, aguantando los frecuentes manoseos para que su marido no fuera a echar bronca y resultara golpeado.

De cualquier modo, a la hora de la cena ella lo ponía al tanto de lo que él no había visto, y Fidel recriminaba acremente su discreción:
-Me hubieras dicho para partirle su madre a ese desgraciado manolarga…
-¡Pero si no nomás era de mano larga…! Además, bonita me hubiera visto viendo cómo te peleabas, quién sabe si con el riesgo de que también me dieran un mal golpe.

Pero los maloras no la dejaban en paz; el acabose para Fidel fue cuando Evelia dijo:
-Ahora si te iba decir, pero vi que el cuate ese iba con otros tres. Ganas no me faltaban para desgarrarle la cara con las uñas; figúrate, de plano hasta las anginas, hasta la campanilla me testereó el hijo de su madre…
-Ya ni la amuelas, no se para qué me cuentas, ora que ando con tanta preocupación. El jefe ya me trae de encargo y yo que no puedo dormir. De plano voy a meter la renuncia y con lo que me den pongo un puesto en el tianguis; tú también te sales de trabajar.
-Y mientras pega el negocio nos morimos de hambre, ¿no? Mejor te vas por tu lado y yo por el mío; por el de las mujeres una entra mas rápido, con menos riesgo.

Pero Evelia hablaba de dientes para afuera: si dejaba solo a Fidel -había pasado en otra ocasión- era capaz de quedarse dormido y con una falta más lo pondrían de patitas en la calle: estaba advertido.

Fue entonces cuando Evelia sugirió:
-¿Y si me llevo el muñeco de trapo que me regalaste el día de mi cumpleaños? Lo envolvemos en una cobijita de bebé y entras conmigo a la sección de mujeres. Una vez, cuando la niña estaba chiquita, te dejaron pasar los policías. Yo me voy por delante, haciéndome la desentendida, y tu alegas que te pueden aplastar el niño, ¿cómo la ves? El día que no pegue, ni modo, nos vamos del otro lado y ya.

****

Así lo hicieron, y para que los policías no sospecharan pasaban por diferentes entradas. Fidel empezó a reconsiderar su actitud respecto a las supuestas comodidades que el vagón de las mujeres ofrecía a las viajeras subterráneas.

Ya Evelia había comentado varias veces que era nada agradable ir en esa sección, aunque las agresiones sexuales eran menores. Se quejaba de la suerte que tenía…
-Para que las marimachos me echen el ojo; esta semana me tocaron dos, ya me habían dejado descansar un rato; a la última le di un pisotón: pensé que le había clavado el tacón; pero le arriesgue, porque me han contado que son igual de agresivas que los hombres.

Ni hablar: de los males, el menor. No iba exponerse a regresar sola, aburrida y cansada entre puros hombres, aburrida y cansada cuando todavía tenía que llegar a bañar a los chamacos y dejarles todo listo para su ida a la escuela.

Aunque menores, las dificultades para llegar hasta el andén eran casi las mismas en la sección de mujeres, el abordaje del convoy se les facilitaba y no faltaba la señora acomedida o alguien que se prestara a cargar al bebé (era en ocasiones como esa en que Fidel sudaba como un condenado), alegaba que no, que era muy sensible y que podía despertarse y luego quién lo calmaba, que tenía que llevárselo a su mamá para que le diera la teta y que luego lo traería de nuevo a la casa y así otra vez, hasta que cumpliera con el amamantamiento cotidiano de rigor.

-Huy, pus qué mamón… el chamaco, no usté – llegaron a decirle.

Evelia, haciéndose pasar por una pasajera más, le hacía plática hasta Pino Suárez, donde bajaban los dos, cuidaban que nadie los reconociera, entregaba el bulto y regresaba a esperar el siguiente tren.

*****

Una de las cosas que más llamaba la atención de Fidel, era la diversidad de aromas. En el vagón de los hombres (por lo general), llegaba el olor a pies sudados, a cuero de zapatos baratos remojados, a sudor rancio y a grasa del cuerpo envejecida:

-Cada uno pone su dosis de pestilencia, se me hace que los humanos somos los que más fuerte olemos, y luego le andamos cargando milagritos a los zorrillos: de perdis ellos no usan metro ni creo que se soporten unos a otros. Pero nosotros, a güevo.

-Eso que no nos han olido a las viejas. Ahí sí se pone insoportable el aroma -le decía tiempo atrás Evelia, cuando tocaban el tema, y de exagerada no la bajaba su marido.

-Pues aunque no me lo creas -replicaba-. A mí me ha tocado ver que ustedes siempre van con el pelo seco, yo creo que muchos ni se bañan en las mañanas, pero el vagón de las mujeres huele a perro echado a remojar, a plantas de pies apestosas como a vapor general. Y no se diga en tiempo de calor, cuando todas vamos sudando. Lo mismo se confunde el Avón que el Chanel. Luego suben viejas muy modositas a las que parece que ni los pedos les huelen, pero nomás alzan los brazos y pútala, a vil caño vaporizante. No sé, yo creo que cada quien soporta un aroma distinto al suyo. Tú te quejarás, pero deberías de sentir la patada a Kotex: una que es mujer sabe lo que es eso y lo que abochorna cuando se juntan varias que andan en sus días. Y si ustedes se dan codazos y mientan la madre con los arrempujones y las prisas, acá nomás deberías de oír, parece que no, pero nosotros tenemos un repertorio más grande para insultarnos.

-Pero pus para uno debe ser bien rico ir entre puras chavas, ¿a poco, no? Cuando menos debe ser menos brusco el trato, no que luego eso de que te vayan apachurrando y que no puedes ponerte al brinco porque no sabes como va a reaccionar el vecino… Y de menos están a salvo de los carteristas.

-Eso crees tú: me ha tocado ver a dos tres pobres chavas, que de repente se ponen como locas y empiezan a gritar auxilio, auxilio, ya me cortaron la bolsa, auxilio, y voltear a ver para todos lados y nadie se da por enterada. “Ay, eso les pasa por pendejas, no escarmientan: siempre traen todo en su bolsa, ni que se les fueran a enroñar las chichis si se ponen el dinero en el brasier”, dijo una vez una viejita, que tú la veías y se parecía a Sara García.

***

El truco del muñeco funcionaba (y lo ponían en práctica cuando el tiempo apremiaba de verdad). El miedo inicial que sentía Fidel fue superado y por medio de miradas se comunicaba con Evelia, que en ocasiones quedaba en la siguiente puerta debido a los empellones. Se divertían de lo lindo, y más que el tratamiento que Fidel iniciara a base de yerbas comenzó a surtir efecto hasta derrotar el insomnio que lo aquejaba.

Ya no andaba como zombi, con los ojos enrojecidos y la presión alta; le ayudaba en los relampagueantes quehaceres matutinos a Evelia, y salían con el muñeco cuidadosamente arropado, no le fuera a dar un aire. Cuando veían que los pasillos estaban desahogados buscaban un rincón para ocultarse de las miradas y guardaban el muñeco en una bolsa de plástico.

-Veras, como un día de estos se nos ahoga- bromeaba Evelia y entraban al vagón siguiendo las instrucciones del marido: pasas de costado y rapidito para que te acomodes en la puerta y ya sabes, de espaldas a ella si no quieres que te trasteen.

No se piense que por las comparaciones que hacían, Evelia disfrutara del trayecto hasta la estación de trasbordo. En no pocas ocasiones llego al baño de la tienda a vomitar y ponerse unas hojas de yerbabuena en la nariz, para despejarla del rudo aroma afianzado a su olfato.

-Pa’ su mecha, de veras que está pudriéndose el país. Ya ni para jabón nos alcanza, pero de perdida deberían lavarse la cueva del zorrillo -así llamaba a las axilas-, ya no por ellos, si no por los que vamos en el mismo vagón, comentaba a sus amigas del trabajo. Le preguntaba a Fidel si no le sucedía lo mismo, pero a él la variedad de aromas no la molestaba.
-Pero sí me ha pasado una cosa: como que las mujeres son más canijas para eso de los peditos. Me cae que en los vagones de los hombres, no si te has dado cuenta, de repente empieza a apestar y nadie se da por enterado, como si solito hubiera llegado el olor, como un pasajero más…

-No seas hablador, claro que se dan por enterados y hacen más alboroto, tanto que luego-luego empiezan con sus majaderías…
-Pus si no lo digo por eso, sino por que el que los soltó no avisa, es a la sorda, pero con ustedes me ha tocado que se oyen como ametralladoras, otros como bombazos, unos salen como si hubieran soltado un rugido, y hasta hay unas requete tiernas que clarito le hacen: ¡miaaauuuu!, como si hubiera salido un gatito recién nacido…

-¡Oh, ya cállate, no seas asqueroso Fidel, cómo te encanta acordarte de tanta porquería.
-¡Ay sí muy delicada! Te apuesto que eres una de las que se echan sus periquitos. Y no faltan aquellas que parecen susurrar: “tuuuyohhh”. Dicen que los silenciosos son los que más pegan en la nariz, pero otros como que no te los esperas en un lugar donde hay tantas mujeres tan bonitas.
-¡Ay sí, ni que las bonitas no tuvieran por dónde, tú!
-No, pus si yo nomás digo, ¿no? Dice el dicho que más vale perder un amigo que un intestino, yo creo que sí hace daño aguantarse, ya vez los retortijones que dan a uno luego.

***

Evelia y Fidel iban cada uno por su lado cuando el teatro del muñeco se les cayó. Fue a causa de esa señora remilgosa que comenzó a protestar desde los pasillos:
-Este es para puras mujeres, pus qué, ¿A ver que hace usted aquí?

Fidel sintió igual que cuando pusieron en practica la idea de su esposa, pero ya para entonces tenía tablas:
-No sea díscola, señora, traigo a mi hijo, y si me voy de aquél lado me lo apachurran.
-Pus si quiere démelo y se lo doy a la bajada; usté váyase con esa bola de brutos: qué tiene que andar metiéndose donde no lo llaman.
-Mire, qué fácil, ¿no? A usted qué, si el poli ya me dio permiso y nadie se me ha puesto al brinco. Estamos en un país libre, señora, y tengo derecho a cuidar a mi ñiño, ¿A poco, no?

Nadie respondió, y eso acrecentó mas las puyas de la mujer:
-El niño es puro pretexto, pus qué: nunca faltan los mañosos que se quieren sentir gallos en el corral.

Fidel caminó de prisa para no perder de vista a Evelia. Llegó hasta el anden pero le tocó una puerta más atrás que a su esposa, y para colmo de males con aquella anciana de agradable apariencia pero humor de los mil diablos.

-Oiga poli, dígale a éste que se vaya -comenzó de nueva cuenta, antes que las puertas cerraran.
-No sea así, madrecita, ¿que no ve que trae niño de brazos?
-No me diga madrecita, que por eso no me case, para no traer engendros al mundo.

Ante que el policía pidiera reaccionar la puertas se cerraron y comenzó el martirio para Fidel: la anciana se hizo eco en un grupo de chiquillas, adolescentes de secundaria, que comenzaron a hostigarlo:
-Que se vaya, que se vaya -alternaban los gritos relajientos con manoseos que Fidel no acertaba a quitarse de encima o con acercamientos de los senos juveniles hasta sus manos, ocupadas en mantener oculta la identidad de su carga envuelta en un cobertor.
-Papacito, ¿de quién son estas cositas? -pregunto una voz y Fidel reculó como si hubiera recibido una descarga eléctrica, balbuceando enrojecido:
-Órale, no sean mandadas, chamacas. Estense quietas.

Pero a cambio obtuvo una caricia en las nalgas que la hizo atragantarse con saliva; pero fue peor cuando alguna con vocación de proctóloga intentó anal… izarle las cercanías de la próstata: comenzó a toser intensamente y tuvo una sensación de asfixia que provoco la carcajada general y enseguida gritos de:
-Ora yo, yo -hasta que una voz anónima interrogó:
-¿Quién dijo yo y nos lo cogemos?
-¡¡¡Yo, yo, yo!!! -clamaban las amazonas y soltaban la carcajada.

Una señora ocupante del asiento individual se condolió de Fidel y del niño: sin que mediara palabra alguna le arrebató el envoltorio de las manos:
-Cómo será desconsiderado: con este calor y así de arropada, se va a’hogar la criatura -dijo y comenzó a aligerar el bulto.

Gruesas gotas de sudor perlaron la frente de Fidel y creyó desmayarse cuando escuchó decir:
-¡Desgraciado, no es un niño: es un muñeco de hilachos!

A la sorpresa inicial siguieron gritos de:
-¡Pamba, pamba, pamba por mañoso!
-Este es un mañoso, ratero, carterista, llamen a la policía!

***

-Tú y tus ocurrencias -recriminaba Fidel a Evelia mientras recibía toques de mertiolate en los rasguños recibidos; sentados en una banca del jardincillo ubicado en Izazaga y Pino Suárez, comenzaron a reír.

-¿Por qué no me defendiste? Eres bien canija.
-Capaz que me dan una arrastrada por alcahueta -respondió Evelia-. Preferí jalar la palanca y llamar a los policías.

Decidieron no ir a trabajar e irse a un café de chinos.

-Tenemos pretexto…
-Y rasguños como seña en la cara de que no es invento… Chance que también en la próstata -añadió ella, socarrona.

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