VIDA DE MAMÁ PARKER KATHERIN MANSFIELD


Vida  de  mamá  Parker

Cuando el literato a quien la vieja mamá Parker le limpiaba el departamento todos los martes le abrió la puerta esa mañana, le preguntó por su nieto. Mamá Parker permaneció de pie sobre el felpudo en la entrada pequeña y oscura, y extendió la mano para ayudar a su señor a cerrar la puerta antes de contestar.

wuawua-Lo enterramos ayer, señor -dijo serenamente.

-¡Dios mío! Lo siento mucho-dijo el literato en tono contrariado. Estaba en la mitad del desayuno. Llevaba una bata muy gastada y tenía un diario arrugado en una mano. Pero se sentía incómodo. No podía volver a la sala acogedora sin decir algo… algo más. Luego, considerando que esta gente daba tanta importancia a los funerales, dijo amablemente: – Espero que el funeral haya salido bien.

-¿Cómo dijo, señor? -preguntó la vieja Mamá Parker con voz ronca.

¡Pobre pajarraco viejo! Parecía verdaderamente deshecha.

-Espero que el funeral haya sido un… un… éxito-dijo él. Mamá Parker no contestó. Agachó la cabeza y se fue rengueando hacia la cocina, aferrando la vieja red, en la que llevaba sus cosas de limpieza y un delantal y un par de zapatillas de fieltro. El literato levantó las cejas y volvió a su desayuno.

-Se sobrepondrá, supongo -dijo en voz alta sirviéndose mermelada.

Mamá Parker se quitó los dos negros pinches de la toca y la colgó detrás de la puerta. Se desprendió la raída chaqueta y la colgó también. Luego se ató el delantal y se sentó para quitarse las botas. Sacarse o ponerse las botas era para ella una agonía, pero lo había sido durante años. En realidad, estaba tan acostumbrada a ese dolor que su cara hacía una mueca, preparándose para la punzada aún antes de haberse siquiera soltado las cintas. Una vez terminado con esto, se reclinó hacia atrás con un suspiró y suavemente se frotó las rodillas.

-¡Abuela!  ¡Abuela!- Su nieto estaba de pie sobre su falda con sus zapatitos abotinados. Acababa de llegar de jugar en la calle.

-Mira cómo has puesto la falda de tu abuela… ¿chico malo?

Pero él le puso sus brazos alrededor del cuello y frotó su mejilla contra la de ella.

-¡Abuela, dame un penique! -dijo mimoso.

-Vamos, vete; la abuela no tiene peniques.

-Sí que tienes.

-No, no tengo.

– Si que tienes. ¡Dame uno!

Ya estaba buscando el viejo y aplastado monedero de cuero negro.

-Bueno, ¿Qué vas a darle a tu abuela?

El se rió bajito y tímidamente y la apretó más fuerte. Ella sintió cómo le temblaban las pestañas contra sus mejillas.

-No tengo nada- murmuró…

De golpe la anciana se levantó, tomó la pava de hierro que estaba sobre la cocina de gas y la llevó a la pileta. El ruido del agua tamborileando en la pava parecía sofocar su pena. También llenó el balde y la palangana para lavarse. Haría falta un libro entero para describir el estado de esa cocina.

Durante la semana el literario “se las arreglaba” solo. Es decir, vaciaba las hojas de té de vez en cuando en un frasco de dulce puesto allí con ese objeto, y si se le acababan los tenedores sin usar, limpiaba uno o dos con la toalla que colgaba de rodillo.

Por otra parte, como explicaba a sus amigos, su “sistema” era muy simple, y no podía entender por qué la gente hacía tanto problema de la limpieza de la casa.

-Uno ensucia simplemente todo lo que tiene, toma una bruja que limpie una vez por semana, y ya está.

El resultado parecía un basurero gigantesco. Hasta el piso estaba cubierto de restos de tostadas, sobres, colillas de cigarrillos. Pero Mamá Parker no le guardaba rencor. Sentía pena por el pobre y joven señor que no tenía a nadie que se ocupase de él. Por la ventanita tiznada se podía vez una inmensa extensión de cielo triste, y cuando había nubes parecían muy gastadas, nubes viejas,  deshilachadas en los bordes con agujeros o manchas oscuras como de té.

Mientras se calentaba el agua, mamá Parker empezó a barrer el piso. “Si”, pensó, mientras la escoba golpeaba, “entre una cosa y la otra he tenido lo mío. He tenido una vida dura”.

Aún los vecinos decían eso de ella. Muchas veces, cuando volvía a su casa rengueando con la red, los oía, esperando en las esquinas, o inclinándose sobre las barandas, decir entre ellos: “Ha tenido una vida dura, esa mamá Parker”. Y era tan cierto que no sé sentía en lo más mínimo orgullosa de ello. Era lo mismo que si le hubiesen dicho  que vivía en el subsuelo al fondo, en el número 27. ¡Una vida dura!…

A los dieciséis había dejado Stratford y había venido a Londres como ayudante de cocina. Sí, había nacido en Stratford-on-Avon. ¿Shakespeare, señor? No, la gente le preguntaba siempre por él. Pero no había oído nunca su nombre hasta que lo vio en los teatros.

Nada quedaba de Stratford  excepto aquel “sentarse junto al fuego al atardecer cuando podían verse las estrellas a través de la  chimenea”, y “Mamá siempre tenía su trozo de tocino colgando del techo”. Y había algo… un arbusto, eso… a la entrada, que siempre olía tan bien. Pero el arbusto era muy vago. Sólo lo había recordado una o dos veces en el hospital cuando había estado enferma.

Había sido un lugar horrible… el de su primer trabajo. Nunca se le permitía salir. Nunca podía subir las escaleras si no era para rezar por la mañana y por la tarde. Era un sótano corriente. Y la cocinera era una mujer cruel. Le  arrancaba las cartas que llegaban de su casa antes de que las leyera, y las echaba en la estufa porque la ponían soñadora… ¡Y las cucarachas! No lo van a creer ¡hasta que llegó a Londres nunca había visto una cucaracha negra! ¡Bueno! Era como decir que uno no ha visto nunca sus propios pies.

Cuando esa familia quedó arruinada, entró como “ayudante” en la casa de un médico, y después de dos años, siempre a las corridas de la mañana a la noche, se casó con su marido. Era panadero.

-¡Panadero, señora Parker!- Solía decir el literato. Porque de vez en cuando dejaba a un ladeo sus libros y prestaba un oído, por lo menos, a ese producto llamado Vida-. ¡Debe ser muy agradable estar casada con un panadero!

La señora de Parker no parecía tan segura.

-Un trabajo tan limpio- decía el caballero.

La señora de Parker no parecía convencida.

-¿Y no le gustaba alcanzar a los clientes los panes recién horneados?

-Bueno, señor -decía la señora de Parker-, no estuve mucho tiempo en el negocio. Tuvimos trece chicos y enterré a siete. ¡Se podría decir que si no era un hospital era una enfermería!

-Ya lo creo que se podría decir, señora de Parker!-dijo el caballero, estremeciéndose y volviendo a tomar la pluma.

Si, siete habían muerto y mientras los seis eran todavía pequeños, su marido se enfermó de tuberculosis. Era por la harina en los pulmones, le había dicho entonces el médico… Su marido estaba sentado en la cama con la camisa levantada por encima de la cabeza y el dedo del médico trazó un círculo en su espalda.

-Ahora, si lo cortásemos aquí, señora de Parker-dijo el médico- vería los pulmones bloqueados con polvo blanco. ¡Respire, mi amigo!-. Y la señora de Parker nunca supo con seguridad si vio o si creyó ver un gran abanico de polvo blanco brotar de los labios de su pobre marido querido…

Pero qué lucha había tenido para criar a esos seis chicos y sobrevivir. ¡Había sido terrible! Luego, justo cuando ya eran suficientemente grandes como para ir a la escuela, la hermana de su marido vino a quedarse con ellos para ayudarlos, y solo hacía dos meses que estaba cuando se cayó por un tramo de la escalera y se lastimó la columna. Y durante cinco años  mamá Parker  tuvo otro bebe… ¡y como lloraba éste!… a su cargo. Luego Maudie tomó por el mal camino y se llevó a su hermana Alice; los dos muchachos emigraron y Jim fue a la India con el ejército, y Ethel, la menor, se casó con un camarero pequeño e inútil que murió de úlcera el año en que nació el pequeño Lennie. Y ahora el pequeño Lennie… mi nieto…

Las pilas de tazas sucias, de platos sucios, fueron lavadas y secadas. Los cuchillos negros como tinta fueron limpiados con un pedazo de corcho. La mesa fue fregada y el armario y la pileta en la que andaban colas de sardinas…

Nunca había sido un chico fuerte… desde el principio. Había sido uno de esos chicos rubios que todo el mundo toma por una nena. Tenía bucles claros y plateados, ojos celestes, y una pequita como un diamante a un lado de la nariz. ¡Que trabajo tuvieron ella y Ethel para criar a ese niño! ¡Cuántas cosas sacadas de los diarios habían probado con él! Todos los domingos a la mañana Ethel leía en voz alta mientras mamá Parker lavaba la ropa:

        “Estimado señor:

        “Sólo una línea para decirle que mi pequeña Myrtil estaba desahuciada…

        Después de cuatro botellas… aumentó

        Ocho libras en nueve semanas, y todavía sigue tirando

Y luego la huevera de tinta salía del armario y se escribía la carta, y mamá compraba un giro postal en camino al trabajo a la mañana siguiente. Pero era inútil. Nada hacía que Lennie siguiera tirando. Ni siquiera cuando lo llevaban a pasear al cementerio tomaba un poco de color; una buena sacudida en el ómnibus nunca le aumentaba el apetito.

Pero desde el principio fue el nene de la abuela…

-¿De quien eres tú?- decía la vieja mamá Parker, enderezándose junto a la cocina y yendo hacia la sucia ventana. Y una vocecita tan cálida, tan cercana que casi la ahogaba (parecía salir de su pecho debajo del corazón) se reía y decía: ¡Soy el nene de la abuela!

En ese momento se oyó un ruido de pasos y apareció el literario vestido para salir.

-Señora de Parker, voy a salir.

-Muy bien, señor.

-Y encontrará su media corona en la bandeja del tintero.

-Gracias, señor.

-Ah, de paso, señora Parker-dijo el literato rápidamente-, usted no tiró el cacao la última vez que estuvo aquí, ¿verdad?

-No señor.

Muy extraño. Hubiera jurado que dejé una cucharada de cacao en la lata-. Se interrumpió. Dijo con voz suave y firme:- Me dirá siempre cuando tire algo… ¿verdad, señora de Parker?

Y se fue muy satisfecho consigo mismo, convencido de que, en realidad, había mostrado a la señora de Parker que, bajo su apariencia de descuido, estaba tan alerta como una mujer.

La puerta se cerró de golpe. Tomo sus cepillos y trapos y los llevó al dormitorio. Pero cuando empezó a tender la cama, alisando, metiendo las sábanas debajo del colchón, dando palmaditas, el recuerdo del pequeño Lennie se volvió insoportable. ¿Por qué tenía que sufrir así? Eso era lo que no podía entender. ¿Por qué tenía un angelito como él que pedir aliento y luchar para respirar? No tenía sentido hacer sufrir a un chico de esa manera.

…De la pequeña caja que era el pecho de Lennie surgió un sonido como si algo estuviese hirviendo. Había una gran masa de algo que burbujeaba en su pecho cuando tosía, el sudor brotaba en su frente; los ojos salían de sus órbitas, las manos se sacudían, y la gran masa burbujeaba como una papa golpeando en una cacerola. Pero lo que era más terrible de todo aquello era que, cuando no tosía, permanecía sentado contra la almohada y no hablaba ni contestaba, ni siquiera parecía oír. Sólo parecía ofendido.

-No es la culpa de tu pobre abuela, mi precioso-  decía la vieja mamá Parker, separando suavemente el pelo húmedo de sus orejas escarlata. Pero Lennie movía la cabeza y se apartaba. Parecía terriblemente ofendido con ella… y solemne. Inclinaba la cabeza y la miraba de costado como si no pudiese creer semejante cosa de su abuela. Pero al final… mamá Parker tiró la colcha sobre la cama. No, simplemente no podía pensar en eso. Era demasiado… demasiado había tenido que soportar toda su vida. Había cargado con el peso hasta ahora, había guardado todo dentro de sí, y nunca nadie le había visto llorar. Nunca ningún ser viviente. Ni siquiera sus propios hijos habían conservado una cara digna. ¡Pero ahora! Al irse Lennie… ¿qué le quedaba? No tenía nada. El era todo lo que la vida le había dado, y ahora eso también se lo quitaba. ¿Por qué tenía que sucederme todo esto a mí? Se preguntaba. “¿Qué he hecho? Decía la vieja mamá Parker. ¿Qué he hecho?”

Al decir estas palabras, dejó caer de pronto el cepillo. Se encontró en la cocina. Su desazón era tan terrible que se puso nuevamente el sombrero con los pinches, tomó la chaqueta y salió del departamento como en sueños. No sabía lo que hacía. Estaba como una persona tan aturdida por el horror de lo que le había ocurrido, que se aleja… hacia cualquier parte, como si yéndose pudiera escapar…

Hacía frío en la calle. El viento parecía de hielo. La gente se deslizaba a su lado, rápidamente; los hombres caminaban como tijeras, las mujeres correteaban como gatos. Y nadie sabía… nadie se preocupaba. Aún si se derrumbase, si por fin, después de todos estos años, se pusiera a llorar, se encontraría prisionera lo que quisiera o no.

Pero al pensar en llorar sucedió como si el pequeño Lennie saltase en los brazos de su abuela. Ah, eso es lo que quiere hacer, mi  palomita. Abuela quiere llorar. Si por lo menos pudiese llorar ahora, llorar mucho tiempo, llorar por todo, empezando por su primer trabajo y la cruel cocinera, siguiendo con la casa del médico, y luego los siete pequeños, la muerte de su marido, los hijos que la abandonaron, y los años de miseria que conducían a Lennie. Pero llorar como es debido por todas esas cosas le llevaría mucho tiempo. De todas maneras, el momento había llegado. Tenía que hacerlo. No podía postergarlo más; no podía esperar más…

¿A dónde podía ir?

“Ha tenido una vida dura, esa mamá Parker”. Sí, ¡una vida dura, durísima! Su mentón empezó a temblar. No había tiempo que perder. Pero ¿adonde? ¿Adónde?

No podía ir a casa; Ethel estaba allí. Asustaría a Ethel terriblemente. No podía  ir a sentarse en un banco, en cualquier parte; la gente empezaría a hacerme preguntas. No podía de ningún modo volver al departamento del caballero; no tenía derecho a llorar en casa de extraños. Si se sentaba en un umbral, un policía le diría algo.

Ay, ¿no había ningún lugar donde pudiera esconderse y encerrarse en sí misma tanto tiempo como quisiera, sin molestar a nadie y sin que nadie la molestara a ella? ¿No había lugar en el mundo donde pudiese echarse a llorar… por fin?

Mamá Parker quedó de pie, mirando hacia arriba y hacia abajo. El viento helado sopló en su delantal y lo convirtió en un globo. Y ahora empezaba a llover. No había ningún lugar.

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