PLAYA BOLAÑO

Dejé la heroína y volví a mi pueblo y empecé con el tratamiento de metadona que me suministraban en el ambulatorio y poca cosa más tenía que hacer salvo levantarme cada mensajemañana y ver la tele y tratar de dormir por la noche, pero no podía, algo me impedía cerrar los ojos y descansar, y ésa era mi rutina, hasta que un día ya no pude más y me compré un trajebaño negro en una tienda del centro del pueblo y me fui a la playa, con el trajebaño puesto y una toalla y una revista, y puse mi toalla no demasiado cerca del agua y luego me estiré y estuve un rato pensando si darme un baño o no dármelo, se me ocurrían muchas razones para hacerlo, pero también se me ocurrían algunas razones para no hacerlo (los niños que se bañaban en la orilla, por ejemplo), así que al final se me pasó el tiempo y volví a casa, y a la mañana siguiente compré una crema de protección solar y me fui a la playa otra vez, y a eso de las 12 me marché al ambulatorio y me tomé mi dosis de metadona y saludé a algunas caras conocidas, ningún amigo o amiga, sólo caras conocidas de la cola de la metadona que se extrañaron de verme en trajebaño, Sigue leyendo

EL BICENTENARIO ASIMOV

Las Tres Leyes de la robótica:

1.— Un robot no debe causar daño a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra ningún daño.

hombre-bicentenario-ingles2.— Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.

3.— Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley.

* * * * *

—Gracias —dijo Andrew Martin, aceptando el asiento que le ofrecían. Su semblante no delataba a una persona acorralada, pero eso era.

En realidad su semblante no delataba nada, pues no dejaba ver otra expresión que la tristeza de los ojos. Tenía el cabello lacio, castaño claro y fino, y no había vello en su rostro. Parecía recién afeitado. Vestía anticuadas, pero pulcras ropas de color rojo aterciopelado.

Al otro lado del escritorio estaba el cirujano, y la placa del escrito incluía una serie indentificatoria de letras y números, pero Andrew no se molestó en leerla. Bastaría con llamarle “doctor”.

—¿Cuándo se puede realizar la operación doctor? —preguntó.

El cirujano murmuró, con esa inalienable nota de respeto que un robot siempre usaba ante un ser humano:

—No estoy seguro de entender cómo o en quién debe realizarse esa operación, señor.

El rostro del cirujano habría revelado cierta respetuosa intransigencia si tal expresión —o cualquier otra— hubiera sido posible en el acero inoxidable con un ligero tono de bronce. Sigue leyendo

VIDA DE AREOPUERTO FRANCISCO HINOJOSA

V
Francisco Hinojosa es uno de los narradores mexicanos más agudos y ágiles de hoy. Destacan, de entre sus libros, Cuentos héticos, La peor señora del mundo y el reciente Un tipo de cuidado. En su prosa, la soltura siempre acaba trenzándose con alguna forma de angustia. En el presente cuento, de absoluta actualidad, un personaje se convierte lentamente en la víctima de sus propios desplantes ante aeropuertolas autoridades de un aeropuerto estadounidense. Distante de la fotografía que documenta el flujo de la vida sin intervenirla, Mauricio Alejo construye situaciones para fotografiar objetos que convocan su atención, y al hacerlo les asigna un nuevo significado. Últimamente, su mirada se ha concentrado en la transparencia: plásticos, vidrios, cristales. De ahí han surgido dos exposiciones (Objetos ajenos, 2000 y Seis imágenes para un mundo mejor, 2001, ambas en la galería OMR.) En la serie Airport, que aquí presentamos, aprovecha las nuevas tecnologías que usa la seguridad aeroportuaria y produce un conjunto de evocativas naturalezas muertas que son, al mismo tiempo, sutiles retratos de sus dueños.

Viajero habitual, socio distinguido del Club-permanente-de-conferencistas-universitarios, doctor honoris causa en varios centros de estudios superiores, especialista en enfermedades de equinos, porcinos y bovinos, miembro de la Academia de Veterinaria y Zootecnia, Víctor de la O tiene también un amplio currículum como visitante de aeropuertos.
Entre aulas magnas y auditorios repletos de jóvenes ávidos de ser depositarios de su saber, la vida del doctor Víctor de la O transcurre en hoteles, restaurantes, taxis y, por supuesto, aeropuertos: mostradores de las aerolíneas, salas de espera, duty frees, tiendas de souvenirs, bares, filas de migración y aduana, puestos de revisión de equipaje y retenes de rayos X.
Hace tiempo pasó por aquellos interrogatorios inverosímiles en los que se le preguntaba ¿Planea usted asesinar al presidente? ¿Carga entre sus pertenencias un arma de fuego? ¿Alguien le pidió que llevara un paquete para entregar en su destino final? ¿Empacó personalmente sus maletas? Sus respuestas —NO, NO, NO y sí, respectivamente— siempre fueron tomadas como buenas y verdaderas, al igual que las que anotaba en el formulario de la declaración aduanal: no cargo con más de diez mil dólares, NO llevo conmigo productos animales o vegetales —aunque para ser justos siempre temía que el café, las semillas para plantar en su jardín y una que otra especia empaquetada le fueran confiscadas— y NO he comprado objetos cuyo valor exceda los trescientos dólares permitidos. Nunca vio en los encargados de interrogarlo o de recibir su declaración el menor dejo de duda acerca de su honorabilidad. Llegó a pensar incluso que muchos de ellos lo habían escuchado en alguna de sus conferencias y, por ende, lo respetaban.
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SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS BOLAÑO

SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS por Roberto Bolaño
1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno. Honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10. Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11. Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo

PACTO DE SANGRE Benedeti

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más pedir PUEDE SER. No pido nada. Y fui leyendo-al-abuelo-ankerbsigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado A Estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, INCLUSO el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche monologo,, que Naturalmente es muy baja voz, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda. Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro, puedo darlos aún. Ducharme no. Eso no ayuda Podría hacerlo el pecado, pero para mi higiene general viene una vez por semana (me gustaría que fuese más frecuente, pero la venta al parecer muy caro) el enfermero y me baña en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qué más remedio. Es más cómodo y además tiene una técnica excelente. Cuando al final me pasa una toalla húmeda y fría por los testículos, siento que eso me hace bien, salvo en pleno invierno. Me hace bien, aunque, claro, ya nadie Puede Resucitar al muerto Sigue leyendo

LA ÚLTIMA PREGUNTA ASIMOV

La última pregunta se Formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se baño en luz. La pregunta Llegó como resultado de una apuesta por Cinco Dólares titanrthecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta Manera:

Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los Fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano Sabían qué era lo que pasaba Detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso-kilómetros y kilómetros de rostro-de la gigantesca computadora. Al menos tenian una vaga Noción del plan general de circuitos retransmirores y que desde hacía mucho tiempo habían superado toda Posibilidad de ser dominados por una sola persona.

Multivac se autoajustaba autocorregía y. Tenía que ser así, Porque nada humano que fuera podia ajustarla y corregirla con la rapidez Suficiente o Siquiera Con la Eficacia SUFICIENTE. De Que Manera y Adell Lupov atendían al monstruoso gigante sólo en forma ligera y superficial, pero lo hacian tan bien como podría hacerlo Cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas a sus Necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y
Todos los demás asistentes tenian pleno derecho a compartir la gloria de Multivac. Sigue leyendo

EL PAJARITO DE LOS DOMINGOS MARIA DE MONSERRAT

Mi mejor amiga es Pepita, la hija de los carboneros. Tuve que dar muchas explicaciones a mi familia por esta preferencia y probar que tal amistad no me convierte en una chica sucia y desprolija, que no pierdo mis buenos modales ni nada de lo superior que se esfuerzan por canario-amarillo-by-www_viajar24h_com2inculcarme.

El lugar más limpio que conozco, y el más cómodo, es la trastienda donde viven los carboneros. Antes hay que pasar por la negrura y el tizne. Pero creo que no debe ser sólo por el contraste que allá lo blanco es más blanco que en cualquier otro sitio.

Y cuando Pepita está enferma, admiro sus sábanas dóciles y crujientes, según como ella se revuelve parecen rodearla de países fragantes y soleados. La cama esmaltada no tiene ninguna salta¬dura y el mosquitero que se frunce en lo alto, dentro de una corona de bronce, está arreglado como un velo de novia. Sigue leyendo

ABRIL ES EL MES MÁS CRUEL G. CABRERA INFANTE

– G. Cabrera Infante- Cuba

No supo si lo despertó la claridad que entraba por la ventana o el calor, o ambas cosas. O todavía el ruido que hacía ella en la cocina preparando el desayuno. La oyó freír huevos primero y luego le llegó el olor de la manteca hirviente. Se estiró en la cama y sintió la tibieza sabi_mgh_5826_37257_3_1de las sábanas escurrirse bajo su cuerpo y un amable dolor le corrió de la espalda a la nuca. En ese momento ella entró en el cuarto y le chocó verla con el delantal por encima de los shorts. La lámpara que estaba en la mesita de noche ya no estaba allí y puso los platos y las tazas en ella. Entonces advirtió que estaba despierto.

— ¿Qué dice el dormilón? —preguntó ella, bromeando. En un bostezo él dijo: Buenos días.
— ¿Cómo te sientes?

Iba a decir muy bien, luego pensó que no era exactamente muy bien y reconsideró y dijo:
—Admirablemente. Sigue leyendo

LA NOCHE DE RAMÓN YENDÍA LINO NOVÁS CALVO

Ramón yendía despertó de un sueño forzado con los músculos doloridos. Se quedara rendido sobre el timón, todavía andando el automóvil, rozando el borde que se-la calle del “placer”. A la NY_cab_grand_centralizquierda se sucedían casas: una fila de casas nuevas, simétricamente yuxtapuestas y apretadas unas contra otras. Algunas estaban todavía por terminar; otras eran habitadas por gentes nuevas, “pequeños burgueses; grandes obreros”, que todavía no se sentían afirmadas en el lugar; por tanto, menos agresivas. Por instinto, o por accidente, Ramón buscó este lugar, para el descanso. Desde hacía cuatro no iba a casa; dormía en el “carro”, en distintos lugares. Una noche la pasó en la piquera misma de los Parados. Fuera precisamente allí donde todo se enyerbara. Tuvo miedo, pero se esforzó por dominarse, por demostrarse a sí mismo que podía ahora hacer frente a la cosa. No quería huir; sabía, oscuramente, que al que huye le corren atrás —salvo, desde luego, que alguien protegiera su fuga. Estos cuatro días habían sido, cada minuto, una sentencia de muerte. La veía venir, la sentía formarse, como una nube densa, cobrar forma, salirle garfios. Ramón no podía huir, lo sabía; quizás pudiera quedarse, ocultarse, o simplemente esperar. Sigue leyendo

CAMPEONES PEDRO JUAN SOTO

El taco hizo un último vaivén sobre el paño verde, picó al mingo y lo restalló contra la bola quince. Las manos rollizas, cetrinas, permanecieron quietas hasta que la bola hizo “clop” en la tronera y luego alzaron el taco hasta situarlo siete_mesas_de_billar_frances_-_500_-_03diagonalmente frente al rostro ácnido y fatuo: el ricito envaselinado estaba ordenadamente caído sobre la frente, la oreja atrapillaba el cigarrillo, la mirada era oblicua y burlona, y la pelusilla del bigote había sido acentuada a lápiz.

-¿Qui’ubo, men? -dijo la voz aguda-. Ése sí fue un tiro de campión, ¿eh?

Se echó a reír, entonces.

Su cuerpo chaparro, grasiento, se volvió una mota alegremente tembluzca dentro de los ceñidos mahones y la camiseta sudada.

Contemplaba a Gavilán -los ojos, demasiado vivos, no parecían tan vivos ya; la barba, de tres días, pretendía enmarañar el malhumor del rostro y no lo lograba; el cigarrillo, cenizoso, mantenía cerrados los labios, detrás de los cuales nadaban las palabrotas- y disfrutaba de la hazaña perpetrada. Sigue leyendo