ABRIL ES EL MES MÁS CRUEL G. CABRERA INFANTE


– G. Cabrera Infante- Cuba

No supo si lo despertó la claridad que entraba por la ventana o el calor, o ambas cosas. O todavía el ruido que hacía ella en la cocina preparando el desayuno. La oyó freír huevos primero y luego le llegó el olor de la manteca hirviente. Se estiró en la cama y sintió la tibieza sabi_mgh_5826_37257_3_1de las sábanas escurrirse bajo su cuerpo y un amable dolor le corrió de la espalda a la nuca. En ese momento ella entró en el cuarto y le chocó verla con el delantal por encima de los shorts. La lámpara que estaba en la mesita de noche ya no estaba allí y puso los platos y las tazas en ella. Entonces advirtió que estaba despierto.

— ¿Qué dice el dormilón? —preguntó ella, bromeando. En un bostezo él dijo: Buenos días.
— ¿Cómo te sientes?

Iba a decir muy bien, luego pensó que no era exactamente muy bien y reconsideró y dijo:
—Admirablemente.

No mentía. Nunca se había sentido mejor. Pero se dio cuenta que las palabras siempre traicionan.
— ¡Vaya! —dijo ella.

Desayunaron. Cuando ella terminó de fregar la loza, vino al cuarto y le propuso que se fueran a bañar.
—Hace un día precioso —dijo.
—Lo he visto por la ventana —dijo él.
— ¿Visto?
—Bueno, sentido. Oído.

Se levantó y se lavó y se puso su trusa. Encima se echó la bata de felpa8 y salieron para la playa.
—Espera —dijo él a medio camino—. Me olvidé de la llave. Ella sacó del bolsillo la llave y se mostró. Él sonrió.
— ¿Nunca se te olvida nada?
—Sí —dijo ella y lo besó en la boca—. Hoy se me había olvidado besarte. Es decir, despierto.
Sintió el aire del mar en las piernas y en la cara y aspiró hondo.
—Esto es vida —dijo.

Ella se había quitado las sandalias y enterraba los dedos en la arena al caminar. Lo miró y sonrió.
— ¿Tú crees? —dijo.
— ¿Tú no crees? —preguntó él a su vez.
—Oh, sí. Sin duda. Nunca me he sentido mejor.
—Ni yo. Nunca en la vida —dijo él.

Se bañaron. Ella nadaba muy bien, con unas brazadas largas, de profesional. Al rato él regresó a la playa y se tumbó en la arena. Sintió que el sol secaba el agua y los cristales de sal se clavaban en sus poros y pudo precisar dónde se estaba quemando más, dónde se formaría una ampolla. Le gustaba quemarse al sol. Estarse quieto, pegar la cara a la arena y sentir el aire que formaba y destruía las nimias dunas y le metía los finos granitos en la nariz, en los ojos, en la boca, en los oídos. Parecía un remoto desierto, inmenso y misterioso y hostil. Dormitó.

Cuando despertó, ella se peinaba a su lado.
— ¿Volvemos? —preguntó.
—Cuando quieras.

Ella preparó el almuerzo y comieron sin hablar. Se había quemado, leve, en un brazo y él caminó hacia la botica que estaba a tres cuadras y trajo picrato. Ahora estaban en el portal y hasta ellos llegó el fresco y a veces rudo aire del mar que se levanta por la tarde en abril.
La miró. Vio sus tobillos delicados y bien dibujados, sus rodillas tersas y sus muslos torneados sin violencia. Estaba tirada en la silla de extensión, relajada, y en sus labios, gruesos, había una tentativa de sonrisa.

— ¿Cómo te sientes? —le preguntó.

Ella abrió sus ojos y los entrecerró ante la claridad. Sus pestañas eran largas y curvas.
—Muy bien. ¿Y tú?
—Muy bien también. Pero, dime… ¿ya se ha ido todo?
—Sí —dijo ella.
—Y… ¿no hay molestia?
—En absoluto. Te juro que nunca me he sentido mejor.
—Me alegro.
— ¿Por qué?
—Porque me fastidiaría sentirme tan bien y que tú no te sintieras bien.
—Pero sí me siento bien.
—Me alegro.
—De veras. Créeme, por favor.
—Te creo.

Se quedaron en silencio y luego ella habló:
— ¿Damos un paseo por el acantilado?
— ¿Quieres?
—Cómo no. ¿Cuándo?
—Cuando tú digas.
—No, di tú.
—Bueno, dentro de una hora.

En una hora habían llegado a los farallones y ella le preguntó, mirando a la playa, hacia el dibujo de espuma de las olas, hasta las cabañas:
— ¿Qué altura crees tú que habrá de aquí a abajo?
—Unos cincuenta metros. Tal vez setenta y cinco.
— ¿Cien no?
—No creo.

Ella se sentó en una roca, de perfil al mar, con sus piernas recortadas contra el azul del mar y del cielo.
— ¿Ya tú me retrataste así? —preguntó ella.
—Sí.
—Prométeme que no retratarás a otra mujer aquí así. Él se molestó.
— ¡Las cosas que se te ocurren! Estamos en luna de miel, ¿no? Cómo voy a pensar yo en otra mujer ahora.
—No digo ahora. Más tarde. Cuando te hayas cansado de mí, cuando nos hayamos divorciado.

Él la levantó y la besó en los labios, con fuerza.
—Eres boba.

Ella se abrazó a su pecho.
— ¿No nos divorciaremos nunca?
—Nunca.
— ¿Me querrás siempre?
—Siempre.

Se besaron. Casi en seguida oyeron que alguien llamaba.
—Es a ti.
—No sé quién pueda ser.

Vieron venir a un viejo por detrás de las cañas del espartillo.
—Ah. Es el encargado. Los saludó.
— ¿Ustedes se van mañana?
—Sí, por la mañana temprano.
—Bueno, entornes quiero que me liquide ahora. ¿Puede ser? Él la miró a ella.
—Ve tú con él. Yo quiero quedarme aquí otro rato más.
— ¿Por qué no vienes tú también?
—No —dijo ella—. Quiero ver la puesta de sol.
—No quiero interrumpir. Pero es que quiero ver si voy a casa de mi hija a ver el programa de boseo en la televisión. Usted sabe, ella vive en la carretera.
—Ve con él —dijo ella.
—Está bien —dijo él y echó a andar detrás del viejo.
— ¿Tú sabes dónde está el dinero?
—Sí —respondió él, volviéndose.
—Ven a buscarme luego, ¿quieres?
—Está bien. Pero en cuanto oscurezca bajamos. Recuerda.
—Está bien —dijo—. Dame un beso antes de irte.

Lo hizo. Ella lo besó fuerte, con dolor.
Él la sintió tensa, afilada por dentro. Antes de perderse tras la marea de espartillo la saludó con la mano. En el aire le llegó su voz que decía te quiero. ¿O tal vez preguntaba me quieres?
Estuvo mirando al sol cómo bajaba. Era un círculo lleno de fuego al que el horizonte convertía en tres cuartos de círculo, en medio círculo, en nada, aunque quedara un borboteo rojo por donde desapareció. Luego el cielo se fue haciendo violeta, morado y el negro de la noche comenzó a borrar los restos del crepúsculo.

— ¿Habrá luna esta noche? —se preguntó en alta voz ella.
Miró abajo y vio un hoyo negro y luego más abajo la costra de la espuma blanca, visible todavía. Se movió en su asiento y dejó los pies hacia afuera, colgando en el vacío. Luego afincó las manos en la roca y suspendió el cuerpo, y sin el menor ruido se dejó caer al pozo negro y profundo que era la playa exactamente ochenta y dos metros más abajo.

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