EXPLICACIÓN FRANCISCO HINOJOSA


Soy a TOLSTOI lo que ella a madame Curie. Y no quiero decir con esto que los dos somos unos genios. Ella una científica prominente y yo un escritor,  sinceramente no sé qué quise expresar cuando las imágenes pasaron por mi mente, aunque confieso que padezco de megalomanía. Sería, en todo caso, más justo decir que yo soy a Chopin lo que Teresita -mi esposa- es a Evita Perón. Pero ni así sabría tigres_161explicar el porqué de tan disparatados parangones. La mente es así de compleja en sus pensamientos. Sin embargo lo dije. Asumo que lo dije. Y por lo tanto tendré que hacer frente a tan graves aseveraciones, y no esperar a que alguien me lo demande en el futuro. En la esquina del periódico del día anoté, con la pluma que mi mujer me regaló de cumpleaños, lo siguiente:

Teresita y yo somos gente:

* Sincera,           

* Honesta,

* Ciertamente gris,

* Trabajadora y

* De buenos modales.

No sé por qué escribí lo de “honesta”, porque la verdad tenemos cola que nos pisen. Simplemente somos humanos. Ella es una abogada penalista que ha ganado algunos casos y ha perdido otros. Yo soy jefe del departamento de adquisiciones del Ministerio de Pesca. Mi suegro es un general retirado del Ejército y mi suegra sigue siendo ama de casa. Mi padre es un hermeneuta preparado y reconocido y mi madre, ahora, diputada plurinominal.

Entre Teresita y yo hemos procreado dos varones y una mujercita. El más grande -Coco, le llamamos- tiene un negocio de quesos y no le va tan mal. Es padre, a su vez, de dos niñas hermosas de cinco y tres años. El segundo se llama Goyo y es instructor de patinaje sobre hielo. No gana mucho, pero tampoco necesita mucho, ya que vive aún con nosotros y es un muchacho sencillo. Florcita, la más pequeña, estudia música -creo que arpa- y es la mejor de su escuela. Su novio –el Betabel, como le dicen sus amigos- tiene intenciones serias y maneja un puesto de lechugas en la Central de Abasto.

Teresita, en estos momentos, representa a tres clientes:

1) Un hombre que mató, en defensa propia, a su pobre mujer. El caso salió en los periódicos y ha habido un seguimiento morboso por parte de la prensa que entorpece las investigaciones. Además, la pobre tiene que enfrentarse con testigos inventados y pagados por la parte agraviada, la familia de la víctima. Ambos creemos que el tipo es inocente, peroa ver qué pasa.

2) Un asesino confeso. Aunque el caso está previamente perdido, a Teresita le importa luchar contra los agravios que lo pueden llevar, de perder el juicio, a una sentencia de cuarenta y cinco a cuarenta y ocho años de prisión. Pretende conseguirle sólo treinta y tres.

3) Un joven ladrón, hijo de una familia pudiente, que tiene una coartada genial que el juez se ha negado a creerle. Si su defensa es efectiva -yo no lo dudo-, la recompensa económica que le han ofrecido los familiares podría hacer posible nuestro sueño de la casa en la playa.

Por mi parte, un cargo de tan alta responsabilidad me ha hecho un ser metódico y ordenado. Pero también comprensivo con las necesidades ajenas. A ojos extraños, muchas de las decisiones que tomo podrían malinterpretarse por la sencilla razón de que repercuten necesariamente en mis bolsillos. Yo no inventé la corrupción, y eso está muy claro para mí.

Teresita y yo, por lo demás, somos buenos padres y buenos abuelos. Somos también seres tradicionales: los domingos nos juntamos a ver el futbol, a comer pollo a las brasas y a hablar de política. Nuestras nietas son el centro de la reunión familiar, pues siempre hay gracias que festejarles. Con frecuencia, mi futuro yerno, el Betabel, llega con su guitarra y todos nos ponemos a cantar. A veces también bailamos y nos divertimos. Así son los domingos, por poner sólo un ejemplo.

Los lunes, en cambio, son muy distintos. Teresita se encarga de despertarnos a todos a las seis y media de la mañana. No tolera que durmamos siquiera quince minutos más. (Lo he aceptado con el correr del tiempo porque en realidad eso es para ella muy importante.) Por supuesto, el malhumor impera todas las mañanas. A Goyo hay que echarle agua en la cara para que reaccione; cuando lo hace, escupe una cantidad de palabrejas que enojan a su madre y todo termina en bofetones e insultos. Y no se diga Florecita, que termina ayudando a su madre a servir el desayuno a gritos.

Las noches son más tranquilas. Mi hija estudia o lee sus novelas policiacas, la penalista hace sopas o guisados para la cena, Goyo se pone a ver televisión y yo me dedico a leer a Tolstoi. A las diez o diez y media ya todos estamos dormidos. O más bien: todos creemos que los demás están dormidos.

 

                

A grandes rasgos, esto es lo que somos y lo que nos pasa cotidianamente. Y hasta aquí, por lo pronto, no hay nada que justifique mi idea de convertir a Teresita en madame Curie o Evita Perón, y a mí en León Tolstoi o Federico Chopin. Pero cada cabeza es un mundo -insistía mucho en ello mi maestro de Presocrática (soy filósofo de profesión). Por ejemplo Goyo -que es un muchacho sencillo y sensible- anda metido en su problema con la droga. Lo sé porque he escuchado sus conversaciones en clave a través del teléfono (un padre siempre intuye cuando su hijo habla en clave). No he querido decirle nada al respecto para que sea él mismo quien decida su futuro. Soy ante todo un padre respetuoso. Al mismo tiempo, advierto que no se trata de algo grave. Estoy convencido de que su adicción es pasajera. Lo

digo porque de joven yo también fui adicto.

El caso de Florcita es distinto. A ella le da por meter al Betabel por las noches a su cuarto. Me consta que se ponen a hacer el amor. Sin embargo, no seré yo quien le recrimine. Son chamacadas perfectamente entendibles. En cambio, si la abogada se entera, menudo lío que se armaría. Ella no comprende esas cosas por ser de provincia.

El Coco no tiene problemas. A menos que se considere como suyo el que padece su mujer. Resulta que Ruth –mi nuera- está enfermita de leucemia. Y los gastos -allende el dolor- que esto ocasiona han mermado la alegría innata de mi primogénito. Le he dicho, con mucho tacto, que un amigo mío del Ministerio me puede arreglar todo lo relativo al velorio y al entierro sin que él tenga que desembolsar gran cosa. Sin embargo, anda medio tristón. (“La vida no se acaba hasta que se acaba”, le dije, recordando a mi maestro de Ontología, pero él no captó el sentido.)

He dicho ya que Teresita es una gran abogada, una gran madre y una gran compañera de ruta. Es también un ejemplo de profesionalismo y una invitación a la tranquilidad y el orden. Cocina muy bien, administra nuestros recursos, reúne a la familia, impone jugosos temas de conversación. En fin: es fantástica.

Pero ay, Teresita, lo tengo que decir para tratar de explicar los atrevidos símiles que me he planteado a mí mismo. Tú de madame Curie o de Evita Perón y yo de Tolstoi o de Chopin, la mera verdad, tenemos muy poco.

Resulta que a ella le da, eventualmente (cada quince días, cada mes, quizá), por creerse jovencita. Se pone una faldita café muy corta, se suelta su tradicional chongo, se pinta las uñas de rojo y se va con sus amigas a beber copas. Como es un ser adulto, yo no me atrevo a impedírselo.

Una vez la seguí hasta el bar donde había hecho cita con esas tipas (ojalá y tenga tiempo más adelante de hablar deellas, porque todas son unas fichitas). El problema fue que no me dejaron entrar porque se trataba de un lugar exclusivo para mujeres. Para la siguiente vez, después de pensarlo durante

dos semanas, me vestí de mujer y pude al fin entrar a supervisar a mi señora esposa. El espectáculo fue francamente deprimente. Las señoras, Teresita entre ellas, metían sus manos dentro del calzón de un tipo que bailaba y le daban dinero. (El que yo haya hecho lo mismo con damitas que se encueran no justifica que mi mujer lo haga.)

De regreso a casa, yo me puse a pensar que una abogada de su categoría no tendría que andar haciendo esos numeritos. ¡Cómo llegan a influir las malas amistades en la integridad de la gente!, me dije a mí mismo. ¡Y yo parangonándola con madame Curie y con Evita Perón!

Por supuesto que ella nunca se enteró de que yo la había espiado vestido de mujer. Fui muy discreto.

Paso a ahora a revisarme, a hacer -1o que se dice- un trabajo de autocrítica. Mis lecturas. He dicho ya que por las noches leo a Tolstoi. No por el hecho de leer un libro uno termina pareciéndose a su autor. Eso lo sé porque nunca me pasó por la cabeza creerme un Ortega y Gasset al leer su fabulosa Deshumanización del arte, ni una Selma Lagerlöf al devorarme su historia del pato.

La casa. Como se ha podido leer arriba, soy bastante tolerante con los míos. Ciertamente no lo soy con los demás (con “el mundo que nos rodea”, como dice Teresita). Resulta que alguna vez un vecino me insultó porque había dejado mi auto en su cochera. No se lo perdoné y le pedí a la abogadaque me ayudara a hundirlo. Nos la pasamos toda la noche planeando cómo meterlo a la cárcel unos veinte años. Hasta

q ue encontramos la fórmula. El resto fue bastante sencillo. El tipo debe seguir insultándome desde la prisión. Pero ya no me importa.

Decía que soy tolerante hacia adentro, hacia la familia. Sin embargo, a mí no me toleran que digamos mucho. Hace algunos domingos propuse una paella, la aceptaron todos de buena gana y la cociné yo mismo (hacer una paella como la que hice me llevó no menos de seis horas). Bailamos unas sevillanas y comimos hasta el hastío. Al cabo de un rato una de mis nietecitas vomitó. Creímos que había comido demasiado, pero luego seguimos los demás. Desde entonces me acusan de que los quiero matar y no me dejan cocinar nada.

El trabajo. Como ya he dicho, tengo un puesto de alta jerarquía en el Ministerio de Pesca. Antes los había tenido en la Procuraduría de Justicia y en la Comisión de Aguas. Entre las cosas buenas que he hecho están: ascendí al contador Gumer de puesto (se lo merecía), compré al gobierno de Canadá unas redes modernas con las que pudimos sustituir las tarrayas de una comunidad de pescadores, doté de agua potable a la colonia donde vivían, en ese entonces, mis suegros, y evité la bancarrota de una compañía dedicada a ofrecer protección policiaca privada. Entre las cosas malas que he hecho están: despedí al chofer que me asignaron (me enteré luego de que tenía seis hijos) para meter a un primo del Betabel,

Compré un barco para el Ministerio sólo porque los vendedores me regalaron el auto que todavía tengo, mandé matar a un auditor y engañé a una cooperativa que nos había dado mucha lata hasta que su líder, con la ayuda de mi litigante favorita, terminó en la cárcel.

Lu sociedad. Cuando me da por beber no hay quien me pare. Sin embargo, no suelo ser molesto para los demás. En muy contadas ocasiones he hecho cosas condenables. Por ejemplo, una vez me prendí de las tetas de la esposa del señor Sánchez y no había poder en el mundo que pudiera separarme

de ellas (hasta Teresita se puso molesta). En otra ocasión, francamente ya muy beodo, me comí el suéter de una colegiala, compañera de estudios de Florcita. Y lo tenía puesto. Dejaron de hablarme casi un mes hasta que comprendieron que se había tratado sólo de una borrachera. En cambio, la compañera de mi hija, me llamó un día para pedirme que la explorara a mis anchas.

Espero que ya todos sepan a estas alturas que estoy hablando con la verdad entre las manos. He querido investigar (ustedes son los testigos) esos momentos disparatados que me llevaron a pensar que yo soy a Tolstoi lo que Teresita es a madame Curie (o bien Chopin/Evita Perón). Reconozco que no lo he logrado. Y paso en consecuencia a pedir mil disculpas. Pero al menos en esto he tratado de ser muy honesto.

La mente es muy compleja. Piensa y sueña cosas que no tienen ninguna explicación racional pero que, en tanto que fueron pensadas o soñadas, son reales. ¿Cómo habría resuelto Sartre o Hartmann o Abad Carretero una paradoja como la que me ha puesto a escribir todas estas incongruencias? No lo sé. Dudo mucho de que a alguno de ellos le hubiera pasado por la mente creerse Vladimir Nabokov o Jaime Torres Bodet.

Una gran desazón me invade al tratar de poner fin a esta Explicación. Teresita ha hecho huevos peché y me llama a la mesa. Escucho los gritos de Florcita que reclama que alguien se ha puesto a leer sus cartas de amor. Creo que Goyo la esta golpeando. Eso significa que tendré que bajar para imponer el orden en el hogar. La abogada me grita: “¡¿Qué no oyes lo que está pasando?!” “¡Ya voy!“, le grito.

Arreglaré las cosas, cenaré y volveré más tarde a mi Tolstoi.

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