VIDA RUBEM FONSECA

Deja un comentario | Categoría: Passwords

Los relatos de Rubem Fonseca no dejan indiferente. Si en su obra maestra “El cobrador” es la furia del pobre, aquí son dos personajes aparentemente desvitalizados y sin embargo llenos de vida.

Vida

mujer_leyendo_en_cama_BoteroEn mi caso, me despierta el ruido causado por el movimiento de gases en los intestinos, pero hay gente que no advierte esa señal prodrómica – mi mujer dice que eso no es una enfermedad, y no siendo una enfermedad no tiene elementos precursores, como el aviso que recibe un epiléptico momentos antes de que se desencadene el ataque, como ocurría con nuestro hijo, Dios le tenga en la gloria, pero mi mujer se empeña en llevarme la contraria en todo lo que digo, en hostilizarme constantemente, ese es el pasatiempo de su vida -, pero decía yo que mi flatulencia se anuncia con esos ruidos de los gases desplazándose en el abdomen, y eso me permite, casi siempre, una retirada estratégica para ir a expeler los gases lejos de los oídos y narices de los otros. Sigue leyendo

EL COBRADOR RUBEM FONSECA

En la puerta de la calle, una dentadura enorme; debajo, escrito, Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía, un cartel, Espere, por favor, el doctor está atendiendo a un cliente.
Esperé media hora, con la muela rabiando. La puerta se abrió y apareció una mujer acompañada de un tipo grandón, de unos cuarenta años, con bata blanca.
CA91RR3FEntré en el consultorio, me senté en el sillón, el dentista me sujetó al pescuezo una servilleta de papel. Abrí la boca y dije que la muela de atrás me dolía mucho. Él miró con un espejito y preguntó por qué había descuidado la boca de aquella manera.
Como para partirse de risa. Tienen gracia estos tipos.
Voy a tener que arrancársela, dijo, le quedan ya pocos dientes, y si no hacemos un tratamiento rápido los va a perder todos, hasta estos – y dio un golpecito sonoro en los de delante.
Una inyección de anestesia en la encía. Me mostró la muela en la punta del botador: la raíz está podrida, ¿ve?, dijo como al desgaire. Son cuatrocientos cruceiros.
De risa. Ni hablar, dije.
¿Ni hablar, qué?
Que no tengo los cuatrocientos cruceiros. Me encaminé hacia la puerta. Sigue leyendo

FELIZ AÑO NUEVO RUBEM FONSECA

 Vi en la televisión que los comercios buenos estaban vendiendo como locos ropas caras para que las madames vistan en el reveillon. Vi también que las casas de artículos finos para comer y beber habían vendido todas las existencias.

AÑOPereba, voy a tener que esperar que amanezca y levantar aguardiente, gallina muerta y farola de los macumberos.

Pereba entró en el baño y dijo, qué hedor.

Vete a mear a otra parte, estoy sin agua.

Pereba salió y fue a mear a la escalera.

¿Dónde afanaste la TV?, preguntó Pereba.

No afané ni madres. La compré. Tiene el recibo encima. ¡Ah, Pereba!, ¿piensas que soy tan bruto como para tener algo robado en mi cuchitril?

Estoy muriéndome de hambre, dijo Pereba.

Por la mañana llenaremos la barriga con los desechos de los babalaos, dije, sólo por joder.

No cuentes conmigo, dijo Pereba. ¿Te acuerdas de Crispín? Dio un pellizco en una macumba aquí, en la Borges Madeiros, le quedó la pierna negra, se la cortaron en el Miguel Couto y ahí está, jodidísimo, caminando con muletas.

Pereba siempre ha sido supersticioso. Yo no. Hice la secundaria, se leer, escribir y hacer raíz cuadrada. Me cago en la macumba que me da la gana. Sigue leyendo

EL PUENTE SOBRE EL RÍO BÚHO AMBROCE PIERCE

Desde un puente de ferrocarril, en el norte de Alabama, un hombre miraba correr rápidamente el agua veinte pies más abajo. El hombre tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas atadas con una cuerda; otra cuerda anudada al cuello y CuentoPuenteRioamarrada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes que soportaban los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus ejecutores -dos soldados rasos del ejército federal bajo las ordenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido sub comisario. No lejos de ellos, en la misma plataforma improvisada, estaba un oficial del ejército llevando las insignias de su grado. Era un capitán. En cada extremo había un centinela presentando armas, o sea con el caño del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, posición poco natural que obliga al cuerpo a mantenerse erguido. A estos dos hombres no parecía concernirles lo que ocurría en medio del puente. Se limitaban a bloquear los extremos de la plataforma de madera.  Sigue leyendo