MIMOSO DE SILVINA OCAMPO

Desde hacía cinco días Mimoso agoniza¬ba. Mercedes con una cucharita le daba leche, jugo de frutas y té. Mercedes llamó por telé¬fono al embalsamador, dio la altura y el largo del perro y pidió los precios. Embalsamarlo iba a costar casi un mes de sueldo. Cortó la comunicación y pensó llevarlo inmediatamen¬te para que no se estropeara demasiado. Al mirarse en el espejo vio que sus ojos estaban muy hinchados por el llanto y decidió esperar la muerte de Mimoso. Junto a la estufa de kerosene, colocó un platito y volvió a darle leche al perro, pero con la cucharita. Ya no abría la boca y la leche se derramó por el sue¬lo. A las ocho llegó el marido, lloraron juntos y se consolaron pensando en el embalsamamiento. Imaginaron al perro en la entrada de la habitación, con sus ojos de vidrio, cuidando simbólicamente la casa.
A la mañana siguiente Mercedes metió al perro adentro de una bolsa. Estaba muerto. Hizo un paquete con arpillera y papel de dia¬rio para no llamar la atención en el colectivo y lo llevó a la tienda del embalsamador. En el escaparate de la casa vio muchos pájaros, monos embalsamados y víboras. La hicieron esperar. El hombre apareció en mangas de camisa, fumando un cigarro toscano. Tomó el paquete, diciendo:
—Me trajo el perro. ¿Cómo lo quiere? —Mercedes pareció no comprender. El hombre trajo un álbum lleno de dibujos—. ¿Lo quiere sentado, acostado o parado? ¿Sobre un soporte de madera negra o pintadito de blan¬co? ¿Cómo lo quiere? Sigue leyendo

ÉL PARA OTRA DE SILVINA OCAMPO

Él para otra – Silvina Ocampo

Esperaba verlo pero no inmediatamente, porque hubiera sido demasiado grande mi perturbación. Siempre postergaba nuestro encuentro, por algún motivo que él entendía o no. Un simple pretexto para no verlo o para verlo otro día. Y así pasaron los años, sin que el tiempo se hiciera sentir, salvo en la piel de la cara, en la forma de las rodillas, del cuello, del mentón, de las piernas, en la inflexión de la voz, en el modo de caminar, de escuchar, de colocar una mano en la mejilla, de repetir una frase, en el énfasis, en la impaciencia, en lo que nadie se fija, en el talón que aumenta de volumen, en las comisuras de los labios, en el iris de los ojos, en las pupilas, en los brazos, en la oreja escondida detrás del pelo, en el pelo, en las uñas, en el codo, ¡ay, en el codo!, en la manera de decir ¿qué tal? o realmente o puede ser o ¿a qué horas? o no le conozco. No, Brahms no, Beethoven, bueno, algunos libros. El silencio, que era más importante que la presencia, tejía sus intrigas. Sigue leyendo

EL PROYECTO LAZARO FRAGMENTO Aleksandar Hemon

El tiempo y el espacio son las únicas cosas de las que estoy seguro: dos de marzo de 1908, Chicago. Más allá, queda el dolor y la bruma de la historia, en la que ahora me adentro.

A primera hora de la mañana, un joven escuálido llama al timbre del numero 31 de Lincoln Place, la residencia de George Shippy, el temible jefe de policía de Chicago. La sirvienta, que según consta atendía al nombre de Teresa, abre la puerta (que, por supuesto, chirria de un modo inquietante), escruta al joven desde los maltrechos zapatos hasta

el rostro moreno y esboza una sonrisa altanera para advertirle

que más le vale tener un buen motivo para estar allí.

El joven solicita ver al jefe Shippy en persona. Con recio acento alemán, Teresa le explica que es demasiado pronto y que el jefe Shippy jamás recibe a nadie antes de las nueve. Sigue leyendo

PEPINA de RICARDO GARIBAY

Mil novecientos treinta y dos. Una vivienda de tres cuartos, que son las dos recámaras y el comedor. Una zotehuela donde está la cocina, el lavadero, el retrete encajonado y una puerta de tiras de madera que da al patio de la vecindad. La vecindad es larga, y largo el patio de lajas de cantera en medio y arbustos a los lados, que tapan la entrada y las ventanas de las viviendas. Perros, ancianos ociosos, talabarteros, plomeros, carpinteros, morrongos de carnicería, chícharos de peluquería, coimes de billar, zapateros remendones, chiquillería y mujerucas ladradoras.
El día comienza con el amanecer; termina con los estrépitos de los últimos borrachos, cuando Pepina, por fin, atrapa el sueño. Pepina vive con su madre, anciana oracionera, con Rómulo, pequeño, bizco, tonto y pintor, y con Salvador, hermoso, ebanista, agresivo y borracho. Salvador llega de madrugada, y mucho antes, hacia las siete de la noche, ya oscuro, Rómulo, la madre y Pepina deliberan.
—Café o vela —dice Pepina—, pero rápido, don León cierra a las siete y media.
Don León es el dueño del estanquillo.
—Vela —dice Rómulo—, tengo que pintar.
—Qué vas a pintar, bizco. ¿A la luz de una vela? —dice ásperamente Pepina.
—A la luz de una vela. A la luz de una vela. A la luz de una vela. Así he pintado siempre —dice Rómulo como a punto de pelear, pero no pelea, así es él, la fuerza se le va en la repetición de las frases y en el énfasis, y remata:
—¡A la luz de una vela!
—¿En el día pintas a la luz de una vela?
—¡En el día pinto a la luz de una vela!
—Sí, puede que sí, puede que la necesites.
—¡Jesucristo vencedor! Vete por café, Milo. Café caliente en el estómago. Rezaremos en lo oscuro. Sigue leyendo

UNA NAVIDAD de TRUMAN CAPOTE

Para Gloria Dunphy

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleáns. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleáns, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.
Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleáns: mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad. Sigue leyendo

UN ÁRBOL DE NOEL Y UNA BODA DE FIODOR DOSTOYEVSKI

Hace un par de días asistí yo a una boda… Pero no… Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho… Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.

Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo. Sigue leyendo

EL ÚLTIMO VIERNES CUENTO INÉDITO DE ONETTI

En cuanto lo hicieron pasar, Carner comprendió que aquel viernes iba a ser distinto. Creyó recordar tímidas premoniciones, trató de protegerse despidiéndose de la larga sala de espera que acababa de dejar, de la noche o el día eternos que imponían los tubos fluorescentes, de la humanidad pobre y silenciosa que se rozaba los hombros sin respaldo, conservando rígidos los cuerpos durante horas, temiendo que su abandono significara la renuncia a su esperanza.

Se despidió de tantas semejantes, confundibles tardes de viernes que había elegido para visitar a Miller o ya, desinteresadamente, para visitar la Jefatura, atravesar el saludo de policías de uniforme y perder la noción del tiempo entre los hombres y mujeres que llenaban la sala de espera, sin rostros, sustituibles, tal vez diferenciados en secreto por anécdotas de la desgracia.

Había elegido los viernes porque era su día franco en el diario y porque Hilda lo usaba para ir a la iglesia. Había olvidado la probabilidad de un gran empleo en provincias, y gastaba en paz los viernes oyendo fanfarronear a Miller, fumándole los cigarrillo, midiéndole la miseria, haciéndole feliz con su atención y aceptándole los billetes doblados que le ponía en la mano al despedirlo. Sigue leyendo

CINCO BREVEDADES DE IVAN TURGUNIÉV

EL GORRIÓN

Yo regresaba de la caza e iba por la alameda del jardín. El perro corría delante de mí.De pronto, aminoró sus pasos y empezó a caminar con cautela, como si olfateara un animal delante de sí.Yo miré a lo largo de la alameda y vi un gorrión joven, amarillo alrededor del pico y con pelusa en la cabeza. Se había

caído del nido (el viento mecía con fuerza los abedules de la alameda) y yacía inmóvil, indefenso, abriendo apenas sus alitas nacientes.
Mi perro se acercaba a él con lentitud, cuando de pronto, tirándose desde un árbol cercano, un gorrión viejo, de pecho negro, cayó como una piedra ante su mismo hocico y, todo erizado, alterado, con un piar desolado y lastimero, saltó unas dos veces en dirección a las fauces abiertas, dentudas.
Él se lanzaba a salvar, a cubrir consigo a su criatura… pero todo su cuerpo pequeño temblaba de terror, su vocecita se hacía salvaje y ronca, ¡se sacrificaba!
¡Qué monstruo inmenso debía parecerle el perro! Y de todas formas no pudo seguir posado en su rama alta, segura… Una fuerza más fuerte que su voluntad lo había arrojado desde allí. Sigue leyendo

LA MANO Guy de Maupassant

Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París. Nadie entendía nada del asunto. El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión.
      Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con los ojos clavados en la boca afeitada del magistrado, de donde salían las graves palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su miedo curioso, por la ansiosa e insaciable necesidad de espanto que atormentaba su alma; las torturaba como el hambre.
      Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante un silencio:
      —Es horrible. Esto roza lo sobrenatural. Nunca se sabrá nada.
      El magistrado se dio la vuelta hacia ella:
      —Sí, señora es probable que no se sepa nunca nada. En cuanto a la palabra sobrenatural que acaba de emplear, no tiene nada que ver con esto. Estamos ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, tan bien envuelto en misterio que no podemos despejarle de las circunstancias impenetrables que lo rodean. Pero yo, antaño, tuve que encargarme de un suceso donde verdaderamente parecía que había algo fantástico. Por lo demás, tuvimos que abandonarlo, por falta de medios para esclarecerlo.
      Varias mujeres dijeron a la vez, tan de prisa que sus voces no fueron sino una: Sigue leyendo

LOS CANTORES RUSOS de IVAN TURGUNIÉV

                      La aldehuela de Kolotova era, en otro tiempo, propiedad de una anciana, a quien le habían puesto el sobrenombre de “la Esquiladora”, debido a su carácter ávido y de empresa. Ahora pertenecía a un alemán de Petersburgo. Construida sobre un montículo, la atraviesa un horrible barranco que forma el medio de la calle. Las aguas de la primavera y del otoño se juntan en la concavidad del barranco y separan el caserío en dos partes próximas, pero muy diferentes. No se puede echar un puentecillo sobre tal especie de río, cuyo lecho de arcilla está encajado a gran profundidad.

  Aunque el aspecto del paraje nada tiene de agradable, no hay habitante de los alrededores que no conozca la aldea y no venga con frecuencia a ella.

  Al comienzo del barranco hay una casita aislada de la población. Una chimenea remata su techo de paja; tiene una sola ventana, que se abre hacia el lado del barranco, y en el invierno, cuando la luz de adentro pasa a través de sus cristales, parece un ojo de miradas penetrantes.

  Se la ve desde lejos. Sirve a guisa de estrella conductora a los viajeros cuando hay niebla y tiempo brumoso.

  Esta “isba” no es otra cosa que una taberna, o un “prytinni”, como dicen en el país. Encima de la puerta hay una tabla pintada de azul. El aguardiente que allí se despacha, aunque tan caro como en cualquier parte, es el artículo más acreditado en toda la región, y por eso el propietario, Nicolai Ivanitch, siempre tiene muchos clientes. Sigue leyendo