PAUL AUSTER COLECCION DE CUENTOS REALES

ABRIL DE 2002

Creía que mi padre era Dios

por Paul Auster & V V. A A.

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El más reciente proyecto de Auster consiste en la reunión de una antología de cuentos reales, enviados por su público radiofónico bajo la premisa de que no hay mejor fabulador que la realidad. Ofrecemos una selección de Creía que mi padre era Dios, libro que Anagrama publicará en breve.

Savenay
Durante la Primera Guerra Mundial mi padre estuvo estacionado con el ejército norteamericano en Savenay, una pequeña ciudad del oeste de Francia. Hace pocos años visité Savenay llevando conmigo algunas fotografías que mi padre había sacado allí. Una de ellas mostraba a mi padre acompañado de dos chicas jóvenes en un ca-
mino rural. Había una casita al fondo. Siguiendo el camino, no lejos de Savenay, encontré aquella casa, una pequeña cabaña de ladrillo, rodeada por un murete de piedra. Crucé la verja y llamé a la puerta. Una anciana asomó la cabeza por la ventana del piso superior y me preguntó qué deseaba. Le mostré la fotografía y le pregunté en mi mejor francés si la reconocía. Desapareció dentro de la casa y después de una larga discusión en el interior con otra mujer, me abrió la puerta. La anciana me preguntó de dónde había salido aquella foto. Le dije que era de mi padre y que creía que la había tomado desde el camino frente a aquella casa. Sí, por supuesto, me dijo. La fotografía había sido tomada desde el camino y ella y su hermana mayor (la otra mujer que estaba dentro de la casa) eran las dos chicas que aparecían en la imagen. Sigue leyendo

PAUL AUSTER

No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe?, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa. Sigue leyendo

MANIAS DE LOS ESCRITORES

Apareció un libro, en Italia, que se llama Escribir es un tic y que denuncia un asunto milenario: los escritores, esos maniáticos, impulsan la inspiración con sus manías. Al escribir o, incluso, al proyectar un argumento, una frase, imaginar el nombre de un personaje o todo aquello que aparecerá impreso en un libro o todo aquello que no está en el libro, sino en sus alrededores, los escritores recurrirán a ritos obsesivos. El autor del libro, Francesco Piccolo, se refiere a esos sucesos como tics, es decir, contracción muscular y de tipo espasmódica que es involuntaria. Lo cierto es que, en este caso, más que tics parecen ser preocupaciones caprichosas. Y, salvo excepciones, más que contracciones musculares involuntarias, son extravagancias creadas a propósito.

Piccolo, de 44 años, escritor, guionista y profesor de la Universidad de Roma, es, sin duda, un obseso del rito ajeno. En una entrevista, este guionista de Nanni Moretti, dijo: “Sentía la necesidad de reunir una documentación práctica para mostrar que el oficio de escribir tiene sus reglas y no se parece en nada a esa imaginería de colegial tan falsa”. Por ese motivo Piccolo exprimió el anecdotario y sacó ritos y manías de escritores de todos los tiempos. A raíz de este libro ya no cabe duda de que la manía abarca la literatura universal. Sigue leyendo

CUATRO POLÉMICAS LITERARIAS DEL SIGLO xx MOISES SÁNCHEZ FRANCO


UN REPASO DE CUATRO POLÉMICAS LITERARIAS DEL SIGLO XX
IRAS CONTEMPORANEAS

Por Moisés Sánchez Franco

La literatura siempre ha sido un territorio donde los egos y los puntos de vista han colisionado, a veces con humor, a veces con violencia. Es fama el intercambio de pullas entre Quevedo y Góngora, la discusión entre Lope de Vega y Cervantes, así como los debates literarios entre Tolstoi y Gorki, que llevó a este último a escribir un libro parricida, Recuerdos de Tolstoi, Chejov y Andreiev, donde cuestiona la díscola, conservadora, y aristócrata personalidad del autor de Resurrección. Pero en los últimos cuarenta años los debates han continuado: los intelectuales han perdido la compostura, han declarado catilinarias, han escrito libelos y han provocado las pasiones más exaltadas, así como las decepciones más profundas. A continuación presentamos cuatro de las polémicas más saltantes que han alimentado la chismografía literaria. Sigue leyendo

UN NARRADOR DIFERENTE

Alain Robbe-Grillet: La casa de citas

Idioma original: francés
Título original: La Maison de rendez-vous
Año de publicación: 1965
Valoración: Imprescindible

Por norma, los lectores nos fiamos del narrador: es lo que se llama el “pacto ficcional”, por el que anulamos nuestro juicio crítico habitual y aceptamos la existencia de dragones, naves espaciales o personajes como la Regenta o Sherlock Holmes. Desde tiempos del Quijote, y probablemente incluso antes, aunque sobre todo desde mediados del siglo XIX, los escritores vienen experimentando con la creación de eso que Wayne Booth llamaba “narradores no fiables”, es decir, voces narrativas cuyas afirmaciones debe poner en duda el lector, para descubrir la verdad detrás de sus palabras: narradores que mienten, engañan, tergiversan u ocultan los hechos, por desconocimiento, malicia o torpeza.

La casa de citas (también publicada como La casa de Hong-Kong) es un ejemplo de cómo a lo largo del siglo XX se ha llevado este juego del gato y el ratón entre narrador y lector hasta el extremo, al igual que las novelas de Pynchon o algunas de Nabokov, por ejemplo. Porque en La casa de citas nada es completamente cierto, y es imposible intentar que la narración tenga sentido, en el sentido clásico del término. Los personajes tienen dos o tres nombres distintos cada uno; el narrador es a veces un personaje, a veces otro, a veces ninguno; el inicio de la novela se cita en medio de la novela, como si fuera un discurso de un personaje; las mismas acciones suceden tres, cuatro o veinte veces en lugares y momentos distintos, y unas veces se trata de una representación teatral, otras de un conjunto escultórico, o de unas figuritas de porcelana; un personaje muere varias veces en la novela, cada vez de una manera distinta… Sigue leyendo

LOS CULPABLES JUAN VILLORO

145Los culpables

Juan Villoro

Las tijeras estaban sobre la mesa. Tenían un tamaño desmedido. Mi padre las había usado para rebanar pollos. Desde que él murió, Jorge las llevaba a todas partes. Tal vez sea normal que un psicópata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es un psicópata. Tampoco es normal.
Lo encontré en la habitación, encorvado, luchando para sacarse la camiseta. Estábamos a 42 grados. Jorge llevaba una camiseta de tejido burdo, ideal para adherirse como una segunda piel.
-¡Ábrela!-gritó con la cabeza envuelta por la tela. Su mano señalo un punto inexacto que no me costó trabajo adivinar.
Fui por las tijeras y corté la camiseta. Vi el tatuaje en su espalda. Me molestó que las tijeras sirvieran para algo; Jorge volvía útiles las cosas sin sentido; para él, eso significaba tener talento.
Me abrazó como si untarme su sudor fuera un bautizo. Luego me vio con sus ojos hundidos por la droga, el sufrimiento, demasiados videos. Le sobraba energía, algo inconveniente para una tarde de verano en las afueras de Sacramento. En su visita anterior, Jorge pateo el ventilador y le rompió un aspa; ahora, el aparato apenas arrojaba aire y hacía un ruido como de sonaja. Ninguno de los seis hermanos pensó en cambiarlo. La granja estaba en venta. Aún olía a aves; las alambradas conservaban plumas blancas.
Yo había propuesto otro lugar para reunirnos pero él necesitaba algo que llamó “correspondencias”. Ahí vivimos apiñados, leímos la Biblia a la hora de comer, subimos al techo para ver lluvias de estrellas, fuimos azotados con el rastrillo que servía para barrer el excremento de los pollos, soñamos en huir y regresar para incendiar la casa. Sigue leyendo