CUATRO POLÉMICAS LITERARIAS DEL SIGLO xx MOISES SÁNCHEZ FRANCO



UN REPASO DE CUATRO POLÉMICAS LITERARIAS DEL SIGLO XX
IRAS CONTEMPORANEAS

Por Moisés Sánchez Franco

La literatura siempre ha sido un territorio donde los egos y los puntos de vista han colisionado, a veces con humor, a veces con violencia. Es fama el intercambio de pullas entre Quevedo y Góngora, la discusión entre Lope de Vega y Cervantes, así como los debates literarios entre Tolstoi y Gorki, que llevó a este último a escribir un libro parricida, Recuerdos de Tolstoi, Chejov y Andreiev, donde cuestiona la díscola, conservadora, y aristócrata personalidad del autor de Resurrección. Pero en los últimos cuarenta años los debates han continuado: los intelectuales han perdido la compostura, han declarado catilinarias, han escrito libelos y han provocado las pasiones más exaltadas, así como las decepciones más profundas. A continuación presentamos cuatro de las polémicas más saltantes que han alimentado la chismografía literaria.

ARGUEDAS VERSUS CORTÁZAR
Cuando cerraba la década del sesenta, una polémica sacude a la literatura Latinoamericana: el debate entre Arguedas y Cortázar, altercado que bien resume la discusión entre cosmopolitas y telúricos. En su famosa “Carta a Roberto Fernández Retamar”, enviada desde París en mayo de 1968, el argentino Julio Cortázar afirmó que un escritor alejado de su país e instalado en el viejo mundo podía descubrir con efectividad las auténticas raíces de lo latinoamericano. Cortázar renegaba del telurismo afirmando que éste le resultaba “completamente ajeno” y “hasta aldeano”. Estas ideas provocaron la ira de Arguedas que respondió con un adelanto de su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo publicado en la revista Amaru meses después. Allí Arguedas reconoce la aguijoneante genialidad de Cortázar, pero aclara que: “Todos somos provincianos, don Julio. Provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional”. Cuando parecía que la discusión había terminado, un año después, Cortázar replica, esta vez desde la cosmopolita revista Life, diciendo que estaba de acuerdo con aquello que todos éramos provincianos, pero que “existe una diferencia entre ser un provinciano como Lezama Lima, que precisamente sabe más de Ulises que la misma Penélope, y los provincianos de obediencia folklórica para quienes la música de este mundo empieza y termina en las cinco notas de una quena”. Como era de esperarse estas declaraciones causaron en Arguedas una profunda molestia, la cual volcó en su artículo “Un inevitable comentario a unas ideas de Julio Cortázar” publicado en El Comercio en junio de 1969. Allí el escritor peruano aclara que las quenas modernas tienen más de cinco notas y que para recordarle ese detalle a Cortázar le ha dedicado un jaylli quechua. Años después, en el Tercer diario, publicado en El zorro de arriba y el zorro de abajo, Arguedas aseguró que don Julio quiso ningunearlo. Con ánimo de revancha, el autor de Yawar fiesta, en una fina humorada helenística, retrata a Cortázar como un ser ridículamente mitológico, que “cabalga en flamígera fama como sobre un gran centauro rosado”.

VARGAS LLOSA VERSUS GRASS
En 1985, en la reunión del PEN club en Nueva York, Mario Vargas Llosa sugirió que los intelectuales latinoamericanos muchas veces se convierten en aliados ideológicos de los tiranos de izquierda, de aquellos enemigos de la democracia. Sin remilgos llamó a García Márquez “cortesano” de Fidel Castro. Estas declaraciones enfadaron al novelista alemán Günter Grass, quien, enterado de lo sucedido, no dudó en exhortar a Vargas Llosa a que se desdijera, pues no aceptaba aquello de escritor cortesano para denominar a García Márquez, ni tampoco toleraba sus críticas a los intelectuales de izquierda (a quienes sí consideraba democráticos) ni a los gobiernos comunistas latinoamericanos, que representaban para él verdaderos paraísos culturales. Entonces Vargas Llosa declaró que no entendía como alguien que rechazaba la existencia de gobiernos comunistas en Europa veía con buenos ojos los sistemas totalitarios de izquierda en Latinoamérica. Como el cruce de palabras llenó varias portadas de diarios europeos, la Universidad Menéndez y Pelayo de Barcelona invitó a ambos escritores a un debate público. Vargas Llosa se mostró predispuesto a conversar, pero Grass rechazó la invitación. Todo parecía haber terminado. No obstante, el autor alemán arremetió nuevamente, esta vez ante un ausente Vargas Llosa, en una sesión de la reunión del Pen club llevada a cabo en Hamburgo, en 1986. Allí Grass volvió a conminar a Vargas Llosa para que retirada sus declaraciones, so pena de declararlo “interlocutor inválido”. El escritor peruano se defendió de ese ataque artero mediante la “Carta a Günter Grass”, donde cuestiona el ‘curioso’ estilo del alemán para polemizar con un contrincante ausente y afirma que el autor de El tambor de hojalata desconoce la política latinoamericana. Además acusa al autor germano de no manejar un concepto adecuado de democracia y confiesa la decepción que lo embarga al descubrir el verdadero rostro político de su colega teutón. Concluye diciéndole que esta polémica dificultará “la posibilidad de que alguna vez sean amigos”. Una anécdota reciente nos permite ver que la herida sigue abierta. En el 2006, el escritor ario publicó sus memorias tituladas Pelando la cebolla, donde confesó que a los 17 años había formado parte de la milicia nazi. La declaración, como era de esperarse, causó gran revuelo. Entre los opinantes estuvo Vargas Llosa, quien afirmó que “Grass era menos perfecto de lo que muchos nos han hecho creer”.

TABUCCHI VERSUS ECO
En 1997, la policía italiana descubrió que un grupo de jóvenes acomodados se divertía provocando accidentes al lanzar piedras a la autopista desde lo alto de un puente. Este hecho singular despertó la opinión de diversos intelectuales italianos. Harto de la cháchara, Umberto Eco escribió un artículo titulado: “El primer deber de los intelectuales: permanecer callados cuando no sirven para nada”. El autor de El nombre de la rosa postulaba que “los intelectuales solo son útiles a largo plazo”, pues sus opiniones no pueden cambiar la mentalidad de las autoridades, aunque sí pueden influir en el pensamiento de los poderosos venideros. Eco aseguraba que, en el momento que ocurren los problemas, los intelectuales tienen poco qué decir y “pedir su palabra alada es tan inútil como reclamarle a Platón un remedio contra la gastritis”. Esta postura pasiva y conservadora provocó la reacción de otro gran escritor italiano, Antonio Tabucchi, quien respondió a Eco con un libro mordaz: La gastritis de Platón. En él, mediante una carta abierta a Adriano Sofri, un intelectual italiano de izquierda condenado injustamente a la cárcel, defiende la participación activa del escritor en los fenómenos sociales. Para Tabucchi, Eco aún tiene en la mente la idea del escritor excéntrico y díscolo y descuida a aquel otro escritor comprometido y activista, como Sofri, que busca cambiar la suerte de la sociedad, que defiende la multiplicidad de perspectivas sobre un mismo asunto y que reclama, con valor e insistencia, que los escritores no sean simples figuras ornamentales.

THEROUX VERSUS NAIPAUL
Hace algunas décadas, en una universidad de Kenya, el joven norteamericano y aspirante escritor Paul Theroux conoció al ya literato y elocuente V. S. Naipaul. El americano no tardó en considerar al inglés como su modelo y mentor. Para conocerlo más, el autor de La costa de los mosquitos no dudó en ser su chofer e incluso en convertirse en el hombre que le hacia los mandados. Naipaul en compensación le instruía sobre cómo convertirse en un genio de la literatura. Desde sus primeras publicaciones, Theroux le regalaba constantemente sus libros autografiados a su maestro; Naipaul los recibía con agrado y prometía conservarlos. Con el paso de los años, Theroux notó que sus triunfos no eran bien observados por su maestro. Mucho tiempo después, cuando ya era un escritor consolidado, el escritor norteamericano sufrió una grave decepción: encontró todos los libros que había escrito y le había regalado a su maestro de remate en una librería on line. Este suceso generó la ira de Theroux, quien despotricó contra su otrora mentor en La sombra de Naipaul (1998). Con humor y apelando a la infidencia, el escritor americano narra como Naipaul intentó vanamente suicidarse con gas poco antes de publicar su primer libro. No duda en describir a su ex amigo como un esposo cruel y machista, además de perfilarlo como un intelectual que subestimaba la producción literaria africana, al punto de llegar a emitir afirmaciones racistas. El autor de Chicas que juegan asevera que Naipaul, durante su permanencia en Kenya, declaró que cuando los blancos se fueran del continente, África sucumbiría en la más catastrófica barbarie.

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