PAUL AUSTER COLECCION DE CUENTOS REALES


ABRIL DE 2002

Creía que mi padre era Dios

por Paul Auster & V V. A A.

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El más reciente proyecto de Auster consiste en la reunión de una antología de cuentos reales, enviados por su público radiofónico bajo la premisa de que no hay mejor fabulador que la realidad. Ofrecemos una selección de Creía que mi padre era Dios, libro que Anagrama publicará en breve.

Savenay
Durante la Primera Guerra Mundial mi padre estuvo estacionado con el ejército norteamericano en Savenay, una pequeña ciudad del oeste de Francia. Hace pocos años visité Savenay llevando conmigo algunas fotografías que mi padre había sacado allí. Una de ellas mostraba a mi padre acompañado de dos chicas jóvenes en un ca-
mino rural. Había una casita al fondo. Siguiendo el camino, no lejos de Savenay, encontré aquella casa, una pequeña cabaña de ladrillo, rodeada por un murete de piedra. Crucé la verja y llamé a la puerta. Una anciana asomó la cabeza por la ventana del piso superior y me preguntó qué deseaba. Le mostré la fotografía y le pregunté en mi mejor francés si la reconocía. Desapareció dentro de la casa y después de una larga discusión en el interior con otra mujer, me abrió la puerta. La anciana me preguntó de dónde había salido aquella foto. Le dije que era de mi padre y que creía que la había tomado desde el camino frente a aquella casa. Sí, por supuesto, me dijo. La fotografía había sido tomada desde el camino y ella y su hermana mayor (la otra mujer que estaba dentro de la casa) eran las dos chicas que aparecían en la imagen. La anciana me dijo que su hermana recordaba el día en que se hizo la foto. Dos soldados pasaban por el camino y se habían acercado para pedir agua. Yo le dije que uno de aquellos soldados era mi padre (o mejor, que se convirtió en mi padre muchos años más tarde). Desgraciadamente, dijo la anciana, su madre no había permitido que les dieran agua a los soldados. Me dijo que su hermana lo había sentido mucho. Le agradecí su amabilidad y me di la vuelta para marcharme. Un instante después la mujer me llamó y dijo: “Mi hermana quiere saber si no querría usted un poco de agua.” –— Harold Tapper,
Key Colony Beach, FloridaSuspendido debido a la lluvia
La última vez que fui al Estadio Tiger (conocido entonces como el Estadio Briggs) tenía ocho años. Mi padre regresó de trabajar y dijo que me iba a llevar al partido. Él era un fanático del béisbol y ya habíamos ido juntos a muchos partidos, pero aquél iba a ser el primer partido nocturno al que yo asistiría.
     Llegamos con la suficiente antelación como para aparcar en la Avenida Michigan sin tener que pagar. En la segunda manga empezó a llover, y al poco rato la lluvia se convirtió en chaparrón. Transcurridos veinte minutos, anunciaron por los altavoces que el partido quedaba suspendido debido a la lluvia.
     Anduvimos debajo de las gradas durante casi una hora esperando que amainase un poco. Cuando ya no vendían más cerveza, mi padre dijo que tendríamos que echar una carrera hasta el coche.
     Teníamos un sedán negro de 1948 cuya puerta del lado del conductor estaba rota y sólo podía abrirse desde dentro. Llegamos a la puerta del lado del acompañante chapoteando y empapados de pies a cabeza. Mientras mi padre buscaba la cerradura medio a tientas, las llaves se le resbalaron de la mano y cayeron dentro de la alcantarilla. Cuando se agachó para rescatarlas de la corriente de agua, golpeó la manija de la puerta con su sombrero de fieltro marrón y éste salió volando. Tuve que correr media manzana para atraparlo y luego regresé a toda velocidad al coche.
     Mi padre ya estaba sentado al volante. Yo me metí dentro de un salto, me dejé caer en el asiento del acompañante y le entregué su sombrero, que a aquellas alturas parecía un trapo mojado. Lo observé durante unos segundos y luego se lo puso. El sombrero soltó un chorro de agua que le salpicó los hombros y las piernas y después empapó el volante y el salpicadero del coche. Mi padre soltó un fuerte rugido. Yo me asusté porque creí que aullaba de furia. Cuando me di cuenta de que estaba riéndose, me sumé a él, y durante un rato nos quedamos allí dentro, riéndonos juntos de un modo casi histérico. Nunca le había oído reírse así y nunca más volví a hacerlo. Era como una explosión salvaje que procedía de lo más profundo de su ser, una fuerza que siempre había estado reprimida.
     Muchos años después, cuando le hablé de esa noche y de cómo recordaba aquella risa suya, él insistió en que aquello no había sucedido jamás. –— Stan Benkoski
Sunnyvale, California     Buenas noches
     Era una de esas maravillosas noches de verano en las que los niños ruegan a los padres que les dejen quedarse fuera un poquito más y nosotros, recordando nuestra propia infancia, cedemos ante el ruego. Pero incluso esos momentos tan idílicos llegan a su fin y, entonces, mandamos a los pequeños a la cama.
     Estábamos sentados en el pequeño patio que quedaba justo detrás de nuestro dormitorio, disfrutando del silencio y de una cálida tranquilidad. Fue entonces cuando oímos la música. Las notas inauditas, al principio inseguras, preparatorias, de una trompeta. Después, con más aplomo, el sonido se convirtió en una melodía dulce y sentimental, una interpretación apasionada, al tiempo que muy bien ejecutada.
     Nuestra casa ocupaba una pequeña parcela situada a cierta distancia de la calle que, en realidad, no era más que un sendero estrecho y corto. Al otro lado había otros dos terrenos, todavía vacíos, junto a uno mayor, propiedad de nuestro vecino, y a una gran extensión de nogales. Levantamos la mirada hacia la casa de donde procedía la música, que estaba en la colina justo por encima de nosotros, y escuchamos extrañados.
     Era una casa antigua, de dos plantas, tal vez la primera construida en la zona, que estaba oculta entre los árboles. Nunca habíamos entrado en ella pero nuestros hijos sí, igual que habían venido varias veces a nuestra casa los cinco niños que vivían allí. Sus edades estaban intercaladas entre las de nuestros tres hijos. El mayor, un chico de doce años, era el de más edad entre la comunidad infantil que vivía y jugaba en aquel vecindario, protegido y definido por el sendero y las cercanas colinas cubiertas de robles que se levantaban hacia el oeste. La única niña era la líder entre las demás del barrio, además de femenina y atrevida a la vez, y siempre estaba llena de ideas. Todos los hermanos eran muy educados, disciplinados y tenían muy buen carácter.
     A los padres no les conocíamos bien. El padre era representante de comercio y viajaba mucho; las pocas veces que coincidimos parecía un hombre callado y afable, aunque distante. La madre, cuyo suave acento sureño delataba sus orígenes familiares, era una mujer amable, siempre cortés, aunque reservada.
     Cuando oímos aquellas primeras notas inseguras, pensamos que alguno de los chicos había cogido el instrumento, pero, casi de inmediato, quedó claro que aquel intérprete era mayor y experimentado. Era una música del pasado, profunda y conmovedora, fruto de un talento y de una pasión que jamás habíamos sospechado. Hermosa aunque breve, la música se extinguió pronto. Poco después apagamos las luces de nuestra casa y nos fuimos a la cama. Nos quedamos dormidos en medio del silencio de aquella apacible noche.
     Pero aquel silencio se vio pronto interrumpido. Antes del amanecer nos despertó el sonido de unas sirenas muy cerca de nuestra casa y el destello de unas luces rojas y blancas que se reflejaban intermitentemente en el empapelado con dibujo de hojas de nuestras paredes. Sonidos apagados, más sirenas. Después, otra vez, el silencio.
     A la mañana siguiente nos enteramos de lo que había pasado. Los niños fueron los primeros. Nuestro vecino, el responsable de aquella inesperada serenata, había sufrido un infarto durante la noche y había fallecido.— Ellise Rossen
Mt. Shasta, California     Danny Kowalski
     En 1952 mi padre dejó su empleo en la Ford para trasladarnos a Idaho y abrir allí su propia empresa. Sin embargo, contrajo la polio y tuvo que estar seis meses en un pulmón de acero. Después de otros tres años de tratamiento médico, nos mudamos a la ciudad de Nueva York, donde mi padre consiguió, por fin, un trabajo como vendedor en la compañía automovilística inglesa Jaguar.
     Una de las ventajas del nuevo trabajo era que le daban un coche. Era un Jaguar Mark ix en dos tonalidades de gris, el último de los modelos redondeados y elegantes. Era uno de esos coches que parecían salidos del garaje de una estrella de cine.
     Yo estaba matriculado en el San Juan Evangelista, un colegio religioso del East Side, que tenía un patio de recreo asfaltado y estaba separado de la calle por una alta valla metálica.
     Todas las mañanas, antes de ir a trabajar, mi padre me llevaba al colegio en su Jaguar. Hijo de un herrero de Parson, Kansas, estaba orgulloso de su coche y creía que yo estaría igualmente orgulloso de que me llevase en él al colegio. A él le encantaba aquel tapizado de piel auténtica y las mesitas de nogal empotradas en los respaldos de los asientos delanteros, sobre las que podía acabar de hacer mis deberes.
     Pero a mí el coche me daba vergüenza. Después de tantos años de enfermedad y de deudas, era muy probable que no tuviésemos más dinero que cualquiera de los otros niños de la clase trabajadora de origen irlandés, italiano o polaco que iban al colegio. Pero teníamos un Jaguar, y, por lo tanto, bien podríamos haber sido de la familia Rockefeller.
     El coche me distanciaba de los otros chicos, y especialmente de Danny Kowalski. Danny era lo que, en aquella época, llamaban un delincuente juvenil. Era delgado y tenía un pelo rubio y abundante que se peinaba con gomina y fijador formando un tupé como un tsunami. Llevaba unas botas puntiagudas y relucientes, que solíamos llamar “trepadoras puertorriqueñas de alambradas”, el cuello de la chaqueta siempre levantado y el labio superior curvado en una estudiada mueca de desprecio. Se rumoreaba que tenía una navaja automática, quizá incluso una pistola de fabricación casera.
     Todas las mañanas Danny Kowalski me esperaba en el mismo lugar junto a la alambrada del colegio y me miraba bajar de mi Jaguar gris de dos tonalidades y entrar en el patio del colegio. Nunca dijo una sola palabra, sólo me observaba fijamente con una mirada despiadada y furiosa. Yo sabía que él odiaba aquel coche y que me odiaba a mí y que algún día me iba a dar una paliza por ello.
     Dos meses después murió mi padre. Por supuesto que nos quedamos sin el coche y enseguida tuve que mudarme a vivir con mi abuela a Nueva Jersey. La señora Ritchfield, una anciana vecina nuestra, se ofreció a acompañarme al colegio el día siguiente al funeral.
     Aquella mañana, cuando nos acercábamos al colegio, vi a Danny junto a la valla metálica, en el mismo sitio de siempre, con el cuello de la chaqueta levantado, el pelo perfectamente peinado y las botas bien afiladas. Pero esa vez, al pasar a su lado en compañía de aquella frágil viejecita y sin ningún coche elitista inglés a la vista, sentí como si el muro que nos separaba se desplomase. Ahora era más parecido a Danny, más parecido a sus amigos. Por fin éramos iguales.
     Aliviado, entré en el patio del colegio. Y ésa fue la mañana en la que Danny Kowalski me dio una paliza.— Charlie Peters
Santa Mónica, California     Una lección no aprendida
     Yo lo perdía todo. Mejor dicho, lo perdía o lo destrozaba. Joyas, muñecas, juegos. Todo lo que llegaba a mis manos lo masticaba, lo destrozaba hasta hacerlo irreconocible o lo enviaba a una muerte prematura. Comía papel, y una vez me zampé un libro entero. Al Pobre George, el niño curioso no le duró mucho la curiosidad a mi lado. Fue engullido. Mamá y papá decían que yo representaba un “desastre inmediato” para los objetos. Y, debido a mi torpeza, durante las cenas siempre me sentaban junto a los invitados que sabían que no volverían a visitarnos.
     Un día, cuando estaba en segundo de primaria, volví a casa después de clase y mi madre me miró sorprendida, nada más entrar por la puerta. “Carol”, comenzó diciendo con tono tranquilo pero con una expresión de incredulidad en el rostro, “¿dónde está tu vestido?” Miré hacia abajo y vi mis zapatos con hebilla, mis leotardos blancos, desgarrados a la altura de las rodillas, y mi camisa de algodón de cuello vuelto blanca (aunque sucia). No me había dado cuenta de que no llevaba toda mi ropa hasta que mi madre me lo hizo notar. Yo estaba tan sorprendida como ella, puesto que las dos recordábamos que llevaba puesto el uniforme por la mañana. Mi madre y yo cruzamos la calle y fuimos hasta el colegio, buscamos en las aceras y por todo el patio y en las aulas, pero no encontramos ningún vestido de cuadros escoceses.
     Al invierno siguiente mis padres me compraron un abrigo marrón de piel sintética y un sombrero a juego. Me encantaban mi abrigo y mi sombrero nuevos y me sentía como una chica mayor porque no llevaba mitones a juego colgados de las mangas. Hubiesen preferido comprarme un abrigo con capucha porque me conocían de sobra, pero yo les rogué que no lo hicieran y prometí que tendría cuidado de no perder el sombrero. Lo que me gustaba de él eran los grandes pompones de piel que tenía en los extremos de los lazos.
     Un día, al regresar del trabajo, mi padre me llamó para que bajase de mi dormitorio. Se agachó a mi altura, me abrazó y me pidió que me pusiese mi abrigo y mi sombrero nuevos para verme con ellos. Subí la escalera a toda velocidad, saltando los escalones de dos en dos, entusiasmada con la idea de hacer un pase de modelos para mi padre. Me puse el abrigo rápidamente pero no encontré el sombrero. Miré, nerviosa, debajo de la cama y en el armario pero no lo encontré por ningún lado. Tal vez no se diera cuenta de que no lo llevaba puesto.
     Bajé volando la escalera y di giros como si estuviese sobre una pasarela, posando y sonriendo, desfilando con mi abrigo nuevo para mi padre, que me miraba con atención y me decía lo guapa que estaba. Pero entonces me dijo que quería que también me pusiese el sombrero. “No, papá, sólo quiero enseñarte el abrigo. ¡Tú fíjate cómo me queda!”, dije mientras seguía contoneándome por el vestíbulo e intentaba evitar el tema del sombrero perdido. Yo sabía que aquel sombrero había pasado a la historia. Él se reía y yo me creí adorable y querida porque estaba jugando y riéndose conmigo. Volvió a sacar el tema del sombrero un par de veces más y entonces, sin dejar de reírse, me abofeteó. Me dio una bofetada fuerte en toda la cara y yo no entendía por qué. Al oír el sonido seco de la mano sobre mi cara, mi madre gritó: “¡Mike! Pero, ¿qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo?” Mi madre estaba atónita y apenas podía hablar. La furia de mi padre nos había herido a ambas. Yo seguía allí de pie, llevándome la mano a mi ardiente mejilla y llorando. Entonces mi padre sacó mi sombrero nuevo del bolsillo de su abrigo. Lo había encontrado tirado en la calle y, mirándome por encima de sus gafas, me dijo: “Tal vez ahora aprendas a no ser tan descuidada y a no perder las cosas.”
     Ahora soy una mujer y sigo perdiendo cosas. Sigo siendo descuidada. Pero lo que mi padre me enseñó aquel día no fue una lección de responsabilidad. Lo que aprendí fue a no confiar en su risa. Porque hasta su risa podía hacer daño. –— Carol Sherman-Jones
Covington, Kentucky— Traducción de Cecilia Ceriani

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2 comentarios

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