LA HORMIGA AGUSTINA MARÍA INÉS FALCONI

Agustina vivía en una terraza de baldosas coloradas y paredes grises. A la vuelta del jazmín, entre los ladrillos, estaba su hormiguero.

 Todas las mañanas, un tren negro de hormigas salía de la pared, rapidito, rapidito. Y todas las tardes un tren negro de hormigas cargadas de hojas, volvía a la pared, despacito, despacito. Todos los días igual, todos los días caminando.

 hormi2Cuando había mucho sol, las baldosas coloradas quemaban las patitas. Todos los días igual, cuando iban caminando.

 Tenían que dar largas vueltas buscando la sombra de las plantas, o el bordecito de la pared. Y se cansaban mucho, todos los días igual, de tanto caminar.

 Cortaban hojitas y las repartían, se las ponían al hombro y volvían al hormiguero. Todos los días igual, muy cargadas. Todos los días caminando, muy despacio. Sigue leyendo

LA BOCA MUDA FRANCISCO HINOJOSA

La muda boca
por Francisco Hinojosa

bocolesCreía que la Sorbona no era para mí (“Te menosprecias”, me atacó Lucila, que en ese entonces era mi novia: colombiana, veterinaria). Tanto me insistieron mis padres (“Ni siquiera hablo francés”, les dije) y tanto se empeñó mi tío Simón al proponerse como tutor (“Podrías gastar tu dinero en otras cosas”, le aseguré), que no tuve alternativa: viajé a París, me inscribí en la carrera de Letras Clásicas y me puse a cursar las materias indicadas por los planes de estudio.
En realidad yo quería ser político: ganar posiciones poco a poco, como debe ser, llegar a un cargo directivo de prestigio, al menos. Ser ministro, incluso. Presidente de mi partido.
No sabía qué tenía que ver la literatura clásica en esas mis honradas aspiraciones (“Al andar se hace camino”, me indicó mi madre). No sabía tampoco por qué esos estudios en París, y no en Paraguay o Croacia, por ejemplo, tendrían más sentido para mi futuro como político (“La Sorbona es la Sorbona”, me explicó mi padre, abogado de profesión, historiador por gusto, educado en Oxford). Sigue leyendo