LA HORMIGA AGUSTINA MARÍA INÉS FALCONI


Agustina vivía en una terraza de baldosas coloradas y paredes grises. A la vuelta del jazmín, entre los ladrillos, estaba su hormiguero.

 Todas las mañanas, un tren negro de hormigas salía de la pared, rapidito, rapidito. Y todas las tardes un tren negro de hormigas cargadas de hojas, volvía a la pared, despacito, despacito. Todos los días igual, todos los días caminando.

 hormi2Cuando había mucho sol, las baldosas coloradas quemaban las patitas. Todos los días igual, cuando iban caminando.

 Tenían que dar largas vueltas buscando la sombra de las plantas, o el bordecito de la pared. Y se cansaban mucho, todos los días igual, de tanto caminar.

 Cortaban hojitas y las repartían, se las ponían al hombro y volvían al hormiguero. Todos los días igual, muy cargadas. Todos los días caminando, muy despacio.

 

Cuando el olor a jazmín empezaba a hacerle cosquillas en la nariz, Agustina sabía que estaba por llegar. Y entonces se apuraba para poder dejar su hoja y salir a jugar.

 

Se subía por la pared, hacía equilibrio por la soga, se agarraba fuerte de un broche, y cuando soplaba el viento… ¡Fiummmmm! se deslizaba por las sábanas, por las camisas o por los pijamas colgados al sol.

 

Hamacándose en la ropa que estaba tendida, Agustina jugaba a volar.

 

Era un juego muy riesgoso: había que saber frenar a tiempo para no caerse al suelo, o para no terminar adentro de un bolsillo. Pero Agustina había practicado mucho, y ya no le daba miedo como al principio. Podía quedarse ahí… sostenida por tres patas a una sábana con olorcito a jabón, que a veces era su paracaídas, a veces sus alas, y a veces una nube blanca. El viento la hamacaba, y ella cerraba los ojos para sentir que estaba volando.

 

-¿Qué vas a ser cuando seas grande? -le preguntaban las hormigas mayores.

 

-Una hormiga voladora -contestaba Agustina.

 

Y todas se reían, y se iban diciendo que Agustina estaba un poco loca, o que sus juegos por las sábanas la habían mareado. Porque una hormiga no puede volar. A nadie se le había ocurrido nunca una idea tan descabellada.

Pero a Agustina no le gustaba su vida de hormiga, todos los días igual, todos los días caminando. Ella quería volar. Y como en el hormiguero nadie le podía enseñar, fue a pedirle ayuda a la Mariposa naranja.

 

La espero en la maceta de los copetes. La mariposa llegó, como todos los días, justo cuando el sol estaba arriba de la chimenea. Venía muy coqueta, agitando sus alas.

 

-Mariposa… -la llamó Agustina, con tanta vergüenza, que apenas si se la oía-. ¿Me podrías decir cómo tengo que hacer para volar?

-Sólo tenés que mover las alas, tonta. -Le contestó la Mariposa sin detenerse.

 

-Pero yo no tengo alas, ese es el problema. -dijo Agustina un poco triste y un poco enojada, porque la Mariposa no se había dado cuenta.

 

-¡Ah!… entonces no sé… Yo nací con alas y solo sé volar con ellas.

 

-¿Y no me las podrías prestar por un ratito?

 

-¡De ninguna manera! No me las puedo sacar. Pero si querés, te puedo dar un poco de polvito naranja que tienen… A lo mejor eso te ayuda.

 

La Mariposa sacudió sobre ella  sus alas, y Agustina, la hormiga naranja, empezó a correr, loca de alegría, más, más, y más ligero, cerrando los ojos, y pensando que en cualquier momento levantaría vuelo. Pero no voló. Cuando levantaba tres patitas, tenía que apoyar las otras tres para no caerse.

 

Y tuvo que volver al hormiguero caminando, cansada y anaranjada, como una hormiga en carnaval, a pedirle a las hormigas que la ayudaran a sacudirse el polvo de la espalda.

 

Al día siguiente, Agustina intentó suerte con la abeja. La esperó en la maceta de las caléndulas a la hora de la siesta. La abeja llegó haciendo ¡Zzzzzzmmmm! ¡Zzzzzzmmmm!, y se paró en una flor.

 

-Abeja…-llamó Agustina- ¿Me podrías decir cómo tengo que hacer para volar?

 

-Sólo tenés que mover las alas, tonta- le contestó la abeja.

 

-Pero yo no tengo alas, ese es el problema- dijo Agustina.-

 

-¡Ah!…entonces no sé…Yo nací con alas, y solo sé volar con ellas.

 

-¿Y no me las podés prestar por un ratito?

 

-¡De ninguna manera! No me las puedo sacar. Pero si querés, te puedo dar un poquito de miel para pegarte unas alas postizas.

 

La abeja dejó caer gotitas de miel en la espalda de la hormiga, y Agustina se pegó unas alas de pétalos de rosa. Después empezó a correr, loca de alegría, más, más, y más ligero, pensando que en cualquier momento levantaría vuelo. Pero no voló. Cuando levantaba tres patitas, tenía que apoyar las otras tres para no caerse.

 

Y tuvo que volver al hormiguero caminando, cansada y pegoteada, como un caramelo derretido, a pedirle a las hormigas que la ayudaran a limpiarse la miel.

 

Lo mismo le pasó con el bichito de luz, que le regaló un farolito, que aunque no la ayudó, a volar fue muy útil adentro del hormiguero, y con la vaquita de San Antonio que le regaló un lunar que tampoco sirvió para nada.

 

Agustina estaba triste. Nadie podía ayudarla, y a ella no se le ocurría nada. Todo el día pensaba y miraba el cielo, miraba el cielo y pensaba.

Las hormigas empezaron a enojarse con Agustina, porque se distraía, y hacía mal su trabajo.

 

A veces se chocaba con la hormiga de adelante, o se equivocaba el camino, o se tropezaba y se caía la hoja… todo, por ir mirando para arriba.

 

Uno de esos días hubo una tormenta muy fuerte. Todas las hormigas corrieron al hormiguero, pero Agustina no. Se quedó ahí, sentada bajo el jazmín, mirando hacia arriba y pensando, como siempre.

 

Veía el cielo cada vez más negro y los remolinos de hojas que el viento no dejaba quietos.

 

Los vio levantarse y bajar, volar por arriba de la chimenea, ir a la calle y volver… Y Agustina no pensó más.

 

Corrió tan rápido, como sus patitas le permitían, que era muy rápido porque tenía seis, y se subió a la primera hoja que encontró, Se agarró muy fuerte para no caerse, cosa que sabía hacer muy bien, de tanto hamacarse en la ropa, y esperó, con los ojos cerrados, una ráfaga de viento.

 

De pronto sintió que se tambaleaba, y una cosquillita rara le picó la panza. Le pareció que iba e iba hacia adelante… hacia arriba… que daba vueltas, que bajaba, que planeaba y avanzaba a toda velocidad. Entonces, se animó a abrir los ojos. ¡¡¡Estaba volando!!!

 

Su terraza estaba lejos, aunque todavía podía ver el jazmín, pero había otras terrazas, con otras plantas que ella no conocía, y hasta un lugar todo planta, que resultó ser una plaza.

 

Voló, y voló, y voló, hasta que el viento la llevó otra vez a su terraza.

 

Tuvo que agarrarse fuerte del jazmín, para poder frenar. Bajó de la hoja y la ató a la pata de la maceta, para que no se volara sin ella. Después se fue a dormir, sin contarle a nadie su secreto: esa tarde, había logrado volar.

 

Al día siguiente, Agustina hizo su trabajo más rápido y mejor que ninguna. Las hormigas no sabían que le había pasado, pero creyeron que finalmente había entrado en razones, y se había convencido de que una hormiga no puede volar…

 

¡Casi no pueden creerlo cuando, a la hora de jugar, la vieron subir a su hoja y salir volando por el aire!

 

Las hormigas la miraban desde abajo con la boca abierta, y Agustina las saludaba desde arriba, muerta de risa.

 

Agustina fue, así, una hormiga voladora. Tenía su hoja estacionada en la puerta del hormiguero y todas las tardes salía a dar una vueltita. A veces, el viento la llevaba a otras terrazas, entonces aprovechaba a juntar hojitas que sus amigas no conocían y se las traía de regalo.

 

Al principio volaba sin rumbo, a donde el viento la empujara, pero después aprendió a manejar su hoja y a ir y volver como tuviera ganas. Y hasta alguna vez llevó a volar a alguna hormiga curiosa, que estaba cansada de ir todos los días igual, todos los días caminando.

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