CINCO BREVEDADES DE IVAN TURGUNIÉV


EL GORRIÓN

Yo regresaba de la caza e iba por la alameda del jardín. El perro corría delante de mí.De pronto, aminoró sus pasos y empezó a caminar con cautela, como si olfateara un animal delante de sí.Yo miré a lo largo de la alameda y vi un gorrión joven, amarillo alrededor del pico y con pelusa en la cabeza. Se había

caído del nido (el viento mecía con fuerza los abedules de la alameda) y yacía inmóvil, indefenso, abriendo apenas sus alitas nacientes.
Mi perro se acercaba a él con lentitud, cuando de pronto, tirándose desde un árbol cercano, un gorrión viejo, de pecho negro, cayó como una piedra ante su mismo hocico y, todo erizado, alterado, con un piar desolado y lastimero, saltó unas dos veces en dirección a las fauces abiertas, dentudas.
Él se lanzaba a salvar, a cubrir consigo a su criatura… pero todo su cuerpo pequeño temblaba de terror, su vocecita se hacía salvaje y ronca, ¡se sacrificaba!
¡Qué monstruo inmenso debía parecerle el perro! Y de todas formas no pudo seguir posado en su rama alta, segura… Una fuerza más fuerte que su voluntad lo había arrojado desde allí.
Mi Tresor se detuvo, reculó… Se veía que él también reconocía esa fuerza.
Me apresuré a llamar al perro turbado, y me alejé con veneración.
Sí, no se rían. Yo veneré a ese pequeño pájaro heroico, su ímpetu amoroso.
El amor, pensé, es más fuerte que la muerte y el miedo a la muerte. Sólo por él, sólo por el amor, se sostiene y mueve la vida.

 DOS

CUÉLGENLO

-Esto ocurrió en 1805 -empezó mi viejo conocido, -no mucho antes de Austerlitz. El regimiento, en que yo servía de oficial, estaba en los cuarteles de Moravia.
Teníamos estrictamente prohibido molestar y cohibir a los habitantes, éstos ya así nos miraban de soslayo, aunque nosotros nos considerábamos aliados.
Yo tenía un ordenanza, un antiguo siervo de mi madre, de nombre Yegór. Era un hombre honrado y pacífico, lo conocía desde la infancia y lo trataba como a un amigo.
Una vez, en la casa donde yo vivía, se alzaron unos gritos blasfemos, unos clamores: a la dueña le habían robado dos gallinas, y ella culpaba de ese robo a mi ordenanza. Él se justificaba, me llamaba de testigo… -¡Él se iba a poner a robar, él, Yegór Avtamónov! Yo le aseguré a la dueña la honradez de Yegór, pero ella no quería escuchar nada.
De pronto, a lo largo de la calle, resonó un unánime trote de caballos: eso el mismo comandante principal pasaba con su estado mayor.
Éste iba al paso, gordo, adiposo, con la cabeza abatida y las charreteras colgándole sobre el pecho.
La dueña lo vio y, tras lanzarse ante su caballo, cayó de rodillas, y toda descosida, con el cabello suelto, empezó a quejarse en voz alta de mi ordenanza, lo señalaba con la mano.
-¡Señor general -gritaba, -su eminencia! ¡Juzgue! ¡Ayúdeme! ¡Sálveme! ¡Este soldado me despojó!
Yegór estaba en el umbral de la casa, estirado como un huso, con el gorro en la mano, incluso sacó el pecho y movió los pies como un centinela, ¡y siquiera una palabra! ¿Lo perturbó acaso todo ese generalato, detenido en medio de la calle, se petrificó acaso ante la desgracia que sobrevenía?; mi Yegór sólo estaba parado y parpadeaba, ¡y él mismo blanco, como la arcilla!
El comandante principal le lanzó una mirada distraída y sombría, y mugió con enojo:
-¿Y?..
¡Yegór estaba parado como una estatua y mostraba los dientes! Si mirabas de costado: como que se reía el hombre.
Entonces el comandante principal pronunció de modo entrecortado:
-¡Cuélguenlo! -empujó al caballo por el ijar y siguió adelante, al principio al paso de nuevo, y después al trote ligero. Todo el estado mayor corrió tras él, sólo un ayudante, volteado en su montura, miró a Yegór de pasada.
Desobedecer era imposible… A Yegór lo atraparon al instante y lo llevaron a la ejecución.
Ahí él se murió de miedo por completo, y sólo unas dos veces exclamó con trabajo:
-¡Padrecito, padrecito! -y después a media voz: -¡Dios ve, no fui yo!
Rompió a llorar con amargura, al despedirse de mí. Yo estaba desolado.
-¡Yegór, Yegór! -gritaba yo, -¡cómo pues, tú no le dijiste nada al general!
-Dios ve, no fui yo, -repetía llorando, el pobre.
La misma dueña se horrorizó. Ella no esperaba de ningún modo tal decisión terrible, ¡y por su parte se deshizo en llanto! Empezó a suplicar a todos por clemencia, aseguró que habían hallado sus gallinas, que ella misma estaba dispuesta a explicarlo todo…
Por supuesto, todo eso no sirvió de nada. ¡Las reglas militares, señor! ¡La disciplina! La dueña lloraba más y más fuerte.
Yegór, a quien el sacerdote ya había confesado y comulgado, se dirigió a mí:
-Dígale a ella, su excelencia, que no se mate… Pues yo la perdono.
Mi conocido repitió esas últimas palabras de su sirviente, susurró: “¡Yegórushka, hijito, un justo!”-, y las lágrimas corrieron por sus viejas mejillas.

TRES

EL EGOÍSTA

-Esto ocurrió en 1805 -empezó mi viejo conocido, -no mucho antes de Austerlitz. El regimiento, en que yo servía de oficial, estaba en los cuarteles de Moravia.
Teníamos estrictamente prohibido molestar y cohibir a los habitantes, éstos ya así nos miraban de soslayo, aunque nosotros nos considerábamos aliados.
Yo tenía un ordenanza, un antiguo siervo de mi madre, de nombre Yegór. Era un hombre honrado y pacífico, lo conocía desde la infancia y lo trataba como a un amigo.
Una vez, en la casa donde yo vivía, se alzaron unos gritos blasfemos, unos clamores: a la dueña le habían robado dos gallinas, y ella culpaba de ese robo a mi ordenanza. Él se justificaba, me llamaba de testigo… -¡Él se iba a poner a robar, él, Yegór Avtamónov! Yo le aseguré a la dueña la honradez de Yegór, pero ella no quería escuchar nada.
De pronto, a lo largo de la calle, resonó un unánime trote de caballos: eso el mismo comandante principal pasaba con su estado mayor.
Éste iba al paso, gordo, adiposo, con la cabeza abatida y las charreteras colgándole sobre el pecho.
La dueña lo vio y, tras lanzarse ante su caballo, cayó de rodillas, y toda descosida, con el cabello suelto, empezó a quejarse en voz alta de mi ordenanza, lo señalaba con la mano.
-¡Señor general -gritaba, -su eminencia! ¡Juzgue! ¡Ayúdeme! ¡Sálveme! ¡Este soldado me despojó!
Yegór estaba en el umbral de la casa, estirado como un huso, con el gorro en la mano, incluso sacó el pecho y movió los pies como un centinela, ¡y siquiera una palabra! ¿Lo perturbó acaso todo ese generalato, detenido en medio de la calle, se petrificó acaso ante la desgracia que sobrevenía?; mi Yegór sólo estaba parado y parpadeaba, ¡y él mismo blanco, como la arcilla!
El comandante principal le lanzó una mirada distraída y sombría, y mugió con enojo:
-¿Y?..
¡Yegór estaba parado como una estatua y mostraba los dientes! Si mirabas de costado: como que se reía el hombre.
Entonces el comandante principal pronunció de modo entrecortado:
-¡Cuélguenlo! -empujó al caballo por el ijar y siguió adelante, al principio al paso de nuevo, y después al trote ligero. Todo el estado mayor corrió tras él, sólo un ayudante, volteado en su montura, miró a Yegór de pasada.
Desobedecer era imposible… A Yegór lo atraparon al instante y lo llevaron a la ejecución.
Ahí él se murió de miedo por completo, y sólo unas dos veces exclamó con trabajo:
-¡Padrecito, padrecito! -y después a media voz: -¡Dios ve, no fui yo!
Rompió a llorar con amargura, al despedirse de mí. Yo estaba desolado.
-¡Yegór, Yegór! -gritaba yo, -¡cómo pues, tú no le dijiste nada al general!
-Dios ve, no fui yo, -repetía llorando, el pobre.
La misma dueña se horrorizó. Ella no esperaba de ningún modo tal decisión terrible, ¡y por su parte se deshizo en llanto! Empezó a suplicar a todos por clemencia, aseguró que habían hallado sus gallinas, que ella misma estaba dispuesta a explicarlo todo…
Por supuesto, todo eso no sirvió de nada. ¡Las reglas militares, señor! ¡La disciplina! La dueña lloraba más y más fuerte.
Yegór, a quien el sacerdote ya había confesado y comulgado, se dirigió a mí:
-Dígale a ella, su excelencia, que no se mate… Pues yo la perdono.
Mi conocido repitió esas últimas palabras de su sirviente, susurró: “¡Yegórushka, hijito, un justo!”-, y las lágrimas corrieron por sus viejas mejillas.
CUATRO
EL OBRERO NEGRO Y LA MANO BLANCA

Obrero negro1. ¿Por qué te metes aquí? ¿Qué te hace falta? Tú no eres de los nuestros… ¡Vete de aquí!
Mano blanca2. ¡Yo soy de los vuestros, hermanos!
Obrero negro. ¡Como que no es así! ¡De los nuestros! ¡Qué inventaste! Mira al menos mis manos. ¿Ves qué sucias están? Apestan a estiércol y a alquitrán, y tus manos pues son blancas. ¿Y a qué huelen?
Mano blanca (tendiendo sus manos). Huélelas.
Obrero negro (oliendo las manos). ¿Qué clase de cuento? Como que hieden a hierro.
Mano blanca. A hierro pues. Todo unos seis años llevé grilletes en ellas.
Obrero negro. ¿Y eso por qué pues?
Mano blanca. Y por que yo me preocupé por el bien de ustedes, quería liberarlos a ustedes, los hombres grises, oscuros, me rebelé contra vuestros opresores, me amotiné… Bueno, y me encerraron.
Obrero negro. ¿Te encerraron? ¡Tu gusto pues era amotinarte!
Dos años despuésEl mismo obrero negro (a otro). ¡Oye, Pedro!.. ¿Te acuerdas, el verano antes pasado, un mano blanca platicó contigo?
Otro obrero negro. Recuerdo… ¿y qué?
Primer obrero negro. A él hoy lo van a colgar, ¿oyes?, salió una orden así.
Segundo obrero negro. ¿Siguió amotinándose?
Primer obrero negro. Siguió amotinándose.
Segundo obrero negro. Sí… Bueno, mira qué, hermano Mitriái, ¿no podemos acaso conseguir esa misma cuerda, con la que lo van a colgar?, ¡dicen que eso trae bue-ena suerte para la casa!
Primer obrero negro. Eso tú justamente. Hay que tratar, hermano Pedro.
Abril, 1878.

CINCO

YO AÚN LUCHARÉ

¡Qué pequeñez insustancial puede, a veces, restaurar a toda la persona!
Lleno de reflexión, yo iba una vez por un camino.
Unos presagios penosos me apretaban el pecho, el abatimiento se apoderaba de mí.
Yo levanté la cabeza… Ante mí, entre dos hileras de altos álamos, el camino se iba a la lejanía como una flecha.
Y por éste, por este mismo camino, a diez pasos de mí, toda dorada por el brillante sol de verano, saltaba en fila toda una familia de gorriones, saltaba con viveza, ¡de modo divertido, arrogante!
En particular, uno de ellos gritaba de costado, de costado, sacando el buche y gorjeando de forma insolente, ¡como si el diablo no fuera su hermano1! ¡Un conquistador, y basta!
Y entre tanto, en lo alto del cielo giraba un halcón, que acaso estaba destinado a devorar, precisamente, a ese mismo conquistador.
Yo eché una mirada, me eché a reír, me sacudí, y los pensamientos tristes volaron lejos al instante: sentí arrojo, osadía, deseo de vida.
Y deja que mi halcón gire sobre mí…
-¡Yo aún lucharé, qué diablos!

1Obrero negro (expresión familiar), peón, obrero no especializado.
2Mano blanca (expresión familiar), señorito, aristócrata.

René PortasTraductor literario. Graduado de la Universidad Estatal Lomonósov, Rusia. Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, FONCA

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