PEPINA de RICARDO GARIBAY

Mil novecientos treinta y dos. Una vivienda de tres cuartos, que son las dos recámaras y el comedor. Una zotehuela donde está la cocina, el lavadero, el retrete encajonado y una puerta de tiras de madera que da al patio de la vecindad. La vecindad es larga, y largo el patio de lajas de cantera en medio y arbustos a los lados, que tapan la entrada y las ventanas de las viviendas. Perros, ancianos ociosos, talabarteros, plomeros, carpinteros, morrongos de carnicería, chícharos de peluquería, coimes de billar, zapateros remendones, chiquillería y mujerucas ladradoras.
El día comienza con el amanecer; termina con los estrépitos de los últimos borrachos, cuando Pepina, por fin, atrapa el sueño. Pepina vive con su madre, anciana oracionera, con Rómulo, pequeño, bizco, tonto y pintor, y con Salvador, hermoso, ebanista, agresivo y borracho. Salvador llega de madrugada, y mucho antes, hacia las siete de la noche, ya oscuro, Rómulo, la madre y Pepina deliberan.
—Café o vela —dice Pepina—, pero rápido, don León cierra a las siete y media.
Don León es el dueño del estanquillo.
—Vela —dice Rómulo—, tengo que pintar.
—Qué vas a pintar, bizco. ¿A la luz de una vela? —dice ásperamente Pepina.
—A la luz de una vela. A la luz de una vela. A la luz de una vela. Así he pintado siempre —dice Rómulo como a punto de pelear, pero no pelea, así es él, la fuerza se le va en la repetición de las frases y en el énfasis, y remata:
—¡A la luz de una vela!
—¿En el día pintas a la luz de una vela?
—¡En el día pinto a la luz de una vela!
—Sí, puede que sí, puede que la necesites.
—¡Jesucristo vencedor! Vete por café, Milo. Café caliente en el estómago. Rezaremos en lo oscuro. Sigue leyendo

UNA NAVIDAD de TRUMAN CAPOTE

Para Gloria Dunphy

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleáns. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleáns, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.
Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleáns: mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad. Sigue leyendo

UN ÁRBOL DE NOEL Y UNA BODA DE FIODOR DOSTOYEVSKI

Hace un par de días asistí yo a una boda… Pero no… Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho… Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.

Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo. Sigue leyendo