PEPINA de RICARDO GARIBAY


Mil novecientos treinta y dos. Una vivienda de tres cuartos, que son las dos recámaras y el comedor. Una zotehuela donde está la cocina, el lavadero, el retrete encajonado y una puerta de tiras de madera que da al patio de la vecindad. La vecindad es larga, y largo el patio de lajas de cantera en medio y arbustos a los lados, que tapan la entrada y las ventanas de las viviendas. Perros, ancianos ociosos, talabarteros, plomeros, carpinteros, morrongos de carnicería, chícharos de peluquería, coimes de billar, zapateros remendones, chiquillería y mujerucas ladradoras.
El día comienza con el amanecer; termina con los estrépitos de los últimos borrachos, cuando Pepina, por fin, atrapa el sueño. Pepina vive con su madre, anciana oracionera, con Rómulo, pequeño, bizco, tonto y pintor, y con Salvador, hermoso, ebanista, agresivo y borracho. Salvador llega de madrugada, y mucho antes, hacia las siete de la noche, ya oscuro, Rómulo, la madre y Pepina deliberan.
—Café o vela —dice Pepina—, pero rápido, don León cierra a las siete y media.
Don León es el dueño del estanquillo.
—Vela —dice Rómulo—, tengo que pintar.
—Qué vas a pintar, bizco. ¿A la luz de una vela? —dice ásperamente Pepina.
—A la luz de una vela. A la luz de una vela. A la luz de una vela. Así he pintado siempre —dice Rómulo como a punto de pelear, pero no pelea, así es él, la fuerza se le va en la repetición de las frases y en el énfasis, y remata:
—¡A la luz de una vela!
—¿En el día pintas a la luz de una vela?
—¡En el día pinto a la luz de una vela!
—Sí, puede que sí, puede que la necesites.
—¡Jesucristo vencedor! Vete por café, Milo. Café caliente en el estómago. Rezaremos en lo oscuro.
—Corre con don León —dice Pepina.
—¡Rezaremos…! Café, café, café. Atragantándose de café, de café, de café. ¡Rezaremos…! ¡Yo no lo tomo!
—¡Pero ya te mueves! —dice Pepina.
Arrebata Rómulo de sobre la mesa los tres centavos para el café. Va. Regresa. Trae una vela. La encienden.
—Maldito bizco, tenía que salirse con la suya.
Se sientan los tres a la mesa, a verse las manos, a suspirar de cuando en cuando.
—¿No dijeron vela? ¿No dijeron vela? ¿No dijeron…?
—Ya cállate.
—…Y por estos duelos y quebrantes, te rogamos, Madre Santísima del Perpetuo Socorro.
—Reza en voz baja, mamá, te concentras mejor.
—Que rece como quiera, que rece como quiera, qué tienes tú que…
—¡Cállate!
—Pudimos comprar pan, pan, pan, pudimos…
—¿Pudimos? ¿Tú ganaste el dinero para comprarlo? ¿Pudimos y mañana desayunamos mierda?
—…Que por los clavos de la Santísima Cruz permanezcamos…
Hacia las nueve apagan la vela y se acuestan. Cuando ha sobrado un cabo de vela compran los tres centavos de café. Luego de que hierve el agua apagan el cabo y beben el café quemante en la oscuridad, normalmente no hay discusiones y se acuestan inmediatamente después del último trago. Pepina espera en la cama grande, donde duerme con la vieja, la llegada de Salvador. La llegada es apacible a veces, es decir hoscamente silenciosa; a veces es violenta desde la puerta de tablillas, que se desgaja y no se desgaja, desde el empellón a la puerta del comedor, desde el batacazo en la zotehuela, desde las maldiciones y carajos, los vómitos y los rugidos. Oye Pepina al fin el azotón de Salvador en la recámara chica, donde duerme con Rómulo, cada quien en su catre, y se dispone a descansar.
La anciana va a misa de seis. Desde las cinco se está vistiendo y peinando y buscando sus chales. Regresará a las siete. Mientras tanto Pepina lava la zotehuela y a fuerza de tallones los viejos trapos. No hay para jabón. Pone la olla de agua en la parrilla, queda un puñito de café. Sale a comprar tres bolillos. Pone sobre la mesa tres tazas. No hay azúcar.
Rómulo también se levanta a las cinco. Espera a que el agua sobre la parrilla hierva, bebe un vaso de esa agua muy caliente y sale con sus trastos de pintor. Viven en Tacubaya, en el Once de Abril, y Rómulo va a pie hasta San Ángel, a la academia de Argüelles Bringas. Lo natural es que Rómulo no coma en el curso del día; lo extraordinario es que lleve unos centavos en la bolsa y se compre algo en la calle, centavos que alguien le regala algún día. Sus ojos bizcos no le ayudan a pintar, tampoco sus manos ni su cerebro. Sus cuadros se ven chuequísimos e indescifrables. El maestro Argüelles Bringas no le cobra, y de cuando en cuando le retoca algún dibujo, mete color en un óleo, color y luz con un par de pinceladas, y son las cosas mejores de Rómulo, que vaya uno a saber dónde ni cómo se hace de las telas y los frascos de pintura y va y viene todos los días, sin faltar uno desde hace años, y habla de la exposición que está montando y tendrá lugar en el Castillo de Chapultepec.
—¿En el Castillo, Milo?
—En el Castillo, sí señor, allí estará, allí estaré yo, en el Castillo, sí, en el Castillo, allí estaremos.
Pepina ha acabado de lavar. Ahora riega las plantas, barre las piezas, mueve a Salvador que ronca a lo bestia en la recamarita. La recamarita apesta agriamente, insoportablemente. Con un trapo mojado Pepina va recogiendo los vómitos, cuando oye los taconcillos de la madre en las baldosas. Corre, le sirve el café, y le pone su bolillo junto a la taza, y lo mismo a ella misma y se sienta a esperarla.
—Ah, ya estás sentada —dice la anciana.
—Te estoy esperando, mamá.
—¿Milo comió algo?
—Desayunó muy bien.
—Ah qué bueno. ¿Y Salvador?
—Está descansando.
—Ah qué bueno.
Desayunan eso que está sobre la mesa. Platican del templo, del padre Benito, de las Suárez, que son ricas, de Ricardo, el hijo mayor, que vive aparte y traerá cincuenta centavos en la tarde.
—Podremos comprar leche —dice Pepina.
—¡Uy muy bien, leche! —dice la madre, y añade inmediatamente:
—¿No han venido a buscarte?
—No tardan.
—Dios lo ha que querer —dice la madre.
Esto de que vayan a buscarla es porque Pepina es partera, y las gentes de las Lomas de Becerra la buscan cuando hay parto, y Pepina va y asiste a la mujer y cobra cuarenta pesos, y el mes donde hay parto la casa toda resplandece. Hoy, por lo pronto, Pepina se desata los minúsculos tiliches que a la greña se ata de noche y sus cabellos quedan ensortijados, se peina con un duro escarmenador, viste sus lujos, que son falda y blusa negras, y sale a conseguir la comida: un poco de arroz, acaso un trozo de retazo macizo y frijoles; todo fiado en la tienda de don León, día con día menos accesible, y también en la carnicería, a cambio de sonreír los brutales requiebros del Güero Sebastián embarrado de sangre costrosa de la cabeza a los pies y semi oculto por las cortinas de moscas que lo circundan. Pepina tiene treintaiocho años, es virgen, es de lengua veloz y viperina y agudos ojos negros.
Salvador se levanta a la una de la tarde. Bebe el café frío, arroja el bolillo a la basura —y Pepina lo rescatará y lo limpiará y servirá para Rómulo—, trabaja un poco en un par de burós que talla desde hace meses, y a la alharaca de la madre, que le habla y le habla quién sabe de qué tonterías, responde con gruñidos y un incesante cigarro entre los labios. A las tres de la tarde completará su faena y se irá, para regresar perdido en la madrugada.
A las cuatro se presenta un albañil. Busca a Pepina. La madre le dice a Pepina:
—Vinieron a buscarte. Que lo esperan para la noche, que ya empezaron los dolores.
—Bendito sea Dios —dice Pepina.
—¡Vaya, que te oigo bendiciendo a Dios nuestro Señor!
—O al diablo. Lo que cuenta es que vengan. Ojalá no haya dificultades.
—Ni lo permita Jesús y su gran poder que nos vigila —dice la madre y se sigue rezando entre dientes a mucha velocidad.
Pepina va a hacer la recámara de los hermanos. Hasta el largo patio se oyen sus gritos. Salvador, en la borrachera, ha cortado con navaja la cobija, ha hecho de la cobija un tasajo pestilente.
—Ni condenándose lo paga —viene gritando. Díselo a tu Dios, tú que estás tan cerca de él y no sé para qué te sirve, para qué nos sirve. Maldito alcohólico parásito, ni condenándose lo paga. Ora sin cobija. Esperemos que una pulmonía nos ayude.
—¡Ave María purísima, no digas eso! —exclama la madre, y se lanza a un alud de oraciones desesperadas.
A las seis de la tarde se sientan a comer las dos mujeres. Hay sopa de codito, carne y frijoles. Hay tortillas.
—Ya don León se cerró, de plano. Lo mismo el Güero. Tuve que ir al mercado. Se me hizo tan lejos, tan pesado que olvidaba a qué había ido. Estuve caminando entre los puestos, sin saber qué hacer. Maldita existencia.
—Por Cristo Santo, me paso el día apagando tus blasfemias. ¿No he de tener tranquilidad?
—Te quedó un hijo idiota; otro, borracho; otro, casado, y una hija hueca. ¿Dónde quieres la tranquilidad?
—Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros. Esta hija que no contempla…
A las siete Pepina la emprende hacia las Lomas de Becerra. Es una hora de camino. El parto fue presentación de hombro, fue a las diez de la noche, fue terrible, y por las terribles Lomas de Becerra, hervidero de zorras y cuchilleros, zanjones y lodazales viene contenta Pepina. Le dieron un trago de aguardiente y sus cuarenta pesos. La criatura chillaba briosamente cuando ella salió. Todo bien pero qué agonía. A punto de llamar al doctor ¿y cómo? ¿Cómo lo hubieran llamado? Nadie creyó que viviera el niño. Bien todo ¡vaya! Se detiene a comer unas garnachas. Son las doce y media de la noche. Si alguien quisiera asaltarla tropezaría con una fiera. Viene canturreando Pepina. Piensa en Salvador y lo perdona, piensa en Rómulo y se llena de ternura, piensa en la anciana y recuerda una acción de gracias y piensa:
“Son sus oraciones las que nos mantienen vivos.”

 

 

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