EL PROYECTO LAZARO FRAGMENTO Aleksandar Hemon


El tiempo y el espacio son las únicas cosas de las que estoy seguro: dos de marzo de 1908, Chicago. Más allá, queda el dolor y la bruma de la historia, en la que ahora me adentro.

A primera hora de la mañana, un joven escuálido llama al timbre del numero 31 de Lincoln Place, la residencia de George Shippy, el temible jefe de policía de Chicago. La sirvienta, que según consta atendía al nombre de Teresa, abre la puerta (que, por supuesto, chirria de un modo inquietante), escruta al joven desde los maltrechos zapatos hasta

el rostro moreno y esboza una sonrisa altanera para advertirle

que más le vale tener un buen motivo para estar allí.

El joven solicita ver al jefe Shippy en persona. Con recio acento alemán, Teresa le explica que es demasiado pronto y que el jefe Shippy jamás recibe a nadie antes de las nueve.

El joven le da las gracias con una sonrisa y promete volver

a las nueve. La sirvienta no logra identificar su acento; decide

avisar a Shippy de que el extranjero que ha venido en

su busca parecía harto sospechoso.

El joven baja la escalera y abre la verja (que tambien chirria

de un modo inquietante). Se lleva las manos a los bolsillos, pero enseguida las saca para subirse el pantalón, que le

sigue quedando demasiado grande. Mira a la derecha, luego

a la izquierda, como si estuviera tomando una decisión. Lincoln

Place es un mundo aparte; las casas allí son como castillos,

las ventanas altas y anchas; no hay vendedores ambulantes

en las calles; de hecho, no hay nadie en la calle. Los

árboles recubiertos de hielo centellean en la monotonía de

la mañana; una rama rota por el peso del hielo roza el suelo

y lo golpetea con sus puntas escarchadas. Alguien se asoma

con disimulo tras las cortinas de la casa de enfrente, un rostro

lívido recortado sobre el espacio oscuro que hay detrás.

Es una muchacha. El joven le sonríe y ella corre la cortina rapidamente.

Todas las vidas que podría vivir, todas las personas

a las que jamás conoceré, que jamás seré, están en todas

partes. A eso se reduce el mundo.

El invierno tardío se complace en martirizar a la ciudad.

Las nieves puras de enero y el espartano frio de febrero

se han acabado, y ahora las temperaturas suben engañosamente

y bajan con alevosía: el veneno de las tormentas de

hielo arbitrarias, los cuerpos exhaustos que anhelan la primavera,

el olor a hollín impregnado en las ropas. El joven

tiene las manos y los pies helados; dobla los dedos en el interior

de los bolsillos y se pone de puntillas casi a cada paso,

como si danzara, para que la sangre siga circulando. Lleva siete meses en Chicago, y en todo ese tiempo apenas ha dejado de pasar frio. El calor del final del verano ya no es más que el recuerdo de una pesadilla distinta. Un día caprichosamente cálido de octubre se había acercado con Olga al lago teñido por los líquenes, ahora completamente helado, y juntos habían contemplado el sereno vaivén de las olas mientras pensaban en todas las cosas buenas que podían ocurrir algún día. El joven se dirige con paso decidido a WebsterStreet, bordeando la rama rota.

Los arboles de este lugar se riegan con nuestra sangre, hubiese

dicho Isador, y las calles están asfaltadas con nuestros huesos; se comen a nuestros hijos para desayunar y tiran las sobras a la basura. Webster Street está despierta: mujeres enfundadas en abrigos bordados, con cuello de piel, se suben a coches aparcados delante de sus casas, agachando la cabeza con cuidado para proteger sus desmesurados sombreros. Las siguen hombres con chanclos inmaculados y gemelos destellantes. Isador afirma que le gusta ir a los lugares de ensueño donde viven los capitalistas para disfrutar de la serenidad de la opulencia, de su arbolada quietud. Sin embargo, vuelve al gueto para sentirse enfadado; allí, uno siempre está cerca del ruido y el bullicio, siempre sumido en el hedor; allí, la leche es agria y la miel amarga, dice.

Un enorme coche, jadeando como un toro en celo, casi arrolla al joven. Los carruajes parecen barcos, los caballos son rollizos, de pelo reluciente, dóciles. Las farolas eléctricas siguen encendidas y se reflejan en los escaparates. En uno de ellos, un maniquí sin cabeza luce con ademan altivo un delicado vestido blanco cuyas mangas cuelgan languidamente. El joven se detiene frente al escaparate y al maniquí, inmóvil como una estatua. Junto a él hay un hombre de rostro extraño

y pelo ensortijado que mastica un cigarrillo apagado. Los hombros de ambos casi se rozan. El olor corporal del hombre: húmedo, sudoroso, un olor a tela. El joven pisotea el suelo con fuerza para atenuar el dolor de las ampollas que le han provocado los zapatos de Isador. Recuerda cuando sus hermanas se probaban vestidos nuevos en casa, entre risas de júbilo. Los paseos al atardecer en Kishinev; se sentía

orgulloso y celoso a un tiempo de que jóvenes apuestos sonrieran a sus hermanas en el paseo marítimo. Hubo vida antes de esto. El hogar es allí donde tu ausencia no pasa desapercibida.

Siguiendo el irresistible olor a pan recién hecho, entra en una tienda de comestibles en la esquina de las calles Clark y Webster. Suministros Ludwig, se llama. Su estómago ruge de un modo tan audible que el señor Ludwig aparta la miradamde los diarios que se apilan sobre el mostrador y frunce el entrecejo mientras el joven se lleva la mano al sombrero a modo de saludo. El mundo siempre es más grande que

nuestros deseos; cuanto más tienes, más quieres. El joven no había estado en una tienda tan bien provista desde los tiempos de Kishinev: salchichas que cuelgan de las altas rejillas como largos dedos sarmentosos; barriles de patatas que apestan a barro; botes de huevos en conserva alineados como especímenes de laboratorio; cajas de galletas pintadas con la vida de familias enteras: niños felices, mujeres sonrientes, hombres tranquilos; latas de sardinas apiladas

como tablillas; un rollo de papel encerado, como una gruesa Tora; una pequeña balanza en confiado equilibrio; una escalera de mano apoyada en una balda, perdido su extremo superior en la oscuridad de las alturas. En la tienda del señor Mandelbaum las golosinas también estaban en una balda elevada, para que los niños no las pudieran alcanzar. ¿Porqué empieza el día judío con la puesta de sol?

El nostálgico silbido de una tetera en la trastienda anuncia la llegada de una mujer rolliza y de abundante cabellera.

Acuna delicadamente, como si de un bebe se tratara, una hogaza de pan de formas caprichosas. La hija loca de Rozenberg, violada por los pogromchiks, se había paseado con una almohada entre los brazos durante días, empeñada en darle el pecho mientras los chicos correteaban tras ella con la esperanza de ver una teta judia.

−Buenos dias −saluda la mujer en tono vacilante, al tiempo que intercambia una mirada con su marido. A este no hay que perderlo de vista, parecen decirse. El joven sonríe y finge buscar algo en el estante.

−   En que puedo servirle? −pregunta el señor Ludwig.

El joven no contesta; no quiere que sepan que es extranjero.

−Buenos días, señora Ludwig, señor Ludwig −saluda un hombre que entra en la tienda−. ¿Qué tal se encuentran hoy?

La campanita sigue tintineando mientras el hombre habla con voz ronca y cansada. Es mayor, pero no lleva bigote; un monóculo cuelga sobre su vientre. Se quita el sombrero ante el matrimonio Ludwig y hace caso omiso del joven, que lo saluda asintiendo en silencio.

−   ¿Cómo esta, señor Noth? −responde el señor Ludwig− ¿ Cómo va esa gripe?

−La gripe va bastante bien, gracias. Ojala pudiera decir lo mismo de mi persona.

El bastón del señor Noth esta combado. Su corbata es de seda pero esta manchada. El joven huele su aliento; algo se pudre en su interior.≪Yo nunca seré así≫ -piensa. Abandona la cálida charla trivial y se dirige al tablón que hay cerca de la puerta para echar un vistazo a los folletos allí expuestos.

−Me vendría bien algo de alcanfor −dice el señor Noth−, y un cuerpo nuevo y joven.

−Se nos han acabado los cuerpos −bromea el señor Ludwig−. Pero alcanfor si tenemos.

−No se preocupe −apunta la señora Ludwig con una risita de complicidad−. Ese cuerpo aún le valdrá durante mucho tiempo.

−Vaya, gracias, senora Ludwig −repone el senor Noth−. Pero no deje de avisarme si le llegan cuerpos frescos.

 

El domingo siguiente, en el Bijou, segun lee el joven, Joe Santley protagoniza Billy el Niño. El Congreso de Madres de Illinois ofrece una conferencia sobre ≪La influencia moral de la lectura≫. En el Club de Yale, el doctor Hofmannstal habla sobre ≪Las formas de la degeneración: el cuerpo y la moralidad≫.

 

El señor Noth sostiene el bote de alcanfor y el sombrero en la mano izquierda mientras se esfuerza por abrir la puerta con la derecha y el bastón se balancea en su antebrazo. La señora Ludwig se apresura a ayudarlo, sin soltar el pan, pero el joven alcanza la puerta antes que ella y la abre para que salga el anciano. Se oye el alegre tintineo de la campanita.

−Vaya, muchas gracias −dice el senor Noth, e intenta quitarse

el sombrero, pero la punta del baston se clava en la

ingle del joven−. Dispense −se disculpa, y abandona la tienda.

–.¿En que puedo servirle? –pregunta el señor Ludwig desde el otro lado del mostrador en un tono aún más frío si cabe, pues el joven parece demasiado cómodo y desenvuelto en su tienda.

Éste vuelve al mostrador y señala un estante con botes repletos de caramelos romboides.

–Los tenemos de todos los sabores –anuncia el señor Ludwig–: fresa, frambuesa, mentol, madreselva, almendra.

¿Cual le apetece?

El joven toquetea con el dedo el tarro que contiene caramelos blancos del tamaño de monedas de cinco centavos, los más baratos, y le tiende una moneda de diez centavos.

Le sobra el dinero, y se lo quiere demostrar a aquellos dos.

Soy como todos los demás, suele decir Isador, porque no hay nadie como yo en todo el mundo.

El senor Ludwig lo mira con hostilidad. Aquel extranjero bien podría llevar una pistola en el bolsillo. Pero echa un punado de caramelos en la balanza, saca unos pocos y desliza los demás en el interior de una bolsa de papel encerado.

–Aquí tiene –dice–. Que los disfrute.

El joven se lleva un caramelo a la boca enseguida, y su estomago ruge de pura expectación. El señor Ludwig oye el rugido y mira a la señora Ludwig. Jamás te fíes de un hombre hambriento, le dicen sus ojos, y menos de un hombre hambriento que no se quita el sombrero pero compra golosinas.

El caramelo sabe a manzana acida, y la boca se le llena de saliva. Se siente tentado de escupirlo, pero los caramelos le dan derecho a permanecer en la tienda, así que frunce el entrecejo y sigue chupeteandolo mientras se dirige de nuevo al tablón de anuncios. En el Teatro Internacional,

Richard Curle presenta su nueva fantasía musical, El cordero de María. El doctor George Howe y Cia. Prometen la cura definitiva de las varices, la sangre envenenada, las ampollas y la debilidad nerviosa. ¿Quién es toda esta gente? La cara del doctor Howe aparece en el folleto: es un hombre sombrío cuyo venerable bigote negro destaca sobre

la blanca tez. Las venas de Olga siempre están hinchadas. Cuando sale de trabajar, se sienta y pone los pies sobre otra silla. Le gusta reventar las ampollas del joven. Madre solia sumergir las piernas varicosas en una palangana llena de agua caliente, pero siempre olvidaba coger una toalla. Era él quien se la llevaba, le lavaba los pies y se los secaba. Tenia muchas cosquillas en la planta de los pies, chillaba como una colegiala.

El caramelo se ha derretido casi por completo y se ha

vuelto amargo. El joven se despide del matrimonio Ludwig,

que da la callada por respuesta, y sale de la tienda. Los caballos

pasan haciendo ruido con los cascos y echando bocanadas de vapor cada vez que resoplan. El joven saluda con la cabeza a tres mujeres que aprietan el paso y lo adelantan con gesto desdeñoso. Van cogidas del brazo y tienen las manos calientes en el interior de los manguitos. Un hombre de cuello grueso que mastica una colilla compra el diario

a un muchacho que vocea: ≪!Famoso pistolero abatido en

una reyerta!≫. El joven intenta leer los titulares por encima

del hombro del vendedor de diarios, pero este –que no lleva sombrero y tiene una cicatriz que le cruza la cara– se aleja correteando al tiempo que anuncia a voz en grito: ≪Pat Garrett, el sheriff que mato a Billy el Nino, muere en un tiroteo≫. El estomago del joven protesta de nuevo, y se lleva otro caramelo a la boca. Se alegra de tener unos cuantos más; disfruta del hecho de poseerlos. Billy. Es un buen nombre, un nombre para un perro quejumbroso pero feliz. Pat suena pesado, serio, como un martillo herrumbroso. Jamás ha conocido

a nadie que se llame Billy o Pat.

Poco después se dirige a la puerta del jefe Shippy con otro

caramelo derritiendose bajo la lengua, el sabor amargo abrasándole

la garganta, haciendo que se le encojan las amigdaellas. Deja que el caramelo se disuelva del todo antes de llamar al timbre; distingue una sombra que se mueve tras la cortina. Recuerda un atardecer de su niñez, cuando jugaba al escondite con los amigos –le tocaba a el buscarlos– y estos se habían ido todos a casa sin decirle nada. Siguió buscándolos hasta bien entrada la noche, gritando en una oscuridad

repleta de sombras: ≪!Ahi estas, te he visto!≫, hasta que

Olga lo encontró y se lo llevo a casa. Un carámbano de hielo

con forma de puñal se descuelga del alero y se estrella en el

suelo. El joven llama al timbre. El jefe Shippy sale a abrir.

El joven se adentra en el oscuro recibidor.

 

A las nueve en punto de la mañana, el jefe Shippy abre la puerta y ve ante si a un joven de rasgos foráneos que luce chaqueta negra, sombrero flexible, y posee en su conjunto la apariencia de un obrero. En la fugaz pero exhaustiva mirada que dedicó a su visitante, escribira William P. Miller en

el Tribune, el jefe Shippy observo una boca cruel, recta, de labios gruesos, y un par de ojos grises que resultaban fríos y feroces a un tiempo. Había algo en aquel joven delgado y moreno –a todas luces siciliano o judío– capaz de atravesar con un escalofrío de recelo el corazón de cualquier hombre de

bien. Sin embargo, el jefe Shippy, siempre inmune a la maldad, invitó al extraño a la comodidad de su salón.

Están de pie junto a la puerta del salón; el joven se pregunta si debe adentrarse más en la casa. Tras un largo momento de vacilación que no augura nada bueno –el jefe Shippy aprieta los dientes y se le marcan los carrillos, un gorrión despistado gorjea al otro lado de la ventana, unos zapatos chirrían en la planta de arriba–, le tiende un sobre a Shippy con gesto brusco.

Me entregó un sobre con mi nombre y dirección escritos en él –relatara el jefe Shippy al senor Miller–. No esperé a abrir el sobre. De pronto, como si me hubiese alcanzado un rayo, supe que aquel individuo andaba tramando algo. Tenía pinta de anarquista. Lo cogí por los brazos, se los doblé por

detrás de la espalda y llamé a mi esposa: «¡Madre! ¡Madre!».

La senora Shippy llega corriendo como el portento de la

naturaleza que sugiere ese ≪madre≫. Es corpulenta y fortachona,

tiene una gran cabeza; casi se cae por el camino. Su esposo sujeta las manos de un siciliano o judio, y, horrorizada, la senora Shippy se lleva la mano al pecho y ahoga un grito.

–!Registrale los bolsillos! –ordena el jefe Shippy. Madre

palpa los bolsillos del joven con manos temblorosas, y su

olor acido le revuelve las tripas. El joven forcejea e intenta

escabullirse, grunendo como una alimaña.

–!Creo que tiene una pistola! –grita Madre.

El jefe Shippy soltó las manos del extraño y saca rápidamente

su propio revolver. Madre se hace a un lado y se dirige con paso tambaleante a un tapiz que representa –y así se encarga de dejar constancia William P. Miller– a San Jorge dando muerte a un agonizante dragón.

Foley, el chofer del jefe Shippy, que acaba de llegar para llevarlo hasta el ayuntamiento, sube a la carrera las escaleras

de la entrada, alarmado por el ruido, al tiempo que desenfunda

su revólver. Mientras tanto, Henry, el hijo del jefe Shippy (que ha salido de permiso de la Academia Militar Culver) baja a toda prisa desde su habitación, aún en pijama, empuñando un bruñido y contundente sable. El joven logra zafarse del jefe Shippy, se aleja durante un instante que se hace eterno –Foley esta abriendo la puerta con un arma

en la mano, Henry baja la escalera a trompicones, Madre asoma la cabeza por detrás del dragón– y luego lo embiste. Sin pensarlo dos veces, el jefe Shippy dispara al joven. La sangre brota con tal fuerza que el estallido rojo ciega momentáneamente a Foley. Competente como es, y a sabiendas de que el jefe Shippy detesta las corrientes de aire, cierra la puerta de golpe tras de sí. Sobresaltado por el ruido, el jefe Shippy le dispara a el también, y luego, intuyendo la presencia de un cuerpo que corre a su espalda, gira sobre sus

propios talones como un experimentado pistolero y dispara

a Henry. El vil extranjero disparó a Foley, haciendo trizas su muñeca, y luego a Henry, a quien una bala perforó el pulmón. Shippy y Foley contestan al fuego con mas balas, siete de las

cuales alcanzan al joven, cuya sangre y sesos se esparcen por

las paredes y el suelo. En ningún momento de la contienda, escribe William P. Miller, llegó el anarquista a articular una sola palabra. Siguió luchando obstinadamente con aquella boca cruel cerrada a cal y canto, teñidos los ojos por una determinación terrible de contemplar. Murió sin una maldición,

una súplica, una oración.

El jefe Shippy permanece de pie, inmóvil, conteniendo la respiración, suspirando de alivio mientras el joven muere y el humo del arma se desliza lentamente por la habitación como un banco de peces.

Soy un ciudadano razonablemente leal de dos países. En Estados

Unidos –esa tierra sombría– malgasto mi voto, pago impuestos a regañadientes, comparto mi vida con una mujer autóctona e intento con todas mis fuerzas no desear una muerte dolorosa al cretino que tenemos por presidente. Pero también tengo un pasaporte bosnio que apenas uso. Viajo a Bosnia para acudir a funerales y pasar vacaciones, descorazonadores los unos y las otras, y el primer día de marzo

o alguna fecha cercana, junto con otros bosnios de Chicago, celebro orgullosa y diligentemente nuestro Día de la Independencia con una cena de gala, tal como pide la ocasión. En realidad, el Dia de la Independencia es el 29 de febrero, lo que no deja de ser un embrollo tipicamente bosnio.

Supongo que resultaría demasiado raro y poco serio celebrarlo cada año bisiesto, así que se trata de un acontecimiento anual y caótico que se celebra en algún hotel de las afueras. Los bosnios llegan en hordas y lo hacen temprano; al aparcar el coche, podrían pelearse por una plaza reservada para minusválidos: un par de hombres blanden sus respectivas muletas mientras intentan decidir cual de los doses más discapacitado, si el que se quedó sin pierna al pisar…

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