EL ENAMORADO DE LEONORA CARRINGTON

 Paseando al anochecer por una callejuela, hurté un melón. El frutero, que estaba escondido detrás de sus frutas, me atrapó por el brazo: “Señorita, me dijo, hace cuarenta años que espero una ocasión como ésta. Cuarenta años que me la paso escondido detrás de esta pila de naranjas con la esperanza de que alguien me arrebate una fruta. Y le digo por qué: necesito hablar, necesito contar mi historia. Si usted no me escucha, la entregaré a la policía.” “Le escucho”, dije yo. Me tomó del brazo y me llevó al interior de su tienda entre frutas y legumbres. Pasamos por una puerta, al fondo, y llegamos a un cuarto. Había allí un lecho en el que hacía una mujer inmóvil y probablemente muerta. Me pareció que debía estar allí desde hacía mucho tiempo pues el lecho estaba todo cubierto de hierbas crecidas. “Lo riego todos lo días”, dijo el frutero con aire pensativo. Sigue leyendo

EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO FRAGMENTOS SALINGER

Fragmentos De “El guardián entre el centeno” (o “El cazador oculto” – The catcher in the rye) y “Franny & Zooey” Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo eso de mi infancia, que hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás idioteces, estilo David Copperfield; pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero, porque es un aburrimiento, y segundo porque a mis padres les daría un infarto si yo me pusiera acá a hablar de su vida privada. Para esas cosas son especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no les gana nadie. Además, no se crean que voy a contarles mi autobiografía con todos los detalles. Sólo voy a hablarles de una cosa loca que me pasó la última Navidad, antes que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme acá a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado mucho más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, me viene a ver casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga, quizás el mes que viene. Acaba de comprase un ‘Jaguar’, uno de esos cacharros ingleses que levantan a doscientas millas por hora como si nada. Como cuatro mil dólares le ha costado. Está lleno de plata, el tipo. Antes no. Cuando vivía en casa era solamente un escritor común y corriente. Por si no saben quién es, le diré que escribió El pececito secreto, que es un libro de cuentos de primera. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Sigue leyendo

UN PUENTE SOBRE EL DRINA DE IVO ANDRIC.. FRAGMENTO

«Todo estaba listo: había un poste de roble, de unas cuatro archinas (medida turca que equivale a 66 cm), puntiagudo, herrado en un extremo, delgado y afilado y untado de sebo. En los andamios habían sido clavadas unas cuantas estacas entre las cuales debía fijarse el poste; había también un mazo de madera para clavar y martillear el poste; había cuerdas y todo lo necesario.

[…]

»Cuando se ordenó a Radislav que se tendiese, dudó un momento; después, sin mirar ni a los zíngaros ni a los guardianes, como si no existiesen, se acercó a Plevliak, a quien, como si fuese alguno de los suyos, y empleando un tono confidencial, le dijo en voz baja y sorda: “Por este mundo y por el otro te pido que me escuches: hazme la gracia de atravesarme de modo que

no sufra como un perro.”

[…]

»El campesino se tumbó boca abajo, tal como le habían ordenado. Los zíngaros se aproximaron y le ataron primero las manos a la espalda y después le ligaron una cuerda alrededor de los tobillos. Cada uno tiró hacia sí, separándole ampliamente las piernas. Entre tanto, Merdjan colocaba el poste encima de dos trozos de madera cortos y cilíndricos, de modo que el extremo quedaba entre las piernas del campesino. A continuación, sacó del cinturón un cuchillo ancho y corto, se arrodilló junto al condenado y se inclinó sobre él para cortar la tela de sus pantalones en la parte de la entrepierna y para ensanchar la abertura a través de la cual el poste penetraría en el cuerpo. Aquella parte del trabajo del verdugo que, sin duda, era la más desagradable, fue invisible para los espectadores. Tan sólo pudieron apreciar el estremecimiento del cuerpo a causa del picotazo breve e imperceptible del cuchillo, y, luego, cómo se erguía a medias, cual si tratase de levantarse Sigue leyendo

UN CUENTO SOBRE CÓMO SE ESCRIBEN LOS CUENTOS de BORIS PILNIAK

Conocí en Tokio por casualidad al escritor Tagaki-san. Nos presentaron en un círculo literario japonés, aunque después no volvimos a vernos; he olvidado las pocas palabras que allí intercambiamos, y de él sólo me quedó la impresión de que había estado casado con una rusa. Era verdaderamente sibuy (sibuy en japonés equivale a chic; su sencilla elegancia era algo que muy pocos logran poseer); extraordinariamente sencillos eran su kimono y sus ghetta (esa especie de coturnos de madera que usan los japoneses en vez de zapatos), llevaba en la mano un sombrero de paja, sus manos eran bellísimas. Hablaba ruso. Era moreno, de baja estatura, delgado y hermoso, si es que a los ojos de un europeo los japoneses pueden parecer hermosos. Me dijeron que había alcanzado la fama con una novela en la que describía a una mujer europea. Se habría borrado ya de mi memoria, como tantos encuentros ocasionales, a no ser… En el archivo del consulado soviético en la ciudad japonesa de K. me cayó entre las manos el expediente de una tal Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki, quien pedía la repatriación. Mi compatriota, el camarada Dyurba, secretario del Consulado General, me llevó a Mayo-san, el templo de la zorra situado en lo alto de una de las montañas que rodean la ciudad de K. Para llegar allí es necesario tomar primero un automóvil, luego el funicular, y, al final, continuar a pie entre bosquecillos que crecen sobre las rocas hasta la cima de la montaña, donde había un espeso bosque de cedros, en medio de un silencio sólo turbado con el infinitamente triste tañido de una campana budista. La zorra es el dios de la astucia y de la traición: si el espíritu de la zorra penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita. A la sombra espesa de los cedros, sobre la explanada de una roca cuyos tres costados caían a pico sobre un desfiladero, surgía un templo con aspecto de monasterio, en cuyos altares reposaban las zorras. Reinaba un silencio profundo; desde allí se abría el horizonte por encima de una cadena de montañas y sobre el inmenso océano que se perdía en la infinita lejanía. No obstante, encontramos una pequeña fonda con cerveza inglesa fresca no muy lejos del templo pero a mayor altura todavía, desde donde era visible también el otro flanco de la cadena montañosa. Sigue leyendo

UN ESTUDIO EN ESCARLATA SHERLOCK HOLMES CONAN DOYLE.. ANÁLISIS LITERARIO

Análisis Estudio en escarlata de Arthur Conan Doyle

Análisis de Estudio en escarlata de Arthur Conan Doyle

Estudio en escarlata, escrita por Conan Doyle en 1887, es Reconocida por ser la primera novela en que aparece el personaje de Sherlock Holmes, ícono del relato policiaco. En esta obra, el detective conoce el a su fiel amigo y acompañante, Jhon H. Watson, Doctor en Medicina por la Universidad de Londres. Este último, de regreso de Afganistán, donde había TRABAJADO como médico militar Durante la guerra, se halla a la búsqueda de un lugar donde vivir. A traves de un amigo suyo, quien le comenta que conoce a una persona en su misma situación, conoce a Holmes. Estos dos caballeros Deciden compartir el departamento de la calle 221B Baker.
Allí Watson Empieza a Conocer a su compañero, su afición al violín, al tabaco de pipa ya la Resolución de casos complicados.
Los hechos de la novela Suceden en el último cuarto del siglo XIX en Inglaterra. En su Estructura, La novela está dividida en dos partes bien diferenciadas.
La primera se titula “Reimpresión de las memorias de John H. Watson, doctor en medicina y oficial retirado del Cuerpo de Sanidad” y está Narrada en primera persona por Watson, quien describe el primer misterio en el que Siguió las investigaciones de Holmes. El caso es Cuestión ante el aumento de hallazgo de un cadáver en una casa abandonada en Brixton, con la palabra RACHE escrita en letras de sangre en la pared. Sigue leyendo

LAS HERMANAS JAMES JOYCE

No había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera del muerto. A menudo él me decía: No me queda mucho en este mundo, y yo pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche al levantar la vista y contemplar la ventana me repetía a mí mismo en voz baja la palabra parálisis. Siempre me sonaba extraña en los oídos, como la palabra gnomo en Euclides y la palabra simonía en el catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo, ansiaba observar de cerca su trabajo maligno.
      El viejo Cotter estaba sentado junto al fuego, fumando, cuando bajé a cenar. Mientras mi tía me servía mi potaje, dijo él, como volviendo a una frase dicha antes:
      —No, yo no diría que era exactamente… pero había en él algo raro… misterioso. Le voy a dar mi opinión.
      Empezó a tirar de su pipa, sin duda ordenando sus opiniones en la cabeza. ¡Viejo estúpido y molesto! Cuando lo conocimos era más interesante, que hablaba de desmayos y gusanos; pero pronto me cansé de sus interminables cuentos sobre la destilería.
      —Yo tengo mi teoría —dijo—. Creo que era uno de esos… casos… raros… Pero es difícil decir… Sigue leyendo

¿ CUÁNTA TIERRA NECESITA UN HOMBRE? DE LEÓN TOLSTOI

¿Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra.”

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

“Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada.”

Así que decidió hablar con su esposa.

-Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias. Sigue leyendo

BRAULIA DE RICARDO GARIBAY

Alta y gruesa y esbelta, de abierta y húmeda belleza frutal, dorada y blanda. Suponía que despreciaba a su amante. Se asomó a los talleres literarios que dábamos en casa de la inteligente señora Pimenovna, tan delgada y sombría, tan hecha a la literatura de veras. Se asomó aquélla, digo, y a poco andar, con El Cantar y La Ilíada y algunas otras cosas, con sentir un airón del lado intemporal de la existencia, el lado heroico, pues, el modo como las palabras quitan el polvo de los días, supuso que amaba a su amante, y se dejó embarazar, y armó una fiesta de bodas monumental y acaba de tener el hijo.

Se ve elefanta, de pechos de elefanta, despaciosa y soñosa como elefanta y dormidos en la placidez sus abiertos ojos de elefanta. Y no se ve húmeda sino empapada, poblada de dulzuras y sonrisas. Toda ella es como un enorme pan. Vive sólo para alimentar a la criatura. Resulta incapaz de entender hasta lo más grueso o escandaloso, preguntando ¿de qué me hablas? Y habla sólo de pañales, cólicos infantiles, leches y cacas y dice que no se cambia por nadie, que al fin es una mujer, verdaderamente una mujer.

Pasado un año apenas llega llorando a ver a la Pimenovna.

Estoy esperando otra vez. Llevo ya cuatro meses. No puedo, no quiero poder más. No tengo horizonte. Todo me aplasta. No tengo espacio para este nuevo que viene. ¿Para qué ser mujer? Tú dime ¿para qué ser mujer?

CONEJO A LA CARIOCA FRAG. RUBEM FONSECA. EL TITULO ES MÍO.

” Sujeté al conejo por las orejas con la mano izquierda. Las piernas del animal se aflojaron, pero en seguida las encogió y me lanzó una mirada. ¡Una mirada significativa y directa, por fin!
-Gracias, gracias por esa mirada franca y cándida -dije siempre sujetando el conejo por las orejas. Coloqué las caras, la mía y la del animal, frente a frente, muy próximas. Leí la mirada que tenía delante: era una mirada de oscura curiosidad, de leve interés, como si lo que fuese a ocurrir no le importase a él, conejo. No era, pues, una mirada inquisitiva, de reconocimiento. “Están sujetándome por las orejas, es todo lo que debe de estar pensando”, pensé.
Con el canto de la mano derecha, extendidos y juntos los dedos, di un golpe a la nuca del conejo. El cocinero me había asegurado que sólo un golpe sería suficiente para matar al animal.
Pero todos aquellos años que pasé comiendo irregularmente soufflés de espinacas, y sentado escribiendo y acostado, oyendo y leyendo a los grandes clásicos, habían contribuido muy poco al desarrollo de mi fuerza muscular. El conejo, al recibir el golpe, tembló y continuó con los ojos abiertos, ahora expresando un vago miedo. No era, sin embargo, un sentimiento irracional, el conejo sabía lo que estaba ocurriendo, que estaba a merced de un ente poderoso, que no podría huir y que sólo le quedaba resignarse.
Los dos nos miramos: el conejo temblando sin ningún pudor, con sus estoicos ojos desorbitados.
Fueron precisos tres o cuatro golpes. Finalmente el conejo dejó de debatirse.
Yo estaba exhausto. “Debe de ser eso lo que siente alguien que gana un maratón”, pensé al notar que, junto con la fatiga, sentía una encendida euforia.
Puse la 9a. Sinfonía de Beethoven en el aparato y, enteramente desnudo, fui hacia la bañera con el conejo y además un cuchillo y dos calderas. Aquel primer día, aún inexperto, tenía miedo de ensuciar la cocina de sangre al destripar y desollar el conejo, de acuerdo con las instrucciones del cocinero.
El cuchillo estaba afilado y no tuve muchas dificultades. Acabado el trabajo, coloqué las sobras -tripas asquerosas, pieles, ganglios- en una caldera, y el conejo, listo para ser adobado, en otra.
En seguida, me di un largo baño tibio.
Del cuarto de baño, que había quedado inmaculadamente limpio, fui a la cocina, donde preparé el conejo, guisado con zanahorias y papas, mientras sonaban los Nocturnos de Chopin. Al fin el conejo estaba listo, frente a mí.
Comencé a degustarlo delicadamente, en pequeñas porciones. ¡Ah, qué placer excelso! Fue un pausado almuerzo que duró la Júpiter, de Mozart, entera.
Después fui a cepillarme los dientes. Contemplé, a través del espejo, pensativo, la bañera. ¿Quién era el que había dicho que los cabritos tenían una mirada al mismo tiempo afable y
perversa, una mezcla de pureza y depravación? Hum…Aquella bañera era pequeña. Me hacía falta comprar una mayor. Tal vez un jacuzzi, de los grandes, con chorros estimulantes. Me quedé viendo mi cara en el espejo. Miré mis ojos. Mirando y siendo mirado: una cosa al fin irreflexiva, un eje de acero, lava de un volcán que es arrojada, nube inacabable. La mirada. La mirada. “

ESCRIBIR ES DEJAR DE SER ESCRITOR POR ENRIQUE VILA MATAS

Muchas veces me he visto Obligado A CONTESTAR a la pregunta de por qué escribo Al principio, Cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide A Esa pregunta y contestaba: «Escribo para que me lean».

Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente un escritor. Por Aquellos días, Yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor

Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres A LOS que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su Fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera estudiar PENSABA-E1 callada Tenía la ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que PENSABA ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, Y también recuerdo lo que entonces me dijo: «Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad». Sigue leyendo