EL HOMBRE DE LA CAJA DE FOSFOROS HERTA MULLER

El hombre de la caja de fósforos.
Tomado de En Tierras Bajas, Ed. Siruela, 2001.
Texto publicado con autorización de Ediciones Siruela.

http://algundiaenalgunaparte.wordpress.com/category/fragmentos/

“El fuego consume la aldea cada noche. Primero Arden las nubes.

Cada verano se lleva un granero. Los Graneros se incendian Siempre en Domingo, Cuando la gente baila y juega A LAS CARTAS. El crepúsculo rueda por las calles como un intestino grueso. Luego arde lentamente allá en el fondo, entre la paja y el entramado de tallos. Y sólo uno lo sabe, el hombre de la caja de fósforos, que ventila su odio por las plantaciones de patatas, Detras de los Maizales. En ese huerto arrastraba Sacos remolachas escardaba y enclenque Cuando era un niño. Dormía en el establo de esa casa, y en Ella Fue llamado peón por una niña de su misma edad que Tenía trenzas rubias y lisas y en invierno comía naranjas y le salpicaba la cara con el Fragante zumo de las Mondas vacías. Ahora se interna por el maizal, y el susurro que oye A sus espaldas le hace creer que el mismo es el viento.

En la calle, El hombre gordo aun lo sigue con sus ojillos duros, y en la taberna se sienta a Otra mesa y sólo de vez en cuando le mira la cara A través del ángulo que forma su brazo.

Y ya Empieza a propagarse el fuego, ya se revuelca con sus ardientes faldas rojas y sube hasta los tejados. Y en el cielo de la Aldea ya tiembla el incendio.

Fuego, alguien grita, chillan luego dos y al final todos Braman la misma palabra, y la aldea entera se agita sobre la colina. Los hombres acuden con cubos.

Llegan los bomberos de su fiesta gremial con una bomba de incendios pintada de rojo que tienda hacia los árboles un brazo oscilante y Chillón. Todo crepita y relumbra en torno al Gran henil en llamas. Luego se oye un crujido, las vigas y se quiebran y caen a tierra. Y la caldera hierve, y las caras se ponen rojas y negras y se hinchan de miedo.

Me quedo de pie en el patio, las piernas y me Brotan del cuello. No tengo sino este nudo en la garganta. Mi gaznate brinca Por Encima de las vallas.

El fuego me tortura con sus tenazas. El fuego se va acercando, y mis piernas son ya madera negra carbonizada.

Yo he prendido el fuego. Sólo los perros lo saben. Cada Noche trasguean por mi sueño. No hay nada Contarán, dicen, pero me ladrarán hasta que muera.

A nuestro patio Fueron llegando hombres que vaciaban la leche en el Huerto y se llevaban los Cubos, y tiraban de la manga de mi padre diciéndole ven, Tú también eres bombero y Tienen un precioso gorro y un uniforme rojo oscuro. Papá Se hizo eco de su clamor y salió Detrás de ellos. Papá advirtió su terror en los ojos. Y su uniforme rojo oscuro echo a andar delante de él por el empedrado. Y a cada paso su gorro precioso le comía un trozo de su cabellera Espesa. Un cálido sudor me bañaba la frente, las ondas rojas me quemaban el nervio óptico bajo los párpados.

Corro por la pradera. Allí está la multitud boquiabierta.

Y yo.

Siento sus penetrantes ojos en mi nuca.

Y a mi lado está siempre el hombre de la caja de fósforos.

Su codo, al mismo de mi brazo está su codo.

Es duro y puntiagudo.

De sus zapatos caen trocitos de tierra del huerto.

Nadie me mira. Todos no son más que espaldas y talones lazos y de puntas de delantal y pañuelos.

Todos callan.

Y hoy callando Aún Siguen, pero me excluyen.

Y él gana el juego de cartas el domingo. Fabulosamente y baila, El hombre de la caja de fósforos “.

SILENCIO DE EDGAR ALAN POE

“Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio. Sigue leyendo

LOS REYES MAGOS EMILIA PARDO BAZÁN FRAG.

Emilia Pardo Bazán.

http://algundiaenalgunaparte.wordpress.com/2010/01/06/los-magos/

“En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz de la estrella, los Magos, a fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de olivo y setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les movió a cambiar de propósito: la ciudad de Samaria era el punto más peligroso en que podían hacer alto. Acababa de reedificarla Herodes sobre las ruinas que habían hacinado los soldados de Alejandro el macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que hacía poco trocaron la espada corta por el arado y el bieldo; gente toda a devoción del sanguinario tetrarca y dispuesta a sospechar del extranjero, del caminante, cuando no a despojarle de sus alhajas y viáticos. Sigue leyendo

LEYENDA AFRICANA kUAKÚ BABONÍ

Fuente: http://www.answers.com/topic/griot
Hubo una vez un matrimonio. El marido había emprendido un largo viaje y, durante su ausencia, la mujer dio a luz a un niño.
La madre del recién nacido aguardaba, impaciente, el regreso del marido para mostrarle el pequeñuelo, que era un negrito encantador, de ojos risueños y picarescos. Una monada de criatura.
Y he aquí que, a los pocos días del nacimiento del lindo negrito, cuando la madre se preguntaba qué nombre daría al retoño, pasmada de asombro, oyó que el hijito exclamaba:
–¡Mi nombre es Kuakú Baboní!
Mas al siguiente día aumentó su asombro. La mujer gruñía porque, debido a la ausencia del marido, no podía ir al bosque a recoger leña, cuando el precoz negrito, que no contaba más que de siete a ocho días de edad, dijo:
–Yo iré al bosque.
Y así lo hizo. Se fue a recoger leña y regresó con medio bosque a cuestas.
Tendría mes y medio tan sólo cuando su madre tuvo que ir hasta el río a lavar ropa y dejó al prodigioso negrito en casa, durmiendo en su cuna.
De regreso encontró en la puerta a todo un ejército de negritos que armaban un formidable escándalo.
–¡Tu hijo nos ha pegado! –le dijeron lloriqueando. Sigue leyendo