AU SABLE DE JOYCE CAROL OATES

Los deseos y las tentaciones hermanadas con el pecado y que dormitan en el lado oscuro del ser humano tienen rostro y nombre en el nuevo libro de Joyce Carol Oates: Infiel. Historias de transgresión (Alfaguara). Un volumen de 21 cuentos en el que la siempre candidata al premio Nobel de Literatura ha dado un paso más allá en su exploración y conocimiento de la psicología y emociones del individuo. El resultado es un espejo roto en 21 trozos, que ha sido catalogado como su mejor recopilación de relatos, uno de cuyos inéditos, Au Sable, adelanta hoy Babelia en exclusiva en la edición digital de este diario. Infiel llegará a las librerías este miércoles 13 de enero.

Agosto, primera hora del atardecer. En la quietud de la casa en la zona residencial, sonó el teléfono. Mitchell dudó sólo un momento antes de levantar el auricular. Y allí estaba  el primer tono discordante. La persona que llamaba era el suegro
de Mitchell, Otto Behn. Hacía años que Otto no llamaba  antes de que la tarifa telefónica reducida entrara en vigor a las once de la noche. Ni siquiera cuando hospitalizaron a Teresa, la esposa de Otto. El segundo tono discordante. La voz.
—¿Mitch? ¡Hola! Soy yo, Otto.
La voz de Otto sonaba extrañamente aguda, ansiosa, como si se encontrara más lejos de lo habitual y estuviera preocupado por si Mitchell no podía oírle. Y parecía afable, incluso optimista, algo que por entonces le ocurría con poca frecuencia cuando hablaba por teléfono. Lizbeth, la hija de Otto, había llegado a temer sus llamadas a última hora de la noche: en cuanto contestabas el teléfono, Otto soltaba una de sus cantinelas, sus diatribas llenas de quejas, deliberadamente inexpresivas, divertidas, pero subrayadas con una cólera fría al antiguo estilo de Lenny Bruce, a quien Otto había admirado sobremanera a finales de los cincuenta. Ahora, con sus ochenta y tantos años, Otto se había convertido en un
hombre enfadado: enfadado por el cáncer de su esposa, enfadado por su «enfermedad crónica», enfadado por sus vecinos de Forest Hills (niños ruidosos, perros que no paraban de ladrar, cortadoras de césped, soplahojas), enfadado por tener que esperar dos horas en «una cámara frigorífica» para su resonancia magnética más reciente, enfadado con los políticos, incluso con aquellos para los que había ayudado a solicitar el  voto durante su época de euforia, cuando se jubiló de su puesto de maestro de secundaria quince años antes. Otto estaba enfadado por la vejez, pero ¿quién se lo iba a decir al pobre hombre? No sería su hija, y menos su yerno. Seguir leyendo