CONEJO A LA CARIOCA FRAG. RUBEM FONSECA. EL TITULO ES MÍO.


” Sujeté al conejo por las orejas con la mano izquierda. Las piernas del animal se aflojaron, pero en seguida las encogió y me lanzó una mirada. ¡Una mirada significativa y directa, por fin!
-Gracias, gracias por esa mirada franca y cándida -dije siempre sujetando el conejo por las orejas. Coloqué las caras, la mía y la del animal, frente a frente, muy próximas. Leí la mirada que tenía delante: era una mirada de oscura curiosidad, de leve interés, como si lo que fuese a ocurrir no le importase a él, conejo. No era, pues, una mirada inquisitiva, de reconocimiento. “Están sujetándome por las orejas, es todo lo que debe de estar pensando”, pensé.
Con el canto de la mano derecha, extendidos y juntos los dedos, di un golpe a la nuca del conejo. El cocinero me había asegurado que sólo un golpe sería suficiente para matar al animal.
Pero todos aquellos años que pasé comiendo irregularmente soufflés de espinacas, y sentado escribiendo y acostado, oyendo y leyendo a los grandes clásicos, habían contribuido muy poco al desarrollo de mi fuerza muscular. El conejo, al recibir el golpe, tembló y continuó con los ojos abiertos, ahora expresando un vago miedo. No era, sin embargo, un sentimiento irracional, el conejo sabía lo que estaba ocurriendo, que estaba a merced de un ente poderoso, que no podría huir y que sólo le quedaba resignarse.
Los dos nos miramos: el conejo temblando sin ningún pudor, con sus estoicos ojos desorbitados.
Fueron precisos tres o cuatro golpes. Finalmente el conejo dejó de debatirse.
Yo estaba exhausto. “Debe de ser eso lo que siente alguien que gana un maratón”, pensé al notar que, junto con la fatiga, sentía una encendida euforia.
Puse la 9a. Sinfonía de Beethoven en el aparato y, enteramente desnudo, fui hacia la bañera con el conejo y además un cuchillo y dos calderas. Aquel primer día, aún inexperto, tenía miedo de ensuciar la cocina de sangre al destripar y desollar el conejo, de acuerdo con las instrucciones del cocinero.
El cuchillo estaba afilado y no tuve muchas dificultades. Acabado el trabajo, coloqué las sobras -tripas asquerosas, pieles, ganglios- en una caldera, y el conejo, listo para ser adobado, en otra.
En seguida, me di un largo baño tibio.
Del cuarto de baño, que había quedado inmaculadamente limpio, fui a la cocina, donde preparé el conejo, guisado con zanahorias y papas, mientras sonaban los Nocturnos de Chopin. Al fin el conejo estaba listo, frente a mí.
Comencé a degustarlo delicadamente, en pequeñas porciones. ¡Ah, qué placer excelso! Fue un pausado almuerzo que duró la Júpiter, de Mozart, entera.
Después fui a cepillarme los dientes. Contemplé, a través del espejo, pensativo, la bañera. ¿Quién era el que había dicho que los cabritos tenían una mirada al mismo tiempo afable y
perversa, una mezcla de pureza y depravación? Hum…Aquella bañera era pequeña. Me hacía falta comprar una mayor. Tal vez un jacuzzi, de los grandes, con chorros estimulantes. Me quedé viendo mi cara en el espejo. Miré mis ojos. Mirando y siendo mirado: una cosa al fin irreflexiva, un eje de acero, lava de un volcán que es arrojada, nube inacabable. La mirada. La mirada. “

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