LA LETRA MATA DE JUAN SERRANO -AZULADA-

 “Yo cuando oigo la palabra cultura saco el revólver”   (Goering)

Le pregunté por qué llevaba esa ristra de ajos colgada al cinto. Allá por el otoño año mil quinientos cuatro, exactamente el once de octubre vino a casa mi vecino. Lo recuerdo muy bien porque aquel día cumplía yo los treinta justos. No sé a qué vino. Lo único que recuerdo es que este hombre se tomaba a raja tabla las ordenanzas del reino. Mi vecino tenía un sexto sentido para detectar todo lo que se moviera fuera del orden establecido. Era cazador por naturaleza, inquisitorial y un poco pelota. Fernando II atraído por el naturalismo de la época estaba en contra de toda representación gráfica. En una de sus últimas proclamas con motivos de la investidura como Corregidor del Conde de la Puebla de Molina, le oí decir en persona a nuestro señor el rey de Aragón: “¿Para qué sirve la palabra escrita ? No necesita el mundo emuladores ni malabarismos literarios, libreros ni linotipistas. No enrollemos en mentiroso papel de tinta la palabra, que ella misma se basta para decirnos lo que quiere. Sigue leyendo

LA CARTA CUARENTA Y DOS DE FRANCISCO BENAVIDES

Cuando la vieja entró en la sala de espera, un horrible olor a barbacoa invadió el consultorio. El tufo de la mujer me provocó náuseas y empeoró mi dolor de cabeza. Me preguntaba por qué algunas personas lograban expedir con tal destreza humores asquerosos tan temprano en la mañana. Y una vez más, cómo me convenció mi prima de ir con ese ginecólogo que tenía fama más bien de curandero. Para colmo, su consultorio estaba en un lugar horrible del centro de la ciudad que yo ni conocía; simplemente no eran mis rumbos. Al ver entrar a la anciana y sentir su hedor, tuve claro que me encontraba en el lugar equivocado y que debía partir lo antes posible.

La sala de espera era un cuarto pequeño donde, además de un escritorio que hacía las veces de recepción, sólo había un par de sillas baratas de plástico, un viejo sillón de mimbre y una palmera de plástico quemada casi por completo por los rayos del sol. Un par de diagramas sobre el ciclo menstrual que colgaban de la pared y un buró con revistas completaban la escena. Sigue leyendo

SONATA EN MÍ DE LINA MARÍA PÉREZ

I. ALLEGRETTO MODERATO Araminta se estremece con los primeros acordes del violín y el asombro de regresar con ellos de un letargo profundo. No puede reprimir la emoción al reconocer las notas inconfundibles de la sonata de César Franck. El líquido caliente resbala desde su fuente, fluye por los pliegues de sus piernas y se instala en sus nalgas. Sonríe para sus adentros. La sorprende este íntimo acontecimiento secreto. La sutileza de la frase musical se despliega vibrante, y violín y piano se enfrentan en un diálogo alegre, fresco. En Araminta, este efecto de intervalos irregulares e inesperados surte el hechizo reconocido. Su papá amaba la música, sobre todo selectas composiciones para violín, y ésta, que palpita ahora en cada célula de su cerebro, todavía dormido, fue siempre su favorita. El milagro se interrumpió. La enfermera levantó las cobijas, palpó las sábanas, pulsó el timbre y apareció la otra mujer. -Hay que cambiar el tendido. Se orinó otra vez. Y comienza el ritual. Las dos practicantes, empeñadas en abreviar la rutina, utilizan toda la habilidad de la que son capaces, y casi sin moverla, ponen el juego de cama limpio y cambian su pañal. Sus voces resuenan lejanas, como un eco vaporoso en el que se impone la vitalidad de los ritmos, de las armonías. -Ésta es la tercera vez -decía una. -Y no son ni las doce del día. Debería morirse de una vez. Sigue leyendo

TURGUENIÉV POR Guillermo Saccomanno

 El gigante de los cuentos rusos En un siglo como el XIX, donde la burguesía consagra, en su apogeo, la novela como género propio, los cuentos de Turguéniev sorprenden como elección a contrapelo de toda moda literaria.  “Una tarde salimos a cazar en tiaga. El lector seguramente ignora el significado de este término, que le voy a explicar en pocas palabras. Un cuarto de hora antes de ponerse el sol, en primavera, se penetra en el bosque, sin el perro y con el fusil a la espalda. Después de andar un rato, el cazador se detiene junto a un claro, observa alrededor y carga el arma. El sol declina rápido, pero deja una claridad. Los pájaros trinan con ganas y la atmósfera translúcida hace brillar la hierba fresca con reflejos esmeralda.” Así empieza uno de los Relatos de un cazador de Iván Sergueueievich Turguéniev (1818-1883). Este comienzo, típico de la colección, establece, desde el vamos, la complicidad con el lector y le impone su modo de narrar apoyándose, antes que nada, en la experiencia. Sus relatos, sugiere Turguéniev, refieren historias concretas, verificables y, en este aspecto, funcionan como crónicas personales empujando la lectura hacia esa zona indeterminada donde realidad y ficción borronean sus diferencias. Sigue leyendo

TOKIO BLUES DE HARUKI MURAKAMI FRAG

En la habitación oscura, con las ventanas cerradas, Reiko y yo nos abrazamos como si fuera lo más natural del mundo y buscamos el cuerpo del otro. Le quité la camisa, los pantalones, la ropa interior.
– He llevado una vida muy curiosa, pero no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que algún día un chico de veinte años me quitara las bragas.
– ¿Prefieres quitártelas tú?
– No, no. Quitámelas tú. Pero estoy arrugada como una pasa, no vayas a llevarte una desilusión.
– A mí me gustan tus arrugas.
– Voy a echarme a llorar – susurró Reiko.La besé por todo el cuerpo y recorrí con la lengua sus arrugas. Envolví con mis manos sus pechos lisos de adolescente. Mordisqueé suavemente sus pezones, puse un dedo en su vagina, cálida, húmeda, que empecé a mover despacio.
– Te equivocas, Watanabe – me dijo Reiko al oído-. Eso también es una arruga.
– ¿Nunca dejas de bromear? – le solté estupefacto.
– Perdona. Estoy asustada. ¡Hace tanto tiempo que no lo hago! Me siento como una chica de diecisiete años a la que hubieran desnudado al ir a visitar a un chico a su habitación.
– Y yo me siento como si estuviera violando a una chica de diecisiete años.
Metí el dedo dentro de aquella “arruga”, la besé desde la nuca hasta la oreja, le pellizqué los pezones. Cuando su respiración se aceleró y su garganta empezó a temblar, le separé las delgadas piernas y la penetré despacio.
– Ten cuidado de no dejarme embarazada. Me daría vergüenza, a mi edad.
– Tendré cuidado. Tranquila -dije.
Cuando la penetré hasta el fondo, ella tembló y lanzó un suspiro. Moví el pene despacio mientras acariciaba la espalda; eyaculé de forma tan violenta que no pude contenerme. Aferrado a Reiko, expulsé mi semen dentro de su calidez.
– Lo siento. No he podido aguantarme – me excusé.
– ¡No seas tonto! No hay por qué disculparse – bromeó Reiko dándome unos azotes en el trasero. Siempre que te acuestas con chicas, ¿piensas tanto?
– Sí.
– Conmigo no hace falta. Olvídalo. Eyacula tanto como quieras y cuanto te plazca. ¿Te sientes mejor?.
– Mucho mejor. Por eso no he podido aguantarme.
– No se trata de aguantarse. Está bien así. A mí también me ha gustado mucho.
– Oye, Reiko – dije.
– Dime.
– Tienes que enamorarte de alguien. Eres maravillosa, sería un desperdicio que no lo hicieras.
– Lo tendré en cuenta. ¿Crees que en Asahikawa la gente se enamora?
Al rato volví a introducir dentro de ella mi pene erecto. Debajo de mí, Reiko se retorcía de placer y contenía el aliento. Mientras la abrazaba y movía, despacio y en silencio, el pene dentro de su vagina, hablamos de muchas cosas. Era maravilloso charlar mientras hacíamos el amor. Cuando se reía de mis bromas el temblor de su risa se transmitía a mi pene. Permanecimos largo tiempo abrazados de este modo.
– Es fantástico estar así – dijo Reiko.
– Tampoco esta nada mal moverse – añadí.
– Entonces hazlo.
La alcé asiéndola por las caderas y la penetré hasta el fondo, saboreando aquella sensación hasta que eyaculé.Aquella noche lo hicimos cuatro veces…

 

Tokio Blues
Haruki Murakami

FAR WEST DE RAFAEL ALARCÓN “NOMECREONA”

Veo al anciano cuando voy hacia el trabajo, también cuando vuelvo a casa. Siempre que el estado del tiempo se lo permite y son muchas las veces, saca una silla vieja y de color verde a la puerta de su casa. En verano para tomar el fresco, en invierno para calentarse al sol. Invariablemente sostiene abierta alguna antigua y gastada novela del oeste, sobre todo de Marcial Lafuente Estefanía. Antes, llegué a creer que siempre era la misma, pero después, prestando atención, descubrí por las ajadas ilustraciones de las portadas que debe tener una gran colección. El pelo se le escapa bajo una gorra de navegante, blanco y algo descuidado por la frente, lleva barba crecida y sus ojos son de un verde tierno y lozano a pesar de sus años. El cigarro negro es casi tan perpetuo como el deslucido libro en sus manos y a veces a su lado descansa un botellín de cerveza que le acerca algún vecino. Era Marinero en sus tiempos; ahora, aunque no está lejos, hace años que no ve el mar; pero sabe cuando va a cambiar el viento, cuando va a llover y si el dia vendra fresco. Amadeo vive solo y casi no puede andar; calza zapatillas de estar por casa y suele vestir camisas estampadas, contribución de la asistenta social que le echa una mano para limpiar y cocinar dos o tres veces por semana, desde que su mujer murió. Su casa parece ser muy pequeña, a través del hueco que deja la puerta entornada puede verse una mesa y unos portarretratos, unas sillas, una televisión que siempre está enfundada y al fondo una cocinita pintada de blanco que resplandece por la luz que entra por alguna ventana. Si yo fuese menos egoísta… Sigue leyendo

LA PIEZA N° 313 de Lucia Scosceria “DOCTORA”

Hermelinda cerró los ojos y Leoncio la besó. Estaba cansada, pero correspondió al beso. El sueño y la pasión iniciaron una lucha que no arrojó vencedores ni vencidos.
La pieza era pequeña. Cuatro paredes que una vez estuvieron pintadas de blanco. Algunos pedazos de yeso milagrosamente suspendidos en el aire, desafiaban las leyes de la física. Cinco días, sin salir de ahí. Abrazados. Él preguntó si tomó los medicamentos. Respondió que sí. ¿Los nuevos? Volvió a asentir, después la tos la dobló en dos.
La ubicó sobre su regazo y le acarició los cabellos húmedos. Le friccionó la espalda, hasta que se alivió. Sus ojos tenían el brillo que daban la fiebre y el amor.

Leoncio olvidó sus ansias. Las caricias fueron tiernas, casi paternales. Sigue leyendo

EL TALENTO DE ANTON PAULOVICH CHEJOV

El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina. Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas hojas amarillas. ¡Adiós, estío! Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le consuela el pensar que al día siguiente no estará ya en la quinta. La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está cubierto de cestas, de sábanas plegadas, de todo género de efectos domésticos. Se han quitado ya los visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los habitantes veraniegos de la quinta e trasladarán a la ciudad. La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en busca de carruajes para la mudanza. Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha entrado en el cuarto del joven. Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de cosas. Habla por los codos; pero no encuentra palabras para expresar sus sentimientos, y mira con tristeza, al par que con admiración, la espesa cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares brotan en la persona de Yegor Savich con una extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en el cuello, en las narices, en das orejas, y sus cejas son tan pobladas, que casi le tapan los ojos. Si una mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de que intentamos dar idea, se perdería para siempre. Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su charla empieza a fatigarle. De pronto la muchacha se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través de sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo: -No puedo casarme. -¿Pero por qué? -suspira ella. -Porque un pintor, un artista que vive de su arte, no debe casarse. Los artistas debemos ser libres. -¿Y no lo sería usted conmigo? -No me refiero precisamente a este caso… Hablo en general. Y digo tan sólo que los artistas y los escritores célebres no se casan. -¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich! Pero yo… ¡Ah, mi situación es terrible!… Cuando mamá se entere de que usted no quiere casarse, me hará la vida imposible. Sigue leyendo

AMOR PLATÓNICO DE ANDREA BENAVIDEZ

Una de mis queridas amigas llevaba un tiempo pensando en mudarse de provincia. Al fin lo ha decidido y ha tomado un trabajo nuevo en una administración de fincas. —Como es parte de la ficción adjudicarle una profesión al personaje, ella no tiene problemas para conseguir trabajo. En Francia tampoco lo tendría, pero ella quiere vivir en Latinoamérica porque allí la vida es ¿cómo decirlo?, más intensamente vivida. No hay día que no merezca la pena porque nunca se sabe si habrá otro igual, u otro, a secas—.

Además de querer mudarse de provincia, de trabajo y no de nación, ella estaba manteniendo un romance con un hombre que vivía en un barrio que quedaba a diez manzanas de su casa. El romance era todo lo que ella había estado deseado para su vida: un hombre romántico, dado a las trances del amor de un modo impensado, atento, afectuoso, solícito… ¡un hombre inhallable!

Ella dijo: “extraño”, la primera vez que él se le acercó en la tienda de ventas de supremas de pollo. Y dijo: “más extraño”, cuando él le regaló, sin motivo aparente, un ramo enorme de rosas en la primera cita. Querida amiga, desde ese momento, comenzó a enviarme unos lindos e-mails contándome los pormenores. El romance no era muy convencional que digamos ya que faltaban algunos puntos indispensables para que fuera una relación a la vieja usanza. Pero como ella parecía no notarlo no juzgué conveniente realizar algún comentario. Sigue leyendo

DELIRIO LAURA RESTREPO FRAG

Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera. Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien. Cuando me fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual, ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi ausencia, salvo sus propias premoniciones, claro está, pero cómo iba Aguilar a creerle si Agustina, su mujer, siempre anda pronosticando calamidades, él ha tratado por todos los medios de hacerla entrar en razón pero ella no da su brazo a torcer e insiste en que desde pequeña tiene lo que llama un don de los ojos, o visión de lo venidero, y sólo Dios sabe, dice Aguilar, lo que eso ha trastornado nuestras vidas. Esta vez, como todas, mi Agustina pronosticó que algo saldría mal y yo, como siempre, pasé por alto su pronóstico; me fui de la ciudad un miércoles, la dejé pintando de verde las paredes del apartamento y el domingo siguiente, a mi regreso, la encontré en un hotel, al norte de la ciudad, transformada en un ser aterrado y aterrador al que apenas reconozco. No he podido saber qué le sucedió durante mi ausencia porque si se lo pregunto me insulta, hay que ver cuán feroz puede llegar a ser cuando se exalta, me trata como si yo ya no fuera yo ni ella fuera ella, intenta explicar Aguilar y si no puede es porque él mismo no lo comprende; La mujer que amo se ha perdido dentro de su propia cabeza, hace ya catorce días que la ando buscando y me va la vida en encontrarla pero la cosa es difícil, es angustiosa a morir y jodidamente difícil; es como si Agustina habitara en un plano paralelo al real, cercano pero inabordable, es como si hablara en una lengua extranjera que Aguilar vagamente reconoce pero que no logra comprender. La trastornada razón de mi mujer es un perro que me tira tarascadas pero que al mismo tiempo me envía en sus ladridos un llamado de auxilio que no atino a responder; Agustina es un perro famélico y malherido que quisiera volver a casa y no lo logra, y al minuto siguiente es un perro vagabundo que ni siquiera recuerda que alguna vez tuvo casa.

Laura Restrepo