MALPOCADO DE RAMON DEL VALLE INCLAN

La vieja más vieja de la aldea camina con su nieto de la mano por un sendero de verdes orillas, triste y desierto, que parece aterido bajo la luz del alba. Camina encorvada y suspirante, dando consejos al niño, que llora en silencio:

      _Ahora que comienzas a ganarlo, has de ser humildoso, que es ley de dios.

      _Sí, señora, sí…

      _Has de rezar por quien te hiciere bien y por el alma de sus difuntos.

     _Sí, señora, sí…

      _En la feria de San Gundián, si logras reunir para ello, has de comprarte una capa de juncos, que las lluvias son muchas.

      _Sí, señora, sí…

      _Para caminar por las veredas has de descalzarte los zuecos.

      _Sí, señora, sí…

       Y la abuela y el nieto van anda, anda, anda… La soledad del camino hace más triste aquella salmodia infantil, que parece un voto de humildad, de resignación y de pobreza hecho al comenzar la vida. La vieja arrastra penosamente las madreñas que choclean en las piedras del camino, y suspira bajo el manteo que lleva echado por la cabeza. El nieto llora y tiembla de frío; va vestido de harapos. Es un zagal albino, con las mejillas asoleadas y pecosas: lleva trasquilada sobre la frente, como un siervo de otra edad, la guedeja lacia y pálida, que recuerda las barbas del maíz. Seguir leyendo

EL SUEÑO DE TSAO HSUEH KIN

 

TSAO HSUEH KIN

ESCRITOR CHINO


Pao Yu soñó que estaba en un jardín idéntico al de su casa. ¿Será posible, dijo, que haya un jardín idéntico al mío? Se le acercaron unas doncellas. Pao Yu se dijo atónito: ¿Alguien tendrá doncellas iguales a Hsi-Yen, a Pin Erh y a todas las de casa? Una de las doncellas exclamó: “Ahí está Pao Yu. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?” Pao Yu pensó que lo habían reconocido. Se adelantó y les dijo: “Estaba caminando; por casualidad llegué hasta aquí. Caminemos un poco.” Las doncellas se rieron. “¡Qué desatino! Te confundimos con Pao Yu, nuestro amo, pero no eres tan gallardo como él.” Eran doncellas de otro Pao Yu. “Queridas hermanas –les dijo-  yo soy Pao Yu. ¿Quién es vuestro amo?” “Es Pao Yu –contestaron–. Sus padres le dieron ese nombre que está compuesto de los dos caracteres. Pao (precioso) y Yu (jade), para que su vida fuera larga y feliz. ¿Quién eres tú para usurpar ese nombre?” Se fueron, riéndose. Seguir leyendo

BORIS PILNIAK

 

TOMADO DE GACETA UV MÉXICO

http://www.uv.mx/gaceta/Gaceta%20virtual%2098/Gaceta98/98/Lecturas%20e%20influencias/Lecturas_04.htm

En el arte de Pilniak sólo caben los héroes y los villanos. Sus rapidísimos esbozos revelan siempre una filosofía de lo concreto. En sus personajes revolucionarios no hay escisión entre pensamiento y vida (vida cotidiana y auténticamente vivida), en primer lugar porque en las circunstancias que él narra la presencia del mundo real se impone con toda su fuerza sobre el pensamiento. Recordemos al joven Akim Skudrin, el ingeniero trotskista de Caoba: su facción había sido derrotada. La visita a la ciudad natal le ha resultado inútil. La última semana se había dedicado a reflexionar. Debía pensar en el futuro de la Revolución y de su partido, en su propio destino revolucionario, pero tales pensamientos le eran difíciles. Miraba el bosque y pensaba en el bosque, en su interior impenetrable, en los pantanos. Miraba el cielo y pensaba en el cielo, en las nubes, en el espacio. Para Akim la Revolución está ligada a gente de carne y hueso, a gente que conoce, ama o detesta, y no a aquella sin rostro comprendida en una mera cifra estadística. «Se sorprendió al comprobar que al pensar en su padre, en Claudia, en las tías, en realidad no pensaba en ellos sino en la Revolución. La Revolución era para él el principio de la vida misma, su finalidad última». También lo fue para Pilniak. Fue el épico cronista de una epopeya inmensa y de su envilecimiento. Su pasión por la verdad, su honradez literaria, le hicieron conocer el acoso de los poderosos, los necios y los oportunistas. Sus virtudes le llevaron a la prisión y a la muerte. Fue hasta el final un empecinado creyente en la regeneración de su pueblo. En sus últimos años creyó que la máquina manejada por el hombre alejaría a los lobos. Lenta, turbia, empecinadamente, el cielo parece comenzar a despejarse. Sé quienes en la estepa profunda, en las cuencas del Volga, el Angará y el Don, en el Arbat moscovita y la indolente Tundra vuelven a reencontrar la esperanza de una regeneración inminente. ¿Habrá nacido el hombre capaz de someter a los lobos?
 
   

LA TÍA MÓNICA DE ÁNGELES MASTRETA

A veces la tía Mónica quería con todas sus ganas no ser ella. Detestaba su pelo y su barriga, su manera de caminar, sus pestañas lacias y su necesidad de otras cosas aparte de la paz escondida en las macetas, del tiempo yéndose con trabajos y tan aprisa que apenas dejaba pasar algo más importante que el bautizo de algún sobrino o el extraño descubrimiento de un sabor nuevo en la cocina. La tía Mónica hubiera querido ser un globo de esos que los niños dejan ir al cielo, para después llorarlos como si hubieran puesto algún cuidado en no perderlos. La tía Mónica hubiera querido montar a caballo hasta caerse alguna tarde y perder la mitad de la cabeza, hubiera querido viajar por países exóticos o recorrer los pueblos de México con la misma curiosidad de una antropóloga francesa, hubiera querido enamorarse de un lanchero en Acapulco, ser la esposa del primer aviador, la novia de un poeata suicida, la mamá de un cantante de ópera. Hubiera querido tocar el piano como Chopin y que alguien como Chopin la tocara como si fuese un piano. La tía Mónca quería que en Puebla lloviera como en Tabasco, quería que las noches fueran más largas y más accidentadas, quería meterse al mar de madrugada y beberse los rayos de la luna como si fueran té de manzanilla. Quería dormir una noche en el Palace de Madrid y bañarse sin brasier en la fuente de Trevi o de perdida en la de San Miguel. Seguir leyendo