FAR WEST DE RAFAEL ALARCÓN “NOMECREONA”

Veo al anciano cuando voy hacia el trabajo, también cuando vuelvo a casa. Siempre que el estado del tiempo se lo permite y son muchas las veces, saca una silla vieja y de color verde a la puerta de su casa. En verano para tomar el fresco, en invierno para calentarse al sol. Invariablemente sostiene abierta alguna antigua y gastada novela del oeste, sobre todo de Marcial Lafuente Estefanía. Antes, llegué a creer que siempre era la misma, pero después, prestando atención, descubrí por las ajadas ilustraciones de las portadas que debe tener una gran colección. El pelo se le escapa bajo una gorra de navegante, blanco y algo descuidado por la frente, lleva barba crecida y sus ojos son de un verde tierno y lozano a pesar de sus años. El cigarro negro es casi tan perpetuo como el deslucido libro en sus manos y a veces a su lado descansa un botellín de cerveza que le acerca algún vecino. Era Marinero en sus tiempos; ahora, aunque no está lejos, hace años que no ve el mar; pero sabe cuando va a cambiar el viento, cuando va a llover y si el dia vendra fresco. Amadeo vive solo y casi no puede andar; calza zapatillas de estar por casa y suele vestir camisas estampadas, contribución de la asistenta social que le echa una mano para limpiar y cocinar dos o tres veces por semana, desde que su mujer murió. Su casa parece ser muy pequeña, a través del hueco que deja la puerta entornada puede verse una mesa y unos portarretratos, unas sillas, una televisión que siempre está enfundada y al fondo una cocinita pintada de blanco que resplandece por la luz que entra por alguna ventana. Si yo fuese menos egoísta… Sigue leyendo

LA PIEZA N° 313 de Lucia Scosceria “DOCTORA”

Hermelinda cerró los ojos y Leoncio la besó. Estaba cansada, pero correspondió al beso. El sueño y la pasión iniciaron una lucha que no arrojó vencedores ni vencidos.
La pieza era pequeña. Cuatro paredes que una vez estuvieron pintadas de blanco. Algunos pedazos de yeso milagrosamente suspendidos en el aire, desafiaban las leyes de la física. Cinco días, sin salir de ahí. Abrazados. Él preguntó si tomó los medicamentos. Respondió que sí. ¿Los nuevos? Volvió a asentir, después la tos la dobló en dos.
La ubicó sobre su regazo y le acarició los cabellos húmedos. Le friccionó la espalda, hasta que se alivió. Sus ojos tenían el brillo que daban la fiebre y el amor.

Leoncio olvidó sus ansias. Las caricias fueron tiernas, casi paternales. Sigue leyendo