TURGUENIÉV POR Guillermo Saccomanno

 El gigante de los cuentos rusos En un siglo como el XIX, donde la burguesía consagra, en su apogeo, la novela como género propio, los cuentos de Turguéniev sorprenden como elección a contrapelo de toda moda literaria.  “Una tarde salimos a cazar en tiaga. El lector seguramente ignora el significado de este término, que le voy a explicar en pocas palabras. Un cuarto de hora antes de ponerse el sol, en primavera, se penetra en el bosque, sin el perro y con el fusil a la espalda. Después de andar un rato, el cazador se detiene junto a un claro, observa alrededor y carga el arma. El sol declina rápido, pero deja una claridad. Los pájaros trinan con ganas y la atmósfera translúcida hace brillar la hierba fresca con reflejos esmeralda.” Así empieza uno de los Relatos de un cazador de Iván Sergueueievich Turguéniev (1818-1883). Este comienzo, típico de la colección, establece, desde el vamos, la complicidad con el lector y le impone su modo de narrar apoyándose, antes que nada, en la experiencia. Sus relatos, sugiere Turguéniev, refieren historias concretas, verificables y, en este aspecto, funcionan como crónicas personales empujando la lectura hacia esa zona indeterminada donde realidad y ficción borronean sus diferencias. Seguir leyendo

TOKIO BLUES DE HARUKI MURAKAMI FRAG

En la habitación oscura, con las ventanas cerradas, Reiko y yo nos abrazamos como si fuera lo más natural del mundo y buscamos el cuerpo del otro. Le quité la camisa, los pantalones, la ropa interior.
– He llevado una vida muy curiosa, pero no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que algún día un chico de veinte años me quitara las bragas.
– ¿Prefieres quitártelas tú?
– No, no. Quitámelas tú. Pero estoy arrugada como una pasa, no vayas a llevarte una desilusión.
– A mí me gustan tus arrugas.
– Voy a echarme a llorar – susurró Reiko.La besé por todo el cuerpo y recorrí con la lengua sus arrugas. Envolví con mis manos sus pechos lisos de adolescente. Mordisqueé suavemente sus pezones, puse un dedo en su vagina, cálida, húmeda, que empecé a mover despacio.
– Te equivocas, Watanabe – me dijo Reiko al oído-. Eso también es una arruga.
– ¿Nunca dejas de bromear? – le solté estupefacto.
– Perdona. Estoy asustada. ¡Hace tanto tiempo que no lo hago! Me siento como una chica de diecisiete años a la que hubieran desnudado al ir a visitar a un chico a su habitación.
– Y yo me siento como si estuviera violando a una chica de diecisiete años.
Metí el dedo dentro de aquella «arruga», la besé desde la nuca hasta la oreja, le pellizqué los pezones. Cuando su respiración se aceleró y su garganta empezó a temblar, le separé las delgadas piernas y la penetré despacio.
– Ten cuidado de no dejarme embarazada. Me daría vergüenza, a mi edad.
– Tendré cuidado. Tranquila -dije.
Cuando la penetré hasta el fondo, ella tembló y lanzó un suspiro. Moví el pene despacio mientras acariciaba la espalda; eyaculé de forma tan violenta que no pude contenerme. Aferrado a Reiko, expulsé mi semen dentro de su calidez.
– Lo siento. No he podido aguantarme – me excusé.
– ¡No seas tonto! No hay por qué disculparse – bromeó Reiko dándome unos azotes en el trasero. Siempre que te acuestas con chicas, ¿piensas tanto?
– Sí.
– Conmigo no hace falta. Olvídalo. Eyacula tanto como quieras y cuanto te plazca. ¿Te sientes mejor?.
– Mucho mejor. Por eso no he podido aguantarme.
– No se trata de aguantarse. Está bien así. A mí también me ha gustado mucho.
– Oye, Reiko – dije.
– Dime.
– Tienes que enamorarte de alguien. Eres maravillosa, sería un desperdicio que no lo hicieras.
– Lo tendré en cuenta. ¿Crees que en Asahikawa la gente se enamora?
Al rato volví a introducir dentro de ella mi pene erecto. Debajo de mí, Reiko se retorcía de placer y contenía el aliento. Mientras la abrazaba y movía, despacio y en silencio, el pene dentro de su vagina, hablamos de muchas cosas. Era maravilloso charlar mientras hacíamos el amor. Cuando se reía de mis bromas el temblor de su risa se transmitía a mi pene. Permanecimos largo tiempo abrazados de este modo.
– Es fantástico estar así – dijo Reiko.
– Tampoco esta nada mal moverse – añadí.
– Entonces hazlo.
La alcé asiéndola por las caderas y la penetré hasta el fondo, saboreando aquella sensación hasta que eyaculé.Aquella noche lo hicimos cuatro veces…

 

Tokio Blues
Haruki Murakami