SONATA EN MÍ DE LINA MARÍA PÉREZ

I. ALLEGRETTO MODERATO Araminta se estremece con los primeros acordes del violín y el asombro de regresar con ellos de un letargo profundo. No puede reprimir la emoción al reconocer las notas inconfundibles de la sonata de César Franck. El líquido caliente resbala desde su fuente, fluye por los pliegues de sus piernas y se instala en sus nalgas. Sonríe para sus adentros. La sorprende este íntimo acontecimiento secreto. La sutileza de la frase musical se despliega vibrante, y violín y piano se enfrentan en un diálogo alegre, fresco. En Araminta, este efecto de intervalos irregulares e inesperados surte el hechizo reconocido. Su papá amaba la música, sobre todo selectas composiciones para violín, y ésta, que palpita ahora en cada célula de su cerebro, todavía dormido, fue siempre su favorita. El milagro se interrumpió. La enfermera levantó las cobijas, palpó las sábanas, pulsó el timbre y apareció la otra mujer. -Hay que cambiar el tendido. Se orinó otra vez. Y comienza el ritual. Las dos practicantes, empeñadas en abreviar la rutina, utilizan toda la habilidad de la que son capaces, y casi sin moverla, ponen el juego de cama limpio y cambian su pañal. Sus voces resuenan lejanas, como un eco vaporoso en el que se impone la vitalidad de los ritmos, de las armonías. -Ésta es la tercera vez -decía una. -Y no son ni las doce del día. Debería morirse de una vez. Seguir leyendo