SONATA EN MÍ DE LINA MARÍA PÉREZ


I. ALLEGRETTO MODERATO Araminta se estremece con los primeros acordes del violín y el asombro de regresar con ellos de un letargo profundo. No puede reprimir la emoción al reconocer las notas inconfundibles de la sonata de César Franck. El líquido caliente resbala desde su fuente, fluye por los pliegues de sus piernas y se instala en sus nalgas. Sonríe para sus adentros. La sorprende este íntimo acontecimiento secreto. La sutileza de la frase musical se despliega vibrante, y violín y piano se enfrentan en un diálogo alegre, fresco. En Araminta, este efecto de intervalos irregulares e inesperados surte el hechizo reconocido. Su papá amaba la música, sobre todo selectas composiciones para violín, y ésta, que palpita ahora en cada célula de su cerebro, todavía dormido, fue siempre su favorita. El milagro se interrumpió. La enfermera levantó las cobijas, palpó las sábanas, pulsó el timbre y apareció la otra mujer. -Hay que cambiar el tendido. Se orinó otra vez. Y comienza el ritual. Las dos practicantes, empeñadas en abreviar la rutina, utilizan toda la habilidad de la que son capaces, y casi sin moverla, ponen el juego de cama limpio y cambian su pañal. Sus voces resuenan lejanas, como un eco vaporoso en el que se impone la vitalidad de los ritmos, de las armonías. -Ésta es la tercera vez -decía una. -Y no son ni las doce del día. Debería morirse de una vez. Y dijeron que era un cadáver al que sólo le funcionan los riñones. Y renegaron de la música, y quisieron apagarla. Les pareció aburrida. Y alcanzó a oír que el neurólogo le había ordenado como un plan terapéutico, en un intento por generar estímulos con hondos significados para ella que pudieran motivar el despertar de su vida semivegetativa. Araminta volvió a sonreír en su mente. La música invadió sus sentidos y nada de lo que ocurriera distinto de ese violín, de ese piano, podía perturbarla. Ya habían terminado de acomodarla y flotaban como espectros a ambos lados de la cama, revisaban el suero y verificaban, muy cerca de la cabecera, los tubos del oxígeno y los otros aparatos que la mantenían viva en el paraíso de su sueño. Ella no podía verles sus caras, y tampoco le importaba. Anónimas e idénticas, entran y salen, la tocan, la miden, le abren un ojo, le oprimen la mano, y lo que menos le gusta es ese pedazo de hielo que ponen en su seno para verificar los latidos del corazón. Juega a controlarlos a la espera de la reacción de las enfermeras cuando la crean muerta. Por mucho que se esfuerza, no lo logra. -A las tres y media hay que bajarla. Le van a hacer un escáner del cerebro. Y el otro eco contestó que para qué más exámenes si esa mujer es una muerta que no reacciona, no siente, no piensa; y se atrevieron a decir que la ciencia debería hacerle la caridad y sacarla de una vez por todas del mundo de los vivos. Araminta comienza a acostumbrarse a esos susurros. Por ellos se entera de que no está simplemente dormida: descubre que se encuentra en coma. Las frases permanecen unos instantes resonando en su cabeza y luego las olvida. Ahora sólo importa ese diálogo entre los dos instrumentos que tantas veces intentó desentrañar en inolvidables veladas con su papá. Que se vayan las invasoras con sus perversos murmullos, que la dejen gozar de su limbo, de su muerte en vida con esa música que la penetró para iluminar su silencio, para meterse en su inmovilidad. Y el violín fluye, majestuoso, impone su autoridad, y entonces Araminta es violín, y domina, y al instante siguiente Araminta es piano y juega, y persigue al violín en las cadencias de sus armonías, y ríe y salta para alejarse del piano, y ahora, de nuevo violín, reitera su melodía con la que invita al piano a unírsele en ese paisaje musical con el que se llenan todas sus emociones… ¡Su propia sonata! ¡Sonata en yo mayor, en mi sol interno, en un sí vital! ¡Sonata en mi lado cierto, en mi doble sueño, en mi faro encendido! Si lo que quieren los engreídos monigotes de blanco es un pretexto para motivar su despertar del coma, ¡qué equivocados están! La composición de Franck mana con sus notas apacibles como un milagro referido a sus más queridos afectos y es la razón para defender ese ámbito tan suyo, tan distinto del que existe más allá de su piel, de la aguja del suero, de monitores, de voces, de ecos de corredores… Es ese territorio personal e íntimo, encantado por el bálsamo de los sonidos. En él se siente dueña de un estado nunca antes experimentado, sin día ni noche, sin tiempo, no al menos como se mide allá afuera, porque ella misma es el tiempo, su propio tiempo. Ahí está la esencia, la clave de su existencia, y se siente seducida por la idea de no regresar jamás. Desde que Franck desgarró su silencio, sólo sucede la sonata, y las entrañables resonancias repetidas en un presente eterno. Logra desplazar los ruidos de las rutinas hospitalarias, profanadores de la música, e intenta acompasar el ritmo del respirador artificial con el ritmo de la frase soñada que tantas veces tarareó su papá. Ahora se diversifica en la variación de sus melodías. ¡Allegretto en su pulso, moderato en los latidos de su corazón dormido! Araminta gravita en una semiinconciencia feliz. No hay límites, sin nadie más que ella y sus memorias, un universo interior, secreto. En él se desgranan, emparejadas con la sonata, imágenes que alguna vez fueron recuerdos. Y a medida que van llenando la pantalla de su vida, las selecciona, las clasifica por colores, por sabores, por impresiones; hay unas más bonitas que otras, algunas tienen nombres que le hablan en susurros, otras evocan fragancias amadas, temidas o deseadas, con las que puede viajar en su mente sin descanso, ir de los aromas del rosal de su niñez al olor del yodo ardiente en su rodilla infantil; del perfume amable de su mamá a las emanaciones del sexo. Contempla su vida, la reinventa, mueve la ficha de un recuerdo gris para trastrocarlo por un deseo nunca satisfecho. Violín y piano serpentean melancólicos, con una textura colmada de emoción, con sus notas urgentes, ansiosas, dando paso a un sonido apacible. Araminta, suspendida en el tejido de armonías y tonalidades observa la fragmentación del caleidoscopio de su vida. II. ALLEGRO El piano irrumpe sombrío, y el violín lo acosa intensificando tonos. El contrapunto de los instrumentos fluye en el pulso de Araminta. Araminta-niña se ve al lado de una abuela que entona cantos sobre iguanas que toman café a la hora del té; al instante siguiente Araminta-mujer se abraza a cualquier bolero en el que Únicamente tú nunca llegó a ser Octavio Jiménez, su esposo gris y desteñido. Una melodía cálida, enamorada de sus acordes, le trae la locura por Miguel Orellana, la pasión multicolor de sus años universitarios que se quedó anidando en su piel y en sus deseos desde las tardes de besos desaforados. Y en ese universo de recuerdos, la sutileza de la música le da una razón de ser a ese estado en el que se siente viva en esa muerte. La suave cadencia de las tonalidades, esa rivalidad de los instrumentos por imponerse operan en Araminta un encantamiento, una emoción pareja al encuentro feliz, iluminado de notas y sonidos. Se deja conducir por ellos para dar unidad a su antojo a todas esas fracciones de lo que ha sido su historia vital. Le son indiferentes las voces engreídas de los médicos que la examinan para constatar qué tan muerta está. Son incapaces de ver la vida hecha música que habita en su mente. Ritornelos, adornos y cantinelas invaden todo su ser. Ecos de voces que hablan de ella irrumpen en su sonata. Marido-gris-desteñido pregunta a sabihondo-blanco-arrogante: -¿Se va a recuperar, doctor? -Araminta ha sufrido daños cerebrales posiblemente irreversibles. La ciencia tiene incertidumbres y en el caso de ella es difícil establecer la diferencia entre el estado vegetativo y el grado de muerte cerebral. Sabemos que su cerebro sufre un estado patológico con inhibición del sistema nervioso, pero no podemos medir con precisión qué tan profunda es su pérdida de conciencia. Es posible que experimente dolor o alguna otra sensación, quizás una que otra percepción… Ciertos signos me dan a entender que tiene algún grado de isquemia, pero no me atrevería a diagnosticar que sea global. Araminta se burla del lenguaje de payaso del eminente médico que el otro payaso, su marido, tuvo a bien asignarle. Decide ponerse en la primera fila del circo y deja que el allegro de su sonata la acompañe en el fondo mientras atiende con curiosidad la exactitud de los datos de sus signos vitales, la cuenta precisa de los 35 días de su estado de coma y la sentencia “pronóstico reservado”. Sacan conclusiones de lo que pueden comprobar. Son indiferentes al sí vital que ondea en el pentagrama de su concierto. Siente su cuerpo como un bulto anclado en la cama. Sabe que está pegada a algo, a una masa que pierde y retoma consistencia por lapsos indeterminados. Ellos ignoran que puede oír, recordar, imaginar. Se asombra al descubrir una precaria habilidad: con un esfuerzo endeble pero obediente, logra mover el brazo derecho. Se cuida de mantenerlo en secreto, para que la dejen tocarse, recorrerse, sentirse, anidar la mano entre las piernas y pensar en Miguel Orellana. Quisiera gritarles a esos seres desabridos que se retiren y respeten el murmullo de su sonata que resuena en su mente esplendorosa y certera. Me importa un comino si tengo dilatada la pupila, si el pulso está lento, si la temperatura se mantiene, si el ritmo de la respiración es constante, si elimina adecuadamente las toxinas, si hoy defecó, si la orina huele a amoniaco, si la piel está seca… Las voces insípidas se apagan y la música reina de nuevo. Araminta rige sus dominios íntimos con su tempo intenso y personal. Se deja llevar por el poder de seducción del contrapunto de ritmos y compases, a la vez estricto, libre, denso y aéreo. La emoción la invita a deshojar sus almas múltiples, a enfrentarlas a su antojo, para trastrocarles la lógica de sus tiempos y remendarles las miserias que fueron quedando regadas allá afuera, en el mundo ajeno. Araminta, unida íntimamente a la maestría de Franck, se ve a sí misma con la sonrisa iluminada por las velas de la torta de sus cinco años. Un instante después, aturdida por la alharaca de los payasos y la explosión de los globos de colores, se refugia en los brazos de papá. Entonces pone tres velas más y ahora viste de primera comunión. Fotos para el álbum, azucena marchita, larga fila de niñas inmaculadas, ceremonias e inciensos para salvaguardar la fe. No entiende de espíritus santos ni de dioses crucificados. “Tienes que sonreír con medida, mostrar el alma en íntima comunicación con Dios”, insiste su mamá evaporada en el amable perfume… Las modulaciones y contrastes del diálogo entre el piano y el violín se tiñen de una suave melodía y la rescatan del recuerdo de su iniciación a un culto al que nunca le pudo ver sentido. Creer y basta, y no preguntes más. Entonces Araminta, ante las velas de su cumpleaños número trece, recibe sus primeras sangres como quien penetra en territorios de desprendimientos y nuevos aprendizajes. El lazo con su papá brilla como un collage de instantes entrañables que él dedicó para inducirla en el conocimiento y la apreciación de la música. La melodía que resuena en una de esas imágenes coincide con las notas vehementes y persuasivas que inundan su habitación. Los ecos de la voz paterna le hablan del hechizo que en Marcel Proust produjo ésta, la sonata en la mayor, la que muchas veces en madrugadas parisinas hizo tocar en su residencia una y otra vez al cuarteto Poulet. Araminta se conmovía cuando su papá dejaba de desmenuzar cada nota, de analizar cada sonido de la composición, y leía emocionado pasajes literarios en los que fluye la frase de la sonata que recobra tiempos perdidos. Piano y violín melodiosos y emparejados persisten en su fiesta de arpegios y modulaciones. Araminta se lleva lentamente la mano amiga al pecho para sentir el latido de la evocación paterna, en el que también se transmite la admiración de su papá por el excéntrico escritor. Se roza los senos dormidos, y se ve a sí misma, en su cumpleaños catorce; el espejo le revela un cuerpo distinto en su alma todavía de niña que empieza a sentir el miedo de ser mujer. Entonces retrocede a una edad infantil y quiere volver a los ocho años, elevar cometas, tocar la flauta, cortarle el pelo a la Barbie y odiarla por ser tan tiesa, y enterrarla en una caja de lata; pero ¡qué remedio!: la torta de los quince años llega con anillo de perla y la colección completa de las Spice Girls. III. RECITATIVO. FANTASÍA. MODERATO MOLTO LENTO Los acordes se desplazan nítidos, sabios. Es una especie de divertimento, un contraste entre solemnidad y alegría que genera en Araminta una impresión renovada. Odia a los fantasmas hospitalarios y esperpentos grises-desteñidos que amenazan violar ese instante de amadas resonancias. El violín virtuoso insiste en la melodía original una y otra vez con espléndidas variaciones. Y Araminta se mezcla en los compases, palpita en los registros y siente el milagro de la analogía de la música con su existencia. Quiere enfrentar en él a todas las mujeres que han mudado en ella. Y se piensa a los 17 años. Primer beso: el horror del deseo, el deseo del horror, el nombre de Miguel Orellana invadiéndola toda, con pasión, sin compasión, a merced de ese impulso sorprendente, maravilloso, incierto. El deleite de la virginidad a flor de él. Irrumpen las intrusas: chequean los monitores, verifican los tubos, la tocan, la peinan, le engrasan los labios, le aplican perfume. Araminta las deja hacer lo que quieran con sus voces lejanas que no logran opacar las vibraciones de la música, sus suaves modulaciones, la fuerza de su ritmo. Hablan de una visita importante. La imagen exterior que tiene de sí misma es la de una ballena encallada, inmóvil, muda, y sabe que no es un espectáculo grato a los ojos de nadie. Araminta intenta rescatar el recuerdo de su última apariencia en el espejo de su memoria. Surge, desvanecido, el semblante materno al que siempre creyó parecerse. Quiso imaginarse en unos ojos, en una piel, en una manera de peinarse, en un movimiento de manos, en un gesto que la identificara con la persona que había sido antes de su estado actual. Una imagen fugaz de mujer joven, atractiva, plena de vitalidad femenina, sonrió desde el otro lado del recuerdo. Deseó saber su edad, cómo transcurría su vida y de qué manera lograba salir airosa de dolores y felicidades efímeras. Hasta ahora no ha sentido curiosidad por conocer la razón de su estado actual y prefiere ignorarla. No quiere perder uno solo de los dulces sonidos de la composición de Franck. Se entrega a los contrastes magistrales en los que se desarrolla intenso y definido el tercer movimiento de la sonata. Y así, intenso y definido, se impone Miguel Orellana con la cantinela del piano que repite su risa y las notas del violín que se deslizan en su cuerpo como sus caricias. Y está el dolor de la separación y la promesa del regreso tras dos años de estudios extranjeros. El recuerdo se siente como una puñalada en su corazón precario. Los 20 años llegan a su mente con la evocación del día en que conoció a Octavio Jiménez, impresionante con su nombre de emperador y su apellido de dictador: buena estampa, decente, prometedor. Parecía tan adecuado a su destino social que el trámite matrimonial sólo tomó seis meses. El desencanto llegó añadido a la sosería de su marido y a sus rutinas de celos por el fantasma de Miguel Orellana. El aburrimiento sexual y las frustraciones hicieron de su marido un emperador gris desteñido. Recibió refugio y aliento en la ternura de su papá; lo evoca tomando su mano y llenándola de caricias como cuando era una niña. Y el recuerdo de esa ternura se funde con el contacto de una mano que la estremece. -Araminta, ¿puedes oírme? -reconoce la voz de Irene, su hermana, de quien sólo hasta ahora percibe su existencia. Siente un impulso de reanimarse, de gritar desde ese túnel oscuro que está viva, que siente emociones, que el eco de su voz la conmueve, que la música ha despertado hondas resonancias. Pero la voz no obedece, su mano cómplice está muy lejos para responder la caricia fraterna. Quisiera abrazarla y estrenar la sensación de haberla recobrado en la historia de sus afectos. Ahora recuerda su mirada, su sonrisa, su camaradería. A pesar del cariño que despierta, continúa obstinada en quedarse sumida y feliz en esa muerte plácida. El tono de voz de Irene delata su actitud prevenida con su marido. -¿Qué dicen los médicos? -Hay incertidumbres. El estado de coma es un misterio para la medicina. Se presume que el accidente produjo en Araminta un coma semivegetativo -responde la voz gris desabrida de Octavio. -Parece muerta. Y tú no disimulas tu zozobra… -No estoy para sarcasmos… Me voy. Araminta experimenta curiosidad por la razón del enfrentamiento entre su hermana y su marido. Las palabras afectuosas de Irene se acompasan con la música y surten un efecto tranquilizador. Al oído, y acariciándole la frente, susurra: -Esto no se va a quedar así, te lo juro por la memoria de papá y mamá. Araminta se conmueve pero decide no pensar. La sonata prevalece sobre las inquietudes sembradas por Irene. Y la serenidad vuelve a tomar forma en esa fraterna y amorosa rivalidad entre los dos instrumentos para apropiarse de la melodía y unirse en un acompasado ritual de acordes. IV. ALLEGRETTO POCO MOSSO A medida que el violín inicia sus notas precisas, Araminta es presa de un cataclismo: como una feroz exaltación se levanta con la saña de un viento devastador, el sentimiento de que la música y la muerte se parecen en sus enigmas y certezas. Descubre que su fascinación por el mundo multiforme de sonidos y sugerencias de su sonata la convida a esa otra fascinación por la muerte. Música y muerte significan refugio, trinchera contra la desdicha. Allá afuera, más allá del aparatoso sistema de supervivencia, lejos de su mano amiga, habita una maraña densa, árida, entumecida, de la que ella ya no quiere hacer parte. El piano deja su timidez para imponer su autoridad. Araminta percibe la vitalidad y presencia de la música mientras recupera, nota a nota, la memoria de los instantes anteriores al accidente. Un dolor profundo se enquista en su corazón cuando piensa en Miguel Orellana. Quiere gritar, arrancar los tubos, respirar sin la ayuda de la máquina… La melodía de la sonata se agita como ella y regula su aire. Rechinan los goznes de la puerta. Las voces de Octavio y del médico se sitúan a lado y lado de su cama. -Quisiera conocer su opinión sobre la muerte digna. Araminta no se merece esta clase de vida… o esta forma de muerte… -Si se refiere a la eutanasia, es un método cuestionable. En cualquier caso, es una decisión difícil de tomar. El plan terapéutico está diseñado pensando en que si se recupera, y en el caso de ella es posible, debe estar en las mejores condiciones. Araminta aprieta con fuerza el puño de su mano complaciente. La maraña de afuera parece adquirir significado. Ahora entiende las razones para desear entrar en definitiva en los territorios de la muerte, a cuyo umbral arribó 35 días atrás. Con el telón de fondo de la querida composición de Franck, atiende la conversación: -¿Vale la pena? Nos ahorraríamos costos e incertidumbres. -¿Acaso me sugiere que…? Mi deber es mantenerla viva hasta el último instante. Le advierto que si se desconecta el respirador, ella morirá de inmediato. No asumo responsabilidades, y si algo le sucediera… -¿Qué insinúa, doctor? -No insinúo. Digo la verdad. Ella ingresó en el hospital con un trauma craneoencefálico producido por un golpe aún inexplicable… Hay una investigación de la fiscalía… Araminta se contiene. Irene, que ha escuchado desde la puerta, interrumpe acusando sin ambages a su marido: -Aquí sólo hay un interesado en desconectarla. Si mi hermana muere, usted será condenado. -No morirá -el emperador destronado se oye asustado-. Se han visto casos de personas que pueden pasar años en coma… No pueden probarme nada. El silencio de las tres voces contrasta con la vehemencia de la música que enfrenta a Araminta con aquel martes de agosto. La monotonía que preveía para ese día de su cumpleaños, el número 24, se rompió temprano en la mañana. El teléfono la sacó del rutinario desayuno con Octavio. Miguel Orellana había llegado de Kansas dos días atrás. Quería verla. No pudo ocultar la felicidad que arrolló brutalmente su postura habitual de esposa aburrida. Se esmeró en el ritual de su arreglo personal, y después de sortear los consabidos celos de su marido, salió al encuentro del amor de su aire, de sus sueños, de su carne. Vibró con la ilusión de que él hubiera regresado para llevársela a vivir el amor como se lo habían prometido dos años atrás y estaba dispuesta a conjurar el destino social de su matrimonio con el emperador venido a menos. Ver a Miguel ocasionó una catástrofe en todos sus sentidos, un incendio en el centro de su pecho, que se fue apagando a medida que él describía sus años ausentes: fotos en colores una tras otra: ésta, de la boda con ocho damas de honor, las mejores amigas de Marjorie; aquí tienes a Marjorie, embarazada de Michael en South Beach; estos son mis suegros, par de viejos simpáticos; y mira, la foto de nuestra casa, queda en un town house de película; y este “divino exponente” es nuestro bebé, Michael, ¿ya te dije el nombre? Se parece a Marjorie… Vamos a tener tres… Asimiló la derrota con rabia, con odio que se extendió más allá de sus fuerzas en la discusión con que Octavio la enfrentó. Había seguido sus pasos. La había visto muy encopetada en La Viuda Alegre con el imbécil maricón de Miguel Orellana. ¿Es que ella creía que podía andar en bares con sus novios idiotas? El recuerdo del repertorio de insultos llenos de odio se fundió con las palabras con que ahora él interrumpía su estado de muerta en vida hechizada con la música. Muy cerca de su cara, percibió el vapor de su agua de Colonia y el aliento impregnado de whisky: -No puedes morirte, Araminta… Si lo haces me van a culpar. Prefiero verte así, como un vegetal al que Miguel Orellana no tiene derecho… Entonces Araminta evoca el minuto preciso en el que 35 días atrás, Octavio, fuera de sí, la empujó con brutalidad y la hizo caer al suelo. Vinieron la sombra, el limbo, el silencio hasta que empezó a suceder la sonata… Araminta lo odia. No se perdona el haber permitido que malograra su vida. En este instante el vigor de los acordes significa todo por encima del insípido marido. Él pertenece al mundo de allá, donde están más muertos que ella, un territorio de emociones vedadas para ella. El desierto donde sólo florece la desdicha sin Miguel Orellana. El Miguel Orellana de Marjorie. Lo definitivo, la esencia de la verdad anida en el cúmulo de percepciones nacidas de la composición de Franck. Está aturdida con la evocación de la brutalidad, con el contraste entre los pasos intranquilos de su marido en la habitación y la sonata que fluye certera hacia la coda final; entre el eco de las palabras del médico: “Si se desconecta el respirador, ella morirá de inmediato…” y las de Irene: “Aquí sólo hay un interesado en desconectarla. Si mi hermana muere, usted será condenado”. Los acordes mágicos, embrujadores, se precipitan. Araminta, fundida en la impresión vital de su sonata, experimenta una serenidad que le permite vislumbrar la dulce manifestación de su venganza personal. Siente el arrebato certero de las últimas notas, la coda sublime en la que piano y violín se enlazan en un dúo magistral para alcanzar la conclusión. Araminta mide los compases que faltan para el final, calcula su ímpetu, estira y encoge el brazo derecho, y abre y cierra la mano con firmeza. Entreabre con dificultad los ojos, ubica la anodina y gris figura masculina en la ventana, y con el incentivo de quedarse suspendida en el último acorde de la sonata, se mete en la coda, en las últimas notas de su propia coda. Araminta aspira el aire postrero, y con un movimiento sereno y calculado, desliza su mano hacia la cabecera y arranca el tubo de la fuente de oxígeno.

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